Puede decirse que el feminismo es la tendencia social que tiene como misión promover la igualdad entre hombres y mujeres a fin de reducir el predominio exagerado del hombre, como ocurre en ciertas sociedades. En ningún momento se trata de promover conflictos entre hombres y mujeres, como es el caso de grupos que, por ello, pueden considerarse como "pseudofeministas". Ello implica que usurpan luchas sociales como luchas políticas, o bien para poder encauzar cierto odio hacia un sector importante de la humanidad.
Los primeros indicios del surgimiento de posturas feministas aparecen durante el siglo XVIII. J. Marie Goulemot y M. Launay escribieron: “Todas las libertades son importantes. Pero los grandes escritores nos han acostumbrado a poner en primer lugar la libertad de pensamiento y de expresión. Si en la vida cotidiana aquellos a quienes se ha calificado de «inferiores» aspiran también a una mayor libertad, ¿es raro que la palabra haya despertado también aspiraciones en una mitad del género humano –nos referimos a las mujeres- hasta entonces sometida a la otra mitad? Fue precisamente en el siglo de las Luces donde brotaron las primeras reivindicaciones de lo que en el siglo siguiente se llamará «feminismo». Habrá que esperar al siglo XX para ver perfilarse el derecho de igualdad de la mujer y el hombre” (De “El siglo de las Luces”-Ediciones Guadarrama-Madrid 1969).
Cuando a Marcos Aguinis le preguntan acerca del vínculo entre hombres y mujeres, responde: "Ésta es una historia vinculada al desarrollo de la cultura que ha tomado este sello como consecuencia de las organizaciones que se fueron armando hace unos cinco o seis mil años, cuando se estableció el patriarcado y se comenzó a realizar una distribución de tareas. El hombre, por su mayor desarrollo muscular, era el que se encargaba de salir de la cueva y cazar a los animales y traer comida al hogar, donde la mujer estaba encargada de los hijos que tenía que criar y de preservar el fuego".
"La mujer quedó convertida en una inválida que solamente estaba destinada a tareas muy pequeñas. Incluso, bajo la supervisión permanente del hombre, la mujer pasa de la mano del padre a la mano del marido y por ahí a las manos del hijo, como si fuera una criatura inválida, y esto es sostenido actualmente por los grupos ortodoxos fundamentalistas, que afirman que esa marginación a la que está sometida la mujer está vinculada al amor que se le tiene y al cuidado que existe para protegerlas, como si no pudiesen defenderse solas". (De "Juego de opuestos" de Leonor Benedetto-Grupo Editorial Norma-Buenos Aires 2003).
Mientras que el feminismo auténtico observa con preocupación el relego de las mujeres en los países musulmanes, los movimientos pseudofeministas, por el contrario, aliados a la izquierda política y al islam, callan con un silenco cómplice ante tal aberración social. Sólo se encargan de sembrar el odio tendiendo a separar hombres y mujeres en países de Occidente.
El pseudofeminismo se basa principalmente en la visión negativa de los hombres, visión que puede asociarse al siguiente escrito de Giovanni Papini: “A las mujeres los hombres les han regalado piedras, perlas, rentas; para ellas han construido casas, conquistado reinos, escrito volúmenes de cantos. Las han halagado e injuriado, han lamido el polvo donde se posarán sus pies, han llorado lágrimas de ansiedad y de celos, han matado a hombres y se han matado. Pero no han hecho nada por hacerlas distintas. Las han visto siempre como cuerpos para ser gozados, como siervas para explotar, como vientres para fecundar, como ídolos para incensar, como propiedades que otros envidian o acechan. Nunca como almas inmortales, como hermanas necesitadas de luz y ayuda. Si el hombre –invirtiendo las palabras del Apóstol- fue el arrepentimiento de Dios, la mujer debería ser el vergonzoso remordimiento del hombre” (De “Informe sobre los hombres”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1979).
La igualdad tan ansiada entre hombres y mujeres ya viene "resuelta" teóricamente en el "Amarás al prójimo como a ti mismo". Sin embargo, en la actualidad se advierte un rechazo generalizado contra el cristianismo y un auge sorprendente del Islam, especialmente en Europa, en donde, a éste, las pseudofeministas apoyan, a pesar del existente y excesivo predominio del hombre musulmán.
La instauración de “teorías feministas”, que se oponen a la ciencia experimental, constituye otra forma de mantener y de crear nuevos conflictos que se suman a los ya existentes. Mario Bunge escribió al respecto: “Nuestro último ejemplo de contaminación ideológica de los estudios sociales será la «teoría feminista» de moda. Ésta no debe confundirse con el feminismo, un movimiento social progresista sin ataduras filosóficas determinadas. Tampoco hay que confundir el feminismo académico con el estudio científico (sociológico, en particular) de la cuestión femenina, en especial los problemas de los roles y la discriminación sexuales”.
“La «teoría feminista» es una ideología con pretensiones filosóficas que ataca la ciencia «oficial» alegando (pero por supuesto sin probarlo) que es inherentemente «androcéntrica»(o «falocéntrica»). Peor, inadvertidamente ha refritado el irracionalismo inherente a la contrailustración. No le importan las pruebas de verdad porque rechaza la idea misma de verdad objetiva; y afirma que la razón, la cuantificación y la objetividad son condenables rasgos masculinos”.
“Por otra parte, exagera las diferencias sexuales y ve la dominación masculina prácticamente en todas partes. Así, Harding sostiene que sería «ilustrativo y honesto» llamar «manual newtoniano del estupro» las leyes newtonianas del movimiento. La víctima de la violación sería la naturaleza, que por supuesto es femenina. Por otra parte, la ciencia básica sería indistinguible de la tecnología, y la búsqueda del conocimiento, sólo un disfraz de la lucha por el poder”.
“Las «teóricas feministas» nos piden que creamos que la filosofía, la matemática, la ciencia y la tecnología han estado hasta ahora «cargadas de género» y que, además, son herramientas de la dominación masculina. Desde luego, no ofrecen prueba alguna a favor de su tesis, presumiblemente porque la preocupación por la verdad objetiva es androcéntrica. Tampoco proponen una vislumbre de las ideas y métodos que caracterizan, digamos, las reglas de inferencia femeninas o la mecánica celeste femenina, en contraste con las generalmente aceptadas. Naturalmente, es mucho más fácil discutir «paradigmas masculinos» imaginarios y desestimar lo que uno no entiende, que construir la autodenominada ciencia sucesora, un sustituto presuntamente superior de la única ciencia que tenemos –y que las mujeres cultivan cada vez más-. En resumen, la ciencia femenina es tan inexistente como la ciencia aria; lo que pasa por tal es sólo una superchería académica. Lo mismo la filosofía feminista: la genuina filosofía es tan asexuada como la matemática y la ciencia auténticas” (De “Las ciencias sociales en discusión”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1999).
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