En la Argentina, como en otros países, existe un sector de la población que trata de vivir más allá de sus posibilidades reales, es decir, en lugar de vivir en función de los ingresos familiares mensuales, viven en función de un estilo de vida superior al que le posibilitan sus entradas monetarias por medio de endeudamiento y de no pagar luego esas deudas. A nivel nacional, y desde hace varias décadas atrás, los distintos gobiernos han optado por un criterio similar, esta vez agregando la posibilidad de emitir billetes y creando inflación. Para "asegurar" al pueblo un estilo de vida superior al que le posibilitan los medios reales, crearon infinidad de "puestos de trabajo" superfluos en el Estado, conduciendo a la nación a una decadencia profunda, incluso con fuerte oposición a quienes intentan revertir esa situación y esa mentalidad perversa.
Para colmo de males, existe una generalizada aversión a los empresarios, por lo que resulta fácil admitir que ello genera bastante pobreza por cuanto faltarán los medios adecuados, en cantidad y calidad, para la producción de riquezas. De ahí que tampoco existe en muchos jóvenes la predisposición a trabajar por cuenta propia o incluso para aprovechar su tiempo en estudiar o para perfeccionarse en algún oficio. Incluso un gran porcentaje de jóvenes priorizan la diversión y sólo parecen estar adaptados para los días feriados y las vacaciones. Mario Vargas Llosa escribió al respecto: “¿Qué cataclismo, plaga o maldición divina cayó sobre la Argentina que, en apenas medio siglo, trocó ese destino sobresaliente y promisorio en el embrollo actual? Ningún economista o politólogo está en condiciones de dar una respuesta cabal a este interrogante, porque, acaso, la explicación no sea estadísticamente cuantificable ni reductible a avatares o fórmulas políticas. La verdadera razón está detrás de todo eso, es una motivación recóndita, difusa, y tiene que ver más con una cierta predisposición anímica y psicológica que con doctrinas económicas o la lucha de los individuos y los partidos por el poder”.
“No es casual que el más notable de los creadores evadidos del mundo real de la literatura moderna haya nacido y escrito en la Argentina, país que, desde hace ya muchos lustros, no sólo en su vida literaria (cultora eximia del género fantástico), sino también social, económica y política manifiesta, como Borges, una notoria preferencia por la irrealidad y un rechazo despectivo por las sordideces y mezquindades del mundo real, por la vida posible”.
“Llevarla a la vida real, al terreno pedestre de lo práctico, sucumbir a la tentación de la irrealidad –de la utopía, del voluntarismo o del populismo- tiene las trágicas consecuencias que hoy padece uno de los países más ricos de la Tierra, que, por empeñarse su clase dirigente de vivir en la burbuja de un ensueño en vez de aceptar la pobre realidad, un día despertó «quebrado y fundido», como acaba de reconocer el flamante presidente Duhalde”.
“Dejarse acumular una deuda externa de 130 mil millones de dólares es vivir una ficción suicida. Lo es, también, prolongar y agravar una crisis fiscal indefinidamente, como si, enterrando la cabeza en el suelo tal cual hacen los avestruces, quedara uno protegido contra el huracán”.
“Tomar medidas enérgicas para reducir drásticamente la crisis fiscal, mediante un ajuste severo, porque ni la Argentina ni país alguno puede vivir ‘ad aeternum’ gastando (despilfarrando) más de lo que produce. Esto implica un alto coste, desde luego, pero es preferible admitir que no hay alternativa y pagarlo cuanto antes, pues más tarde será todavía más oneroso, sobre todo para los pobres. La sociedad resistirá mejor el sacrificio si se le dice la verdad que si se le sigue mintiendo, y pretendiendo que con analgésicos se puede combatir eficazmente un tumor cerebral. A éste hay que extirparlo cuanto antes o se corre el riesgo de que el enfermo muera” (De “Argentina: un país desperdiciado”-Varios autores-Taurus-Buenos Aires 2002).
Para colmo de males, se ha instalado en la sociedad la presunción que los pobres son todos virtuosos, de manera que se promueve como virtud cierta incapacidad para mantenerse por sus propios medios, mientras que los empresarios son considerados egoístas por cuanto no producen tanto cantidad de bienes y servicios como para compensar el trabajo deficitario, o la vagancia, de un importante porcentaje de la población. De ahí que la mentalidad generalizada impone un límite que no podrá eludirse aún con la imposición de los mejores sistemas políticos y económicos posibles. Carlos Mugica, sacerdote que afirmaba luchar contra la pobreza, al promover el anticapitalismo y el antiempresarismo, en realidad estaba promoviendo acentuar la pobreza. Además, mientras fingía promover una lucha pacífica, varios de sus seguidores optaron por la violencia armada. Mugica escribió: “Una sociedad en la que se realicen plenamente los valores cristianos, será una sociedad sin empresarios” (De “Una vida para el pueblo”-Pequén Ediciones-Buenos Aires 1984).
El colmo de la caradurez se evidencia en considerar como egoísta a quien no reparte el fruto de su trabajo, gratuitamente y no mediante el intercambio laboral, entre quienes poco o nada producen, mientras que no se consideran egoístas quienes pretenden vivir del trabajo ajeno vía Estado. Carlos Rodríguez Braun escribió: "La identificación entre lo público y la virtud es una pura falacia. Como afirmó Thomas Sowell: «Nunca entendí por qué es egoísta querer quedarte con el dinero que ganaste, y no es egoísta querer quedarte con el que ganaron otros»" (De www.elcato.org).
Son varios los autores que han tenido siempre presente que tanto lo político como lo económico, a nivel nacional, depende bastante de las ideas y actitudes predominantes en la población. Carlos S. Fayt escribió: "Lawrence Lowell, en 1923, acomete la empresa de penetrar en lo íntimo de las disposiciones individuales. En su libro Public Opinion in War and Peace, divide a los hombres respecto de la situación presente en: satisfechos e insatisfechos, y con relación de mejoras en: optimistas y pesimistas. La combinación de estos estados psicológicos o disposiciones individuales respecto del presente y del futuro, le permiten inferir que los satisfechos y optimistas, son liberales; los satisfechos y pesimistas, son conservadores; los insatisfechos y optimistas, son radicales (socialistas); y los insatisfechos y pesimistas, son reaccionarios" (De "Teoría de la Política"-Abeledo-Perrot-Buenos Aires 1966).
Puede decirse que el país no pudo (o no supo) recuperarse del peronismo, mientras que ahora pareciera poco probable poder recuperarse de los efectos del kirchnerismo. Ello se debe a que esta vez la trampa populista fue mejor diseñada. Al elevar la cantidad de empleados públicos mediante pseudo-empleos, llegando a un exceso estimado en 1.500.000; y al elevar en unos 3.500.000 la cantidad de jubilados, en su mayoría sin aportes previos y sin necesidades apremiantes (amas de casa), y al ser casi imposible, legalmente hablando, volver atrás, tenemos asegurado un importante déficit fiscal por varios años. Ya sea que se sustente por deuda externa o por impresión monetaria excesiva, la decadencia económica y social ha de continuar como también el aumento porcentual de la pobreza.
A esos gastos desmedidos e improductivos se suman los distintos subsidios estatales, planes sociales y demás, que alejan del trabajo a quienes están en condiciones de hacerlo. Al ser considerados “universales”, la ayuda estatal beneficia tanto al que la necesita como al que no. Rodolfo Terragno escribía al respecto: “Subsidios: 11 millones por hora. Eso es lo que le cuestan a los contribuyentes. Al año, son 95.000 millones. Benefician a los usuarios del transporte público y de otros servicios, como la electricidad y el gas. En muchos casos son regresivos, ya que favorecen a las zonas más prósperas del país o a sectores sociales de ingresos medianos o altos”.
“De todas maneras, han cumplido una función social, sobre todo cuando el país enfrentó una emergencia económica”. “Ahora, superada tal emergencia, se comprueba que, cuando se trata de subsidios, es muy fácil entrar y muy difícil de salir”. “Si se los quitara, las tarifas se duplicarían, triplicarían o quintuplicarían, según los casos, causando un estallido social. Si no se los quitara, habría un colapso fiscal” (De “Urgente llamado al país”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2011).
Mientras que de los subsidios es “difícil de salir”, de los empleos superfluos o improductivos, y de las jubilaciones innecesarias, resulta casi imposible. Para ello sería necesario que el gobierno de turno explicara la situación real del país, sin dejar tales explicaciones a cargo del sector kirchnerista, responsable directo de haber instalado una trampa tan eficaz que ni siquiera un hábil gobernante podrá evitar.
También José Ortega y Gasset advirtió, algunos decenios antes que Vargas Llosa, la inautenticidad mencionada. A. J. Pérez Amuchástegui escribió: “Observa el agudo filósofo [Ortega] que los argentinos están inmersos en un «futurismo concreto de cada cual», indicando con ello que «viven desde sus ilusiones como si ellas fuesen ya la realidad». En otras palabras, ese argentino cree ser algo que en realidad no es pero quiere ser. Quiere serlo con tanta intensidad, que termina convencido de que es, no más, lo que cree. Algo, sin embargo, desde algún rincón del subconsciente, le indica que en esa supuesta realidad de su ser sigue estando la realidad auténtica que no quiere ser. Y entonces aparece siempre «a la defensiva», como si el interlocutor pudiese descubrir esa realidad radical que él se ha propuesto anular. De allí la falta de autenticidad. De allí la aparente reserva. Y de allí la expresión del maestro español: «Detrás del gesto y la palabra no hay –parece-una realidad congruente y en continuidad con ellos»” (De “Mentalidades argentinas (1860-1930)”-EUDEBA-Buenos Aires 1984).
Una sociedad es un conjunto de individuos que tienen objetivos comunes, que han de beneficiar a todos. Cuando, por el contrario, la mayoría trata de vivir más allá de sus posibilidades, incluso a costa de los demás, a través del Estado, no puede decirse que dicho conjunto sea una sociedad o que constituya una nación, sino que constituye un conjunto desarticulado que debe luchar intensamente para mantener su integridad.
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