domingo, 11 de octubre de 2026

El complejo de autoridad

Los seres humanos estamos gobernados por las omnipresentes leyes naturales de las cuales nadie escapa a su poder. De ahí que, en principio, no harían falta las leyes ni los gobiernos humanos, siempre y cuando nos adaptáramos a dichas leyes en una forma aceptable. Sin embargo, gran parte de la historia de la humanidad está conformada por líderes que gobiernan desatendiendo a tales leyes.

La aparición de influyentes líderes políticos y religiosos determinan, para bien o para mal, el porvenir de los pueblos y de la humanidad. No existe tal cosa como un "determinismo histórico" que prescinda de tales apariciones, como lo afirman algunos autores. Tampoco es posible saber de antemano cuál ha de ser la influencia de determinado sujeto que asoma a las puertas del poder social. John Gunther escribió: "Este libro ha sido escrito desde un punto de vista muy preciso: el papel de la persona en la Historia. Como dijo Bertrand Russell, jamás la Revolución rusa habría sido un hecho sin Lenin, y la Europa moderna se habría desarrollado de otra forma si Bismarck hubiese muerto a edad temprana" (De "Los pilotos de Europa"-Ediciones Chas-Santiago de Chile 1937).

En el mencionado libro se reproduce y se comenta un intento por establecer una especie de teoría respecto del proceso que conlleva a la formación de líderes políticos totalitarios, si bien resulta evidente la obsesión que los domina por ejercer un gobierno material y mental sobre sus pueblos e, incluso, sobre la humanidad, siendo tales personajes los principales factores que produjeron las mayores catástrofes sociales y humanitarias de la historia.

COMPLEJO DE AUTORIDAD

Por John Gunther

Todos los dictadores son seres anormales. Hay que aceptar este principio. Ningún hombre verdaderamente normal se empeñaría en dirigir dictatorialmente una nación, aunque la causa no fuera más que vanidad humana. Se observa, además, que la mayor parte de los dictadores son profundamente neurópatas. Kemal Ataturk, por ejemplo, llevaba una vida privada desordenada; Dollfuss tenía el complejo de los enanos; los furores de Pilsudski eran patológicos; Mussolini, megalómano: la guerra de Abisinia lo prueba. De todos, es Stalin el que parece más cerca del tipo humano normal, pero no hay que olvidar que fue criminal lanzador de bombas en su juventud.

El gran psiquiatra vienés Dr. Guillermo Stekel tiene una teoría que explica de un modo satisfactorio la neuropatía de los dictadores y la pasividad con la cual la mayor parte de la gente soporta la dictadura. Llama a eso el «complejo de autoridad».

El estudio comienza con la infancia del individuo. En todo niño, dice Stekel, hay una lucha entre sus propios instintos y las lecciones del mundo exterior. Por ejemplo, a los niños les gusta ser sucios, pero la educación les enseña la limpieza. La educación se esfuerza ante todo en modelar al niño en sentido contrario a sus instintos primitivos. La educación se lleva a cabo por medio de la autoridad, y la autoridad se convierte en el enemigo del niño, pues ella exige que renuncie a sus primeros instintos.

La primera autoridad es la de los padres. Si los padres son demasiado débiles y el hijo francamente indócil, otras autoridades entran en juego: la autoridad de los hermanos mayores; la autoridad de los profesores; en ciertos casos la autoridad de la ley, y por encima de todas, la autoridad de la religión. El arma suprema en manos de los adultos que ejercen autoridad en un niño es la frase: «Dios te castigará».

Desde 1914, más o menos, el complejo de autoridad tiende a relajarse. Es evidente que la familia ya no es el principio sagrado que existía en otros tiempos. «Los padres, dice Stekel, ya no estaban conformados según el modelo moral que proponían a sus hijos. Sucedió inevitablemente que los hijos se sublevaron ante esta injusticia. Los padres trataron estúpidamente de imponer a los hijos las leyes morales que ellos por su cuenta despreciaban, lo que no dejaba otra alternativa a los hijos que vengarse rechazando las prohibiciones paternales».

Sucedió lo mismo con los profesores. La escuela y la universidad perdieron su peso. La gran guerra minó la autoridad entre países, y la ley y el orden interior de las naciones sufrieron por contragolpe. Una oleada de crímenes sumergió al mundo y más particularmente a la América. Por otra parte, la religión ha retrocedido ante la ciencia moderna y ha cesado de ser un factor vital de autoridad. Por último, los jóvenes se preguntaron cómo seguir creyendo en un Dios que había permitido la guerra y la carnicería de millones de hombres. Fue así como el principio de autoridad cayó en descrédito y se derrumbó definitivamente el antiguo complejo de autoridad.

De todo esto resultó una oleada de dictadores. Los Hitlers y los Mussolinis fueron sobre todo los substitutos del principio paternal. La gente sufre bajo la autoridad, pero no puede pasarse sin ella bajo una forma u otra. Habiéndose sublevados los hijos contra los padres, los reemplazaron Hitler, Mussolini, Pilsudski, Alejandro de Yugoslavia, Dollfuss, Kemal Ataturk y Stalin. El hijo moderno, juzgando indignos a sus padres, buscó un jefe exterior. Así la esfera de autoridad se encuentra actualmente fuera del hogar.

CÓMO GOBIERNAN LOS DICTADORES

En el fondo, todo gobierno es una sutil mezcla de las fuerzas del temor y del amor. Los dictadores han puesto de relieve este principio. Alejandro de Yugoslavia trataba de seducir a los croatas rebeldes mientras los aplastaba. El pequeño Dollfuss mató a los socialistas a cañonazos, después de lo cual les pidió perdón. Hitler es adorado por muchos de sus partidarios.

¿Por qué los individuos no sufren bajo la autoridad del dictador como sufren bajo la autoridad paternal? La razón, según Stekel, es que la duda de los individuos respecto de la infabilidad del dictador, disminuye a medida que aumenta el número de la gente que lo sigue. Cuanto más numerosos son sus partidarios, tanto menos se impone la duda. Una «epidemia psíquica» de adoración se extiende por el país invadiendo toda la nación, que se prosterna a los pies del dictador.

«Además, dice Stekel, a medida que las gentes que siguen al dictador son más numerosas, la suma de sus mediocridades se convierte en superioridad. El pueblo se identifica con su jefe, y sus súbditos participan de su persona y de su autoridad: comparten su complejo de autoridad». Los alemanes, por ejemplo, dicen que no son ellos quienes combaten, sino Hitler por ellos. Mussolini, según muchos italianos, no desea el poder para sí mismo, sino para salvar a la Italia, es decir, a los italianos y, por lo tanto, a ellos. «La obediencia y la rebelión, el amor y el odio, concluyen por mezclarse, dice el Dr. Stekel, y el dictador se convierte en una especie de salvador».

En otro tiempo, los nuevos conductores del pueblo eran generalmente fundadores de religiones nuevas. Ahora, son hombres políticos. Muchos dictadores de hoy están celosos de la religión, pues temen la implacable autoridad de Dios. Por eso, muy a menudo, tratan de matar la religión, el principio rival, tratando de destruir la fe religiosa de su pueblo. Kemal Ataurk atacó al Islam; Stalin trató de desarraigar la Iglesia ortodoxa.

Los dictadores mismos son generalmente neurópatas, porque ellos también sufren la ley del complejo de autoridad, ellos también se han rebelado contra la autoridad en su infancia. Pero eran hombres superiores, sea por la inteligencia, sea por la voluntad, y después de una infancia desgraciada, habiendo triunfado su rebelión, se vengan de sus padres imponiendo su autoridad a los otros. Se convierten a su vez en padres, no de una familia, sino de una nación.

Casi todos los dictadores modernos [se refiere al siglo XX], con excepción de Alejandro de Yugoslavia, nacieron pobres. Mussolini y Stalin, pertenecen a familias completamente miserables. Dollfuss era también de origen humilde. Además, varios dictadores, como Hitler, tuvieron una infancia maltratada. Los dictadores compensan su penosa juventud buscando después la gloria y el poder; pero la gloria y el poder no siempre son suficientes para calmarlos. Por eso Hitler se refugia en la música; Mussolini, en la velocidad; Kemal Ataturk, en el libertinaje.

Stekel atribuye la gran facilidad con que los dictadores alcanzan el poder al hecho de que nosotros, la gente menuda, tenemos necesidad de lanzar sobre algo las responsabilidades de nuestras crisis y que las cosas más próximas, las más grandes, a las cuales podemos volvernos, son nuestras instituciones. Así las instituciones caen, abriendo paso a la dictadura. Los dictadores conservan el poder porque la fuerza armada forma parte de su sistema, y a nosotros, la gente menuda, nos gusta generalmente sentir temor. (De "Los pilotos de Europa").

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