jueves, 22 de octubre de 2026

Choques culturales e inercia mental

Los conflictos entre diferentes pueblos e idiosincracias se producen cuando existe, en una o en ambas partes, cierta predisposición negativa a establecer vínculos o adaptaciones respecto del otro sector. Incluso cuando no existe una predisposición negativa, no debe olvidarse la existencia de cierta inercia mental que impide cambios en pequeños periodos de tiempo. Al igual que en la física, puede decirse que la inercia es la propiedad que mide la oposición a establecer cambios.

Si bien es posible el cambio social, ha de existir cierta oposición a ese cambio, de lo contrario, las sociedades humanas serían bastante distintas a lo que son. Haciendo una analogía con el proceso del movimiento mecánico, puede decirse que al cambio lo produce una fuerza, mientras que la oposición al cambio la constituye la inercia, que es la tendencia a mantener el estado de movimiento actual, es decir, se opone al cambio promovido por dicha fuerza. El movimiento se produce cuando la fuerza supera a la oposición.

Como ejemplo de choque cultural puede mencionarse el encuentro entre los europeos que llegan en el siglo XVI al norte de América, y los pueblos aborígenes de esa zona, poco predispuestos a los cambios propuestos por los europeos. Mientras que los que llegan atravesando el Océano Atlántico le sugieren a los nativos dedicarse a la agricultura, y no sólo a la caza, éstos rechazan el cambio propuesto para mantener sus tradicionales medios de vida. Alexis de Tocqueville escribió al respecto: "Unas cuantas familias europeas, ocupando puntos muy alejados entre sí, acaban de expulsar definitivamente a los animales salvajes de todo el espacio intermedio que se extiende entre ellas".

"Los indios, que hasta entonces habían vivido en una especie de abundancia, apenas encuentran medios de subsistencia, y aún les resulta más difícil procurarse los objetos con que realizan el intercambio que necesitan. Espantarles la caza es como llevar la esterilidad a los campos de nuestros cultivadores. Pronto los medios de existencia les faltan por completo".

"No son, pues, propiamente hablando, los europeos, quienes echan del territorio a los indígenas de América: es el hambre; feliz distinción que escapó a los antiguos casuistas y que los doctores modernos han descubierto".

"Los indios de América del Norte no tenían más que dos caminos de salvación: la guerra o la civilización; en otras palabras, tenían que acabar con los europeos o convertirse en sus iguales" (De "La democracia en América"-Fundación Iberdrola-Madrid 2006).

En cuanto al rechazo a convertirse en agricultores, Tocqueville escribe: "Muchas veces se ha intentado civilizar a los indios sin quitarles sus costumbres vagabundas; los jesuitas trataron de hacerlo en Canadá, y los puritanos en Nueva Inglaterra. Ni unos ni otros consiguieron resultados duraderos. La civilización nacía en la choza e iba a morir en los bosques. El gran error de estos legisladores de los indios consistió en no comprender que, para llegar a civilizar a un pueblo, lo primero a conseguir es que se fije un lugar, cosa que sólo podría hacer cultivando el suelo; primeramente, pues, había que convertir a los indios en cultivadores".

"No sólo no poseen los indios esa condición indispensable para la civilización, sino que les resulta muy difícil adquirirla. Una vez que los hombres se han entregado a la vida ociosa y aventurera de los cazadores, sienten una repugnancia casi invencible por los trabajos continuos y regulares que exige el cultivo. Este hecho puede observarse en el seno mismo de nuestra sociedad, pero es aún mucho más visible en los pueblos cuyos hábitos cazadores se han convertido en una costumbre nacional".

"Los indios de América del Norte no sólo consideran el trabajo como un mal, sino como un deshonor, y su orgullo lucha contra la civilización casi tan obstinadamente como su pereza".

"No hay indio tan miserable que, bajo su choza de cortezas, no alimente una magnífica idea de su valor individual; considera que cuidar de sus negocios es una ocupación envilecedora; equipara al cultivador con el buey que traza el surco, y en cada una de nuestras artes no ve más que un trabajo de esclavos. No es que haya concebido una elevada idea del poder de los blancos y de la grandeza de su inteligencia, pero aunque admira el resultado de nuestros esfuerzos, desprecia los medios que nos lo han procurado, y aunque se somete a nuestro ascendiente, se sigue creyendo superior a nosotros".

"La caza y la guerra le parecen las dos únicas ocupaciones dignas de un hombre. El indio, hundido en la miseria de sus bosques, alimenta, pues, las mismas ideas, las mismas opiniones que el noble de la Edad Media en su castillo fortificado, y para acabar de parecérsele no le falta más que hacerse conquistador. Así, ¡cosa singular!, es en las selvas del Nuevo Mundo, y no entre los europeos que pueblan sus orillas, donde perviven los antiguos prejuicios de Europa".

Quienes, en la actualidad, les parece bien la llegada de inmigración no selectiva a Europa; inmigración en su mayoría con fines poco civilizados, consideran que los europeos que llegaron a América en el pasado no debieron haberlo hecho, por cuanto "destruyeron" varias culturas primitivas. Esta postura contradictoria es admitida parcialmente por los antropólogos que adhieren al relativismo cultural, por el cual se admite que no existe cultura superior u inferior a otra, sino que sólo son distintas, lo que favorece el actual multiculturalismo que avanza destructivamente sobre varios países europeos.

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