Quienes perdieron de vista el sentido universalista que debería predominar en todos los seres humanos, adoptando posturas nacionalistas, desinteresándose por los demás países, son los que hacen reclamos en contra los imperialismos y los colonialismos, que surgen justamente del nacionalismo que ellos mismos pregonan, aunque esta vez advertido en otros países. Walter Theimer define al nacionalismo de la siguiente manera: “Sentimiento nacional exagerado, estimación demasiado alta de los valores de la propia nación frente a otros pueblos, aplicación de criterios nacionales a cosas que deberían considerarse desde un punto de vista general y, además, el anhelo de imponer a otros la propia idiosincrasia, lengua o modo de expresión. El sentimiento nacional no es en sí todavía nacionalismo” (Del “Diccionario de Política Mundial”-Miguel A. Collia Editor-Buenos Aires 1958).
Los nacionalistas siempre han visto con malos ojos el comercio internacional, suponiendo que, en el mejor de los casos, con tal intercambio se beneficia el país extranjero junto con el propio. Aunque para un egoísta, lo peor implica favorecer al extranjero, por lo que prefiere que nadie se beneficie: “Muchas veces se ha señalado que el trazado de nuestra red ferroviaria –una proeza del liberalismo: 43.500 kilómetros de rieles, que superaban en extensión a los de toda la región juntos- había sido orientado hacia el puerto. Ese trazado –se dice- estaba destinado a extraer las riquezas del país en beneficio de la potencia imperial. Pero ¿es que acaso progresaron tanto como la Argentina, en términos económicos y sociales, los otros países de la región que carecían de ferrocarriles diagramados por «cipayos»?” (De “La Argentina acosada” de Emilio Perina-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1996).
Los “defensores de la patria” ante la “dependencia económica”, asociada al comercio internacional, se basan en la idea errónea de que en todo intercambio alguien gana y alguien pierde, en vez de suponer que la mayor parte de los intercambios comerciales se realizan porque ambas partes salen favorecidas. Araceli Bellota escribió: “Jauretche y sus compañeros se van a levantar contra este modelo y consideran necesario revisar la historia para poder, entonces sí, tener un pensamiento nacional, que tenga que ver con la construcción de un país, que nos convenga a nosotros y no a los otros, en este caso a Inglaterra” (Citado en “Héroes de un país del Sur” de M. Ruiz Guiñazú-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2011).
El nacionalismo católico pretende esencialmente restaurar la sociedad medieval en la que la Iglesia predomina sobre la política y la economía; de ahí la oposición a todas las demás tendencias sociales. David Rock escribió: “Como los contrarrevolucionarios europeos, los nacionalistas argentinos se consideraban la «proyección del pasado en el futuro» y pretendían reconstruir un gobierno conservador y autoritario, y restaurar el poder temporal de la Iglesia, particularmente en lo relativo a la educación. Se identificaban a través de la «fuerza de sus negaciones», dirigidas principalmente en contra del mundo moderno, al que reducían a un conjunto de abstracciones cosificadas: liberalismo e individualismo, democracia y capitalismo, socialismo, comunismo y «cosmopolitismo», judaísmo y masonería” (De “La Argentina autoritaria”-Ariel-Buenos Aires 1993).
El nacionalista católico, pareciendo desconocer los planteamientos del liberalismo, presupone que la democracia política tanto como la democracia económica resultan incompatibles con el cristianismo. Sin embargo, ambas democracias son formas organizativas eficaces, basadas en el requisito de partir de niveles éticos adecuados que requieren de la religión moral, entre otros medios culturales, para su pleno funcionamiento. Julio Meinvielle escribió: “La sociedad política medieval es un organismo rebosante de salud, porque era obra de la sociedad espiritual, que con sus dones del Cielo inspiraba y creaba desde dentro el orden normal de la vida humana”.
“Y con esto ya tendríamos lo suficiente para formular las leyes de la política humana, y por lo mismo verdadera, y puesta al servicio del hombre. Y ésta no sería individualista, ni liberal, ni democratista, como imaginó Rousseau; ni organicista, ni estatista, como han fingido los filósofos y juristas salidos de Hegel. Sería una política humana” (De “Concepción católica de la política”-Ediciones Theoria-Buenos Aires 1961).
Quienes consideran que la sociedad estratificada y jerárquica de la Edad Media es la mejor opción, se oponen férreamente al liberalismo por cuanto éste propone la movilidad social. En una sociedad democrática, el pobre puede llegar a rico y el rico puede hacerse pobre. Por el contrario, en sociedades basadas en el privilegio de clase, los méritos productivos no cuentan, sino que lo que cuenta es el carácter hereditario del poder y la riqueza.
Una figura representativa del nacionalismo argentino fue Manuel Gálvez. Al respecto, Juan José Sebreli escribió: “Entre los nacionalistas hay tantas diferencias que debe hablarse de nacionalismos en plural. Los tres padres fundadores, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Ricardo Rojas, diferían entre sí; el primero despreciaba a los otros dos y éstos recíprocamente a aquél”. “De los tres, Gálvez era el más típicamente nacionalista, casi un estereotipo. En una síntesis abarcadora –aunque no exenta de contradicciones- reunió en sí las características de todas las formas de nacionalismo posibles: fue católico, antiliberal, antiimperialista, hispanista, rosista, yrigoyenista, peronista, fascista y antisemita vergonzante” (De “Crítica de las ideas políticas argentinas”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2002).
El nacionalista antiliberal no sólo desconfía del comercio internacional, sino de la inmigración extranjera como posible “contaminante” de la nacionalidad. Ricardo Rojas escribió: “La República Argentina, desde los tiempos de la organización constitucional hasta nuestros días, se ha desenvuelto con la moral de las palabras de Flavio. Fueron las «Bases» de Alberdi el evangelio de tan peligrosa doctrina. El resobado tema gobernar es poblar, cien veces mentado por quienes no sabrían indicar la página donde lo aprendieron, se tornó absoluto al destacarse del texto originario y del sistema de ideas que lo limitaba. No fue todo error de Alberdi, la política de cosmopolitismo sin arraigo y de inmigración sin historia, que de semejante fórmula se generara. Fue sobre todo error de sus escribas, error de los que deformaron el pensar del maestro, quienes creyeron que para fundar un gran pueblo bastaba aglomerar una población numerosa. Pero ante las consecuencias que esa política antinacionalista ha comportado, y en presencia de circunstancias adversas que sus propios inspiradores no pudieron prever, llega oportuna la respuesta de Armiño, que opone a las grandezas venales el nombre de la patria y de sus dioses, las tradiciones en peligro, el espíritu de los tiempos y la tierra que cohesiona los hombres en comunidad nacional”.
Por otra parte, Roberto F. Giusti opina sobre Ricardo Rojas: “Quiere Rojas que el que aquí labra su fortuna y funda un hogar sea argentino, y no que pretenda convertir en colonia de su patria la patria que acoge, traicionando a ésta y traicionando a sus hijos”. “No comprendo, pues mis ojos nada ven de lo antedicho. El extranjero que aquí ha labrado, o no, su fortuna, si a los cinco años puede aún mirar con indiferencia al país, a los quince ya ha aprendido a amarlo y a desear fervientemente su prosperidad. Ese extranjero jamás ha pensado en convertir en colonia de su patria esta tierra, al menos que yo sepa”. “Se me ocurre que Ricardo Rojas debe haber frecuentado escasamente los hogares extranjeros, y entre ellos, los italianos” (De “El pensamiento de los nacionalistas”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2010).
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