martes, 24 de febrero de 2026

Protegiendo al invasor

La izquierda europea protesta por la implantación forzada del cristianismo durante la colonización de América, ya que aducen que no se respetaron las costumbres, tradiciones y culturas de los pueblos primitivos. Pero los mismos izquierdistas acusan al sector de los europeos actuales que se opone a la islamización de sus países, calificándolos de "fascistas" y "racistas", que promueven "mensajes de odio". En estos casos se advierte el permanente racismo anti-blancos promovido por los "amorosos" izquierdistas.

En los casos mencionados es conveniente tener presentes los resultados que producen las distintas culturas o civilizaciones, ya que no es lo mismo promover el "amor al prójimo" que el "odio a los infieles".

El anti-occidentalismo, o racismo anti-blancos, ha sido reconocido recientemente por la izquierdista española Irene Montero, quien admitió que el apoyo a la colonización islámica-africana de Europa lleva como finalidad el "reemplazo poblacional" de "fascistas y racistas", es decir, el reemplazo, en suelo europeo, del hombre blanco occidental por el africano y el islámico.

El principal problema es el peligro real que presenta el Islam, ya que promueve una violencia extrema contra los adeptos de otras religiones mientras intenta establecer un totalitarismo teocrático en todo lugar en donde sus seguidores constituyan una mayoría. Y todo ello está escrito en el Corán, inspirado en Dios o incluso "dictado" por Dios al profeta, según las diversas creencias. Oriana Fallaci escribió, dirigiéndose principalmente a los colaboracionistas cómplices con el Islam: "Pese a las guerras, las masacres y los homicidios de todo tipo ungen con el calificativo de santo, a un camellero bárbaro y asesino que sólo quería la destrucción de todos aquellos que no aceptaban ser sometidos por su soldadesca. El autor de un libro que parece escrito por Satanás y que ustedes osan tratar con el mismo respeto con que se trata a los Diez Mandamientos y los Evangelios".

"Me cuesta creer que una Iglesia que en nombre de la Vida lucha contra la masacre de embriones y el aborto ponga en el mismo plano a los Evangelios y el Corán, es decir, un libro, un Mein Kampf, que prohíbe pensar distinto del camellero".

"¿Realmente tenemos que volver al Coliseo y dejarnos comer por los leones para sobrevivir, o al menos ir al Paraíso? Me parece una decisión, además de insensata, ilógica, absolutamente idiota. La única explicación es que haya, detrás de tal decisión, una estrategia política que me resulte inasible. Pero en tal caso la estrategia sería bastante cínica, ya que (por ahora) requiere el martirio de los curas asesinados en la iglesia y de las mujeres cristiano-maronitas; los incendios hoy en las embajadas, mañana de las iglesias y pasado mañana de nuestras casas. Precios frente a los cuales el pueblo terminaría, o mejor dicho, terminará por rebelarse. Empezando por el pueblo de los fieles" (De "La vida es una batalla de cada día"-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2018).

La citada autora, consciente del peligro que afronta la civilización occidental ante el embate islámico, ataque apoyado por la izquierda política y promovido irresponsablemente por los colaboracionistas de sectores de la Iglesia, hace unos 20 años atrás, dirigía un mensaje para evitar la destrucción cultural del sector occidental y, posteriormente, de todo el planeta: "¿Qué más quieren? ¿Qué más necesitan para admitir lo que saben perfectamente bien, pero no quieren reconocer, por miedo, hipocresía o conveniencia? Es decir, que estamos en guerra: una guerra que ellos declararon. No nosotros. Que se da de todas las formas posibles, es decir, con sangre, asesinatos, incendios de embajadas (¿para cuándo los de iglesias?) y con amenazas, palabras y persecusiones como las que sufro yo, por ejemplo, con decapitaciones reales o simuladas. ¿Qué más quieren? ¿Qué otra cosa necesitan para despertar y comprender que es preciso defenderse?".

"¿Qué más quieren? ¿Qué más necesitan para comprender que nuestra libertad está en peligro, que está en peligro nuestra civilización, que la democracia está inerme, es débil, es suicida? ¿Qué más quieren? ¿Qué más necesitan para salir de la inercia, o mejor dicho de la servidumbre en la que se han atrincherado para proteger a sus propios atacantes, a sus propios invasores, a sus propios enemigos?".

En la mayoría de los gobernantes europeos se hace evidente una actitud de encubrimiento de todo acto delictivo realizado por los colonizadores africanos e islámicos. De esa manera no sólo perjudica a las víctimas europeas, sino que estimulan los actos delictivos que no reciben sanciones, sino, incluso, que los observan con cierto beneplácito, algunos con resignación, como los futuros amos de Europa.

A continuación se menciona un artículo al respecto:

LA VIOLENCIA SEGÚN MACRON: UN MANUAL DE CINISMO INSTITUCIONAL

Por José Luis Milia

El presidente Emmanuel Macron -con la solemnidad de un mesías de cuarta que cree que sus palabras son decretos divinos- calificó en su cuenta de X el asesinato de Quentin Deranque, joven francés de derecha, como “un estallido de violencia sin precedentes”.

La frase suena tan hueca que uno no sabe si Macron es cínico, ciego, mentiroso… o todo eso junto. Porque si esto fue “violencia sin precedentes”, ¿dónde estaba el señor presidente la noche del 13 de noviembre de 2015, cuando París y Saint-Denis se convirtieron en un campo de batalla?

Aquella vez, los ataques coordinados de islamistas suicidas- tiroteos en bares y restaurantes, rehenes asesinados en Le Bataclan, explosiones en el Stade de France- dejaron 130 muertos y más de 400 heridos. El Estado Islámico se adjudicó la masacre. Pero claro, para Macron aquello debe haber sido apenas un malentendido urbano.

La izquierda, mientras tanto, sigue con su catecismo hipócrita. “La derecha es violenta”, repiten, mientras ellos mismos asesinan, amedrentan y organizan linchamientos. “La derecha es facha”, gritan, mientras montan escraches, cancelaciones y persecuciones. “La derecha es perversa”, pontifican, mientras sus intelectuales relativizan la pedofilia o defienden abusadores.

La izquierda te mete preso por un gesto, pero su tradición es, como hoy hace en España, soltar violadores y aliarse con los asesinos de ETA. El doble estándar ya no es un síntoma, es su ADN.

Y la pregunta incómoda nunca se responde: ¿Cuántos de los asesinos de Quentin eran franceses?

Porque el linchamiento progre es global; son los mismos delincuentes con la misma mentalidad asesina que en la Argentina de los ’70 sembró el país de víctimas, reciclados hoy con el sello woke.

LA GRAN ESTAFA

El wokismo fue la gran estafa de la izquierda. Transformó sociedades en bombas de tiempo, multiplicó divisiones, introdujo la censura bajo el disfraz de “combate a la desinformación” y dejó como herencia impuestos para sostener migrantes y los pobres que ellos generaron, desempleo nativo y un intervencionismo económico que asfixia.

La inmigración descontrolada tampoco es “inclusión” ni “diversidad”: es un problema monumental para la sociedad y la economía. Pero decirlo es pecado, porque el progresismo convirtió la mentira en religión y la censura en sacramento.

Macron, con su teatral indignación, no hace más que confirmar lo obvio: el verdadero “estallido sin precedentes” no es el crimen de Quentin, ni siquiera la violencia que desgarra a Francia. Es la hipocresía institucional, esa maquinaria que convierte tragedias en excusas y que se alimenta de la mentira como si fuera dogma.

(De www.laprensa.com.ar)

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