viernes, 8 de mayo de 2026

El problema del mal

El mal en el mundo, asociado al sufrimiento humano, pone en duda algunas creencias básicas asociadas a las religiones monoteístas. Quizás la mayor controversia provenga de las posibles intervenciones de Dios en los acontecimientos humanos. Claude Tresmontant escribió: "El problema del mal es un problema clásico, técnico, que se enuncia de la siguiente manera: ¿Cómo se puede conciliar la idea de Dios propuesta por el judaísmo, el cristianismo y el islam, es decir, la idea de un Dios creador, trascendente al mundo, todopoderoso y bueno, con el hecho de la existencia del mal en el mundo?".

"Naturalmente, también se puede plantear de otra forma el problema del mal, dentro de un sistema de referencia distinto, como el monista por ejemplo; sin embargo, el hecho es que se ha venido planteando así desde hace veinte siglos, en contra del monoteísmo hebreo".

"Planteado en estos términos, el problema del mal pasa a ser insoluble. Tiene la reputación de ser insuperable. Desde hace veinte siglos es así un arma que lucha en contra del monoteísmo hebreo, judío, cristiano o musulmán" (De "Ciencias del universo y problemas metafísicos"-Editorial Herder SA-Barcelona 1978).

Cuando se habla acerca del sufrimiento humano, debe distinguirse entre el producido por los seres humanos, que resulta evitable, del sufrimiento producido como consecuencia de cataclismos naturales, inevitable en principio, si bien algunos de ellos previsibles. Puede decirse que el sufrimiento humano es una medida del grado de desadaptación del ser humano respecto del orden natural, debido al desconocimiento o bien a la ignorancia de las principales leyes de supervivencia con que nos ha provisto dicho orden.

Si tenemos presentes las diversas catástrofes sociales, como las ocurridas durante el siglo XX asociadas a los totalitarismos, surge el interrogaante acerca de por qué el Dios que interviene en los acontecimientos humanos no le envió alguna "enfermedad" a Mao, Stalin o a Hitler de manera que, de esa forma tan sencilla, hubiese evitado tanto sufrimiento en la humanidad. Todo parece indicar, no que Dios no se interesa por los seres humanos, sino que no interviene en los mismos y que el mundo sólo está regido por un conjunto de leyes naturales invariantes.

Ante esta evidencia, quienes defienden la hipótesis de la existencia del Dios vivo, que ampara con sus decisiones a la humanidad, incluyen lo sobrenatural, que contempla la posibilidad de compensaciones en un mundo paralelo. Tal posibilidad no puede afirmarse ni tampoco negarse, sólo hay que tener un poco de "paciencia" para ver lo que ocurre al final de nuestra vida. Albert Einstein, quien dijo "Mi Dios es el Dios de Spinoza", adopta la visión de un universo autoorganizado y se opone al universo teledirigido por un Dios personal. Albert Einstein escribió: “Cuanto más imbuido está un hombre de la ordenada regularidad de todos los acontecimientos, más firme se hace su convicción de que nada queda, por causas de diversa naturaleza, fuera de esta ordenada regularidad”.

“Sin duda, la doctrina de un Dios personal que se interpone en los acontecimientos naturales nunca podría ser refutada, en el real sentido de la palabra, por la ciencia, pues esta doctrina puede refugiarse siempre en dominios en que el conocimiento científico no ha puesto pie aún”.

“Pero estoy persuadido de que tal proceder por parte de los representantes de la religión no sólo sería indigno, sino también fatal. Pues una doctrina que no es capaz de sostenerse a la faz del día sino solamente en la oscuridad, necesariamente perderá su efecto sobre la humanidad, con incalculable daño para el progreso del hombre.” (De “De mis últimos años”-Aguilar SA de Ediciones-México 1969).

Por otra parte, Paul Tillich escribió: "Hace algunos años, Einstein pronunció una conferencia sobre «Ciencia y religión» que suscitó gran oposición entre las personas religiosas y los teólogos, ya que rechazaba la idea de un Dios personal. Si no se hubiera tratado de Einstein, el gran innovador de nuestras ideas acerca del mundo físico, sus argumentos, con toda probabilidad, no habrían provocado conmoción alguna porque no eran nuevos ni decisivos".

"Einstein atacó la idea de un Dios personal por estas cuatro razones: la idea no es esencial para la religión; es producto de supersticiones primitivas; es contradictoria en sí misma; está en abierta oposición con el enfoque científico del mundo". (De "Teología de la cultura y otros ensayos"-Amorrortu Editores SA-Buenos Aires 1974).

El principal medio que disponemos para evitar el sufrimiento humano es el desarrollo individual de la empatía emocional. Tal condición implica la predisposición a compartir penas y alegrías ajenas como propias, lo que constituye la esencia de la ética bíblica. Esta actitud a adoptar, constituida por el "Amarás al prójimo como a ti mismo", ha quedado relegada casi totalmente en las discusiones de tipo filosófico mantenidas por los teólogos. Incluso, para mantener vigente la idea de lo sobrenatural, han establecido una especie de "amor sobrenatural" rechazando en cierta forma a la empatía emocional, con la destrucción concreta de la ética bíblica, haciéndola totalmente ineficaz. Jacques Leclercq escribió: “La palabra Caridad significa el amor cristiano, comporta un grado superior a la simple palabra amor. La Caridad es el amor sobrenatural, el amor que la vida divina hace posible. La gracia hace radicalmente capaz de conocer a Dios, tal como es y de amarlo como merece: divinamente. La Caridad es tal amor” (De “Ensayos de moral católica” (I)-Ediciones Pax et Bonum-Buenos Aires 1953).

Podemos hacer una analogía con lo que sucede en la economía. Por una parte tenemos el intercambio directo de bienes entre las personas A y B, siendo éste el proceso básico de la economía de mercado. Tal intercambio requiere de la existencia previa de la voluntad de las partes de “ponerse en el lugar del otro” para que resulte un beneficio simultáneo de ambas. Este sería el caso de la postura deísta.

Por otra parte, tenemos la economía socialista en la que ya no existe el intercambio directo entre A y B, ya que A entrega su producción al Estado y luego el Estado la redistribuye para que llegue a B. No existe esta vez un vínculo directo y exclusivo entre ambas personas. Esto último se parece a la Caridad antes mencionada en el sentido de que primero se propone amar a Dios y luego a los hombres. Incluso en este caso se supone que el “premio”, por haber compartido las penas y las alegrías de nuestros semejantes, no surge en forma inmediata de ese sentimiento, sino que será Dios quien en el momento, o posteriormente, nos premiará por nuestra conducta.

Entonces puede caerse en un amor interesado en nuestro propio beneficio, como es el caso del que espera la vida eterna suponiendo que un Dios justiciero “anota en una libreta” todas nuestras acciones para retribuirnos al final de nuestra vida según haya sido nuestro comportamiento. El “amor sobrenatural” puede conducir a estos excesos.

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