En la Edad Media, el hombre tenía del mundo una visión bastante distinta de la que tenemos hoy. El hombre medieval suponía ocupar un lugar preferencial en el Universo. Ello se debía a que, por ser el hombre una creación de Dios, y porque el mismísimo Dios se había hecho hombre, no podía ocupar otro lugar que no fuera el centro del Universo. Morris Berman escribió: “La visión del mundo que predominó en Occidente hasta la víspera de la Revolución Científica fue la de un mundo encantado. Las rocas, los árboles, los ríos y las nubes eran contemplados como algo maravilloso y con vida, y los seres humanos se sentían a sus anchas en este ambiente. En breve, el cosmos era un lugar de pertenencia, de correspondencia. Un miembro de este cosmos participaba directamente en su drama, no era un observador alienado. Su destino personal estaba ligado al cosmos y es esta relación la que daba significado a su vida” (De “El reencantamiento del mundo”–Cuatro Vientos Editorial-Buenos Aires 1990).
El primer ataque que recibe la antigua imagen del mundo proviene de Copérnico, quien propone al Sol como centro del Universo conocido. Pronto aparecen las protestas de quienes se aferran a la antigua visión. Incluso argumentan que la Biblia afirma que “Josué ordenó al Sol que se detenga….”; lo que implica que es el Sol el que se mueve y no la Tierra. Nicolás Copérnico escribió: “Al pensar yo conmigo mismo, cuán absurdo estimarían esta cantinela aquellos que, por el juicio de muchos siglos, conocieran la opinión confirmada de que la Tierra inmóvil está colocada en medio del cielo como su centro, si yo, por el contrario, asegurara que la Tierra se mueve; entonces largo tiempo dudé en mi interior, si dar a la luz mis comentarios escritos sobre la demostración de ese movimiento o si, por el contrario, sería suficiente seguir el ejemplo de los pitagóricos y de algunos otros, que no por escrito, sino oralmente, solían transmitir los misterios de su filosofía únicamente a amigos y próximos…” (Del Prefacio de “Sobre las revoluciones”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).
Comienza una época de conflictos entre los partidarios de Copérnico y sus opositores. Incluso Giordano Bruno termina sus días en la hoguera y Galileo Galilei debe abjurar de su postura. El propio Galileo ofrece el telescopio a sus adversarios para que puedan observar algunas pruebas que favorecen al modelo copernicano. La negativa de éstos no se debió sólo al temor de tener que abandonar la antigua visión del mundo, sino a sentirse desplazados del lugar privilegiado que los aristotélicos ostentaban en el campo del conocimiento. El que se somete intelectualmente, no busca la verdad, sino que trata de estar en la cima del mundo intelectual y del conocimiento. Por ello defiende con inusitada obcecación la veracidad absoluta del libro que mejor conoce, ya se trate de la Biblia, de las obras de Aristóteles o de quien sea.
Los argumentos bíblicos se suman a la visión de los aristotélicos. Juan García Font escribió: “Por encima del mundo terrestre, formado pos substancias alterables, existe una mejor realidad: la sustancia celeste. Aristóteles no es aquí del todo original. Sigue al platónico Eudoxo y a un tal Calipo. Nuestro filósofo considera que el universo es una esfera eterna, pero limitada. Justo en el centro, se halla la Tierra; en torno gira una serie de esferas concéntricas de una materia muy sutil, éter, quinta sustancia o elemento, que más adelante se denominó «quintaesencia». Los planetas, entre los que se incluían el Sol y la Luna, ocupan su lugar en las esferas. La más distante es el Primer Cielo donde se hallan las estrellas fijas. Un Motor inmóvil, Acto puro, en «contacto» muy especial con la más lejana esfera, mueve toda realidad. El movimiento de la esfera remota es circular y perfecto, pero ya no ocurre así con los astros próximos a la Tierra…” (De “Historia de la Ciencia”-Ediciones Danae SA-Barcelona 1974).
Galileo observa con su telescopio que las sombras sobre la superficie lunar siguen las mismas leyes que en la Tierra, lo que constituye un indicio de que el mundo estelar no es demasiado distinto al terrestre. Luego se conocerá como “principio de Galileo” al que afirma la universalidad de las leyes de la naturaleza. Abdus Salam escribió: “Al-Biruni, que yo sepa, fue el primer físico que declaró explícitamente que los fenómenos físicos producidos en el Sol, la Tierra y la Luna obedecen las mismas leyes”. “Este era uno de los «argumentos» que ocupó los espíritus de los hombres de la Edad Media. Evidentemente no podría haber una ciencia universal si las leyes básicas dependieran del lugar en que estuviéramos situados en el universo o del momento en que hiciéramos los experimentos”.
“Esta idea engañosamente simple constituye la base de toda la ciencia tal como la conocemos. Lo mismo formuló y demostró independientemente Galileo seiscientos años después. Galileo empleó su telescopio (importado de Holanda) para observar las sombras proyectadas por los montes de la Luna. Al correlacionar la dirección de las sombras con la dirección de la luz solar, Galileo pudo afirmar que las leyes que producen la sombra eran las mismas en la Luna que en la Tierra. Esta fue la primera demostración del principio fundamental –conocido ahora como la «simetría de Galileo»- que afirmaba la universalidad de las leyes de la física” (De “La unificación de las fuerzas fundamentales”-Editorial Gedisa SA-Barcelona 1991).
Luego Johannes Kepler encuentra que los planetas describen trayectorias elípticas, y no circulares, como se suponía desde la época de los griegos. Finalmente Isaac Newton fundamenta la nueva visión del mundo que emerge con la aparición de la era científica estableciendo las leyes de la mecánica y de la gravitación universal. Johannes Kepler escribió: “Aunque es piadoso considerar desde el mismo comienzo de esta discusión sobre la Naturaleza si se ha dicho algo contrario a las Sagradas Escrituras, considero inoportuno, no obstante, suscitar aquí esta discusión antes de que se me exija. Prometo en términos generales que no diré nada que ofenda a las Sagradas Escrituras, y si Copérnico junto conmigo apareciese convicto de algo, sea esto tenido por no dicho. Y siempre ha sido ésta mi intención desde que empecé a tener conocimiento de los libros “Sobre las Revoluciones” de Copérnico” (De “El secreto del universo”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).
En el siglo XIX otro hecho golpea la creencia del hombre de la época. Charles Darwin propone la teoría de la evolución por selección natural. Con ella se hace comprensible la realidad del proceso evolutivo y un alejamiento de las interpretaciones textuales de la Biblia. El hombre no apareció como una creación directa de Dios, sino a través de una creación indirecta, implícita en los intrincados procesos de la materia y la vida. La imagen de un Dios todopoderoso capaz de crear al mundo mediante acciones mágicas, fue dando lugar a un Dios “todointeligente” capaz de vislumbrar todo lo existente, incluido al hombre, bajo una especie de “deducción lógica” a partir de las leyes de las partículas fundamentales, en las cuales existiría potencialmente todo lo demás y que aparecerá bajo la presión de las probabilidades y de un tiempo muy extenso. Thomas H. Huxley escribió: “La más antigua de todas las filosofías, la de la evolución, estuvo maniatada de manos y pies y relegada a la oscuridad más absoluta durante el milenio de escolasticismo teológico. Pero Darwin infundió nueva savia vital en la antigua estructura; las ataduras saltaron, y el pensamiento revivificado de la antigua Grecia ha demostrado ser una expresión más adecuada del orden universal de las cosas que cualquiera de los esquemas aceptados por la credulidad y bien recibidos por la superstición de setenta generaciones posteriores de hombres” (Citado en “Cosmos” de Carl Sagan-Editorial Planeta SA-Barcelona 1980).
Paulatinamente se vio la necesidad de tomar como referencia a la naturaleza, la obra de Dios, para interpretar adecuadamente las simbologías bíblicas. De lo contrario, tomando como realidad a las propias simbologías, se llega a una visión totalmente distorsionada de la realidad.
Pero el desencantamiento del mundo no termina ahí. En el siglo XX, cuando Edwin Hubble y otros astrónomos descubren la expansión de las galaxias, se llega a la conclusión de que existen unas cien mil millones de estrellas por galaxia, y que existen unas cien mil millones de galaxias en el Universo. La pequeñez del hombre, la Tierra, e incluso de todo el sistema planetario solar, es asombrosa. Eduardo Battaner López escribió: “En su libro «The Realm of the Nebulae» (1936) él [Edwin Hubble] nos lo resumió, explicándonos cuáles fueron sus cuatro grandes aportes a la astronomía: a- La clasificación galáctica, b- La demostración de que existían los llamados «universos islas», o bien galaxias muy distantes de nuestra propia Vía Láctea, aumentando extraordinariamente nuestra percepción de las verdaderas dimensiones del universo, c- La llamada «ley de Hubble». Las galaxias se alejan más de prisa cuanto más lejos están y d- La homogeneidad del universo” (De “Hubble. La expansión del universo”-RBA Coleccionables-Buenos Aires 2015).
Morris Berman escribe: “Durante más del noventa y nueve por ciento del transcurso de la historia humana, el mundo estuvo encantado y el hombre se veía a sí mismo como parte integral de él. El completo reverso de esta percepción en meros cuatrocientos años, o algo así, ha destruido la continuidad de la experiencia humana y la integridad de la psiquis humana. Al mismo tiempo, casi ha conseguido arruinar por completo el planeta. La única esperanza, al menos así me parece a mí, yace en el reencantamiento del mundo”.
En la actualidad es posible encontrar una visión del hombre que nos ubica en una posición preferencial. No se debe precisamente a nuestras dimensiones espaciales, sino a que nos podemos sentir como la meta final aparente del proceso evolutivo. Todo parece indicar que existe una tendencia a la aparición de mayores niveles de complejidad y de conciencia. Somos el objetivo final de una secuencia que va desde las partículas fundamentales, átomos, moléculas, células, organismos, hasta llegar a la vida inteligente. Incluso nuestra propia adaptación cultural y su éxito posterior dependen enteramente de nosotros mismos.
Así como la grandeza de Dios no radica tanto en su poder de decisión, como supone la religión revelada, sino en su inteligencia previsora, como supone la religión natural, la grandeza del hombre no radica en nuestras dimensiones ni en el lugar ocupado en el Universo, que incluso carece de un centro definido, sino que depende de nuestra inteligencia, es decir, de nuestra capacidad para procesar información. Blaise Pascal escribió: “No debo buscar mi dignidad en el espacio, sino en mi pensamiento”. “Si fuera por el espacio, el universo me rodearía y me tragaría como a un átomo; pero por el pensamiento, yo lo comprendo” (Citado en “Cosmos”).
lunes, 10 de agosto de 2015
domingo, 9 de agosto de 2015
La ciudad de Dios vs. la ciudad del hombre
Para describir el desarrollo histórico de la humanidad, San Agustín recurre a una imagen ficticia en la cual compiten dos clases de hombres: los que adhieren al Bien y los que adhieren al Mal. Esta visión es compatible con las enseñanzas bíblicas, ya que la Biblia trata esencialmente acerca de la lucha histórica entre ambos bandos. En la actualidad decimos que el Bien es la actitud de quienes cooperan con los demás, por lo que se adaptan al orden natural, mientras que el Mal es la actitud de quienes rehuyen de hacerlo, existiendo una transición gradual entre ambos extremos. Marcelo D. Boeri y Antonio D. Tursi escribieron:
“En «La ciudad de Dios» Agustín piensa la historia de la humanidad como la historia de la (o para la) salvación, en el sentido cristiano del término. Dios es el creador de las dos ciudades, las que en convivencia y en una especie de dialéctica interna van determinando la historia: una ciudad celeste o ciudad de Dios, cuyo fundador es Abel, simbolizada por Jerusalén –la ciudad elegida-, que reúne a justos y santos; y una ciudad terrena o ciudad del Diablo, cuyo fundador es Caín, simbolizada por Babilonia –la ciudad condenada- y que reúne a los impíos. Estas ciudades ni son institución alguna ni tienen una ubicación geográfica, muchísimo menos se podría identificar a la ciudad celeste con la Iglesia y a la terrena con el Estado; sino que cada hombre en virtud de su libre elección se convierte en ciudadano de una u otra ciudad; son, pues, se podría decir, categorías morales”.
“Los habitantes de la ciudad terrena eligen el amor a sí mismos, el gozar de los bienes mundanos como fines en sí mismos, la posesión de la tierra que lleva irremediablemente a la guerra. Los habitantes de la ciudad celeste, en cambio, eligen el amor solidario, el amor a Dios, buscan la paz, la cual, como sus anhelos chocan con los hijos de Caín, debe restaurarse una y otra vez, hasta lograr la paz definitiva en el fin de los tiempos, cuando Dios, como juez justísimo, separe, condene y premie a una y otra ciudad en el juicio final” (De “Teorías y proyectos políticos”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1992).
Durante la Edad Media europea se establece una teocracia papal consistente en el gobierno indirecto de Dios a través de su representante en la Tierra, materializando en cierta forma la visión mencionada. La idea básica Agustín es que la verdad ya ha sido establecida mediante la revelación. Luego, para entender al mundo, hay que confiar en la validez de la misma. E. A. Dal Maschio escribió: “«Si no creéis, no comprenderéis». Esta sentencia, resultado de la traducción libre de un versículo del libro de Isaías… sintetiza el espíritu que impregna todo el pensamiento cristiano durante la Edad Media. Y constituye también el presupuesto sobre el que se articula la reflexión de san Agustín, el obispo de Hipona que se convertiría junto a Pablo en una de las dos personalidades más determinantes en la evolución del cristianismo en sus orígenes”.
“Lo primero que nos llama la atención de la sentencia es que parece invertir el orden que solemos considerar normal en la secuencia del razonamiento: a partir de los diversos argumentos, datos y evidencias disponibles, ponemos en juego nuestra razón para extraer una conclusión u otra a la luz de aquellos. Aquí no, aquí primero viene la verdad y después su comprensión intelectual. Este proceder, al que desde el ámbito de la argumentación racional acusaríamos de ilegitimidad, resulta un cierto sentido lógico si tomamos la perspectiva del creyente (y no cabe duda de que san Agustín lo fue)”.
“Unos y otros, creyentes y no creyentes, coincidiremos en que conocer significa alcanzar la verdad, y en que afirmar lo falso significa incurrir en el error, en la ignorancia. Hasta aquí estaríamos todos de acuerdo. La diferencia sustancial radica en que para el creyente ya estamos en posesión de la verdad (nos ha sido revelada en las Escrituras), por lo que el papel de la razón no puede ser el de descubrirla (¡y mucho menos refutarla!)” (De “San Agustín”-Emse Edapp SL-Buenos Aires 2015).
El procedimiento mencionado, de partir desde la verdad que se posee, negándola a los disidentes y a los infieles, es el método utilizado por los totalitarismos modernos con los nefastos resultados por todos conocidos. Incluso el Islam tiende a imponer un totalitarismo teocrático en Europa ante la mirada cómplice, silenciosa y suicida de los propios europeos.
Si se nos pide describir la diferencia entre religión revelada y religión natural, podemos recurrir a la visión del Dios trascendente, en el primer caso: (Universo = Dios + Naturaleza), y del Dios inmanente, en el segundo caso: (Universo = Dios = Naturaleza). A esta diferencia debe añadirse la referente a la verdad: se parte de ella en la religión revelada y se llega a ella en la religión natural.
Todo indica que, desde el punto de vista ético, existe cierta equivalencia entre ambas, ya que pueden considerarse como dos versiones redundantes que apuntan a un mismo fin, y que, dada su importancia, resulta aceptable que se haya dispuesto de ambas. Otros piensan que la revelación de las verdades del Evangelio proviene de una previa descripción del comportamiento humano por parte de Cristo en una forma similar a la utilizada por la religión natural, siendo un proceso similar al posteriormente utilizado por la ciencia experimental.
Por ser la religión natural mucho más simple que la revelada, parece ser la mejor opción para revertir la conflictiva situación del mundo actual. Concretamente, la de llegar a establecer una teocracia directa en la cual el hombre se hace consciente que la diferencia entre el Bien y el Mal está asociada al grado de aceptación y de cumplimiento del “amarás al prójimo como a ti mismo”, o bien, en la “versión naturalista”: compartirás las penas y las alegrías de los demás como propias. Éste ha de ser el camino para la optimización del comportamiento individual que resolverá la mayor parte de los problemas que aquejan al hombre, especialmente el sufrimiento existente en un gran porcentaje de la humanidad.
Todo ser humano, al ser consciente de esta ley natural elemental, pondrá empeño en orientar sus actos y su vida bajo la perspectiva que le brinda el cristianismo, aunque esta vez bajo la perspectiva de la religión natural. Ello no implica ceder el lugar preferencial de ser el poseedor de la verdad, ya que, según el criterio de que “por sus frutos los conoceréis”, el carácter verdadero del cristianismo se ha de poner en evidencia por sus resultados concretos, logrados parcialmente a nivel masivo hasta ahora. Además, es la forma de unificarse con el método y el espíritu de la ciencia. También servirá para “desarmar” los totalitarismos encubiertos que constituyen un peligro inminente para la humanidad.
En nuestra época, predominantemente científica, la “ciudad de Dios” es el ordenamiento social compatible con las leyes naturales (las leyes de Dios), mientras que la “ciudad del hombre” es el ordenamiento social que no las tiene en cuenta. Si bien puede argumentarse que todas las acciones del hombre son “naturales”, debe agregarse que la primera está constituida por quienes buscan el Bien, mientras que la segunda lo estaría por quienes realizan el Mal. El Bien deriva del amor mientras que el Mal deriva del odio, el egoísmo y la indiferencia.
Quienes consideren que esta interpretación del cristianismo implica una herejía, deben observar que, en realidad, tiende a promover el cumplimento del espíritu de los Evangelios tratando de dar plenitud a la ética cristiana, mientras que la verdadera y gran herejía actual es la que se está desarrollando en el Vaticano con el ascenso de marxistas-leninistas a puestos claves, y quienes, bajo un disfraz cristiano, tratan de imponer la “teología de la liberación”; una ideología esencialmente equivalente al marxismo-leninismo. Chantal Millon-Delsol escribió: “Por esta época, en Occidente, el marxismo-leninismo cosechaba votos entre la clase intelectual. Durante los años más sombríos del stalinismo, el marxismo estaba considerado como una ideología no solamente conveniente, sino también respetable y generosa. Fue necesario esperar a la década del ’70, no antes, para que se desarrollen en la opinión serias sospechas sobre el humanismo soviético. Hasta ese momento, casi no tienen verdaderos adversarios (algunos intelectuales lúcidos, tales J. Maritain, R. Aron, G. Fessard, merecen ser citados; no por una intención apologética, sino para servir a las generaciones venideras), los cuales, por lo demás, son poco escuchados, cuando no acusados de primarismo”.
“La extraordinaria ceguera histórica de los intelectuales occidentales representa uno de los enigmas de la historia de las ideas del siglo XX. Mientras Stalin asesinaba y deportaba millares de inocentes, los espíritus más destacados de Europa bendecían el sovietismo en nombre de los derechos del hombre. Los testimonios contrarios nada podían; eran acusados de mentirosos y traidores. La ideología no aceptaba crítica alguna: se constituyó la crítica en crimen. Se produjo finalmente una situación asombrosa: en la Francia posterior a los «gloriosos treinta», es decir, un país colmado de comodidades y libertad, los intelectuales en forma casi unánime, y la opinión pública detrás de ellos, confesaban una indulgencia sonriente frente a un régimen responsable de genocidios y de la desesperanza de todo un pueblo”.
“Desde el comienzo, no se trata de ignorancia. El periódico «L’humanité» relata en 1917 el mayor acontecimiento que ha tenido lugar tres días después de la toma del poder por Lenin: la supresión de la prensa libre; relata el arresto de los jefes del partido liberal de los cadetes, luego la creación de la Checa en febrero de 1918; la disolución por las armas de la asamblea constituyente en la cual los bolcheviques eran minoritarios, después de las únicas elecciones libres de la historia de Rusia. Los comentarios traducen inquietud. Durante el primer año, los testigos llegados de Moscú informan acerca de la dictadura de los soviets, la violencia, el desprecio por el pueblo y el fracaso económico”.
“Esos testigos no son testigos menores: periodistas de prestigio, diplomáticos, a menudo militantes marxistas. Todos quedan atónitos por lo que han visto. Existen los elementos suficientes como para juzgar al régimen con clarividencia. Lo que jamás se hará. A partir de esta época, y durante cincuenta años, se hará todo lo posible para ocultar los acontecimientos y para justificar, por medio de argumentos a menudo increíbles, lo inocultable. Los primeros años muchos esperan que el episodio del terror no sea más que un momento, aun cuando los soviets son descriptos por los observadores como brutos antes que como teóricos previsores. Más tarde, cuando parecía evidente que el despotismo perduraba, los argumentos adquirían colores diferentes”.
Las ideologías tienden a reemplazar a la realidad, incluso a las prédicas cristianas dentro de la propia Iglesia. “La disociación entre la conducta criminal del régimen soviético y el discurso en Occidente era total. La fe era tan grande que desdibujaba las evidencias. La opinión occidental vivió durante décadas en el círculo mágico de un discurso falso. Tanta fascinación frente a un discurso desconectado es un acontecimiento demasiado raro como para que se lo destaque” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).
“En «La ciudad de Dios» Agustín piensa la historia de la humanidad como la historia de la (o para la) salvación, en el sentido cristiano del término. Dios es el creador de las dos ciudades, las que en convivencia y en una especie de dialéctica interna van determinando la historia: una ciudad celeste o ciudad de Dios, cuyo fundador es Abel, simbolizada por Jerusalén –la ciudad elegida-, que reúne a justos y santos; y una ciudad terrena o ciudad del Diablo, cuyo fundador es Caín, simbolizada por Babilonia –la ciudad condenada- y que reúne a los impíos. Estas ciudades ni son institución alguna ni tienen una ubicación geográfica, muchísimo menos se podría identificar a la ciudad celeste con la Iglesia y a la terrena con el Estado; sino que cada hombre en virtud de su libre elección se convierte en ciudadano de una u otra ciudad; son, pues, se podría decir, categorías morales”.
“Los habitantes de la ciudad terrena eligen el amor a sí mismos, el gozar de los bienes mundanos como fines en sí mismos, la posesión de la tierra que lleva irremediablemente a la guerra. Los habitantes de la ciudad celeste, en cambio, eligen el amor solidario, el amor a Dios, buscan la paz, la cual, como sus anhelos chocan con los hijos de Caín, debe restaurarse una y otra vez, hasta lograr la paz definitiva en el fin de los tiempos, cuando Dios, como juez justísimo, separe, condene y premie a una y otra ciudad en el juicio final” (De “Teorías y proyectos políticos”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1992).
Durante la Edad Media europea se establece una teocracia papal consistente en el gobierno indirecto de Dios a través de su representante en la Tierra, materializando en cierta forma la visión mencionada. La idea básica Agustín es que la verdad ya ha sido establecida mediante la revelación. Luego, para entender al mundo, hay que confiar en la validez de la misma. E. A. Dal Maschio escribió: “«Si no creéis, no comprenderéis». Esta sentencia, resultado de la traducción libre de un versículo del libro de Isaías… sintetiza el espíritu que impregna todo el pensamiento cristiano durante la Edad Media. Y constituye también el presupuesto sobre el que se articula la reflexión de san Agustín, el obispo de Hipona que se convertiría junto a Pablo en una de las dos personalidades más determinantes en la evolución del cristianismo en sus orígenes”.
“Lo primero que nos llama la atención de la sentencia es que parece invertir el orden que solemos considerar normal en la secuencia del razonamiento: a partir de los diversos argumentos, datos y evidencias disponibles, ponemos en juego nuestra razón para extraer una conclusión u otra a la luz de aquellos. Aquí no, aquí primero viene la verdad y después su comprensión intelectual. Este proceder, al que desde el ámbito de la argumentación racional acusaríamos de ilegitimidad, resulta un cierto sentido lógico si tomamos la perspectiva del creyente (y no cabe duda de que san Agustín lo fue)”.
“Unos y otros, creyentes y no creyentes, coincidiremos en que conocer significa alcanzar la verdad, y en que afirmar lo falso significa incurrir en el error, en la ignorancia. Hasta aquí estaríamos todos de acuerdo. La diferencia sustancial radica en que para el creyente ya estamos en posesión de la verdad (nos ha sido revelada en las Escrituras), por lo que el papel de la razón no puede ser el de descubrirla (¡y mucho menos refutarla!)” (De “San Agustín”-Emse Edapp SL-Buenos Aires 2015).
El procedimiento mencionado, de partir desde la verdad que se posee, negándola a los disidentes y a los infieles, es el método utilizado por los totalitarismos modernos con los nefastos resultados por todos conocidos. Incluso el Islam tiende a imponer un totalitarismo teocrático en Europa ante la mirada cómplice, silenciosa y suicida de los propios europeos.
Si se nos pide describir la diferencia entre religión revelada y religión natural, podemos recurrir a la visión del Dios trascendente, en el primer caso: (Universo = Dios + Naturaleza), y del Dios inmanente, en el segundo caso: (Universo = Dios = Naturaleza). A esta diferencia debe añadirse la referente a la verdad: se parte de ella en la religión revelada y se llega a ella en la religión natural.
Todo indica que, desde el punto de vista ético, existe cierta equivalencia entre ambas, ya que pueden considerarse como dos versiones redundantes que apuntan a un mismo fin, y que, dada su importancia, resulta aceptable que se haya dispuesto de ambas. Otros piensan que la revelación de las verdades del Evangelio proviene de una previa descripción del comportamiento humano por parte de Cristo en una forma similar a la utilizada por la religión natural, siendo un proceso similar al posteriormente utilizado por la ciencia experimental.
Por ser la religión natural mucho más simple que la revelada, parece ser la mejor opción para revertir la conflictiva situación del mundo actual. Concretamente, la de llegar a establecer una teocracia directa en la cual el hombre se hace consciente que la diferencia entre el Bien y el Mal está asociada al grado de aceptación y de cumplimiento del “amarás al prójimo como a ti mismo”, o bien, en la “versión naturalista”: compartirás las penas y las alegrías de los demás como propias. Éste ha de ser el camino para la optimización del comportamiento individual que resolverá la mayor parte de los problemas que aquejan al hombre, especialmente el sufrimiento existente en un gran porcentaje de la humanidad.
Todo ser humano, al ser consciente de esta ley natural elemental, pondrá empeño en orientar sus actos y su vida bajo la perspectiva que le brinda el cristianismo, aunque esta vez bajo la perspectiva de la religión natural. Ello no implica ceder el lugar preferencial de ser el poseedor de la verdad, ya que, según el criterio de que “por sus frutos los conoceréis”, el carácter verdadero del cristianismo se ha de poner en evidencia por sus resultados concretos, logrados parcialmente a nivel masivo hasta ahora. Además, es la forma de unificarse con el método y el espíritu de la ciencia. También servirá para “desarmar” los totalitarismos encubiertos que constituyen un peligro inminente para la humanidad.
En nuestra época, predominantemente científica, la “ciudad de Dios” es el ordenamiento social compatible con las leyes naturales (las leyes de Dios), mientras que la “ciudad del hombre” es el ordenamiento social que no las tiene en cuenta. Si bien puede argumentarse que todas las acciones del hombre son “naturales”, debe agregarse que la primera está constituida por quienes buscan el Bien, mientras que la segunda lo estaría por quienes realizan el Mal. El Bien deriva del amor mientras que el Mal deriva del odio, el egoísmo y la indiferencia.
Quienes consideren que esta interpretación del cristianismo implica una herejía, deben observar que, en realidad, tiende a promover el cumplimento del espíritu de los Evangelios tratando de dar plenitud a la ética cristiana, mientras que la verdadera y gran herejía actual es la que se está desarrollando en el Vaticano con el ascenso de marxistas-leninistas a puestos claves, y quienes, bajo un disfraz cristiano, tratan de imponer la “teología de la liberación”; una ideología esencialmente equivalente al marxismo-leninismo. Chantal Millon-Delsol escribió: “Por esta época, en Occidente, el marxismo-leninismo cosechaba votos entre la clase intelectual. Durante los años más sombríos del stalinismo, el marxismo estaba considerado como una ideología no solamente conveniente, sino también respetable y generosa. Fue necesario esperar a la década del ’70, no antes, para que se desarrollen en la opinión serias sospechas sobre el humanismo soviético. Hasta ese momento, casi no tienen verdaderos adversarios (algunos intelectuales lúcidos, tales J. Maritain, R. Aron, G. Fessard, merecen ser citados; no por una intención apologética, sino para servir a las generaciones venideras), los cuales, por lo demás, son poco escuchados, cuando no acusados de primarismo”.
“La extraordinaria ceguera histórica de los intelectuales occidentales representa uno de los enigmas de la historia de las ideas del siglo XX. Mientras Stalin asesinaba y deportaba millares de inocentes, los espíritus más destacados de Europa bendecían el sovietismo en nombre de los derechos del hombre. Los testimonios contrarios nada podían; eran acusados de mentirosos y traidores. La ideología no aceptaba crítica alguna: se constituyó la crítica en crimen. Se produjo finalmente una situación asombrosa: en la Francia posterior a los «gloriosos treinta», es decir, un país colmado de comodidades y libertad, los intelectuales en forma casi unánime, y la opinión pública detrás de ellos, confesaban una indulgencia sonriente frente a un régimen responsable de genocidios y de la desesperanza de todo un pueblo”.
“Desde el comienzo, no se trata de ignorancia. El periódico «L’humanité» relata en 1917 el mayor acontecimiento que ha tenido lugar tres días después de la toma del poder por Lenin: la supresión de la prensa libre; relata el arresto de los jefes del partido liberal de los cadetes, luego la creación de la Checa en febrero de 1918; la disolución por las armas de la asamblea constituyente en la cual los bolcheviques eran minoritarios, después de las únicas elecciones libres de la historia de Rusia. Los comentarios traducen inquietud. Durante el primer año, los testigos llegados de Moscú informan acerca de la dictadura de los soviets, la violencia, el desprecio por el pueblo y el fracaso económico”.
“Esos testigos no son testigos menores: periodistas de prestigio, diplomáticos, a menudo militantes marxistas. Todos quedan atónitos por lo que han visto. Existen los elementos suficientes como para juzgar al régimen con clarividencia. Lo que jamás se hará. A partir de esta época, y durante cincuenta años, se hará todo lo posible para ocultar los acontecimientos y para justificar, por medio de argumentos a menudo increíbles, lo inocultable. Los primeros años muchos esperan que el episodio del terror no sea más que un momento, aun cuando los soviets son descriptos por los observadores como brutos antes que como teóricos previsores. Más tarde, cuando parecía evidente que el despotismo perduraba, los argumentos adquirían colores diferentes”.
Las ideologías tienden a reemplazar a la realidad, incluso a las prédicas cristianas dentro de la propia Iglesia. “La disociación entre la conducta criminal del régimen soviético y el discurso en Occidente era total. La fe era tan grande que desdibujaba las evidencias. La opinión occidental vivió durante décadas en el círculo mágico de un discurso falso. Tanta fascinación frente a un discurso desconectado es un acontecimiento demasiado raro como para que se lo destaque” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).
viernes, 7 de agosto de 2015
La clase social más difamada y castigada
La sociología, para describir la sociedad, adopta entre sus conceptos básicos a las clases sociales. De ahí que el sociólogo piense más en base a grupos que en base a individuos; incluso con el riesgo de asociar algunos atributos observados en varios de ellos a todos los componentes de una clase social. Cuando este concepto se emplea en política, la asignación de atributos negativos se convierte en la principal causa de discriminación social que padecerán los “justos” al integrar el mismo grupo que los “pecadores”.
La psicología social, por el contrario, al adoptar el concepto de actitud, como base para las descripciones del individuo actuando en sociedad, no corre el riesgo de caer en actitudes de tipo discriminatorio. Edwin Hollander escribió: “La psicología social es uno de los campos científicos dedicados al estudio objetivo de la conducta humana. Su atención se centra, especialmente, en la comprensión de las influencias que producen regularidades y diversidades en el comportamiento social humano, para cuyo estudio apela al análisis sistemático de datos, obtenidos mediante rigurosos métodos científicos. El carácter distintivo de la psicología social surge de dos factores fundamentales: primero, su interés en el individuo como participante en las relaciones sociales; segundo, la singular importancia que atribuye a la comprensión de los procesos de influencia social subyacentes bajo tales relaciones” (De “Principios y métodos de psicología social”-Amorrortu Editores SCA-Buenos Aires 1968).
Al aceptarse al marxismo (postura filosófica, no científica) en el ámbito de la sociología, y al difundirse como un “socialismo científico”, la burguesía pasa a ser la clase social más difamada de la historia. Se la reconoce como culpable de explotación laboral, por lo que no se tuvo piedad con sus integrantes, ya fueran justos o pecadores, al ser asesinados por decenas de millones durante el siglo XX. Tal ha sido el grado de convencimiento de la validez del marxismo-leninismo, que sus partidarios no sienten el menor arrepentimiento al haber apoyado semejante causa.
Si bien las sociedades han ido cambiando con el tiempo, puede asociarse la burguesía descripta por Marx a la actual clase media. Un individuo con mentalidad burguesa es alguien que trata de mejorar sus condiciones de vida sin ambicionar perjudicar a los pobres ni tampoco de llegar a ser un magnate. Para ello utiliza medios legales y adhiere generalmente a la libertad propia de las sociedades democráticas. Sin embargo, los marxistas dirán que todo lo que ha logrado se debió a haber “explotado laboralmente” al trabajador (perteneciente al proletariado); lo que en muchos casos puede ser cierto.
La burguesía surge a fines de la Edad Media y son los burgueses quienes promueven los cambios sociales que serán luego conocidos como la Edad Moderna. La asediada Europa medieval se caracteriza por estar constituida por unidades cerradas, los feudos, con pocos intercambios realizados con feudos vecinos. Régine Pernoud escribió: “Para que Europa pudiese vivir replegada sobre sí misma, en circuito cerrado, en razón de verse privada de las desembocaduras al Mediterráneo, era esencial proteger el dominio, unidad administrativa que se convirtió también en unidad económica. Desde este punto de vista se impuso una necesidad: la de bastarse a sí misma, pues ya no era posible contar con los recursos comerciales y las importaciones de Oriente. Únicamente el dominio señorial, muy extenso y con variados recursos, podía cumplir esta condición”.
“Tal es el origen de la sociedad feudal, origen totalmente empírico. Es totalmente significativo que esta sociedad, que no había tenido constitución, no tuviese tampoco legislación. Las relaciones entre los hombres se regían según los usos, es decir, de acuerdo con los hábitos del lugar, originados a su vez en las costumbres germánicas o nórdicas, pero influidos, sin duda, por el clima, las necesidades y la forma de vida, y consagrados por la tradición” (De “Los orígenes de la burguesía”-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1962).
El surgimiento de la burguesía está asociado al comerciante. “La población campesina era numerosa, como en todas las épocas de prosperidad general, y a menudo era forzoso ganarse la vida fuera del lugar donde se vivía. Pero ello seguía siendo excepcional. El comerciante era el único que en la sociedad donde actuaba no vivía del producto de su trabajo sino del intercambio de bienes que no producía y, sobre todo, su existencia no se concebía sin el manejo de dinero y la noción de ganancia. He aquí una novedad que no dejará de hacerlo sospechoso, en especial ante los ojos de la Iglesia, que experimentaba una verdadera repulsión por el comercio y en cuyo seno algunas órdenes prohibían expresamente revender un objeto a un precio mayor del que había costado”.
Una insipiente economía de mercado va surgiendo con el ascenso de la burguesía. Jacques Heers escribió: “Hay que señalar que ese progreso y ese triunfo del capitalismo moderno no se dieron en la totalidad del Occidente, sino solamente en ciertos países o ciudades que representaban un nivel de desarrollo superior: Italia, el sur de Alemania, Cataluña, las ciudades inglesas, Londres y Calais, sobre todo, por el comercio de lanas. En estos centros urbanos o rurales, la evolución de las técnicas afectó al conjunto de la población, interesó a todas las capas sociales”. “Donde los cambios tuvieron lugar, las principales innovaciones concernían fundamentalmente a la contabilidad, la moneda, la banca, el crédito y las compañías mercantiles” (De “Historia de la Edad Media”-Editorial Labor SA-Barcelona 1979).
Mientras que en la Edad Media la idea de Dios era el punto de partida de todo razonamiento, en el modernismo lo es el hombre. De ahí el punto de partida cartesiano: “Pienso, luego existo”. Régine Pernoud escribió: “La influencia de la burguesía es desde luego muy grande sobre el movimiento de las ideas de los siglo XVI al XVIII. Ella está llamada a convertirse en la clase dirigente, tanto en el ámbito del pensamiento como en el de la vida económica, no sólo por el lugar preponderante que ocupa en ese momento en la vida del país sino también por su instrucción. Su apogeo se produce en la segunda mitad del siglo XVIII debido al desarrollo de una filosofía original, cuyos orígenes y progreso se descubren fácilmente en las épocas que preceden y en la cual se manifiestan los caracteres distintivos y las preocupaciones de los burgueses franceses”.
En cuanto a las “virtudes burguesas”, agrega: “Se forma una especie de idea moral, la del «hombre honesto», cuya norma esencial es la moderación, que «impide el exceso de pasiones, ya sea para bien o para mal» (así lo define Ménage). Es un tipo frecuente entre los grandes negociantes, pero sobre todo entre los altos magistrados, juristas y funcionarios. Se dedica al trabajo y al ahorro, lleva con su familia una vida ordenada, premeditadamente austera; se aparta de las diversiones, aun de las legítimas, y sobre todo de las distracciones deportivas, que deja para la nobleza o el pueblo. Su conducta, siempre justa y ordenada, le permite llegar «a una felicidad honesta, desconocida para los poderosos y los pobres, que no excluye las incongruencias de la fortuna, pero las reduce y aparta todo lo posible» (Groethuysen)”.
“Gracias a su previsión, elimina de su vida lo desconocido y deja poco lugar para el misterio. El noble gasta y da limosnas, quizá más por prodigalidad y gusto de ostentación que por verdadera caridad; el burgués, por su parte, atesora. El hombre honesto adquiere, además, una sólida cultura, dando preferencia a las humanidades griegas y sobre todo a las latinas. Ferviente admirador de las virtudes antiguas, toma complacido como modelo a Catón y hace suya la máxima de Ovidio: «La virtud necesaria para cuidar lo que se tiene no es menor que la que se precisa para adquirir cosas nuevas»”.
La burguesía, al predominar en la sociedad y al lograr un nivel aceptable de felicidad, hace que surjan “virus sociales” que tienden a destruirla (marxismo-leninismo), como así también “virus sociales atenuados” (social-democracia) con fines similares. En el primer caso se apunta a la expropiación de los medios de producción burgueses mientras que en el segundo caso se apunta a la expropiación de la mayor parte de las ganancias de esos medios. Chantal Millon-Delsol escribió: “Todo lo que había escrito Marx parecía agradable y atractivo, pero siempre dentro de un corpus teórico. Hacía falta el cinismo de Lenin para sacar de él conclusiones y concretarlas. El derecho no es más que la mediación entre el individuo y el Estado que lo oprime: es necesario suprimir el derecho, por tanto aceptar lo arbitrario. Los derechos del hombre nacidos en Occidente representan los avatares de la opresión burguesa, las libertades formales no valen más que como palabras: un gobierno revolucionario debe por tanto aniquilarlos completamente”.
“La relativización de la idea de la verdad, que permite a Lenin erigir un despotismo de la arbitrariedad partidaria, fuera de toda ley, proviene directamente de la idea marxista de la verdad de clase, simplificada y aplicada políticamente. Y así sucesivamente”.
“Al observar el pasaje del marxismo al leninismo, se percibe con temor hasta qué punto puede ser peligroso manipular ideas atractivas, ideas sofisticadas de intelectual, sin imaginar su carga. El intelectual no hace más que acariciar ideas, y si se le mostrara su concreción ciertamente le parecería terrible. Pero basta con que llegue un hombre de acción y sin miramientos. Se puede afirmar que, probablemente, Marx habría rechazado la concreción de sus propias ideas a través de Lenin. Pero tampoco podemos decir seriamente que sus ideas hayan sido inocentes. Cuando se trata el derecho como una bagatela, uno se expone a convocar la arbitrariedad. Tan simple como eso”.
“La dictadura del proletariado constituye, como se sabe, la primera fase de la revolución socialista, necesaria para la concreción del proyecto final: la extinción del Estado sin más. El Estado, que era definido como la expresión de la burguesía y el instrumento de su opresión, no podría desaparecer más que con la desaparición de la clase que lo encarnaba y utilizaba. En «Estado y Revolución», Lenin expone con claridad la relación de esta dictadura particular como medio y la destrucción de la instancia dirigente que debía seguirla”. “El primer Estado revolucionario será una dictadura en manos del proletariado con el fin de hacer desaparecer a la burguesía” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).
El odio inoculado por el marxismo-leninismo contra la gente feliz (al menos en apariencia), se advierte aun hoy ante la normal actitud de aceptación de tal ideología. El nazismo, por el contrario, es totalmente rechazado aun cuando la cantidad de víctimas que produjo haya sido notoriamente inferior a la provocada por los comunistas.
La psicología social, por el contrario, al adoptar el concepto de actitud, como base para las descripciones del individuo actuando en sociedad, no corre el riesgo de caer en actitudes de tipo discriminatorio. Edwin Hollander escribió: “La psicología social es uno de los campos científicos dedicados al estudio objetivo de la conducta humana. Su atención se centra, especialmente, en la comprensión de las influencias que producen regularidades y diversidades en el comportamiento social humano, para cuyo estudio apela al análisis sistemático de datos, obtenidos mediante rigurosos métodos científicos. El carácter distintivo de la psicología social surge de dos factores fundamentales: primero, su interés en el individuo como participante en las relaciones sociales; segundo, la singular importancia que atribuye a la comprensión de los procesos de influencia social subyacentes bajo tales relaciones” (De “Principios y métodos de psicología social”-Amorrortu Editores SCA-Buenos Aires 1968).
Al aceptarse al marxismo (postura filosófica, no científica) en el ámbito de la sociología, y al difundirse como un “socialismo científico”, la burguesía pasa a ser la clase social más difamada de la historia. Se la reconoce como culpable de explotación laboral, por lo que no se tuvo piedad con sus integrantes, ya fueran justos o pecadores, al ser asesinados por decenas de millones durante el siglo XX. Tal ha sido el grado de convencimiento de la validez del marxismo-leninismo, que sus partidarios no sienten el menor arrepentimiento al haber apoyado semejante causa.
Si bien las sociedades han ido cambiando con el tiempo, puede asociarse la burguesía descripta por Marx a la actual clase media. Un individuo con mentalidad burguesa es alguien que trata de mejorar sus condiciones de vida sin ambicionar perjudicar a los pobres ni tampoco de llegar a ser un magnate. Para ello utiliza medios legales y adhiere generalmente a la libertad propia de las sociedades democráticas. Sin embargo, los marxistas dirán que todo lo que ha logrado se debió a haber “explotado laboralmente” al trabajador (perteneciente al proletariado); lo que en muchos casos puede ser cierto.
La burguesía surge a fines de la Edad Media y son los burgueses quienes promueven los cambios sociales que serán luego conocidos como la Edad Moderna. La asediada Europa medieval se caracteriza por estar constituida por unidades cerradas, los feudos, con pocos intercambios realizados con feudos vecinos. Régine Pernoud escribió: “Para que Europa pudiese vivir replegada sobre sí misma, en circuito cerrado, en razón de verse privada de las desembocaduras al Mediterráneo, era esencial proteger el dominio, unidad administrativa que se convirtió también en unidad económica. Desde este punto de vista se impuso una necesidad: la de bastarse a sí misma, pues ya no era posible contar con los recursos comerciales y las importaciones de Oriente. Únicamente el dominio señorial, muy extenso y con variados recursos, podía cumplir esta condición”.
“Tal es el origen de la sociedad feudal, origen totalmente empírico. Es totalmente significativo que esta sociedad, que no había tenido constitución, no tuviese tampoco legislación. Las relaciones entre los hombres se regían según los usos, es decir, de acuerdo con los hábitos del lugar, originados a su vez en las costumbres germánicas o nórdicas, pero influidos, sin duda, por el clima, las necesidades y la forma de vida, y consagrados por la tradición” (De “Los orígenes de la burguesía”-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1962).
El surgimiento de la burguesía está asociado al comerciante. “La población campesina era numerosa, como en todas las épocas de prosperidad general, y a menudo era forzoso ganarse la vida fuera del lugar donde se vivía. Pero ello seguía siendo excepcional. El comerciante era el único que en la sociedad donde actuaba no vivía del producto de su trabajo sino del intercambio de bienes que no producía y, sobre todo, su existencia no se concebía sin el manejo de dinero y la noción de ganancia. He aquí una novedad que no dejará de hacerlo sospechoso, en especial ante los ojos de la Iglesia, que experimentaba una verdadera repulsión por el comercio y en cuyo seno algunas órdenes prohibían expresamente revender un objeto a un precio mayor del que había costado”.
Una insipiente economía de mercado va surgiendo con el ascenso de la burguesía. Jacques Heers escribió: “Hay que señalar que ese progreso y ese triunfo del capitalismo moderno no se dieron en la totalidad del Occidente, sino solamente en ciertos países o ciudades que representaban un nivel de desarrollo superior: Italia, el sur de Alemania, Cataluña, las ciudades inglesas, Londres y Calais, sobre todo, por el comercio de lanas. En estos centros urbanos o rurales, la evolución de las técnicas afectó al conjunto de la población, interesó a todas las capas sociales”. “Donde los cambios tuvieron lugar, las principales innovaciones concernían fundamentalmente a la contabilidad, la moneda, la banca, el crédito y las compañías mercantiles” (De “Historia de la Edad Media”-Editorial Labor SA-Barcelona 1979).
Mientras que en la Edad Media la idea de Dios era el punto de partida de todo razonamiento, en el modernismo lo es el hombre. De ahí el punto de partida cartesiano: “Pienso, luego existo”. Régine Pernoud escribió: “La influencia de la burguesía es desde luego muy grande sobre el movimiento de las ideas de los siglo XVI al XVIII. Ella está llamada a convertirse en la clase dirigente, tanto en el ámbito del pensamiento como en el de la vida económica, no sólo por el lugar preponderante que ocupa en ese momento en la vida del país sino también por su instrucción. Su apogeo se produce en la segunda mitad del siglo XVIII debido al desarrollo de una filosofía original, cuyos orígenes y progreso se descubren fácilmente en las épocas que preceden y en la cual se manifiestan los caracteres distintivos y las preocupaciones de los burgueses franceses”.
En cuanto a las “virtudes burguesas”, agrega: “Se forma una especie de idea moral, la del «hombre honesto», cuya norma esencial es la moderación, que «impide el exceso de pasiones, ya sea para bien o para mal» (así lo define Ménage). Es un tipo frecuente entre los grandes negociantes, pero sobre todo entre los altos magistrados, juristas y funcionarios. Se dedica al trabajo y al ahorro, lleva con su familia una vida ordenada, premeditadamente austera; se aparta de las diversiones, aun de las legítimas, y sobre todo de las distracciones deportivas, que deja para la nobleza o el pueblo. Su conducta, siempre justa y ordenada, le permite llegar «a una felicidad honesta, desconocida para los poderosos y los pobres, que no excluye las incongruencias de la fortuna, pero las reduce y aparta todo lo posible» (Groethuysen)”.
“Gracias a su previsión, elimina de su vida lo desconocido y deja poco lugar para el misterio. El noble gasta y da limosnas, quizá más por prodigalidad y gusto de ostentación que por verdadera caridad; el burgués, por su parte, atesora. El hombre honesto adquiere, además, una sólida cultura, dando preferencia a las humanidades griegas y sobre todo a las latinas. Ferviente admirador de las virtudes antiguas, toma complacido como modelo a Catón y hace suya la máxima de Ovidio: «La virtud necesaria para cuidar lo que se tiene no es menor que la que se precisa para adquirir cosas nuevas»”.
La burguesía, al predominar en la sociedad y al lograr un nivel aceptable de felicidad, hace que surjan “virus sociales” que tienden a destruirla (marxismo-leninismo), como así también “virus sociales atenuados” (social-democracia) con fines similares. En el primer caso se apunta a la expropiación de los medios de producción burgueses mientras que en el segundo caso se apunta a la expropiación de la mayor parte de las ganancias de esos medios. Chantal Millon-Delsol escribió: “Todo lo que había escrito Marx parecía agradable y atractivo, pero siempre dentro de un corpus teórico. Hacía falta el cinismo de Lenin para sacar de él conclusiones y concretarlas. El derecho no es más que la mediación entre el individuo y el Estado que lo oprime: es necesario suprimir el derecho, por tanto aceptar lo arbitrario. Los derechos del hombre nacidos en Occidente representan los avatares de la opresión burguesa, las libertades formales no valen más que como palabras: un gobierno revolucionario debe por tanto aniquilarlos completamente”.
“La relativización de la idea de la verdad, que permite a Lenin erigir un despotismo de la arbitrariedad partidaria, fuera de toda ley, proviene directamente de la idea marxista de la verdad de clase, simplificada y aplicada políticamente. Y así sucesivamente”.
“Al observar el pasaje del marxismo al leninismo, se percibe con temor hasta qué punto puede ser peligroso manipular ideas atractivas, ideas sofisticadas de intelectual, sin imaginar su carga. El intelectual no hace más que acariciar ideas, y si se le mostrara su concreción ciertamente le parecería terrible. Pero basta con que llegue un hombre de acción y sin miramientos. Se puede afirmar que, probablemente, Marx habría rechazado la concreción de sus propias ideas a través de Lenin. Pero tampoco podemos decir seriamente que sus ideas hayan sido inocentes. Cuando se trata el derecho como una bagatela, uno se expone a convocar la arbitrariedad. Tan simple como eso”.
“La dictadura del proletariado constituye, como se sabe, la primera fase de la revolución socialista, necesaria para la concreción del proyecto final: la extinción del Estado sin más. El Estado, que era definido como la expresión de la burguesía y el instrumento de su opresión, no podría desaparecer más que con la desaparición de la clase que lo encarnaba y utilizaba. En «Estado y Revolución», Lenin expone con claridad la relación de esta dictadura particular como medio y la destrucción de la instancia dirigente que debía seguirla”. “El primer Estado revolucionario será una dictadura en manos del proletariado con el fin de hacer desaparecer a la burguesía” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).
El odio inoculado por el marxismo-leninismo contra la gente feliz (al menos en apariencia), se advierte aun hoy ante la normal actitud de aceptación de tal ideología. El nazismo, por el contrario, es totalmente rechazado aun cuando la cantidad de víctimas que produjo haya sido notoriamente inferior a la provocada por los comunistas.
jueves, 6 de agosto de 2015
Cultura y supervivencia
Mientras que en épocas pasadas el elevado nivel cultural de la población constituía una ventaja en muchos sentidos, en la actualidad, además de ser una ventaja, se ha convertido en una imperante necesidad para asegurar su supervivencia. Cada año se incorporan al planeta unos cien millones de habitantes, lo que provoca un importante aumento en la demanda de alimentos, agua potable y energía, con el consiguiente deterioro ambiental. Si la población mundial crece a un promedio del 1,5% anual, entonces, multiplicando 7.000 millones por 0,015, da un incremento de 105 millones. Michael E. Webber escribió: “En julio de 2012, el fallo de tres de las redes eléctricas regionales de la India produjo el mayor apagón de la historia de la humanidad. Más de 620 millones de personas (el 9% de la población mundial) se quedaron sin electricidad. La causa: problemas en la producción de alimentos debidos a la escasez de agua. Como consecuencia de una pertinaz sequía, los agricultores habían conectado un gran número de bombas para extraer aguas subterráneas cada vez más profundas. Bajo un sol abrasador, su consumo disparó la demanda de electricidad. A su vez, la falta de agua provocó que las centrales hidroeléctricas funcionasen peor de lo habitual”.
“El mundo está tratando de mejorar el suministro de energía, agua y alimentos de forma individual, pero tales desafíos deben afrontarse de manera integrada. Esa perspectiva también reportaría beneficios en cuestiones ambientales, pobreza, control de la población y enfermedades”.
“Desperdiciar menos comida permitiría ahorrar energía y agua. Las granjas urbanas podrían aprovechar el agua residual de las ciudades. Las turbinas eólicas en el desierto pueden convertir aguas salobres subterráneas en agua dulce. Y una red de suministros inteligente ahorraría energía y agua”.
“Los responsables de los sectores energéticos, hídrico y alimentario, así como los representantes políticos, han de dejar de pensar y actuar por separado. Deberían diseñarse planes que integrasen los retos en energía, agua y alimentación e implementasen mejoras técnicas en las infraestructuras” (De “Investigación y Ciencia”-Prensa Científica SA-Barcelona / Febrero 2015).
Entre los problemas existentes en cuestiones de alimentación, se observan desequilibrios importantes entre distintas zonas del planeta. Luis de Sebastián escribió: “En el mundo había en el 2006 unos 870 millones de personas que padecían habitualmente hambre, una condición que se puede medir por las deficiencias de calorías consumidas (menos de 2.000 calorías diarias). A mediados del 2008, dado el incremento tan enorme de los precios de los alimentos, el número de hambrientos puede llegar a los 1.000 millones. Por otro lado, hay al mismo tiempo unos 1.000 millones de personas con exceso de peso y obesas. El exceso de peso se mide por el número de calorías consumidas –más de 3.500 diarias- y no quemadas, y por el «índice de masa corporal». Sumando los afectados por los dos tipos de problemas de alimentación, se obtiene la escalofriante suma de 2.000 millones de personas (casi la tercera parte de la población mundial). Estas personas o no se alimentan suficientemente o no se alimentan bien. Así resulta evidente que el nuestro es un planeta de gordos y hambrientos” (De “Un planeta de gordos y hambrientos”-Editorial Ariel SA-Barcelona 2009).
El aumento del precio de los alimentos se debe esencialmente a una producción que no acompaña al incremento del consumo. Incluso se da el caso de gobiernos que perjudican la producción ganadera, lechera y agrícola, como en la Argentina, mientras que simultáneamente aducen haber adoptado medidas en “beneficio del pueblo”. Las retenciones estatales a los ingresos por las exportaciones agrícolas limitan la producción de alimentos en lugar de promoverla. Siendo el capital un importante factor de la producción, se advierte que gran parte de los capitales generados en algunos países subdesarrollados van a los países centrales ante el temor a una confiscación estatal. Así, mientras que el chavismo y el kirchnerismo generan adhesiones promoviendo el odio hacia EEUU y Occidente, adoptan decisiones políticas y económicas que favorecen el éxodo de capitales justamente hacia esos “imperialismos”.
Quienes sostienen que las naciones poderosas deberían enviar ayuda económica a los países pobres, no tienen en cuenta que tales ayudas generalmente terminan agrandando los patrimonios de las camarillas gobernantes, retornando a las naciones desarrolladas en forma de cuentas bancarias personales.
Una posible solución consistiría en ampliar el proceso de la globalización hasta incluir a los países pobres. Sin embargo, esta alternativa no goza de aceptación por cuanto la ideología socialista se opone a todo lo que implique “capitalismo”. Por lo que resulta poco probable que las cosas mejoren ante la mentalidad reinante en esta época. Chantal Millon-Delsol escribió: “El siglo XX intenta concretar políticamente las teorías creadas en el siglo XIX. El siglo XX organiza el terror institucional, porque el siglo XIX forjó las utopías. El siglo XX imagina pseudo-espiritualismos porque el racionalismo moderno ha secado el espíritu, pero para hacerlo utiliza el racionalismo heredado. Las religiones desparecidas son reemplazadas por mitos regeneradores”.
“La política ocupa el lugar de lo sagrado; tiene su catecismo, sus ritos y sus sacerdotes. Ella genera lógicamente el fanatismo, por haber secularizado los paraísos. Todas las concepciones políticas del siglo XX se precian de revolucionarias, salvo el pensamiento del Estado de Derecho. Pero todas fracasan en su empresa de renaturalización social. Finalmente, es sin duda el pensamiento del Estado de Derecho el que ha realizado la verdadera revolución”.
“Todo observador no sometido al vasallaje del marxismo sabía desde hacía décadas que la economía colectivista arrastraría a la escasez y que el estado ideológico produciría la opresión. Por desgracia, esta clase de observadores no era demasiado abundante en la clase intelectual europea. El desastre económico y humano no era suficiente para que estas mentes abandonaran su fe. Por eso, hubo que esperar a que ese desastre se viera súbitamente expuesto y comentado, con estupor, por los propios custodios de la ortodoxia. Es, pues, la confesión del fracaso, y no el fracaso mismo, lo que marca el fin de la utopía, como si sus feligreses hubieran tenido necesidad de que se los despidiera para partir…”.
“Los años 1989-1990, que cierran el ciclo comenzado en 1914, ven entonces el desmoronamiento de las defensas totalitarias. Las sucesivas revoluciones del Este europeo son las primeras revoluciones modernas que no devoran a sus hijos. Pues son, en el fin de un ciclo, las primeras revoluciones antirrevolucionarias, las que tienden a volver a poner el mundo en su lugar, a poner fin al proyecto infernal de recreación del hombre. Quizás anuncien el comienzo de una nueva era realista, que se corresponda con la era espiritual de la cual hablaba Malraux –la utopía reemplazaba a lo real y a lo espiritual; ahora, su estallido abre la posibilidad de restaurar los dos términos complementarios y asociados” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).
Antes de intentar solucionar los problemas actuales, se requiere un avance cultural significativo, que involucre tanto lo ético como lo cognitivo. Adviértase que los inconvenientes señalados al principio tienen una base común; se deben a que el hombre actual prioriza el bienestar del cuerpo desatendiendo tanto los aspectos afectivos como los cognitivos. De ahí que resulta imprescindible promover el progreso cultural en forma masiva, como una necesidad imperante de la época. Willy Durant escribió: “¿Por qué parece haber muerto la filosofía? ¿Por qué sus hijas, las ciencias, tras dividirse su herencia, la han echado fuera de casa, como al rey Lear, con ingratitud más fría que los vientos invernales?”. “En otros tiempos hombres principalísimos estaban dispuestos a morir por ella: Sócrates prefirió ser su mártir antes que vivir escondiéndose de sus enemigos; Platón se arriesgó dos veces para conquistarle un reino; Marco Aurelio la amaba con más pasión que a su propio trono, y Giordano Bruno se dejó quemar en la pira por fidelidad a ella. Hubo épocas en que los reyes y los papas temían a la filosofía y enviaban a prisión a los adeptos de ella para evitar la caída de sus propias dinastías”.
“Y bien puede merecer la filosofía ese desprecio y olvido tal como ha sido escrita durante los últimos doscientos años. Pues ¿qué ha sido de la filosofía desde que murieron Bacon y Spinoza? En su mayor parte no ha pasado de ser sino epistemología, teología escolástica del conocimiento, mera técnica esotérica, mística e incomprensible discusión acerca de la existencia del mundo exterior. La inteligencia que podía haber hecho reyes-filósofos, se encerró en análisis eruditos de las razones inventadas en pro y en contra de la posibilidad de que existiesen (cuando dejaban de ser percibidos) nuestros vecinos, las bacterias, los océanos y las estrellas. Y durante doscientos cincuenta años esta guerra de ranas y ratones ha ido adelante, sin resultado alguno apreciable para la filosofía de la vida, y sin provecho para nadie, excepto para los impresores” (De “Filosofía, cultura y vida”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1945).
Hace falta, en nuestra época, el docente colectivo que, mediante la divulgación de la ciencia, haga resurgir en los hombres su dimensión intelectual, que es una parte importante de nuestra naturaleza humana. Junto a la promoción de la ética natural, por la cual debemos tratar de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, son el punto de partida requerido para poder, más tarde, intentar resolver los problemas acuciantes que se presentan a la humanidad.
Posiblemente vendrá una mejor época cuando la ciencia sea valorada, no sólo por las ventajas asociadas a la tecnología y a las comodidades para nuestro cuerpo, sino cuando haya sido incorporada como un valor cultural importante. Richard P. Feynman escribió en el Epílogo de sus “Lecciones de Física”: “Permítanme agregar que la intención principal de mis clases no ha sido prepararlos para un examen –tampoco prepararlos para trabajar en la industria o en las fuerzas armadas-. El propósito mayor ha sido hacerles apreciar lo maravilloso que es el mundo y cómo lo encara el físico, porque creo sinceramente que esto constituye una gran parte de la verdadera cultura de los tiempos modernos (hay profesores de otras materias que probablemente lo objetarán, pero en mi opinión ellos están completamente equivocados)”.
“Tal vez ustedes no sólo hayan llegado a la valoración de este aspecto de la cultura; quizás quieran participar en la aventura más grandiosa que jamás haya emprendido la mente humana” (De “Lecciones de Física de Feynman” de R.P. Feynman-R.B. Leighton y M. Sands-Fondo Educativo Interamericano SA-1971).
“El mundo está tratando de mejorar el suministro de energía, agua y alimentos de forma individual, pero tales desafíos deben afrontarse de manera integrada. Esa perspectiva también reportaría beneficios en cuestiones ambientales, pobreza, control de la población y enfermedades”.
“Desperdiciar menos comida permitiría ahorrar energía y agua. Las granjas urbanas podrían aprovechar el agua residual de las ciudades. Las turbinas eólicas en el desierto pueden convertir aguas salobres subterráneas en agua dulce. Y una red de suministros inteligente ahorraría energía y agua”.
“Los responsables de los sectores energéticos, hídrico y alimentario, así como los representantes políticos, han de dejar de pensar y actuar por separado. Deberían diseñarse planes que integrasen los retos en energía, agua y alimentación e implementasen mejoras técnicas en las infraestructuras” (De “Investigación y Ciencia”-Prensa Científica SA-Barcelona / Febrero 2015).
Entre los problemas existentes en cuestiones de alimentación, se observan desequilibrios importantes entre distintas zonas del planeta. Luis de Sebastián escribió: “En el mundo había en el 2006 unos 870 millones de personas que padecían habitualmente hambre, una condición que se puede medir por las deficiencias de calorías consumidas (menos de 2.000 calorías diarias). A mediados del 2008, dado el incremento tan enorme de los precios de los alimentos, el número de hambrientos puede llegar a los 1.000 millones. Por otro lado, hay al mismo tiempo unos 1.000 millones de personas con exceso de peso y obesas. El exceso de peso se mide por el número de calorías consumidas –más de 3.500 diarias- y no quemadas, y por el «índice de masa corporal». Sumando los afectados por los dos tipos de problemas de alimentación, se obtiene la escalofriante suma de 2.000 millones de personas (casi la tercera parte de la población mundial). Estas personas o no se alimentan suficientemente o no se alimentan bien. Así resulta evidente que el nuestro es un planeta de gordos y hambrientos” (De “Un planeta de gordos y hambrientos”-Editorial Ariel SA-Barcelona 2009).
El aumento del precio de los alimentos se debe esencialmente a una producción que no acompaña al incremento del consumo. Incluso se da el caso de gobiernos que perjudican la producción ganadera, lechera y agrícola, como en la Argentina, mientras que simultáneamente aducen haber adoptado medidas en “beneficio del pueblo”. Las retenciones estatales a los ingresos por las exportaciones agrícolas limitan la producción de alimentos en lugar de promoverla. Siendo el capital un importante factor de la producción, se advierte que gran parte de los capitales generados en algunos países subdesarrollados van a los países centrales ante el temor a una confiscación estatal. Así, mientras que el chavismo y el kirchnerismo generan adhesiones promoviendo el odio hacia EEUU y Occidente, adoptan decisiones políticas y económicas que favorecen el éxodo de capitales justamente hacia esos “imperialismos”.
Quienes sostienen que las naciones poderosas deberían enviar ayuda económica a los países pobres, no tienen en cuenta que tales ayudas generalmente terminan agrandando los patrimonios de las camarillas gobernantes, retornando a las naciones desarrolladas en forma de cuentas bancarias personales.
Una posible solución consistiría en ampliar el proceso de la globalización hasta incluir a los países pobres. Sin embargo, esta alternativa no goza de aceptación por cuanto la ideología socialista se opone a todo lo que implique “capitalismo”. Por lo que resulta poco probable que las cosas mejoren ante la mentalidad reinante en esta época. Chantal Millon-Delsol escribió: “El siglo XX intenta concretar políticamente las teorías creadas en el siglo XIX. El siglo XX organiza el terror institucional, porque el siglo XIX forjó las utopías. El siglo XX imagina pseudo-espiritualismos porque el racionalismo moderno ha secado el espíritu, pero para hacerlo utiliza el racionalismo heredado. Las religiones desparecidas son reemplazadas por mitos regeneradores”.
“La política ocupa el lugar de lo sagrado; tiene su catecismo, sus ritos y sus sacerdotes. Ella genera lógicamente el fanatismo, por haber secularizado los paraísos. Todas las concepciones políticas del siglo XX se precian de revolucionarias, salvo el pensamiento del Estado de Derecho. Pero todas fracasan en su empresa de renaturalización social. Finalmente, es sin duda el pensamiento del Estado de Derecho el que ha realizado la verdadera revolución”.
“Todo observador no sometido al vasallaje del marxismo sabía desde hacía décadas que la economía colectivista arrastraría a la escasez y que el estado ideológico produciría la opresión. Por desgracia, esta clase de observadores no era demasiado abundante en la clase intelectual europea. El desastre económico y humano no era suficiente para que estas mentes abandonaran su fe. Por eso, hubo que esperar a que ese desastre se viera súbitamente expuesto y comentado, con estupor, por los propios custodios de la ortodoxia. Es, pues, la confesión del fracaso, y no el fracaso mismo, lo que marca el fin de la utopía, como si sus feligreses hubieran tenido necesidad de que se los despidiera para partir…”.
“Los años 1989-1990, que cierran el ciclo comenzado en 1914, ven entonces el desmoronamiento de las defensas totalitarias. Las sucesivas revoluciones del Este europeo son las primeras revoluciones modernas que no devoran a sus hijos. Pues son, en el fin de un ciclo, las primeras revoluciones antirrevolucionarias, las que tienden a volver a poner el mundo en su lugar, a poner fin al proyecto infernal de recreación del hombre. Quizás anuncien el comienzo de una nueva era realista, que se corresponda con la era espiritual de la cual hablaba Malraux –la utopía reemplazaba a lo real y a lo espiritual; ahora, su estallido abre la posibilidad de restaurar los dos términos complementarios y asociados” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).
Antes de intentar solucionar los problemas actuales, se requiere un avance cultural significativo, que involucre tanto lo ético como lo cognitivo. Adviértase que los inconvenientes señalados al principio tienen una base común; se deben a que el hombre actual prioriza el bienestar del cuerpo desatendiendo tanto los aspectos afectivos como los cognitivos. De ahí que resulta imprescindible promover el progreso cultural en forma masiva, como una necesidad imperante de la época. Willy Durant escribió: “¿Por qué parece haber muerto la filosofía? ¿Por qué sus hijas, las ciencias, tras dividirse su herencia, la han echado fuera de casa, como al rey Lear, con ingratitud más fría que los vientos invernales?”. “En otros tiempos hombres principalísimos estaban dispuestos a morir por ella: Sócrates prefirió ser su mártir antes que vivir escondiéndose de sus enemigos; Platón se arriesgó dos veces para conquistarle un reino; Marco Aurelio la amaba con más pasión que a su propio trono, y Giordano Bruno se dejó quemar en la pira por fidelidad a ella. Hubo épocas en que los reyes y los papas temían a la filosofía y enviaban a prisión a los adeptos de ella para evitar la caída de sus propias dinastías”.
“Y bien puede merecer la filosofía ese desprecio y olvido tal como ha sido escrita durante los últimos doscientos años. Pues ¿qué ha sido de la filosofía desde que murieron Bacon y Spinoza? En su mayor parte no ha pasado de ser sino epistemología, teología escolástica del conocimiento, mera técnica esotérica, mística e incomprensible discusión acerca de la existencia del mundo exterior. La inteligencia que podía haber hecho reyes-filósofos, se encerró en análisis eruditos de las razones inventadas en pro y en contra de la posibilidad de que existiesen (cuando dejaban de ser percibidos) nuestros vecinos, las bacterias, los océanos y las estrellas. Y durante doscientos cincuenta años esta guerra de ranas y ratones ha ido adelante, sin resultado alguno apreciable para la filosofía de la vida, y sin provecho para nadie, excepto para los impresores” (De “Filosofía, cultura y vida”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1945).
Hace falta, en nuestra época, el docente colectivo que, mediante la divulgación de la ciencia, haga resurgir en los hombres su dimensión intelectual, que es una parte importante de nuestra naturaleza humana. Junto a la promoción de la ética natural, por la cual debemos tratar de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, son el punto de partida requerido para poder, más tarde, intentar resolver los problemas acuciantes que se presentan a la humanidad.
Posiblemente vendrá una mejor época cuando la ciencia sea valorada, no sólo por las ventajas asociadas a la tecnología y a las comodidades para nuestro cuerpo, sino cuando haya sido incorporada como un valor cultural importante. Richard P. Feynman escribió en el Epílogo de sus “Lecciones de Física”: “Permítanme agregar que la intención principal de mis clases no ha sido prepararlos para un examen –tampoco prepararlos para trabajar en la industria o en las fuerzas armadas-. El propósito mayor ha sido hacerles apreciar lo maravilloso que es el mundo y cómo lo encara el físico, porque creo sinceramente que esto constituye una gran parte de la verdadera cultura de los tiempos modernos (hay profesores de otras materias que probablemente lo objetarán, pero en mi opinión ellos están completamente equivocados)”.
“Tal vez ustedes no sólo hayan llegado a la valoración de este aspecto de la cultura; quizás quieran participar en la aventura más grandiosa que jamás haya emprendido la mente humana” (De “Lecciones de Física de Feynman” de R.P. Feynman-R.B. Leighton y M. Sands-Fondo Educativo Interamericano SA-1971).
martes, 4 de agosto de 2015
Confianza vs. desconfianza en el hombre
Uno de los principios tácitos, adoptados por los individuos pensantes, que ha de ser seguido por una secuencia que deriva en una postura política y económica, radica en la confianza básica, o bien en la desconfianza, asociada tanto al ser humano como al universo en su totalidad.
Quienes aceptan la postura religiosa por la cual se supone que el universo y el hombre fueron creados por un Dios trascendente, sostienen que, por ello mismo, tanto uno como el otro son esencialmente “buenos”, y si las cosas andan mal, no es “culpa” del universo ni de Dios, sino del propio ser humano. De ahí que en el relato del Génesis bíblico aparezca la expresión: “… y vio Dios que era bueno”.
La otra postura extrema, la de quienes piensan que tanto el universo como el hombre no forman parte de un orden general, y que son consecuencia de un azar indiferente a toda finalidad, tienden a desconfiar tanto de la “bondad” del universo como del hombre. De ahí la desconfianza básica mostrada por quienes manifiestan la postura atea.
Mientras que la fe puede ser tanto positiva como negativa, existe también la posibilidad de establecer un pensamiento basado en el razonamiento y las evidencias. Tal la visión científica de la realidad y por la cual se supone que todo lo existente está regido por alguna forma de ley natural, y que, por ello mismo, el universo y el hombre aparecen vinculados bajo cierta finalidad implícita en las leyes que los gobiernan. La visión científica se ubica, por ello, cerca de la del creyente en el Dios trascendente.
La postura basada en la confianza, en el sentido indicado, es la que opta por la libertad del hombre, tanto en lo económico como en lo político, aunque resulta ser una libertad limitada convenientemente. A dicha postura se la puede comparar con la actitud del docente que, antes de conocer a un grupo de alumnos, supone que “todos son buenos, excepto algunos”.
La postura basada en la desconfianza, es la que opta por un orden artificial y estatal, que anula la libertad del hombre, tanto en lo económico como en lo político. Se la puede comparar con la actitud del docente que, antes de conocer a un grupo de alumnos, supone que “todos son malos, excepto algunos”.
Elmo Roper escribió: “Casi todos se declaran a favor de la frase «Declaración de los Derechos»; pero según las encuestas realizadas hay considerables minorías que no desaprobarían ciertas formas de censura, como limitación a la libertad de expresión, interceptación de comunicaciones telefónicas y otras restricciones de la libertad personal e intromisión en la vida privada. No cabe duda de que muchos estadounidenses no han asimilado todavía los conceptos fundamentales sobre los que descansa la libertad de su país: un profundo respeto por el individuo, y la convicción de que existen derechos y libertades inalienables, que ninguna persona ni gobierno alguno pueden suprimir”.
“Hay varias razones para que tales conceptos no sean universalmente aceptados. Una de ellas es que la libertad civil se basa en la fe en el hombre, y en la creencia de que éste sólo alcanza su pleno desarrollo en una atmósfera de auténtica libertad. Sin embargo, no todos comparten esa fe en el hombre; piensan que hay más probabilidades de que un hombre libre se meta en dificultades que de que alcance la más noble realización de sí. Quienes así opinan prefieren el gobierno de la autoridad al estímulo de la libertad. La humanidad vivió durante siglos sometida a tradiciones autoritarias y hay quienes todavía prefieren ser gobernados por otros a gobernarse a sí mismos”.
El predominio de la libertad en las relaciones humanas implica un vínculo entre iguales, mientras que el predominio de jefes sobre subalternos presupone vínculos entre desiguales. La igualdad entre los hombres proviene de la actitud cooperativa impulsada por el cristianismo, de ahí que la igualdad se establezca junto a la libertad. El citado autor agrega: “¿Cómo conservar esas libertades? Es necesario un respeto inquebrantable hacia los demás seres humanos, y ese respeto tiene que cimentarse en el sentimiento de afinidad entre los hombres y el amor fraterno. Es asimismo necesario una visión lo más amplia posible de la naturaleza humana, y hay que trabajar por la plena realización de esa naturaleza. Es imprescindible una honda comprensión de la filosofía política sobre la cual se funda la Declaración de Derechos: una «búsqueda perpetua de los significados últimos de la vida, llevada a cabo con plena libertad mental y espiritual»” (Del Prefacio de “La libertad y sus garantías” de Frank K. Kelly-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1968).
La humanidad tiende a evolucionar desde un colectivismo primitivo hacia una sociedad de individuos libres. En el primer caso, el destino de los grupos venia definido esencialmente por la visión de un solo hombre, mientras que en el segundo caso viene definido por la contribución personal de cada individuo. Frank K. Kelly escribió: “La conquista de las libertades individuales ha sido el resultado de un lento proceso, que abarcó miles de años. Las libertades se ganaron y se perdieron una y otra vez. Hoy podemos volver a perderlas, olvidándonos de ellas, si no les brindamos los cuidados que necesitan y merecen”.
“La conciencia individual –la idea de que toda persona es un ente distinto e insustituible- fue despertando lentamente en el transcurso de los siglos. Las tribus primitivas consideraban por lo común a hombres y mujeres como meros integrantes de la tribu respectiva, no como seres humanos distintos y libres”.
Las actitudes optimistas y pesimistas se han manifestado en los dos últimos siglos bajo las tendencias liberales y socialistas, respectivamente. Raymond G. Gettell escribió: “Se presentan dos visiones distintas del estado de naturaleza. Según una, el estado natural supone una sociedad venturosa e idílica, donde reinan la sencillez y la virtud, paraíso que desaparece con la entronización de la autoridad y ensueño que desearían resucitar los hombres. Por otra parte se presenta el estado natural como una condición constante de luchas y violencias, a las cuales pone remedio la creación del Estado, con el peligro de volver a aquellos días de desgracia si los hombres no son sabios y enérgicos” (De “Historia de las Ideas políticas”-Editorial Labor SA-Barcelona 1950).
La postura liberal propone la libertad, como valor esencial, que ha de ser controlada de alguna forma para que no se produzcan excesos. Una postura optimista respecto del hombre, no significa que ingenuamente suponga una especie de “bondad natural” en todos los seres humanos. De ahí que proponga, en política, la división de poderes y la posibilidad de cambiar a los gobernantes periódicamente. En el plano económico, por otra parte, mediante la competencia empresarial, se establece un control por parte del consumidor, bajo un proceso similar al empleado en política. Tanto la democracia política como la económica tienden a establecer controles sobre los gobernantes y los gobernados con una mínima pérdida de derechos y de libertad. John Locke escribió: “Para entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es éste un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de la naturaleza, sin pedir permiso ni depender de ningún hombre”.
“Es también un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás. Nada hay más evidente que el que criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas ellas para disfrutar en conjunto las mismas ventajas naturales y para hacer uso de las mismas facultades, hayan de ser también iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas a otras…” (Del “Segundo Tratado sobre el gobierno civil”- Ediciones Altaya SA-Barcelona 1998).
Por el contrario, la postura totalitaria, al presuponer una natural “guerra entre los hombres”, propone el Estado como la institución capaz de establecer la paz. Thomas Hobbes escribió: “Los hombres no encuentran placer, sino, muy por el contrario, un gran sufrimiento, al convivir con otros allí donde no hay un poder superior capaz de atemorizarlos a todos. Pues cada individuo quiere que su prójimo lo tenga en tan alta estima como ése tiene a sí mismo; y siempre que detecta alguna señal de desprecio o de menosprecio, trata naturalmente, hasta donde se atreve (y entre los que no tienen un poder común que los controle puede llegarse hasta la destrucción mutua), de hacer daño a quienes lo desprecian para que éstos lo valoren más, y para así dar un ejemplo a los otros” (De “Leviatán”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1997).
En la actualidad podemos advertir que ha sido más coherente la postura liberal por cuanto los diversos totalitarismos produjeron las peores catástrofes sociales que recuerda la humanidad al entregar todo el poder del Estado a personajes como Lenin, Stalin, Hitler o Mao-Tse-Tung. Sin embargo, todavía se sigue discutiendo y promoviendo al socialismo como si nada hubiese pasado. El problema de los dirigentes totalitarios (todo en el Estado) radica en que suponen estar exentos de defectos, mientras que, a la vez, culpan de todos los males a un grupo étnico, como hicieron los nazis con los judíos, o a una clase social, como hicieron los marxistas-leninistas con la burguesía.
José Cayuela escribió: ”El debate en torno a los derechos humanos entre marxistas y liberales-humanistas de distintos matices tiene uno de sus centros en la naturaleza de los que se deben cautelar. Para los seguidores del pensamiento materialista, todos están determinados por las relaciones de producción y el tipo de Estado resultante de ellas. Por lo tanto, cambian según las variaciones que se operen dentro de los mecanismos de poder económico y político. Para los liberales, los derechos humanos son inalienables, eternos y naturales al individuo, que no puede renunciar a ellos ni siquiera en virtud de un «contrato social». De allí que en los países socialistas se hagan primar derechos de carácter «social» como trabajo, educación, salud y vivienda para todos, mientras en los capitalistas se pretende asegurar el ejercicio de atributos individuales como la libertad y la propiedad. La Declaración Universal adoptada por las Naciones Unidas en 1948 consagra unos y otros” (De “Derechos inhumanos en Gran Bretaña”-Editorial Pomaire SA-Barcelona 1979).
Debe señalarse que el siglo XX mostró claramente que sin libertad ni propiedad privada, poco trabajo, poca educación, poca salud y vivienda, se han de conseguir, y menos “para todos”.
Quienes aceptan la postura religiosa por la cual se supone que el universo y el hombre fueron creados por un Dios trascendente, sostienen que, por ello mismo, tanto uno como el otro son esencialmente “buenos”, y si las cosas andan mal, no es “culpa” del universo ni de Dios, sino del propio ser humano. De ahí que en el relato del Génesis bíblico aparezca la expresión: “… y vio Dios que era bueno”.
La otra postura extrema, la de quienes piensan que tanto el universo como el hombre no forman parte de un orden general, y que son consecuencia de un azar indiferente a toda finalidad, tienden a desconfiar tanto de la “bondad” del universo como del hombre. De ahí la desconfianza básica mostrada por quienes manifiestan la postura atea.
Mientras que la fe puede ser tanto positiva como negativa, existe también la posibilidad de establecer un pensamiento basado en el razonamiento y las evidencias. Tal la visión científica de la realidad y por la cual se supone que todo lo existente está regido por alguna forma de ley natural, y que, por ello mismo, el universo y el hombre aparecen vinculados bajo cierta finalidad implícita en las leyes que los gobiernan. La visión científica se ubica, por ello, cerca de la del creyente en el Dios trascendente.
La postura basada en la confianza, en el sentido indicado, es la que opta por la libertad del hombre, tanto en lo económico como en lo político, aunque resulta ser una libertad limitada convenientemente. A dicha postura se la puede comparar con la actitud del docente que, antes de conocer a un grupo de alumnos, supone que “todos son buenos, excepto algunos”.
La postura basada en la desconfianza, es la que opta por un orden artificial y estatal, que anula la libertad del hombre, tanto en lo económico como en lo político. Se la puede comparar con la actitud del docente que, antes de conocer a un grupo de alumnos, supone que “todos son malos, excepto algunos”.
Elmo Roper escribió: “Casi todos se declaran a favor de la frase «Declaración de los Derechos»; pero según las encuestas realizadas hay considerables minorías que no desaprobarían ciertas formas de censura, como limitación a la libertad de expresión, interceptación de comunicaciones telefónicas y otras restricciones de la libertad personal e intromisión en la vida privada. No cabe duda de que muchos estadounidenses no han asimilado todavía los conceptos fundamentales sobre los que descansa la libertad de su país: un profundo respeto por el individuo, y la convicción de que existen derechos y libertades inalienables, que ninguna persona ni gobierno alguno pueden suprimir”.
“Hay varias razones para que tales conceptos no sean universalmente aceptados. Una de ellas es que la libertad civil se basa en la fe en el hombre, y en la creencia de que éste sólo alcanza su pleno desarrollo en una atmósfera de auténtica libertad. Sin embargo, no todos comparten esa fe en el hombre; piensan que hay más probabilidades de que un hombre libre se meta en dificultades que de que alcance la más noble realización de sí. Quienes así opinan prefieren el gobierno de la autoridad al estímulo de la libertad. La humanidad vivió durante siglos sometida a tradiciones autoritarias y hay quienes todavía prefieren ser gobernados por otros a gobernarse a sí mismos”.
El predominio de la libertad en las relaciones humanas implica un vínculo entre iguales, mientras que el predominio de jefes sobre subalternos presupone vínculos entre desiguales. La igualdad entre los hombres proviene de la actitud cooperativa impulsada por el cristianismo, de ahí que la igualdad se establezca junto a la libertad. El citado autor agrega: “¿Cómo conservar esas libertades? Es necesario un respeto inquebrantable hacia los demás seres humanos, y ese respeto tiene que cimentarse en el sentimiento de afinidad entre los hombres y el amor fraterno. Es asimismo necesario una visión lo más amplia posible de la naturaleza humana, y hay que trabajar por la plena realización de esa naturaleza. Es imprescindible una honda comprensión de la filosofía política sobre la cual se funda la Declaración de Derechos: una «búsqueda perpetua de los significados últimos de la vida, llevada a cabo con plena libertad mental y espiritual»” (Del Prefacio de “La libertad y sus garantías” de Frank K. Kelly-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1968).
La humanidad tiende a evolucionar desde un colectivismo primitivo hacia una sociedad de individuos libres. En el primer caso, el destino de los grupos venia definido esencialmente por la visión de un solo hombre, mientras que en el segundo caso viene definido por la contribución personal de cada individuo. Frank K. Kelly escribió: “La conquista de las libertades individuales ha sido el resultado de un lento proceso, que abarcó miles de años. Las libertades se ganaron y se perdieron una y otra vez. Hoy podemos volver a perderlas, olvidándonos de ellas, si no les brindamos los cuidados que necesitan y merecen”.
“La conciencia individual –la idea de que toda persona es un ente distinto e insustituible- fue despertando lentamente en el transcurso de los siglos. Las tribus primitivas consideraban por lo común a hombres y mujeres como meros integrantes de la tribu respectiva, no como seres humanos distintos y libres”.
Las actitudes optimistas y pesimistas se han manifestado en los dos últimos siglos bajo las tendencias liberales y socialistas, respectivamente. Raymond G. Gettell escribió: “Se presentan dos visiones distintas del estado de naturaleza. Según una, el estado natural supone una sociedad venturosa e idílica, donde reinan la sencillez y la virtud, paraíso que desaparece con la entronización de la autoridad y ensueño que desearían resucitar los hombres. Por otra parte se presenta el estado natural como una condición constante de luchas y violencias, a las cuales pone remedio la creación del Estado, con el peligro de volver a aquellos días de desgracia si los hombres no son sabios y enérgicos” (De “Historia de las Ideas políticas”-Editorial Labor SA-Barcelona 1950).
La postura liberal propone la libertad, como valor esencial, que ha de ser controlada de alguna forma para que no se produzcan excesos. Una postura optimista respecto del hombre, no significa que ingenuamente suponga una especie de “bondad natural” en todos los seres humanos. De ahí que proponga, en política, la división de poderes y la posibilidad de cambiar a los gobernantes periódicamente. En el plano económico, por otra parte, mediante la competencia empresarial, se establece un control por parte del consumidor, bajo un proceso similar al empleado en política. Tanto la democracia política como la económica tienden a establecer controles sobre los gobernantes y los gobernados con una mínima pérdida de derechos y de libertad. John Locke escribió: “Para entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es éste un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de la naturaleza, sin pedir permiso ni depender de ningún hombre”.
“Es también un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás. Nada hay más evidente que el que criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas ellas para disfrutar en conjunto las mismas ventajas naturales y para hacer uso de las mismas facultades, hayan de ser también iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas a otras…” (Del “Segundo Tratado sobre el gobierno civil”- Ediciones Altaya SA-Barcelona 1998).
Por el contrario, la postura totalitaria, al presuponer una natural “guerra entre los hombres”, propone el Estado como la institución capaz de establecer la paz. Thomas Hobbes escribió: “Los hombres no encuentran placer, sino, muy por el contrario, un gran sufrimiento, al convivir con otros allí donde no hay un poder superior capaz de atemorizarlos a todos. Pues cada individuo quiere que su prójimo lo tenga en tan alta estima como ése tiene a sí mismo; y siempre que detecta alguna señal de desprecio o de menosprecio, trata naturalmente, hasta donde se atreve (y entre los que no tienen un poder común que los controle puede llegarse hasta la destrucción mutua), de hacer daño a quienes lo desprecian para que éstos lo valoren más, y para así dar un ejemplo a los otros” (De “Leviatán”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1997).
En la actualidad podemos advertir que ha sido más coherente la postura liberal por cuanto los diversos totalitarismos produjeron las peores catástrofes sociales que recuerda la humanidad al entregar todo el poder del Estado a personajes como Lenin, Stalin, Hitler o Mao-Tse-Tung. Sin embargo, todavía se sigue discutiendo y promoviendo al socialismo como si nada hubiese pasado. El problema de los dirigentes totalitarios (todo en el Estado) radica en que suponen estar exentos de defectos, mientras que, a la vez, culpan de todos los males a un grupo étnico, como hicieron los nazis con los judíos, o a una clase social, como hicieron los marxistas-leninistas con la burguesía.
José Cayuela escribió: ”El debate en torno a los derechos humanos entre marxistas y liberales-humanistas de distintos matices tiene uno de sus centros en la naturaleza de los que se deben cautelar. Para los seguidores del pensamiento materialista, todos están determinados por las relaciones de producción y el tipo de Estado resultante de ellas. Por lo tanto, cambian según las variaciones que se operen dentro de los mecanismos de poder económico y político. Para los liberales, los derechos humanos son inalienables, eternos y naturales al individuo, que no puede renunciar a ellos ni siquiera en virtud de un «contrato social». De allí que en los países socialistas se hagan primar derechos de carácter «social» como trabajo, educación, salud y vivienda para todos, mientras en los capitalistas se pretende asegurar el ejercicio de atributos individuales como la libertad y la propiedad. La Declaración Universal adoptada por las Naciones Unidas en 1948 consagra unos y otros” (De “Derechos inhumanos en Gran Bretaña”-Editorial Pomaire SA-Barcelona 1979).
Debe señalarse que el siglo XX mostró claramente que sin libertad ni propiedad privada, poco trabajo, poca educación, poca salud y vivienda, se han de conseguir, y menos “para todos”.
lunes, 3 de agosto de 2015
La universalidad del Derecho
Toda actividad cognitiva compatible con la ciencia experimental presenta como características su objetividad y su universalidad, es decir, se trata de un conocimiento que puede ser verificado experimentalmente en toda época y en todo lugar, y, por lo tanto, su validez no dependerá ni de la época ni del lugar de su realización. Los gobiernos totalitarios pueden, sin embargo, establecer leyes arbitrarias, mientras que los gobiernos populistas pueden asimismo promulgar leyes con la única finalidad de captar votos. Pero tarde o temprano quedarán al margen del derecho si no contemplan su compatibilidad con el derecho natural y con las restantes ramas de la ciencia social. Jacques Leclercq escribió: “El derecho natural se halla en la confluencia de lo moral y de lo social al mismo tiempo que de lo jurídico y lo político. Por otra parte, el derecho natural es una noción que se encuentra a lo largo de toda la historia, llegando incluso a provocar fuertes polémicas en el siglo XX”.
“Hasta el siglo XIX, el derecho natural es el objeto de una tradición muy constante en Occidente. No es que no haya habido siempre escépticos que sostengan que el derecho es arbitrario, y que reposa únicamente sobre la voluntad de los gobernantes. Esta era ya la actitud de los sofistas, contra los que Platón y Sócrates mostraban gran indignación; y esta negación del derecho natural ha sido adoptada en los tiempos modernos por teóricos de diferentes escuelas, como, por ejemplo, Hobbes, en Inglaterra, o los alemanes del siglo XIX, que fueron los que desarrollaron el movimiento intelectual que desembocó en el nazismo”.
“Los gobernantes no sienten mucha simpatía por el derecho natural, porque no se suele emplear casi nunca más que para resistirles. Esto lo podemos ver, incluso, dentro de la sociedad familiar, en la que a los padres no les gusta que sus hijos pretendan tener derechos. El impulso natural de todo gobernante se inclina hacia el paternalismo: desea que sus subordinados se abandonen a su prudencia y a su bondad; generalmente piensa que hace por ellos mucho más de lo que debiera, y que, por lo tanto, sus súbditos le deberían estar agradecidos. Discutir si él tiene derecho a hacer una cosa o a tomar una medida es poner en duda o su prudencia o su virtud”.
“Por esto, en los regímenes despóticos, donde la voluntad del gobernante es ley, no se habla nunca de derechos del hombre ni de derecho natural. En Occidente, esta concepción despótica ha sido vencida a lo largo de los siglos, siempre que ha querido imponerse. Lo fue en la antigua Grecia; lo ha sido en Inglaterra, donde las teorías de Hobbes fueron vencidas por las concepciones liberales que imponían al monarca los «bills of rights», o proclamaciones de los derechos del pueblo; en el continente fueron aplastados por la Revolución Francesa y, cuando se han intentado imponer en Alemania, han sido dominadas por las guerras mundiales, a las que estas teorías habían hecho abocar”.
“La idea de que la ley natural es superior a la ley positiva aparece a lo largo de toda la historia occidental. Al final de la antigüedad, los estoicos insistieron en la idea de que los hombres tienen derechos y deberes independientes de las leyes positivas, y que estos derechos y estos deberes se fundamentan en una justicia que domina sobre las relaciones humanas; la ley debe ser justa para unir las conciencias. Cicerón, sobre todo, que es el principal testigo de la tradición estoica de su tiempo, desarrolla la idea de la ley natural con una extraordinaria amplitud; y la figura de Cicerón es particularmente interesante porque, al mismo tiempo, es un jurista, es decir, un profesional del derecho positivo. Así se va formando la idea de un derecho que no se funda en la opinión o en la voluntad de los hombres, sino en la naturaleza, y que se impone al espíritu. Y este derecho natural se opone, controlándolo, al derecho positivo, realizado por los pueblos en sus instituciones. «El peor de los absurdos –dice Cicerón- es considerar como justas todas las instituciones o las leyes de las naciones». Esta ley natural es innata en nosotros y nada puede derogarla ni abrogarla. Y a ella es a la que recurren los débiles contra las injusticias de los poderosos”.
“Todo el mundo considera estos principios del derecho natural como principios morales; y estos principios morales son los que gobiernan la conducta humana. El derecho se funda sobre la moral; debe sancionar la moral y permitir a los hombres ponerla en práctica, ayudarles ocasionalmente…” (De “Del Derecho natural a la Sociología”-Ediciones Morata-Madrid 1961).
La economía y el derecho son las primeras victimas del embate totalitario o populista. En la búsqueda inmediata de la libertad de acción del gobernante, no así de los gobernados, se desconoce toda norma legal vigente hasta intentar cambiar la Constitución si ello resulta favorable a sus intereses personales. Juan Vázquez de Mella escribió: “No puede existir una sociedad sin un orden de principios morales y jurídicos inmutable e inviolable que sirva de frontera a la libertad humana, individual o colectiva. La inviolabilidad de los principios o de las instituciones que los representan tiene que estar en alguna parte; porque si todo es variable y violable, no existe más que el imperio de la fuerza y el derecho es un proscripto. Y una sociedad que no esté unida por el derecho será una congregación de fieras, pero no será una sociedad de personas” (Citado en “Curso de Derecho Natural” de Bernardino Montejano (h)-Editorial Abeledo-Perrot SA-Buenos Aires 1978).
Grecia fue uno de los pueblos que inicia la búsqueda de principios jurídicos permanentes. Montejano escribe: “Los primeros pensadores que aparecen en Grecia se pueden agrupar bajo la denominación de cosmológicos, ya que el punto de mira de su observación y reflexión se encontraba en el cosmos. Allí, ellos buscaban un orden; el orden que regía el universo”.
“Además, dentro del universo, había cosas y seres que se movían, en el sentido de que cambiaban. Por ello estos primeros pensadores «buscan detrás de las continuas mudanzas a que se halla sometido el mundo sensible, un elemento primordial, estable y unitario, una sustancia primaria de la que todas las demás surgen y a la que todas vuelven. A esta sustancia primigenia le dieron el nombre de physis, de naturaleza» (Truyol y Serra)”.
Con el tiempo se advierte que no existe una sustancia básica de la cual están hechas las demás, sino que en realidad todo lo existente está compuesto de una sustancia única (que unos llaman materia y otros energía). Pero lo que resultó ser invariante, aun ante el cambio, fue la forma del cambio mismo, de donde surge el concepto de ley natural invariante. Así, todo lo existente está regido por alguna ley de ese tipo, pudiendo definirse la ley natural como el vínculo invariante entre causas y efectos. De ahí que las leyes humanas, provenientes del derecho, tienen sentido sólo si contemplan y son compatibles con las leyes naturales que gobiernan nuestras mentes y nuestros cuerpos. Heráclito manifestó: “Todas las leyes humanas se alimentan de una, la divina; ésta manda cuando quiere, basta a todos y las supera”.
Un error generalizado de nuestra época radica en que los especialistas de las distintas ramas de las ciencias sociales tienden a especializarse en su tema y a ignorar completamente al resto de esas ramas. Si estuviesen totalmente desligadas, dejarían de ser “ciencias”, como es el caso de la política que contradice las leyes económicas, o la economía que contradice las leyes éticas. Quien se dedica a las ciencias sociales debe, al menos, conocer al resto. Por ejemplo, si tomamos una de ellas, la Psicología social, se advierte que tiene vinculaciones con la Economía, Filosofía, Teoría de la Personalidad, Historia, Política, y Sociología, como disciplinas afines, acerca de las cuales el psicólogo social debe tener un conocimiento aceptable. Jacques Leclercq escribió: “Las ciencias sociales se desarrollan en una atmósfera poco favorable a la precisión. A esto hay que añadir, además, que están repartidas entre especialistas que forman entre sí grupos cerrados, sin contacto con los demás”.
Se puede sintetizar la secuencia por la cual el hombre se adapta paulatinamente al orden natural, proceso que se conoce como “evolución cultural”:
1- Se advierte que todo lo existente está regido por leyes naturales, no escritas en ninguna parte.
2- Se trata de encontrar, describir y difundir nuevas leyes naturales.
3- Si dichas leyes se refieren al hombre, o a la sociedad, se trata de optimizar su comportamiento.
4- Se pretende de esa forma que el hombre se adapte algo mejor al orden natural.
Como ejemplo puede describirse el proceso por el cual se establece una ética natural en el marco de la Psicología social. Luego de aceptar el principio tácito de la ciencia experimental (todo está regido por leyes naturales), se describe el principal vinculo existente entre respuesta y estimulo, como es la actitud característica. Se advierte que esta respuesta característica puede describirse mediante componentes afectivas y cognitivas. Las primeras son el amor, el odio, el egoísmo y la indiferencia; las segundas implican las referencias adoptadas para adquirir nuevos conocimientos (la realidad, uno mismo, otra persona, lo que dice la mayoría).
Finalmente, se procede a la optimización del comportamiento eligiendo la actitud acorde a la tendencia cooperativa, con la propuesta de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias (que es esencialmente el mandamiento cristiano del amor al prójimo). Desde el punto de vista cognitivo, se sugiere adoptar a la propia realidad como referencia; tal como lo hace el científico.
Si este proceso produce buenos resultados, se supone que se ha encontrado una ley verdadera, que ha de ser tenida en cuenta por quienes establecen las leyes humanas a través del derecho. Luego, la universalidad del derecho positivo provendrá de “heredar” la universalidad del derecho natural cuando se lo tiene en cuenta. De lo contrario, tendrá validez sectorial, como en el caso de los totalitarismos y populismos.
La superioridad de la ley natural respecto de la ley humana se hace evidente cuando un jerarca nazi, o uno marxista, ordena a un subalterno ejecutar a un judío, o a un burgués, mientras que dicho subalterno opta por priorizar la ley natural y desobedecer la orden compatible con el derecho positivo totalitario, caracterizado por su incompatibilidad con la ética natural elemental.
Al tener, la ley natural, validez universal, la ley humana la ha de tener sólo si resulta compatible con aquélla. De lo contrario se cae en el absurdo antes señalado por Cicerón. Recordemos que Benito Mussolini, fiel obediente al derecho positivo fascista, ordena la ejecución de Galeazzo Ciano, el marido de su propia hija.
“Hasta el siglo XIX, el derecho natural es el objeto de una tradición muy constante en Occidente. No es que no haya habido siempre escépticos que sostengan que el derecho es arbitrario, y que reposa únicamente sobre la voluntad de los gobernantes. Esta era ya la actitud de los sofistas, contra los que Platón y Sócrates mostraban gran indignación; y esta negación del derecho natural ha sido adoptada en los tiempos modernos por teóricos de diferentes escuelas, como, por ejemplo, Hobbes, en Inglaterra, o los alemanes del siglo XIX, que fueron los que desarrollaron el movimiento intelectual que desembocó en el nazismo”.
“Los gobernantes no sienten mucha simpatía por el derecho natural, porque no se suele emplear casi nunca más que para resistirles. Esto lo podemos ver, incluso, dentro de la sociedad familiar, en la que a los padres no les gusta que sus hijos pretendan tener derechos. El impulso natural de todo gobernante se inclina hacia el paternalismo: desea que sus subordinados se abandonen a su prudencia y a su bondad; generalmente piensa que hace por ellos mucho más de lo que debiera, y que, por lo tanto, sus súbditos le deberían estar agradecidos. Discutir si él tiene derecho a hacer una cosa o a tomar una medida es poner en duda o su prudencia o su virtud”.
“Por esto, en los regímenes despóticos, donde la voluntad del gobernante es ley, no se habla nunca de derechos del hombre ni de derecho natural. En Occidente, esta concepción despótica ha sido vencida a lo largo de los siglos, siempre que ha querido imponerse. Lo fue en la antigua Grecia; lo ha sido en Inglaterra, donde las teorías de Hobbes fueron vencidas por las concepciones liberales que imponían al monarca los «bills of rights», o proclamaciones de los derechos del pueblo; en el continente fueron aplastados por la Revolución Francesa y, cuando se han intentado imponer en Alemania, han sido dominadas por las guerras mundiales, a las que estas teorías habían hecho abocar”.
“La idea de que la ley natural es superior a la ley positiva aparece a lo largo de toda la historia occidental. Al final de la antigüedad, los estoicos insistieron en la idea de que los hombres tienen derechos y deberes independientes de las leyes positivas, y que estos derechos y estos deberes se fundamentan en una justicia que domina sobre las relaciones humanas; la ley debe ser justa para unir las conciencias. Cicerón, sobre todo, que es el principal testigo de la tradición estoica de su tiempo, desarrolla la idea de la ley natural con una extraordinaria amplitud; y la figura de Cicerón es particularmente interesante porque, al mismo tiempo, es un jurista, es decir, un profesional del derecho positivo. Así se va formando la idea de un derecho que no se funda en la opinión o en la voluntad de los hombres, sino en la naturaleza, y que se impone al espíritu. Y este derecho natural se opone, controlándolo, al derecho positivo, realizado por los pueblos en sus instituciones. «El peor de los absurdos –dice Cicerón- es considerar como justas todas las instituciones o las leyes de las naciones». Esta ley natural es innata en nosotros y nada puede derogarla ni abrogarla. Y a ella es a la que recurren los débiles contra las injusticias de los poderosos”.
“Todo el mundo considera estos principios del derecho natural como principios morales; y estos principios morales son los que gobiernan la conducta humana. El derecho se funda sobre la moral; debe sancionar la moral y permitir a los hombres ponerla en práctica, ayudarles ocasionalmente…” (De “Del Derecho natural a la Sociología”-Ediciones Morata-Madrid 1961).
La economía y el derecho son las primeras victimas del embate totalitario o populista. En la búsqueda inmediata de la libertad de acción del gobernante, no así de los gobernados, se desconoce toda norma legal vigente hasta intentar cambiar la Constitución si ello resulta favorable a sus intereses personales. Juan Vázquez de Mella escribió: “No puede existir una sociedad sin un orden de principios morales y jurídicos inmutable e inviolable que sirva de frontera a la libertad humana, individual o colectiva. La inviolabilidad de los principios o de las instituciones que los representan tiene que estar en alguna parte; porque si todo es variable y violable, no existe más que el imperio de la fuerza y el derecho es un proscripto. Y una sociedad que no esté unida por el derecho será una congregación de fieras, pero no será una sociedad de personas” (Citado en “Curso de Derecho Natural” de Bernardino Montejano (h)-Editorial Abeledo-Perrot SA-Buenos Aires 1978).
Grecia fue uno de los pueblos que inicia la búsqueda de principios jurídicos permanentes. Montejano escribe: “Los primeros pensadores que aparecen en Grecia se pueden agrupar bajo la denominación de cosmológicos, ya que el punto de mira de su observación y reflexión se encontraba en el cosmos. Allí, ellos buscaban un orden; el orden que regía el universo”.
“Además, dentro del universo, había cosas y seres que se movían, en el sentido de que cambiaban. Por ello estos primeros pensadores «buscan detrás de las continuas mudanzas a que se halla sometido el mundo sensible, un elemento primordial, estable y unitario, una sustancia primaria de la que todas las demás surgen y a la que todas vuelven. A esta sustancia primigenia le dieron el nombre de physis, de naturaleza» (Truyol y Serra)”.
Con el tiempo se advierte que no existe una sustancia básica de la cual están hechas las demás, sino que en realidad todo lo existente está compuesto de una sustancia única (que unos llaman materia y otros energía). Pero lo que resultó ser invariante, aun ante el cambio, fue la forma del cambio mismo, de donde surge el concepto de ley natural invariante. Así, todo lo existente está regido por alguna ley de ese tipo, pudiendo definirse la ley natural como el vínculo invariante entre causas y efectos. De ahí que las leyes humanas, provenientes del derecho, tienen sentido sólo si contemplan y son compatibles con las leyes naturales que gobiernan nuestras mentes y nuestros cuerpos. Heráclito manifestó: “Todas las leyes humanas se alimentan de una, la divina; ésta manda cuando quiere, basta a todos y las supera”.
Un error generalizado de nuestra época radica en que los especialistas de las distintas ramas de las ciencias sociales tienden a especializarse en su tema y a ignorar completamente al resto de esas ramas. Si estuviesen totalmente desligadas, dejarían de ser “ciencias”, como es el caso de la política que contradice las leyes económicas, o la economía que contradice las leyes éticas. Quien se dedica a las ciencias sociales debe, al menos, conocer al resto. Por ejemplo, si tomamos una de ellas, la Psicología social, se advierte que tiene vinculaciones con la Economía, Filosofía, Teoría de la Personalidad, Historia, Política, y Sociología, como disciplinas afines, acerca de las cuales el psicólogo social debe tener un conocimiento aceptable. Jacques Leclercq escribió: “Las ciencias sociales se desarrollan en una atmósfera poco favorable a la precisión. A esto hay que añadir, además, que están repartidas entre especialistas que forman entre sí grupos cerrados, sin contacto con los demás”.
Se puede sintetizar la secuencia por la cual el hombre se adapta paulatinamente al orden natural, proceso que se conoce como “evolución cultural”:
1- Se advierte que todo lo existente está regido por leyes naturales, no escritas en ninguna parte.
2- Se trata de encontrar, describir y difundir nuevas leyes naturales.
3- Si dichas leyes se refieren al hombre, o a la sociedad, se trata de optimizar su comportamiento.
4- Se pretende de esa forma que el hombre se adapte algo mejor al orden natural.
Como ejemplo puede describirse el proceso por el cual se establece una ética natural en el marco de la Psicología social. Luego de aceptar el principio tácito de la ciencia experimental (todo está regido por leyes naturales), se describe el principal vinculo existente entre respuesta y estimulo, como es la actitud característica. Se advierte que esta respuesta característica puede describirse mediante componentes afectivas y cognitivas. Las primeras son el amor, el odio, el egoísmo y la indiferencia; las segundas implican las referencias adoptadas para adquirir nuevos conocimientos (la realidad, uno mismo, otra persona, lo que dice la mayoría).
Finalmente, se procede a la optimización del comportamiento eligiendo la actitud acorde a la tendencia cooperativa, con la propuesta de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias (que es esencialmente el mandamiento cristiano del amor al prójimo). Desde el punto de vista cognitivo, se sugiere adoptar a la propia realidad como referencia; tal como lo hace el científico.
Si este proceso produce buenos resultados, se supone que se ha encontrado una ley verdadera, que ha de ser tenida en cuenta por quienes establecen las leyes humanas a través del derecho. Luego, la universalidad del derecho positivo provendrá de “heredar” la universalidad del derecho natural cuando se lo tiene en cuenta. De lo contrario, tendrá validez sectorial, como en el caso de los totalitarismos y populismos.
La superioridad de la ley natural respecto de la ley humana se hace evidente cuando un jerarca nazi, o uno marxista, ordena a un subalterno ejecutar a un judío, o a un burgués, mientras que dicho subalterno opta por priorizar la ley natural y desobedecer la orden compatible con el derecho positivo totalitario, caracterizado por su incompatibilidad con la ética natural elemental.
Al tener, la ley natural, validez universal, la ley humana la ha de tener sólo si resulta compatible con aquélla. De lo contrario se cae en el absurdo antes señalado por Cicerón. Recordemos que Benito Mussolini, fiel obediente al derecho positivo fascista, ordena la ejecución de Galeazzo Ciano, el marido de su propia hija.
sábado, 1 de agosto de 2015
Economía vs. opinión pública
Cuando la opinión pública se aleja bastante de los conocimientos aportados por la ciencia económica, la sociedad ha de transitar por situaciones poco deseables, ya que los resultados económicos no serán los mejores. Incluso tal sociedad estará destinada al subdesarrollo aun cuando se le presenten situaciones externas e internas favorables.
Los ideólogos populistas y totalitarios se encargan prioritariamente de distorsionar y de negar los principios y los resultados de la aplicación de la ciencia económica, produciendo en la opinión pública una actitud favorable a la postura socialista, antagónica al empresariado y al mercado. De ahí que, en sucesivas elecciones, ganarán los partidos políticos afines a tales ideas.
Estos inconvenientes se ven facilitados por el carácter poco intuitivo de la economía, ámbito en el cual resulta difícil distinguir entre causas y efectos, ya que los resultados de las acciones emprendidas se producen con cierto retardo, que puede ser del orden de los años. Juan Carlos Cachanosky escribió: “Toda política económica, al ser aplicada, tiene efectos inmediatos y mediatos, o de corto y largo plazo. A estos términos no se los debe asociar con una magnitud de tiempo sino, más bien, con un orden cronológico. Antes de sentirse los efectos a largo plazo siempre aparecen primero los del corto. Largo plazo significa resultado final y se puede alcanzar en un minuto o en cien años, pero siempre precedido por fenómenos que llamamos de corto plazo”.
En cuanto al criterio que conduce al éxito económico, Henry Hazlitt escribió: “El arte de la economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas, en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo sino sobre todos los sectores”.
“Nueve décimas partes de los sofismas económicos que están causando tan terrible daño en el mundo actual son el resultado de ignorar esta lección. Derivan siempre de uno de estos dos errores, fundamentalmente, o de ambos: el contemplar sólo las consecuencias inmediatas de una medida o programa y el considerar únicamente sus efectos sobre un determinado sector, con olvido de los restantes” (De “La economía en una lección”-Unión Editorial SA-Madrid 1973).
Por lo general, la opinión pública sigue una secuencia de razonamientos bastante incompleta, de la misma manera en que el aprendiz de ajedrez contempla sólo una o dos jugadas posibles del rival. Esta actitud es aprovechada por los políticos para lograr votos a costa de promesas de dificultosa realización. Tal es el caso de una ley que congele el precio de los alquileres, que resulta atractiva a las masas por cuanto suponen que tal medida “beneficia a los pobres y perjudica a los ricos”. Sin embargo, en tal caso se limita y se desalienta la construcción de viviendas para alquiler, deteriorando seriamente la industria de la construcción. Además, mientras que se benefician quienes están alquilando, se perjudican quienes desean alquilar por cuanto la cantidad de viviendas disponibles ha de ser cada vez menor. Juan Carlos Cachanosky escribió: “Por desgracia, las leyes económicas hacen que los efectos inmediatos y mediatos de una medida económica se comporten en forma inversa en lo que se refiere a la opinión pública. En efecto, las correctas medidas económicas tienen resultados populares a largo plazo y antipopulares a corto plazo; mientras que las malas son antipopulares en el largo plazo y populares en el corto”.
“Este comportamiento de las leyes económicas se presta para conseguir aceptación política, puesto que para ganar votos o apoyo de la población los políticos necesitan hacer sentir rápidamente los buenos resultados de sus acciones sin importarles demasiado las consecuencias a largo plazo”.
“En este sentido, la política económica debe estar subordinada a los principios de la economía. Por la misma razón que un gobierno no puede sancionar una ley que establezca que todos los pelirrojos deben ser fusilados porque estaría violando un principio moral a todas luces evidente, tampoco puede sancionar una ley que viole principios económicos”. “Son los principios de las distintas ciencias los que forman el límite de la actividad de los gobiernos y sobre los cuales debe ser elaborada toda constitución. Una ley no puede ser sancionada por el hecho de que un partido político lo proponga y la mayoría lo vote. Este no es un gobierno democrático sino que es la tiranía de la mayoría sobre la minoría”.
“Pese a todo lo que se piense en contra, la economía tiene leyes, principios inmutables y universales que no pueden ser violados sin que tarde o temprano (en el largo plazo) produzcan efectos poco deseables como los que se están viviendo en casi todo el mundo. Es por esta razón necesario poner todos los esfuerzos que sean posibles para que se comprenda que las leyes económicas no se inventan sino que se descubren y que operan independientemente de la voluntad de los gobernantes, y que éstos las deben respetar para lograr una economía sana” (De “Ideas sobre la libertad”-Centro de Estudios sobre la Libertad-Nº 47-Buenos Aires 1985).
Como ejemplo de decisiones políticas adoptadas con fines electorales, puede mencionarse el caso de Richard Nixon que “en contra de su instinto y el de sus consejeros aprobó controles de los precios y salarios en 1971. El resultado final fue que los problemas económicos se agravaron y, en última instancia, la inflación fue mayor. No obstante, la administración Nixon tenía un claro incentivo para imponer los controles: las elecciones estaban cerca, y sabía que los efectos desagradables de la política tardarían algún tiempo en ser evidentes. A corto plazo, el plan gozó de una enorme popularidad entre la opinión pública, y Nixon resultó reelegido en noviembre de 1972 con una victoria aplastante” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía” de Edmund Conway-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2011).
Resulta bastante difícil encontrar a un político, o a un ministro de economía, que sea capaz de lograr adhesión de la opinión pública cuando diga lo “políticamente incorrecto” (la verdad) y se preocupe por el bienestar y la seguridad de la población en lugar de dar prioridad a su propia carrera en la administración pública. Juan Carlos Cachanosky agregó: “Para que las correctas medidas económicas, a pesar de ser antipopulares, puedan ser llevadas a la práctica, es de suma importancia que los ministros de economía sean muy buenos economistas y muy buenos políticos”.
“Se necesita ser muy buen economista para poder comprender cabalmente lo que está sucediendo. Hay que tener en todo momento claridad de pensamiento para determinar cuáles son las medidas a tomar para sanear la economía. Un ministro de economía no se puede dar el lujo de ir tanteando cuáles son las medidas correctas sino que debe tener la suficiente capacidad de análisis como para detectar las causas de los problemas”.
“Cuanto más se rechacen las sanas políticas económicas tanto mayor poder de convicción se necesitará para poder aplicarlas, y muchas personas plenamente convencidas de un buen plan económico lo rechazan por ser inaplicable a pesar de ser el único que soluciona el problema. Cabría calificar de utópico a todo aquél que trate de aplicar una política económica que es rechazada por el público, pero tampoco deja de ser menos utópico aquél que, porque son populares, toma medidas económicas erróneas con la ilusión de sanear la economía: ¡las leyes económicas no se pueden cambiar, la opinión pública sí!”.
“Aunque lleva miles de años convencer a la sociedad, es posible hacerlo; será improbable pero no imposible; mientras que es totalmente imposible «convencer» a las leyes económicas que operen de otra forma para que sean políticamente viables. La inflación fue, es y será falsificación de moneda y de nada sirve llamar utópico a aquél que quiera detener la inflación dejando de emitir dinero si esta medida es políticamente imposible, más bien serán utópicos aquéllos que busquen otro camino para detenerla. Lo mismo sucede con muchos otros problemas económicos”.
Antes de producirse el “milagro económico” alemán, luego de la Segunda Guerra Mundial, fue necesario que se produjera previamente el “milagro político”, cuando Alemania encontró un economista-político capaz de convencer a la población acerca de las ventajas de la economía de mercado. El citado autor agrega: “Tal vez Ludwig Erhard sea el mejor ejemplo de un excelente economista y un excelente político; en momentos difíciles supo convencer a los alemanes de mantener el rumbo que él le había dado a la política económica. No solamente eligió las buenas medidas sino que, además, tuvo la habilidad de poder llevarlas a efecto y luchar para mantenerlas vigentes a pesar de las críticas de los partidos opositores que poco a poco tuvieron que admitir la realidad del famoso «milagro alemán»”.
“Todo ministro de economía que tenga claridad de ideas podrá transmitir esta claridad a la población para que sepa ésta qué es lo que está sucediendo. Las malas políticas económicas no necesitan grandes explicaciones porque, en general, son populares y, en cuanto el tiempo comienza a mostrar el fracaso, es fácil encontrar terceros culpables en empresarios, empresas multinacionales, etc. Pero las correctas medidas económicas son muy antipopulares y es por ello que necesitan de una casi continua y muy clara explicación del porqué de cada paso y sus consecuencias”.
Ludwig Erhard escribió: “Al principio no se vio segura, en modo alguno, la victoria de los defensores de las tendencias liberales sobre los representantes de las concepciones dirigistas. El pueblo alemán se encontraba bajo la influencia del shock producido por un derrumbamiento total. La profunda desesperación, el miedo y la inseguridad, parecían haberle robado toda capacidad de discusión y de decisión; y fue precisa una gran fuerza de persuasión para conducirle por el camino de una ordenación económica desconocida hasta entonces para él, y que en aquel momento se le aparecía casi como una aventura”.
“Pero incluso cuando empezó a hacerse manifiesto el éxito de la «economía social de mercado» -que así se denominó el sistema aplicado a la vida económica basado en la mínima interferencia posible del Estado en el mecanismo económico en acción; en la amplia dispersión de la propiedad; en el fortalecimiento de la clase media y en la autonomía de los participantes en las asociaciones arancelarias- se presentaron otras pruebas que hubo que vencer, especialmente producidas como consecuencia de tensiones internacionales, antes de que se hiciera evidente que el pueblo alemán, había encontrado una ordenación económica definitiva, adecuada a su forma de trabajo y de vida” (De “La Economía Social de Mercado”-Ediciones Omega SA-Barcelona 1964).
Quien pretenda mejorar la economía argentina, advertirá que gran parte de la población no tuvo preferencia por la exitosa Republica Federal Alemana, la del “milagro alemán”, sino por la fracasada Republica Democrática Alemana, la del “muro de Berlín”. Ante el éxito evidente y el fracaso evidente, en un país subdesarrollado se elige el fracaso.
Los ideólogos populistas y totalitarios se encargan prioritariamente de distorsionar y de negar los principios y los resultados de la aplicación de la ciencia económica, produciendo en la opinión pública una actitud favorable a la postura socialista, antagónica al empresariado y al mercado. De ahí que, en sucesivas elecciones, ganarán los partidos políticos afines a tales ideas.
Estos inconvenientes se ven facilitados por el carácter poco intuitivo de la economía, ámbito en el cual resulta difícil distinguir entre causas y efectos, ya que los resultados de las acciones emprendidas se producen con cierto retardo, que puede ser del orden de los años. Juan Carlos Cachanosky escribió: “Toda política económica, al ser aplicada, tiene efectos inmediatos y mediatos, o de corto y largo plazo. A estos términos no se los debe asociar con una magnitud de tiempo sino, más bien, con un orden cronológico. Antes de sentirse los efectos a largo plazo siempre aparecen primero los del corto. Largo plazo significa resultado final y se puede alcanzar en un minuto o en cien años, pero siempre precedido por fenómenos que llamamos de corto plazo”.
En cuanto al criterio que conduce al éxito económico, Henry Hazlitt escribió: “El arte de la economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas, en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo sino sobre todos los sectores”.
“Nueve décimas partes de los sofismas económicos que están causando tan terrible daño en el mundo actual son el resultado de ignorar esta lección. Derivan siempre de uno de estos dos errores, fundamentalmente, o de ambos: el contemplar sólo las consecuencias inmediatas de una medida o programa y el considerar únicamente sus efectos sobre un determinado sector, con olvido de los restantes” (De “La economía en una lección”-Unión Editorial SA-Madrid 1973).
Por lo general, la opinión pública sigue una secuencia de razonamientos bastante incompleta, de la misma manera en que el aprendiz de ajedrez contempla sólo una o dos jugadas posibles del rival. Esta actitud es aprovechada por los políticos para lograr votos a costa de promesas de dificultosa realización. Tal es el caso de una ley que congele el precio de los alquileres, que resulta atractiva a las masas por cuanto suponen que tal medida “beneficia a los pobres y perjudica a los ricos”. Sin embargo, en tal caso se limita y se desalienta la construcción de viviendas para alquiler, deteriorando seriamente la industria de la construcción. Además, mientras que se benefician quienes están alquilando, se perjudican quienes desean alquilar por cuanto la cantidad de viviendas disponibles ha de ser cada vez menor. Juan Carlos Cachanosky escribió: “Por desgracia, las leyes económicas hacen que los efectos inmediatos y mediatos de una medida económica se comporten en forma inversa en lo que se refiere a la opinión pública. En efecto, las correctas medidas económicas tienen resultados populares a largo plazo y antipopulares a corto plazo; mientras que las malas son antipopulares en el largo plazo y populares en el corto”.
“Este comportamiento de las leyes económicas se presta para conseguir aceptación política, puesto que para ganar votos o apoyo de la población los políticos necesitan hacer sentir rápidamente los buenos resultados de sus acciones sin importarles demasiado las consecuencias a largo plazo”.
“En este sentido, la política económica debe estar subordinada a los principios de la economía. Por la misma razón que un gobierno no puede sancionar una ley que establezca que todos los pelirrojos deben ser fusilados porque estaría violando un principio moral a todas luces evidente, tampoco puede sancionar una ley que viole principios económicos”. “Son los principios de las distintas ciencias los que forman el límite de la actividad de los gobiernos y sobre los cuales debe ser elaborada toda constitución. Una ley no puede ser sancionada por el hecho de que un partido político lo proponga y la mayoría lo vote. Este no es un gobierno democrático sino que es la tiranía de la mayoría sobre la minoría”.
“Pese a todo lo que se piense en contra, la economía tiene leyes, principios inmutables y universales que no pueden ser violados sin que tarde o temprano (en el largo plazo) produzcan efectos poco deseables como los que se están viviendo en casi todo el mundo. Es por esta razón necesario poner todos los esfuerzos que sean posibles para que se comprenda que las leyes económicas no se inventan sino que se descubren y que operan independientemente de la voluntad de los gobernantes, y que éstos las deben respetar para lograr una economía sana” (De “Ideas sobre la libertad”-Centro de Estudios sobre la Libertad-Nº 47-Buenos Aires 1985).
Como ejemplo de decisiones políticas adoptadas con fines electorales, puede mencionarse el caso de Richard Nixon que “en contra de su instinto y el de sus consejeros aprobó controles de los precios y salarios en 1971. El resultado final fue que los problemas económicos se agravaron y, en última instancia, la inflación fue mayor. No obstante, la administración Nixon tenía un claro incentivo para imponer los controles: las elecciones estaban cerca, y sabía que los efectos desagradables de la política tardarían algún tiempo en ser evidentes. A corto plazo, el plan gozó de una enorme popularidad entre la opinión pública, y Nixon resultó reelegido en noviembre de 1972 con una victoria aplastante” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía” de Edmund Conway-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2011).
Resulta bastante difícil encontrar a un político, o a un ministro de economía, que sea capaz de lograr adhesión de la opinión pública cuando diga lo “políticamente incorrecto” (la verdad) y se preocupe por el bienestar y la seguridad de la población en lugar de dar prioridad a su propia carrera en la administración pública. Juan Carlos Cachanosky agregó: “Para que las correctas medidas económicas, a pesar de ser antipopulares, puedan ser llevadas a la práctica, es de suma importancia que los ministros de economía sean muy buenos economistas y muy buenos políticos”.
“Se necesita ser muy buen economista para poder comprender cabalmente lo que está sucediendo. Hay que tener en todo momento claridad de pensamiento para determinar cuáles son las medidas a tomar para sanear la economía. Un ministro de economía no se puede dar el lujo de ir tanteando cuáles son las medidas correctas sino que debe tener la suficiente capacidad de análisis como para detectar las causas de los problemas”.
“Cuanto más se rechacen las sanas políticas económicas tanto mayor poder de convicción se necesitará para poder aplicarlas, y muchas personas plenamente convencidas de un buen plan económico lo rechazan por ser inaplicable a pesar de ser el único que soluciona el problema. Cabría calificar de utópico a todo aquél que trate de aplicar una política económica que es rechazada por el público, pero tampoco deja de ser menos utópico aquél que, porque son populares, toma medidas económicas erróneas con la ilusión de sanear la economía: ¡las leyes económicas no se pueden cambiar, la opinión pública sí!”.
“Aunque lleva miles de años convencer a la sociedad, es posible hacerlo; será improbable pero no imposible; mientras que es totalmente imposible «convencer» a las leyes económicas que operen de otra forma para que sean políticamente viables. La inflación fue, es y será falsificación de moneda y de nada sirve llamar utópico a aquél que quiera detener la inflación dejando de emitir dinero si esta medida es políticamente imposible, más bien serán utópicos aquéllos que busquen otro camino para detenerla. Lo mismo sucede con muchos otros problemas económicos”.
Antes de producirse el “milagro económico” alemán, luego de la Segunda Guerra Mundial, fue necesario que se produjera previamente el “milagro político”, cuando Alemania encontró un economista-político capaz de convencer a la población acerca de las ventajas de la economía de mercado. El citado autor agrega: “Tal vez Ludwig Erhard sea el mejor ejemplo de un excelente economista y un excelente político; en momentos difíciles supo convencer a los alemanes de mantener el rumbo que él le había dado a la política económica. No solamente eligió las buenas medidas sino que, además, tuvo la habilidad de poder llevarlas a efecto y luchar para mantenerlas vigentes a pesar de las críticas de los partidos opositores que poco a poco tuvieron que admitir la realidad del famoso «milagro alemán»”.
“Todo ministro de economía que tenga claridad de ideas podrá transmitir esta claridad a la población para que sepa ésta qué es lo que está sucediendo. Las malas políticas económicas no necesitan grandes explicaciones porque, en general, son populares y, en cuanto el tiempo comienza a mostrar el fracaso, es fácil encontrar terceros culpables en empresarios, empresas multinacionales, etc. Pero las correctas medidas económicas son muy antipopulares y es por ello que necesitan de una casi continua y muy clara explicación del porqué de cada paso y sus consecuencias”.
Ludwig Erhard escribió: “Al principio no se vio segura, en modo alguno, la victoria de los defensores de las tendencias liberales sobre los representantes de las concepciones dirigistas. El pueblo alemán se encontraba bajo la influencia del shock producido por un derrumbamiento total. La profunda desesperación, el miedo y la inseguridad, parecían haberle robado toda capacidad de discusión y de decisión; y fue precisa una gran fuerza de persuasión para conducirle por el camino de una ordenación económica desconocida hasta entonces para él, y que en aquel momento se le aparecía casi como una aventura”.
“Pero incluso cuando empezó a hacerse manifiesto el éxito de la «economía social de mercado» -que así se denominó el sistema aplicado a la vida económica basado en la mínima interferencia posible del Estado en el mecanismo económico en acción; en la amplia dispersión de la propiedad; en el fortalecimiento de la clase media y en la autonomía de los participantes en las asociaciones arancelarias- se presentaron otras pruebas que hubo que vencer, especialmente producidas como consecuencia de tensiones internacionales, antes de que se hiciera evidente que el pueblo alemán, había encontrado una ordenación económica definitiva, adecuada a su forma de trabajo y de vida” (De “La Economía Social de Mercado”-Ediciones Omega SA-Barcelona 1964).
Quien pretenda mejorar la economía argentina, advertirá que gran parte de la población no tuvo preferencia por la exitosa Republica Federal Alemana, la del “milagro alemán”, sino por la fracasada Republica Democrática Alemana, la del “muro de Berlín”. Ante el éxito evidente y el fracaso evidente, en un país subdesarrollado se elige el fracaso.
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