Varias décadas atrás, todo vínculo comercial, o contractual, se hacía “de palabra”. Ante el predominio de la honradez de las personas, reflejo de la mentalidad reinante, no hacia falta establecer contratos ni concurrir a un escribano público para asegurar el cumplimiento de lo pactado. En la época actual, es impensable hacer algo semejante, ya que implica sucumbir económicamente en poco tiempo, excepto que los pactos se establezcan con personas de mucha confianza. Respecto de un ex-vicepresidente de la Nación (1922-28), Nelson Castro escribió: “Son muchos los testimonios de quienes recuerdan haberlo visto caminando por alguna calle céntrica de Buenos Aires, vistiendo un traje limpio pero gastado y portando un portafolio castigado por el paso del tiempo, o haciendo cola para subir al tranvía. Al reconocerlo, algunos tímidamente se acercaban a saludarlo. -«¿Cómo es posible que usted esté pasando estas vicisitudes?», le preguntaban. -«Ninguna vicisitud; es lo que corresponde», respondía él con naturalidad. Este era Elpidio González”.
De predominar en nuestra sociedad este tipo de persona, que tenía como principal orgullo el de ser una persona decente, se terminaría de inmediato con los populismos que han impedido el progreso de la Argentina. Elpidio González alguna vez manifestó: “Hay que servir a la Nación con desinterés personal, y después de disfrutar del honor de haber sido presidente o vice, no se le puede exigir al Estado que nos mantenga con altos sueldos vitalicios” (De “Vicepresidentes argentinos” de Nelson Castro-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).
Puede hacerse un esquema de la decadencia social que va desde la honradez al cinismo:
1- Honradez: se valora y se posee la virtud moral
2- Hipocresía: se valora tal virtud, pero se finge poseerla
3- Cinismo: no se la valora ni tampoco se finge poseerla
Mientras que la honradez proviene de la empatía emocional, la hipocresía proviene del egoismo. El cinismo está asociado al odio. De ahí que pareciera que vivimos en la era del cinismo, en la que predomina el odio y la mentira, al menos en los sectores que dirigen el rumbo de la humanidad.
La actual decadencia europea, favorecida por los gobiernos socialdemócratas, que han permitido un exceso de inmigrantes de pobre nivel cultural y moral, parece provenir de una previa etapa de riquezas y bienestar suficiente, no exenta de actitudes egoístas, lo que hizo surgir en muchos individuos cierto sentido de culpa. Luego, las culpas asociadas a las generaciones pasadas, injustamente recayeron en las actuales.
Por ese camino se exageran las culpas y se produce una discriminación del hombre blanco occidental surgiendo la tendencia a criticar y a destruir todo lo que este hombre acepta: capitalismo, libertad, democracia, cristianismo, etc. También el Islam totalitario coincide en esa denigración y aparece la peligrosa sociedad islámica-socialista. Luego se califica a todo opositor como burgués o fascista. Queda bien sentirse izquierdista por sus proclamas de igualdad, pero sin poner ningún dinero de su propio bolsillo; para eso está el Estado.
Se idealiza a los pobres y a los países pobres y así, en varios países de Europa, se abre una inmigración indiscriminada, que por cierto poco beneficia la dignidad del inmigrante, musulmán principalmente, que vive a costa de la sociedad local, vía Estado benefactor. Mientras que muchos de ellos ni siquiera intentan producir al menos lo que consumen, seguirán en una especie de parasitismo continuo que los llevará a llenar sus horas y sus días con vagancia, ocio y delitos.
La negación de la realidad se debe principalmente a la ignorancia de quienes no saben interpretarla adecuadamente y a la mentira que la encubre hasta deformarla, para hacerla compatible con la ideología dominante. Pero la verdad, tarde o temprano, se hace presente, a veces de la forma menos benigna. Aunque tampoco de esa crisis aprende el ignorante y el mentiroso, ya que de inmediato culpa a los demás por la situación adversa suponiendo que enemigos imaginarios tratan de destruirlo, otorgándose una importancia ni siquiera tenida en cuenta por los demás. Podemos hacer una síntesis de la secuencia adoptada por los gobiernos populistas, socialdemócratas principalmente:
a- Si hay problemas, no debe hablarse de ellos
b- Si resulta inevitable nombrarlos, cambiarles de nombre
c- Mientras tanto, se inventan acontecimientos que ocupan la atención pública para alejarla de los problemas reales
d- Si los problemas se han hecho muy evidentes, entonces se atribuye la culpa a los demás (gobiernos anteriores, grandes corporaciones, el imperialismo yankee o el sistema capitalista)
e- Si la táctica anterior no resulta suficiente, en lugar de mostrarse culpable, se adopta la postura de la victima inocente que padece la maldad de “ellos”; el sector opositor que busca la destitución
f- Si todo lo anterior resulta insuficiente, se trata de embaucar al pueblo mediante largos mensajes televisivos sin que advierta que lo están engañando. Se busca que sea conciente de la estafa recién “cuando yo ya no esté allí”
g- Si un gobierno posterior no pudo resolver la crisis heredada, en algunos años más podrá postularse para un nuevo periodo presidencial, ya que la memoria del pueblo es débil.
Son muchos los que piensan que el ciudadano decente debe trabajar para mantener a su familia y, además, debe hacer horas extras para mantener indirectamente a muchos que no quieren trabajar, evitando, de esa manera, que salgan a protestar o a robar. Luego, al negarse a trabajar esas horas adicionales, justificaría la culpabilidad supuesta. El medio más efectivo para llevar a cabo esta idea es el apoyo electoral a un gobierno populista que trate de “contener” a los potenciales ladrones manteniéndolos con lo obtenido de la confiscación parcial de los montos logrados del sector productivo. Con esto satisface, además, las múltiples adhesiones de los socialistas, quienes “generosamente” promueven repartir las riquezas ajenas pero sin dar nada propio y mucho menos pensar en la remota posibilidad de producir algo que pueda mejorar la situación económica y social de algún necesitado.
Esta hipócrita protección impide todo fortalecimiento del inmigrante de la misma manera en que la relativamente alta edad de la imputabilidad de los menores delincuentes, favorece que éstos orienten sus vidas al delito.
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