El descubrimiento de ciertas neuronas, denominadas espejo, abre la posibilidad de describir aspectos básicos de nuestra conducta, como es el caso de la empatía. Luego, como la empatía resulta esencial en nuestro comportamiento social, será posible fundamentar una ética objetiva a partir del nivel neurológico y comprender en forma detallada las actitudes básicas del hombre para permitirnos finalmente establecer cierta introspección psicológica que nos hará plenamente conscientes de nuestra naturaleza humana.
Por lo general, se tiende a describir lo desconocido en base a lo conocido. De ahí que se haya creído que nuestro sistema nervioso actúe en forma similar a un sistema de control automático en el cual se distinguen claramente los sensores de los actuadores y de la unidad de control, la que procesa la información y toma decisiones. Como ejemplo podemos mencionar el caso de una casa inteligente, es decir, una vivienda en la cual se han aplicado las técnicas de la domótica (control doméstico). Si se ubica en el jardín de la casa un sensor de humedad, cuando detecta que el pasto está seco, transmitirá esa información a una computadora ubicada en el interior de la vivienda. Luego, la computadora enviará una señal codificada eléctricamente a una electroválvula que se abrirá para permitir el riego del jardín. El sensor informará luego a la computadora cuándo debe finalizar la operación.
Como el sistema nervioso central del ser humano tiene neuronas sensoras y también neuronas motoras, se pensaba que los procesos vinculados con el cerebro humano habrían de realizarse a través de un principio similar. Recordemos que las neuronas admiten dos estados bien definidos: activas o inactivas, como si se tratase de una lámpara que admite dos estados definidos; encendida o apagada. Las modernas técnicas de investigación utilizadas en neurociencia pueden detectar el estado en que se encuentra una neurona particular y la zona del cerebro en donde está ubicada. Marco Iacoboni escribió:
“En la década de 1980, los neurocientíficos enarbolaban el paradigma que sostenía que las diversas funciones del cerebro –de los macacos o de los seres humanos- estaban confinadas en compartimientos estancos. En virtud de tal paradigma, la percepción (ver objetos, oír sonidos y demás) y el movimiento (alcanzar un alimento, asirlo, colocarlo en la boca) van por caminos totalmente separados e independientes entre sí. Existe una tercera función, la cognición, que está un poco «en el medio» de la percepción y del movimiento, y que nos permite planificar y seleccionar nuestro comportamiento motor, prestar atención a cosas específicas que nos atañen, no prestarla a cuestiones foráneas a nuestros intereses, recordar nombres y hechos, entre otras”. “En vez de ello, aplicaron a la investigación un enfoque fresco, abierto, al que denomino fenomenología neurofisiológica. Esta nueva actitud fue el único medio de reconocer que la percepción y la acción constituyen un proceso unificado en el cerebro”.
Las neuronas espejo fueron descubiertas accidentalmente cuando un grupo de investigadores, en Parma, Italia, estudiaban el comportamiento cerebral de ciertos monos. Un día ocurrió algo imprevisto, ya que se advirtió que algunas neuronas de un animal se activaban cuando éste realizaba un movimiento (algo normal), pero también se activaban cuando observaban un movimiento similar realizado por otro individuo (animal o persona). Era un indicio de que una misma neurona actuaba como “sensor” y como “actuador”, o como neurona sensora y motora a la vez. En cuanto al momento del descubrimiento, el citado autor escribe:
“Vittorio Gallese caminaba por el laboratorio durante una pausa del experimento. Había un mono sentado, tranquilo, en la silla, esperando que se le asignara la próxima tarea. De pronto, justo cuando Vittorio tomó algo con la mano –no recuerda qué- oyó una descarga de actividad en la computadora que estaba conectada a los electrodos implantados por vía quirúrgica en el cerebro del mono. Al oído inexperto, tal descarga le hubiera sonado similar a la estática; al oído de un neurocientífico avezado, señaló una activación de la célula pertinente del área F5. De inmediato, Vittorio creyó que la reacción era inusitada. El mono estaba sentado, quieto, sin pretender asir nada, y, sin embargo, esta neurona vinculada con el acto prensil se había activado”.
“Ni ellos ni ningún neurocientífico del mundo podría haber imaginado que las neuronas motoras se activan sólo ante la percepción de las acciones que realiza otra persona, sin que medie ningún movimiento. A la luz del conocimiento y de la teoría del momento, ello no revestía sentido alguno. Las células del cerebro del mono que envían señales a otras células que están conectadas anatómicamente a los músculos no tienen por qué activarse cuando el mono está en perfecto reposo, las manos en el regazo, observando qué hace otra persona. Y sin embargo, se activaron”.
“Veinte años después de aquel registro del laboratorio, una gran cantidad de experimentos bien controlados que se realizaron con monos y luego con humanos (en su mayoría, distintos tipos de experimentos, sin insertar agujas en el cráneo) confirmó el notorio fenómeno. El simple hecho de que un subconjunto de las células del cerebro –las neuronas espejo- se activen cuando una persona patea una pelota, ve que alguien patea una pelota, oye que alguien patea una pelota, y aun cuando sólo pronuncia u oye la palabra «patear», conlleva consecuencias asombrosas y nuevos modos de comprensión”.
“Durante siglos, los filósofos quedaron perplejos ante la capacidad que tienen los seres humanos para entenderse. Su perplejidad era razonable: no contaban con casi ningún elemento científico en el que apoyarse. En los últimos 150 años, los psicólogos, los científicos cognitivos y los neurocientíficos sí contaron con ayuda de la ciencia –y en los últimos cincuenta años, con muchísimos aportes científicos- y durante mucho tiempo no salían de su asombro. Nadie podía comenzar a explicar cuál es el mecanismo por el que sabemos qué hacen, piensan y sienten los demás”.
“Ahora sí podemos. Existen ciertos grupos de células especiales en el cerebro denominadas neuronas espejo que nos permiten lograr entender a los demás: algo muy sutil. Estas células son los diminutos milagros gracias a los cuales atravesamos el día. Son el núcleo del modo en que vivimos la vida. Nos vinculan entre nosotros, desde el punto de vista mental y emocional”. “Hace unos años, un investigador sugirió que el descubrimiento de las neuronas espejo prometía hacer por la neurociencia lo que el descubrimiento del ADN hizo por la biología. Es una aseveración muy osada, ya que, en esencia, todo en biología nos retrotrae al ADN. De acá a varias décadas, ¿todo en la neurociencia se considerará originado en las neuronas espejo?” (De “Las neuronas espejo”-Katz Editores-Buenos Aires 2008).
La importancia que tal descubrimiento implica en psicología es que permite fundamentar el fenómeno básico del comportamiento humano: la inducción, o cambio, de la personalidad. De ahí que la psicología general podría también denominarse psicología del cambio, considerando al resto como distintas derivaciones o especializaciones. “Con el nombre de «inducción de la personalidad» podemos denominar al cambio momentáneo que se produce en una persona ante la presencia o la referencia de otra. Este fenómeno psicológico es el fenómeno fundamental en el comportamiento humano. Cuando conversan dos personas, o aún cuando se miran fugazmente, existe en ellas un cambio en su estado de ánimo. El cambio puede ser ínfimo, o puede gradualmente llegar a ser grande. Este cambio depende de las circunstancias y de las personas que interactúan. El cambio en una persona depende de su capacidad para cambiar de actitud; a esto podemos llamarle sensibilidad. Además, depende de la persona que le produce el cambio”. “La inducción de la personalidad es un fenómeno momentáneo, pero debido a que tenemos memoria, se convierte en permanente. De ahí su gran importancia” (De “Una opinión sobre el mundo” (Teoría psicológica)-Pompilio Zigrino-Mendoza 1978).
La importancia señalada radica, además, en que un posible proceso introspectivo se establecerá a partir de la determinación del cambio que producimos en los demás y del que los demás producen en uno. Si advertimos cambios negativos, debemos tratar de que sean neutros en una primera etapa y positivos en una etapa posterior. “Si nos encontramos con una persona egoísta, nos sentiremos incómodos ante la indiferencia. Y esto puede hacer que centralicemos la conversación en nosotros mismos. El egoísta contagiará un poco de su egoísmo a los demás, y es posible que vea a todos como si fueran egoístas”.
La base de la ética natural es la actitud cooperativa por la cual compartimos las penas y las alegrías ajenas, implicando un cambio en uno mismo ocasionado por la influencia o la referencia de otra persona. Todo cambio, según se ha visto, tiene como fundamento neurológico a las neuronas espejo. De ahí que tengan una cercana vinculación con la ética natural.
La comunicación de las emociones se establece a través del lenguaje gestual. Sir Arthur Conan Doyle escribió: “Los rasgos le son dados al hombre como medio a través del cual expresa sus emociones”. Por su parte, Marco Iacoboni agrega: “Las áreas con neuronas espejo nos ayudan a entender las emociones de los demás mediante alguna forma de imitación interna. De acuerdo con esta «hipótesis de la empatía a través de las neuronas espejo», dichas neuronas se activan cuando vemos a los demás expresar sus emociones, tal como si nosotros estuviéramos haciendo las expresiones faciales que vemos. Mediante esta activación, las neuronas también envían señales a los centros cerebrales de la emoción que se encuentran en el sistema límbico para hacernos sentir lo mismo que los otros”.
“En su famoso cuento «La carta robada», Edgar Allan Poe escribe, a través de las palabras del protagonista C. August Dupin: «Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen de mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara». ¡Cuanta presciencia! Poe no podía haber elegido una mejor manera de penetrar en la vida interna de sus personajes. Sin embargo, no fue el único. En la literatura científica sobre las emociones, la teoría de que la experiencia emocional cobra forma mediante los cambios de la musculatura facial –la «hipótesis de la retroalimentación facial»- tiene muchos antecedentes”.
Todo proceso que integra nuestro organismo, en su momento fue incorporado como una ventaja evolutiva, de donde surge el interrogante de cuál es el objetivo aparente de tal ventaja. En el caso de las neuronas espejo, George Lakoff escribió: “Llegamos al mundo con las conexiones necesarias para la empatía y la colaboración [o cooperación], y la evolución nos preparó para cuidar, no sólo para competir. Entendemos la evolución como la supervivencia de los mejores cuidadores y de los mejores cuidados”.
miércoles, 6 de agosto de 2014
lunes, 4 de agosto de 2014
Incentivos vs. falsa opción por los pobres
Por lo general, quien a viva voz manifiesta estar a favor de los pobres, no advierte que su propuesta económica puede producir efectos opuestos a lo que predica. El hipócrita exalta las virtudes que finge poseer y de ahí el aparente interés por los que sufren: los pobres; como si los ricos estuviesen exentos de toda forma de sufrimiento, en cuyo caso ya no se interesan en lo más mínimo por cuanto el rico resulta “superior” en la escala de valores del hipócrita.
Ante el afán desmedido de riquezas, culpan al dinero de la misma forma en que alguien puede culpar a los automóviles ante los accidentes provocados por la impericia de sus conductores. Sin embargo, dada la semejanza, pocas veces se escuchan propuestas para eliminar los vehículos que diariamente producen miles de victimas inocentes. Si se eliminara el dinero, se entorpecerían los intercambios comerciales provocando un retroceso significativo y un caos total. A menos que se busque con ello implantar el socialismo, que tampoco resulta ser una perspectiva atractiva. Jean Françoise Revel escribió:
“El dinero no es más que un medio, una herramienta, una expresión contable. Ver en él una realidad existente en sí misma y dotada de un psiquismo autónomo, de una fuerza propia, independiente del trabajo, de la habilidad y de la voluntad de los hombres que lo ganan y lo gastan, pertenece a la mentalidad prelógica y a la creencia en los sortilegios. Es asombroso que un gran partido haya podido vociferar durante años contra el «dinero corruptor» imaginándose enunciar con ello un programa político. No es el dinero, es el hombre lo que corrompe al hombre, con el dinero o con otra cosa. Suprimid el dinero: no suprimiréis la corrupción. La gran fuente de la corrupción en el mundo no es la propiedad privada, es la propiedad pública”.
“Todas las nomenklaturas [burocracias estatales] del mundo «desprecian el dinero», claro. Se contentan con palacios, villas, transportes, vestidos, atenciones médicas, vacaciones y festines gratuitos. Y alrededor de las nomenklaturas gravitan los funcionarios «cercanos al poder», a quienes sus protectores políticos colman de sinecuras. Son a la sociedad francesa actual lo que los abades de corte eran a la del siglo XVIII. En el seno de su ocio dorado, pero con fondos públicos, disponen de tiempo para componer libros contra la «sociedad del dinero»” (De “El Renacimiento democrático”-Plaza & Janés Editores-Barcelona 1992).
Otra de las “soluciones” propuestas por el hipócrita es la redistribución de la mayor parte de las ganancias empresariales, vía impuestos progresivos, y en forma de ayuda social. Con ello se logra, en primer lugar, limitar la inversión productiva y los incentivos a la producción, reduciéndose el nivel de actividad. Si con ello se lograra una significativa disminución de la pobreza, se justificaría su utilización. Sin embargo, además de limitar la producción, resulta ser un medio poco eficaz. Adviértase que en los países con un nivel de corrupción mediano, como los EEUU, de cada dólar confiscado para ayudar a los pobres, sólo les llega 30 centavos. Los restantes 70 centavos “quedaron en el camino”. En países con elevado nivel de corrupción sólo llegará a destino un 10 o 15% de la confiscación. De ahí que resulte mejor para todos la “despiadada” distribución de la riqueza vía mercado y trabajo.
Otra de las formas en que se manifiesta la hipocresía, esta vez de los políticos, es a través de la implantación de precios máximos, decisión que tiene como resultado la disminución de la producción al reducirse el incentivo monetario, por lo cual aparece la escasez o bien un aumento mayor de los precios cuando éstos se liberan. Por lo general, tal limitación de precios es un recurso empleado ante un proceso inflacionario surgido desde el Estado que gasta más de lo que recibe. Aunque produzca efectos negativos para todos en el mediano plazo, el ciudadano común piensa que un gobierno que limita los precios está “protegiendo a los pobres de la avaricia de los ricos” (y que si alguien dice lo contrario, está en contra de los pobres). Edmund Conway escribió:
“Un ejemplo reciente nos lo proporciona el presidente Richard Nixon, que en contra de su instinto y el de sus consejeros aprobó controles de precios y salarios en 1971. El resultado final fue que los problemas económicos se agravaron y, en última instancia, la inflación fue mayor. No obstante, la administración Nixon tenía un claro incentivo para imponer los controles: las elecciones estaban cerca, y sabía que los efectos desagradables de la política tardarían algún tiempo en ser evidentes. A corto plazo, el plan gozó de una enorme popularidad entre la opinión pública, y Nixon resultó reelegido en noviembre de 1972 con una victoria aplastante” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía”-Ariel-Buenos Aires 2011).
Buscando rédito político, el kirchnerismo no sólo imprime billetes en exceso para comprar voluntades, sino que incluso ha llegado a un default (incumplimiento) voluntario ya que, supone, ha encontrado a quien culpar por todos sus errores y desaciertos; el imperialismo yankee que “se opone al crecimiento que el país venía logrando”. En realidad, hace bastante tiempo que la economía está estancada, o en receso, pero la idea viene muy bien, ya que la mayor parte de la población odia a los EEUU y la decisión se adapta mucho mejor a las creencias populares que a la realidad. Tal decisión tendrá consecuencias negativas, si bien no resulta sencillo advertir cuáles serán. Se adujo que, de cumplirse con el fallo judicial adverso, se pondría en vigencia una cláusula que obliga al país dar un trato similar al resto de los bonistas. Sin embargo, al estar el Estado obligado por un fallo judicial, se advierte que no hubo una intención voluntaria de conceder una mejora selectiva, como lo requiere la cláusula mencionada.
También se duda de la legitimidad ética del sistema financiero, actitud heredada de la condena a la usura en épocas pasadas. Sin posibilidades de crédito, se produciría un estancamiento o bien el colapso de la producción, ya que los mercados financieros permiten transferir dinero desde el sector inversor al productivo. Si alguien ha de ganar dinero con el capital aportado por otros, corresponde que se otorgue al prestamista alguna ganancia por ser el capital un factor de la producción. De no tener ganancia alguna “por cuestiones éticas”, o por lo que fuera, nadie afrontaría el riesgo de prestar dinero si tal riesgo fuera esencialmente gratuito.
La idea de que el sector empresario es culpable, y que los sectores estatales e improductivos son inocentes de todos los males, hasta que se demuestre lo contrario, es la base del pensamiento subdesarrollado. Tal pensamiento, derivado de actitudes hipócritas, coincide con las ideas destructivas que el marxismo desarrolla buscando imponer sus creencias. Jean Françoise Revel escribió: “Cristianos y marxistas condenan el poder del dinero bajo su única forma capitalista y mercantil, distinta del poder político. Lo aceptan, por el contrario, cuando los dos poderes se confunden, es decir, cuando el Estado se convierte en una máquina de producir dinero para quienes le ocupan, o, lo que viene a ser lo mismo, una máquina que sirve para procurarles indirectamente un nivel de vida que de ordinario sólo una gran fortuna puede procurar a los particulares”.
“En nuestro siglo XX, numerosos curas y pastores han proferido contra el capitalismo anatemas que curiosamente no alcanzaban a los verdaderos Estados criminales del planeta, que mataban de hambre y sometían a la esclavitud a sus ciudadanos, por eso esos Estados, que habían suprimido a la economía de mercado, ya no podían pecar. Del mismo modo, la atribución de prebendas por el Estado (la palabra misma es de origen eclesiástico) no choca ni al clero ni a los marxistas, que por el contrario se escandalizan por la comisión que cobra un intermediario que suministra un servicio real, o por la plusvalía realizada por un inversor que ha corrido un riesgo personal y hubiera podido perder su inversión. A esta incomprensión de la sociedad mercantil se añade, particularmente en Francia y en los países latinos, un concepto de la igualdad según la cual sólo se condenan las desigualdades en el ámbito de la fortuna privada”.
“Además, caso extraño, el odio dirigido contra los que ganan mucho por sus propios medios no alcanza a los que ganan lo mismo bajo forma de prebendas y de sinecuras distribuidas por el Estado. La incomprensión de la economía se completa con una incomprensión de la democracia. Una colocación lucrativa e improductiva obtenida por favoritismo o nepotismo choca menos que la riqueza amasada sirviendo a los demás. Del mismo modo, nadie se ofusca cuando (contrariamente a la opinión pública americana) un alto personaje utiliza los aviones del Estado para irse de vacaciones, o pasárselo fastuosamente sin que le cueste en céntimo de sus propios denarios, es decir, haciéndoselo pagar a la masa de sus compatriotas. Por el contrario, si un ciudadano acomodado se toma las mismas vacaciones pagándoselas con su dinero personal, es un insulto a los desfavorecidos, a «quienes no pueden tomarse vacaciones», un daño considerable a la justicia social”.
“La pasión igualitaria de los franceses se concentra pues sobre la riqueza producida en el sector económico y por la actividad económica. De ningún modo se desencadena por ejemplo, delante del espectáculo del protocolo de opereta que rodea a los menores hechos y gestos de nuestros dirigentes, a todas esas puestas en escena grotescas que rodean sus apariciones con la aureola de una pompa de antaño”.
Los sueldos y jubilaciones que paga el Estado provienen de los impuestos que paga el sector productivo. De ahí que resulta incomprensible el antagonismo destructivo que tiene gran parte del sector público hacia las fuentes originales de su medio de vida. Es una especie de auto-sabotaje análogo al del perro que muerde la mano de quien le da de comer. Luego, al empresario se lo relega al último lugar en la escala social de valores por cuanto, se dice, está motivado por “incentivos de lucro”, que contrastan con la “espiritualidad motivadora” del resto de la sociedad. El citado autor agrega: “En una civilización en la que, durante mucho tiempo, las profesiones improductivas –más exactamente, digamos, no económicas- han sido las únicas en ser consideradas «nobles» ¿no es bueno alegrarse de que vaya perdiéndose ese prejuicio nefasto? En un país en el que la tercera parte de la población activa pertenece al sector público, donde los gastos de personal en el Estado representan más de la mitad del presupuesto y más de la décima parte del producto nacional bruto, ¿de dónde quieren que salga ese dinero para pagar a toda esa gente?”.
“Eso significa que nuestra sociedad ya no es viable o que toda una clase de funcionarios, en nuestro país, está demasiado enferma psíquicamente para confesarse a sí misma que se alimenta de aquello que desprecia: los hombres con dinero”.
Ante el afán desmedido de riquezas, culpan al dinero de la misma forma en que alguien puede culpar a los automóviles ante los accidentes provocados por la impericia de sus conductores. Sin embargo, dada la semejanza, pocas veces se escuchan propuestas para eliminar los vehículos que diariamente producen miles de victimas inocentes. Si se eliminara el dinero, se entorpecerían los intercambios comerciales provocando un retroceso significativo y un caos total. A menos que se busque con ello implantar el socialismo, que tampoco resulta ser una perspectiva atractiva. Jean Françoise Revel escribió:
“El dinero no es más que un medio, una herramienta, una expresión contable. Ver en él una realidad existente en sí misma y dotada de un psiquismo autónomo, de una fuerza propia, independiente del trabajo, de la habilidad y de la voluntad de los hombres que lo ganan y lo gastan, pertenece a la mentalidad prelógica y a la creencia en los sortilegios. Es asombroso que un gran partido haya podido vociferar durante años contra el «dinero corruptor» imaginándose enunciar con ello un programa político. No es el dinero, es el hombre lo que corrompe al hombre, con el dinero o con otra cosa. Suprimid el dinero: no suprimiréis la corrupción. La gran fuente de la corrupción en el mundo no es la propiedad privada, es la propiedad pública”.
“Todas las nomenklaturas [burocracias estatales] del mundo «desprecian el dinero», claro. Se contentan con palacios, villas, transportes, vestidos, atenciones médicas, vacaciones y festines gratuitos. Y alrededor de las nomenklaturas gravitan los funcionarios «cercanos al poder», a quienes sus protectores políticos colman de sinecuras. Son a la sociedad francesa actual lo que los abades de corte eran a la del siglo XVIII. En el seno de su ocio dorado, pero con fondos públicos, disponen de tiempo para componer libros contra la «sociedad del dinero»” (De “El Renacimiento democrático”-Plaza & Janés Editores-Barcelona 1992).
Otra de las “soluciones” propuestas por el hipócrita es la redistribución de la mayor parte de las ganancias empresariales, vía impuestos progresivos, y en forma de ayuda social. Con ello se logra, en primer lugar, limitar la inversión productiva y los incentivos a la producción, reduciéndose el nivel de actividad. Si con ello se lograra una significativa disminución de la pobreza, se justificaría su utilización. Sin embargo, además de limitar la producción, resulta ser un medio poco eficaz. Adviértase que en los países con un nivel de corrupción mediano, como los EEUU, de cada dólar confiscado para ayudar a los pobres, sólo les llega 30 centavos. Los restantes 70 centavos “quedaron en el camino”. En países con elevado nivel de corrupción sólo llegará a destino un 10 o 15% de la confiscación. De ahí que resulte mejor para todos la “despiadada” distribución de la riqueza vía mercado y trabajo.
Otra de las formas en que se manifiesta la hipocresía, esta vez de los políticos, es a través de la implantación de precios máximos, decisión que tiene como resultado la disminución de la producción al reducirse el incentivo monetario, por lo cual aparece la escasez o bien un aumento mayor de los precios cuando éstos se liberan. Por lo general, tal limitación de precios es un recurso empleado ante un proceso inflacionario surgido desde el Estado que gasta más de lo que recibe. Aunque produzca efectos negativos para todos en el mediano plazo, el ciudadano común piensa que un gobierno que limita los precios está “protegiendo a los pobres de la avaricia de los ricos” (y que si alguien dice lo contrario, está en contra de los pobres). Edmund Conway escribió:
“Un ejemplo reciente nos lo proporciona el presidente Richard Nixon, que en contra de su instinto y el de sus consejeros aprobó controles de precios y salarios en 1971. El resultado final fue que los problemas económicos se agravaron y, en última instancia, la inflación fue mayor. No obstante, la administración Nixon tenía un claro incentivo para imponer los controles: las elecciones estaban cerca, y sabía que los efectos desagradables de la política tardarían algún tiempo en ser evidentes. A corto plazo, el plan gozó de una enorme popularidad entre la opinión pública, y Nixon resultó reelegido en noviembre de 1972 con una victoria aplastante” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía”-Ariel-Buenos Aires 2011).
Buscando rédito político, el kirchnerismo no sólo imprime billetes en exceso para comprar voluntades, sino que incluso ha llegado a un default (incumplimiento) voluntario ya que, supone, ha encontrado a quien culpar por todos sus errores y desaciertos; el imperialismo yankee que “se opone al crecimiento que el país venía logrando”. En realidad, hace bastante tiempo que la economía está estancada, o en receso, pero la idea viene muy bien, ya que la mayor parte de la población odia a los EEUU y la decisión se adapta mucho mejor a las creencias populares que a la realidad. Tal decisión tendrá consecuencias negativas, si bien no resulta sencillo advertir cuáles serán. Se adujo que, de cumplirse con el fallo judicial adverso, se pondría en vigencia una cláusula que obliga al país dar un trato similar al resto de los bonistas. Sin embargo, al estar el Estado obligado por un fallo judicial, se advierte que no hubo una intención voluntaria de conceder una mejora selectiva, como lo requiere la cláusula mencionada.
También se duda de la legitimidad ética del sistema financiero, actitud heredada de la condena a la usura en épocas pasadas. Sin posibilidades de crédito, se produciría un estancamiento o bien el colapso de la producción, ya que los mercados financieros permiten transferir dinero desde el sector inversor al productivo. Si alguien ha de ganar dinero con el capital aportado por otros, corresponde que se otorgue al prestamista alguna ganancia por ser el capital un factor de la producción. De no tener ganancia alguna “por cuestiones éticas”, o por lo que fuera, nadie afrontaría el riesgo de prestar dinero si tal riesgo fuera esencialmente gratuito.
La idea de que el sector empresario es culpable, y que los sectores estatales e improductivos son inocentes de todos los males, hasta que se demuestre lo contrario, es la base del pensamiento subdesarrollado. Tal pensamiento, derivado de actitudes hipócritas, coincide con las ideas destructivas que el marxismo desarrolla buscando imponer sus creencias. Jean Françoise Revel escribió: “Cristianos y marxistas condenan el poder del dinero bajo su única forma capitalista y mercantil, distinta del poder político. Lo aceptan, por el contrario, cuando los dos poderes se confunden, es decir, cuando el Estado se convierte en una máquina de producir dinero para quienes le ocupan, o, lo que viene a ser lo mismo, una máquina que sirve para procurarles indirectamente un nivel de vida que de ordinario sólo una gran fortuna puede procurar a los particulares”.
“En nuestro siglo XX, numerosos curas y pastores han proferido contra el capitalismo anatemas que curiosamente no alcanzaban a los verdaderos Estados criminales del planeta, que mataban de hambre y sometían a la esclavitud a sus ciudadanos, por eso esos Estados, que habían suprimido a la economía de mercado, ya no podían pecar. Del mismo modo, la atribución de prebendas por el Estado (la palabra misma es de origen eclesiástico) no choca ni al clero ni a los marxistas, que por el contrario se escandalizan por la comisión que cobra un intermediario que suministra un servicio real, o por la plusvalía realizada por un inversor que ha corrido un riesgo personal y hubiera podido perder su inversión. A esta incomprensión de la sociedad mercantil se añade, particularmente en Francia y en los países latinos, un concepto de la igualdad según la cual sólo se condenan las desigualdades en el ámbito de la fortuna privada”.
“Además, caso extraño, el odio dirigido contra los que ganan mucho por sus propios medios no alcanza a los que ganan lo mismo bajo forma de prebendas y de sinecuras distribuidas por el Estado. La incomprensión de la economía se completa con una incomprensión de la democracia. Una colocación lucrativa e improductiva obtenida por favoritismo o nepotismo choca menos que la riqueza amasada sirviendo a los demás. Del mismo modo, nadie se ofusca cuando (contrariamente a la opinión pública americana) un alto personaje utiliza los aviones del Estado para irse de vacaciones, o pasárselo fastuosamente sin que le cueste en céntimo de sus propios denarios, es decir, haciéndoselo pagar a la masa de sus compatriotas. Por el contrario, si un ciudadano acomodado se toma las mismas vacaciones pagándoselas con su dinero personal, es un insulto a los desfavorecidos, a «quienes no pueden tomarse vacaciones», un daño considerable a la justicia social”.
“La pasión igualitaria de los franceses se concentra pues sobre la riqueza producida en el sector económico y por la actividad económica. De ningún modo se desencadena por ejemplo, delante del espectáculo del protocolo de opereta que rodea a los menores hechos y gestos de nuestros dirigentes, a todas esas puestas en escena grotescas que rodean sus apariciones con la aureola de una pompa de antaño”.
Los sueldos y jubilaciones que paga el Estado provienen de los impuestos que paga el sector productivo. De ahí que resulta incomprensible el antagonismo destructivo que tiene gran parte del sector público hacia las fuentes originales de su medio de vida. Es una especie de auto-sabotaje análogo al del perro que muerde la mano de quien le da de comer. Luego, al empresario se lo relega al último lugar en la escala social de valores por cuanto, se dice, está motivado por “incentivos de lucro”, que contrastan con la “espiritualidad motivadora” del resto de la sociedad. El citado autor agrega: “En una civilización en la que, durante mucho tiempo, las profesiones improductivas –más exactamente, digamos, no económicas- han sido las únicas en ser consideradas «nobles» ¿no es bueno alegrarse de que vaya perdiéndose ese prejuicio nefasto? En un país en el que la tercera parte de la población activa pertenece al sector público, donde los gastos de personal en el Estado representan más de la mitad del presupuesto y más de la décima parte del producto nacional bruto, ¿de dónde quieren que salga ese dinero para pagar a toda esa gente?”.
“Eso significa que nuestra sociedad ya no es viable o que toda una clase de funcionarios, en nuestro país, está demasiado enferma psíquicamente para confesarse a sí misma que se alimenta de aquello que desprecia: los hombres con dinero”.
domingo, 3 de agosto de 2014
Orden social vs. libertad
Son muy pocos los hombres que podrían vivir solos y completamente aislados de la sociedad, por lo que nuestra sociabilidad resulta ser una ventaja evolutiva que viene impresa en nuestra propia naturaleza. La necesidad de establecer un orden social se impone para facilitar la cooperación entre los distintos individuos que componen un grupo humano. De ahí que pueda denominarse “sociedad” a todo grupo que establece un orden social siendo su principal objetivo la supervivencia y la óptima realización de las potencialidades individuales. Si no existe tal orden, y reina el caos, se habla entonces de un simple conglomerado humano. Rubén H. Zorrilla escribió:
“Sociedad, cultura y persona constituyen la trinidad de la sociología. Las tres configuran la unidad del mundo sociocultural. Sin sociedad y sin cultura, no habría más que un individuo biológico desvalido; la persona no existiría. Sin ésta no habría sociedad ni cultura. Sobre los fundamentos de una arquitectura biológica inviolable, formada a lo largo de un vasto y misterioso proceso evolutivo, se elevó la sociedad humana y nacieron simultáneamente la persona y la cultura. En este proceso, algún homínido de plasticidad biológica y complejidad neurológica superiores se separó del universo natural y creó un aparato de complicación creciente para conectarse con él y sus congéneres. Desde alguna sociedad animal, se fueron formando la cultura y la persona. El cualquier caso, la sociedad –como lo prueban indirectamente las organizaciones sociales del mundo animal- precede a la cultura y la persona” (De “Principios y leyes de la Sociología”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).
El mantenimiento y mejora del orden social requiere de la mayoritaria adhesión a la cooperación antes que a la competencia y el aislamiento, ya que en toda sociedad existen tendencias que promueven la unión de sus integrantes como también aquellas de tipo disolvente. De ahí surge la lucha histórica entre el bien y el mal; entre una fuerza que propone establecer o mantener un orden social y otras que pretenden destruirlo. Como ejemplo de estas últimas, puede mencionarse la actitud dominante en quienes intentaron disolver la sociedad francesa en 1968: “Qué sabio fue aquél que en plena ocupación de la Sorbona escribió sobre uno de los monumentales cuadros que adornan sus viejos despachos esta lúcida frase: «La humanidad será feliz el día en que el último de los burócratas habrá sido colgado con las tripas del último de los capitalistas»” (De “Mayo'68” de José M. Vidal Villa-Editorial Bruguera SA-Barcelona 1978).
Por lo general, se acepta que el orden social debe establecerse a costa de una necesaria disminución de la libertad individual; de tal forma que, a mayor orden social, menor libertad, y viceversa. En antiguas civilizaciones, y en los totalitarismos recientes, la libertad era una atribución propia y exclusiva del emperador, del führer o del jefe del Partido Comunista, mientras que el resto sólo tenía la “libertad para obedecer”. Francisco Ayala escribió: “El dualismo polémico entre libertad y orden pertenece a un determinado momento de la historia política. Es la fórmula concreta de una contraposición de actitudes frente al Estado en una precisa fase de la sociedad moderna, cuyas condiciones permitieron que los hombres se agruparan como partidarios del orden, por un lado, y partidarios de la libertad por el otro”. “Cuando se afirma, como es frecuente, que en el mundo oriental era desconocida la libertad, quiere aludirse a la libertad instituida, organizada socialmente; a lo que suele entenderse por libertad política. Eran imperios inmensos regidos despóticamente por un dominador que se apoyaba en un grupo reducido de personas próximas a él. La extensión de la tierra sobre la que se dilataba su imperio, unida a la escasez de los medios de control a su disposición, obligaba a intensificar al máximo las atribuciones del dominador, cuya voluntad era, en principio, incontrastable. Jurídicamente sólo el déspota era libre, y él lo era en términos absolutos” (De “Historia de la libertad”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1951).
Se pueden vincular ambos conceptos mediante una fórmula sencilla:
Libertad = 1 / Orden social
Como ejemplo podemos considerar lo que ocurre en un establecimiento educativo a la hora del recreo, durante el cual los alumnos disponen de la mayor libertad permitida. Una vez que se reinician las actividades en el aula, se requiere orden y ello se logra restringiendo la libertad que instantes antes estaba permitida. Adviértase que, de seguir los alumnos con la predisposición anterior, no habría orden suficiente y la clase no podría concretarse.
Existen dos formas extremas en que se establece el orden. En la primera se lo consigue en base a la autodisciplina propia del alumno, siendo una consecuencia del amor propio que posee, no queriendo ser advertido por el docente que confió en su madurez por lo que teme su propia reprensión moral. La segunda se establece ante el temor por algún tipo de sanción o castigo material que institucionalmente se aplica al alumno que carece tanto de la suficiente autodisciplina como del consiguiente amor propio.
En cuanto a las tendencias políticas extremas, encontramos el anarquismo, que pretende la disolución del Estado para que así no se restrinja la libertad individual. En el otro extremo tenemos al socialismo real, que pretende establecer un orden social artificial, a partir del Estado, con la esperanza de que todo individuo se adapte al mismo, al precio de desconocer la libertad individual; todo se planifica, menos la libertad. El anarquista tendría razón si los hombres no tuviesen fallas, mientras que el socialista tendría razón si todos los hombres tuviesen serias fallas. De ahí que la postura que mejor se adapta a la realidad es la que propone que el orden social se establezca en forma espontánea luego del predominio de la autodisciplina, mientras que el Estado contempla los casos, siempre presentes, en que ello no ocurra. Siguiendo con la analogía anterior, el anarquista pretende eliminar todo tipo de sanción disciplinaria en las escuelas, mientras que el socialista pretende intensificarlas y aplicarlas incluso en forma preventiva.
Puede argumentarse que existen casos en que las autoridades educativas, claramente identificadas con el socialismo, proponen y logran erradicar las sanciones, actuando como anarquistas, aunque en realidad están en la fase destructiva de la sociedad capitalista, mientras que con el socialismo se harán las cosas en forma distinta. Adviértase que quienes promueven mínimas penas para peligrosos delincuentes, son los que simultáneamente admiran a Fidel Castro por la “mano dura” (o durísima) empleada en su gestión de gobierno; dureza que, posiblemente, ya no se utilice ante el temor que fue capaz de inducir.
Puede advertirse que, en el caso del aula, cuando la totalidad de los alumnos tienen madurez suficiente, surge un orden espontáneo, haciendo innecesario cualquier tipo de sanción. De esa forma no existe un antagonismo entre orden y libertad, ya que pueden coexistir ambas sin excluirse mutuamente. Por el contrario, si se impone un orden demasiado riguroso, es posible que se malogre la libertad individual, que tarde o temprano provocará alguna forma de protesta. Se advierte, además, que el alumno en clase, si bien no se le permite realizar varias acciones, ha de adquirir nuevos conocimientos que acrecentarán las posibilidades de realizar otras no previstas con anterioridad, que compensan con amplitud a las prohibidas momentáneamente. Como consecuencia, puede decirse que no existe en ese caso incompatibilidad entre orden y libertad, sino que el sacrificio de algo de libertad no implica una pérdida, sino una inversión, ya que el individuo podrá capacitarse para realizar una mayor cantidad de acciones posibles. Este mismo proceso podrá darse en el resto de la sociedad. De ahí que el Estado sea visto como un medio que protege las libertades individuales favoreciendo simultáneamente el orden social, como es el caso del Estado democrático.
De la misma manera en que hablamos de los grados de libertad que un móvil tiene, considerando que posee mayores grados de libertad a medida que puede moverse en una mayor cantidad de formas posibles, mientras mayor sea la capacidad de adaptación de un hombre, como consecuencia de la mayor cantidad de conocimientos y de información adquirida, requiere de mayor cantidad de libertad para desarrollar sus potencialidades. Y mayor será la cantidad de libertad que podrá perder antes de sentirse esclavizado, tal el caso del intelectual que, aunque fuese encarcelado su cuerpo, nunca se podrá hacerlo con su mente. Este fue el caso de Epicteto, esclavo romano que trascendió a la historia como un reconocido filósofo.
Mientras que la libertad individual es un derecho inalienable, ya que le resulta imprescindible a todo individuo para conservarse y protegerse, junto a sus allegados, el Estado ha de asumir la obligación de conservar y de proteger el orden social, que es también una forma de proteger a todo el que esté involucrado. La idea de que, con el Estado, se produzca necesariamente el gobierno del hombre sobre el hombre, queda excluida; excepto cuando el gobierno se desvirtúa alejándose de sus atribuciones propias. Toda ley que obliga a un hombre a hacer algo, o a no hacerlo, se justifica cuando esté orientada a la estabilidad del orden social, que se logra protegiendo la libertad individual. Mariano Grondona escribió:
“Lo que quiere la gente cuando se une en sociedad es, primero, una ley positiva, algo así como la reglamentación de la ley natural. En el estado de naturaleza existía una ley natural pero nadie sabía bien dónde empezaba y dónde terminaba. La ley positiva sólo tiene por fin fijar y puntualizar la aplicación de la ley natural. Con lo cual queda aceptada la famosa jerarquía de leyes de Santo Tomás. Si una ley humana (inferior) va contra la ley natural (superior), no es verdadera «ley». La sociedad se une además para lograr un juez «indiferente», alguien imparcial que determine quién tiene razón en un conflicto determinado. Y, en tercer lugar, para que haya una autoridad que ejecute las sentencias de los jueces, que confiera poder a la ley y a quienes la interpretan” (De “Los pensadores de la libertad”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).
El Estado, en cuanto a la justicia, se desvirtúa con la intromisión de ideologías políticas que desplazan la imparcialidad atribuible al conocimiento científico, ya que las leyes naturales rigen igualitariamente a todo integrante de la sociedad. Por el contrario, un juez sometido ideológicamente, tiende a fallar siempre a favor, no del culpable, sino del que la ideología respectiva le indica que siempre es culpable. Así, el juez con orientación izquierdista tiende a favorecer al delincuente antes que a la persona decente por cuanto atribuye como causa de los delitos al “sistema capitalista”, o en el caso del juez laboral que tiende a favorecer al empleado por cuanto tiene una animadversión manifiesta contra los empresarios. La politización de la justicia implica una consciente orientación hacia la injusticia.
“Sociedad, cultura y persona constituyen la trinidad de la sociología. Las tres configuran la unidad del mundo sociocultural. Sin sociedad y sin cultura, no habría más que un individuo biológico desvalido; la persona no existiría. Sin ésta no habría sociedad ni cultura. Sobre los fundamentos de una arquitectura biológica inviolable, formada a lo largo de un vasto y misterioso proceso evolutivo, se elevó la sociedad humana y nacieron simultáneamente la persona y la cultura. En este proceso, algún homínido de plasticidad biológica y complejidad neurológica superiores se separó del universo natural y creó un aparato de complicación creciente para conectarse con él y sus congéneres. Desde alguna sociedad animal, se fueron formando la cultura y la persona. El cualquier caso, la sociedad –como lo prueban indirectamente las organizaciones sociales del mundo animal- precede a la cultura y la persona” (De “Principios y leyes de la Sociología”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).
El mantenimiento y mejora del orden social requiere de la mayoritaria adhesión a la cooperación antes que a la competencia y el aislamiento, ya que en toda sociedad existen tendencias que promueven la unión de sus integrantes como también aquellas de tipo disolvente. De ahí surge la lucha histórica entre el bien y el mal; entre una fuerza que propone establecer o mantener un orden social y otras que pretenden destruirlo. Como ejemplo de estas últimas, puede mencionarse la actitud dominante en quienes intentaron disolver la sociedad francesa en 1968: “Qué sabio fue aquél que en plena ocupación de la Sorbona escribió sobre uno de los monumentales cuadros que adornan sus viejos despachos esta lúcida frase: «La humanidad será feliz el día en que el último de los burócratas habrá sido colgado con las tripas del último de los capitalistas»” (De “Mayo'68” de José M. Vidal Villa-Editorial Bruguera SA-Barcelona 1978).
Por lo general, se acepta que el orden social debe establecerse a costa de una necesaria disminución de la libertad individual; de tal forma que, a mayor orden social, menor libertad, y viceversa. En antiguas civilizaciones, y en los totalitarismos recientes, la libertad era una atribución propia y exclusiva del emperador, del führer o del jefe del Partido Comunista, mientras que el resto sólo tenía la “libertad para obedecer”. Francisco Ayala escribió: “El dualismo polémico entre libertad y orden pertenece a un determinado momento de la historia política. Es la fórmula concreta de una contraposición de actitudes frente al Estado en una precisa fase de la sociedad moderna, cuyas condiciones permitieron que los hombres se agruparan como partidarios del orden, por un lado, y partidarios de la libertad por el otro”. “Cuando se afirma, como es frecuente, que en el mundo oriental era desconocida la libertad, quiere aludirse a la libertad instituida, organizada socialmente; a lo que suele entenderse por libertad política. Eran imperios inmensos regidos despóticamente por un dominador que se apoyaba en un grupo reducido de personas próximas a él. La extensión de la tierra sobre la que se dilataba su imperio, unida a la escasez de los medios de control a su disposición, obligaba a intensificar al máximo las atribuciones del dominador, cuya voluntad era, en principio, incontrastable. Jurídicamente sólo el déspota era libre, y él lo era en términos absolutos” (De “Historia de la libertad”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1951).
Se pueden vincular ambos conceptos mediante una fórmula sencilla:
Libertad = 1 / Orden social
Como ejemplo podemos considerar lo que ocurre en un establecimiento educativo a la hora del recreo, durante el cual los alumnos disponen de la mayor libertad permitida. Una vez que se reinician las actividades en el aula, se requiere orden y ello se logra restringiendo la libertad que instantes antes estaba permitida. Adviértase que, de seguir los alumnos con la predisposición anterior, no habría orden suficiente y la clase no podría concretarse.
Existen dos formas extremas en que se establece el orden. En la primera se lo consigue en base a la autodisciplina propia del alumno, siendo una consecuencia del amor propio que posee, no queriendo ser advertido por el docente que confió en su madurez por lo que teme su propia reprensión moral. La segunda se establece ante el temor por algún tipo de sanción o castigo material que institucionalmente se aplica al alumno que carece tanto de la suficiente autodisciplina como del consiguiente amor propio.
En cuanto a las tendencias políticas extremas, encontramos el anarquismo, que pretende la disolución del Estado para que así no se restrinja la libertad individual. En el otro extremo tenemos al socialismo real, que pretende establecer un orden social artificial, a partir del Estado, con la esperanza de que todo individuo se adapte al mismo, al precio de desconocer la libertad individual; todo se planifica, menos la libertad. El anarquista tendría razón si los hombres no tuviesen fallas, mientras que el socialista tendría razón si todos los hombres tuviesen serias fallas. De ahí que la postura que mejor se adapta a la realidad es la que propone que el orden social se establezca en forma espontánea luego del predominio de la autodisciplina, mientras que el Estado contempla los casos, siempre presentes, en que ello no ocurra. Siguiendo con la analogía anterior, el anarquista pretende eliminar todo tipo de sanción disciplinaria en las escuelas, mientras que el socialista pretende intensificarlas y aplicarlas incluso en forma preventiva.
Puede argumentarse que existen casos en que las autoridades educativas, claramente identificadas con el socialismo, proponen y logran erradicar las sanciones, actuando como anarquistas, aunque en realidad están en la fase destructiva de la sociedad capitalista, mientras que con el socialismo se harán las cosas en forma distinta. Adviértase que quienes promueven mínimas penas para peligrosos delincuentes, son los que simultáneamente admiran a Fidel Castro por la “mano dura” (o durísima) empleada en su gestión de gobierno; dureza que, posiblemente, ya no se utilice ante el temor que fue capaz de inducir.
Puede advertirse que, en el caso del aula, cuando la totalidad de los alumnos tienen madurez suficiente, surge un orden espontáneo, haciendo innecesario cualquier tipo de sanción. De esa forma no existe un antagonismo entre orden y libertad, ya que pueden coexistir ambas sin excluirse mutuamente. Por el contrario, si se impone un orden demasiado riguroso, es posible que se malogre la libertad individual, que tarde o temprano provocará alguna forma de protesta. Se advierte, además, que el alumno en clase, si bien no se le permite realizar varias acciones, ha de adquirir nuevos conocimientos que acrecentarán las posibilidades de realizar otras no previstas con anterioridad, que compensan con amplitud a las prohibidas momentáneamente. Como consecuencia, puede decirse que no existe en ese caso incompatibilidad entre orden y libertad, sino que el sacrificio de algo de libertad no implica una pérdida, sino una inversión, ya que el individuo podrá capacitarse para realizar una mayor cantidad de acciones posibles. Este mismo proceso podrá darse en el resto de la sociedad. De ahí que el Estado sea visto como un medio que protege las libertades individuales favoreciendo simultáneamente el orden social, como es el caso del Estado democrático.
De la misma manera en que hablamos de los grados de libertad que un móvil tiene, considerando que posee mayores grados de libertad a medida que puede moverse en una mayor cantidad de formas posibles, mientras mayor sea la capacidad de adaptación de un hombre, como consecuencia de la mayor cantidad de conocimientos y de información adquirida, requiere de mayor cantidad de libertad para desarrollar sus potencialidades. Y mayor será la cantidad de libertad que podrá perder antes de sentirse esclavizado, tal el caso del intelectual que, aunque fuese encarcelado su cuerpo, nunca se podrá hacerlo con su mente. Este fue el caso de Epicteto, esclavo romano que trascendió a la historia como un reconocido filósofo.
Mientras que la libertad individual es un derecho inalienable, ya que le resulta imprescindible a todo individuo para conservarse y protegerse, junto a sus allegados, el Estado ha de asumir la obligación de conservar y de proteger el orden social, que es también una forma de proteger a todo el que esté involucrado. La idea de que, con el Estado, se produzca necesariamente el gobierno del hombre sobre el hombre, queda excluida; excepto cuando el gobierno se desvirtúa alejándose de sus atribuciones propias. Toda ley que obliga a un hombre a hacer algo, o a no hacerlo, se justifica cuando esté orientada a la estabilidad del orden social, que se logra protegiendo la libertad individual. Mariano Grondona escribió:
“Lo que quiere la gente cuando se une en sociedad es, primero, una ley positiva, algo así como la reglamentación de la ley natural. En el estado de naturaleza existía una ley natural pero nadie sabía bien dónde empezaba y dónde terminaba. La ley positiva sólo tiene por fin fijar y puntualizar la aplicación de la ley natural. Con lo cual queda aceptada la famosa jerarquía de leyes de Santo Tomás. Si una ley humana (inferior) va contra la ley natural (superior), no es verdadera «ley». La sociedad se une además para lograr un juez «indiferente», alguien imparcial que determine quién tiene razón en un conflicto determinado. Y, en tercer lugar, para que haya una autoridad que ejecute las sentencias de los jueces, que confiera poder a la ley y a quienes la interpretan” (De “Los pensadores de la libertad”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).
El Estado, en cuanto a la justicia, se desvirtúa con la intromisión de ideologías políticas que desplazan la imparcialidad atribuible al conocimiento científico, ya que las leyes naturales rigen igualitariamente a todo integrante de la sociedad. Por el contrario, un juez sometido ideológicamente, tiende a fallar siempre a favor, no del culpable, sino del que la ideología respectiva le indica que siempre es culpable. Así, el juez con orientación izquierdista tiende a favorecer al delincuente antes que a la persona decente por cuanto atribuye como causa de los delitos al “sistema capitalista”, o en el caso del juez laboral que tiende a favorecer al empleado por cuanto tiene una animadversión manifiesta contra los empresarios. La politización de la justicia implica una consciente orientación hacia la injusticia.
viernes, 1 de agosto de 2014
De la honradez a la hipocresía y el cinismo
Por lo general, cuando se trata de describir la decadencia o el estancamiento de la Argentina, se recurre a los aspectos económicos. Sin embargo, debe también desarrollarse la descripción de la decadencia moral. Al existir una correlación entre ambas, surgen dos interpretaciones distintas; la primera sostiene que la decadencia moral produce indefectiblemente la económica, mientras que la segunda indica que la decadencia económica arrastra consigo la decadencia moral. Quienes aducen esta última alternativa, en cierta forma suponen que la gente pobre debería ser corrupta y los ricos honrados, algo que no resulta compatible con la realidad. Tampoco lo opuesto es válido, no debiendo generalizarse en este sentido. Lo que sí puede afirmarse es que el deterioro moral producirá luego un deterioro económico.
Varias décadas atrás, todo vínculo comercial, o contractual, se hacía “de palabra”. Ante el predominio de la honradez de las personas, reflejo de la mentalidad reinante, no hacia falta establecer contratos ni concurrir a un escribano público para asegurar el cumplimiento de lo pactado. En la época actual, es impensable hacer algo semejante, ya que implica sucumbir económicamente en poco tiempo, excepto que los pactos se establezcan con personas de mucha confianza. Respecto de un ex-vicepresidente de la Nación (1922-28), Nelson Castro escribió: “Son muchos los testimonios de quienes recuerdan haberlo visto caminando por alguna calle céntrica de Buenos Aires, vistiendo un traje limpio pero gastado y portando un portafolio castigado por el paso del tiempo, o haciendo cola para subir al tranvía. Al reconocerlo, algunos tímidamente se acercaban a saludarlo. -«¿Cómo es posible que usted esté pasando estas vicisitudes?», le preguntaban. -«Ninguna vicisitud; es lo que corresponde», respondía él con naturalidad. Este era Elpidio González”.
De predominar en nuestra sociedad este tipo de persona, que tenía como principal orgullo el de ser una persona decente, se terminaría de inmediato con los populismos que han impedido el progreso de la Argentina. Elpidio González alguna vez manifestó: “Hay que servir a la Nación con desinterés personal, y después de disfrutar del honor de haber sido presidente o vice, no se le puede exigir al Estado que nos mantenga con altos sueldos vitalicios” (De “Vicepresidentes argentinos”-Nelson Castro-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).
Haciendo comparaciones con el actual vicepresidente (2014), se advierte que hemos entrado en la época del cinismo. Puede hacerse un resumen de las tendencias morales:
1- Honradez: se valora y se posee la virtud moral
2- Hipocresía: se valora tal virtud, pero se finge poseerla
3- Cinismo: no se la valora ni tampoco se finge poseerla
El cinismo se advierte principalmente en los gobernantes, que en cierta forma son un reflejo de la sociedad ya que de ella surgen y ella los elige. La mentira y el robo son los aspectos más evidentes del deterioro moral, por lo que el funcionamiento de la sociedad se deteriora en todos los aspectos. Considerando los asesinatos, se reduce al mínimo la calidad de vida, ya que todo individuo tan sólo tiene como aspiración la supervivencia; “que no me maten y que no me roben”, un ideal que implica objetivos alejados del potencial desarrollo que un individuo puede tener.
En todo proceso evolutivo, ya se trate de cualquier forma de vida, de la cultura de los pueblos o, incluso, de la propia ciencia experimental, aparece la imperiosa necesidad de aprender de los errores. De lo contrario tal proceso se detiene, o desaparece como tal. Existe un factor esencial que impide que los pueblos progresen, o que salgan de situaciones de crisis, y es la debilidad moral de gobernantes y pueblo que se niegan a reconocer errores impidiendo el normal funcionamiento del proceso evolutivo cultural.
La negación de la realidad se debe principalmente a la ignorancia de quienes no saben interpretarla adecuadamente y a la mentira que la encubre hasta deformarla, para hacerla compatible con la ideología dominante. Pero la verdad, tarde o temprano, se hace presente, a veces de la forma menos benigna. Aunque tampoco de esa crisis aprende el ignorante y el mentiroso, ya que de inmediato culpa a los demás por la situación adversa suponiendo que enemigos imaginarios tratan de destruirlo, otorgándose una importancia ni siquiera tenida en cuenta por los demás. Podemos hacer una síntesis de la secuencia adoptada por los gobiernos populistas:
a- Si hay problemas, no debe hablarse de ellos
b- Si resulta inevitable nombrarlos, cambiarles de nombre
c- Mientras tanto, se inventan acontecimientos que ocupan la atención pública para alejarla de los problemas reales
d- Si los problemas se han hecho muy evidentes, entonces se atribuye la culpa a los demás (gobiernos anteriores, grandes corporaciones, el imperialismo yankee o el sistema capitalista)
e- Si la táctica anterior no resulta suficiente, en lugar de mostrarse culpable, se adopta la postura de la victima inocente que padece la maldad de “ellos”; el sector opositor que busca la destitución
f- Si todo lo anterior resulta insuficiente, se trata de embaucar al pueblo mediante largos mensajes televisivos sin que advierta que lo están engañando. Se busca que sea conciente de la estafa recién “cuando yo ya no esté allí”
g- Si un gobierno posterior no pudo resolver la crisis heredada, en algunos años más podrá postularse para un nuevo periodo presidencial, ya que la memoria del pueblo es débil
La reciente cesación de pagos pronto fue negada por el gobierno, incluso intentando cambiarle de nombre. Con ello ha tranquilizado al sector obsecuente de la población. De todas maneras, con un nombre u otro, aceptándola o no, los efectos dependen del nivel de confianza que en los inversores genere la situación. Esta actitud del gobierno nos hace recordar aquellas expresiones de que “no existe inflación, es un acomodamiento de precios”. Cuando la inflación se hizo muy evidente, culpó a los “especuladores”, hasta que en el último año se llegó a una duplicación del costo de la canasta básica de alimentos.
Si nos remontamos al 2002, cuando el entonces Presidente de la Nación fue aplaudido por todos los integrantes del Congreso Nacional ante la convincente declaración de: “¡No vamos a pagar la deuda!”, advertimos que entrábamos en la década de la estafa y de la delincuencia abierta y descarada, es decir, superamos la etapa de la hipocresía para entrar en la del cinismo. En esas épocas, un ex-Presidente uruguayo expresó (sin advertir que había una cámara de TV encendida): “¡Los argentinos; una manga de ladrones del primero hasta el último!” previendo o corroborando (según si fue antes o después) la actitud pública del propio primer mandatario argentino (Rodríguez Saa).
Hemos llegado al extremo de tener que hacer esfuerzos para seguir manteniendo las ideas y los sentimientos morales que nos indican que delincuente es el que no paga las deudas y no el que pretende cobrarlas. Si nos guiamos por lo que opina el sector oficialista, las cosas son al revés, por lo cual aparece una peligrosa disociación al aceptar que la moral de las naciones resulta opuesta a la moral de los individuos.
Si alguien roba, como un medio de vida, demás está decir que se trata de una persona que se ha excluido voluntariamente de la sociedad por cuanto la víctima aborrece tal tipo de acción. El ladrón conserva todavía un poco de vergüenza ya que por lo general actúa sin que lo vean, por lo que hace pensar que puede ser recuperable; socialmente hablando. El estafador, en cambio, cuando pide dinero prestado para jactarse luego de que no lo va a devolver, da la sensación de que es irrecuperable dado el cinismo manifiesto. De ahí que no resulta sorpresivo enterarnos que la Argentina lidera en Latinoamérica el índice de robos por cantidad de habitantes, casi duplicando al segundo (Brasil). El ladrón tiene en la Argentina el aliciente de los integrantes del gobierno nacional que dan ejemplos de robos a gran escala, por una parte, y de la propia “justicia” que aduce que el delincuente actúa de esa forma porque el ciudadano decente lo excluyó previamente de la sociedad y que el delito es entonces una justa venganza.
Son muchos los que piensan que el ciudadano decente debe trabajar para mantener a su familia y, además, debe hacer horas extras para mantener indirectamente a muchos que no quieren trabajar, evitando, de esa manera, que salgan a robar. Luego, al negarse a trabajar esas horas adicionales, justificaría la culpabilidad supuesta. El medio más efectivo para llevar a cabo esta idea es el apoyo electoral a un gobierno populista que trate de “contener” a los potenciales ladrones manteniéndolos con lo obtenido de la confiscación parcial de las ganancias del sector productivo. Con esto satisface, además, las múltiples adhesiones de los socialistas, quienes “generosamente” promueven repartir las riquezas ajenas pero sin dar nada propio y mucho menos pensar en la remota posibilidad de producir algo que pueda mejorar la situación económica y social de algún necesitado.
Las personas, como los países exitosos, luego de cada traspié se preguntan en qué fallaron. Los países en crisis prolongadas, en cambio, aducen complots extranjeros y no desaprovechan la situación para descalificar al sistema económico poco afín a sus gustos. Roberto Cachanosky escribió antes del fallo negativo acerca del default: “Que politizaron el tema de la deuda es clarísimo, lo que me hace pensar que vamos de cabeza al default porque es un buen negocio político, dentro de la declinación que viene teniendo el kirchnerismo. Es algo así como la malvinización de la deuda externa. Tratar de conseguir el apoyo de la población contra el enemigo externo, es este caso el imperio americano con su justicia que extorsiona y los holdouts que no tienen piedad con tal de cobrar”.
“La pregunta es: ¿Por qué todo el sistema judicial norteamericano va a querer extorsionar a Argentina? ¿Tan poderosos somos como para que quieran destruirnos?”. “El riesgo de jugar con el falso nacionalismo e ir a la cabeza del default, consiste en que los bonos de Argentina caigan en forma notable. Si esos bonos caen y parte de ellos están en el activo de los bancos, el sistema financiero va a tener una fenomenal pérdida patrimonial. Eso puede llevarlo a cortar créditos, por ejemplo los giros en descubierto como ocurrió en otras oportunidades, con lo cual se corta la cadena de pagos y se profundiza el proceso recesivo”.
“Axel Kicillof afirmó que los holdouts quieren «tirar abajo el proceso de reestructuración» de deuda encarado por el país en 2005 y 2010, con objeto de «volver a la dinámica del sobreendeudamiento» propia del «neoliberalismo». Evidentemente Kicillof [Ministro de Economía] parece tener algún tipo de tara con el liberalismo, porque si hay algo que, entre muchas otras cosas, propugna el liberalismo, es la disciplina fiscal. Si hay disciplina fiscal no hay déficit. Si no hay déficit no hay necesidad de endeudamiento. Es más, el liberalismo propugna un bajo gasto público, con un Estado subordinado a defender el derecho a la vida, la propiedad y la libertad de las personas. Por lo tanto, un bajo nivel de gasto público puede tener fácilmente como contrapartida el equilibrio fiscal y la ausencia de endeudamiento”. “Por el contrario, es el populismo autoritario que defiende Kicillof el que lleva al desborde del gasto público, al déficit fiscal y a la necesidad de endeudarse”.
“Nadie seriamente puede decir que el liberalismo impulsa el aumento del gasto público…es como decir que el marxismo impulsa las privatizaciones”. “Mientras tanto continuará el ajuste por el lado del sector privado mientras sigue la fiesta en el sector público, como puede verse con el gasto que sigue creciendo a tasas anuales del 45%” (De http://economiaparatodos.net ).
El gobierno utiliza la situación repitiendo que no va a pagar con el hambre del pueblo, como si acaso alguna vez se interesara en serio por los problemas cotidianos que sufre la población. Si de verdad se preocupara por el pueblo, trataría de no derrochar los recursos económicos, de no ahuyentar capitales productivos, de no enriquecerse a nivel personal hasta llegar a cifras inverosímiles, de no llenar el Estado con parásitos que sólo sirven para entorpecer la labor del que trabaja, incluso de impedir la producción ante la confiscación de ganancias empresariales que podrían aplicarse en la inversión productiva.
Varias décadas atrás, todo vínculo comercial, o contractual, se hacía “de palabra”. Ante el predominio de la honradez de las personas, reflejo de la mentalidad reinante, no hacia falta establecer contratos ni concurrir a un escribano público para asegurar el cumplimiento de lo pactado. En la época actual, es impensable hacer algo semejante, ya que implica sucumbir económicamente en poco tiempo, excepto que los pactos se establezcan con personas de mucha confianza. Respecto de un ex-vicepresidente de la Nación (1922-28), Nelson Castro escribió: “Son muchos los testimonios de quienes recuerdan haberlo visto caminando por alguna calle céntrica de Buenos Aires, vistiendo un traje limpio pero gastado y portando un portafolio castigado por el paso del tiempo, o haciendo cola para subir al tranvía. Al reconocerlo, algunos tímidamente se acercaban a saludarlo. -«¿Cómo es posible que usted esté pasando estas vicisitudes?», le preguntaban. -«Ninguna vicisitud; es lo que corresponde», respondía él con naturalidad. Este era Elpidio González”.
De predominar en nuestra sociedad este tipo de persona, que tenía como principal orgullo el de ser una persona decente, se terminaría de inmediato con los populismos que han impedido el progreso de la Argentina. Elpidio González alguna vez manifestó: “Hay que servir a la Nación con desinterés personal, y después de disfrutar del honor de haber sido presidente o vice, no se le puede exigir al Estado que nos mantenga con altos sueldos vitalicios” (De “Vicepresidentes argentinos”-Nelson Castro-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).
Haciendo comparaciones con el actual vicepresidente (2014), se advierte que hemos entrado en la época del cinismo. Puede hacerse un resumen de las tendencias morales:
1- Honradez: se valora y se posee la virtud moral
2- Hipocresía: se valora tal virtud, pero se finge poseerla
3- Cinismo: no se la valora ni tampoco se finge poseerla
El cinismo se advierte principalmente en los gobernantes, que en cierta forma son un reflejo de la sociedad ya que de ella surgen y ella los elige. La mentira y el robo son los aspectos más evidentes del deterioro moral, por lo que el funcionamiento de la sociedad se deteriora en todos los aspectos. Considerando los asesinatos, se reduce al mínimo la calidad de vida, ya que todo individuo tan sólo tiene como aspiración la supervivencia; “que no me maten y que no me roben”, un ideal que implica objetivos alejados del potencial desarrollo que un individuo puede tener.
En todo proceso evolutivo, ya se trate de cualquier forma de vida, de la cultura de los pueblos o, incluso, de la propia ciencia experimental, aparece la imperiosa necesidad de aprender de los errores. De lo contrario tal proceso se detiene, o desaparece como tal. Existe un factor esencial que impide que los pueblos progresen, o que salgan de situaciones de crisis, y es la debilidad moral de gobernantes y pueblo que se niegan a reconocer errores impidiendo el normal funcionamiento del proceso evolutivo cultural.
La negación de la realidad se debe principalmente a la ignorancia de quienes no saben interpretarla adecuadamente y a la mentira que la encubre hasta deformarla, para hacerla compatible con la ideología dominante. Pero la verdad, tarde o temprano, se hace presente, a veces de la forma menos benigna. Aunque tampoco de esa crisis aprende el ignorante y el mentiroso, ya que de inmediato culpa a los demás por la situación adversa suponiendo que enemigos imaginarios tratan de destruirlo, otorgándose una importancia ni siquiera tenida en cuenta por los demás. Podemos hacer una síntesis de la secuencia adoptada por los gobiernos populistas:
a- Si hay problemas, no debe hablarse de ellos
b- Si resulta inevitable nombrarlos, cambiarles de nombre
c- Mientras tanto, se inventan acontecimientos que ocupan la atención pública para alejarla de los problemas reales
d- Si los problemas se han hecho muy evidentes, entonces se atribuye la culpa a los demás (gobiernos anteriores, grandes corporaciones, el imperialismo yankee o el sistema capitalista)
e- Si la táctica anterior no resulta suficiente, en lugar de mostrarse culpable, se adopta la postura de la victima inocente que padece la maldad de “ellos”; el sector opositor que busca la destitución
f- Si todo lo anterior resulta insuficiente, se trata de embaucar al pueblo mediante largos mensajes televisivos sin que advierta que lo están engañando. Se busca que sea conciente de la estafa recién “cuando yo ya no esté allí”
g- Si un gobierno posterior no pudo resolver la crisis heredada, en algunos años más podrá postularse para un nuevo periodo presidencial, ya que la memoria del pueblo es débil
La reciente cesación de pagos pronto fue negada por el gobierno, incluso intentando cambiarle de nombre. Con ello ha tranquilizado al sector obsecuente de la población. De todas maneras, con un nombre u otro, aceptándola o no, los efectos dependen del nivel de confianza que en los inversores genere la situación. Esta actitud del gobierno nos hace recordar aquellas expresiones de que “no existe inflación, es un acomodamiento de precios”. Cuando la inflación se hizo muy evidente, culpó a los “especuladores”, hasta que en el último año se llegó a una duplicación del costo de la canasta básica de alimentos.
Si nos remontamos al 2002, cuando el entonces Presidente de la Nación fue aplaudido por todos los integrantes del Congreso Nacional ante la convincente declaración de: “¡No vamos a pagar la deuda!”, advertimos que entrábamos en la década de la estafa y de la delincuencia abierta y descarada, es decir, superamos la etapa de la hipocresía para entrar en la del cinismo. En esas épocas, un ex-Presidente uruguayo expresó (sin advertir que había una cámara de TV encendida): “¡Los argentinos; una manga de ladrones del primero hasta el último!” previendo o corroborando (según si fue antes o después) la actitud pública del propio primer mandatario argentino (Rodríguez Saa).
Hemos llegado al extremo de tener que hacer esfuerzos para seguir manteniendo las ideas y los sentimientos morales que nos indican que delincuente es el que no paga las deudas y no el que pretende cobrarlas. Si nos guiamos por lo que opina el sector oficialista, las cosas son al revés, por lo cual aparece una peligrosa disociación al aceptar que la moral de las naciones resulta opuesta a la moral de los individuos.
Si alguien roba, como un medio de vida, demás está decir que se trata de una persona que se ha excluido voluntariamente de la sociedad por cuanto la víctima aborrece tal tipo de acción. El ladrón conserva todavía un poco de vergüenza ya que por lo general actúa sin que lo vean, por lo que hace pensar que puede ser recuperable; socialmente hablando. El estafador, en cambio, cuando pide dinero prestado para jactarse luego de que no lo va a devolver, da la sensación de que es irrecuperable dado el cinismo manifiesto. De ahí que no resulta sorpresivo enterarnos que la Argentina lidera en Latinoamérica el índice de robos por cantidad de habitantes, casi duplicando al segundo (Brasil). El ladrón tiene en la Argentina el aliciente de los integrantes del gobierno nacional que dan ejemplos de robos a gran escala, por una parte, y de la propia “justicia” que aduce que el delincuente actúa de esa forma porque el ciudadano decente lo excluyó previamente de la sociedad y que el delito es entonces una justa venganza.
Son muchos los que piensan que el ciudadano decente debe trabajar para mantener a su familia y, además, debe hacer horas extras para mantener indirectamente a muchos que no quieren trabajar, evitando, de esa manera, que salgan a robar. Luego, al negarse a trabajar esas horas adicionales, justificaría la culpabilidad supuesta. El medio más efectivo para llevar a cabo esta idea es el apoyo electoral a un gobierno populista que trate de “contener” a los potenciales ladrones manteniéndolos con lo obtenido de la confiscación parcial de las ganancias del sector productivo. Con esto satisface, además, las múltiples adhesiones de los socialistas, quienes “generosamente” promueven repartir las riquezas ajenas pero sin dar nada propio y mucho menos pensar en la remota posibilidad de producir algo que pueda mejorar la situación económica y social de algún necesitado.
Las personas, como los países exitosos, luego de cada traspié se preguntan en qué fallaron. Los países en crisis prolongadas, en cambio, aducen complots extranjeros y no desaprovechan la situación para descalificar al sistema económico poco afín a sus gustos. Roberto Cachanosky escribió antes del fallo negativo acerca del default: “Que politizaron el tema de la deuda es clarísimo, lo que me hace pensar que vamos de cabeza al default porque es un buen negocio político, dentro de la declinación que viene teniendo el kirchnerismo. Es algo así como la malvinización de la deuda externa. Tratar de conseguir el apoyo de la población contra el enemigo externo, es este caso el imperio americano con su justicia que extorsiona y los holdouts que no tienen piedad con tal de cobrar”.
“La pregunta es: ¿Por qué todo el sistema judicial norteamericano va a querer extorsionar a Argentina? ¿Tan poderosos somos como para que quieran destruirnos?”. “El riesgo de jugar con el falso nacionalismo e ir a la cabeza del default, consiste en que los bonos de Argentina caigan en forma notable. Si esos bonos caen y parte de ellos están en el activo de los bancos, el sistema financiero va a tener una fenomenal pérdida patrimonial. Eso puede llevarlo a cortar créditos, por ejemplo los giros en descubierto como ocurrió en otras oportunidades, con lo cual se corta la cadena de pagos y se profundiza el proceso recesivo”.
“Axel Kicillof afirmó que los holdouts quieren «tirar abajo el proceso de reestructuración» de deuda encarado por el país en 2005 y 2010, con objeto de «volver a la dinámica del sobreendeudamiento» propia del «neoliberalismo». Evidentemente Kicillof [Ministro de Economía] parece tener algún tipo de tara con el liberalismo, porque si hay algo que, entre muchas otras cosas, propugna el liberalismo, es la disciplina fiscal. Si hay disciplina fiscal no hay déficit. Si no hay déficit no hay necesidad de endeudamiento. Es más, el liberalismo propugna un bajo gasto público, con un Estado subordinado a defender el derecho a la vida, la propiedad y la libertad de las personas. Por lo tanto, un bajo nivel de gasto público puede tener fácilmente como contrapartida el equilibrio fiscal y la ausencia de endeudamiento”. “Por el contrario, es el populismo autoritario que defiende Kicillof el que lleva al desborde del gasto público, al déficit fiscal y a la necesidad de endeudarse”.
“Nadie seriamente puede decir que el liberalismo impulsa el aumento del gasto público…es como decir que el marxismo impulsa las privatizaciones”. “Mientras tanto continuará el ajuste por el lado del sector privado mientras sigue la fiesta en el sector público, como puede verse con el gasto que sigue creciendo a tasas anuales del 45%” (De http://economiaparatodos.net ).
El gobierno utiliza la situación repitiendo que no va a pagar con el hambre del pueblo, como si acaso alguna vez se interesara en serio por los problemas cotidianos que sufre la población. Si de verdad se preocupara por el pueblo, trataría de no derrochar los recursos económicos, de no ahuyentar capitales productivos, de no enriquecerse a nivel personal hasta llegar a cifras inverosímiles, de no llenar el Estado con parásitos que sólo sirven para entorpecer la labor del que trabaja, incluso de impedir la producción ante la confiscación de ganancias empresariales que podrían aplicarse en la inversión productiva.
miércoles, 30 de julio de 2014
El intercambio cooperativo
Se considera, en el ámbito de la economía, que el individuo racional, que trata de beneficiarse en todo intercambio, logrará establecer, en libertad y junto a otros individuos semejantes, el sistema autorregulado del mercado. Se considera, además, que tal sistema económico puede funcionar muy bien a pesar del egoísmo de sus participantes, incluso no faltan los optimistas que aducen que funciona mejor cuanto más egoísmo exista, lo que crea cierto conflicto con la ética y, seguramente, con la propia realidad.
Primeramente debe analizarse el caso ideal en el cual participan dos personas en las cuales predomina netamente la actitud cooperativa sobre el egoísmo que puedan tener. En ese caso, ambos buscan un beneficio simultáneo en el intercambio comercial que han de realizar. Desde el punto de vista ético, puede decirse que son personas que tienen la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas y el beneficio simultáneo es la consecuencia esperada. Se advierte que esta situación implica un vínculo estable entre comprador y vendedor ya que podrá prolongarse en el tiempo.
Analicemos ahora el intercambio establecido entre dos personas egoístas, que sólo les interesa su propio beneficio. En principio, el intercambio realizado podrá considerarse tan cooperativo como el anterior, ya que se benefician ambas partes, no advirtiéndose diferencias notables. Sin embargo, es posible que este vinculo comercial sea inestable, y que no perdure en el largo plazo, ya que es un caso similar al de un matrimonio cuyos integrantes forman “un egoísmo de a dos”, que posiblemente terminará en separación, en oposición al matrimonio cooperativo que perdurará hasta el final de la vida.
En el intercambio entre personas egoístas podrá darse el caso en que, alguna vez, la mercadería adquirida resultó deteriorada o de calidad inferior a la normal, situación involuntaria por parte del vendedor. Luego, el comprador egoísta, que poco o nada se interesa por lo que le pueda suceder al vendedor, podrá denunciarlo buscando recibir una indemnización o bien intentará perjudicarlo en actitud de venganza. Este comportamiento pondrá fin al vínculo comercial, que resultó ser inestable. De ahí que el egoísmo no sea recomendable en el ámbito de la economía.
Supongamos ahora un caso mixto, en el cual participa un vendedor cooperativo y un comprador egoísta. En un intercambio típico, el vendedor de cierta mercadería cuyo precio de mercado es de $ 100 la ofrece a sólo $ 80 para beneficiar al cliente reduciendo su propia ganancia (quizás con las intenciones de conquistarlo para futuros intercambios). Sin embargo, como el cliente es egoísta y piensa sólo en su propio beneficio, piensa por un instante que el comerciante pasa por algún apuro económico y que por ello podrá adquirir la mercadería a un precio todavía menor, estableciendo una contraoferta de $ 40. El vendedor se sentirá ofendido por cuanto advierte que el cliente egoísta piensa sólo en su propio beneficio aun a costa del perjuicio ajeno. El vínculo ni siquiera es inestable, ya que no pudo establecerse.
Una situación similar es la de otro comerciante que vende por $ 200 la mercadería mencionada, es decir, al doble del precio de mercado. Un inadvertido comprador, cuando se entera de la situación un tiempo después de haber cerrado la operación, se siente estafado ya que el vendedor egoísta pensó sólo en sus ventajas, aun perjudicando al comprador. Lo que resulta inestable en este caso, además del vínculo comercial, es el futuro del comerciante, ya que, con su comportamiento, perderá muchos clientes.
Si intercambiamos la dupla comerciante-cliente por la dupla empresario-empleado, la situación será semejante. Habrá una situación estable cuando en ambos predomine una actitud cooperativa, siendo inestable cuando el empresario pague menos que el salario de mercado, o cuando tal salario resulte insuficiente, costándole muy poco pagar algo más; o bien cuando el empleado trabaja por mucho menos de lo que se le paga, mostrando además otras deficiencias laborales como irresponsabilidad o negligencia.
Para solucionar los inconvenientes mencionados, de alguna forma debe todo individuo dejar de lado el egoísmo adoptando una actitud cooperativa, beneficiándose con ello una mayor cantidad de personas, principalmente quien acepta el cambio. Esta solución proviene de quienes admiten una visión optimista de la naturaleza humana, o realista, por cuanto la actitud cooperativa forma parte de tal naturaleza al igual que el egoísmo y otras actitudes negativas.
Quienes descartan la existencia de la cooperación natural entre personas suponiendo que todas son necesariamente egoístas, aducen que la economía basada en los libres intercambios no puede funcionar debido a su inherente inestabilidad y al predominio del fuerte sobre el débil. De ahí que propongan suprimir tales intercambios siendo reemplazados por una asignación igualitaria de mercaderías provenientes de una producción planificada por quienes dirigen el Estado, previa expropiación de los medios de producción (socialismo).
Aun cuando no se llegue a esa situación extrema, en las sociedades con economías similares a la de mercado, se establecen controles y distorsiones, por parte del Estado, que perjudican los intercambios cooperativos, tanto como la producción correspondiente, en la presunción de que en tales intercambios predomina totalmente el egoísmo del más fuerte. Aunque tales situaciones existan parcialmente, debe apuntarse siempre a una situación compatible con la naturaleza humana, de lo contrario, partiendo de creencias con ella incompatibles, tarde o temprano surgirán los inconvenientes.
En el caso en que una persona esté impedida de trabajar, necesitará de la ayuda de los demás. Imaginemos la situación de alguien que pide ayuda en la calle, siendo una persona naturalmente agradecida. Cuando otra persona, con buena predisposición, le ofrece una ayuda, se benefician ambas partes. El que obsequió su dinero, obtuvo a cambio una satisfacción moral proporcional al monto respectivo, o al “dolor” momentáneo que la separación de su dinero le provocó, mientras que el receptor se benefició doblemente por el valor económico recibido y por la actitud cooperativa del donante. En caso de que ambas personas fuesen egoístas, no se producirá ninguna ayuda ni habrá beneficios para nadie.
En caso de que el benefactor cooperativo ni siquiera reciba un reconocimiento por dar una ayuda, por cuanto su egoísta destinatario supone que tiene la obligación moral de hacerlo, o por cualquier otra razón, la situación no ha de perdurar. Tampoco resulta aceptable la situación en que un egoísta da algo de sí sólo cuando hay varios espectadores atestiguando su acción. Es posible que el receptor se sienta mal cuando advierte que ha sido usado para una muestra de dudosa generosidad. Peor aún es el caso en que el dador de la ayuda lo hace para resaltar la gran diferencia económica con el receptor, incluso con la alegría disimulada ante la existencia de alguien que sufre una situación adversa.
Para que no queden dudas de la sinceridad de una ayuda, debe ésta ser secreta y sin espectadores. La tradición nos otorga el ejemplo de Santa Claus, o San Nicolás de Bari, una persona con muchos recursos económicos que depositaba en forma anónima una ayuda económica a quien la necesitaba. Quienes tienen una visión negativa de la naturaleza humana, por el contrario, aseguran que no existe una bondad natural en las personas y que cada vez que realizan una ayuda es para mostrarse ante los demás o bien para degradar a quien la recibe. Y de ahí que proponen nuevamente al Estado para desempeñar tal función social. El caso típico de esta actitud fue el de Eva Perón, que acusaba a la “oligarquía” de ayudar a los pobres para denigrarlos, por lo cual desde el Estado peronista se redujo drásticamente la posibilidad de acción de todas las sociedades de beneficencia estableciendo una especie de monopolio de la ayuda en la Fundación Eva Perón. De esa forma, con los aportes coercitivos exigidos a los empresarios, logró el apoyo de medio país (y sus votos vitalicios), mientras que la otra mitad, que recibía sus descalificaciones y calumnias, sentía desprecio por ella. Puede hacerse una síntesis del peronismo:
1- Se confiscan bienes desde el Estado al sector productivo
2- Se los distribuye en nombre del justicialismo
3- Se publicita la ayuda sin exaltar a quien produjo los bienes, sino a quien los confiscó
4- Se descalifica y difama públicamente al sector productivo aduciendo que no distribuyó sus riquezas en forma espontánea, sino bajo presión
Quienes suponen que la naturaleza humana es perversa, tratan luego de reemplazarla por una “naturaleza artificial”, tal la que se basa en el altruismo, actitud que implica beneficiar a los demás aun a costa de perjudicarse a uno mismo. Esta actitud podemos observarla en algunos “cristianos” que mecánicamente dan alguna ayuda sin sentir la satisfacción moral derivada de los afectos, siendo principalmente motivados por la creencia en un Dios que observa desde el cielo y anota en una libreta las buenas acciones cotidianas del creyente en vistas a un futuro premio posterior. En forma similar, la ayuda altruista de los socialistas consiste en otorgar mecánicamente algún bien necesario a quien lo necesita motivado principalmente por la creencia en que un burócrata del Partido Comunista lo observa y anota en una libreta las buenas acciones cotidianas en vistas a un futuro ascenso en la escala jerárquica de la burocracia estatal. Morris y Linda Tannehill escriben:
“A pesar de las «moralidades» tradicionales que glorifican «una vida de sacrificio al servicio de los demás», el sacrificio no puede beneficiar a nadie. Desmoraliza tanto al dador, que ha disminuido su cúmulo total de valor, como al receptor, quien se siente culpable por aceptar ese sacrificio, y resentido porque siente que está moralmente obligado a devolver el «favor» a costa de sacrificar algún valor propio. El sacrificio, llevado hasta sus últimas consecuencias, resulta en la muerte; es exactamente lo opuesto a lo moral o sea al comportamiento pro-vida, pese a que contradiga a los «moralistas» tradicionales”. “No sólo cada hombre debe ser libre para actuar, sino que también debe tener libertad para disfrutar plenamente de los beneficios de todas sus acciones pro-vida. Lo que él gane en placer emocional, bienes materiales y valores intelectuales (como la admiración y el respeto) debe ser completamente suyo; no debe ser obligado contra su voluntad a renunciar a nada de eso para el supuesto beneficio de los demás. No debe ser obligado a sacrificarse, ni siquiera por «el bien de la sociedad»”.
“En la medida en que el hombre no es libre de vivir su vida en paz de acuerdo a sus propios estándares ni de poseer plenamente lo que fuere que él se gane, es un esclavo. Esclavizar a los hombres «por el bien de la sociedad» es una de las formas más sutiles y extendidas de esclavitud, por la que abogan constantemente sacerdotes, políticos y filósofos charlatanes que, mediante el trabajo de los esclavizados, esperan ganar lo que no se han ganado” (De “El mercado para la libertad”-Barbarroja Lib.-Bs. As. 2014).
Primeramente debe analizarse el caso ideal en el cual participan dos personas en las cuales predomina netamente la actitud cooperativa sobre el egoísmo que puedan tener. En ese caso, ambos buscan un beneficio simultáneo en el intercambio comercial que han de realizar. Desde el punto de vista ético, puede decirse que son personas que tienen la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas y el beneficio simultáneo es la consecuencia esperada. Se advierte que esta situación implica un vínculo estable entre comprador y vendedor ya que podrá prolongarse en el tiempo.
Analicemos ahora el intercambio establecido entre dos personas egoístas, que sólo les interesa su propio beneficio. En principio, el intercambio realizado podrá considerarse tan cooperativo como el anterior, ya que se benefician ambas partes, no advirtiéndose diferencias notables. Sin embargo, es posible que este vinculo comercial sea inestable, y que no perdure en el largo plazo, ya que es un caso similar al de un matrimonio cuyos integrantes forman “un egoísmo de a dos”, que posiblemente terminará en separación, en oposición al matrimonio cooperativo que perdurará hasta el final de la vida.
En el intercambio entre personas egoístas podrá darse el caso en que, alguna vez, la mercadería adquirida resultó deteriorada o de calidad inferior a la normal, situación involuntaria por parte del vendedor. Luego, el comprador egoísta, que poco o nada se interesa por lo que le pueda suceder al vendedor, podrá denunciarlo buscando recibir una indemnización o bien intentará perjudicarlo en actitud de venganza. Este comportamiento pondrá fin al vínculo comercial, que resultó ser inestable. De ahí que el egoísmo no sea recomendable en el ámbito de la economía.
Supongamos ahora un caso mixto, en el cual participa un vendedor cooperativo y un comprador egoísta. En un intercambio típico, el vendedor de cierta mercadería cuyo precio de mercado es de $ 100 la ofrece a sólo $ 80 para beneficiar al cliente reduciendo su propia ganancia (quizás con las intenciones de conquistarlo para futuros intercambios). Sin embargo, como el cliente es egoísta y piensa sólo en su propio beneficio, piensa por un instante que el comerciante pasa por algún apuro económico y que por ello podrá adquirir la mercadería a un precio todavía menor, estableciendo una contraoferta de $ 40. El vendedor se sentirá ofendido por cuanto advierte que el cliente egoísta piensa sólo en su propio beneficio aun a costa del perjuicio ajeno. El vínculo ni siquiera es inestable, ya que no pudo establecerse.
Una situación similar es la de otro comerciante que vende por $ 200 la mercadería mencionada, es decir, al doble del precio de mercado. Un inadvertido comprador, cuando se entera de la situación un tiempo después de haber cerrado la operación, se siente estafado ya que el vendedor egoísta pensó sólo en sus ventajas, aun perjudicando al comprador. Lo que resulta inestable en este caso, además del vínculo comercial, es el futuro del comerciante, ya que, con su comportamiento, perderá muchos clientes.
Si intercambiamos la dupla comerciante-cliente por la dupla empresario-empleado, la situación será semejante. Habrá una situación estable cuando en ambos predomine una actitud cooperativa, siendo inestable cuando el empresario pague menos que el salario de mercado, o cuando tal salario resulte insuficiente, costándole muy poco pagar algo más; o bien cuando el empleado trabaja por mucho menos de lo que se le paga, mostrando además otras deficiencias laborales como irresponsabilidad o negligencia.
Para solucionar los inconvenientes mencionados, de alguna forma debe todo individuo dejar de lado el egoísmo adoptando una actitud cooperativa, beneficiándose con ello una mayor cantidad de personas, principalmente quien acepta el cambio. Esta solución proviene de quienes admiten una visión optimista de la naturaleza humana, o realista, por cuanto la actitud cooperativa forma parte de tal naturaleza al igual que el egoísmo y otras actitudes negativas.
Quienes descartan la existencia de la cooperación natural entre personas suponiendo que todas son necesariamente egoístas, aducen que la economía basada en los libres intercambios no puede funcionar debido a su inherente inestabilidad y al predominio del fuerte sobre el débil. De ahí que propongan suprimir tales intercambios siendo reemplazados por una asignación igualitaria de mercaderías provenientes de una producción planificada por quienes dirigen el Estado, previa expropiación de los medios de producción (socialismo).
Aun cuando no se llegue a esa situación extrema, en las sociedades con economías similares a la de mercado, se establecen controles y distorsiones, por parte del Estado, que perjudican los intercambios cooperativos, tanto como la producción correspondiente, en la presunción de que en tales intercambios predomina totalmente el egoísmo del más fuerte. Aunque tales situaciones existan parcialmente, debe apuntarse siempre a una situación compatible con la naturaleza humana, de lo contrario, partiendo de creencias con ella incompatibles, tarde o temprano surgirán los inconvenientes.
En el caso en que una persona esté impedida de trabajar, necesitará de la ayuda de los demás. Imaginemos la situación de alguien que pide ayuda en la calle, siendo una persona naturalmente agradecida. Cuando otra persona, con buena predisposición, le ofrece una ayuda, se benefician ambas partes. El que obsequió su dinero, obtuvo a cambio una satisfacción moral proporcional al monto respectivo, o al “dolor” momentáneo que la separación de su dinero le provocó, mientras que el receptor se benefició doblemente por el valor económico recibido y por la actitud cooperativa del donante. En caso de que ambas personas fuesen egoístas, no se producirá ninguna ayuda ni habrá beneficios para nadie.
En caso de que el benefactor cooperativo ni siquiera reciba un reconocimiento por dar una ayuda, por cuanto su egoísta destinatario supone que tiene la obligación moral de hacerlo, o por cualquier otra razón, la situación no ha de perdurar. Tampoco resulta aceptable la situación en que un egoísta da algo de sí sólo cuando hay varios espectadores atestiguando su acción. Es posible que el receptor se sienta mal cuando advierte que ha sido usado para una muestra de dudosa generosidad. Peor aún es el caso en que el dador de la ayuda lo hace para resaltar la gran diferencia económica con el receptor, incluso con la alegría disimulada ante la existencia de alguien que sufre una situación adversa.
Para que no queden dudas de la sinceridad de una ayuda, debe ésta ser secreta y sin espectadores. La tradición nos otorga el ejemplo de Santa Claus, o San Nicolás de Bari, una persona con muchos recursos económicos que depositaba en forma anónima una ayuda económica a quien la necesitaba. Quienes tienen una visión negativa de la naturaleza humana, por el contrario, aseguran que no existe una bondad natural en las personas y que cada vez que realizan una ayuda es para mostrarse ante los demás o bien para degradar a quien la recibe. Y de ahí que proponen nuevamente al Estado para desempeñar tal función social. El caso típico de esta actitud fue el de Eva Perón, que acusaba a la “oligarquía” de ayudar a los pobres para denigrarlos, por lo cual desde el Estado peronista se redujo drásticamente la posibilidad de acción de todas las sociedades de beneficencia estableciendo una especie de monopolio de la ayuda en la Fundación Eva Perón. De esa forma, con los aportes coercitivos exigidos a los empresarios, logró el apoyo de medio país (y sus votos vitalicios), mientras que la otra mitad, que recibía sus descalificaciones y calumnias, sentía desprecio por ella. Puede hacerse una síntesis del peronismo:
1- Se confiscan bienes desde el Estado al sector productivo
2- Se los distribuye en nombre del justicialismo
3- Se publicita la ayuda sin exaltar a quien produjo los bienes, sino a quien los confiscó
4- Se descalifica y difama públicamente al sector productivo aduciendo que no distribuyó sus riquezas en forma espontánea, sino bajo presión
Quienes suponen que la naturaleza humana es perversa, tratan luego de reemplazarla por una “naturaleza artificial”, tal la que se basa en el altruismo, actitud que implica beneficiar a los demás aun a costa de perjudicarse a uno mismo. Esta actitud podemos observarla en algunos “cristianos” que mecánicamente dan alguna ayuda sin sentir la satisfacción moral derivada de los afectos, siendo principalmente motivados por la creencia en un Dios que observa desde el cielo y anota en una libreta las buenas acciones cotidianas del creyente en vistas a un futuro premio posterior. En forma similar, la ayuda altruista de los socialistas consiste en otorgar mecánicamente algún bien necesario a quien lo necesita motivado principalmente por la creencia en que un burócrata del Partido Comunista lo observa y anota en una libreta las buenas acciones cotidianas en vistas a un futuro ascenso en la escala jerárquica de la burocracia estatal. Morris y Linda Tannehill escriben:
“A pesar de las «moralidades» tradicionales que glorifican «una vida de sacrificio al servicio de los demás», el sacrificio no puede beneficiar a nadie. Desmoraliza tanto al dador, que ha disminuido su cúmulo total de valor, como al receptor, quien se siente culpable por aceptar ese sacrificio, y resentido porque siente que está moralmente obligado a devolver el «favor» a costa de sacrificar algún valor propio. El sacrificio, llevado hasta sus últimas consecuencias, resulta en la muerte; es exactamente lo opuesto a lo moral o sea al comportamiento pro-vida, pese a que contradiga a los «moralistas» tradicionales”. “No sólo cada hombre debe ser libre para actuar, sino que también debe tener libertad para disfrutar plenamente de los beneficios de todas sus acciones pro-vida. Lo que él gane en placer emocional, bienes materiales y valores intelectuales (como la admiración y el respeto) debe ser completamente suyo; no debe ser obligado contra su voluntad a renunciar a nada de eso para el supuesto beneficio de los demás. No debe ser obligado a sacrificarse, ni siquiera por «el bien de la sociedad»”.
“En la medida en que el hombre no es libre de vivir su vida en paz de acuerdo a sus propios estándares ni de poseer plenamente lo que fuere que él se gane, es un esclavo. Esclavizar a los hombres «por el bien de la sociedad» es una de las formas más sutiles y extendidas de esclavitud, por la que abogan constantemente sacerdotes, políticos y filósofos charlatanes que, mediante el trabajo de los esclavizados, esperan ganar lo que no se han ganado” (De “El mercado para la libertad”-Barbarroja Lib.-Bs. As. 2014).
martes, 29 de julio de 2014
Judaísmo vs. sionismo
Si la religión es el alma de una nación, el Estado será su cuerpo. De la misma manera en que debe existir en todo individuo una armonía entre alma y cuerpo, o entre los aspectos afectivos e intelectuales y los aspectos materiales, en toda nación debe imperar una armonía entre Estado y religión. De ahí que podrá haber entendimiento entre ambos o bien conflictos.
Para permitir el entendimiento, se establece un criterio similar al de la división de poderes imperante en las democracias, tal el que promueve la separación de Estado y religión, mientras que los conflictos surgirán cuando el Estado trate de dominar, minimizar, separar, reemplazar o suprimir la religión. Como ejemplos de estas posibilidades tenemos a la España de Francisco Franco en donde el Estado domina a la Iglesia Católica; a la Argentina de Juan D. Perón donde se trata de desplazar la Doctrina Católica para imponer la Doctrina Justicialista, incluso sus seguidores queman varios templos; a la Rusia de Vladimir Lenin en donde el Estado suprime la religión eliminando a miles de sacerdotes y predicadores. También puede darse el caso inverso, en donde es la religión la que domina al Estado, como ocurre en algunos países islámicos.
La división existente en la población de un país, junto a la división conflictiva entre Estado y religión, es un problema tan viejo como el mundo, siendo generalmente promovido por líderes con excesivas ansias de poder. En la simbología cristiana aparece tal división como el Reino del Hombre, o Reino del César, en oposición al Reino de Dios.
Dentro de la comunidad judía se advierte una división interna entre adherentes al judaísmo tradicional y aquellos que apoyan al sionismo, aunque el primer grupo reúna, en todo el mundo, a unos cientos de miles en contraste con los millones restantes con que cuenta el segundo. Yakov Rabkin menciona una proclama de manifestantes de Montreal en ese sentido: “Peor que el sufrimiento, la explotación, la muerte y la profanación de la Torá ha sido la putrefacción interior que el sionismo inyectó en el alma judía. El sionismo ha ofrecido una definición laica de la identidad judía como un reemplazo de la fe unánime de nuestro pueblo en la Torá recibida del cielo. Ha llevado a los judíos a ver el exilio como el resultado de una debilidad militar; y también ha destruido el concepto religioso del exilio como un castigo por nuestras transgresiones. Ha sembrado la confusión entre los judíos tanto en Israel como en los EEUU, haciendo de nosotros un Goliat opresor. Ha hecho de la crueldad y la corrupción la norma de sus adeptos”.
“Es por eso que el quinto día del mes de Iyar [fecha de la proclamación del Estado de Israel según el calendario judío] es un día de pena extraordinaria para el pueblo judío y para toda la humanidad. Los círculos ortodoxos lo marcaron con un ayuno y un duelo, haciendo penitencia con un sayal y la ceniza. ¡Quizás nos merezcamos poder ver el desmantelamiento pacifico del Estado y el arribo de la paz entre musulmanes y los judíos de todo el mundo” (De “Contra el Estado de Israel”-Ed. Martínez Roca-Buenos Aires 2008).
Es ésta la típica división entre sectores que podríamos denominar patriotas, por una parte, y nacionalistas, por la otra. Así, el judaísmo tradicional se identifica con los patriotas, que aman a su pueblo sin menoscabo del resto de los pueblos, mientras que el sionismo se identifica con el nacionalismo, que pretende que sus seguidores amen a su pueblo pero muy poco al resto. Mientras que los distintos patriotismos se proyectan hacia un “saludable” internacionalismo, los diversos nacionalismos se orientan, cuando las circunstancias lo permiten, hacia algún tipo de imperialismo (sin descartar el que a veces ejercen contra sus propios connacionales).
Mientras que el judaísmo se preocupa por el “alma” de la comunidad, incluso aceptando su condición histórica de “inquilinos” dispersos por el mundo, el sionismo se preocupa por el “cuerpo” de la comunidad, asegurando la existencia de una “casa propia”, como es el Estado de Israel. De ahí que, si predominara el judaísmo en lugar del sionismo, seguramente no se habrían producido los serios conflictos con los palestinos, como los ocurridos recientemente en Gaza y que son sólo una muestra de un estado de guerra casi permanente desde la fundación de dicho Estado.
Los sionistas pretenden hablar en nombre de todos los judíos del mundo, mientras que los adeptos al judaísmo temen convertirse en rehenes, en el resto de los países, de las políticas israelíes y de sus consecuencias. “Los sionistas afirman que el Estado de Israel debe ser conocido como «el Estado sionista» y no como «el Estado judío» o «el Estado hebreo»”. “Al indicar que «el Estado ha pasado a ser más importante que los judíos» se pone de relieve la transformación de identidad que sufren los judíos desde hace más de un siglo, pasando de una «colectividad de fe» hacia una «colectividad de destino»”.
La presencia preponderante del Estado se advierte desde los inicios de su fundación. Yakov Rabkin agrega: “El verdadero fundador del Estado de Israel, David Ben Gurion (1886-1973), admira a Lenin, y se puede comprender mejor el proyecto sionista en la admiración que él siente respecto de la imposición del régimen comunista en Rusia: «La gran revolución, la revolución primordial, que debía arrancar de raíz la realidad imperante, estremeciendo sus fundamentos hasta lo más recóndito de esa sociedad decadente y putrefacta»”.
Recordemos que Vladimir Lenin establece un poderoso Estado que trata de borrar todo vestigio de religión, especialmente cristiana. Si los posteriores dirigentes sionistas piensan y sienten en forma similar a Ben Gurion, no resulta extraño que se haya reemplazado también en Israel su religión por un pensamiento esencialmente antirreligioso, aunque seguramente se hayan respetado las apariencias. El escaso respeto hacia la vida de los palestinos sigue de cerca el desprecio que Lenin sentía por la vida de los cristianos de la Rusia de principios del siglo XX. Resulta evidente que el Estado de Israel resulta bastante más afín al ideal totalitario del marxismo-leninismo que a la tradición religiosa que ha pretendido suplantar. De la misma forma en que un pequeño grupo bolchevique se arrogaba el derecho de representar a toda una clase social (el proletariado), el sionismo se arroga el derecho a representar a todos los judíos, lo que implica, necesariamente imponer sus criterios sectoriales borrando, o minimizando, algunos aspectos importantes de sus “representados”, como es la religión.
En cuanto los objetivos perseguidos por el sionismo, el citado autor escribe: “El sionismo representa un movimiento nacionalista que persigue cuatro objetivos esenciales:
1- Transformar la identidad transnacional judía centrada en la Torá en una identidad nacional a semejanza de otras naciones europeas
2- Desarrollar una nueva lengua vernácula, es decir una lengua nacional, fundada en el hebreo bíblico y rabínico
3- Desplazar a los judíos de sus países de origen hacia Palestina
4- Establecer un control político y económico sobre Palestina
“Mientras que los otros nacionalismos de la época sólo tienen que ocuparse de la lucha por el control de su país, para convertirse en «dueños de casa», el sionismo se propone un desafío más grande y debe al mismo tiempo realizar los tres primeros objetivos”. “A fin de comprender la complejidad que subyace en cualquier discusión sobre el pueblo judío en los siglos XIX y XX, es necesario reconocer primero la secularización, es decir el abandono del «yugo de la Torá y de sus mandamientos”, que ahonda la división entre «judeidad» y «judaísmo»”.
Varios autores señalan que existen, además, planes siniestros para el resto del mundo, que estarían incluidos en los Protocolos de los Sabios de Sión. Sin embargo, si la adhesión de Ben Gurion a Lenin fuese compartida por el resto de los lideres sionistas, no habría necesidad alguna de tales Protocolos; a menos que Lenin los hubiese leído y puestos en práctica con anterioridad.
La escala de valores promovida por el sionismo difiere esencialmente de aquella promovida por la tradición. “Los alumnos de las escuelas públicas en Israel aprenden los mitos fundadores del nuevo Estado….Pero antes que nada, ellos aprenden el valor del arrojo, del coraje, de la intrepidez, cualidades que habrían desaparecido de la vida judía a causa del exilio. Las escuelas jaredis [ultra-ortodoxos], al contrario, enseñan que son esas mismas cualidades, a saber: el orgullo y la intransigencia, las que habrían causado el exilio. Los dos puntos de vista son totalmente opuestos y afectan las lecciones que cada grupo extrae de la historia judía”.
La postura tradicionalista supone que todo lo que le acontece a un individuo, o a un pueblo, depende de sus acciones, lo que en general es cierto, incluso acepta una intervención directa de Dios que impone premios y castigos fuera de la estricta ley natural que rige los acontecimientos humanos, lo que puede no ser cierto. Paul Johnson escribió: “El Holocausto y la nueva Sión estuvieron orgánicamente relacionados. El asesinato de seis millones de judíos fue un factor causal básico en la creación del Estado de Israel. Y esto armonizaba con una antigua y poderosa fuerza motriz de la historia judía: la redención por medio del sufrimiento. Millares de judíos piadosos entonaron su profesión de fe mientras se los empujaba hacia las cámaras de gas, porque creían que el castigo infligido a los judíos, un proceso en que Hitler y las SS eran meros agentes, era obra de Dios y constituía en sí mismo la prueba de que Él los había elegido. De acuerdo con el profeta Amós, Dios había dicho: «Sólo a vosotros he reconocido entre todas las familias de la tierra, y por lo tanto os castigaré por todas vuestras iniquidades». Los sufrimientos de Auschwitz no eran meros sucesos. Eran sanciones morales. Eran parte de un plan. Confirmaban la gloria futura. Más aun, Dios no sólo estaba irritado con los judíos. Estaba dolorido. Lloraba con ellos. Los acompañaba a las cámaras de gas, como los había acompañado al Exilio” (De “La historia de los judíos”-Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1991).
Mientras que el judaísmo propone continuar con una forma de vida que sitúa a los judíos en diversos países, pero unidos por la religión y la fe, el sionismo pretende unirlos en el Estado de Israel, bajo el asedio permanente de pueblos hostiles que sólo piensan en hacerlo desaparecer. Hannah Arendt escribió: “Incluso si los judíos pudieran ganar la guerra, los judíos victoriosos estarían rodeados por una población árabe totalmente hostil, aislados detrás de las fronteras, amenazados, absorbidos por la necesidad de la autodefensa física. Y este sería el destino de una nación que –poco importa el número de inmigrantes que pudiera integrar, y poco importa también hasta dónde podrían extenderse sus fronteras- albergará un pueblo muy pequeño ante vecinos hostiles mucho más numerosos” (Cita en “Contra el Estado de Israel”).
Para permitir el entendimiento, se establece un criterio similar al de la división de poderes imperante en las democracias, tal el que promueve la separación de Estado y religión, mientras que los conflictos surgirán cuando el Estado trate de dominar, minimizar, separar, reemplazar o suprimir la religión. Como ejemplos de estas posibilidades tenemos a la España de Francisco Franco en donde el Estado domina a la Iglesia Católica; a la Argentina de Juan D. Perón donde se trata de desplazar la Doctrina Católica para imponer la Doctrina Justicialista, incluso sus seguidores queman varios templos; a la Rusia de Vladimir Lenin en donde el Estado suprime la religión eliminando a miles de sacerdotes y predicadores. También puede darse el caso inverso, en donde es la religión la que domina al Estado, como ocurre en algunos países islámicos.
La división existente en la población de un país, junto a la división conflictiva entre Estado y religión, es un problema tan viejo como el mundo, siendo generalmente promovido por líderes con excesivas ansias de poder. En la simbología cristiana aparece tal división como el Reino del Hombre, o Reino del César, en oposición al Reino de Dios.
Dentro de la comunidad judía se advierte una división interna entre adherentes al judaísmo tradicional y aquellos que apoyan al sionismo, aunque el primer grupo reúna, en todo el mundo, a unos cientos de miles en contraste con los millones restantes con que cuenta el segundo. Yakov Rabkin menciona una proclama de manifestantes de Montreal en ese sentido: “Peor que el sufrimiento, la explotación, la muerte y la profanación de la Torá ha sido la putrefacción interior que el sionismo inyectó en el alma judía. El sionismo ha ofrecido una definición laica de la identidad judía como un reemplazo de la fe unánime de nuestro pueblo en la Torá recibida del cielo. Ha llevado a los judíos a ver el exilio como el resultado de una debilidad militar; y también ha destruido el concepto religioso del exilio como un castigo por nuestras transgresiones. Ha sembrado la confusión entre los judíos tanto en Israel como en los EEUU, haciendo de nosotros un Goliat opresor. Ha hecho de la crueldad y la corrupción la norma de sus adeptos”.
“Es por eso que el quinto día del mes de Iyar [fecha de la proclamación del Estado de Israel según el calendario judío] es un día de pena extraordinaria para el pueblo judío y para toda la humanidad. Los círculos ortodoxos lo marcaron con un ayuno y un duelo, haciendo penitencia con un sayal y la ceniza. ¡Quizás nos merezcamos poder ver el desmantelamiento pacifico del Estado y el arribo de la paz entre musulmanes y los judíos de todo el mundo” (De “Contra el Estado de Israel”-Ed. Martínez Roca-Buenos Aires 2008).
Es ésta la típica división entre sectores que podríamos denominar patriotas, por una parte, y nacionalistas, por la otra. Así, el judaísmo tradicional se identifica con los patriotas, que aman a su pueblo sin menoscabo del resto de los pueblos, mientras que el sionismo se identifica con el nacionalismo, que pretende que sus seguidores amen a su pueblo pero muy poco al resto. Mientras que los distintos patriotismos se proyectan hacia un “saludable” internacionalismo, los diversos nacionalismos se orientan, cuando las circunstancias lo permiten, hacia algún tipo de imperialismo (sin descartar el que a veces ejercen contra sus propios connacionales).
Mientras que el judaísmo se preocupa por el “alma” de la comunidad, incluso aceptando su condición histórica de “inquilinos” dispersos por el mundo, el sionismo se preocupa por el “cuerpo” de la comunidad, asegurando la existencia de una “casa propia”, como es el Estado de Israel. De ahí que, si predominara el judaísmo en lugar del sionismo, seguramente no se habrían producido los serios conflictos con los palestinos, como los ocurridos recientemente en Gaza y que son sólo una muestra de un estado de guerra casi permanente desde la fundación de dicho Estado.
Los sionistas pretenden hablar en nombre de todos los judíos del mundo, mientras que los adeptos al judaísmo temen convertirse en rehenes, en el resto de los países, de las políticas israelíes y de sus consecuencias. “Los sionistas afirman que el Estado de Israel debe ser conocido como «el Estado sionista» y no como «el Estado judío» o «el Estado hebreo»”. “Al indicar que «el Estado ha pasado a ser más importante que los judíos» se pone de relieve la transformación de identidad que sufren los judíos desde hace más de un siglo, pasando de una «colectividad de fe» hacia una «colectividad de destino»”.
La presencia preponderante del Estado se advierte desde los inicios de su fundación. Yakov Rabkin agrega: “El verdadero fundador del Estado de Israel, David Ben Gurion (1886-1973), admira a Lenin, y se puede comprender mejor el proyecto sionista en la admiración que él siente respecto de la imposición del régimen comunista en Rusia: «La gran revolución, la revolución primordial, que debía arrancar de raíz la realidad imperante, estremeciendo sus fundamentos hasta lo más recóndito de esa sociedad decadente y putrefacta»”.
Recordemos que Vladimir Lenin establece un poderoso Estado que trata de borrar todo vestigio de religión, especialmente cristiana. Si los posteriores dirigentes sionistas piensan y sienten en forma similar a Ben Gurion, no resulta extraño que se haya reemplazado también en Israel su religión por un pensamiento esencialmente antirreligioso, aunque seguramente se hayan respetado las apariencias. El escaso respeto hacia la vida de los palestinos sigue de cerca el desprecio que Lenin sentía por la vida de los cristianos de la Rusia de principios del siglo XX. Resulta evidente que el Estado de Israel resulta bastante más afín al ideal totalitario del marxismo-leninismo que a la tradición religiosa que ha pretendido suplantar. De la misma forma en que un pequeño grupo bolchevique se arrogaba el derecho de representar a toda una clase social (el proletariado), el sionismo se arroga el derecho a representar a todos los judíos, lo que implica, necesariamente imponer sus criterios sectoriales borrando, o minimizando, algunos aspectos importantes de sus “representados”, como es la religión.
En cuanto los objetivos perseguidos por el sionismo, el citado autor escribe: “El sionismo representa un movimiento nacionalista que persigue cuatro objetivos esenciales:
1- Transformar la identidad transnacional judía centrada en la Torá en una identidad nacional a semejanza de otras naciones europeas
2- Desarrollar una nueva lengua vernácula, es decir una lengua nacional, fundada en el hebreo bíblico y rabínico
3- Desplazar a los judíos de sus países de origen hacia Palestina
4- Establecer un control político y económico sobre Palestina
“Mientras que los otros nacionalismos de la época sólo tienen que ocuparse de la lucha por el control de su país, para convertirse en «dueños de casa», el sionismo se propone un desafío más grande y debe al mismo tiempo realizar los tres primeros objetivos”. “A fin de comprender la complejidad que subyace en cualquier discusión sobre el pueblo judío en los siglos XIX y XX, es necesario reconocer primero la secularización, es decir el abandono del «yugo de la Torá y de sus mandamientos”, que ahonda la división entre «judeidad» y «judaísmo»”.
Varios autores señalan que existen, además, planes siniestros para el resto del mundo, que estarían incluidos en los Protocolos de los Sabios de Sión. Sin embargo, si la adhesión de Ben Gurion a Lenin fuese compartida por el resto de los lideres sionistas, no habría necesidad alguna de tales Protocolos; a menos que Lenin los hubiese leído y puestos en práctica con anterioridad.
La escala de valores promovida por el sionismo difiere esencialmente de aquella promovida por la tradición. “Los alumnos de las escuelas públicas en Israel aprenden los mitos fundadores del nuevo Estado….Pero antes que nada, ellos aprenden el valor del arrojo, del coraje, de la intrepidez, cualidades que habrían desaparecido de la vida judía a causa del exilio. Las escuelas jaredis [ultra-ortodoxos], al contrario, enseñan que son esas mismas cualidades, a saber: el orgullo y la intransigencia, las que habrían causado el exilio. Los dos puntos de vista son totalmente opuestos y afectan las lecciones que cada grupo extrae de la historia judía”.
La postura tradicionalista supone que todo lo que le acontece a un individuo, o a un pueblo, depende de sus acciones, lo que en general es cierto, incluso acepta una intervención directa de Dios que impone premios y castigos fuera de la estricta ley natural que rige los acontecimientos humanos, lo que puede no ser cierto. Paul Johnson escribió: “El Holocausto y la nueva Sión estuvieron orgánicamente relacionados. El asesinato de seis millones de judíos fue un factor causal básico en la creación del Estado de Israel. Y esto armonizaba con una antigua y poderosa fuerza motriz de la historia judía: la redención por medio del sufrimiento. Millares de judíos piadosos entonaron su profesión de fe mientras se los empujaba hacia las cámaras de gas, porque creían que el castigo infligido a los judíos, un proceso en que Hitler y las SS eran meros agentes, era obra de Dios y constituía en sí mismo la prueba de que Él los había elegido. De acuerdo con el profeta Amós, Dios había dicho: «Sólo a vosotros he reconocido entre todas las familias de la tierra, y por lo tanto os castigaré por todas vuestras iniquidades». Los sufrimientos de Auschwitz no eran meros sucesos. Eran sanciones morales. Eran parte de un plan. Confirmaban la gloria futura. Más aun, Dios no sólo estaba irritado con los judíos. Estaba dolorido. Lloraba con ellos. Los acompañaba a las cámaras de gas, como los había acompañado al Exilio” (De “La historia de los judíos”-Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1991).
Mientras que el judaísmo propone continuar con una forma de vida que sitúa a los judíos en diversos países, pero unidos por la religión y la fe, el sionismo pretende unirlos en el Estado de Israel, bajo el asedio permanente de pueblos hostiles que sólo piensan en hacerlo desaparecer. Hannah Arendt escribió: “Incluso si los judíos pudieran ganar la guerra, los judíos victoriosos estarían rodeados por una población árabe totalmente hostil, aislados detrás de las fronteras, amenazados, absorbidos por la necesidad de la autodefensa física. Y este sería el destino de una nación que –poco importa el número de inmigrantes que pudiera integrar, y poco importa también hasta dónde podrían extenderse sus fronteras- albergará un pueblo muy pequeño ante vecinos hostiles mucho más numerosos” (Cita en “Contra el Estado de Israel”).
domingo, 27 de julio de 2014
La lucha antirreligiosa
Por lo general, los conflictos religiosos tienen como contendientes a los seguidores de dos religiones distintas, como es el caso de musulmanes contra judíos, o católicos contra musulmanes. También son posibles las disputas dentro de una misma religión, como las que hubo entre católicos y protestantes. Además, existe otra entre el ateísmo activo en contra del cristianismo, de donde surge el comunismo. Si bien la historia no ha de cambiar a partir de nuevos rótulos que podamos aplicarle a sus capítulos, con ellos será posible entender algo mejor algunos aspectos del pasado. Wolfgang Goethe escribió: “El verdadero, único y más hondo tema de la historia del mundo y de la Humanidad, al cual están subordinados todos los demás, es el conflicto entre la incredulidad y la fe”.
La lucha del marxismo-leninismo contra del cristianismo ha sido simbolizada como el Reino del Hombre contra el Reino de Dios, o bien el Reino del César contra el Reino del Espíritu. Desde el punto de vista de la ciencia actual, podemos decir que se trata de una lucha entre una ideología que desconoce o rechaza las leyes psicológicas elementales, por una parte, en contra de una religión que, según se ha podido advertir, las contempla fundamentando sus prédicas en ellas, por otra parte. Mientras que el marxismo-leninismo se opone al orden natural, el cristianismo promueve la adaptación al mismo. Alfredo Saénz escribió: “La Revolución Francesa y la Revolución Soviética son las únicas dos grandes revoluciones de la historia. No «golpes de Estado» sino revoluciones, que no es lo mismo. Ambas, contra el orden natural y sobrenatural” (De “De la Rus' de Vladímir al «hombre nuevo» soviético”-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1989).
Algunos autores aducen que el comunismo fue inicialmente impuesto en Rusia debido a características propias de su pueblo, como una anti-religión que luego pretendió expandirse a todo el planeta. Para su intromisión se utilizaron “prestadas” imágenes simbólicas del Reino de Dios, una sociedad que surgiría luego de que la mayor parte de sus integrantes adoptara como norma para sus vidas el amor al prójimo. Con las imágenes “prestadas” de esa sociedad ideal, se engañó al pueblo con otra en su reemplazo, muy diferente, el “socialismo” o “comunismo”, que habría de establecerse mediante el odio y la mentira; un camino opuesto al indicado por Cristo. Georg Siegmund escribió:
“Con todo, sería totalmente insuficiente considerar al marxismo como filosofía. Lo que al marxismo le ha dado su asombrosa pujanza es el hecho de que las energías liberadas de una antigua fe han encontrado en él un sucedáneo secularizado. Desde hacía tiempo, sobre todo en Rusia, un oscuro y flotante, pero fervoroso mesianismo andaba buscando un remedio no sólo a sus necesidades materiales, sino muy especialmente al general fracaso humano, refugiándose en una tierra de promisión; febrilmente, grandes masas populares, que aún no habían perdido todo el gusto por la vida, esperaban el establecimiento de un «Reino de Dios», del que se oían las cosas más extrañas. Un pueblo esclavizado, que creía en su predestinación, esperaba poder realizar el reino mesiánico, después de la más radical revolución y de la dictadura del «proletariado». Como la ideología de Karl Marx descansaba en una fe, realmente fanática, en la eficacia salvadora de la revolución, estaba muy en condiciones, al ser aceptada por el ardiente anhelo mesiánico del pueblo ruso, para convertirse en un delirio, que no se calmará hasta implantar la revolución mundial”.
“La fuerza que anima a esta contra-fe, se formula así: Nosotros somos la energía del porvenir, con nosotros marcha el progreso, que no admite interrupciones, sino que se impone con la misma necesidad que un proceso cualquiera de la Naturaleza. Fundamental, para esta pseudo-religión es la fe, admitida gratuitamente por principio, en el progreso histórico, que estará siempre del lado del materialismo dialéctico. Sin embargo, la «rueda» de la historia ha girado ya demasiado, colocándonos lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, para poder justificar una fe tan rectilínea en el progreso. Al no descansar tal fe en argumentos, cosa que rechaza expresamente, es natural que el desengaño de una inesperada evolución histórica la desenmascare como puro delirio. Y tales desengaños no pueden ser disimulados. Recientemente [escrito en 1956] se celebró en Moscú un congreso de técnicos en la propaganda atea, que no tuvieron más remedio que confesar el hecho de que la «rancia superstición» sigue imperando en amplios sectores del pueblo como fuerza viva, y a pesar de ser tan combatida, ha podido seguir ganando adeptos. Con esto no cabe duda que el tópico de «religión anticuada» que, -una vez que se le haya privado de todo apoyo externo- tiene que morir por sí misma, ha experimentado un rudo golpe. Carece de sentido el querer calcular de qué lado se encuentran las energías más fuertes y prometedoras, para intentar un pronóstico. Las fuerzas vitales, que una fe puede atraer hacia sí, no es, en fin de cuentas, lo decisivo, sino la fuerza espiritual de la verdad, sobre la que esa fe descansa” (De “La lucha en torno a Dios”-Ediciones Studium-Madrid 1962).
La religión es esencialmente una cuestión de moral antes que un tema adecuado para el entretenimiento intelectual de los filósofos. William James expresó: “Dios es real porque produce efecto reales”. De ahí que el predominio religioso, o bien el predominio ateo, se observará en los efectos reales que una creencia produce en la sociedad. Si se afronta una crisis severa, puede decirse que predomina el ateismo, en forma independiente de la cantidad de personas que afirmen adherir a alguna postura religiosa. Por el contrario, en una sociedad con elevado nivel ético, predominan los efectos de la influencia de una religión moral, o de alguna ideología equivalente. Entre las causas que promueven la decadencia moral, se encuentra el deterioro de la religión ocasionado por sus propios difusores, que han priorizado las actitudes filosóficas “aliadas” rechazando las diferentes sin apenas tener presente el comportamiento ético resultante. Es conveniente tener en cuenta que no todo ateísmo necesariamente es marxista, en cuyo caso queda excluido de la lucha mencionada.
En la Argentina actual podemos advertir los rastros de esa lucha en el campo de la política, la cultura y la economía. Al ateismo activo, que propone un totalitarismo económico y político, apoya tácitamente a la delincuencia, promueve el aborto y el libertinaje moral, se desinteresa por el tráfico de drogas, promueve el odio a empresarios y opositores, etc. A este ateísmo se le opone un catolicismo no del todo unánime ni suficientemente convencido; de ahí el predominio del primero.
Entre las debilidades mostradas por las Iglesias cristianas, se observa la pretensión de que no sólo las predicas de Cristo sean aceptadas masivamente, sino toda una filosofía asociada que muchas veces resulta incomprensible. Luego, ante la exigencia de que todo ello debe ser aceptado como dogma de fe, espantan a más de uno. En lugar de acentuarse la postura científica que postula la existencia de una ley natural invariable, a la cual nos debemos adaptar, se sigue con las antiguas prácticas paganas de pedir a Dios que interrumpa tales leyes para que nos resulten favorables. Incluso, considerando la enorme cantidad de santos que ha existido a lo largo de la historia religiosa, en lugar de disponer ejemplos para adoptar según una elección individual, se los utiliza como amuletos de la buena suerte que gentilmente participarían de un intercambio de promesas y homenajes por beneficios concedidos.
La fuerza del reproche ateo contra la religión radica en que ataca, no tanto al cristianismo original, sino a su versión distorsionada y casi pagana, que tarde o temprano termina destruyendo toda religión moral, a menos que se hagan esfuerzos para que ello no ocurra. De ahí que Marx ni siquiera se haya molestado en estudiar la religión en serio, sino que parece haber considerado la “versión callejera” del cristianismo, observando algunos casos de evidente paganismo, ya que al adepto le resulta más sencillo amoldar la religión a sus gustos personales que cambiar su personalidad ante los requerimientos de la religión. Luego, los seguidores de Marx, por fidelidad al líder espiritual, acataron su exacerbado ateísmo. Ignace Lepp escribió:
“Marx no siente ninguna necesidad de verificar y de justificar sus afirmaciones desde el momento en que se trata de la religión”. “Podía por cierto haber encontrado lo que él llama «principios sociales del cristianismo» en el comportamiento de algunos cristianos y quizás también en algunos sermones, pero habría buscado en vano su confirmación en algún escrito teológico o un documento pontificio. Esto confirma plenamente nuestra convicción de que el ateismo de Karl Marx nada tiene de científico, sino que depende de una situación afectiva compleja y cuya explicación no debe darla la economía política, sino la psicología profunda”.
De la misma forma en que Adolf Hitler sentía una aversión personal contra los judíos, por algún conflicto de tipo psicológico, Karl Marx la sentía por los cristianos por razones de ese tipo. La gravedad del caso radica en la masiva adhesión que ambos lograron induciendo odios colectivos a gran escala. De ahí que no resulte difícil comprobar lo poco que vale la vida de un judío para algunos de los adeptos nazis que todavía existen, o lo poco que vale la vida de un cristiano para los numerosos seguidores de Marx en la actualidad; incluso no resulta extraño que exalten con cinismo la figura de un asesino serial como el Che Guevara o adhieran a la violencia urbana considerando al delito como “la justicia ante una sociedad excluyente”, como afirmó cierto juez kirchnerista. Ignace Lepp agrega:
“El rechazo del cristianismo se hace, tanto en Marx como en Freud, en nombre de la ciencia, pero en este rechazo salta a la vista la parte desempeñada por el elemento pasional afectivo. Si el socialismo occidental del siglo XIX se ha afirmado, desde el comienzo, completamente ateo, ello se debe, al parecer, al considerable número de intelectuales judíos que encontramos entre sus protagonistas. Para comprender esto, no es menester imaginar no sé qué complot de los Sabios de Sión contra la religión de Cristo. La verdad es mucho más simple. La Europa occidental de su tiempo no era religiosamente cristiana, si bien pretendía serlo sociológicamente. La intelligentzia judía chocaba por doquier, en su voluntad de ascensión, con barreras erigidas en nombre de la religión. Sus miembros luchaban pues, conscientemente, contra la «enajenación religiosa» en nombre de la filosofía, de la ciencia o de la historia. Inconscientemente, se rebelaron contra el cristianismo, cuyos adeptos los ponían aparte, los obligaba a sentirse extraños en países que, sin embargo, eran sus patrias” (De “Psicoanálisis del ateismo moderno”-Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1963).
Todo parece indicar que, conociendo un poco mejor la verdad, se adquiere una mayor conciencia de las cosas, y las soluciones a los conflictos pueden comenzar a aparecer. Es posible que en poco tiempo más, la visión clarificadora de las ciencias humanas y sociales, iluminará los puntos oscuros de nuestro conocimiento para el inicio de una nueva etapa de la humanidad, mejor que las anteriores.
La lucha del marxismo-leninismo contra del cristianismo ha sido simbolizada como el Reino del Hombre contra el Reino de Dios, o bien el Reino del César contra el Reino del Espíritu. Desde el punto de vista de la ciencia actual, podemos decir que se trata de una lucha entre una ideología que desconoce o rechaza las leyes psicológicas elementales, por una parte, en contra de una religión que, según se ha podido advertir, las contempla fundamentando sus prédicas en ellas, por otra parte. Mientras que el marxismo-leninismo se opone al orden natural, el cristianismo promueve la adaptación al mismo. Alfredo Saénz escribió: “La Revolución Francesa y la Revolución Soviética son las únicas dos grandes revoluciones de la historia. No «golpes de Estado» sino revoluciones, que no es lo mismo. Ambas, contra el orden natural y sobrenatural” (De “De la Rus' de Vladímir al «hombre nuevo» soviético”-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1989).
Algunos autores aducen que el comunismo fue inicialmente impuesto en Rusia debido a características propias de su pueblo, como una anti-religión que luego pretendió expandirse a todo el planeta. Para su intromisión se utilizaron “prestadas” imágenes simbólicas del Reino de Dios, una sociedad que surgiría luego de que la mayor parte de sus integrantes adoptara como norma para sus vidas el amor al prójimo. Con las imágenes “prestadas” de esa sociedad ideal, se engañó al pueblo con otra en su reemplazo, muy diferente, el “socialismo” o “comunismo”, que habría de establecerse mediante el odio y la mentira; un camino opuesto al indicado por Cristo. Georg Siegmund escribió:
“Con todo, sería totalmente insuficiente considerar al marxismo como filosofía. Lo que al marxismo le ha dado su asombrosa pujanza es el hecho de que las energías liberadas de una antigua fe han encontrado en él un sucedáneo secularizado. Desde hacía tiempo, sobre todo en Rusia, un oscuro y flotante, pero fervoroso mesianismo andaba buscando un remedio no sólo a sus necesidades materiales, sino muy especialmente al general fracaso humano, refugiándose en una tierra de promisión; febrilmente, grandes masas populares, que aún no habían perdido todo el gusto por la vida, esperaban el establecimiento de un «Reino de Dios», del que se oían las cosas más extrañas. Un pueblo esclavizado, que creía en su predestinación, esperaba poder realizar el reino mesiánico, después de la más radical revolución y de la dictadura del «proletariado». Como la ideología de Karl Marx descansaba en una fe, realmente fanática, en la eficacia salvadora de la revolución, estaba muy en condiciones, al ser aceptada por el ardiente anhelo mesiánico del pueblo ruso, para convertirse en un delirio, que no se calmará hasta implantar la revolución mundial”.
“La fuerza que anima a esta contra-fe, se formula así: Nosotros somos la energía del porvenir, con nosotros marcha el progreso, que no admite interrupciones, sino que se impone con la misma necesidad que un proceso cualquiera de la Naturaleza. Fundamental, para esta pseudo-religión es la fe, admitida gratuitamente por principio, en el progreso histórico, que estará siempre del lado del materialismo dialéctico. Sin embargo, la «rueda» de la historia ha girado ya demasiado, colocándonos lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, para poder justificar una fe tan rectilínea en el progreso. Al no descansar tal fe en argumentos, cosa que rechaza expresamente, es natural que el desengaño de una inesperada evolución histórica la desenmascare como puro delirio. Y tales desengaños no pueden ser disimulados. Recientemente [escrito en 1956] se celebró en Moscú un congreso de técnicos en la propaganda atea, que no tuvieron más remedio que confesar el hecho de que la «rancia superstición» sigue imperando en amplios sectores del pueblo como fuerza viva, y a pesar de ser tan combatida, ha podido seguir ganando adeptos. Con esto no cabe duda que el tópico de «religión anticuada» que, -una vez que se le haya privado de todo apoyo externo- tiene que morir por sí misma, ha experimentado un rudo golpe. Carece de sentido el querer calcular de qué lado se encuentran las energías más fuertes y prometedoras, para intentar un pronóstico. Las fuerzas vitales, que una fe puede atraer hacia sí, no es, en fin de cuentas, lo decisivo, sino la fuerza espiritual de la verdad, sobre la que esa fe descansa” (De “La lucha en torno a Dios”-Ediciones Studium-Madrid 1962).
La religión es esencialmente una cuestión de moral antes que un tema adecuado para el entretenimiento intelectual de los filósofos. William James expresó: “Dios es real porque produce efecto reales”. De ahí que el predominio religioso, o bien el predominio ateo, se observará en los efectos reales que una creencia produce en la sociedad. Si se afronta una crisis severa, puede decirse que predomina el ateismo, en forma independiente de la cantidad de personas que afirmen adherir a alguna postura religiosa. Por el contrario, en una sociedad con elevado nivel ético, predominan los efectos de la influencia de una religión moral, o de alguna ideología equivalente. Entre las causas que promueven la decadencia moral, se encuentra el deterioro de la religión ocasionado por sus propios difusores, que han priorizado las actitudes filosóficas “aliadas” rechazando las diferentes sin apenas tener presente el comportamiento ético resultante. Es conveniente tener en cuenta que no todo ateísmo necesariamente es marxista, en cuyo caso queda excluido de la lucha mencionada.
En la Argentina actual podemos advertir los rastros de esa lucha en el campo de la política, la cultura y la economía. Al ateismo activo, que propone un totalitarismo económico y político, apoya tácitamente a la delincuencia, promueve el aborto y el libertinaje moral, se desinteresa por el tráfico de drogas, promueve el odio a empresarios y opositores, etc. A este ateísmo se le opone un catolicismo no del todo unánime ni suficientemente convencido; de ahí el predominio del primero.
Entre las debilidades mostradas por las Iglesias cristianas, se observa la pretensión de que no sólo las predicas de Cristo sean aceptadas masivamente, sino toda una filosofía asociada que muchas veces resulta incomprensible. Luego, ante la exigencia de que todo ello debe ser aceptado como dogma de fe, espantan a más de uno. En lugar de acentuarse la postura científica que postula la existencia de una ley natural invariable, a la cual nos debemos adaptar, se sigue con las antiguas prácticas paganas de pedir a Dios que interrumpa tales leyes para que nos resulten favorables. Incluso, considerando la enorme cantidad de santos que ha existido a lo largo de la historia religiosa, en lugar de disponer ejemplos para adoptar según una elección individual, se los utiliza como amuletos de la buena suerte que gentilmente participarían de un intercambio de promesas y homenajes por beneficios concedidos.
La fuerza del reproche ateo contra la religión radica en que ataca, no tanto al cristianismo original, sino a su versión distorsionada y casi pagana, que tarde o temprano termina destruyendo toda religión moral, a menos que se hagan esfuerzos para que ello no ocurra. De ahí que Marx ni siquiera se haya molestado en estudiar la religión en serio, sino que parece haber considerado la “versión callejera” del cristianismo, observando algunos casos de evidente paganismo, ya que al adepto le resulta más sencillo amoldar la religión a sus gustos personales que cambiar su personalidad ante los requerimientos de la religión. Luego, los seguidores de Marx, por fidelidad al líder espiritual, acataron su exacerbado ateísmo. Ignace Lepp escribió:
“Marx no siente ninguna necesidad de verificar y de justificar sus afirmaciones desde el momento en que se trata de la religión”. “Podía por cierto haber encontrado lo que él llama «principios sociales del cristianismo» en el comportamiento de algunos cristianos y quizás también en algunos sermones, pero habría buscado en vano su confirmación en algún escrito teológico o un documento pontificio. Esto confirma plenamente nuestra convicción de que el ateismo de Karl Marx nada tiene de científico, sino que depende de una situación afectiva compleja y cuya explicación no debe darla la economía política, sino la psicología profunda”.
De la misma forma en que Adolf Hitler sentía una aversión personal contra los judíos, por algún conflicto de tipo psicológico, Karl Marx la sentía por los cristianos por razones de ese tipo. La gravedad del caso radica en la masiva adhesión que ambos lograron induciendo odios colectivos a gran escala. De ahí que no resulte difícil comprobar lo poco que vale la vida de un judío para algunos de los adeptos nazis que todavía existen, o lo poco que vale la vida de un cristiano para los numerosos seguidores de Marx en la actualidad; incluso no resulta extraño que exalten con cinismo la figura de un asesino serial como el Che Guevara o adhieran a la violencia urbana considerando al delito como “la justicia ante una sociedad excluyente”, como afirmó cierto juez kirchnerista. Ignace Lepp agrega:
“El rechazo del cristianismo se hace, tanto en Marx como en Freud, en nombre de la ciencia, pero en este rechazo salta a la vista la parte desempeñada por el elemento pasional afectivo. Si el socialismo occidental del siglo XIX se ha afirmado, desde el comienzo, completamente ateo, ello se debe, al parecer, al considerable número de intelectuales judíos que encontramos entre sus protagonistas. Para comprender esto, no es menester imaginar no sé qué complot de los Sabios de Sión contra la religión de Cristo. La verdad es mucho más simple. La Europa occidental de su tiempo no era religiosamente cristiana, si bien pretendía serlo sociológicamente. La intelligentzia judía chocaba por doquier, en su voluntad de ascensión, con barreras erigidas en nombre de la religión. Sus miembros luchaban pues, conscientemente, contra la «enajenación religiosa» en nombre de la filosofía, de la ciencia o de la historia. Inconscientemente, se rebelaron contra el cristianismo, cuyos adeptos los ponían aparte, los obligaba a sentirse extraños en países que, sin embargo, eran sus patrias” (De “Psicoanálisis del ateismo moderno”-Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1963).
Todo parece indicar que, conociendo un poco mejor la verdad, se adquiere una mayor conciencia de las cosas, y las soluciones a los conflictos pueden comenzar a aparecer. Es posible que en poco tiempo más, la visión clarificadora de las ciencias humanas y sociales, iluminará los puntos oscuros de nuestro conocimiento para el inicio de una nueva etapa de la humanidad, mejor que las anteriores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
