Se entiende como “religión de la evolución” a la que resulta compatible con el proceso de la evolución biológica tanto como con la evolución del universo, donde la materia se va organizando hasta llegar a la vida inteligente. Implica, por lo tanto, que contempla las leyes naturales que rigen todo lo existente y se identifica con la ciencia experimental. Todos los intentos en ese sentido se conocen históricamente como “religión natural”.
De la misma forma en que la teoría cosmológica del Big-Bang fue “bautizada” por uno de sus detractores, Fred Hoyle, y la economía de mercado se conoce como “capitalismo”, nombre asignado por su mayor opositor, Karl Marx, Julio Meinvielle, quien rechaza la religión considerada, titula uno de sus libros como “Teilhard de Chardin o la religión de la evolución” (Ediciones Theoria SRL-Buenos Aires 1965). Dicha religión resulta compatible con el conocimiento actual provisto por la ciencia experimental, provocando una reacción del conservadorismo ante la innovación, reapareciendo la antigua disputa del teísmo en contra del deísmo, personificadas tales posturas por el teísta Meinvielle contra el deísta Teilhard, pudiéndoselas sintetizar de la siguiente manera:
Religión natural (deísmo): Universo = Dios = Naturaleza
Religión revelada (teísmo): Universo = Dios + Naturaleza
Pueden encontrarse vínculos que las hacen aparecer como equivalentes. El primero surge de suponer que el Dios del teísmo responde de igual manera en iguales circunstancias, lo que implica que posee una actitud característica similar a la impuesta a los hombres. Por ser tal atributo una relación permanente entre respuesta y estímulo, equivale a decir que está regido por una ley natural. Y así, resulta indistinguible un universo regido por leyes naturales de un universo en el cual el Dios interviniente responde investido de atributos que surgen de una personalidad determinada.
El segundo aspecto a considerar es el coincidente conjunto de características atribuidas a Dios y al universo. Barrows Dunham escribió al respecto: “Con una mirada retrospectiva, podemos ver lo que los contemporáneos de Spinoza no pudieron ver: que el proceso había empezado cuatrocientos años antes, con los trabajos de los escolásticos, que trataron de fijar la doctrina cristiana en un lenguaje todo lo literal que podían dominar y que la propia doctrina podía permitir”. “Los escolásticos acumularon en este trabajo una serie de definiciones del término «Dios» y, cuando todo acabó, abandonaron este término a medio camino entre la metáfora y la afirmación literal. Habían definido a Dios como un ser que no necesita de nada más para existir, o como un ser que posee todos los atributos posibles (es decir, todo lo que puede ser predicado de Dios), o como un ser cuya naturaleza implica la existencia”.
"Vamos a realizar ahora un sencillo experimento. Podemos preguntar, ¿cuál es el ser que no necesita de nada más para existir? Evidentemente, la respuesta es el universo. Y, ¿cuál es el ser cuya naturaleza implica su existencia? El universo, por supuesto. De este modo, el mensaje del escolasticismo estaba abierto a que se apoderara de él el más simple de los ardides lógicos, la equivalencia: Dios y el universo son idénticos. Tal fue la inferencia que sacó Spinoza del escolasticismo y de la filosofía judía, mediante el método cartesiano. La inferencia era válida sin duda y contenía además esa evidencia geométrica («dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí») que tanto admiraba el siglo XVII. Desde el momento en que los escolásticos describieron a Dios como a un ser perfecto, comenzaron su despersonalización; pero, dado el enorme poder que había tenido la tradición, causó una terrible impresión que Spinoza pusiera al descubierto el resultado. La verdad era que tal resultado había pasado inadvertido por completa para Descartes”.
“Ahora bien, todas las religiones occidentales, consideraban al panteísmo como herejía. El judaísmo necesita un Dios personal para dar solidez a la fe, el cristianismo necesita un Dios personal para dar legitimidad a la autoridad de la Iglesia y la religión mahometana necesita a Alá personal para justificar la misión profética de Mahoma. Así, pues, en las vicisitudes de la ideología, el hecho de que Dios fuera una persona se había convertido en algo enormemente importante para la unidad de la organización. Podría ser cierto (aunque, en realidad, impreciso) decir que los judíos tuvieron su ley, las Iglesias su autoridad y los mahometanos su profeta a partir del universo” (De “Héroes y Herejes”-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1965).
Es oportuno decir que existen varias formas de deísmo, o panteísmo (“todo es Dios”), y varias formas de teísmo, ya que los hay optimistas y pesimistas, y también los que consideran las leyes naturales existentes como los que las ignoran (paganismo). Jean-Marie Guyau escribió: “Que toda religión es el establecimiento de un vínculo en un principio mítico y más tarde místico, que ata el hombre a las fuerzas del universo mismo, y por último al principio del universo, es lo que resalta de todos los estudios religiosos”. “Una sociología mítica o mística, concebida como conteniendo el secreto de todas las cosas; tal es, en nuestra opinión, el fondo de todas las religiones” (De “La irreligión del porvenir”-Editorial Tupac-Buenos Aires 1947).
El primer ataque que se advierte en Meinvielle implica considerar a la evolución como un “dogma”: “El sistema teilhardiano, que impone el dogma de la evolución a todo el cosmos y aun a lo divino, debía ser examinado prolijamente en esta noción de «evolución»”. En primer lugar, la evolución biológica no es una teoría sino un proceso comprobado, mientras que la física de partículas confirma, hasta el momento, el “principio de complejidad-conciencia” enunciado por Teilhard y por el cual sostiene que existe una transición desde las partículas elementales hasta el núcleo y el átomo, luego las moléculas, la célula, los organismos vivos, hasta llegar a la vida inteligente, es decir, existe una transición gradual desde la materia al espíritu. Pierre Teilhard de Chardin escribió:
“Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se eleva en lo personal. Creo que lo personal supremo es el Cristo Universal”. “Uno después de otro, todos los dominios del conocimiento humano se conmueven, arrastrados juntos por una misma corriente de fondo, hacia el estudio de algún desarrollo. ¿La Evolución, una teoría, un sistema, una hipótesis? No, no del todo: o más bien que esto, una condición general a la cual deben plegarse y satisfacer de aquí en adelante para ser pensables y verdaderas, todas las teorías, todas las hipótesis, todos los sistemas. Una luz iluminando todos los hechos, una curva que deben desposar todos los trazados: he aquí lo que es la Evolución” (De “El fenómeno humano”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1967).
Otro ataque es el que surge al comparar su pensamiento con el de Marx. Así, Julio Meinvielle escribió: “Para Teilhard, como para Marx, escribe Garaudy, el hombre es «La evolución que se ha hecho consciente de sí misma»”. Esto implica un razonamiento similar al siguiente: si para Marx las hojas de los árboles son verdes, y también para Teilhard, puede decirse que existen coincidencias entre ambos. La idea mencionada aparece en otros autores con anterioridad. Friedrich Schelling (siglo XVIII) afirmaba: “El hombre forma parte de la naturaleza, por lo que la creatividad humana es una parte de la productividad de la naturaleza. Con el hombre, la naturaleza ha alcanzado la autoconciencia”, mientras que Jean-Marie Guyau (siglo XIX) escribe sobre Spinoza: “La intuición intelectual es la naturaleza adquiriendo conciencia de sí”. Si bien Teilhard llega a aceptar el marxismo teórico suponiendo, erróneamente, que se trataba de algo “bueno”, sus ideas abarcan temas muy distintos a los considerados por el marxismo.
Tanto Spinoza como Teilhard establecen sus ideas dentro del ámbito de la religión natural, aunque existen importantes diferencias. Mientras para el primero no existe una finalidad del universo, para el segundo la existencia de cierto sentido resulta evidente, ya que cuenta con los adelantos de la ciencia de su tiempo. Claude Tresmontant escribe: “Toda la obra científica de Teilhard puede caracterizarse como un esfuerzo para leer, en la misma realidad, y sin acudir a ningún supuesto metafísico, el sentido de la Evolución, para elucidar su intencionalidad inmanente, en el orden mismo del fenómeno, por el método científico solamente, generalizando así, en el dominio del fenómeno espacio-temporal total, una diligencia reconocida como legítima en otras regiones del saber, en psicología, por ejemplo” (De “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1966).
La evolución implica ser una creación indirecta, o evolución creativa, ya que no es lo mismo un universo que tiende a adquirir nuevos atributos, o mayores niveles de complejidad y de conciencia, a un universo que desde la etapa inicial de su formación ha adquirido su forma definitiva. Es importante señalar que, así como el hombre ha llegado a su forma actual mediante el proceso evolutivo, en lugar de una creación directa ubicada en un determinado instante del tiempo, la religión de la evolución implica que también el universo ha sufrido un similar proceso de creación indirecta, en lugar de un inicio señalado en el tiempo. Es decir, el instante inicial del Big-Bang no es el comienzo del universo, sino el comienzo del proceso de su evolución. Tresmontant escribió:
“Significa que el Universo en un fenómeno temporal, es decir, que el Universo está naciendo, en torno nuestro, y está siendo creado. El concepto científico de evolución es el reverso experimental del concepto metafísico de creación: a partir de lo real, al nivel científico, constatamos que el Universo no es una «cosa puesta ahí», sino una serie de cosas que están siendo creadas, unas a partir de otras”.
Las nuevas formas de religión deben tomar como base a las propias leyes naturales que rigen al universo, que son las leyes de Dios, en lugar de adoptar como referencia a una visión indirecta, como son los Libros Sagrados, realizados por hombres que miran a Dios. Aun así, aparece cierta compatibilidad entre la simbología bíblica y el posterior conocimiento brindado por la ciencia. Ignace Lepp escribió:
“Abro el Antiguo Testamento, leo el relato maravilloso de la creación, y en el no descubro ni una sola palabra que contradiga, ni siquiera someramente, a los modernos conocimientos de las ciencias naturales. Completamente «al principio» creo Dios el cielo y la tierra. Después, sucesivamente, la «hilosfera», la «biosfera» y, finalmente, con Adán y Eva, la «noosfera» [lo espiritual]”. “Y la verdad del símbolo no es menor que la verdad de las ciencias exactas. Lo que la Biblia expone como verdad es la continuidad de los diversos estratos o esferas de la creación: las más primitivas y sencillas sirven, en cierto modo, como preparación de las demás, más altas y complicadas en su estructuración” (De “La nueva Tierra”-Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1963).
Las posturas teístas son, además, incompatibles entre si, por lo que, al perdurar, aseguran la continuidad de los conflictos religiosos por bastante tiempo. De ahí que es conveniente prestar atención a la religión propuesta por Teilhard de Chardin en épocas en que las investigaciones en neurociencia están próximas a describir detalladamente los procesos que sustentan el comportamiento ético del hombre, como el descubrimiento de las neuronas espejo, posible fundamento del fenómeno psicológico de la empatía y del amor al prójimo, tan esencial en el cristianismo.
sábado, 10 de mayo de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
Libertades y derechos
Teniendo presente el proceso de la evolución biológica, puede advertirse que el hombre tiene necesidad de adquirir alimentos, construir su vivienda, realizar intercambios, comunicarse con otros hombres, etc., siendo la propia naturaleza la que provee las habilidades que permitirán satisfacer tales necesidades en vista a lograr nuestra supervivencia y una adecuada adaptación al medio. Si no tuviésemos las habilidades respectivas, en lugar de un hogar, el mundo sería una trampa. Desde el punto de vista religioso, se dice que Dios ha provisto al hombre de capacidades para poder lograr los objetivos que le ha ordenado.
El principal atributo que poseemos es la libertad de elección, ya que nos permite optar en cada instante por lo que nos resulta beneficioso y útil, según los objetivos perseguidos. De ahí que los derechos del individuo, contemplados por las costumbres y por las leyes que de la sociedad surgen, deben respetarse por cuanto son derechos naturales primarios. De lo contrario, se estarán impidiendo parcialmente los esfuerzos por lograr la supervivencia y la adaptación, tal el caso de las leyes humanas que no contemplan nuestras necesidades primarias y van en contra del hombre como de la tendencia impuesta por la naturaleza, o contra de la voluntad de Dios, en la visión religiosa. Jacques Bourquin escribió: “En virtud de su propia cualidad de hombre, el individuo nace investido del derecho natural, inalienable e imprescriptible, de ejercer sin trabas su actividad física, intelectual y moral. Ese derecho que todo hombre trae consigo al nacer, lo conserva entrando en la sociedad política, y puede oponerlo a la vez a los otros individuos y al poder político constituido en esta sociedad. Ninguno puede atentar contra los derechos de los otros. El Estado dispone del poder de establecer ciertas limitaciones a los derechos individuales, pero solamente hasta donde deba defender el interés general. Y esto, no puede hacerlo más que por la ley, o sea por una disposición general que emane ya sea del pueblo o de sus representantes libremente elegidos” (De “La libertad de prensa”-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1952).
La ausencia de libertad se hace evidente en el caso de los esclavos, mientras que se advierte menos ante la pérdida de la libertad para transmitir nuestras ideas. El citado autor escribe: “[Charles Secretan] destaca que si la realización del bien moral, que es el verdadero bien, implica la libertad de ir y de venir, con más razón reclama la libertad de sentir, la libertad de pensar y de manifestar los sentimientos y las convicciones científicas, políticas, religiosas, morales aún, o sobre cualquier otro tema que desee aunque siempre sin herir la persona y el derecho de otros”.
“¿Se pueden concebir elecciones sin libertad de prensa? La libertad de pensamiento y su expresión son la base de la libertad electoral. Es necesaria la libertad electoral como fundamento de la libertad de Parlamento; la libertad de Parlamento es la mejor garantía de las demás libertades. Es por lo tanto, la libertad de prensa la base de todas las otras. Pero el Parlamento, que es la emanación del sufragio universal y expresa la voluntad de la mayoría de los electores puede, si se deja guiar por la sola ley de la mayoría, llegar a ser, a su vez, un medio de opresión del individuo”.
En los sistemas totalitarios se restringe la libertad de expresión mientras que la información emitida por los medios de comunicación oficiales lleva un gran porcentaje de mentiras. Wolfgang Wieser escribió: “Los elementos de un sistema deben «comunicarse» entre sí, deben desarrollar interrelaciones regulares coherentes. Esta necesidad de comunicación es fundamental e igualmente importante para sistemas físicos, biológicos o sociológicos. Sin comunicación no hay orden, sin orden no hay totalidad” (De “Organismos, estructuras, máquinas”-EUDEBA-Buenos Aires 1962).
En cuanto al periodismo en las épocas de la Unión Soviética, Vladimir Bukovsky escribió:
“Cierto es que si se saben leer los periódicos soviéticos, se puede obtener una visión bastante detallada de la vida política de Occidente o de ciertos acontecimientos concretos. Lo único que se precisa es dominar a la perfección el arte de saber interpretar los símbolos soviéticos, los trucos y los clichés periodísticos, hay que saber leer entre líneas y recordar que toda publicación en la URSS es el resultado de la interacción de dos procesos: del control directivo ideológico y de la intención de los propios periodistas de burlar dicho control, haciéndose pasar habitualmente por unos tontos con exceso de celo. Y es que el hombre soviético es así, no puede evitar hacer la higa a sus autoridades patrias, aunque sea con la mano escondida en el bolsillo. Y, ¿qué mejor forma de hacerlo que poniendo cara de idiota servicial que quiere cumplir de la mejor manera, sólo que todo le sale al revés?”.
“La gente primitiva, sin grandes preocupaciones intelectuales, tiende a entender los periódicos soviéticos sencillamente al contrario, como reflejados en un espejo. Si critican a alguien, seguro que es una buena persona; si la elogian, es mala. Si les da por hablar de la paz, no hay duda de que va a haber guerra y hay que correr a comprar jabón, cerillas y sal antes de que hayan desaparecido de la venta. Si se vanaglorian de haber tenido una cosecha jamás vista, seguro que habrá hambre. Todo ello es cierto en parte, pero tales simplificaciones privan al lector de la mayor parte de las noticias, dejándole sólo la verdad cruda. Porque también hay matices, graduaciones. La información, en una palabra”.
“La información que contienen es escasa. Al mismo tiempo, gran número de personas escucha programas de radio occidentales que se emiten en ruso, comparando constantemente lo oído con lo publicado por la prensa soviética. La prensa oficial deja de ser un medio de información de masas. Incluso cuando –según la ley del reloj estropeado, que dos veces al día marca la hora correcta –en los periódicos aparece una noticia verídica, nadie se la cree. Nuestra prensa es la encarnación impresa del poder y la leen para pillarla mintiendo, para alegrarse de un fracaso o para preguntarse «¿Cómo saldrá de ésta? ¿Qué otra bobada van a inventar?»” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).
La libertad de expresión tiende a promover la existencia de medios periodísticos independientes que protegerán a la sociedad de los intereses sectoriales que atentan contra el interés general. Por el contrario, la ausencia de tal libertad tiende a promover el monopolio de la información con el predominio de la falsedad y de la mentira. Françoise Chateaubriand escribió: “En un hecho indiscutible que dondequiera que la libertad de prensa está establecida, ha suavizado y depurado las costumbres, esclareciendo los espíritus. ¿Cuándo cesó esa larga masacre de reyes, esas atroces guerras civiles que han desolado a Inglaterra? Solamente cuando fue establecida la libertad de la prensa”. “La verdadera censura es la que la libertad de prensa ejerce sobre las costumbres. Hay hechos vergonzosos que se permitirían con el silencio de los diarios, y que no osarían manifestarse bajo la vigilancia de la prensa”.
“Los grandes escándalos, los grandes negociados de que está llena nuestra historia en los rangos más altos de la sociedad, serían hoy día imposibles con la libertad de prensa. ¿No hay, entonces, otra libertad que pueda prevenir la consumación de un crimen o que fuerce a los jefes de los imperios a unir la decencia a sus otras virtudes?” (Citado en “La libertad de prensa”).
La libertad, cualquiera sea ella, requiere de una dosis suficiente de responsabilidad. De lo contrario, se convierte en libertinaje. De ahí que toda libertad tiene limitaciones, especialmente cuando se la utiliza para el agravio personal, la difusión de la mentira o para inculcar el odio colectivo en algunos sectores de la sociedad. Este ha sido el caso de los ideólogos marxistas que aprovechan la libertad de expresión otorgado por las democracias para promover el odio en los jóvenes desprevenidos que los lleva incluso a cometer asesinatos y posteriormente a ser asesinados. El ideólogo se constituye de esa manera en el autor intelectual de un doble asesinato. En caso de triunfar la prédica violenta, una vez instalado el socialismo, se dejará de lado la libertad de expresión en todas sus formas.
Algunas versiones indican que Eduardo Galeano, el autor de “Las venas abiertas de América Latina”, reconoció recientemente haber escrito dicho libro “sin conocer lo suficiente de política y de economía”. De todas formas, la violencia y las muertes que indujo a través de su maligna influencia, seguramente no le permitirán vivir con plena tranquilidad de conciencia. De ahí que, la limitación impuesta a la libertad de expresión, cuando ésta ampara la mentira, o el severo error, puede evitar daños mayores, no sólo en el que la recibe, sino también en el que la emite.
Algunos sectores políticos, e incluso religiosos, no aceptan recibir ninguna forma de crítica por cuanto suponen ser instituciones que están sobre la sociedad. Por el contrario, la trascendencia social de toda actividad crea el derecho a la opinión y al disenso en el resto de sus integrantes, de lo contrario implicaría que algunos pueden influirla libremente mientras que sus “víctimas ocasionales” ni siquiera pueden emitir una opinión. Leslie Lipson escribió:
“El Estado y la religión han sido los principales responsables de tales restricciones [a la libre expresión], al imponer sus decisiones ya para salvaguardar el poder de un grupo frente a sus opositores, ya para poner un dogma teológico a cubierto de las dudas y de las críticas racionales. Sin embargo, no han sido las entidades políticas y religiosas las únicas ofensoras en este sentido. Otras organizaciones –como ejemplo, las que tienen intereses económicos que proteger- han pretendido también controlar exclusivamente o influir a su antojo en los medios de comunicación, frecuentemente por métodos más sutiles e indirectos que los de la previa censura lisa y llana” (De “Historia y filosofía de la democracia”-Tipográfica Editora Argentina-Buenos Aires 1969).
Otros autores, por el contrario, sostienen que debe permitirse una libertad sin restricciones debido al efecto compensador que la verdad impone respecto de la mentira; algo que constituye una actitud demasiado optimista. El citado autor escribe al respecto: “John Stuart Mill divide todas las opiniones en tres clases. Algunas son ciertas, algunas son falsas, y otras son mitad verdad, mitad falsedad. Todas deben ser expresables con absoluta libertad. ¿Por qué? Las opiniones correctas, por la obvia razón de que representan la verdad; las falsas, porque el error se detecta más fácilmente confrontándoselo con la verdad; las mixtas, porque, mediante la libre discusión, la parte de verdad que contienen puede desembarazarse de la porción de inexactitud”.
La postura de Mill puede producir buenos resultados en un ambiente científico en donde predomina la búsqueda de la verdad, mientras que en otros ámbitos, donde predominan la búsqueda de poder y el fanatismo, la mentira termina ocupando un lugar central en la sociedad y por ello cuesta mucho trabajo desplazarla.
El principal atributo que poseemos es la libertad de elección, ya que nos permite optar en cada instante por lo que nos resulta beneficioso y útil, según los objetivos perseguidos. De ahí que los derechos del individuo, contemplados por las costumbres y por las leyes que de la sociedad surgen, deben respetarse por cuanto son derechos naturales primarios. De lo contrario, se estarán impidiendo parcialmente los esfuerzos por lograr la supervivencia y la adaptación, tal el caso de las leyes humanas que no contemplan nuestras necesidades primarias y van en contra del hombre como de la tendencia impuesta por la naturaleza, o contra de la voluntad de Dios, en la visión religiosa. Jacques Bourquin escribió: “En virtud de su propia cualidad de hombre, el individuo nace investido del derecho natural, inalienable e imprescriptible, de ejercer sin trabas su actividad física, intelectual y moral. Ese derecho que todo hombre trae consigo al nacer, lo conserva entrando en la sociedad política, y puede oponerlo a la vez a los otros individuos y al poder político constituido en esta sociedad. Ninguno puede atentar contra los derechos de los otros. El Estado dispone del poder de establecer ciertas limitaciones a los derechos individuales, pero solamente hasta donde deba defender el interés general. Y esto, no puede hacerlo más que por la ley, o sea por una disposición general que emane ya sea del pueblo o de sus representantes libremente elegidos” (De “La libertad de prensa”-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1952).
La ausencia de libertad se hace evidente en el caso de los esclavos, mientras que se advierte menos ante la pérdida de la libertad para transmitir nuestras ideas. El citado autor escribe: “[Charles Secretan] destaca que si la realización del bien moral, que es el verdadero bien, implica la libertad de ir y de venir, con más razón reclama la libertad de sentir, la libertad de pensar y de manifestar los sentimientos y las convicciones científicas, políticas, religiosas, morales aún, o sobre cualquier otro tema que desee aunque siempre sin herir la persona y el derecho de otros”.
“¿Se pueden concebir elecciones sin libertad de prensa? La libertad de pensamiento y su expresión son la base de la libertad electoral. Es necesaria la libertad electoral como fundamento de la libertad de Parlamento; la libertad de Parlamento es la mejor garantía de las demás libertades. Es por lo tanto, la libertad de prensa la base de todas las otras. Pero el Parlamento, que es la emanación del sufragio universal y expresa la voluntad de la mayoría de los electores puede, si se deja guiar por la sola ley de la mayoría, llegar a ser, a su vez, un medio de opresión del individuo”.
En los sistemas totalitarios se restringe la libertad de expresión mientras que la información emitida por los medios de comunicación oficiales lleva un gran porcentaje de mentiras. Wolfgang Wieser escribió: “Los elementos de un sistema deben «comunicarse» entre sí, deben desarrollar interrelaciones regulares coherentes. Esta necesidad de comunicación es fundamental e igualmente importante para sistemas físicos, biológicos o sociológicos. Sin comunicación no hay orden, sin orden no hay totalidad” (De “Organismos, estructuras, máquinas”-EUDEBA-Buenos Aires 1962).
En cuanto al periodismo en las épocas de la Unión Soviética, Vladimir Bukovsky escribió:
“Cierto es que si se saben leer los periódicos soviéticos, se puede obtener una visión bastante detallada de la vida política de Occidente o de ciertos acontecimientos concretos. Lo único que se precisa es dominar a la perfección el arte de saber interpretar los símbolos soviéticos, los trucos y los clichés periodísticos, hay que saber leer entre líneas y recordar que toda publicación en la URSS es el resultado de la interacción de dos procesos: del control directivo ideológico y de la intención de los propios periodistas de burlar dicho control, haciéndose pasar habitualmente por unos tontos con exceso de celo. Y es que el hombre soviético es así, no puede evitar hacer la higa a sus autoridades patrias, aunque sea con la mano escondida en el bolsillo. Y, ¿qué mejor forma de hacerlo que poniendo cara de idiota servicial que quiere cumplir de la mejor manera, sólo que todo le sale al revés?”.
“La gente primitiva, sin grandes preocupaciones intelectuales, tiende a entender los periódicos soviéticos sencillamente al contrario, como reflejados en un espejo. Si critican a alguien, seguro que es una buena persona; si la elogian, es mala. Si les da por hablar de la paz, no hay duda de que va a haber guerra y hay que correr a comprar jabón, cerillas y sal antes de que hayan desaparecido de la venta. Si se vanaglorian de haber tenido una cosecha jamás vista, seguro que habrá hambre. Todo ello es cierto en parte, pero tales simplificaciones privan al lector de la mayor parte de las noticias, dejándole sólo la verdad cruda. Porque también hay matices, graduaciones. La información, en una palabra”.
“La información que contienen es escasa. Al mismo tiempo, gran número de personas escucha programas de radio occidentales que se emiten en ruso, comparando constantemente lo oído con lo publicado por la prensa soviética. La prensa oficial deja de ser un medio de información de masas. Incluso cuando –según la ley del reloj estropeado, que dos veces al día marca la hora correcta –en los periódicos aparece una noticia verídica, nadie se la cree. Nuestra prensa es la encarnación impresa del poder y la leen para pillarla mintiendo, para alegrarse de un fracaso o para preguntarse «¿Cómo saldrá de ésta? ¿Qué otra bobada van a inventar?»” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).
La libertad de expresión tiende a promover la existencia de medios periodísticos independientes que protegerán a la sociedad de los intereses sectoriales que atentan contra el interés general. Por el contrario, la ausencia de tal libertad tiende a promover el monopolio de la información con el predominio de la falsedad y de la mentira. Françoise Chateaubriand escribió: “En un hecho indiscutible que dondequiera que la libertad de prensa está establecida, ha suavizado y depurado las costumbres, esclareciendo los espíritus. ¿Cuándo cesó esa larga masacre de reyes, esas atroces guerras civiles que han desolado a Inglaterra? Solamente cuando fue establecida la libertad de la prensa”. “La verdadera censura es la que la libertad de prensa ejerce sobre las costumbres. Hay hechos vergonzosos que se permitirían con el silencio de los diarios, y que no osarían manifestarse bajo la vigilancia de la prensa”.
“Los grandes escándalos, los grandes negociados de que está llena nuestra historia en los rangos más altos de la sociedad, serían hoy día imposibles con la libertad de prensa. ¿No hay, entonces, otra libertad que pueda prevenir la consumación de un crimen o que fuerce a los jefes de los imperios a unir la decencia a sus otras virtudes?” (Citado en “La libertad de prensa”).
La libertad, cualquiera sea ella, requiere de una dosis suficiente de responsabilidad. De lo contrario, se convierte en libertinaje. De ahí que toda libertad tiene limitaciones, especialmente cuando se la utiliza para el agravio personal, la difusión de la mentira o para inculcar el odio colectivo en algunos sectores de la sociedad. Este ha sido el caso de los ideólogos marxistas que aprovechan la libertad de expresión otorgado por las democracias para promover el odio en los jóvenes desprevenidos que los lleva incluso a cometer asesinatos y posteriormente a ser asesinados. El ideólogo se constituye de esa manera en el autor intelectual de un doble asesinato. En caso de triunfar la prédica violenta, una vez instalado el socialismo, se dejará de lado la libertad de expresión en todas sus formas.
Algunas versiones indican que Eduardo Galeano, el autor de “Las venas abiertas de América Latina”, reconoció recientemente haber escrito dicho libro “sin conocer lo suficiente de política y de economía”. De todas formas, la violencia y las muertes que indujo a través de su maligna influencia, seguramente no le permitirán vivir con plena tranquilidad de conciencia. De ahí que, la limitación impuesta a la libertad de expresión, cuando ésta ampara la mentira, o el severo error, puede evitar daños mayores, no sólo en el que la recibe, sino también en el que la emite.
Algunos sectores políticos, e incluso religiosos, no aceptan recibir ninguna forma de crítica por cuanto suponen ser instituciones que están sobre la sociedad. Por el contrario, la trascendencia social de toda actividad crea el derecho a la opinión y al disenso en el resto de sus integrantes, de lo contrario implicaría que algunos pueden influirla libremente mientras que sus “víctimas ocasionales” ni siquiera pueden emitir una opinión. Leslie Lipson escribió:
“El Estado y la religión han sido los principales responsables de tales restricciones [a la libre expresión], al imponer sus decisiones ya para salvaguardar el poder de un grupo frente a sus opositores, ya para poner un dogma teológico a cubierto de las dudas y de las críticas racionales. Sin embargo, no han sido las entidades políticas y religiosas las únicas ofensoras en este sentido. Otras organizaciones –como ejemplo, las que tienen intereses económicos que proteger- han pretendido también controlar exclusivamente o influir a su antojo en los medios de comunicación, frecuentemente por métodos más sutiles e indirectos que los de la previa censura lisa y llana” (De “Historia y filosofía de la democracia”-Tipográfica Editora Argentina-Buenos Aires 1969).
Otros autores, por el contrario, sostienen que debe permitirse una libertad sin restricciones debido al efecto compensador que la verdad impone respecto de la mentira; algo que constituye una actitud demasiado optimista. El citado autor escribe al respecto: “John Stuart Mill divide todas las opiniones en tres clases. Algunas son ciertas, algunas son falsas, y otras son mitad verdad, mitad falsedad. Todas deben ser expresables con absoluta libertad. ¿Por qué? Las opiniones correctas, por la obvia razón de que representan la verdad; las falsas, porque el error se detecta más fácilmente confrontándoselo con la verdad; las mixtas, porque, mediante la libre discusión, la parte de verdad que contienen puede desembarazarse de la porción de inexactitud”.
La postura de Mill puede producir buenos resultados en un ambiente científico en donde predomina la búsqueda de la verdad, mientras que en otros ámbitos, donde predominan la búsqueda de poder y el fanatismo, la mentira termina ocupando un lugar central en la sociedad y por ello cuesta mucho trabajo desplazarla.
domingo, 4 de mayo de 2014
La mentalidad socialista
Cuando se lee un libro sobre el socialismo, escrito algunas decenas de años atrás, en un país distante del propio, el lector advertirá muchas coincidencias sobre las ideas y las actitudes de quienes mantienen tal preferencia ideológica. Ello se debe simplemente a que las posturas políticas dependen bastante de las actitudes predominantes en los distintos individuos, siendo un tema adecuado para la Psicología Social. En realidad, no sólo encontraremos coincidencias en el caso de la mentalidad socialista sino también en el caso de las restantes tendencias.
Entre quienes han profundizado sus observaciones sobre el socialismo y sus dirigentes, encontramos a los antiguos disidentes soviéticos Andrei Sajarov y Alexander Solyenitsin. También ha desempeñado una labor en ese aspecto Vladimir Bukovsky, quien participara de un canje de prisioneros políticos entre la URSS y Chile en épocas de Pinochet.
Alguien puede aducir que en la actualidad, una vez que cayó el comunismo, rememorar épocas pasadas tiene sentido sólo para los historiadores y los curiosos. Sin embargo, debe tenerse presente que el socialismo sigue parcialmente vigente, en distintas sociedades, bajo sistemas democráticos, impulsados por las socialdemocracias. Si bien éstas no han adoptado la forma totalitaria que existió en la URSS, su profundización podrá llegar a resultados similares, de ahí la conveniencia de tenerlo presente. Vladimir Bukovsky escribió:
“En la actualidad se ha consumado prácticamente la edificación del socialismo de modelo occidental. Lo que seguirá, depende por entero de los especialistas. Para lograr que el sistema creado funcione, hace falta: a) cerrar la frontera; b) convertir al trabajo en obligatorio; c) reforzar las represalias contra los «elementos antisocialistas», incluyendo la creación de los campos de concentración para poder utilizar su trabajo; d) prohibir la actividad política, los partidos de oposición y la prensa demasiado independiente. No se preocupen, el conjunto no conducirá a la revolución. El pueblo lo entenderá, porque hay que salvar al país de su desastrosa situación económica. Verá usted, todo esto se hace en interés de los trabajadores…”.
“Como toda religión, el comunismo no necesita pruebas lógicas y es inamovible ante ellas. Muy al contrario, cuanto más inverosímil parece, tanto más fuerte es la fe, mientras los ejemplos de algunos fracasos, claro está, jamás destruirán la propia idea: si el sacerdote comete pecados, ello no es prueba de que Dios no existe. Si el socialismo no es un éxito en la URSS, lo será en Cuba, si no es en Cuba, será en China o, en último caso, en la cara oculta de la Luna. Digan lo que digan los astrónomos reaccionarios o los cosmonautas, sus cuentos no pueden alterar su radiante fe en la Sociedad Lunar de nuevo tipo, sin inflación, sin paro, sin pobreza y sin conflictos. En todo caso, para el partido de los lunáticos nada será un motivo de duda. El conocimiento, si es asequible, supera a duras penas esta barrera psicológica, introduciendo tan sólo rectificaciones irrelevantes en su vida principal”.
La idea que a muchos sugiere la palabra “socialismo” es el de cooperación con el próximo motivada por nobles sentimientos, o algo parecido, mientras que la realidad es bastante distinta. Bukovsky escribe: “El socialismo es una idea que ahora está en el candelero, pero que carece de sentido. Simplemente, la gente tiene el antojo de llamar con este nombre a todo lo bueno e inasequible. Incluso se ha llegado a decir que los primeros cristianos también fueron socialistas. ¿Cómo no, si estuvieron luchando por la igualdad?”. “Como decía un amigo mío, el parecido es puramente superficial: porque los cristianos proponían repartir lo que tenían ellos mismos y voluntariamente, mientras los socialistas tienen sus miras puestas en lo que tienen los otros y quieren obtenerlo por la fuerza. Para hacer donaciones voluntarias, no hace falta ningún socialismo. Podría prescindirse por completo de la burocracia y el mundo sería mucho mejor”.
“En el fondo, jamás he podido entender del todo a los socialistas”. “¿Por qué esta reacción enfermiza ante la desigualdad material? ¿De dónde les viene a los socialistas tanta envidia, tanto espíritu mercantil? La mayor parte de ellos son intelectuales, se supone que viven en un mundo de ideas y no de cosas. Su teoría asombra por su incoherencia: por una parte, no dejan de criticar el consumismo, el materialismo y los intereses creados; por otra, es precisamente este aspecto de la vida el que más los emociona, es precisamente en el consumismo donde pretenden establecer la igualdad. ¿Acaso creen que si se da a todos una ración igual de pan, en el acto se convierten en hermanos? A los hombres los hacen hermanos los sufrimientos y esperanzas compartidos, la ayuda y el respeto mutuos, el reconocimiento de la personalidad del otro. ¿Pueden ser hermanos los que cuentan celosamente los ingresos de los demás, los que no apartan su envidiosa mirada de cada bocado engullido por el vecino? No, yo no quisiera tener por hermano a un socialista”.
“Ésta es la igualdad social que, por algún motivo, siempre se ha de conseguir al precio de destruir lo bueno sin mejorar lo malo. No sé porqué será así. Por lo visto, es más fácil. Destruir no es lo mismo que construir. Si usted tiene una buena casa y la de su vecino es mala, para ser iguales es más fácil destruir la casa de usted que reformar la de su vecino. Si usted tiene más dinero que su prójimo, es más fácil quitárselo a usted que dar más al otro. ¿Dirá que estoy exagerando? En absoluto. Por ejemplo, en Inglaterra hay educación privada que es considerada como buena, y la estatal, que tiene la fama de ser mala. ¿Qué nos proponen los socialistas? Claro, suprimir la buena. Mejor si no es para nadie que sólo para unos cuantos. Esto también es igualdad. Al fin y al cabo, de esta forma se estableció la igualdad en todos los países socialistas, a costa de una penuria total y uniforme” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).
Luego de tantos intentos y tantos fracasos, es conveniente advertir que las mejoras sociales sólo se conseguirán a través de una mejora ética individual, y que ningún modelo social puede ignorar las actitudes dominantes en cada hombre. “Porque todo lo que a los socialistas de aquí se les antoja una novedad, una idea progresista nueva, ya ha sido probado en Rusia. Si allí acabaron por resignarse, no fue a causa de las tergiversaciones del socialismo, según suele creerse aquí, sino porque las «novedades» resultaron absolutamente inviables. El cruel experimento de medio siglo de duración no ha transformado la naturaleza humana. También la ciencia admite ahora que la «existencia determina la conciencia» sólo en un veinticinco por ciento”.
“Una igualación social artificial conduce a la degeneración. Parece empujar hacia el parasitismo. En la vida occidental moderna todo induce a ello. Ahora es muy fácil vivir de subsidios, en plena dependencia del Estado. Pero apenas un hombre intenta levantarse sobre sus propios pies, conquistar su independencia, todo se vuelve contra él. El monstruo de mil cabezas –el Estado- inmediatamente se pone a perseguirlo como si fuese un criminal, lo roba a cada paso y no vuelve a estar tranquilo hasta que la dependencia está restablecida. El papel de nuestra KGB lo desempeña aquí [Inglaterra], en parte, el gigantesco aparato del departamento fiscal, con el cual cada ciudadano que se gana la vida con su propio trabajo, se halla en estado de guerra permanente. Ya no se trata del dinero ni de las riquezas; el hombre libra una lucha a muerte por su independencia, tan insoportable para el socialismo”.
“Ya va siendo hora de entender que ninguna reestructuración social nos podrá librar de los problemas engendrados por nuestras cualidades, defectos y virtudes naturales. Va siendo hora de pensar como adultos y de quitarnos de encima las ilusiones infantiles del siglo XIX. Tenemos ante nuestros ojos un ejemplo de su materialización; las consecuencias se pueden predecir fácilmente”. “Dos fenómenos aparecen, tarde o temprano, pero inevitables, en un país socialista: el mercado negro y la extinción completa del hábito laboral. Una parte de la población pierde la costumbre de trabajar porque, sencillamente, no tiene sentido hacerlo: la igualdad no les permite ganar más de lo establecido, ni autoriza a la administración a despedirlos o a obligarles a trabajar. La otra parte de la población, más emprendedora, se mueve en busca de ganancias extralegales”. “Cuanto más socialismo hay en un país, tanto más amplio es el mercado negro”.
Las huellas del socialismo no son tan fáciles de borrar y se requiere mucho esfuerzo para ello; algo que vale también para los populismos argentinos. Bukovsky agrega: “Desde luego, los socialistas occidentales son personas prudentes y mesuradas. No irán tan lejos. Los partidos de oposición tratarán de salvar al país por otros procedimientos. Pero –y aquí se aclara el detalle más importante del experimento socialista-, se trata de un proceso irreversible. Es imposible volver a crear en la gente el hábito de trabajar, requeriría esperar a que se renueve toda una generación. Es imposible quitar a la gente lo que cree ser suyo. Somos así: repartir leche gratis es fácil, pero es imposible suprimirla. Será impopular. Es imposible despedir del trabajo a los que sobran o no sirven. Admitirlos es posible, pero despedirlos, no, los puestos de trabajo no deben perderse. ¿Para qué, sino, existe la economía?”.
El socialismo está impulsado principalmente por gente que busca poder, que no son precisamente los obreros, sino por gente de clase media y alta, como fue el caso del movimiento Montoneros. El citado autor agrega: “Es curioso que en nuestro tiempo la mayoría de los comunistas –y de los socialistas también- no tienen nada que ver con los obreros. Son intelectuales, gente de «clase media», como aquí [Inglaterra] se acostumbra decir, a menudo muy ricos o hijos de los ricos, y cuanto más ricos, más de la izquierda…En general, es una especie de norma de Occidente. Al principio yo experimentaba cierto placer estético al escuchar sus discursos sobre los sufrimientos de los «trabajadores». ¿Qué será, complejo de culpabilidad o una pose, mera tontería o afición a las sensaciones fuertes?”.
El aparente sentido de la cooperación socialista desaparece en el socialismo real. El citado autor escribe: “Una de sus consecuencias más negativas es, sin duda, la virtual entrega de las responsabilidades personales en las manos del Estado, lo cual equivale a renunciar a toda responsabilidad y a la libertad, a la vez. Porque las dos cosas están profundamente vinculadas. Por ejemplo, una persona normal entiende que debe socorrer a los que están peor que ellas. Pero en nuestra ansia por una igualdad institucional remitimos esta función al Estado, de forma que ahora es éste el que se compromete a socorrer a los necesitados. Si pago impuestos por ello, deja de ser asunto mío. Como resultado, la obligación moral de ayudar se ha convertido en una obligación jurídica, y yo he perdido el derecho a decidir si quiero o no ayudar a alguien. Primero, las desdichas humanas me resultan indiferentes, pues he pagado por ellas un rescate. Segundo, ahora el necesitado no espera ayuda, sino exige lo que se le debe, y que es algo que pertenece a todos, es decir, a nadie. De esta forma, en número de los necesitados va en alza. Tercero, mi participación en la vida de la sociedad se convierte en mera formalidad, porque no soy yo quien controla la distribución del dinero procedente de los impuestos. Cuarto, lo peor, es que la burocracia crece en forma monstruosa, se fortalece el papel del Estado y ello absorbe una parte considerable del dinero (y como consecuencia, los impuestos suben)”.
Entre quienes han profundizado sus observaciones sobre el socialismo y sus dirigentes, encontramos a los antiguos disidentes soviéticos Andrei Sajarov y Alexander Solyenitsin. También ha desempeñado una labor en ese aspecto Vladimir Bukovsky, quien participara de un canje de prisioneros políticos entre la URSS y Chile en épocas de Pinochet.
Alguien puede aducir que en la actualidad, una vez que cayó el comunismo, rememorar épocas pasadas tiene sentido sólo para los historiadores y los curiosos. Sin embargo, debe tenerse presente que el socialismo sigue parcialmente vigente, en distintas sociedades, bajo sistemas democráticos, impulsados por las socialdemocracias. Si bien éstas no han adoptado la forma totalitaria que existió en la URSS, su profundización podrá llegar a resultados similares, de ahí la conveniencia de tenerlo presente. Vladimir Bukovsky escribió:
“En la actualidad se ha consumado prácticamente la edificación del socialismo de modelo occidental. Lo que seguirá, depende por entero de los especialistas. Para lograr que el sistema creado funcione, hace falta: a) cerrar la frontera; b) convertir al trabajo en obligatorio; c) reforzar las represalias contra los «elementos antisocialistas», incluyendo la creación de los campos de concentración para poder utilizar su trabajo; d) prohibir la actividad política, los partidos de oposición y la prensa demasiado independiente. No se preocupen, el conjunto no conducirá a la revolución. El pueblo lo entenderá, porque hay que salvar al país de su desastrosa situación económica. Verá usted, todo esto se hace en interés de los trabajadores…”.
“Como toda religión, el comunismo no necesita pruebas lógicas y es inamovible ante ellas. Muy al contrario, cuanto más inverosímil parece, tanto más fuerte es la fe, mientras los ejemplos de algunos fracasos, claro está, jamás destruirán la propia idea: si el sacerdote comete pecados, ello no es prueba de que Dios no existe. Si el socialismo no es un éxito en la URSS, lo será en Cuba, si no es en Cuba, será en China o, en último caso, en la cara oculta de la Luna. Digan lo que digan los astrónomos reaccionarios o los cosmonautas, sus cuentos no pueden alterar su radiante fe en la Sociedad Lunar de nuevo tipo, sin inflación, sin paro, sin pobreza y sin conflictos. En todo caso, para el partido de los lunáticos nada será un motivo de duda. El conocimiento, si es asequible, supera a duras penas esta barrera psicológica, introduciendo tan sólo rectificaciones irrelevantes en su vida principal”.
La idea que a muchos sugiere la palabra “socialismo” es el de cooperación con el próximo motivada por nobles sentimientos, o algo parecido, mientras que la realidad es bastante distinta. Bukovsky escribe: “El socialismo es una idea que ahora está en el candelero, pero que carece de sentido. Simplemente, la gente tiene el antojo de llamar con este nombre a todo lo bueno e inasequible. Incluso se ha llegado a decir que los primeros cristianos también fueron socialistas. ¿Cómo no, si estuvieron luchando por la igualdad?”. “Como decía un amigo mío, el parecido es puramente superficial: porque los cristianos proponían repartir lo que tenían ellos mismos y voluntariamente, mientras los socialistas tienen sus miras puestas en lo que tienen los otros y quieren obtenerlo por la fuerza. Para hacer donaciones voluntarias, no hace falta ningún socialismo. Podría prescindirse por completo de la burocracia y el mundo sería mucho mejor”.
“En el fondo, jamás he podido entender del todo a los socialistas”. “¿Por qué esta reacción enfermiza ante la desigualdad material? ¿De dónde les viene a los socialistas tanta envidia, tanto espíritu mercantil? La mayor parte de ellos son intelectuales, se supone que viven en un mundo de ideas y no de cosas. Su teoría asombra por su incoherencia: por una parte, no dejan de criticar el consumismo, el materialismo y los intereses creados; por otra, es precisamente este aspecto de la vida el que más los emociona, es precisamente en el consumismo donde pretenden establecer la igualdad. ¿Acaso creen que si se da a todos una ración igual de pan, en el acto se convierten en hermanos? A los hombres los hacen hermanos los sufrimientos y esperanzas compartidos, la ayuda y el respeto mutuos, el reconocimiento de la personalidad del otro. ¿Pueden ser hermanos los que cuentan celosamente los ingresos de los demás, los que no apartan su envidiosa mirada de cada bocado engullido por el vecino? No, yo no quisiera tener por hermano a un socialista”.
“Ésta es la igualdad social que, por algún motivo, siempre se ha de conseguir al precio de destruir lo bueno sin mejorar lo malo. No sé porqué será así. Por lo visto, es más fácil. Destruir no es lo mismo que construir. Si usted tiene una buena casa y la de su vecino es mala, para ser iguales es más fácil destruir la casa de usted que reformar la de su vecino. Si usted tiene más dinero que su prójimo, es más fácil quitárselo a usted que dar más al otro. ¿Dirá que estoy exagerando? En absoluto. Por ejemplo, en Inglaterra hay educación privada que es considerada como buena, y la estatal, que tiene la fama de ser mala. ¿Qué nos proponen los socialistas? Claro, suprimir la buena. Mejor si no es para nadie que sólo para unos cuantos. Esto también es igualdad. Al fin y al cabo, de esta forma se estableció la igualdad en todos los países socialistas, a costa de una penuria total y uniforme” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).
Luego de tantos intentos y tantos fracasos, es conveniente advertir que las mejoras sociales sólo se conseguirán a través de una mejora ética individual, y que ningún modelo social puede ignorar las actitudes dominantes en cada hombre. “Porque todo lo que a los socialistas de aquí se les antoja una novedad, una idea progresista nueva, ya ha sido probado en Rusia. Si allí acabaron por resignarse, no fue a causa de las tergiversaciones del socialismo, según suele creerse aquí, sino porque las «novedades» resultaron absolutamente inviables. El cruel experimento de medio siglo de duración no ha transformado la naturaleza humana. También la ciencia admite ahora que la «existencia determina la conciencia» sólo en un veinticinco por ciento”.
“Una igualación social artificial conduce a la degeneración. Parece empujar hacia el parasitismo. En la vida occidental moderna todo induce a ello. Ahora es muy fácil vivir de subsidios, en plena dependencia del Estado. Pero apenas un hombre intenta levantarse sobre sus propios pies, conquistar su independencia, todo se vuelve contra él. El monstruo de mil cabezas –el Estado- inmediatamente se pone a perseguirlo como si fuese un criminal, lo roba a cada paso y no vuelve a estar tranquilo hasta que la dependencia está restablecida. El papel de nuestra KGB lo desempeña aquí [Inglaterra], en parte, el gigantesco aparato del departamento fiscal, con el cual cada ciudadano que se gana la vida con su propio trabajo, se halla en estado de guerra permanente. Ya no se trata del dinero ni de las riquezas; el hombre libra una lucha a muerte por su independencia, tan insoportable para el socialismo”.
“Ya va siendo hora de entender que ninguna reestructuración social nos podrá librar de los problemas engendrados por nuestras cualidades, defectos y virtudes naturales. Va siendo hora de pensar como adultos y de quitarnos de encima las ilusiones infantiles del siglo XIX. Tenemos ante nuestros ojos un ejemplo de su materialización; las consecuencias se pueden predecir fácilmente”. “Dos fenómenos aparecen, tarde o temprano, pero inevitables, en un país socialista: el mercado negro y la extinción completa del hábito laboral. Una parte de la población pierde la costumbre de trabajar porque, sencillamente, no tiene sentido hacerlo: la igualdad no les permite ganar más de lo establecido, ni autoriza a la administración a despedirlos o a obligarles a trabajar. La otra parte de la población, más emprendedora, se mueve en busca de ganancias extralegales”. “Cuanto más socialismo hay en un país, tanto más amplio es el mercado negro”.
Las huellas del socialismo no son tan fáciles de borrar y se requiere mucho esfuerzo para ello; algo que vale también para los populismos argentinos. Bukovsky agrega: “Desde luego, los socialistas occidentales son personas prudentes y mesuradas. No irán tan lejos. Los partidos de oposición tratarán de salvar al país por otros procedimientos. Pero –y aquí se aclara el detalle más importante del experimento socialista-, se trata de un proceso irreversible. Es imposible volver a crear en la gente el hábito de trabajar, requeriría esperar a que se renueve toda una generación. Es imposible quitar a la gente lo que cree ser suyo. Somos así: repartir leche gratis es fácil, pero es imposible suprimirla. Será impopular. Es imposible despedir del trabajo a los que sobran o no sirven. Admitirlos es posible, pero despedirlos, no, los puestos de trabajo no deben perderse. ¿Para qué, sino, existe la economía?”.
El socialismo está impulsado principalmente por gente que busca poder, que no son precisamente los obreros, sino por gente de clase media y alta, como fue el caso del movimiento Montoneros. El citado autor agrega: “Es curioso que en nuestro tiempo la mayoría de los comunistas –y de los socialistas también- no tienen nada que ver con los obreros. Son intelectuales, gente de «clase media», como aquí [Inglaterra] se acostumbra decir, a menudo muy ricos o hijos de los ricos, y cuanto más ricos, más de la izquierda…En general, es una especie de norma de Occidente. Al principio yo experimentaba cierto placer estético al escuchar sus discursos sobre los sufrimientos de los «trabajadores». ¿Qué será, complejo de culpabilidad o una pose, mera tontería o afición a las sensaciones fuertes?”.
El aparente sentido de la cooperación socialista desaparece en el socialismo real. El citado autor escribe: “Una de sus consecuencias más negativas es, sin duda, la virtual entrega de las responsabilidades personales en las manos del Estado, lo cual equivale a renunciar a toda responsabilidad y a la libertad, a la vez. Porque las dos cosas están profundamente vinculadas. Por ejemplo, una persona normal entiende que debe socorrer a los que están peor que ellas. Pero en nuestra ansia por una igualdad institucional remitimos esta función al Estado, de forma que ahora es éste el que se compromete a socorrer a los necesitados. Si pago impuestos por ello, deja de ser asunto mío. Como resultado, la obligación moral de ayudar se ha convertido en una obligación jurídica, y yo he perdido el derecho a decidir si quiero o no ayudar a alguien. Primero, las desdichas humanas me resultan indiferentes, pues he pagado por ellas un rescate. Segundo, ahora el necesitado no espera ayuda, sino exige lo que se le debe, y que es algo que pertenece a todos, es decir, a nadie. De esta forma, en número de los necesitados va en alza. Tercero, mi participación en la vida de la sociedad se convierte en mera formalidad, porque no soy yo quien controla la distribución del dinero procedente de los impuestos. Cuarto, lo peor, es que la burocracia crece en forma monstruosa, se fortalece el papel del Estado y ello absorbe una parte considerable del dinero (y como consecuencia, los impuestos suben)”.
sábado, 3 de mayo de 2014
Fatalismo vs. causalidad
Las diversas posturas religiosas y filosóficas se asemejan o difieren, entre otros aspectos, por la forma de considerar la posibilidad de elección, o no, de alternativas futuras por parte de todo individuo. Francisco Letizia escribió: “La libertad ha sido negada por los filósofos fatalistas y deterministas en sus variadas formas y también por muchos cristianos, como los luteranos y calvinistas, pero la mayor parte de los filósofos y teólogos la han defendido siempre con extraordinaria firmeza. En realidad, la simple razón natural puede demostrar, con toda evidencia, la existencia de la libertad por el simple testimonio de la propia conciencia, por el consentimiento de todos los pueblos y por la naturaleza intelectual del hombre” (De “Problemática Filosófica Agustiniana”-UNC-Facultad de Ciencias Económicas-Mendoza 1984).
Para valorar el grado de veracidad de las diversas descripciones parciales de nuestro universo, debemos tomar a la propia realidad como referencia. Ello implica considerar la “mejor descripción” para comparar las restantes, calificando como “la mejor” a la establecida por la ciencia experimental, que ha de ser la más cercana a la realidad debido, entre otros aspectos, a su carácter experimental.
En cuanto a la visión que nos brinda la ciencia actual, puede decirse que supone que todo lo existente está sometido a leyes naturales invariables, siendo la ley natural el vínculo existente entre causas y efectos. Así, el vacío interestelar, que es muy distinto de la nada, y que puede trasmitir ondas electromagnéticas en forma de luz visible, además de otras radiaciones, presenta una relación típica entre la magnitud eléctrica, asociada a tales ondas, y la magnitud magnética, de unos 377 ohmios.
Respecto de la forma en que los acontecimientos humanos se vinculan en el tiempo, hay quienes estiman que “todo está escrito” por un Dios que ha determinado el destino de cada ser humano y que se ha de cumplir en forma independiente a las acciones y decisiones que adopte. Este es el fatalismo, palabra que proviene del latín “fatum” y que se traduce como “lo que está escrito”.
Nuestro propio cerebro funciona en base a un intercambio de información, entre sus distintos sectores, que está codificada eléctricamente. Recibe información desde los distintos sentidos, a través de varios “sensores” ubicados en todo el cuerpo, tomando las decisiones correspondientes a la finalidad inmediata, orientada, por lo general, a asegurar nuestra supervivencia. También puede efectuar un procesamiento de la información grabada en la memoria para disponer de modelos mentales que tienden a reproducir al mundo real. De ahí que podamos decir que estamos regidos por leyes naturales al igual que todo lo demás, aunque la forma y los atributos de esas leyes sean distintos en cada caso. Mario Bunge escribió: “La más importante conclusión (del antedicho examen) es que el principio de causalidad no constituye ni una panacea ni una superstición: que la ley de causación es una hipótesis filosófica que se utiliza en la ciencia y que tiene validez aproximada en ciertos terrenos, donde compite con otros principios de determinación”.
En cuanto a la predestinación, o fatalismo, tendemos a dudar de su existencia por cuanto, si todo va a suceder según la voluntad del Creador, no habría necesidad de disponer de un cerebro tan complejo. Además, tal creencia promueve la negligencia ya que, si los resultados de nuestras elecciones cotidianas van a tener un mismo final, cualquiera sean ellas, entonces convendría elegir siempre la que requiere el menor esfuerzo. El citado autor agrega:
“En realidad el determinismo fatalista es en cierto sentido precisamente lo opuesto al determinismo científico, y es en particular incompatible con el determinismo causal. Concretamente, el fatalismo es una doctrina teológica o por lo menos supernaturalista que afirma la existencia de un Destino incognoscible e ineluctable; mientras que el determinismo causal pretende ser una teoría racional que brinda los medios de conocer, predecir y modificar, en consecuencia, el curso de los sucesos. La palabra «fatalismo» designa la clase de doctrinas subordinadas a alguna creencia no naturalista, según las cuales un poder trascendente, extraterreno, impredecible e inmaterial produce todos los acontecimientos o la mayoría de ellos. No hay fatalismo sin un factum o destino, y éste es cualquier cosa menos el llamado imperio ciego de la ley, considerada como norma inmanente del ser y el devenir”.
“Para los fatalistas, los sucesos ocurren con independencia de las circunstancias: como lo preestablecido debe acontecer, nada evitará que acontezca, nada podrá interponerse en la consumación de una necesidad exterior inquebrantable –el fatum- que produce o dirige el curso de los acontecimientos. O sea que para el fatalismo, igual que para el accidentalismo, los sucesos son incondicionales, y el futuro es tan inmutable como el pasado” (De “Causalidad”-EUDEBA-Buenos Aires 1978).
Entre los ejemplos más importantes de fatalismo, debido a su masiva influencia, pueden mencionarse las prédicas de Mahoma, o las de Jean Calvin (Calvino), quien sostenía que aquellos que estaban predestinados a la salvación son los que también tendrían éxito “en este mundo”, promoviendo de esa forma la búsqueda, entre otros, del éxito económico. R. H. Tawney escribió al respecto:
“«No sólo anticipó Dios –escribió Calvino- la caída del primer hombre…, sino que lo dispuso todo por la determinación de su propia voluntad». Escogió ciertos individuos como elegidos suyos, los predestinó a la salvación por toda la eternidad, por «su gratuita merced, sin la menor consideración hacia los méritos humanos»; el resto ha sido relegado a la condenación eterna «por juicio justo e irreprensible, pero incomprensible». Es pues, la salvación obra de un Poder objetivo, y nunca del hombre mismo, que nada puede hacer por ella”. “No son necesarias las buenas obras para la salvación, pero son indispensables como una prueba de que se ha logrado la salvación. La paradoja central de la ética religiosa –la afirmación de que sólo reciben el coraje necesario para transformar el mundo aquellos que están ya convencidos, en un sentido elevado, de que así lo ha dispuesto, por el bien de todos, una Providencia de la cual sólo son ellos humildes instrumentos –halla en esto una ejemplarización especial” (De “La religión en el origen del capitalismo”-Editorial Dedalo-Buenos Aires 1959).
Un fatalismo (o determinismo económico) muy influyente, ha sido el marxismo, por cuanto Marx tuvo la habilidad de convencer a sus seguidores de que el sistema económico imperante es el que produce el comportamiento y las ideas dominantes en una sociedad y que, por ello, el injusto capitalismo habría de ser reemplazado en forma inevitable por el socialismo. De ahí que la acción revolucionaria de sus seguidores no habría de ser tan necesaria, excepto para “adelantar los dolores de parto”, favoreciendo el advenimiento del socialismo. Karl Marx escribió: “El modo de producción de la vida material determina, de una manera general, el proceso social, político e intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino su existencia la que determina su conciencia” (Citado en el “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1966).
El determinismo impuesto por las leyes naturales produce efectos similares, en la materia inanimada, a los que produciría un “fatalismo” material. Podemos suponer que una piedra, que ha estado en un mismo lugar desde hace miles de años, permanecerá en la misma posición durante un tiempo similar. En el caso de los seres vivientes, las cosas son bastante distintas, especialmente en el hombre, capaz de conocer intuitivamente varias leyes de la naturaleza.
Cada hombre hereda cierta información genética, producto de la evolución biológica, y también hereda cierta información cultural, producto de la evolución cultural de la humanidad. De ahí que, en cierta forma, pueda decirse que venimos determinados por nuestro pasado. Sin embargo, debido al conocimiento heredado y al adquirido, podemos decidir el curso de los acontecimientos a cada instante, por cuanto elegimos las condiciones iniciales en cada secuencia de causas y efectos. De ahí que el libre albedrío estaría materializado por el conocimiento de las leyes naturales y por la elección de las condiciones iniciales. Así, evitamos quedar en el borde de un precipicio por cuanto conocemos intuitivamente la ley de la gravedad, siendo la forma en que nos “adaptamos” a dicha ley de la naturaleza.
Alguien podría argumentar que esta decisión de alejarnos del precipicio podría venir determinada desde tiempos remotos, a lo que podemos agregar que esta decisión, como cualquier otra, también vendría determinada desde el pasado, ya que todas las acciones que realicemos son legales de la misma manera en que todas las partidas de ajedrez jugadas por los grandes maestros respetan las reglas de dicho juego. Todas las acciones humanas posibles son “legales” y, por lo tanto, determinadas por el pasado, por lo que la libertad de elección resulta ser algo distinto al determinismo. El libre albedrío implica el conjunto de decisiones que permiten elegir entre diversas alternativas posibles, orientadas por algún criterio particular, como es el caso de la supervivencia, o la tendencia a la adaptación al orden natural, que son conceptos similares.
Si tuviésemos que graficar los estados por los que se desarrolla la vida de un hipotético hombre conducido por alguna forma de fatalismo, obtendríamos una línea continua, mientras que el presente implica un punto cuya trayectoria futura ya viene señalada por dicha línea. En cambio, los estados por los que pasa la vida de un hombre bajo el determinismo causal podrían representarse por una línea continua que va desde el pasado hasta un punto que indica el presente. A partir de ese punto surge un abanico de posibilidades por cuanto una causa, o un estado, pueden ser seguidos de varios efectos. Como no existe en este caso fatalismo alguno, sólo queda la posibilidad de que sea el hombre el que elija una de esas alternativas posibles.
El estado del presente implica un amplio campo de posibilidades de realización del futuro inmediato de la misma forma en que las partículas subatómicas llevan implícita ciertas posibilidades bajo distintas probabilidades de ocurrencia. Cuando se detecta experimentalmente una de esas alternativas, se habla del “colapso de la función de onda” por cuanto las probabilidades se transforman en certeza. En el caso del hombre ocurre algo similar, ya que es un ser inteligente dotado de potencialidades que desaparecen una vez que se ha realizado una elección concreta, o se ha tomado una decisión.
Al final de la vida de ambos, del afectado de fatalismo y del conducido causalmente, se observarán dos líneas continuas con un final. Por otra parte, cuando en cada estado del presente se abre un abanico de posibilidades, se observa que los jóvenes disponen de uno más amplio que el dispuesto por parte de los ancianos, por cuanto, para éstos, en forma natural decrecen las capacidades y el ánimo emprendedor.
Para valorar el grado de veracidad de las diversas descripciones parciales de nuestro universo, debemos tomar a la propia realidad como referencia. Ello implica considerar la “mejor descripción” para comparar las restantes, calificando como “la mejor” a la establecida por la ciencia experimental, que ha de ser la más cercana a la realidad debido, entre otros aspectos, a su carácter experimental.
En cuanto a la visión que nos brinda la ciencia actual, puede decirse que supone que todo lo existente está sometido a leyes naturales invariables, siendo la ley natural el vínculo existente entre causas y efectos. Así, el vacío interestelar, que es muy distinto de la nada, y que puede trasmitir ondas electromagnéticas en forma de luz visible, además de otras radiaciones, presenta una relación típica entre la magnitud eléctrica, asociada a tales ondas, y la magnitud magnética, de unos 377 ohmios.
Respecto de la forma en que los acontecimientos humanos se vinculan en el tiempo, hay quienes estiman que “todo está escrito” por un Dios que ha determinado el destino de cada ser humano y que se ha de cumplir en forma independiente a las acciones y decisiones que adopte. Este es el fatalismo, palabra que proviene del latín “fatum” y que se traduce como “lo que está escrito”.
Nuestro propio cerebro funciona en base a un intercambio de información, entre sus distintos sectores, que está codificada eléctricamente. Recibe información desde los distintos sentidos, a través de varios “sensores” ubicados en todo el cuerpo, tomando las decisiones correspondientes a la finalidad inmediata, orientada, por lo general, a asegurar nuestra supervivencia. También puede efectuar un procesamiento de la información grabada en la memoria para disponer de modelos mentales que tienden a reproducir al mundo real. De ahí que podamos decir que estamos regidos por leyes naturales al igual que todo lo demás, aunque la forma y los atributos de esas leyes sean distintos en cada caso. Mario Bunge escribió: “La más importante conclusión (del antedicho examen) es que el principio de causalidad no constituye ni una panacea ni una superstición: que la ley de causación es una hipótesis filosófica que se utiliza en la ciencia y que tiene validez aproximada en ciertos terrenos, donde compite con otros principios de determinación”.
En cuanto a la predestinación, o fatalismo, tendemos a dudar de su existencia por cuanto, si todo va a suceder según la voluntad del Creador, no habría necesidad de disponer de un cerebro tan complejo. Además, tal creencia promueve la negligencia ya que, si los resultados de nuestras elecciones cotidianas van a tener un mismo final, cualquiera sean ellas, entonces convendría elegir siempre la que requiere el menor esfuerzo. El citado autor agrega:
“En realidad el determinismo fatalista es en cierto sentido precisamente lo opuesto al determinismo científico, y es en particular incompatible con el determinismo causal. Concretamente, el fatalismo es una doctrina teológica o por lo menos supernaturalista que afirma la existencia de un Destino incognoscible e ineluctable; mientras que el determinismo causal pretende ser una teoría racional que brinda los medios de conocer, predecir y modificar, en consecuencia, el curso de los sucesos. La palabra «fatalismo» designa la clase de doctrinas subordinadas a alguna creencia no naturalista, según las cuales un poder trascendente, extraterreno, impredecible e inmaterial produce todos los acontecimientos o la mayoría de ellos. No hay fatalismo sin un factum o destino, y éste es cualquier cosa menos el llamado imperio ciego de la ley, considerada como norma inmanente del ser y el devenir”.
“Para los fatalistas, los sucesos ocurren con independencia de las circunstancias: como lo preestablecido debe acontecer, nada evitará que acontezca, nada podrá interponerse en la consumación de una necesidad exterior inquebrantable –el fatum- que produce o dirige el curso de los acontecimientos. O sea que para el fatalismo, igual que para el accidentalismo, los sucesos son incondicionales, y el futuro es tan inmutable como el pasado” (De “Causalidad”-EUDEBA-Buenos Aires 1978).
Entre los ejemplos más importantes de fatalismo, debido a su masiva influencia, pueden mencionarse las prédicas de Mahoma, o las de Jean Calvin (Calvino), quien sostenía que aquellos que estaban predestinados a la salvación son los que también tendrían éxito “en este mundo”, promoviendo de esa forma la búsqueda, entre otros, del éxito económico. R. H. Tawney escribió al respecto:
“«No sólo anticipó Dios –escribió Calvino- la caída del primer hombre…, sino que lo dispuso todo por la determinación de su propia voluntad». Escogió ciertos individuos como elegidos suyos, los predestinó a la salvación por toda la eternidad, por «su gratuita merced, sin la menor consideración hacia los méritos humanos»; el resto ha sido relegado a la condenación eterna «por juicio justo e irreprensible, pero incomprensible». Es pues, la salvación obra de un Poder objetivo, y nunca del hombre mismo, que nada puede hacer por ella”. “No son necesarias las buenas obras para la salvación, pero son indispensables como una prueba de que se ha logrado la salvación. La paradoja central de la ética religiosa –la afirmación de que sólo reciben el coraje necesario para transformar el mundo aquellos que están ya convencidos, en un sentido elevado, de que así lo ha dispuesto, por el bien de todos, una Providencia de la cual sólo son ellos humildes instrumentos –halla en esto una ejemplarización especial” (De “La religión en el origen del capitalismo”-Editorial Dedalo-Buenos Aires 1959).
Un fatalismo (o determinismo económico) muy influyente, ha sido el marxismo, por cuanto Marx tuvo la habilidad de convencer a sus seguidores de que el sistema económico imperante es el que produce el comportamiento y las ideas dominantes en una sociedad y que, por ello, el injusto capitalismo habría de ser reemplazado en forma inevitable por el socialismo. De ahí que la acción revolucionaria de sus seguidores no habría de ser tan necesaria, excepto para “adelantar los dolores de parto”, favoreciendo el advenimiento del socialismo. Karl Marx escribió: “El modo de producción de la vida material determina, de una manera general, el proceso social, político e intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino su existencia la que determina su conciencia” (Citado en el “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1966).
El determinismo impuesto por las leyes naturales produce efectos similares, en la materia inanimada, a los que produciría un “fatalismo” material. Podemos suponer que una piedra, que ha estado en un mismo lugar desde hace miles de años, permanecerá en la misma posición durante un tiempo similar. En el caso de los seres vivientes, las cosas son bastante distintas, especialmente en el hombre, capaz de conocer intuitivamente varias leyes de la naturaleza.
Cada hombre hereda cierta información genética, producto de la evolución biológica, y también hereda cierta información cultural, producto de la evolución cultural de la humanidad. De ahí que, en cierta forma, pueda decirse que venimos determinados por nuestro pasado. Sin embargo, debido al conocimiento heredado y al adquirido, podemos decidir el curso de los acontecimientos a cada instante, por cuanto elegimos las condiciones iniciales en cada secuencia de causas y efectos. De ahí que el libre albedrío estaría materializado por el conocimiento de las leyes naturales y por la elección de las condiciones iniciales. Así, evitamos quedar en el borde de un precipicio por cuanto conocemos intuitivamente la ley de la gravedad, siendo la forma en que nos “adaptamos” a dicha ley de la naturaleza.
Alguien podría argumentar que esta decisión de alejarnos del precipicio podría venir determinada desde tiempos remotos, a lo que podemos agregar que esta decisión, como cualquier otra, también vendría determinada desde el pasado, ya que todas las acciones que realicemos son legales de la misma manera en que todas las partidas de ajedrez jugadas por los grandes maestros respetan las reglas de dicho juego. Todas las acciones humanas posibles son “legales” y, por lo tanto, determinadas por el pasado, por lo que la libertad de elección resulta ser algo distinto al determinismo. El libre albedrío implica el conjunto de decisiones que permiten elegir entre diversas alternativas posibles, orientadas por algún criterio particular, como es el caso de la supervivencia, o la tendencia a la adaptación al orden natural, que son conceptos similares.
Si tuviésemos que graficar los estados por los que se desarrolla la vida de un hipotético hombre conducido por alguna forma de fatalismo, obtendríamos una línea continua, mientras que el presente implica un punto cuya trayectoria futura ya viene señalada por dicha línea. En cambio, los estados por los que pasa la vida de un hombre bajo el determinismo causal podrían representarse por una línea continua que va desde el pasado hasta un punto que indica el presente. A partir de ese punto surge un abanico de posibilidades por cuanto una causa, o un estado, pueden ser seguidos de varios efectos. Como no existe en este caso fatalismo alguno, sólo queda la posibilidad de que sea el hombre el que elija una de esas alternativas posibles.
El estado del presente implica un amplio campo de posibilidades de realización del futuro inmediato de la misma forma en que las partículas subatómicas llevan implícita ciertas posibilidades bajo distintas probabilidades de ocurrencia. Cuando se detecta experimentalmente una de esas alternativas, se habla del “colapso de la función de onda” por cuanto las probabilidades se transforman en certeza. En el caso del hombre ocurre algo similar, ya que es un ser inteligente dotado de potencialidades que desaparecen una vez que se ha realizado una elección concreta, o se ha tomado una decisión.
Al final de la vida de ambos, del afectado de fatalismo y del conducido causalmente, se observarán dos líneas continuas con un final. Por otra parte, cuando en cada estado del presente se abre un abanico de posibilidades, se observa que los jóvenes disponen de uno más amplio que el dispuesto por parte de los ancianos, por cuanto, para éstos, en forma natural decrecen las capacidades y el ánimo emprendedor.
viernes, 2 de mayo de 2014
La socialdemocracia
Con el socialismo democrático, o socialdemocracia, se busca alcanzar el socialismo por medios pacíficos, a diferencia del socialismo revolucionario, o marxismo-leninismo, que lo busca mediante la violencia. De ahí que sea un movimiento semi-democrático, o semi-totalitario, ya que es democrático en lo político pero totalitario en lo económico. La diferencia esencial, en lo económico, radica en que, mientras que el marxismo-leninismo proponía la expropiación estatal de los medios de producción, el socialismo democrático propone la expropiación parcial de las ganancias logradas por tales medios. Álvaro C. Alsogaray escribió:
“Los social-demócratas son liberales en política y totalitarios en economía. En este último campo no pretenden imponer una planificación central completa y compulsiva sino que prefieren manejarse a través del estatismo, del dirigismo y del intervencionismo. Generalmente también están imbuidos de una buena dosis de nacionalismo y paternalismo. A esta escuela pertenecen los socialismos democráticos y la mayor parte de los viejos radicalismos y progresismos. Las democracias cristianas y el Social-cristianismo pueden también ser incluidos en este grupo aunque sus adherentes, arrastrados por el prejuicio antiliberal, no pretenden ser liberales ni siquiera en política. En síntesis, los social-demócratas, cualquiera que sea la variante a que pertenecen, son más o menos liberales en política y verdaderos socialistas en economía” (De “Bases para la acción política futura”-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1968).
Como todo socialista, al orientarse por la ideología marxista, el socialdemócrata supone que todas las acciones humanas dependen enteramente de las relaciones de producción. De ahí que se culpe al “sistema” por los errores personales que afectan a las sociedades “capitalistas”. Si existe un deterioro social, cultural o ético, no se lo tratará de solucionar mediante la educación, la religión o las ciencias sociales, sino a través de la economía aboliendo el proceso del mercado, o bien distorsionándolo severamente al intentar separar la producción de la distribución. Gerardo Bongiovanni escribió: “Separar la producción de la distribución es imposible, ya que se trata del mismo proceso. La redistribución genera mala inversión de recursos, lo que a su vez hace que se consuma capital, resultando de este proceso menores ingresos y salarios. De esta forma, cuando el Estado interviene en la economía, redistribuyendo coactivamente, termina generando un efecto inverso al buscado, perjudicando en especial a los más desposeídos” (Del Prólogo de “Socialismo de Mercado” de Alberto Benegas Lynch (h)-Ameghino Editora SA-Rosario 1997).
Consideremos dos escenarios económicos posibles; en el primero el Estado exige un aporte obligatorio de impuestos del orden del 10% de los beneficios empresariales. En el segundo, establece una confiscación del orden del 70% de los beneficios. Desde el punto de vista de la recaudación lograda por el Estado, puede observarse que, si la tasa de impuestos fuese del 0%, no recauda nada, lo mismo ocurre cuando la tasa es del 100% por cuanto nadie ha de producir para que le confisquen la totalidad de sus ganancias. El máximo de recaudación se produce a una tasa cercana al 50%. Desde el punto de vista de la producción, ocurrirá lo siguiente:
Con impuestos bajos:
1- El empresario tiende a elevar la producción
2- Al obtener mayores ganancias, tiende a elevar la inversión
3- Al elevarse la inversión, aumentan los puestos de trabajo y los salarios
4- Existe un incentivo hacia la creación de nuevas empresas
Con impuestos altos:
1- El empresario tiende a mantener o reducir la producción
2- Al obtener menores ganancias, tiende a reducir la inversión
3- Al reducirse la inversión, se mantienen o se reducen los puestos de trabajo y el salario
4- Existe desaliento hacia la creación de nuevas empresas y aumenta la informalidad
Por lo general, el Estado es ineficiente en la administración de lo que recauda, por lo que los sistemas socialdemócratas, con el Estado de Bienestar, no logran mejorar las cosas. Sin embargo, es posible que los impuestos altos, bien administrados, en países con poca corrupción, permitan lograr resultados aceptables. Los sistemas redistributivos tienden a desalentar la producción y a promover la vagancia. Como no buscan erradicar la pobreza, sino la desigualdad económica, otorgan planes sociales universales que llegan tanto al necesitado como al que no los necesita, por lo que se advierte una pobre administración de los recursos. Con bajos impuestos, por el contrario, la distribución se realiza a través del trabajo productivo promoviendo la laboriosidad de la población.
Cuando un hombre carece de seguridad social, tiende a desarrollar al máximo sus respuestas psicológicas de supervivencia, entre las que se cuentan las aptitudes laborales. Por el contrario, cuando el Estado le otorga bastante seguridad social, verá inhibidas parcialmente tales aptitudes. Muchas personas logran orientarse exitosamente debido al impulso de sus necesidades imperantes, mientras que otros quedarán relegados de por vida ante la espera de la ayuda social que incluso los lleva a evadir el trabajo por cualquier medio. Mientras que la economía de mercado favorece la potenciación del capital humano, el socialismo lo deteriora. Este inconveniente motivó el siguiente comentario de Howard Glennerster:
“En un informe elevado al Ministerio de Economía de Suecia, en 1995, un grupo independiente al que se le encomendó llevar a cabo una revisión del sistema de seguridad social sueco, llegó a la siguiente conclusión: «Una de esas fundamentales reglas del juego consiste en que trabajar debe traer aparejado un beneficio. Para proteger la credibilidad del sistema de seguridad social, es indispensable que existan diferencias de ingreso claras entre quienes trabajan, quienes están desempleados pero en condiciones de trabajar, y quienes han salido del mercado laboral antes de la edad jubilatoria normal»” (En “Presente y futuro del Estado de Bienestar”-SIEMPRO-Buenos Aires 2001).
Aunque el extremo del igualitarismo se ha logrado en la Argentina cuando al delincuente encarcelado se le otorgan beneficios sociales familiares cuyos montos poco difieren de los recibidos por el trabajador en actividad. De ahí que no deba extrañar que nuestro país lidere las estadísticas latinoamericanas de robos por cada 100.000 habitantes superando a su inmediato seguidor (Brasil) casi por el doble de robos. La levedad de las penas es otro aspecto de la tendencia hacia el igualitarismo con el consiguiente aumento de robos seguidos de asesinato.
Es necesario aclarar que la economía de mercado es un método eficaz para responder a las demandas establecidas por el consumidor, pero no es un sistema milagroso ni infalible, especialmente cuando no se cumplen con los requisitos básicos que aseguran el libre desarrollo del mercado. Si sus componentes básicos son el trabajo, la inversión, el libre intercambio y la innovación, nunca podrá lograr buenos resultados en una población en la que un gran sector no quiere trabajar, y mucho menos aspira a ser empresario, sino que busca lograr un empleo público en donde la principal dificultad sea la de cumplir el horario que la jornada le impone.
La desigualdad económica posterior, que se produce entre la minoría empresarial y el resto, es una consecuencia necesaria de la poca predisposición de la población a integrarse a esa minoría. Luego, el socialista culpará al empresariado de crear “desigualdad social” proponiendo la confiscación de sus ganancias, o de sus empresas, para que reine la “igualdad”. Si se logra realizar tal confiscación, la antigua minoría empresarial será reemplazada por una minoría privilegiada de políticos a cargo del Estado, aumentado la desigualdad económica y el deterioro social de la población.
El fundamento de todo socialismo es la discriminación social, ya que se considera que todo empresario es un explotador, desalmado, egoísta, etc., mientras que, por el contrario, se supone que el socialista es un ser pleno de virtudes, que muestra su superioridad ética repartiendo lo que otros han producido, aunque casi nunca ha de repartir lo suyo propio ni ha de producir ningún bien. Por el contrario, entre los estudios realizados respecto de los millonarios, en los EEUU al menos, se destaca que se caracterizan por ser personas que hacen muy pocos gastos superfluos, que viven sencillamente y que gran parte de lo que ganan lo invierten productivamente. No existe una “ley sociológica” que muestre la inferioridad ética del empresario, ni tampoco su superioridad, por lo que la discriminación desde el sector socialista es algo reprobable desde el punto de vista de la ética elemental. La mentira promueve la difamación; la difamación favorece el odio colectivo y el odio colectivo lleva a la violencia. De ahí que, estrictamente hablando, no existe una vía pacifica hacia el socialismo. Incluso los socialistas que llegan al poder mediante elecciones están a un paso de convertir al Estado democrático en totalitario, en todos los aspectos, como ocurre en la Venezuela chavista o como pretendió hacerlo el kirchnerismo en la Argentina.
El odio colectivo, que fractura a los pueblos, se orienta también hacia otros países, como los EEUU, ya que se supone que allí son todos “capitalistas” y que ninguno de ellos promueve la socialdemocracia. En realidad, existe un importante sector de la población que apoya tal orientación de la política y la economía, siendo los republicanos favorables al mercado y los demócratas a la socialdemocracia.
El proceso del mercado promueve y favorece la cooperación social a través de intercambios que benefician a ambas partes intervinientes, mientras que el socialismo espera que en el hombre predomine el altruismo, es decir, que los que más trabajan y producen lo sigan haciendo con voluntad y placer para compensar el trabajo deficitario de quienes eluden sus responsabilidades. Mientras que la actitud cooperativa surge de la empatía, por la cual compartimos las penas y las alegrías de los demás, el altruismo surge de la ausencia de empatía, ya que promueve en el individuo realizar cierto sacrificio personal en beneficio de alguien de quien no comparte ni pena ni alegría. Con el tiempo, el sistema compatible con las actitudes naturales del hombre prevalecerá sobre el sistema que requiere actitudes poco naturales. “Quien de joven no es socialista, no tiene corazón. Quien de adulto no es capitalista, no tiene cerebro” (Atribuido a Fernando Cardoso).
“Los social-demócratas son liberales en política y totalitarios en economía. En este último campo no pretenden imponer una planificación central completa y compulsiva sino que prefieren manejarse a través del estatismo, del dirigismo y del intervencionismo. Generalmente también están imbuidos de una buena dosis de nacionalismo y paternalismo. A esta escuela pertenecen los socialismos democráticos y la mayor parte de los viejos radicalismos y progresismos. Las democracias cristianas y el Social-cristianismo pueden también ser incluidos en este grupo aunque sus adherentes, arrastrados por el prejuicio antiliberal, no pretenden ser liberales ni siquiera en política. En síntesis, los social-demócratas, cualquiera que sea la variante a que pertenecen, son más o menos liberales en política y verdaderos socialistas en economía” (De “Bases para la acción política futura”-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1968).
Como todo socialista, al orientarse por la ideología marxista, el socialdemócrata supone que todas las acciones humanas dependen enteramente de las relaciones de producción. De ahí que se culpe al “sistema” por los errores personales que afectan a las sociedades “capitalistas”. Si existe un deterioro social, cultural o ético, no se lo tratará de solucionar mediante la educación, la religión o las ciencias sociales, sino a través de la economía aboliendo el proceso del mercado, o bien distorsionándolo severamente al intentar separar la producción de la distribución. Gerardo Bongiovanni escribió: “Separar la producción de la distribución es imposible, ya que se trata del mismo proceso. La redistribución genera mala inversión de recursos, lo que a su vez hace que se consuma capital, resultando de este proceso menores ingresos y salarios. De esta forma, cuando el Estado interviene en la economía, redistribuyendo coactivamente, termina generando un efecto inverso al buscado, perjudicando en especial a los más desposeídos” (Del Prólogo de “Socialismo de Mercado” de Alberto Benegas Lynch (h)-Ameghino Editora SA-Rosario 1997).
Consideremos dos escenarios económicos posibles; en el primero el Estado exige un aporte obligatorio de impuestos del orden del 10% de los beneficios empresariales. En el segundo, establece una confiscación del orden del 70% de los beneficios. Desde el punto de vista de la recaudación lograda por el Estado, puede observarse que, si la tasa de impuestos fuese del 0%, no recauda nada, lo mismo ocurre cuando la tasa es del 100% por cuanto nadie ha de producir para que le confisquen la totalidad de sus ganancias. El máximo de recaudación se produce a una tasa cercana al 50%. Desde el punto de vista de la producción, ocurrirá lo siguiente:
Con impuestos bajos:
1- El empresario tiende a elevar la producción
2- Al obtener mayores ganancias, tiende a elevar la inversión
3- Al elevarse la inversión, aumentan los puestos de trabajo y los salarios
4- Existe un incentivo hacia la creación de nuevas empresas
Con impuestos altos:
1- El empresario tiende a mantener o reducir la producción
2- Al obtener menores ganancias, tiende a reducir la inversión
3- Al reducirse la inversión, se mantienen o se reducen los puestos de trabajo y el salario
4- Existe desaliento hacia la creación de nuevas empresas y aumenta la informalidad
Por lo general, el Estado es ineficiente en la administración de lo que recauda, por lo que los sistemas socialdemócratas, con el Estado de Bienestar, no logran mejorar las cosas. Sin embargo, es posible que los impuestos altos, bien administrados, en países con poca corrupción, permitan lograr resultados aceptables. Los sistemas redistributivos tienden a desalentar la producción y a promover la vagancia. Como no buscan erradicar la pobreza, sino la desigualdad económica, otorgan planes sociales universales que llegan tanto al necesitado como al que no los necesita, por lo que se advierte una pobre administración de los recursos. Con bajos impuestos, por el contrario, la distribución se realiza a través del trabajo productivo promoviendo la laboriosidad de la población.
Cuando un hombre carece de seguridad social, tiende a desarrollar al máximo sus respuestas psicológicas de supervivencia, entre las que se cuentan las aptitudes laborales. Por el contrario, cuando el Estado le otorga bastante seguridad social, verá inhibidas parcialmente tales aptitudes. Muchas personas logran orientarse exitosamente debido al impulso de sus necesidades imperantes, mientras que otros quedarán relegados de por vida ante la espera de la ayuda social que incluso los lleva a evadir el trabajo por cualquier medio. Mientras que la economía de mercado favorece la potenciación del capital humano, el socialismo lo deteriora. Este inconveniente motivó el siguiente comentario de Howard Glennerster:
“En un informe elevado al Ministerio de Economía de Suecia, en 1995, un grupo independiente al que se le encomendó llevar a cabo una revisión del sistema de seguridad social sueco, llegó a la siguiente conclusión: «Una de esas fundamentales reglas del juego consiste en que trabajar debe traer aparejado un beneficio. Para proteger la credibilidad del sistema de seguridad social, es indispensable que existan diferencias de ingreso claras entre quienes trabajan, quienes están desempleados pero en condiciones de trabajar, y quienes han salido del mercado laboral antes de la edad jubilatoria normal»” (En “Presente y futuro del Estado de Bienestar”-SIEMPRO-Buenos Aires 2001).
Aunque el extremo del igualitarismo se ha logrado en la Argentina cuando al delincuente encarcelado se le otorgan beneficios sociales familiares cuyos montos poco difieren de los recibidos por el trabajador en actividad. De ahí que no deba extrañar que nuestro país lidere las estadísticas latinoamericanas de robos por cada 100.000 habitantes superando a su inmediato seguidor (Brasil) casi por el doble de robos. La levedad de las penas es otro aspecto de la tendencia hacia el igualitarismo con el consiguiente aumento de robos seguidos de asesinato.
Es necesario aclarar que la economía de mercado es un método eficaz para responder a las demandas establecidas por el consumidor, pero no es un sistema milagroso ni infalible, especialmente cuando no se cumplen con los requisitos básicos que aseguran el libre desarrollo del mercado. Si sus componentes básicos son el trabajo, la inversión, el libre intercambio y la innovación, nunca podrá lograr buenos resultados en una población en la que un gran sector no quiere trabajar, y mucho menos aspira a ser empresario, sino que busca lograr un empleo público en donde la principal dificultad sea la de cumplir el horario que la jornada le impone.
La desigualdad económica posterior, que se produce entre la minoría empresarial y el resto, es una consecuencia necesaria de la poca predisposición de la población a integrarse a esa minoría. Luego, el socialista culpará al empresariado de crear “desigualdad social” proponiendo la confiscación de sus ganancias, o de sus empresas, para que reine la “igualdad”. Si se logra realizar tal confiscación, la antigua minoría empresarial será reemplazada por una minoría privilegiada de políticos a cargo del Estado, aumentado la desigualdad económica y el deterioro social de la población.
El fundamento de todo socialismo es la discriminación social, ya que se considera que todo empresario es un explotador, desalmado, egoísta, etc., mientras que, por el contrario, se supone que el socialista es un ser pleno de virtudes, que muestra su superioridad ética repartiendo lo que otros han producido, aunque casi nunca ha de repartir lo suyo propio ni ha de producir ningún bien. Por el contrario, entre los estudios realizados respecto de los millonarios, en los EEUU al menos, se destaca que se caracterizan por ser personas que hacen muy pocos gastos superfluos, que viven sencillamente y que gran parte de lo que ganan lo invierten productivamente. No existe una “ley sociológica” que muestre la inferioridad ética del empresario, ni tampoco su superioridad, por lo que la discriminación desde el sector socialista es algo reprobable desde el punto de vista de la ética elemental. La mentira promueve la difamación; la difamación favorece el odio colectivo y el odio colectivo lleva a la violencia. De ahí que, estrictamente hablando, no existe una vía pacifica hacia el socialismo. Incluso los socialistas que llegan al poder mediante elecciones están a un paso de convertir al Estado democrático en totalitario, en todos los aspectos, como ocurre en la Venezuela chavista o como pretendió hacerlo el kirchnerismo en la Argentina.
El odio colectivo, que fractura a los pueblos, se orienta también hacia otros países, como los EEUU, ya que se supone que allí son todos “capitalistas” y que ninguno de ellos promueve la socialdemocracia. En realidad, existe un importante sector de la población que apoya tal orientación de la política y la economía, siendo los republicanos favorables al mercado y los demócratas a la socialdemocracia.
El proceso del mercado promueve y favorece la cooperación social a través de intercambios que benefician a ambas partes intervinientes, mientras que el socialismo espera que en el hombre predomine el altruismo, es decir, que los que más trabajan y producen lo sigan haciendo con voluntad y placer para compensar el trabajo deficitario de quienes eluden sus responsabilidades. Mientras que la actitud cooperativa surge de la empatía, por la cual compartimos las penas y las alegrías de los demás, el altruismo surge de la ausencia de empatía, ya que promueve en el individuo realizar cierto sacrificio personal en beneficio de alguien de quien no comparte ni pena ni alegría. Con el tiempo, el sistema compatible con las actitudes naturales del hombre prevalecerá sobre el sistema que requiere actitudes poco naturales. “Quien de joven no es socialista, no tiene corazón. Quien de adulto no es capitalista, no tiene cerebro” (Atribuido a Fernando Cardoso).
lunes, 28 de abril de 2014
Populismo vs. cristianismo
En lugar de ocupar el tiempo en resolver los problemas que afligen a la sociedad, el sector oficialista lo utiliza en mantener o acrecentar su poder, mientras que la oposición trata de evitar que esa búsqueda siga profundizando la severa crisis social. Sucesivas formas de populismo han promovido un retroceso en los aspectos morales y culturales de la nación, ya que ha resultado bastante efectiva la posterior labor de encubrimiento de sus errores. Las consecuencias adversas, sin embargo, llegan en forma indefectible.
Una forma eficaz de revertir la situación consiste en retornar a los valores cristianos para dejar atrás los desvalores promovidos por los sectores populistas y totalitarios. Luego de asumir Francisco I al cargo máximo de la Iglesia Católica, hubo cierta esperanza de que este acontecimiento ayudaría a los políticos a reencauzar al país por la senda que nunca debimos perder. Sin embargo, aun los políticos opositores al cristianismo tratan de usarlo con fines netamente electorales.
La búsqueda de poder implica la búsqueda de cierta capacidad de determinar la vida de los demás, objetivo totalmente opuesto al del cristianismo, ya que éste se opone al gobierno del hombre sobre el hombre, promoviendo el gobierno de Dios sobre todos los hombres. Por lo que resulta llamativa la aparición de “peronistas cristianos” y “marxistas cristianos”; algo contradictorio e incomprensible, excepto si se trata de usar al cristianismo con objetivos ajenos a su finalidad.
Si se busca entender al peronismo, e incluso a su sucesor populista, el kirchnerismo, puede decirse que son movimientos políticos que buscan el poder, a cualquier precio y en todas sus formas, incluso promoviendo el odio colectivo. Luego, al existir una respuesta adversa en quienes tienen cierta dignidad, se los acusará de responder igualmente con “odio”, olvidando la secuencia del proceso. En realidad, las respuestas dadas al populismo por las personas decentes son motivadas por actitudes de repugnancia, o asco, hacia todos los que las agreden injustamente. Isabelle Filliozat escribió:
“Erich Fromm establece una distinción entre la agresividad defensiva, que es un proceso de adaptación innato al servicio del individuo y de la especie, y la destructividad, crueldad especifica del ser humano. Fromm llama a la primera agresividad biófila (bio = vida, philia = que ama). Es la pulsión que ama la vida, que la protege y, en consecuencia, no la destruye”. “La agresividad biófila es natural. La destructividad, por el contrario, no, y prácticamente no existe en la mayoría de los mamíferos; ni está filogenéticamente programada, ni es biológicamente adaptable” (De “El corazón tiene sus razones”-Ediciones Urano SA-Barcelona 1998).
Según lo anterior, el “homo populista” ocuparía el lugar inferior entre los mamíferos, ya que éstos, si son animales, sólo son agresivos por necesidad, ya que no poseen instintos de venganza o maldad. Así, el peronismo se caracterizó por destruir las instituciones políticas y sociales, tanto como las libertades y los derechos individuales, generando una ruptura en la sociedad que el tiempo fue cicatrizando hasta que fue nuevamente abierta por el kirchnerismo. Peter Waldmann escribió: “Dentro del ámbito estatal, los más afectados fueron los poderes legislativo y judicial, que fueron degradados a la categoría de órganos auxiliares del Ejecutivo. En el ámbito social se limitaron importantes garantías, como el derecho a la propiedad y a la libertad de opinión”. “El modelo constitucional peronista no veía campo de acción para los individuos y grupos que se oponían al régimen. El gobierno les impuso el rótulo de enemigos de la Nación y de traidores, cuya influencia era legitimo y necesario reducir por cualquier medio”.
“Sólo en casos muy raros, sus medidas implicaban daños físicos o la muerte de los opositores políticos. Por lo general se los encarcelaba y se confiscaba parte de sus bienes. A veces, en lugar de recurrir al encarcelamiento –una medida costosa-, Perón hacía llegar a los políticos opositores un aviso que debía interpretarse como invitación a que abandonaran sin demora el país”. “En lo que respecta al otro instrumento de control de la sociedad en su totalidad, es decir los medios de comunicación e información, Perón se esforzó desde un comienzo por concentrarlos en sus manos”. “De los dos matutinos más importantes que sobrevivieron después de 1949, sólo uno, «La Nación», pudo continuar apareciendo sin grandes interrupciones hasta la caída de Perón. Todos los demás eran controlados por el gobierno y dependían –al comienzo conservando una aparente autonomía, más tarde en forma directa y sin disimulo- de la Subsecretaría de Prensa y Difusión. Perón los hacía propagar constantemente sus ideas, opiniones y frases memorables, con lo cual ejerció una gran presión espiritual y política sobre la población durante los años que duró su gobierno” (De “El peronismo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1981).
Los recientes intentos de linchamiento de algunos delincuentes urbanos hicieron evidente el retroceso social hasta las épocas de la barbarie y el salvajismo. Sin embargo, debe recordarse que el personaje político de mayor influencia en la Argentina promovía tal tipo de ajusticiamientos para ser destinado a los opositores. Entre las consignas dirigidas por Perón a sus seguidores, podemos mencionar las siguientes, que por cierto son sólo una parte de todas las que les dirigió:
a) “El día que se lancen a colgar, yo estaré del lado de los que cuelgan” (2-8-46)
b) “Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y veremos quien cuelga a quien” (13-8-46)
c) “Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre” (24-6-47)
d) “Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores” (8-9-47)
e) “Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ellos ni los hijos de ellos” (8-6-51)
f) “Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos” (31-8-51)
g) “Vamos a tener que volver a la época de andar con alambre de fardo en el bolsillo” (16-4-53)
h) “Hay que buscar a esos agentes y donde se encuentren colgarlos de un árbol” (16-4-53)
i) “Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden contra las autoridades….puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten” (31-8-55)
j) “Y cuando uno de los nuestros caigan, caerán cinco de ellos” (31-8-55)
k) “Que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado” (31-8-55)
l) “Si yo tuviera 50 años menos, no sería incomprensible que anduviera ahora colocando bombas o tomando la justicia por mi propia mano” (30-12-72)
(Extractos del Diario “La Nación”, Domingo 4 de Marzo de 1973, página 11)
De la misma forma en que un judío raramente ha de tener amistad con un nazi, ya que éste clama por su aniquilamiento, el ciudadano argentino raramente podía tener amistad con un peronista, ya que para éste los no peronistas eran enemigos, traidores y otros calificativos semejantes. Actualmente ocurre algo similar entre los argentinos y los kirchneristas, calificando como “argentino” al que trata de adoptar los valores éticos básicos rechazando los agravios que cotidianamente le dirige el sector oficialista.
Durante el peronismo, como no ha de resultar extraño, los seguidores del tirano quemaron varios templos católicos. Lucas Lanusse escribió: “Los templos atacados durante la tarde-noche fueron numerosos: en Monserrat, a los asaltados originalmente se le agregó el de San Juan Bautista; en el barrio San Nicolás, las iglesias agredidas fueron Nuestra Señora de la Merced, San Miguel Arcángel y La Piedad; en las zonas más elegantes de Retiro y Recoleta, las Del Socorro, San Nicolás de Bari y Nuestra Señora de las Victorias. En esta última, el anciano cura párroco fue duramente golpeado por los asaltantes y un par de meses después murió a causa de las heridas recibidas”.
También en el interior del país, como en Bahía Blanca, se quemaron templos, ya que la prédica peronista llegaba a todas partes; el odio implica envidia hacia el que tiene mayor riqueza y burla en cuanto la situación es propicia para manifestarla. El citado autor agrega: “Los revoltosos realizaron su faena entre gritos y risotadas, provocando varios cuadros que quedarían grabados a fuego en la mente de los absortos testigos. Algunos asaltantes, por ejemplo, se calzaron hábitos sacerdotales y simularon celebrar misa, o desfilaron por la ciudad cubiertos de ornamentos y blandiendo objetos de culto. Como testimonio de estas prácticas quedó una foto tomada a un grupo de manifestantes ….. que dio la vuelta al mundo. Otros alborotadores hicieron gala de un refinado humor negro al alinear varias figuras robadas de Santo Domingo sobre una parada de ómnibus de la Avenida Belgrano, como si las estatuas estuvieran esperando el colectivo” (De “Sembrando vientos”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).
Luego de la caída de Perón, en 1955, desde el exilio siguió promoviendo la violencia. Lucas Lanusse agrega: “Las Instrucciones [enviadas por Perón] llamaban a la resistencia civil, a la organización clandestina del pueblo, a la guerra de guerrillas, a la intimidación mediante «acciones especiales» y al lanzamiento de huelgas y paros, con el fin de provocar un «estado de perturbación permanente». Se proponía además la agitación continua por la infiltración, la provocación y el ataque «a personas y bienes» de los que se servía «la tiranía»”. “Respecto a la guerra de guerrillas, el texto precisaba que el gobierno debía verse atacado por un enemigo invisible que lo golpeara por todas partes, sin que él pudiera «encontrarle en ninguna»”.
Por lo general, el pueblo apoya a los violentos siempre que éstos hablen “a favor de los pobres” y de la “justicia social”. Incluso está a favor de la “redistribución de la riqueza” suponiendo que le van a quitar al rico para darle algo a los que le siguen en la escala social, mientras que protestan severamente cuando le quitan a la clase media para darle a los más pobres (y para aumentar el patrimonio personal de los redistribuidores). Incluso no faltan algunos intelectuales que, a pesar de la etapa nefasta del peronismo, escriben elogios al populismo; luego salen por televisión a protestar por los excesos del kirchnerismo olvidando los escritos previos. Este es el caso de Tomás Abraham, quien escribía en el 2004: “Hay una campaña de notables en medios también notables contra el populismo. Llamo notable a un personaje que se siente superior por su nivel cultural. Es un ser que hace de la división entre civilización y barbarie una credencial para ser invitado a embajadas, convertirse en conferenciante de nota…..”. “¿A qué le temen estos personajes? A la demagogia y al clientelismo. No hay duda de que la famosa entelequia de la modernidad llamada «masas» los tiene a maltraer” (De “El presente absoluto”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2009).
En realidad, el hombre “civilizado” de la Argentina, que se destaca notablemente de la masa, no es alguien que haya hecho demasiados esfuerzos por mejorar su nivel cultural, sino que sobresale debido a la degradación del hombre-masa que el discurso populista ha promovido.
Una forma eficaz de revertir la situación consiste en retornar a los valores cristianos para dejar atrás los desvalores promovidos por los sectores populistas y totalitarios. Luego de asumir Francisco I al cargo máximo de la Iglesia Católica, hubo cierta esperanza de que este acontecimiento ayudaría a los políticos a reencauzar al país por la senda que nunca debimos perder. Sin embargo, aun los políticos opositores al cristianismo tratan de usarlo con fines netamente electorales.
La búsqueda de poder implica la búsqueda de cierta capacidad de determinar la vida de los demás, objetivo totalmente opuesto al del cristianismo, ya que éste se opone al gobierno del hombre sobre el hombre, promoviendo el gobierno de Dios sobre todos los hombres. Por lo que resulta llamativa la aparición de “peronistas cristianos” y “marxistas cristianos”; algo contradictorio e incomprensible, excepto si se trata de usar al cristianismo con objetivos ajenos a su finalidad.
Si se busca entender al peronismo, e incluso a su sucesor populista, el kirchnerismo, puede decirse que son movimientos políticos que buscan el poder, a cualquier precio y en todas sus formas, incluso promoviendo el odio colectivo. Luego, al existir una respuesta adversa en quienes tienen cierta dignidad, se los acusará de responder igualmente con “odio”, olvidando la secuencia del proceso. En realidad, las respuestas dadas al populismo por las personas decentes son motivadas por actitudes de repugnancia, o asco, hacia todos los que las agreden injustamente. Isabelle Filliozat escribió:
“Erich Fromm establece una distinción entre la agresividad defensiva, que es un proceso de adaptación innato al servicio del individuo y de la especie, y la destructividad, crueldad especifica del ser humano. Fromm llama a la primera agresividad biófila (bio = vida, philia = que ama). Es la pulsión que ama la vida, que la protege y, en consecuencia, no la destruye”. “La agresividad biófila es natural. La destructividad, por el contrario, no, y prácticamente no existe en la mayoría de los mamíferos; ni está filogenéticamente programada, ni es biológicamente adaptable” (De “El corazón tiene sus razones”-Ediciones Urano SA-Barcelona 1998).
Según lo anterior, el “homo populista” ocuparía el lugar inferior entre los mamíferos, ya que éstos, si son animales, sólo son agresivos por necesidad, ya que no poseen instintos de venganza o maldad. Así, el peronismo se caracterizó por destruir las instituciones políticas y sociales, tanto como las libertades y los derechos individuales, generando una ruptura en la sociedad que el tiempo fue cicatrizando hasta que fue nuevamente abierta por el kirchnerismo. Peter Waldmann escribió: “Dentro del ámbito estatal, los más afectados fueron los poderes legislativo y judicial, que fueron degradados a la categoría de órganos auxiliares del Ejecutivo. En el ámbito social se limitaron importantes garantías, como el derecho a la propiedad y a la libertad de opinión”. “El modelo constitucional peronista no veía campo de acción para los individuos y grupos que se oponían al régimen. El gobierno les impuso el rótulo de enemigos de la Nación y de traidores, cuya influencia era legitimo y necesario reducir por cualquier medio”.
“Sólo en casos muy raros, sus medidas implicaban daños físicos o la muerte de los opositores políticos. Por lo general se los encarcelaba y se confiscaba parte de sus bienes. A veces, en lugar de recurrir al encarcelamiento –una medida costosa-, Perón hacía llegar a los políticos opositores un aviso que debía interpretarse como invitación a que abandonaran sin demora el país”. “En lo que respecta al otro instrumento de control de la sociedad en su totalidad, es decir los medios de comunicación e información, Perón se esforzó desde un comienzo por concentrarlos en sus manos”. “De los dos matutinos más importantes que sobrevivieron después de 1949, sólo uno, «La Nación», pudo continuar apareciendo sin grandes interrupciones hasta la caída de Perón. Todos los demás eran controlados por el gobierno y dependían –al comienzo conservando una aparente autonomía, más tarde en forma directa y sin disimulo- de la Subsecretaría de Prensa y Difusión. Perón los hacía propagar constantemente sus ideas, opiniones y frases memorables, con lo cual ejerció una gran presión espiritual y política sobre la población durante los años que duró su gobierno” (De “El peronismo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1981).
Los recientes intentos de linchamiento de algunos delincuentes urbanos hicieron evidente el retroceso social hasta las épocas de la barbarie y el salvajismo. Sin embargo, debe recordarse que el personaje político de mayor influencia en la Argentina promovía tal tipo de ajusticiamientos para ser destinado a los opositores. Entre las consignas dirigidas por Perón a sus seguidores, podemos mencionar las siguientes, que por cierto son sólo una parte de todas las que les dirigió:
a) “El día que se lancen a colgar, yo estaré del lado de los que cuelgan” (2-8-46)
b) “Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y veremos quien cuelga a quien” (13-8-46)
c) “Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre” (24-6-47)
d) “Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores” (8-9-47)
e) “Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ellos ni los hijos de ellos” (8-6-51)
f) “Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos” (31-8-51)
g) “Vamos a tener que volver a la época de andar con alambre de fardo en el bolsillo” (16-4-53)
h) “Hay que buscar a esos agentes y donde se encuentren colgarlos de un árbol” (16-4-53)
i) “Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden contra las autoridades….puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten” (31-8-55)
j) “Y cuando uno de los nuestros caigan, caerán cinco de ellos” (31-8-55)
k) “Que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado” (31-8-55)
l) “Si yo tuviera 50 años menos, no sería incomprensible que anduviera ahora colocando bombas o tomando la justicia por mi propia mano” (30-12-72)
(Extractos del Diario “La Nación”, Domingo 4 de Marzo de 1973, página 11)
De la misma forma en que un judío raramente ha de tener amistad con un nazi, ya que éste clama por su aniquilamiento, el ciudadano argentino raramente podía tener amistad con un peronista, ya que para éste los no peronistas eran enemigos, traidores y otros calificativos semejantes. Actualmente ocurre algo similar entre los argentinos y los kirchneristas, calificando como “argentino” al que trata de adoptar los valores éticos básicos rechazando los agravios que cotidianamente le dirige el sector oficialista.
Durante el peronismo, como no ha de resultar extraño, los seguidores del tirano quemaron varios templos católicos. Lucas Lanusse escribió: “Los templos atacados durante la tarde-noche fueron numerosos: en Monserrat, a los asaltados originalmente se le agregó el de San Juan Bautista; en el barrio San Nicolás, las iglesias agredidas fueron Nuestra Señora de la Merced, San Miguel Arcángel y La Piedad; en las zonas más elegantes de Retiro y Recoleta, las Del Socorro, San Nicolás de Bari y Nuestra Señora de las Victorias. En esta última, el anciano cura párroco fue duramente golpeado por los asaltantes y un par de meses después murió a causa de las heridas recibidas”.
También en el interior del país, como en Bahía Blanca, se quemaron templos, ya que la prédica peronista llegaba a todas partes; el odio implica envidia hacia el que tiene mayor riqueza y burla en cuanto la situación es propicia para manifestarla. El citado autor agrega: “Los revoltosos realizaron su faena entre gritos y risotadas, provocando varios cuadros que quedarían grabados a fuego en la mente de los absortos testigos. Algunos asaltantes, por ejemplo, se calzaron hábitos sacerdotales y simularon celebrar misa, o desfilaron por la ciudad cubiertos de ornamentos y blandiendo objetos de culto. Como testimonio de estas prácticas quedó una foto tomada a un grupo de manifestantes ….. que dio la vuelta al mundo. Otros alborotadores hicieron gala de un refinado humor negro al alinear varias figuras robadas de Santo Domingo sobre una parada de ómnibus de la Avenida Belgrano, como si las estatuas estuvieran esperando el colectivo” (De “Sembrando vientos”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).
Luego de la caída de Perón, en 1955, desde el exilio siguió promoviendo la violencia. Lucas Lanusse agrega: “Las Instrucciones [enviadas por Perón] llamaban a la resistencia civil, a la organización clandestina del pueblo, a la guerra de guerrillas, a la intimidación mediante «acciones especiales» y al lanzamiento de huelgas y paros, con el fin de provocar un «estado de perturbación permanente». Se proponía además la agitación continua por la infiltración, la provocación y el ataque «a personas y bienes» de los que se servía «la tiranía»”. “Respecto a la guerra de guerrillas, el texto precisaba que el gobierno debía verse atacado por un enemigo invisible que lo golpeara por todas partes, sin que él pudiera «encontrarle en ninguna»”.
Por lo general, el pueblo apoya a los violentos siempre que éstos hablen “a favor de los pobres” y de la “justicia social”. Incluso está a favor de la “redistribución de la riqueza” suponiendo que le van a quitar al rico para darle algo a los que le siguen en la escala social, mientras que protestan severamente cuando le quitan a la clase media para darle a los más pobres (y para aumentar el patrimonio personal de los redistribuidores). Incluso no faltan algunos intelectuales que, a pesar de la etapa nefasta del peronismo, escriben elogios al populismo; luego salen por televisión a protestar por los excesos del kirchnerismo olvidando los escritos previos. Este es el caso de Tomás Abraham, quien escribía en el 2004: “Hay una campaña de notables en medios también notables contra el populismo. Llamo notable a un personaje que se siente superior por su nivel cultural. Es un ser que hace de la división entre civilización y barbarie una credencial para ser invitado a embajadas, convertirse en conferenciante de nota…..”. “¿A qué le temen estos personajes? A la demagogia y al clientelismo. No hay duda de que la famosa entelequia de la modernidad llamada «masas» los tiene a maltraer” (De “El presente absoluto”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2009).
En realidad, el hombre “civilizado” de la Argentina, que se destaca notablemente de la masa, no es alguien que haya hecho demasiados esfuerzos por mejorar su nivel cultural, sino que sobresale debido a la degradación del hombre-masa que el discurso populista ha promovido.
domingo, 27 de abril de 2014
Libre elección y determinismo
Los conceptos de determinismo (en la física) y de libre albedrío (en la conducta humana), consolidados en sus respectivos ámbitos, generan inconvenientes cuando se los trata de generalizar en el hombre. Ello se debe a la confirmación científica de que la estructura de los seres vivientes está conformada con los mismos elementos que la materia inerte. Incluso una parte importante de los átomos que constituyen nuestro propio cuerpo, en un pasado remoto fueron parte de alguna estrella. De ahí la posibilidad de que compartamos y heredemos el determinismo asociado a la materia.
Uno de los antiguos planteos filosóficos, sobre cuestiones éticas, cuestiona la existencia simultánea de la responsabilidad respecto de nuestros actos, y la posibilidad de un determinismo estricto, ya que, si fuésemos entes similares a un autómata carente de libertad, nuestras decisiones vendrían determinadas necesariamente por nuestro pasado quitándonos toda culpa ante nuestras acciones negativas y todo mérito por las positivas. Ben Dupré escribió: “El espectro del determinismo se cierne sobre la ética, sin haber podido exorcizarlo después de siglos de debate. La cuestión básica, el hecho de que la percepción de nosotros mismos como seres morales vaya en contra de la comprensión científica del universo, sigue dividiendo a los filósofos, y no hay consenso a la vista. Las cuestiones metafísicas, como las que tratan de la naturaleza fundamental de las cosas, a veces se descartan por considerarse castillos en el aire, pero se ha demostrado que las implicaciones del determinismo son demasiado fuertes como para dejarlas de lado” (De “50 cosas que hay que saber sobre ética”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2014).
Para tener una idea concreta del significado que se le da a la palabra “determinismo”, podemos considerar el caso de una piedra arrojada al aire. Una vez que se conocen las condiciones iniciales del movimiento, como la masa, la posición y la velocidad, se le aplican las leyes del movimiento de Newton y puede seguirse la trayectoria que el móvil ha de seguir en el tiempo. Se dice que el futuro viene determinado por las condiciones iniciales y por la ley respectiva. Pierre Simon de Laplace escribió: “Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero: nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos” (Del “Ensayo filosófico sobre las probabilidades”).
En cuanto al determinismo en el ser humano, considerado “como una piedra”, Jacques Bourquin escribió: “Quien niega el libre albedrío se ve arrastrado a negar toda libertad. Tal el caso de los filósofos deterministas, fatalistas o materialistas. Lalande define el determinismo como una doctrina filosófica según la cual, todos los acontecimientos del universo y en especial las acciones humanas están ligadas de manera tal que siendo las cosas como son en un momento dado, no tienen para cada uno de los momentos anteriores y posteriores más que un estado que sea compatible con el primero. Se ve por esta definición que la libertad no puede ser admitida en la menor medida por los que creen en el determinismo” (De “La libertad de prensa”-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1952).
Respecto del libre albedrío, el filósofo medieval San Agustín escribió: “El libre albedrío fue concedido al hombre para que contara méritos siendo bueno, no por necesidad, sino por libre voluntad”. “Nuestra voluntad es la que quiere y no quiere, siendo sujeto libre capaz de bondad o malicia; contra la evidencia del testimonio interior no puede lucharse”. “Nuestra voluntad no sería voluntad si no fuera libre” (Del “Diccionario antológico del pensamiento universal” de Antonio Manero-UTEHA-México 1958).
Por otra parte, Immanuel Kant escribió: “Muchas de nuestras actitudes se convierten en paradojales y vanas cuando se someten a la opinión de aquellos que nos consideran como criaturas privadas de autonomía, como verdaderos autómatas. El individuo que ha perjudicado a cualquiera de sus semejantes, ¿conocería alguna vez el remordimiento, por ejemplo, si su mala acción no hubiese tenido otro origen que la necesidad, de donde proceden los acontecimientos que vienen a colmar el doble cuadro del espacio y del tiempo? Ciertamente no. El remordimiento tiene en el culpable, cuando éste lo descubre en los entresijos de su ser, más fuertes que todos los razonamientos interesados que quieran destruirlo, la certidumbre de que, desgraciadamente, su falta no es producida por una fuerza causal extrínseca, sino que es su propia criatura” (De “Critica de la razón práctica”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1973).
Desde el punto de vista de la ciencia contemporánea, todo parece indicar que existe un determinismo que incluye nuestro propio comportamiento, ya que solamente en la escala atómica ocurren sucesos indeterminados individualmente, mientras que todo conjunto numeroso de partículas sigue patrones característicos y predecibles. Tal es así que la ecuación básica de la mecánica cuántica no relativista, la “ecuación de Schrödinger”, permite seguir el desarrollo temporal de la función de onda, a partir de la cual puede calcularse la probabilidad de ocurrencia de un suceso individual. Sin embargo, la estructura matemática de tal ecuación admite cierto determinismo asociado a la evolución temporal de dicha variable. Erwin Schrödinger escribió:
“Una de las partes más importantes del libre albedrío humano es la conducta ética. Suponiendo que los acontecimientos físicos en el espacio y en el tiempo no estén determinados estrictamente, sino sujetos en gran parte al azar, como creen muchos físicos de nuestro tiempo, es evidente (dice Cassirer) que este aspecto arbitrario de los sucesos del mundo material es lo último que hay que invocar como modelo físico de la conducta ética humana. Pues ésta no es nada arbitraria, sino que está determinada fuertemente por motivos que van desde los más bajos a los más sublimes; desde la avaricia y el rencor, hasta el verdadero amor al prójimo y la devoción religiosa más sincera”.
“En mi opinión, éste es el fruto más valioso de toda la controversia; la balanza se ha inclinado a favor de una posible reconciliación del libre albedrío con el determinismo físico, al comprobar la poco adecuada que resulta una base física arbitraria para la ética”. “El resultado neto es que la física cuántica no tiene nada que ver con el problema del libre albedrío. Si existe este problema, no ha progresado nada con los últimos desarrollos de la física. Volviendo a citar a Ernst Cassirer: «Por lo tanto, está claro…que cualquier posible cambio en el concepto físico de la causalidad no podrá tener una influencia inmediata sobre la ética»” (De “Ciencia y humanismo”-Editorial Alhambra SA-Madrid 1954).
Para compatibilizar el determinismo universal, asociado a la existencia de leyes naturales causales, con la aparente libertad de elección y, por lo tanto, con el deber moral, Baruch de Spinoza considera que estamos determinados por una enorme cantidad de causas pasadas, generalmente desconocidas, y de ahí que podamos hablar de libre arbitrio sin abandonar el determinismo. Al respecto escribió: “En la mente no hay ninguna voluntad absoluta o libre, sino que la mente es determinada a querer esto o aquello por una causa que también es determinada por otra, y ésta a su vez por otra, y así hasta el infinito”.
“La voluntad es un cierto y determinado modo de pensar, por tanto no puede ser causa libre de sus acciones, o sea, no puede tener una facultad absoluta de querer o no querer, sino que debe ser determinada a querer esto o aquello por una causa que también es determinada por otra, y esta a su vez por otra, etc.”.
Philipp Frank escribe al respecto: “Según Spinoza, los estados mentales son parte de la cadena causal de estados físicos, y la pregunta que podemos hacer no es la de si hay «lagunas» en esa cadena, sino más bien la de cómo llega a ocurrir que nuestra observación interior parece decirnos que podemos tomar decisiones «libres». Spinoza da una buena respuesta a esta pregunta en el apéndice a la Primera Parte de su «Ética»: «Bastará aquí que tome por fundamento lo que todos deben reconocer, a saber, que todos los hombres nacen ignorantes de las causas de las cosas, que todos apetecen buscar su propia utilidad y que son conscientes de ello. De esto, en efecto, se sigue: primero, que los hombres creen ser libres, puesto que son conscientes de sus voliciones y de su apetito, pero no piensan, ni en sueños, qué causas los disponen a apetecer y querer, porque las ignoran; segundo, que los hombres hacen todo por un fin, a saber, por la utilidad que apetecen; de donde proviene que nunca anhelan conocer sino las causas finales de las cosas que se llevan a cabo, y una vez que las han oído se aquietan, sin duda porque no tienen ningún motivo para seguir dudando»” (De “Filosofía de la Ciencia”-Herrero Hnos. Sucesores SA-México 1965).
La idea de la adaptación del hombre al orden natural presupone la existencia de un riguroso determinismo que se debe compatibilizar con la libertad de elección. Una alternativa a la postura de Spinoza consiste en considerar al hombre como un sistema complejo adaptativo, esto es, un sistema que tiene memoria y que es capaz de aprender. Si se construyera un robot con una gran capacidad de memoria y una gran variedad de sensores, puede decirse que las acciones futuras de esta máquina vienen determinadas parcialmente por su constructor y parcialmente por la propia capacidad del robot para adquirir información de su ambiente al cual se ha de adaptar, es decir, de ser apto para moverse y reaccionar en ese medio.
Se observa una gran diferencia entre el movimiento de una piedra y el comportamiento del robot, ya que este último, al poder captar y procesar información del medio circundante, tiene un gran porcentaje de autodeterminación, que es en definitiva la idea asociada a la libre elección. Por ser el hombre un sistema complejo adaptativo, con capacidad de recibir y procesar información, puede decirse que su futuro depende bastante más de su aprendizaje y de su esfuerzo de adaptación que de la herencia genética recibida, por lo que su carácter autónomo puede interpretarse como el principal factor de su comportamiento libre.
Si tuviésemos que asociar una imagen más o menos concreta a la expresión “libre arbitrio”, deberíamos considerar que cada ser humano tiene una forma única para elegir y procesar la información que recibe desde el medio al cual pretende adaptarse. De ahí que la libertad de elección que posee queda ligada íntimamente a sus atributos personales que configuran su personalidad única. Maurice Blondel escribió: “La libertad, lejos de excluir al determinismo, surge de él y lo utiliza; el determinismo, lejos de excluir la libertad, la prepara y produce”.
Uno de los antiguos planteos filosóficos, sobre cuestiones éticas, cuestiona la existencia simultánea de la responsabilidad respecto de nuestros actos, y la posibilidad de un determinismo estricto, ya que, si fuésemos entes similares a un autómata carente de libertad, nuestras decisiones vendrían determinadas necesariamente por nuestro pasado quitándonos toda culpa ante nuestras acciones negativas y todo mérito por las positivas. Ben Dupré escribió: “El espectro del determinismo se cierne sobre la ética, sin haber podido exorcizarlo después de siglos de debate. La cuestión básica, el hecho de que la percepción de nosotros mismos como seres morales vaya en contra de la comprensión científica del universo, sigue dividiendo a los filósofos, y no hay consenso a la vista. Las cuestiones metafísicas, como las que tratan de la naturaleza fundamental de las cosas, a veces se descartan por considerarse castillos en el aire, pero se ha demostrado que las implicaciones del determinismo son demasiado fuertes como para dejarlas de lado” (De “50 cosas que hay que saber sobre ética”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2014).
Para tener una idea concreta del significado que se le da a la palabra “determinismo”, podemos considerar el caso de una piedra arrojada al aire. Una vez que se conocen las condiciones iniciales del movimiento, como la masa, la posición y la velocidad, se le aplican las leyes del movimiento de Newton y puede seguirse la trayectoria que el móvil ha de seguir en el tiempo. Se dice que el futuro viene determinado por las condiciones iniciales y por la ley respectiva. Pierre Simon de Laplace escribió: “Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero: nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos” (Del “Ensayo filosófico sobre las probabilidades”).
En cuanto al determinismo en el ser humano, considerado “como una piedra”, Jacques Bourquin escribió: “Quien niega el libre albedrío se ve arrastrado a negar toda libertad. Tal el caso de los filósofos deterministas, fatalistas o materialistas. Lalande define el determinismo como una doctrina filosófica según la cual, todos los acontecimientos del universo y en especial las acciones humanas están ligadas de manera tal que siendo las cosas como son en un momento dado, no tienen para cada uno de los momentos anteriores y posteriores más que un estado que sea compatible con el primero. Se ve por esta definición que la libertad no puede ser admitida en la menor medida por los que creen en el determinismo” (De “La libertad de prensa”-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1952).
Respecto del libre albedrío, el filósofo medieval San Agustín escribió: “El libre albedrío fue concedido al hombre para que contara méritos siendo bueno, no por necesidad, sino por libre voluntad”. “Nuestra voluntad es la que quiere y no quiere, siendo sujeto libre capaz de bondad o malicia; contra la evidencia del testimonio interior no puede lucharse”. “Nuestra voluntad no sería voluntad si no fuera libre” (Del “Diccionario antológico del pensamiento universal” de Antonio Manero-UTEHA-México 1958).
Por otra parte, Immanuel Kant escribió: “Muchas de nuestras actitudes se convierten en paradojales y vanas cuando se someten a la opinión de aquellos que nos consideran como criaturas privadas de autonomía, como verdaderos autómatas. El individuo que ha perjudicado a cualquiera de sus semejantes, ¿conocería alguna vez el remordimiento, por ejemplo, si su mala acción no hubiese tenido otro origen que la necesidad, de donde proceden los acontecimientos que vienen a colmar el doble cuadro del espacio y del tiempo? Ciertamente no. El remordimiento tiene en el culpable, cuando éste lo descubre en los entresijos de su ser, más fuertes que todos los razonamientos interesados que quieran destruirlo, la certidumbre de que, desgraciadamente, su falta no es producida por una fuerza causal extrínseca, sino que es su propia criatura” (De “Critica de la razón práctica”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1973).
Desde el punto de vista de la ciencia contemporánea, todo parece indicar que existe un determinismo que incluye nuestro propio comportamiento, ya que solamente en la escala atómica ocurren sucesos indeterminados individualmente, mientras que todo conjunto numeroso de partículas sigue patrones característicos y predecibles. Tal es así que la ecuación básica de la mecánica cuántica no relativista, la “ecuación de Schrödinger”, permite seguir el desarrollo temporal de la función de onda, a partir de la cual puede calcularse la probabilidad de ocurrencia de un suceso individual. Sin embargo, la estructura matemática de tal ecuación admite cierto determinismo asociado a la evolución temporal de dicha variable. Erwin Schrödinger escribió:
“Una de las partes más importantes del libre albedrío humano es la conducta ética. Suponiendo que los acontecimientos físicos en el espacio y en el tiempo no estén determinados estrictamente, sino sujetos en gran parte al azar, como creen muchos físicos de nuestro tiempo, es evidente (dice Cassirer) que este aspecto arbitrario de los sucesos del mundo material es lo último que hay que invocar como modelo físico de la conducta ética humana. Pues ésta no es nada arbitraria, sino que está determinada fuertemente por motivos que van desde los más bajos a los más sublimes; desde la avaricia y el rencor, hasta el verdadero amor al prójimo y la devoción religiosa más sincera”.
“En mi opinión, éste es el fruto más valioso de toda la controversia; la balanza se ha inclinado a favor de una posible reconciliación del libre albedrío con el determinismo físico, al comprobar la poco adecuada que resulta una base física arbitraria para la ética”. “El resultado neto es que la física cuántica no tiene nada que ver con el problema del libre albedrío. Si existe este problema, no ha progresado nada con los últimos desarrollos de la física. Volviendo a citar a Ernst Cassirer: «Por lo tanto, está claro…que cualquier posible cambio en el concepto físico de la causalidad no podrá tener una influencia inmediata sobre la ética»” (De “Ciencia y humanismo”-Editorial Alhambra SA-Madrid 1954).
Para compatibilizar el determinismo universal, asociado a la existencia de leyes naturales causales, con la aparente libertad de elección y, por lo tanto, con el deber moral, Baruch de Spinoza considera que estamos determinados por una enorme cantidad de causas pasadas, generalmente desconocidas, y de ahí que podamos hablar de libre arbitrio sin abandonar el determinismo. Al respecto escribió: “En la mente no hay ninguna voluntad absoluta o libre, sino que la mente es determinada a querer esto o aquello por una causa que también es determinada por otra, y ésta a su vez por otra, y así hasta el infinito”.
“La voluntad es un cierto y determinado modo de pensar, por tanto no puede ser causa libre de sus acciones, o sea, no puede tener una facultad absoluta de querer o no querer, sino que debe ser determinada a querer esto o aquello por una causa que también es determinada por otra, y esta a su vez por otra, etc.”.
Philipp Frank escribe al respecto: “Según Spinoza, los estados mentales son parte de la cadena causal de estados físicos, y la pregunta que podemos hacer no es la de si hay «lagunas» en esa cadena, sino más bien la de cómo llega a ocurrir que nuestra observación interior parece decirnos que podemos tomar decisiones «libres». Spinoza da una buena respuesta a esta pregunta en el apéndice a la Primera Parte de su «Ética»: «Bastará aquí que tome por fundamento lo que todos deben reconocer, a saber, que todos los hombres nacen ignorantes de las causas de las cosas, que todos apetecen buscar su propia utilidad y que son conscientes de ello. De esto, en efecto, se sigue: primero, que los hombres creen ser libres, puesto que son conscientes de sus voliciones y de su apetito, pero no piensan, ni en sueños, qué causas los disponen a apetecer y querer, porque las ignoran; segundo, que los hombres hacen todo por un fin, a saber, por la utilidad que apetecen; de donde proviene que nunca anhelan conocer sino las causas finales de las cosas que se llevan a cabo, y una vez que las han oído se aquietan, sin duda porque no tienen ningún motivo para seguir dudando»” (De “Filosofía de la Ciencia”-Herrero Hnos. Sucesores SA-México 1965).
La idea de la adaptación del hombre al orden natural presupone la existencia de un riguroso determinismo que se debe compatibilizar con la libertad de elección. Una alternativa a la postura de Spinoza consiste en considerar al hombre como un sistema complejo adaptativo, esto es, un sistema que tiene memoria y que es capaz de aprender. Si se construyera un robot con una gran capacidad de memoria y una gran variedad de sensores, puede decirse que las acciones futuras de esta máquina vienen determinadas parcialmente por su constructor y parcialmente por la propia capacidad del robot para adquirir información de su ambiente al cual se ha de adaptar, es decir, de ser apto para moverse y reaccionar en ese medio.
Se observa una gran diferencia entre el movimiento de una piedra y el comportamiento del robot, ya que este último, al poder captar y procesar información del medio circundante, tiene un gran porcentaje de autodeterminación, que es en definitiva la idea asociada a la libre elección. Por ser el hombre un sistema complejo adaptativo, con capacidad de recibir y procesar información, puede decirse que su futuro depende bastante más de su aprendizaje y de su esfuerzo de adaptación que de la herencia genética recibida, por lo que su carácter autónomo puede interpretarse como el principal factor de su comportamiento libre.
Si tuviésemos que asociar una imagen más o menos concreta a la expresión “libre arbitrio”, deberíamos considerar que cada ser humano tiene una forma única para elegir y procesar la información que recibe desde el medio al cual pretende adaptarse. De ahí que la libertad de elección que posee queda ligada íntimamente a sus atributos personales que configuran su personalidad única. Maurice Blondel escribió: “La libertad, lejos de excluir al determinismo, surge de él y lo utiliza; el determinismo, lejos de excluir la libertad, la prepara y produce”.
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