sábado, 30 de mayo de 2026

Hacia la unidad de las virtudes

La búsqueda de unificaciones, ya sea en ciencia o en filosofía, no sólo apunta a la simplificación del conocimiento, sino también a satisfacer una necesidad práctica imprescindible para una mejora ética generalizada. De ahí que sea necesario establecer una especie de "teoría de las virtudes" que permita cierta introspección inmediata.

También es necesario establecer la unificación de los defectos, por cuanto todo proceso introspectivo está ligado al doble juego de aumentar nuestras virtudes como en disminuir nuestros defectos. Es el mismo proceso del enriquecimiento material, en el cual debemos intensificar nuestras ganancias y reducir nuestras pérdidas.

Toda virtud ha de ser un atributo contemplado desde una posible interacción social, esto es, resultará asociada a una actitud o predisposición concreta respecto de la alegría o el dolor ajenos. Tal predisposición podrá cambiar en el tiempo, tanto para mejor como para peor, según las diversas circunstancias sociales que se le presentarán a cada individuo.

Una teoría unificadora de la ética, como toda teoría compatible con la naturaleza humana, ha de tener en cuenta los aportes realizados en el pasado. En este caso, tales aportes se deberán principalmente a Sócrates, Cristo y Spinoza. Tales aportes conducirán hasta la Psicología social, o Psicología de las actitudes. La unificación mencionada implica principalmente la descripción de la actitud o predisposición hacia la cooperación social, materializada en la empatía emocional y por la cual intentamos compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.

Para Sócrates, la felicidad estaba asociada principalmente con los aspectos emocionales e intelectuales, dejando de lado los aspectos asociados a las comodidades del cuerpo. Ya en épocas lejanas vislumbra la vinculación necesaria entre razonamiento y emoción, aspecto que será retomado por la actual neurociencia. Beatriz Collina escribió: "Para Sócrates, la felicidad no dependía ni de la satisfacción inmediata del placer ni de la posesión de riquezas o de cosas materiales en general. Ya en la época, cualquier concepción similar de la felicidad iba totalmente a contracorriente y resultaba difícilmente comprensible para el ciudadano medio".

"Razón y virtud eran concebidas como si estuviesen unidas indisolublemente. Por este motivo, para describir la ética socrática, se utiliza por lo general la expresión racionalismo moral. Sócrates, en efecto, concebía la virtud como ciencia, al considerar que el hombre sólo podría distinguir entre lo que está bien y lo que está mal a través de la razón y el conocimiento".

"Asumir tal punto de vista implicaba inevitablemente una serie de consecuencias. En primer lugar, hacía posible que Sócrates justificase el hecho que la virtud pudiese ser enseñada o aprendida. Si, en efecto, la virtud es conocimiento, entonces cualquiera que lo desee puede aproximarse a ella y cultivarla. La virtud ya no se concebía como un don divino reservado tan sólo a unos pocos hombres elegidos; al contrario, estaba potencialmente abierta a todos".

"En este sentido, la virtud de Sócrates es democrática. Además, la visión moral de Sócrates casaba a la perfección con su enfoque general sobre la reflexión filosófica: al igual que la verdad, también el bien y el mal tenían que ser definidos mediante un debate público y racional. La acción moral debía emanar del razonamiento y no basarse en códigos ya escritos o revelados".

"El racionalismo moral conllevaba una segunda consecuencia fundamental. Si el conocimiento conducía a la virtud (es decir, a la capacidad de distinguir el bien del mal y de optar consecuentemente por el primero), la ignorancia, por el contrario, llevaba al vicio" (De "Sócrates"-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2016).

La unificación de las virtudes es una imperiosa necesidad por cuanto existe una gran cantidad de denominaciones para ciertos atributos humanos poco fáciles para darnos una idea concreta de lo que se trata. Lou Marinoff escribió: "La filosofía griega antigua, por ejemplo, ensalzaba las virtudes de la sabiduría, el coraje, la templanza y la justicia. Los confusianos respetaban las llamadas cinco virtudes: benevolencia, justicia, cortesía, sabiduría y fidelidad. Benjamín Franklin hizo una lista de trece virtudes: templanza, silencio, orden, determinación, frugalidad, diligencia, sinceridad, justicia, moderación, aseo, castidad, tranquilidad y humildad. Todas merecen ser observadas" (De "El filósofo interior" de Lou Marinoff y Daisaku Ikeda-Ediciones B SA-Barcelona 2014).

A manera de síntesis, puede decirse que en el bíblico "Amarás al prójimo como a ti mismo", interpretado como "compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias", reside la predisposición que conduce a la aprehensión de todas las virtudes reconocidas por la mayor parte de los autores que escriben sobre cuestiones éticas.

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