Algunas estimaciones indican que, desde el atentado terrorista a las torres gemelas de Nueva York, hasta la actualidad, adeptos al Islam produjeron unos 47.000 atentados en 70 países. Por lo general, ante cualquier proceso destructor de vidas humanas, se busca al autor intelectual del mismo, ya que resulta evidente que tan amplio proceso no ha de surgir de pensamientos individuales aislados que fortuitamente coinciden en sus objetivos.
Como en el Corán se promueve la “guerra santa”, o yihad, la cual debería ser cumplida por todo musulmán practicante, y no sólo adherente, el autor intelectual del proceso terrorista mundial sería el propio Mahoma. Sin embargo, desde el Islam nos dicen que en realidad el texto del Corán fue “dictado”, a través de intermediarios, por Dios, o Alá, al propio Mahoma. De ahí que el verdadero autor intelectual de la “guerra santa” sería el mismísimo Dios, Creador de todo lo existente.
Sería también Dios el que obliga a las mujeres a aceptar un lugar secundario en la sociedad, limitándose tal sólo a obedecer a su marido musulmán. Bajo el mismo espíritu de la ley islámica, deben aceptar que a las niñas se las someta a la extirpación de algunas partes de su cuerpo para inhibir todo estímulo sexual satisfactorio. Deben aceptar la opción a que las niñas sean entregadas al casamiento, arreglado por sus padres, a partir de los 9 años de edad. Deben obligar a los infieles (judíos y cristianos, principalmente) a abandonar su religión y aceptar el Islam, bajo sanciones o castigos que pueden llegar hasta el asesinato. El creyente, no debe renunciar al Islam, en cuyo caso será asesinado según lo estipula Mahoma en el Corán, o según lo estipula Dios como “redactor” primario del Corán.
Se dice, respecto del vínculo entre hombre y mujer, que existe una cercanía entre la actitud cristiana y la islámica, ya que se expresan en una forma similar, sólo diferenciándose por una letra. Así, el cristiano dice: "Yo te amo", mientras que el musulmán expresa: "Yo tu amo".
No todo musulmán, ni en todo país islámico, se cumple estrictamente todo lo que sugiere u obliga el Corán, pero el fanático tiende a cumplirlo estrictamente y a hacerlo cumplir a nivel global, reaccionando mediante actos terroristas a la oposición surgida ante la expansión planetaria propuesta. Recordemos que en la Argentina sufrimos los atentados a la AMIA y a la embajada de Israel, con un total de 114 muertos y 542 heridos entre ambos atentados.
Mariano Grondona distingue entre quienes “rebajan” lo sagrado al nivel de lo cotidiano y de quienes tratan de imponer lo sagrado a todo lo cotidiano. Al respecto escribió: “La palabra «fanático» proviene del latín fanum, que quiere decir «lugar consagrado», «templo». De aquí derivan dos expresiones contrapuestas. El «profano» es aquel que opera dentro del templo de la misma manera como lo haría fuera de él. Inversamente, el «fanático» es aquel que obra fuera del templo como si estuviera adentro de él; aquel que transfiere al mundo actitudes y creencias que sólo valen para los lugares consagrados”.
“Tanto el profano como el fanático se desvían del recto camino. Uno «profana» lo sagrado; el otro «consagra» lo mundano. No nos gusta la primera actitud. A la segunda, empero, la tememos”.
“El fanatismo, en efecto, llama a la violencia. Ocurre que, dentro del ámbito de lo sagrado, las creencias y las actitudes son absolutas por no referirse a este mundo sino a la eternidad. Allí, en el templo, no hay términos medios. Pero el mundo y la vida consisten en toda una serie de tonos grises, de valores intermedios. Al inyectar en el ámbito de lo que es por naturaleza limitado e imperfecto, la exigencia absoluta de lo eterno, el fanático choca contra la pared de lo humano, de lo que es –para su gusto- «demasiado humano». Tarde o temprano, le pone una bomba para disolverla”.
"No debieran asombrarnos los horrendos atentados que han conmovido al mundo en estos días. Habiendo fanáticos, el problema no es si habrá o no habrá atentados, sino cuándo y dónde ocurrirán".
"Se llega al fanatismo por diversas vías. Una, la más directa es la trasposición de una fe religiosa, perfectamente aceptable dentro del templo, hacia el mundo al cual, ya que no se lo puede «con-vencer», se lo quiere «vencer» mediante la violencia. Todas las religiones encierran liturgias de violencia, desde el sacrificio del cordero hasta comer y beber a Dios. Es que la violencia, en cuanto negación absoluta de los límites de lo humano, se presenta como el vehículo natural hacia Lo Otro, hacia lo sobrehumano. Mientras ella permanezca bajo la vigilancia del rito, cumple una función insustituible. Cuando sale del templo, incendia al mundo".
"Es lo que está ocurriendo a partir del fundamentalismo musulmán. Toda gran religión, sea el Islam, el judaísmo o el cristianismo, tiene un problema al salir del templo y enfrentar al mundo. La luz y el ruido de la calle sorprenden a quien viene del augusto silencio de Dios. Muchas veces, el conflicto se resuelve con una apelación al dualismo. Religioso en el templo, secular fuera de él, el hombre acepta entonces vivir con «dos verdades», según la famosa teoría del musulmán aristotélico Averroes en plena Edad Media".
"Esto es lo que siguen haciendo millones y millones de musulmanes. Una minoría, empero, quiere unificar al templo y al mundo, querer meter la eternidad en el tiempo. Su rito secular es la violencia, ya sea ametrallando multitudes no musulmanas en Turquía o en Filipinas, ya sea secuestrando pasajeros inocentes en Pakistán. Para el fanático, nadie es inocente ni pertenece al mundo".
"Mientras combatamos a los violentos con la policía y las cárceles -algo, por otra parte, necesario- estaremos apagando algunos fuegos. El Fuego, con mayúscula, seguirá. Se sabe cómo detectar una bomba. La mente del fanático que la puso es en cambio un templo impenetrable, de cuyo misterioso interior nace y renace cada día el intento ilusorio pero poderoso de disolver el mundo" (De "Bajo el imperio de las ideas morales"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1987).
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