sábado, 24 de octubre de 2026

¿Culpa nuestra o de "ellos"?

Como síntoma de "cómo somos los argentinos", puede mencionarse una evaluación internacional acerca de cuáles son los peores conductores de vehículos a nivel mundial, quedando cuartos detrás de India, Pakistán y Bangladesh, lugares sobrepoblados en donde poco o nada se respetan las reglamentaciones vigentes. Tanpoco en la Argentina se respetan las leyes vigentes, y no sólo las asociadas al tránsito vehicular.

La gravedad del problema no sólo reside en los 47.000 decesos en los últimos 10 años y unos 4.000 en 2025, ya que el egoísmo que está detrás de las conductas que los producen, aparece en todas las instancias de la vida social. Cuando alguien padece de un exceso de egoísmo al conducir un vehículo, ese egoísmo también será parte de su conducta en las demás instancias de su vida.

En lugar de advertir nuestros errores tratando de solucionarlos, en años pasados se decía, desde una propaganda política, que somos "un país con buena gente", lo que generalmente implica, mediante una deducción elemental, que otros países, con "gente mala", nos perjudican de alguna manera. Quizás no exista otro método más eficaz para el fracaso que culpar a los demás por nuestros propios errores. Tomás Bulat escribió: "Si la cuestión no es cómo somos sino cómo estamos, eso nos lleva a enfocarnos en buscar al o los culpables de nuestra situación actual. Tiene que haber una organización, un país, un grupo de corporaciones, algo o alguien que nos somete y nos impide estar como nos merecemos de acuerdo con lo que somos. Así, nada está mal en nosotros, excepto que no luchamos lo suficiente contra las fuerzas demoniacas que nos impiden estar mejor".

"Si en cambio ponemos el énfasis en cómo somos, entonces debemos concentrárnos básicamente en ver qué cosas hacemos mal y empezar a cambiarlas. Porque eso significa que el responsable no está afuera, no es otro que nosotros mismos. En este caso, no hay un gran pueblo destinado a ser grande sino una sociedad discreta con muchos defectos que corregir".

"En el primer caso, toda la fuerza debería concentrarse en pelear contra los enemigos externos que nos impiden estar mejor según los designios de nuestro destino de grandeza. La segunda hipótesis nos lleva por el camino que yo creo que es el correcto: el de la reflexión sobre cómo somos para -aceptación de la dura realidad mediante- poder ajustar lo que debemos corregir" (De "Estamos como somos"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2015).

El problema de las culpas ajenas también afecta a otros países de la región, siendo los intelectuales de izquierda los especialistas en sembrar el odio, a nivel colectivo, contra los supuestos culpables de las limitaciones de nuestros países. Así, Eduardo Galeano escribía al respecto: “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.

“Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital europeo, o más tarde norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder”.

Lo anterior, que aparece en el libro “Las venas abiertas de América Latina”, se menciona en el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” de Plinio A. Mendoza, Carlos A. Montaner y A. Vargas Llosa (Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1996), de donde se extraerán los comentarios que siguen. El titulo del Manual resulta un poco chocante, aunque los propios autores confiesan que alguna vez ellos mismos merecieron ese adjetivo, debido precisamente a desconocer aspectos evidentes de la realidad. En cuanto a las expresiones de Galeano, escriben: “A partir de esta espeluznante premisa antropomórfica no es difícil deducir el destino zoológico que nos espera a lo largo del libro: rapaces águilas americanas ferozmente carroñeras, pulpos multinacionales que acaparan nuestras riquezas, o ratas imperialistas cómplices de cualquier inmundicia”.

“La idea tan elemental y simple, tan evidente, de que la riqueza moderna sólo se crea en la buena gestión de las actividades empresariales no le ha pasado por la mente”.

Recordemos que uno de los postulados básicos del marxismo es la existencia de clases sociales cuyos integrantes son todos buenos, o todos malos, según de cuál clase se trate. De ahí que resulta natural suponer que hay países cuyos habitantes son predominantemente buenos y países en donde son predominantemente malos. En estos casos, los malos son los exitosos económicamente hablando y los buenos los menos exitosos. Los autores citados agregan: “Lo que unos tienen –supone-, siempre se lo han quitado a otros. No importa que la experiencia demuestre que lo que a todos conviene no es tener un vecino pobre y desesperanzado, sino todo lo contrario, porque del volumen de las transacciones comerciales y de la armonía internacional van a depender, no sólo nuestra propia salud económica, sino de la de nuestro vecino”.

“Nadie se especializa en perder. Todos (los que hacen bien su trabajo) se especializan en ganar. En 1945, de cada dólar que se exportaba en el mundo, 50 centavos eran norteamericanos; en 1995, de cada dólar que se exporta sólo 20 centavos corresponden a EEUU. Pero eso no quiere decir que algún chupóptero se ha instalado en una desprotegida arteria gringa y lo desangra, puesto que los estadounidenses son cada vez más prósperos, puesto que ha habido una expansión de la producción y del comercio internacional que nos ha beneficiado a todos y ha reducido (saludablemente) la importancia relativa de los EEUU”.

Eduardo Galeano escribió: “La región (América Latina) sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos, que ganan consumiéndolos mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos”.

El trío de autores escribe al respecto: “Supongamos que los evangelios del señor Galeano se convierten en política oficial de América Latina y se cierran las exportaciones del petróleo mexicano o venezolano, los argentinos dejan de vender en el exterior carnes y trigo, los chilenos atesoran celosamente su cobre, los bolivianos su estaño, y colombianos y brasileros se niegan a negociar su café, mientras Ecuador y Honduras hacen lo mismo con el banano. ¿Qué sucede? Al resto del mundo, desde luego, muy poco, porque toda América Latina apenas realiza el 8% de las transacciones internacionales, pero para los países al sur de Río Grande la situación se tornaría gravísima. Millones de personas quedarían sin empleo, desaparecería casi totalmente la capacidad de importación de esas naciones y, al margen de la parálisis de los sistemas de salud por falta de medicinas, se produciría una terrible hambruna por la escasez de alimentos para los animales, fertilizantes para la tierra o repuestos para las máquinas de labranza”.

“Dado que América Latina importa más de lo que exporta, es el resto del planeta el que tiene su sistema circulatorio a merced del aguijón sanguinolento de los hispanoamericanos. De manera que sería posible montar un libro contravenoso en el que apasionadamente se acusara a los latinoamericanos de robarles las computadoras y los aviones a los gringos, los televisores y los automóviles a los japoneses, los productos químicos y las maquinarias a los alemanes y así hasta el infinito”.

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