La principal base de la civilización occidental es la ética bíblica, ya que el "Amarás al prójimo como a ti mismo" constituye el fundamento moral básico que ha permitido construir una sociedad favorecedora de la libertad individual. Tal libertad permite luego poner a disposición de todo integrante de la misma todas las potencialidades individuales que se suman para favorecer al conjunto humano.
A la predisposición al progreso y a la construcción social se ha opuesto lo que se denomina "deconstrucción social", esto es, un proceso intelectual que busca descalificar y destruir las bases de la cultura occidental. Si se logra instalar la idea de que no existe una moral objetiva, compatible con el orden natural, sino que tan sólo existe un relativismo moral asociado a las diversas opiniones humanas, haciendo imposible concluir que una ética propuesta es mejor que otra, se logra el objetivo de abandonar definitivamente la base bíblica antes mencionada.
En realidad, toda ética, toda religión y toda descripción de la realidad humana, son "construcciones sociales", pero debemos distinguir entre las construcciones sociales compatibles con la realidad, o con las leyes naturales que rigen nuestras conductas individuales, respecto de aquellas construcciones sociales poco compatibles con dichas leyes. Como ejemplo de este proceso puede mencionarse a la física experimental; en un momento dado, existen varias teorías descriptivas diferentes acerca de ciertos fenómenos naturales. Luego, ante las evidencias que da la experimentación requerida, se acepta la teoría que con mayor precisión describe tales fenómenos.
En cuestiones humanas debería ocurrir algo similar, es decir, deberíamos aceptar la ética que mejores resultados produzca una vez puesta en práctica, en lugar de buscar sólo el éxito de aquella ética que más nos agrada. De ahí que la ética bíblica, que se basa en la empatía emocional, puede interpretarse como una sugerencia a compartir penas y alegrías ajenas como propias, por lo cual, al adoptar tal actitud o predisposición, se advierte que es la que mejores resultados produce. Adam Omary escribió: "El progreso humano depende de una comprensión compartida de lo que realmente significa «progreso». Esa comprensión se basa en nuestra psicología moral: cómo pensamos sobre la moralidad y lo que consideramos moral o inmoral. Durante milenios, las personas han debatido cuál debería ser la moral correcta, pero la moralidad no es un constructo unitario".
"Por ello, algunos filósofos han abandonado por completo la tarea de establecer prescripciones morales, optando en su lugar por una filosofía de relativismo moral, es decir, la visión de que lo correcto y lo incorrecto dependen de la cultura o de la elección personal. En el mejor de los casos, el relativismo moral reconoce que no existe un enfoque universal para el florecimiento humano en todos los contextos, lo que conduce a un debate más matizado sobre el progreso humano. En el peor de los casos, el relativismo moral representa un desprecio total por las restricciones morales".
"Filósofos posmodernistas, como Michel Foucault y Jacques Derrida, argumentaron que la moralidad no es objetiva, sino más bien una construcción social arbitraria, típicamente moldeada y aplicada para servir a los intereses de quienes están en el poder. Esta interpretación tiene consecuencias desastrosas: si la moralidad no es más que una máscara del poder, entonces la justicia se vuelve indistinguible de la dominación, y toda reivindicación moral se reduce a una lucha por el control. La posibilidad de la verdad, la virtud o la libertad genuina desaparece, dejando sólo narrativas morales contrapuestas sin ningún estándar ético objetivo que aplicar. Pero esa es una posición extrema y quizás deliberadamente provocadora. Existe una comprensión más matizada del relativismo moral, basada en la psicología evolutiva, que reconoce los diferentes valores morales como reales, pero que a menudo implican concesiones personales y sociales". (De "La psicología del progreso moral"-http://elcato.org).
Gran parte de los filósofos actuales, tienden a denigrar incluso a la ciencia experimental, aun a pesar de los importantes resultados logrados por la física, la biología y otras ramas de la ciencia. Leemos al respecto acerca de la postura de Jean-François Lyotard: "Dada la falta de anclaje a una realidad a la que no tiene acceso, el científico apela al consenso interno de la propia comunidad científica: es verdadero aquello que los científicos acuerdan que es verdadero. La verdad de un enunciado científico depende de la competencia de quien lo enuncia. Es necesario, por tanto, formar «buenos» científicos: esto es, semejantes (o iguales) a aquellos que los educaron. En definitiva, la ciencia se ve envuelta en este bucle autorreferencial, y necesita recurrir al lenguaje narrativo para justificarse" (De "Postmodernidad" de M. T. Oñate y B. G. Arribas-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2016).
Llama la atención el grado de ignorancia del mencionado "filósofo" respecto de la ciencia experimental, ya que desconoce que, justamente, cuando se logra establecer una verificación experimental, todos los científicos aceptan el veredicto de la propia naturaleza, que es la que, en definitiva, aprueba o desaprueba las diversas teorías. Antes de llegar a tal comprobación, durante la lucha entre los diversos teóricos, existen preferencias, en universidades, por incluir en el plantel de investigadores a quienes adhieren a una teoría en especial, lo que implica también el rechazo de otros.
De la misma forma en que, en el ámbito de la ciencia experimental, se llega a un conocimiento objetivo, que es el primer paso para su aceptación generalizada, es deseable que en cuestiones humanas se acepte la ética que mejores resultados produzca, por lo cual es esencial la prioritaria búsqueda de la verdad, antes que la prioritaria búsqueda del interés personal. De ahí que es oportuno traer a la memoria las disputas entre un buscador de la verdad (Sócrates) y los buscadores del interés personal (los sofistas):
Antifonte: Mira, Sócrates, lo que en verdad no comprendo de ti es por qué buscas distinguirte de los demás. Tu eres maestro al igual que nosotros los sofistas, usas la palabra como tu herramienta, y si no cobras por ello, pues bien, tus razones tendrás. Pero te engañas si crees ser diferente al resto.
Sócrates: Celebro lo que dices, mi buen Antifonte, y celebro que por fin puedas razonar conmigo. Pero has de saber que yo encuentro muchas diferencias entre tú y yo. En primer lugar, no me considero un maestro, aunque así me llaman algunos de mis amigos. Maestro es quien tiene algo para enseñar, mientras que yo, como sabes, me paso el día entero preguntando. También dices que la palabra es mi herramienta, y en eso guardas razón, pero mientras tú usas la retórica para jugar y hacer malabares, yo pretendo utilizarla para llegar a la verdad.
Antifonte: ¿Qué quieres decir con eso, Sócrates? Nosotros empleamos las palabras con gran elegancia y no hacemos juegos ni malabares con ellas.
Sócrates: Creo que no me he explicado bien. Si juegas o no con las palabras, eso es un asunto de menor importancia. Lo esencial, amigo mío, es que los sofistas sólo se conforman con opinar, seducir, fascinar con la retórica, en vez de ir a lo hondo del problema. Confunden la elocuencia con la verdad. Se pavonean ante sus discípulos cautivándolos como Orfeo, con la música de sus palabras, pero no advierten que el discurso vacío no conduce a ninguna parte.
(De "Sócrates" de Miguel Betanzos-Grijalbo-Buenos Aires 2005).
Puede decirse que otro de los síntomas de la severa crisis moral y social que afecta gran parte de la humanidad, es el amplio predominio de los nuevos sofistas por sobre los nuevos socráticos.
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