lunes, 19 de enero de 2026

La izquierda política en las universidades de Occidente

Se estima que, en las principales universidades de Occidente, existe entre los docentes un evidente predominio izquierdista sobre los conservadores, llegando al 70% el porcentaje de los primeros. En una encuesta en que participan 168.000 docentes de EEUU, sólo el 12% se consideran conservadores, incluso en algunas universidades llegan al 0%. Entre las causas de este predominio, inexistente en los años 70, se aduce un cambio esencial en cuanto a las finalidades aceptadas por las universidades. Mientras que en épocas pasadas se consideraba que la finalidad esencial consistía en la generación y difusión del conocimiento, principalmente científico, en la actualidad se sostiene que la finalidad de la universidad implica promover la justicia social, la equidad y la transformación social, apuntando hacia esos objetivos, u otros similares.

Otro de los objetivos universitarios es la "corrección de injusticias históricas". Como si el presente no generase conflictos, tales correcciones implicarán sumar conflictos del pasado a los ya existentes.

En décadas anteriores, por ejemplo, se buscaba prioritariamente el conocimiento y la descripción de leyes naturales, de manera que, luego, el científico o el ingeniero aplicarían ese conocimiento a una función social. De ahí que estaba demás apuntar a tal función que se daría necesariamente. También las ciencias sociales apuntaban a establecer nuevos conocimientos para una mejora individual y social. Con la nueva perspectiva, pareciera que las universidades han cedido el lugar que antes ocupaba la ciencia experimental para ser ocupado por ideologías políticas poco compatibles con la realidad.

Como ejemplo de docente que simpatiza con ideologías totalitarias puede mencionarse el caso del filósofo Martin Heidegger, y su adhesión al nazismo, suponiendo que la barbarie nazi no estaba implícita en sus escritos como algo posible o deseable. Mario Vargas Llosa escribió: “Inscripto en el partido nazi el 1 de mayo de 1933, Heidegger continuaría pagando sus cuotas de afiliado hasta el fin de la guerra, en 1945”.

“¿Debemos aceptar, so pena de ser considerados unos inquisidores, esa censura infranqueable entre el hombre y la obra? ¿No hay, pues, relación entre lo que un filósofo piensa y escribe y lo que hace? ¿Es la excelencia intelectual una especie de salvoconducto que exime de responsabilidades morales? Parece que sí, por lo menos en nuestro tiempo. Y algunos consideran que esto es una gran conquista del espíritu, pues impermeabilizar la filosofía (o la literatura o el arte) de la moral es garantizarle la libertad, abrirle las puertas de la renovación permanente, inducirla a todas las audacias".

"Pero ¿y si fuera al revés? ¿Si disociar de esa manera tan tajante lo que leemos de lo que hacemos, fuera quitar todo valor de uso a la palabra escrita y apartarla de la experiencia común, ir empujándola cada vez más fuera de la vida, hacia la frivolidad o el juego irresponsable? Tal vez esta actitud tenga mucho que ver con la terrible devaluación que en nuestra época experimentan las ideas, con lo poco que significa hoy la filosofía para el común de las gentes (pese a haber tantos profesores de filosofía) y con los puntos que a diario pierden los libros en la batalla que tiene entablada con las imágenes de los medios. Si se trata sólo de entretener ¿cómo derrotaría Ser y tiempo a un culebrón?” (De “Desafíos a la libertad”-Alfaguara SA de Ediciones-Buenos Aires 2005).

Hace algunos años, el físico Alan Sokal realizó una interesante experiencia que consistió en escribir un artículo “científico” (en apariencias) que no significaba prácticamente nada. Era puro palabrerío hueco que fue publicado en la revista “Social Text”. Podemos leer al respecto: “Su famosa broma de 1996 provocó un feroz debate y se convirtió en noticia de portada en publicaciones de todo el mundo: él mismo reveló que un artículo que había publicado en la revista de estudios culturales Social Text era una parodia hábilmente construida que ponía en evidencia la jerga sin sentido de la critica posmoderna de la ciencia. Tal critica sostiene que los hechos, la verdad y la evidencia son meras construcciones sociales”.

“Sokal pone de manifiesto los peligros que entraña esa manera de pensar y propugna una visión del mundo basada en el respeto de la evidencia, la lógica y la argumentación racional por encima del pensamiento desiderativo, la superstición y la demagogia de cualquier signo” (De “Más allá de las imposturas intelectuales”-Alan Sokal-Ediciones Paidós Ibérica SA -Barcelona 2009).

Entre las conclusiones que se extraen de esta postura, A. Sokal y J. Bricmont, en el libro “Imposturas intelectuales”, mencionan los siguientes aspectos:

● Uso de teorías científicas acerca de las cuales, en el mejor de los casos, se tiene una vaga idea expresada en una erudición científica excesivamente superficial e irrelevante y en el uso extendido de jerga aparentemente científica.
● Importación de conceptos desde las ciencias naturales a las humanidades o las ciencias sociales sin la más mínima justificación; uso indiscriminado y arbitrario de la metáfora y de la analogía y despliegue de generalizaciones arbitrarias.
● Despliegue de erudición superficial, manejando términos técnicos en contextos completamente irrelevantes.
● Manipulación de frases carentes de significado, con exhibición de una verdadera intoxicación con palabras que resulta en un estilo oscuro de exposición como signo de supuesta profundidad.
● Indiferencia o desdén por los hechos y por la lógica

El primer paso para la inserción de ideologías totalitarias en las universidades, consiste en el reemplazo de los requisitos aceptados para el uso del método científico. Luego, se abren todas las puertas para el ingreso de ideas pseudocientíficas, además de un claro rechazo a la ciencia experimental en sí.

La casi masiva predisposición universitaria por mantener vigente una ideología totalitaria que produjo verdaderas catástrofes sociales en el siglo XX, principalmente, se ve favorecida por la utilización permanente de palabras a las cuales no se les puede asociar una imagen concreta, y mucho menos que se la pueda confrontar con una realidad concreta. Luego, con esas palabras poco definidas, se establecen deducciones y conclusiones cada vez más alejadas de la realidad.

Las verdades parciales, al implicar simultáneamente un ocultamiento parcial, se utilizan como una forma de engañar a los demás, siendo el ámbito de la política en donde se observa generalmente el importante arsenal de armas psicológicas que terminan perjudicando a la población en general.

Cuando alguien se proclama socialista, debería implicar que desea socializar (o compartir) parte de su patrimonio económico personal, mientras que en realidad implica que pretende socializar lo que es de otros. Luego, como muestra “buenas intenciones” (al desear repartir lo ajeno) se siente éticamente superior al resto de la sociedad. De ahí que la persona egoísta adhiera al Estado redistribuidor para revestirse con una máscara que lo ha de mostrar como una persona interesada por el bien de los demás.

Los severos ataques, sin embargo, los recibirán los empresarios que dan puestos de trabajo genuino, ya que crean “desigualdad social” por cuanto tienen más dinero que los demás sectores. Se dice que “explotan laboralmente” a sus empleados ya que, se supone, deberían compartir las ganancias con sus empleados (antes que con sus accionistas) por lo que, en realidad, antes que empleados se pretende que sean los nuevos socios del empresario. Cuando se trata de invertir y de trabajar duro para la formación de un medio productivo, son pocos los que se presentan, mientras que, cuando se trata de repartir beneficios, serán muchos los interesados.

El pseudointelectual insiste en utilizar un lenguaje oscuro y confuso, que muchos lo confunden con un pensamiento “profundo”. En lugar de ser una “oscuridad de expresión” se trata de una “expresión de oscuridad”. Jean Rostand escribió: “La gran seducción de las obras ininteligibles está en que los tontos entienden tanto de ellas como los inteligentes”.

Durante el siglo XX se consolidan las ideologías totalitarias (nazismo y comunismo), generadoras de grandes catástrofes humanitarias. Sin embargo, la ideología marxista sigue vigente como si nada hubiese ocurrido. Los ideólogos totalitarios, mediante mentiras, dirigen a las masas promoviendo el odio colectivo que ha de ser orientado contra determinado sector de la sociedad. Aun cuando carece de veracidad y de fundamentos válidos, el marxismo sigue todavía ocupando un lugar de importancia en determinados sectores intelectuales (o pseudointelectuales hablando con precisión). Florencio José Arnaudo escribió respecto del marxismo: “¿Cómo explicarse que una ideología que en lo filosófico es de «un primitivismo monstruoso» (Bochenski), en lo sociológico ha sido desmentida por el curso de la historia, en lo económico es «anticuada, errónea y falta de interés» (Keynes), y en lo político merece ser calificada de utópica, pueda haber concitado y seguir concitando la adhesión de decenas de miles de intelectuales que se tienen por progresistas? (De “La lucha ideológica”–EUDEBA-Buenos Aires 1981)

Así como, desde la ciencia económica, se le da poco, o ningún valor, a los aportes de Marx, la lógica formal tampoco considera la validez de la “lógica dialéctica”. Cuando la sociología supere la etapa filosófica en la que actualmente se encuentra, al menos parcialmente, es posible que los aportes de Marx sean considerados como de limitada validez o bien como carentes de realidad. No sólo el pensamiento único marxista pretende hacerse pasar por científico, como hace la pseudociencia normal, sino que incluso descalifica toda ciencia seria calificándola como mera “ideología”.

Desde las ciencias sociales se toman posturas extremas respecto de las ciencias naturales. En un caso se supone que la ciencia es una simple “construcción social” de validez relativa. Se confunde entre ciencia verificada experimentalmente y ciencia propuesta para una posterior verificación. A. Sokal y J. Bricmont escriben: “Una corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalista de la Ilustración, por discursos teóricos desconectados de todo test empírico, y por un relativismo cognitivo y cultural que considera la ciencia como nada más que una «narración», «un mito» o una construcción social entre otras” (Citado en “Metáforas en la evolución de las ciencias” de Héctor A. Palma–Jorge Baudino Ediciones-Buenos Aires 2004).

Si la ciencia experimental fuese una “construcción social”, podría haberse realizado una teoría distinta a la relatividad de Einstein o una teoría distinta a la evolución por selección natural de Darwin, y ser válidas en el mundo real. Sin embargo, no se habrían adaptado a la realidad de la forma en que tales teorías lo hacen. Steven Weinberg escribió: “Es sencillamente una falacia lógica pasar de la observación de que la ciencia es un proceso social a la conclusión de que el producto final, nuestras teorías científicas, es el que es a causa de las fuerzas sociales e históricas que actúan sobre este proceso. Un grupo de escaladores podrá discutir sobre cuál es la mejor vía hacia la cima….pero al final encuentran o no una buena vía hacia la cima, y cuando lo hacen la reconocen. (Nadie pondría a un libro sobre escalada el título de «La construcción del Everest»)” (De “El sueño de una teoría final”-Crítica-Barcelona 1994).

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