Ante el evidente fracaso tanto de las ciencias sociales como de las diversas religiones, que no han podido revertir la preocupante decadencia de las sociedades actuales, incluso promoviendo algunos de los males, resulta imprescindible dirigir nuestras miradas hacia las ramas más exitosas de la ciencia experimental.
En realidad, las denominadas “ciencias sociales” ya son parte integrante de la ciencia experimental, sin embargo, varias de ellas conducen a informaciones erróneas, o poco efectivas, por no utilizar el método y el espíritu de las ciencias exactas. Pretenden incluso llegar a una etapa científica mientras ni siquiera aplican el criterio del rechazo de lo que no se adapta a la realidad, aceptándose teorías opuestas sobre un mismo fenómeno social.
Tampoco la religión ha podido limitar el nivel de violencia existente en gran parte del planeta, ya que incluso es uno de los principales factores de divisiones y conflictos, como es el caso concreto del Islam. Aún cuando, desde las ciencias sociales, se llegue a disponer de una descripción aceptable y compatible con las leyes naturales, es muy probable que apenas sea reconocida y aceptada por muchos sectores de la población, por cuanto el fanatismo previo les induce a desconfiar de toda evidencia experimental al adherir a ciertas ideologías que los esclavizan mentalmente. Aún así, es importante continuar con las tentativas científicas que nos acerquen a una mejor comprensión de la realidad.
Si bien la ética bíblica puede considerarse como la mejor opción para emprender el camino de la reconstrucción moral de la sociedad, en manos de sus predicadores resulta ineficaz por cuanto la ética inherente está completamente disfrazada o reemplazada por una serie de misterios difíciles de digerir mediante el razonamiento elemental. Además, como los objetivos personales y las ambiciones de los predicadores resultan más importantes que la integridad de la sociedad, resulta difícil que se pongan de acuerdo en lo esencial ya que reemplazan la ética bíblica por una infinidad de aspectos susceptibles de interpretaciones subjetivas.
Un paso importante implica la aceptación de que la ética, tanto individual como social, no necesariamente ha de depender de un contexto religioso. Por el contrario, las leyes naturales que rigen nuestras conductas individuales resultan accesibles a la observación y a una descripción posterior. Pero, si asociamos tales leyes a la voluntad de un Creador, se advierte que una ética que provenga de la observación directa de la realidad, puede todavía considerarse como surgida de ideas religiosas. Andrew M. Greeley escribió: “El pensamiento racional y abstracto empezó a diferenciarse del mito en el segundo y primer milenios antes de Cristo; entonces comenzaron a surgir los sistemas legales y éticos independientes de los mitos, si bien es verdad que los primeros códigos morales aún tenían unas raíces mitológicas, mientras que las grandes construcciones éticas de hombres como Aristóteles aluden ocasionalmente a los mitos”.
“Tanto los códigos legales como los sistemas de ética filosófica –por no decir nada de la moral y los sistemas morales desarrollados más tarde por la Iglesia cristiana- trataban de apoyarse de una o de otra forma en la naturaleza de las cosas. Se suponía que la ley mosaica o los principios de la ética de Aristóteles poseían una vigencia moral indiscutible por el hecho de que expresaban la voluntad de Dios o la naturaleza de la realidad, lo que viene a ser lo mismo. Tanto la ética de Aristóteles como la ley mosaica eran simplemente las conclusiones morales que se desprendían de una cierta visión de la naturaleza última de la realidad” (De “El hombre no secular”-Ediciones Cristiandad-Madrid 1974).
Las leyes éticas de Moisés, conocidas como los “Diez mandamientos”, resultan fáciles de cumplir por cuanto implican cierta inacción; ya que al no matar, no robar, no mentir, etc., se estaría cumpliendo con ellos. Luego aparece la ética cristiana vinculada a la acción, más difícil de cumplir por cuanto nos sugiere: “amar al prójimo como a uno mismo”, o bien, compartir las penas y las alegrías ajenas como propias. Contemplando el caótico estado actual de la humanidad, se advierte que con sólo cumplir con los mandamientos de Moisés, la situación mejoraría bastante; se eliminaría el mal, si bien no se lograría el bien que, potencialmente, los seres humanos podemos alcanzar.
La actual decadencia planetaria no se debe sólo a la vigencia de la mentira y del engaño aplicados masivamente, sino al engaño propio, ya que, si intentamos adoptar el criterio cristiano, elevaríamos significativamente el nivel de felicidad individual, ya que el cumplimiento de la ética de los Evangelios apunta principalmente a la felicidad individual de quien la practica; luego implicará también la felicidad ajena, ya que así funciona el orden natural.
La empatía emocional, que es esencialmente el “amor al prójimo”, ya es parte de la Psicología Social y de la neurociencia. De ahí que, en adelante, la ética natural, compatible con el orden natural, será parte de las ciencias sociales. Al intentar adaptarnos por este medio a dicho orden, estamos admitiendo también un sentido de la vida adecuado, que nos permite sentirnos parte integrante del amplio y maravilloso universo en el cual estamos inmersos.
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