miércoles, 9 de agosto de 2023

Aspectos totalitarios de la Iglesia

Se advierte en la Iglesia Católica del pasado, y en sectores del presente, la promoción de una fe orientada a la obediencia antes que a la moral, lo que conduce a ciertos criterios coincidentes con los sistemas políticos totalitarios como los surgidos en el siglo XX. De ahí el rechazo hacia el deísmo o religión natural.

Si dos religiones conducen a una misma ética, podria decirse que son equivalentes, pero ello es negado por el católico ortodoxo por cuanto interpreta a la religión como algo distinto a una ética basada en las leyes que conforman el orden natural.

La religión natural, al adoptar al orden natural como punto de partida, y no a la revelación supuesta por el teísta, manifiesta la intención de regirse por las leyes establecidas por el Creador, o bien por el conjunto de leyes naturales existentes desde siempre. Sin embargo, tal postura es denigrada desde el catolicismo comparándola con el antiguo panteísmo en el cual el sol, la luna y otros elementos celestes son considerados como dioses, incluso maliciosamente asocian al deísmo la creencia en que las hormigas o las cucarachas serían una forma de dios.

Como la democracia política tanto como la democracia económica (mercado) son afines al liberalismo, son rechazadas por el catolicismo tradicional, por cuanto el liberalismo siempre se opuso a toda forma de gobierno, mental o material, del hombre sobre el hombre, mientras que tal catolicismo pareciera admitir un natural gobierno mental desde el sacerdote hacia el creyente; de ahí ciertas afinidades de la Iglesia, en otras épocas, con el fascismo o el peronismo, y en la actualidad con el socialismo.

El Barón de Holbach escribía en el siglo XVIII: "Valiéndose de misterios es como se dispone a los espíritus para que respeten la religión de los que la enseñan; y la oscuridad que envuelve estos escritos da lugar a que sospechemos que no se ha esparcido sin un designio especial. En materia de religión no conviene hablar con claridad, porque, a lo que parece, las verdades sencillas y claras no hieren vivamente la imaginación de los hombres como los oráculos ambiguos y los misterios incomprensibles".

"Por otra parte, Jesucristo, aunque vino expresamente a ilustrar al mundo, debía ser para la mayoría de los hombres una piedra de tropiezo o de escándalo. Todo hace ver en el Evangelio el cortísimo número de escogidos, la inmensa dificultad de salvación y el peligro de discurrir, esto es, de hacer uso de la razón: en una palabra, todo parece probar que Dios no envió a su muy amado Hijo a las naciones sino para tenderles un lazo y evitar que comprendiesen una palabra de la religión que quería darles".

"Diríase que el Eterno se propuso únicamente sumergir a los humanos en las tinieblas, en la perplejidad, en una entera desconfianza de sí mismos y en continuas dificultades que les obligasen a recurrir a cada momento a las infalibles luces de sus sacerdotes y a permanecer bajo la tutela de la Iglesia. Gozan exclusivamente sus ministros, esto es notorio, del privilegio de comprender y explicar las Sagradas Escrituras, y ningún mortal puede prometerse alcanzar la felicidad de la otra vida si no siente por sus decisiones toda la sumisión que exigen".

"Verdad es que la lectura de estos libros santos está permitida y aun recomendada a los protestantes, es decir, a unos cristianos que hace bastantes siglos separáronse de la Iglesia Romana, y que hasta se les manda examinar su religión. Pero la fe debe preceder a esta lección y acompañar en este examen; de modo que un protestabte está obligado a creer que el Evangelio es divino aun antes de leerle, y que el examen que de él hace no tiene ningún valor si no encuentra en él todo lo que los ministros de la secta han determinado que encuentre. Sin esto será mirado como un impío, y tal vez castigado por su cortedad de luces".

"De lo anterior se ha de deducir que la salvación de los cristianos no va ciertamente unida a la lectura ni a la inteligencia del Evangelio y libros sagrados, sino a la firme creencia de que semejantes libros son enteramente divinos. Si por desgracia la lectura o el examen que se hace de ellos no concuerdan con las decisiones, interpretaciones y comentarios de la Iglesia, córrese el peligro de perderse y de incurrir en la eterna condenación".

"Precisa, pues (entendámonos), para leer el Evangelio, principiar por tener fe, o lo que es lo mismo, comenzar su lectura dispuestos ya a creer ciegamente todo lo que contiene. Y también para examinarle es necesaria la fe, o lo que es lo mismo, una persuación firme de que nuestros sacerdotes no pueden engañarse nunca ni querer engañar a los demás en la manera de explicar el libro que leemos. «Creed por nuestra palabra, nos dicen, que este libro es obra del mismo Dios; sólo con dudarlo seréis condenados eternamente. Dios se nos ha revelado para que no le comprendamos. La gloria de Dios consiste en ocultar su palabra; o mejor dicho, habiendo hablado su Divina Majestad de un modo ininteligible, ¿no os ha dado a entender que quiere que os atengáis a nosotros, que somos los confidentes de sus más importantes secretos? Es ésta una verdad de la que dudar no es lícito, puesto que nosotros perseguimos en este mundo cruelmente y condenamos perpetuamente en el otro a todo el que se atreve a recusar el testimonio que damos de nosotros mismos»".

(De "¿Quién fue Jesucristo?"-Casa Editorial Maucci-Barcelona 1920)

domingo, 6 de agosto de 2023

La decadencia en el arte

Cuando el hombre entra en una etapa de decadencia, también lo hacen todas sus actividades, como es el caso del arte. Si bien existen aspectos subjetivos al respecto, se advierte una tendencia hacia la superación y destrucción de todo mensaje que apunte hacia mayores niveles de adaptación al orden natural, que es lo esencial de la cultura y de todo lo asociado a la evolución cultural.

El proceso decadente en el arte del siglo XX estuvo asociado, entre otras causas, a los diversos intentos destructivos contra la cultura y las sociedades occidentales, debido a ser caracterizadas como "burguesas, capitalistas y consumistas", por lo cual hubo intentos por borrar el pasado que condujo a ese estado de cosas. Si bien los errores y defectos de toda sociedad son evidentes, siempre están presentes las dos posibilidades extremas: mejorarla o destruirla.

Al respecto, Hans Graf Huyn escribió: "Procede el surrealismo de la izquierda radical del movimiento dadaísta, y estuvo en sus orígenes ligado al materialismo dialéctico. De aquí su resonante proclama en pro de que se acabe con todo lo anterior haciendo tabla rasa. Il faut tout recommencer á zero, decía Le Corbusier; y uno de los padres del surrealismo, Louis Aragon, añadirá: «Somos los derrotistas de Europa»".

"Más lejos todavía va Le Corbusier: «Hay que pulverizar el corazón de nuestras viejas ciudades, con todas sus iglesias catedrales y colegiatas, para que en su lugar se eleven rascacielos». Más clara todavía es Hilla Rebay, que dirigiera el Museo de Pintura No Objetiva en Nueva York: «Es una lástima que las bombas no hayan ahondado lo bastante para descuajar lo antiguo»" (De "Seréis como dioses"-Ediciones Internacionales Universitarias SA-Barcelona 1991).

Luego de la etapa destructora de lo anterior le sigue la etapa del reemplazo por el nuevo arte, o la nueva arquitectura, de la misma manera en que el revolucionario pretende construir una nueva sociedad sobre los escombros de la antigua. El citado autor agrega: "De estas citas resulta que el odio contra el Arte, y más en particular frente a lo que en el Arte hay de divino, alcanza un grado tal, que a su tenor habría que destruir todo cuanto procede del pasado. Por ello el modernismo, aunque mirando a razones sobre todo comerciales no siempre lo confiese, no se entiende a sí mismo como Arte, sino lo más contrario: un anti-arte. ¿Qué tiene ya que ver con el Arte, por ejemplo, un lienzo embadurnado con un solo color, o un bloque hecho de fieltro y de materia grasa?".

Entre los pintores destacados del siglo XX encontramos a Pablo Picasso, cuyos cuadros se presentan, por lo menos al no especializado en arte, como de una baja calidad respecto de las obras de varios pintores del siglo XIX. Incluso el propio Picasso reconoció esta posibilidad. Hans Graf Huyn escribe al respecto: "Es muy de señalar que, en ocasiones, el propio Picasso se riera de sí mismo llegando a cuestionarse como artista. He aquí lo que decía en unas declaraciones del día 2 de mayo de 1952: «Cuando el Arte ha dejado de ser un alimento destinado a los mejores, el artista puede hacer con su talento cualquier clase de antojo o veleidad que le sugiera su fantasía. No hay caminos cerrados para un charlatanismo intelectual. La gente ya no encuentra en el Arte alivio ni acicate. Pero los exquisitos, los ricos, los ociosos y los ávidos de efectos le piden novedades, rarezas, originalidad, extravagancias y provocaciones».

«Desde que se inició el cubismo, e incluso antes, yo mismo he complacido a esos críticos con cuantas humoradas se me iban ocurriendo, y ellos las admiraban tanto más cuanto les eran menos comprensibles. Con todos esos juegos, enigmas y arabescos conseguí rápidamente la fama. Y ya se sabe lo que para el artista significa la fama: vender, ganar dinero, hacerse rico. Yo, además de famoso, soy ya rico. Pero, cuando me encuentro a solas conmigo, no me puedo considerar como un artista en la más alta acepción de la palabra. Pintores grandes fueron el Tiziano, Giotto, Rembrandt y Goya; pero yo no soy más que un bromista que ha entendido a su tiempo y ha sabido sacar cuanto podía de la simpleza, la avidez y la vanidad de sus contemporáneos»".

Estas palabras, atribuidas a Picasso, hacen recordar los comentarios que le hacía John Lennon a Paul McCarney cuando introducían en el texto de una canción alguna palabra que compatibilizara con la música respectiva, diciéndole: "Ya verás cómo comienzan a buscarle significados extraños". También los Beatles sufrieron de la idolatría de sus seguidores en el sentido de que dejaron de actuar en vivo debido a los excesivos festejos que recibían incluso por unas notas musicales de pobre calidad.

sábado, 5 de agosto de 2023

El científico descubre; el socialista diseña

La ciencia experimental tiene como objetivo el descubrimiento y la descripción de las leyes naturales invariantes que gobiernan los distintos ámbitos del universo, incluidos los seres humanos. Las leyes naturales tienen un caracter universal, como es el caso de las leyes de la física, ya que se cumplen en todo el universo conocido, es decir, extrapoladas a grandes distancias y a largos periodos de tiempo.

Si bien las leyes naturales que el hombre realiza, como descripción de las leyes naturales propiamente dichas, cambian con el tiempo, ello se debe a que son progresivamente mejores aproximaciones a la realidad. Así, Isaac Newton establece la ley de gravitación universal como una primera aproximación; luego Albert Einstein, con la relatividad generalizada, realiza una teoría más aproximada todavía, por lo que no resultaría extraño que en el futuro apareciera alguna versión más precisa o más general.

El método de la ciencia experimental es el de "prueba y error", ya que se proponen hipótesis para ser luego verificadas experimentalmente, aceptándose lo que se acerca a la realidad con cierto error convencional aceptable, mientras que son rechazadas las hipótesis que distan de la realidad con un error importante.

Las aplicaciones de las leyes naturales descubiertas por los físicos dan lugar a la tecnología, ámbito en el que aparecen las invenciones, por cuanto surgen dispositivos nunca observados como una "obra de la naturaleza". Una secuencia típica (no siempre repetida) de este vínculo entre ciencia y tecnología, lo tenemos en el caso del electromagnetismo y sus aplicaciones. Así, James Clerk Maxwell predice teóricamente la existencia de ondas electromagnéticas. Luego Heinrich Hertz verifica experimentalmente su existencia; finalmente Guglielmo Marconi inventa la radiotelefonía.

En el caso de las leyes que describen el comportamiento individual y social de los seres humanos las cosas se complican un tanto. Si se adoptara la postura de la física, describiríamos tal comportamiento con el objetivo de establecer su optimización a través de sugerencias que tienden a reducir la diferencia entre el comportamiento real y el comportamiento ideal, es decir, el que produce la optimización buscada.

Mientras tengamos presentes las leyes naturales y nos acerquemos a ellas, las cosas pueden marchar bien. Sin embargo, algo muy distinto proviene de la "ingeniería social" por medio de la cual algunos sectores estiman que la misión de los seres humanos consiste en diseñar "modelos de hombre" o "modelos de sociedad" desde el punto de vista del tecnólogo, o del ingeniero, es decir, diseñar algo que nunca antes fue observado como "obra de la naturaleza".

Si nos preguntamos acerca de quién, o de quiénes, "inventaron" el lenguaje, la moral o la economía de intercambios, tendremos dos respuestas posibles. El científico dirá que nadie lo hizo, sino que, mediante prueba y error, en base a un proceso autoorganizado, se fueron perfeccionando tanto el lenguaje, como la moral y los intercambios en el mercado. Desde el otro sector se dirá que alguien, o algunos seres humanos anónimos del pasado inventaron el lenguaje, la moral y los intercambios en el mercado, dejando las puertas abiertas a la posibilidad de establecer nuevos lenguajes, nuevas "morales" y nuevos procesos de producción e intercambio (como lo es el socialismo).

Si permitimos sugerencias nuevas respecto del idioma, de la moral y de la economía, surgidas de una invención humana, no habría mayor inconveniente si fuesen sometidas al proceso de prueba y error, como lo ha sido toda innovación dentro del marco de la evolución cultural. Así, alguien propuso establecer un idioma universal, como el esperanto, que no tuvo la aceptación esperada y fue dejado de lado. Sin embargo, cuando se proponen morales amparadas en el "principio" del relativismo moral, las cosas ya no funcionan tan bien porque, en lugar de observar los efectos producidos con su puesta en práctica, se lucha denodadamente para imponerlas en todas partes a pesar de los resultados negativos que producen; algo similar ocurre con el socialismo.

Mientras que el "hombre nuevo" de los Evangelios es un hombre que se adapta a la moral natural tratando de acentuar la empatía emocional, el "hombre nuevo soviético" intentaba adaptarse a la voluntad de Marx y Lenin. Este fue quizás el mayor intento de ingeniería social por cuanto se suponía que existía una válida "herencia de los caracteres adquiridos" por lo que en el futuro toda la humanidad tendría tales atributos. En cuanto a los atributos del hombre socialista, puede decirse que sería similar a las hormigas y las abejas; trabajadoras y cooperadoras en ámbitos "socialistas" como el hormiguero y la colmena.

Los líderes socialistas se caracterizan por sus desmedidas ambiciones de poder y por su inquebrantable fe en los dogmas de su cuasi religión. Mientras que los seres humanos normales tratan de adaptarse a las leyes naturales y al orden natural existente, los marxistas tratan de "transformar la naturaleza", especialmente la naturaleza humana. Al estar convencidos de los "errores" de la humanidad burguesa y capitalista, pareciera que una buena guía para sus proyectos consiste en hacer todo lo contrario a lo que tal "clase social" recomienda. De ahí los tremendos fracasos que una y otra vez se producen y, quizás, se seguirán produciendo en el futuro.

viernes, 4 de agosto de 2023

Distribución de la información

En las primeras etapas de la Revolución industrial, una gran máquina de vapor distribuía, a través de ejes y poleas, su potencia mecánica a las distintas máquinas de un establecimiento fabril. En caso de que dicha máquina se averiaba circunstancialmente, se detenía toda la actividad productiva. Al aparecer los motores eléctricos, y al construirlos de distintos tamaños, de manera de ubicar un motor por cada máquina, fue posible subsanar el inconveniente de la "concentración de la potencia motriz".

En el proceso del manejo de información ocurrió algo similar. Así, las primeras computadoras digitales, que funcionaban con válvulas electrónicas, eran de gran tamaño y sólo podían ser adquiridas por algunas instituciones estatales y grandes empresas. La mayoría de los usuarios no disponían de computadora debiendo concurrir a dichos centros de cómputos. Con la aparición de los circuitos integrados y del microprocesador, se pudo distribuir eficazmente el proceso de información hasta llegar a la etapa en que millones de usuarios pueden disponer de una computadora personal.

Antes de que ocurrieran tales procesos, la invención de la imprenta había favorecido la masiva distribución de la información, permitiendo que mucha gente pudiese disponer de una biblioteca propia, algo impensado antes de la aparición de la imprenta.

El evidente progreso de la ciencia y la tecnología se debe esencialmente a este proceso de distribución de la información, intensificado con la aparición de Internet (red internacional de información), que ha permitido una "democratización" de la información y del conocimiento disponible.

Todo esto resulta fácil de entender, ya que resulta evidente cuál es la dirección del progreso en todas las actividades humanas. Sin embargo, en el caso de la economía, en muchos países todavía no advierten que la distribución de la información necesaria, asociada a la producción y distribución de bien y servicios, resulta mucho más eficaz estando democratizada que concentrada en muy pocas personas.

Las preferencias por una economía planificada centralmente desde el Estado (socialismo), en reemplazo de millones de decisiones individuales, por parte de productores y consumidores que realizan intercambios (mercado), todavía cuenta con muchos adeptos, a pesar de los fracasos sucesivos.

Cuando se analiza con cierto detenimiento la variedad de preferencias, necesidades y deseos de millones de individuos que componen una sociedad, se advertirá que sólo alguien perturbado mentalmente pretenderá conocer toda la información asociada a los procesos de intercambio para reemplazarla por sus decisiones personales desde el Estado socialista. Tal locura ha sido denominada como "la fatal arrogancia" por Friedrich A. Hayek, ubicándola como título de su último libro.

Como ejemplo de los serios riesgos que se corren cuando las decisiones de una nación surgen de la mente de alguien poseído por la "fatal arrogancia", puede mencionarse el caso de Mao Tse-Tung, cuando promueve entre los chinos la tarea de exterminar a los gorriones por cuanto, adujo, comían una parte importante de los granos, como el trigo. No tuvo en cuenta que los gorriones protegían a la agricultura del ataque de las langostas, por lo que favoreció con su ignorancia la mayor hambruna que registra la historia, estimada en unas 40 millones de víctimas.

Para que la gente se adapte al consumo y a los deseos de lo que el planificador central ha decidido, debe promoverse desde el Estado una campaña propagandista eficaz, por lo cual la concentración de la información tiende a ser total. Hayek escribió: "Si todas las fuentes de información ordinaria están efectivamente bajo un mando único, la cuestión no es ya la de persuadir a la gente de esto o aquello. El propagandista diestro tiene entonces poder para moldear sus mentes en cualquier dirección que elija, y ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas" (De "Camino de servidumbre"-Alianza Editorial SA-Madrid 2000).

A continuación se transcribe un artículo de www.lavanguardia.com

EL AÑO QUE CHINA DECLARÓ LA GUERRA A LOS GORRIONES

Por Domingo Marchena

Mao Zedong, o Mao Tse Tung, como escribieron su nombre durante años generaciones de estudiantes, fue uno de los mayores déspotas del siglo XX. Pero, a diferencia de otros a su altura, a él aún se le sigue rindiendo culto en su país, China. Resulta sorprendente si se recuerda que entre 1958 y 1962, los años del Gran Salto Adelante, millones de chinos murieron por sus delirios.

La dimensión de la tragedia sobrecoge. En 1988, el régimen admitió 23 millones de muertos en aquel lustro, pero hay historiadores que duplican la cifra. Mao fue un autócrata que declaró la guerra a la naturaleza, desvió ríos y derribó montañas. La lista de sus alocadas empresas es inacabable. Desde la destrucción de casas para convertirlas en abono para los cultivos hasta la creación de hornos caseros de fundición en los patios de viviendas, colegios y hospitales.

Había que impulsar la economía del país a toda cosa. Pero las cosechas se pudrían en los campos por falta de mano de obra, ya que legiones de familias abandonaron las tareas agrícolas para dedicarse a la producción siderúrgica. Y la escasa producción agrícola que se salvó fue insuficiente para hacer frente a una hambruna de proporciones apocalípticas. Las estadísticas de la industria pesada se hincharon, eso sí, de manera artificial y con acero de ínfima calidad e inservible, procedente de enseres domésticos y cacharros de cocina.

Quienes no perdieron la casa, perdieron las ollas. Mao Zedong (1893-1976) se empeñó en que China, una nación depauperada tras la Segunda Guerra Mundial, igualara o superase a toda costa la economía occidental. Y se fijó para ello un plazo de quince años. La iniciativa se llamó el Gran Salto Adelante, aunque en realidad fue un gran salto atrás o, peor aún, un salto al vacío.

El precio que pagó el país fue apocalíptico. Así lo sostienen historiadores como David Arnold, Jasper Becker o, más recientemente, Frank Dikötter, que acaba de publicar La tragedia de la liberación: una historia de la revolución china, 1945-1957 (Acantilado). Uno de los episodios cruelmente más pintorescos del Gran Salto Adelante fue la guerra contra los gorriones. Y no sólo contra estas humildes aves...

Mao Zedong, presidente del Partido Comunista Chino desde 1943 hasta su muerte, estaba fascinado por el poder de las masas. Un ejército de trabajadores, sostenía, podía suplir la falta de maquinaria pesada. Grandes obras propias del Egipto de los faraones se sucedieron por todo el país. Y esas mismas masas, decía el Gran Timonel, podían imponerse a la naturaleza. Entre 1957 y 1958 el país se embarcó en una guerra nacional contra las moscas, los mosquitos, las ratas y los gorriones.

En el caso de los gorriones la excusa era que diezmaban las cosechas, pero el remedio fue mucho peor que la enfermedad. Quedan vídeos de aquella época. Aldeas enteras salieron a los campos con tambores para asustar a estas criaturas y no darles ni un segundo de descanso. Las avecillas se desplomaban del cielo, exhaustas, después de verse obligadas a volar ininterrumpidamente durante horas. Muchos ancianos, que no podían sostener el ritmo de los más jóvenes, murieron al intentar encaramarse a los árboles o a los tejados de las casas para destrozar los nidos.

Los ejemplares también eran abatidos en pleno vuelo. El ya citado Frank Dikötter explica en otra de sus obras, La gran hambruna en la China de Mao (Acantilado), que durante esta “catástrofe devastadora” se distribuyeron armas entre ciudadanos y campesinos para que se convirtieran en francotiradores de la noche a la mañana. Sólo en Nankín se gastaron 330 kilos de pólvora en un único día. La única víctima de aquella fusilería fue la naturaleza, además de los heridos por el fuego amigo.

Los cazadores dispararon contra todo lo que volase. Y lo que no mataron las balas o los perdigones lo mataron los cebos. El uso indiscriminado de venenos fue un Armagedón para gatos, perros, patos, palomas, conejos, corderos, lobos… Pero si esta estrafalaria guerra se ensañó contra alguien fue contra los humildes gorriones. Las estadísticas ofrecidas por las autoridades locales, ansiosas de satisfacer a los mandos del partido, se tienen que interpretar con muchísima cautela.

Algunos informes oficiales desclasificados provocarían carcajadas, si no fuera por el trasfondo que ocultan de palizas, torturas y hambruna. Los chinos no se lanzaban a cazar gorriones o a fundir acero por capricho. Quienes no podían o no querían ya sabían a qué se arriesgaban. Shanghai dijo haber eliminado en una batida 48.695 kilos y 490 gramos de moscas. Esa surrealista precisión de 490 gramos dice mucho de la psicosis que se adueñó de la población para agradar a las autoridades. Quizá en el caso de los gorriones también se hincharon las estadísticas.

Pero un dato resulta incontestable. Y atroz. Las bandadas de antaño se volatilizaron. Cuando ya casi se habían extinguido, las autoridades se dieron cuenta de un hecho trascendental: estos pajaritos no sólo comen semillas de cereales, también insectos. De hecho son un efectivo e insustituible plaguicida natural. Sólo los burócratas de Shanghai dijeron haber sacrificado un total de 1.367.440 gorriones en una de sus batallas contra este enemigo del Estado.

El alto mando ordenó un alto el fuego inmediato en 1960. Ya era demasiado tarde. Las cosechas, en nombre de las que se hizo todo, fueron pasto de nubes de langostas. Las plagas de estos y otros insectos crecieron a medida que menguaban las colonias de gorriones, que estuvieron a punto de desaparecer por completo. Años después hubo que importarlos en secreto de la URSS para recuperar parcialmente su población.

Otros parásitos muy dañinos para los cultivos proliferaron gracias a la ausencia de enemigos naturales. Como una venganza del medio ambiente, una de las capitales más afectadas fue precisamente Nankín, que llevó la delantera en este absurdo genocidio ornitológico. Y, justo cuando los gorriones más se echaban en falta y más necesarios eran los insecticidas, el país descubrió que se había quedado casi sin existencias.

Los productos tóxicos se emplearon muy alegremente en los primeros años del Gran Salto Adelante. Tanto se abusó de ellos que escasearon cuando de verdad hicieron falta. Por si fuera poco, los grandes proyectos de irrigación de la época alteraron el equilibrio ecológico. Las inundaciones sucedieron a las sequías y lo agravaron todo aún más. Fue un desastre. Incluso los historiadores menos críticos con este periodo admiten que China no recuperó hasta 1964 las cifras de producción agrícola e industrial anteriores a 1958.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Falsa virtud y agresividad

Mientras el hipócrita finge poseer una virtud que no tiene, mantiene al menos la valoración positiva de la virtud. Por el contrario, el cínico se jacta de actuar en forma opuesta a toda acción orientada por alguna forma de virtud. De ahí que predomine la hipocresía cuando se trata de atacar a las personas que realmente poseen virtudes personales en grado aceptable.

"Hipocresía: vicio consistente en manifestar opiniones, sentimientos y, sobre todo, virtudes que no se tienen" (Del "Diccionario del Lenguaje Filosófico" de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

Cuando alguien quiere atacar a otro, mediante palabras, es posible que adopte ciertos aires de "superioridad moral", de manera de dejar en claro que posee ciertas virtudes de las que carece el atacado. Se eleva de la misma manera en que rebaja al otro, de manera de obtener una victoria moral completa y segura.

En épocas de crisis moral esto resulta bastante común, como es el caso de los "protectores de animales" que parecen decirle al resto de la sociedad: "Sólo nosotros nos interesamos por los animales; el resto es cruel y salvaje". Respecto de esta actitud cabe la siguiente expresión: "Dime de qué te jactas y te diré de qué careces".

Los "protectores de animales" han logrado que, en Mendoza, surjan leyes municipales que prohiben la exhibición de animalitos domésticos enjaulados en locales de venta de alimentos para animales, impidiendo una forma de intermediación gratuita entre quienes quieren regalar un animal y quienes quieren adoptarlo, perjudicando una posible adopción que favorecería y aseguraría la supervivencia del animalito.

También los defensores del medio ambiente, los "únicos que se interesan" por esa cuestión, han presionado para que los políticos sancionen leyes que prácticamente prohiben la mineria en la Argentina. Mientras que Chile exporta unos 50.000 millones de dólares anuales en ese rubro, la Argentina exporta 3.000 millones (con la misma cordillera de Los Andes, compartida por ambos países). La pobreza extrema de muchos sectores podría atenuarse si no existiera tal prohibición. Además, parece que los chilenos no se han muerto todavía debido a la contaminación producida por la minería en ese país.

Con los promotores de los "derechos humanos" ocurre otro tanto. Generalmente tales derechos son promocionados por sectores de izquierda; los mismos que aplauden a personajes como Fidel Castro y el Che Guevara, que se destacaron por no respetar tales derechos en quienes se oponían a sus andanzas y proyectos.

El socialista tiende a hablar todo el tiempo "a favor de los pobres", pero no porque en realidad les interese demasiado tal precaria situación de muchos, sino para ubicarse en una postura de superioridad moral que les permita atacar al resto de la sociedad supuestamente indiferente al sufrimiento ajeno, es decir, un resto supuestamente carente de sentimientos humanos y casi en situación de salvajismo.

A medida que la crisis moral recrudece, mayor es la cantidad de "supremacistas morales" que en forma encubierta vuelcan su agresividad hacia el resto de la población culpándola por todos los males y autoexcluyéndose de toda culpabilidad. Es posible que, de tanto fingir la virtud, terminen creyéndose virtuosos. E. y J. de Goncourt escribieron: "Las máscaras acaban por pegarse a la piel. La hipocresía llega a ser de buena fe".

martes, 1 de agosto de 2023

El frenteamplismo y el kirchnerismo, gemelos rioplatenses

Por Dardo Gasparré

El parecido entre los dos países vecinos y hermanos y su supuesto progresismo conducido por sus burocracias disfrazadas de humildes se acercan hasta el miedo

Cualquiera que analice sin apasionamiento ni fanatismo futbolero el comportamiento de los dos movimientos con patente de populares en ambas márgenes del Plata puede llegar sin demasiadas posibilidades de error a las mismas conclusiones del título.

Habrá que salir al cruce de la primera refutación que merecerá este aserto: “el Frente es un movimiento ideológico, mientras que el peronismo no”, será el primer contraataque. No confundir las excusas con la práctica. Ambos sostienen la defensa de los pobres, los desprotegidos, los “laburantes”, el pueblo, las víctimas de la vida, los olvidados. Y ambos sostienen que la solución a esas situaciones es siempre la confiscación de algún bien, algún derecho o alguna libertad de un sector de la sociedad para repartirle al otro. Y ambos han fallado y fallarán en eso también.

Basta escuchar los dichos de Lula o leer los proyectos-país de los líderes regionales para comprender que la única ideología que defienden es la de la Patria Grande – si se le puede llamar ideología a una concepción sin pies ni cabeza. Se podría también recordar la genial argumentación de Hayek que en su Camino de Servidumbre unificaba el accionar de la demagogia, hoy llamada populismo en su versión directa y abreviada, sin importar ni sus diferencias de principios ni sus alegatos.

Toda planificación central se vuelve una dictadura

Hayek sostuvo, como se sabe, que cualquier doctrina de Planificación Central – que es lo que intentan promover tan mal estos partidos o movimientos, termina siempre en una dictadura que obliga a la sociedad a actuar como deciden los iluminados que se arrogan el poder de dirigirlas.

Y justamente ese concepto del poder por el poder mismo y la desesperada necesidad de mantenerlo o recuperarlo a cualquier costa, es el primer gen del ADN que comparten estos gemelos, a veces siameses cuando defienden lo indefendible, como a Maduro, Chávez, Castro, et al.

Ambos (y sus primos no lejanos en tantos otros países, continentes y uniones) han convencido a una gran masa de población de que sus males, miedos, inseguridades, destinos y la consecuencia de sus actos, sus errores u omisiones son culpa de un sector de la sociedad que debe pagarles y compensarles por todo ello.

No sólo han convencido a esa masa de tal cosa, sino que también les han hecho creer que ellos, los políticos, sus burócratas, sus partidos, siglas o ideologías aplicadas son capaces de reparar el daño y el mal que se les ha hecho y hasta redimirlos y recompensarlos retroactivamente.

Modificar la constitución cada vez que se pueda

Para evitar obstáculos, como llamó alguna vez Cristina Kirchner a los procesos electorales, nada mejor que modificar la constitución cada vez que sea posible, de modo de transformar en garantía todos los deseos y poluciones nocturnas de sus adictos (en el sentido más amplio del término) y de paso para garantizar la necesaria impunidad de la cleptocracia de la nueva oligarquía de la burocracia.

Allí se encuadran las famosas frases “quien me tiene que juzgar es el pueblo”, o “que me juzgue la historia”, que se han escuchado a tantos y que tienen el propósito de eliminar los controles por oposición de poderes que conforman el principio de republicanismo esencial a cualquier democracia en serio. Quien tenga alguna duda sobre esta afirmación puede estudiar los proyectos de constitución de Chile y otros primos donde directamente se excluye a la Justicia como tercer poder, y hasta se impide el accionar de la poca prensa independiente que resta.

En el caso de Uruguay no son tan evidentes ni alevosos estos hechos porque la Justicia nunca ha juzgado a los políticos por sus actos de corrupción, como se puede ver en la historia reciente, salvo por hechos menores de cotilleo de barrio, o por el uso de tarjetas de crédito del Estado para la compra de calzoncillos, por ejemplo. El proyecto de constitución de Chile, rechazado por el voto popular, seguramente reputado de reaccionario, eliminaba la jurisdicción de la Justicia sobre la política y se creaba un tribunal político para juzgar a los políticos. Quien quiera oír que oiga. Las decisiones políticas no son justiciables, dicen. La corrupción tampoco.

La acción sindical como arma

Otra característica melliza es la acción sindical. O el sindicalismo todo. Más descaradamente ricos los sindicalistas del vecino, cierto. Pero ambos manejando grandes recursos de sus cuotas sindicales obligatorias o con algún formato compulsivo y otras prebendas.

Juran ser apartidarios, pero curiosamente, siempre están del mismo lado. Siempre “ganan la calle” hacen piquetes defendiendo cualquier causa, huelgas, tomas, paros, cortan las calles, siempre en el momento más molesto para los usuarios y para los gobiernos que no respondan a la generosidad del gasto. La estructura porcentual del gasto estatal y las “conquistas sociales” que han venido sembrando en el tiempo son iguales y ruinosas.

También siempre, siempre, bajo el pretexto de defender a los trabajadores destruyen toda posibilidad de crear más empleo privado, alejan la inversión y destruyen a las medianas y pequeñas empresas, bastión mismo del emprendimiento y la libertad. Es lo que ahora dice el peronismo en Argentina: “no permitiremos hacer ninguna reforma”. No muy distinto a lo que dice y hace el sindicalismo uruguayo, o tantas otras turbas con apodos diversos en Francia, Chile, o cualquier país que quiera aplicar políticas racionales.

La democracia no tiene ningún valor para ellos

Por supuesto, la democracia y sus resultados electorales no tienen ningún valor para ellos, siempre dispuestos a defender sus conquistas por encima de lo que piense la sociedad, obviamente. Eso los lleva a proponer usar fondos que suponen infinitos para pagar aún a los que no trabajan y nunca trabajaron, como cuando intentan transformar el sistema jubilatorio en un sistema de subsidios o de dádivas, o cuando aplican de modo indirecto la Renta Universal, o cuando piden algún tipo de jubilación sin trabajar que pague el resto de la sociedad. Hasta Marx se asquearía frente a semejante negación de la plusvalía.

En Argentina hay sindicatos de piqueteros, que nunca trabajaron, que cobran millones de planes; en Uruguay las cifras no son tan espectaculares, pero en ambos casos se oponen desembozadamente a las decisiones de la mayoría, porque la democracia no es válida para ellos en esos casos. Una característica común que impedirá todo crecimiento, toda inversión seria y toda apertura comercial.

Como ocurre en tantos países, ambos movimientos autodenominados progresistas, pero que apenas llegan a populistas, odian la democracia. O mejor, la aman cuando ganan, porque la transforman en una dictadura de las mayorías, pero la desoyen, desprecian y desobedecen cuando pierden en las urnas.

Usan entonces todos los recursos para oponérsele. Justamente, desde la huelga o el paro grosero y grotesco, hasta la mentira, la oposición obstructiva y saboteadora y por supuesto, la fuerza de su sindicalismo cómplice, que jura no alinearse con ningún partido. Entonces recurren a otro concepto: la dialéctica, el relato, la redefinición y negación de palabras. Allí inventan la democracia directa o de masas. Que ha sido descalificada por todos los teóricos de la verdadera democracia. Que pasa por encima del voto. Que siempre semeja a una “asamblea sindical” de voto a mano alzada o a mano armada, de decisiones precarias y sin análisis.

En ese entorno, donde votan unos pocos, vigilados por capataces de las ideas, se fabrican teorías, decisiones, oposiciones y se basan los postulados, las propuestas, las luchas populares callejeras, precariedades que son formatos de dictadura que intentan legitimarse apoderándose de definiciones y rediseñando principios. No se advierte diferencia alguna en el comportamiento de ambos movimientos que se autollaman populares, como si la otra parte de la sociedad no fuera pueblo.

¿Termina aquí la clonación? No, ni lejos. A veces se confunden los parecidos porque Argentina ha sido precoz en su estupidez. Ha avanzado más rápido en el plan “platita”, que generó una inflación terminal que es nada más que la consecuencia monetaria de la promesa de gloria y redención inmanente y central. Nada de méritos, nada de títulos o diplomas, que por último se compran o falsifican – o simplemente se alegan o usurpan.

Nada de riesgos, ni de responsabilidades, ni esfuerzo, ni ahorro, que es el odiado capitalismo en su primera fase. El resultado sólo puede ser uno: endeudamiento, default, inflación, default interno, desempleo, despojo, confiscaciones, impuestos, más gastos, más deuda, más impuestos, menos inversión, menos empleo, más gasto y subsidios, más despojo, menos país, a veces con velocidades diferentes.

Uruguay parece distinto simplemente porque ha logrado cinco años de punto muerto y porque su inflación luce baja comparada con Argentina, pero no es tal. El país es cada vez más caro en cualquier moneda y eso es malísimo. La inflación se indexa a perpetuidad. Garantía de eternización. Si se le agrega que el Frente Amplio propugna mayor gasto cuantas veces puede, como hizo en la pandemia y ahora con un sistema de seguridad social inviable y ruinoso pero cuyos beneficios y generosidad promete aumentar irreflexivamente, el futuro es peor.

Sólo pueden crecer la deuda, hasta que el sistema mundial descubra el exceso, la emisión, hasta que la inflación suba más, o los impuestos, como también el FA promete que hará, en especial los que son contra el capital o contra la formación de capital, lo que garantiza no sólo la desinversión y la fuga de consumidores altos, sino la necesidad de más y nuevos impuestos. La confiscación. Lo que ya está haciendo Argentina con sus tasas progresivas sobre el impuesto al patrimonio, o su impuesto solidario sobre la riqueza, que prometió sería por única vez.

El odio al campo, a las actividades agropecuarias, al capital, a la ganancia, a la riqueza y a la actividad privada en favor del monopolio estatal. Extraordinarias similitudes, como lo es la declamación de que se espera fomentar y desarrollar los emprendimientos de tecnología y online mientras simultáneamente se amenaza con más impuestos al capital y tenencias universales y con derogar las exenciones, una barbaridad jurídica que causa con su solo enunciado un grave daño e implica una traición a quienes se radicaron. Más paralelos imposible.

También se asemejan en su retorno a los 70 para buscar culpables que ya han muerto y perdonar asesinos ahora héroes o subsidiados. Un folklore carísimo y perverso.

Se suele decir, empezando por esta columna, que Argentina no tiene solución vislumbrable en un futuro cercano, por ejemplo 7 o más años. Eso quiere copiar del kirchnerismo el Frente Amplio. Porque, ¿qué es lo que hace o promete hacer distinto? ¿Y por qué los resultados serían distintos? Sólo un poco más lentos, con suerte.

Hay muchas similitudes más, a las que los lectores pueden agregar las de su preferencia. La división deliberada de la sociedad al hacer aparecer a la riqueza o la simple utilidad como culpable de la pobreza, para justificar el saqueo impositivo, por caso.

O el enfrentamiento de lenguaje, preferencia sexual, razas, y cualquier otra excusa que tienda a fraccionar, o a tajear a las sociedades, ya suficientemente divididas por la prédica de que “hay que sacarle al rico para darle al pobre”, como si el patrimonio privado perteneciera al Estado. ¿Cuál vendría a ser la diferencia entre los dos movimientos confiscadores y revanchistas, si ambos piensan y se conducen igual en ese aspecto, por encima de todos los derechos?

Queda para el final el salvaje atentado contra la educación popular, la mayor esperanza de libertad del ser humano. En una suma de todo lo antedicho, ambas teologías de cada lado del río se han ocupado de deformar, negar, sabotear la educación. El paso más importante hacia la servidumbre y el vasallaje. La ignorancia es el mayor enemigo de la democracia y la dignidad. Esa arma común hermana indisolublemente al Frente Amplio con Unidos por la Patria.

FA-UP. El destino común rioplatense.

(De contraviento.uy)

Vocación universalista de romanos y cristianos

Los antiguos romanos, a partir de la instauración del Imperio, intensifican sus ambiciones de expansión y poderío buscando dominar el mundo entero. Para ello utilizan su poderío militar basado en una política y una economía sustentadas por un Estado organizado eficazmente por medio de una adecuada legislación.

También los cristianos, seguidores de un profeta que los induce a predicar la buena nueva del Reino de Dios en todo el planeta, buscan llegar a todo ser humano, esta vez por medio de las palabras y el convencimiento. La Iglesia es católica, es decir, universal. En determinado momento se juntan un Imperio en decadencia con una Iglesia en ascenso hasta que finalmente se produce la fusión entre ambos, aunque con muchas dificultades.

Los imperios buscan establecer gobiernos de hombres sobres hombres, mientras que la Iglesia pretendía establecer el gobierno de Dios sobre todo ser humano, pero a través de sus intermediarios. En lugar de considerar a Cristo como el intermediario entre Dios y los hombres, los primeros cristianos elevan a Cristo a la categoria de Dios y se ubican ellos como intermediarios, por lo que finalmente se termina por establecer nuevamente un gobierno de hombres sobre otros hombres.

El verdadero Reino de Dios habrá de establecerse mediante una teocracia directa, es decir, cuando los seres humanos acaten las leyes de Dios y orienten sus vidas a través de ellas. La Iglesia en realidad ha producido, en el mejor de los casos, una teocracia indirecta, con las limitaciones propias de todo gobierno regido por criterios humanos.

Con el tiempo, surgen reivindicadores de un pasado remoto que buscan reverdecer viejos laureles, como es el intento fascista de establecer un nuevo imperio romano. También muchos católicos rechazan toda tendencia considerada usurpadora del poder eclesiástico medieval creyendo que tal sociedad debería perdurar aun en nuestros días.

Respecto de la época de convivencia entre romanos y cristianos, José Luis Romero escribió:

LA CONCIENCIA DE UN ORDEN UNIVERSAL

Acaso el más significativo punto de coincidencia de la tradición romana y la tradición cristiana sea la conciencia de un orden medieval, esto es, la certidumbre de que la vida del individuo, cualesquiera sean sus determinaciones circunstanciales, se inserta en un sistema universal.

Esta certidumbre era, sin duda, una secuela de la secular perduración del Imperio romano -aún subsistense entonces, por lo demás, según la opinión generalizada durante la temprana Edad Media, y mantenido en el Oriente-, y coincidía con la concepción universal, "católica", de la Iglesia romana.

Tan contradictoria como pudiera parecer la realidad históricosocial respecto a esa convicción, fue alimentada y sostenida por el recuerdo duradero del imperio y por la enérgica acción del papado. Se entremezclaron a lo largo de la temprana Edad Media las dos raíces que la nutrían, chocaron a veces las dos concepciones que representaban y se fundieron poco a poco en el plano teórico aun cuando esbozaban muy pronto sus zonas de fricción.

Una y otra representaban dos interpretaciones diferentes del ideal ecuménico, pues la tradición romana tendía a una unidad real -el imperio-, y la tradición cristiana conducía a una unidad ideal -la Iglesia-, en la que, sin embargo, el pontificado hubo de ver, en cierto momento, la virtualidad de una unidad tan real como la del imperio. De esta disparidad surgiría más tarde el conflicto entre ambas potestades.

Durante los primeros tiempos del cristianismo -hasta el siglo III aproximadamente- la actitud de la cristiandad reveló un fuerte sentimiento secesionista dentro del Imperio romano. No se sentía solidaria con su destino, sino que, por el contrario, percibía entre ambas comunidades -la imperial y la cristiana- un antagonismo irreductible. Esta es la actitud de Tertuliano, por ejemplo, cuando en el Apologeticus afirmaba: "Para nosotros, a quienes la pasión de la gloria y los honores nos deja fríos, no hay en verdad ninguna necesidad de ligas, y nada nos es más extraño que la política. No conocemos sino una sola república, común a todos: el mundo". Y más adelante: "Somos los cristianos un cuerpo, por el sentimiento común de una misma creencia, por la unidad de la disciplina, por el lazo de una misma esperanza".

Empero, tolerado primero y reconocido como religión oficial después, el cristianismo comenzó a sentirse poco a poco consustanciado con el imperio. Su área era la del mundo civilizado, y lo que quedaba fuera de sus fronteras era la barbarie, mil veces más temible que la orgullosa y declinante estructura del imperio.

(De "La Edad Media"-Fondo de Cultura Económica-México 1970)