viernes, 13 de febrero de 2026

Libertad de expresión

Los sistemas totalitarios se caracterizan, entre otros aspectos, por la prohibición total o parcial de la libertad de expresión de todo aquel que no forme parte del gobierno, o que no tenga una autorización al respecto. Por el contrario, los sistemas democráticos se caracterizan por permitir tal libertad. Nicholas Capaldi escribió: "Entendemos aquí que la libertad de expresión incluye la libertad de palabra, de prensa y de reunión pacífica. Quizá su definición más clara sea la que da de ella John Stuart Mill, cuando dice que implica libertad de pensamiento y de discusión. Así, cuando hablamos de libertad de expresión, queremos significar la libertad para explorar, descubrir, formular y difundir qué es lo que sabemos, pensamos o sentimos" (De "Censura y libertad de expresión"-Ediciones Libera-Buenos Aires 1973).

La libertad de expresión no siempre producirá buenos resultados por cuanto se requiere, adicionalmente, de cierta responsabilidad individual para no producir perjuicios en la sociedad. Esto resulta evidente en el caso de quienes, amparados por la libertad que brinda la democracia, tienden a destruirla una vez que arriban al poder. En la actualidad, además, podemos comprobar cómo, en las redes sociales de Internet, se publica una importante cantidad de información de dudosa validez, cuando no de mentiras bastante evidentes. Aún así, la libertad de expresión resulta bastante menos peligrosa que las prohibiciones totalitarias.

Entre los atributos asociados a los sistemas totalitarios aparece la represión estatal ante toda expresión adversa acerca de quienes detentan el poder; de ahí que “se permita” decir todo lo que uno desee, aunque luego se deberán pagar las consecuencias. La ausencia de libertad de expresión implica, por lo tanto, un castigo posterior a haber hecho uso de una libertad natural y esencial de todo ser humano. Will y Ariel Durant escriben sobre Alexander Solyenitsin: “La Segunda Guerra Mundial lo lanzó a la vida de acción; ganó dos condecoraciones y se elevó al rango de capitán de artillería. Empero, en una de las cartas que envió desde el frente, se permitió el lujo de criticar los errores militares de «el hombre del bigote» (Stalin). Por ello fue condenado a ocho años en un campo de concentración, a los que se le agregaron tres más” (De “Interpretaciones de la vida”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1973).

En los totalitarismos, el Estado no contempla las necesidades del individuo, sino que el individuo ha de justificar su vida estando al servicio del Estado, por lo que conceptos tales como libertad, derechos, deberes, etc., tienen significados opuestos según que se consideren desde una postura liberal o en una totalitaria. Benito Mussolini opinaba acerca de la libertad y del periodismo: “La libertad no es un fin: es un medio. Y como medio debe ser controlado y dominado”. “Libertad sin orden y disciplina equivale a disolución y catástrofe”.

“El concepto de libertad no es absoluto, porque en la vida no hay nada absoluto. La libertad no es un derecho: es un deber”. “Si hay un dato histórico es que toda la historia de la civilización, desde el hombre de las cavernas hasta este que llamamos civilizado de nuestros días, no es más que una limitación constante y progresiva de la libertad”. “Los hombres de hoy, amontonados en la ciudad y en las naciones, deben limitar continuamente sus libertades, incluso la de movimiento. El concepto absoluto de libertad es arbitrario. En la realidad no existe”.

“La Prensa más libre del mundo, es la Prensa italiana. En otros países los periódicos están al dictado de grupos plutocráticos, de partidos, de individuos; allá están reducidos a la mezquina compra-venta de noticias sensacionales, cuya reiterada lectura concluye por crear en el público una estupefacción constante, con síntomas de atonía e imbecilidad; allá, en suma, los diarios han caído en manos de un corto número de negociantes, para quienes el periódico es una simple industria, ni más ni menos que la del hierro o de las pieles”.

“Frente al individualismo demo-liberal hemos sido los primeros en sentar que el individuo existe únicamente en función del Estado y subordinado a las necesidades del Estado, y que a medida que la civilización asume formas cada vez más complejas, la libertad individual se restringe cada vez más” (De “El espíritu de la revolución fascista”-Ediciones Informes-Mar del Plata 1973).

En cuanto a los inicios históricos de la opinión pública, consecuencia inmediata de la libertad de expresión, leemos:

CÓMO NACE LA OPINIÓN PÚBLICA

En este ambiente en el que las "verdades inamovibles" empezaron a licuarse, nació la "opinión pública", que al principio fue sólo el conjunto de opiniones que intercambiaban algunas personas sobre temas que iban más allá de su vida cotidiana y que se vinculaban a cuestiones de conciencia, de bien público y en especial de política.

Jürgen Habermas dice que la opinión pública nació de las reuniones de personas que se encontraban en los cafetines europeos para conversar sobre política, filosofía y otros asuntos que hasta entonces estaban reservados a la élite. Eran burgueses que se sentían menospreciados en las ceremonias religiosas y en las recepciones de la nobleza, en las que los poderosos eran dueños de la palabra.

Los asistentes se entusiasmaban con esas tertulias en las que cualquiera podía informarse, expresarse, discutir sobre todos los tópicos sin necesidad de que nadie lo aprobara y donde quedaba derogada la falacia de autoridad: tenía la razón quien argumentaba mejor y no el que ostentaba un título más prestigioso. Desde el punto de vista de quienes vivimos en sociedades democráticas, es difícil entender cuán importante y subversiva es la conversación. Los gobiernos teocráticos, los totalitarismos comunistas y los populismos combaten la libertad de pensamiento y de expresión porque -al igual que las monarquías de la Antigüedad- son conservadores y temen la libertad.

La opinión pública y la democracia nacieron en los cafés que proliferaron en Londres desde que en 1652 se abrió el primero, el Pasqua Rosée. En 1660, restaurada la monarquía, había en la ciudad setenta y tres cafés que se habían convertido en las sedes del librepemsamiento. Allí se opinaba sobre todo tipo de cuestiones, incluida la política.

Los cafés fueron una ventana de lo nuevo en la que nacieron organizaciones como la Lloyd's, en donde se reunían poetas, literatos y científicos de la Royal Society. Las llamaron universidades de a penique porque con pagar esa suma, que era lo que costaba una taza de café, se podía asistir y participar en las charlas. A mediados del siglo XVIII, los cafés de París también fueron el refugio del pensamiento ilustrado. Denis Diderot compiló la Enciclopedia en el café de la Régence, y en el Procope disertaban Jean d'Alembert y Jean-Jacques Rousseau.

El liberalismo se desarrolló en ese ambiente en el que se difundían libros subversivos, los pocos periódicos que se imprimían, pasquines y volantes anticlericales que promovían el debate teológico. Todo eso quedó unido en la memoria de la gente que hasta hoy identifica la actividad política con el discurso escrito, la polémica y los manifiestos.

La opinión pública surgió de esas discusiones con aire de conspiración y de la lectura de impresos que esquivaban el imprimátur de los obispos. Pues así nació también la democracia, una nueva forma de concebir la política, con la que la burguesía desafió a los gobiernos autoritarios que monopolizaban la verdad, respaldados por la tradición, las costumbres y la religión.

(De "La política en el siglo XXI" de Jaime Durán Barba y Santiago Nieto-Debate-Buenos Aires 2017).

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