Por Ralph Raico
Ralph Raico introduce la idea de que Europa occidental fue única en la forma en que abordó el poder del gobierno civil y trató de limitarlo. Como veremos más adelante en este capítulo, Raico sitúa los orígenes del abrazo de Occidente a la libertad en la Edad Media, un periodo caracterizado por la descentralización política y un saludable conflicto entre los gobiernos civiles y el poder eclesiástico.
Ahora bien, lo primero que hay que decir sobre el liberalismo es que surgió en Europa, concretamente en la cristiandad occidental. Esta es la Europa que creció en comunión con el Obispo de Roma, en un momento u otro, de modo que la historia de Europa y la historia del liberalismo están íntimamente entrelazadas. La cuestión de por qué esto es así ha dado lugar a una enorme literatura. Este enfoque de intentar averiguar por qué Europa era diferente, por qué Europa era distinta, se denomina a veces enfoque institucional de los historiadores económicos. Este fenómeno podría denominarse «el milagro europeo», por el título de un libro de uno de los principales autores de este enfoque, E.L. Jones, historiador económico australiano.
El milagro en cuestión consiste en un hecho simple pero trascendental: fue en Europa donde los seres humanos lograron por primera vez un crecimiento económico per cápita durante un largo periodo de tiempo. De este modo, la sociedad europea eludió la trampa malthusiana, lo que permitió la supervivencia de nuevas decenas de millones, cientos de millones en realidad, y permitió a la población en su conjunto escapar de la desesperada miseria que había sido la suerte de la mayor parte de la raza humana en épocas anteriores. La pregunta es: ¿Por qué Europa? ¿Por qué Europa se distingue así de otras grandes civilizaciones? ¿China, India, el Islam, etc.? Los factores geográficos desempeñaron un papel, sin duda, pero creo que Mises puso el dedo en la llaga cuando escribió lo siguiente:
A Oriente le faltaba lo primordial, la idea de libertad frente al Estado. Oriente nunca enarboló la bandera de la libertad, nunca intentó destacar los derechos del individuo frente al poder de los gobernantes. Nunca puso en tela de juicio la arbitrariedad de los déspotas. Y, sobre todo, nunca estableció el marco jurídico que protegería la riqueza de los ciudadanos privados frente a la confiscación por parte de los tiranos.
Mises no era ante todo un historiador. En mi opinión, sobre la base de lo que sé, fue el mayor economista del siglo XX. Por otra parte, tenía esta capacidad de poner el dedo en la solución de algún problema histórico de una manera que otros historiadores profesionales no eran capaces de hacer. Lo mismo veremos cuando hablemos de la Revolución Industrial más adelante. Ahora, la pregunta sigue siendo, ¿Por qué Europa estaba en este tipo de posición? Ahora, uno de los autores en esta escuela general de pensamiento —es un movimiento internacional: americanos, británicos, franceses o australianos— es Jean Baechler de París. El trabajo pionero de Baechler expresaba esto claramente, como él dijo,
La primera condición de la maximización de la eficacia económica es la liberación de la sociedad civil con respecto al Estado. La expansión del capitalismo debe sus orígenes y su razón de ser a la anarquía política.
Veremos qué significa. Entre otros que han desarrollado esto está Douglass North, que ganó un Premio Nobel de Economía por su trabajo en esta área de la historia económica. North escribió: «Fue precisamente la falta de orden político a gran escala lo que creó el entorno esencial para el crecimiento económico y, en última instancia, para las libertades humanas» en Europa. Ahora bien, este enfoque institucional fue adumbrado por John Hicks, premio Nobel de Economía a finales de los años sesenta. Pero lo esencial de la visión fue esbozado por el gran historiador económico —ahora emérito de Harvard— David Landes, quien, por cierto, no es ningún liberal clásico en particular. Pero es un buen historiador en un libro suyo titulado «El Prometeo Desatado». Landes dijo,
Había dos factores que diferenciaban a Europa del resto del mundo: el alcance y la eficacia de la empresa privada y el gran valor que se concedía a la manipulación racional del entorno humano y material.... El papel de la empresa privada en Occidente es quizá único, más que cualquier otro factor que haya conformado el mundo moderno.
Aun así, ¿por qué había margen y libertad de acción para la empresa privada? Landes señala también la descentralización radical de Europa, lo que Baechler había llamado anarquía política y esto es lo que escribe:
Debido a este papel crucial en un contexto de múltiples políticas en competencia (el contraste es con los imperios de Oriente y el Mundo Antiguo), la empresa privada en Occidente poseía una vitalidad política y social sin precedentes ni contrapartida.
Ahora, por supuesto, no fue una progresión lineal hacia una especie de utopía libertaria. Sin embargo, estamos hablando relativamente y en contraste con otras civilizaciones. Tenlo en cuenta. Hay una descentralización radical basada en un contexto de múltiples políticas en competencia. Baechler, como bien podrían haber escrito otros, dice que éste es el acontecimiento crucial de la historia europea. Tras la caída de Roma, ningún imperio fue capaz de surgir en Europa para establecer una hegemonía sobre el Continente. No hubo un imperio universal, aunque se intentó de vez en cuando. En su lugar, Europa se convirtió en un mosaico de reinos, principados, ciudades-Estado, dominios eclesiásticos y otras entidades políticas. Dentro de este sistema, era muy imprudente para cualquier príncipe intentar infringir los derechos de propiedad de la manera que era habitual en otras partes del mundo.
Y estos autores —de nuevo quiero subrayarlo— no son «doctrinarios», si se quiere llamar así, libertarios o personas del libre mercado en su mayor parte. Son simplemente muy buenos historiadores y hablan del comportamiento habitual de los Estados como basados en la fiscalidad depredadora y la confiscación continua. A lo largo de la historia, los Estados han actuado como lo hace la Mafia en algunos barrios: lo que hacían muy a menudo era elegir a alguien que estuviera por encima de los demás, que tuviera un patrimonio mayor —un médico de éxito o un pequeño empresario— y entonces empezaba la extorsión con él. Esto es lo que los Estados han hecho normalmente a lo largo de la historia: confiscaciones e impuestos depredadores. Los Estados aplican impuestos a la víctima en la medida de lo posible. A veces, en el caso del Imperio Romano tardío, los impuestos iban más allá de lo que era natural, de lo que era racional, incluso para el Estado depredador. La víctima moría a causa de los impuestos excesivos o de la regulación y la inflación.
¿Qué tiene que ver la descentralización de Europa con esto? Creó la condición indispensable para lo que llamamos el milagro europeo y que es la posibilidad de salida, el término que utilizan estos estudiosos. Por ejemplo, supongamos que usted es un hombre de negocios de éxito en Amberes o Ámsterdam, y supongamos que se ve presionado por el Estado y que éste confisca o grava fuertemente sus bienes. En Europa Occidental, podrías «salir». Podías salir sin abandonar todo el espacio cultural de la Europa cristiana. No tenías que ir a una civilización totalmente diferente. Usted podría ir a través del Mar del Norte a Inglaterra, usted podría ir por el río Rin hasta el Arzobispado de Colonia. Esta posibilidad de salida se daba en general entre las ciudades-Estado italianas. Era muy fácil pasar de una a otra, dependiendo de cómo te tratara el Estado allí. Esto no se daba en todos los casos, pero era un factor constante, y la posibilidad de salida creaba limitaciones a lo que el Estado podía hacer a sus ciudadanos productivos.
Ahora bien, esta historia se remonta a muchos siglos atrás. Se remonta a la Edad Media y, por cierto, esta interpretación histórica que les estoy dando también ha sido la base de los trabajos de otros estudiosos. El gran Peter Bauer, por ejemplo, en su trabajo sobre el desarrollo económico en Europa, frente al desarrollo económico del tercer mundo, simplemente asume esta interpretación básica de por qué Europa se enriqueció. Paul Kennedy de Yale, en ese libro sobre el auge y declive de los grandes imperios, asume como base esta interpretación. O William McNeill de Chicago y sus otras obras sintéticas sobre la historia europea asumen esto como una interpretación correcta. Y Peter Bauer dijo en uno de sus ensayos que este desarrollo económico se remonta al menos a siete u ocho siglos atrás, lo que significa el corazón de la Edad Media. Así que tenemos que examinar algo sobre la Edad Media para explicar por qué Europa era diferente. De hecho, es en la Edad Media cuando lo que llamamos Europa —no el continente geográfico, sino Europa, la civilización— empezó a existir.
En este caso, hay una serie de factores importantes. El feudalismo —es decir, la versión europea del feudalismo- desempeñó un papel. En Rusia, por ejemplo, existía una nobleza; sin embargo, se basaba en duques, archiduques, condes, etc. nombrados por el Estado. En Europa, el feudalismo se basaba en una relación contractual entre los poderosos señores y el rey; es decir, había obligaciones y deberes por ambas partes. Ya en esta época se ponían algunos límites a lo que el príncipe o el rey podían hacer. Dentro de cada uno de estos reinos, que de todos modos eran relativamente pequeños, solía producirse una lucha entre poderes, lo que dio lugar a instituciones europeas distintivas. Una vez más, esto era parte de lo que diferenciaba a Europa.
Había órganos representativos, que representaban a los contribuyentes, lo que no existía en otras civilizaciones. Había parlamentos. En Francia, los Estados Generales o los estamentos provinciales. En Castilla, las Cortes. Estos órganos existían en toda Europa. No había, creo, ninguna zona de Europa que no tuviera un órgano representativo parlamentario de este tipo. Ciertamente, las diferentes partes de los Países Bajos lo tenían; Escandinavia también. Castilla tenía Cortes, como ya he mencionado, pero también las había en Aragón. Había un Parlamento en Sicilia, en Nápoles, y en los Estados alemanes, y en Hungría, y en Polonia.
A menudo, los príncipes se veían atados de manos por cartas de derechos que se veían obligados a conceder a sus súbditos. La Carta Magna es la más conocida, pero existe un famoso documento similar llamado la Entrada Alegre de Brabante, que cada gobernante de lo que hoy es Bélgica y los Países Bajos y Holanda debía aceptar al ascender al poder. En él se estipulaba que no se impondrían nuevos impuestos sin el consentimiento de las distintas dietas de las diferentes partes de lo que hoy son Bélgica y los Países Bajos. No debían introducirse nuevas costumbres contrarias a las tradiciones de las zonas; no debía haber funcionarios extranjeros, etc. En otras palabras, teníamos en esa zona tan importante de los Países Bajos algo parecido a la Carta Magna.
Ahora bien, quizá más crucial que cualquier otra cosa en todo el desarrollo distintivo de Europa fue la existencia de una poderosa Iglesia internacional cuyos intereses no eran sinónimos ni a menudo realmente compatibles con los intereses del Estado. Lord Acton, que era católico, hizo hincapié en esto, pero no es algo con lo que haya que ser católico para estar de acuerdo. Es una cuestión de cuál es realmente el desarrollo histórico. Se puede ser librepensador, se puede ser protestante y, de hecho, hoy en día hay estudiosos que no son cristianos en absoluto que piensan que el papel de la Iglesia Católica fue crucial. Las cosas son diferentes cuando hablamos de la Iglesia posterior a la Reforma o, sobre todo, a la Revolución Francesa. En ese punto posterior, se encontró un estado de la Iglesia acercándose al Estado— acercándose especialmente a los gobernantes católicos, y la Iglesia y el Estado, cada uno usando al otro.
(De mises.org.es)
domingo, 13 de abril de 2025
sábado, 12 de abril de 2025
Los inicios de la era Soviética
La instauración del socialismo en la Rusia de principios del siglo XX, implicó imponer, a nivel masivo, el modelo básico de sociedad utópica varias veces establecido a lo largo de la historia, a nivel sectorial, aunque siempre con mediocres o malos resultados. Los socialismos sectarios estaban constituidos generalmente por integrantes voluntarios, mientras que el socialismo marxista fue impuesto contra la voluntad de la mayoría de los rusos.
La creencia esencial de Marx implicaba que, con sólo abolir la propiedad privada de los medios de producción, en forma casi mágica se solucionarían todos los problemas sociales y humanos. Incluso pensaba que, con el tiempo, el Estado habría de desaparecer. La realidad se opuso a sus proyectos, ya que, al abolir la propiedad privada de los medios de producción, habría de aparecer un Estado mucho mayor que el anterior y esta vez, al actuar como una gran empresa, habría de surgir una explotación laboral mucho más intensa que la atribuida al sistema capitalista. Calvin B. Hoover escribió: “¿Qué esperaban los socialistas del sistema económico que confiaban continuase con el fin del capitalismo? ¿En qué manera la evolución del Estado soviético ha colmado estas esperanzas? Para los socialistas lo más fundamental era la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción en la nueva sociedad. Las más apetecibles consecuencias para la sociedad habrían de seguir, como resultado de cambio tan vital. La autoridad sobre el proceso productivo ya no dependería más de la propiedad privada. Los cargos administrativos serían desempeñados por los más capaces y no simplemente por los propietarios o los favoritos de éstos”.
“La producción se organizaría para ser utilizada y no con fines de lucro; para abastecer las necesidades de las masas y no para satisfacer las exigencias fastuosas y superfluas de los millonarios. Se evitaría el desperdicio de la competencia. La producción sería planeada racionalmente, en lugar de estar suspendida en un caos, en determinado punto, entre la competencia y el monopolio. Con este programa y recibiendo el obrero el valor total de su trabajo, no sería, en modo alguno, necesario hacer más lenta la producción por falta de demanda. No habrían depresiones económicas, ni pobreza ni hambre en medio de la abundancia”.
“Los obreros trabajarían con entusiasmo, en lugar de hacerlo con resentimiento, puesto que lo harían para ellos en vez de contribuir al acrecentamiento de las utilidades de los capitalistas. Eliminadas las rentas emergentes de la propiedad, la desigualdad en la distribución tendería a desaparecer. Con la extinción del patrón-capitalista el obrero trabajaría en libertad y no bajo la severa y a menudo arbitraria mano de la autoridad”.
“Tales las esperanzas de todos los socialistas, de los socialistas marxistas, desde los socialdemócratas germanos, hasta los bolcheviques rusos, al igual que las de los socialistas utópicos. Los demócratas sociales y la mayoría de los demás partidos socialistas, creían que estos objetivos podían alcanzarse pacíficamente por medios democráticos y parlamentarios. Los conductores bolcheviques, por el contrario, habían insistido en la destrucción del dispositivo del Estado burgués mediante la revolución violenta, y en la liquidación, como clase, de los administradores burgueses de la sociedad capitalista. Pero creían también que la eliminación completa de la propiedad privada permitiría la materialización de estas esperanzas. Además los bolcheviques sostenían que después del periodo de transición necesaria para la eliminación del poder de los explotadores capitalistas, ya no habría Estado alguno”.
“El defecto fatal de este razonamiento fue no poder dar respuesta al obvio interrogante: si el dueño de una propiedad privada o corporativa, o su comisionado no ha de dirigir la producción, ¿quién tiene que hacerlo? Decir que lo hará el «pueblo» o «la clase trabajadora» no es, realmente una respuesta. La responsabilidad siempre está limitada y la autoridad es esgrimida siempre por personas. ¿Cómo habrá de elegirse estos administradores de la economía y cuáles habrán de ser los límites de sus facultades entre ellos mismos y sobre los demás?” (De “La economía, la libertad y el Estado”-Editorial Víctor Lerú SRL-Buenos Aires 1960).
La dirección económica de las empresas estatizadas sin indemnización alguna a sus antiguos propietarios, quedaron en manos de revolucionarios que estaban mentalmente preparados para el robo y la destrucción, y no para la producción, por lo cual la producción comenzó a caer abruptamente, y por ello Lenin tuvo que volver provisoriamente, a través de la NEP (Nueva Política Económica), al sistema económico anterior, permitiendo que los agricultores mantuvieran los derechos previos a la revolución de 1917.
El autor antes citado, escribió al respecto: “Lenin tuvo que enfrentar inmediatamente la cuestión del control colectivo en una economía en la que la propiedad privada como principio de organización, había sido destruida efectivamente por la revolución de octubre. La importancia capital de mantener por lo menos la producción industrial mínima indispensable para alimentar la población urbana, siquiera en base al más bajo nivel de subsistencia y subvenir a las necesidades del Ejército Rojo durante la guerra civil, redujo drásticamente el periodo de la experimentación soviética, con el control de las plantas industriales ejercido por los comités de trabajadores o por los funcionarios administrativos elegidos por los obreros. Poco después de la revolucionaria incautación de las fábricas por los trabajadores, se hizo evidente que las plantas industriales no podrían ser administradas en cualesquiera de tales formas «democráticas» y que iba a ser indispensable instaurar cierta forma de administración autoritaria. Bajo las exigencias de la guerra civil, Lenin no tuvo que debatir la cuestión de si podría ser factible en el futuro, el control obrero bajo circunstancias más favorables, o si el control autoritario era compatible con la doctrina marxista”.
“Cuando la transitoria administración de la industria, ejercida por los comités de trabajadores en cada fábrica, había demostrado ser completamente impracticable, las plantas industriales fueron organizadas simplemente como partes del aparato gubernamental. Este sistema fue, naturalmente, embarazoso en grado sumo y espantosamente improductivo. El procedimiento mediante el cual una planta industrial obtenía materias primas sin pagar de otra planta, en la primera fase de la producción, o productos agrícolas requisados a los campesinos, y se entregaban a los organismos oficiales los artículos terminados –también sin pagar-, tornó imposible el mantenimiento de las cuentas financieras”.
“La provisión, por parte del gobierno, de raciones inadecuadas para los trabajadores y la entrega a las plantas industriales de un papel moneda en proceso de rápida desvalorización para hacer frente a los pagos de salarios, completaban el cuadro administrativo casi rayano en el caos. En consecuencia, la creciente crisis de productos alimenticios que necesitaba la «Nueva Política Económica» de Lenin en la agricultura, sirvieron en realidad como excusa para la amplia reorganización del control de las plantas industriales que se necesitaba”.
“La evolución del sistema administrativo de la industria soviética, que habría de resultar mucho menos democrático que en las naciones capitalistas occidentales, siguió el desarrollo del Estado político absoluto y totalitario soviético”.
La creencia esencial de Marx implicaba que, con sólo abolir la propiedad privada de los medios de producción, en forma casi mágica se solucionarían todos los problemas sociales y humanos. Incluso pensaba que, con el tiempo, el Estado habría de desaparecer. La realidad se opuso a sus proyectos, ya que, al abolir la propiedad privada de los medios de producción, habría de aparecer un Estado mucho mayor que el anterior y esta vez, al actuar como una gran empresa, habría de surgir una explotación laboral mucho más intensa que la atribuida al sistema capitalista. Calvin B. Hoover escribió: “¿Qué esperaban los socialistas del sistema económico que confiaban continuase con el fin del capitalismo? ¿En qué manera la evolución del Estado soviético ha colmado estas esperanzas? Para los socialistas lo más fundamental era la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción en la nueva sociedad. Las más apetecibles consecuencias para la sociedad habrían de seguir, como resultado de cambio tan vital. La autoridad sobre el proceso productivo ya no dependería más de la propiedad privada. Los cargos administrativos serían desempeñados por los más capaces y no simplemente por los propietarios o los favoritos de éstos”.
“La producción se organizaría para ser utilizada y no con fines de lucro; para abastecer las necesidades de las masas y no para satisfacer las exigencias fastuosas y superfluas de los millonarios. Se evitaría el desperdicio de la competencia. La producción sería planeada racionalmente, en lugar de estar suspendida en un caos, en determinado punto, entre la competencia y el monopolio. Con este programa y recibiendo el obrero el valor total de su trabajo, no sería, en modo alguno, necesario hacer más lenta la producción por falta de demanda. No habrían depresiones económicas, ni pobreza ni hambre en medio de la abundancia”.
“Los obreros trabajarían con entusiasmo, en lugar de hacerlo con resentimiento, puesto que lo harían para ellos en vez de contribuir al acrecentamiento de las utilidades de los capitalistas. Eliminadas las rentas emergentes de la propiedad, la desigualdad en la distribución tendería a desaparecer. Con la extinción del patrón-capitalista el obrero trabajaría en libertad y no bajo la severa y a menudo arbitraria mano de la autoridad”.
“Tales las esperanzas de todos los socialistas, de los socialistas marxistas, desde los socialdemócratas germanos, hasta los bolcheviques rusos, al igual que las de los socialistas utópicos. Los demócratas sociales y la mayoría de los demás partidos socialistas, creían que estos objetivos podían alcanzarse pacíficamente por medios democráticos y parlamentarios. Los conductores bolcheviques, por el contrario, habían insistido en la destrucción del dispositivo del Estado burgués mediante la revolución violenta, y en la liquidación, como clase, de los administradores burgueses de la sociedad capitalista. Pero creían también que la eliminación completa de la propiedad privada permitiría la materialización de estas esperanzas. Además los bolcheviques sostenían que después del periodo de transición necesaria para la eliminación del poder de los explotadores capitalistas, ya no habría Estado alguno”.
“El defecto fatal de este razonamiento fue no poder dar respuesta al obvio interrogante: si el dueño de una propiedad privada o corporativa, o su comisionado no ha de dirigir la producción, ¿quién tiene que hacerlo? Decir que lo hará el «pueblo» o «la clase trabajadora» no es, realmente una respuesta. La responsabilidad siempre está limitada y la autoridad es esgrimida siempre por personas. ¿Cómo habrá de elegirse estos administradores de la economía y cuáles habrán de ser los límites de sus facultades entre ellos mismos y sobre los demás?” (De “La economía, la libertad y el Estado”-Editorial Víctor Lerú SRL-Buenos Aires 1960).
La dirección económica de las empresas estatizadas sin indemnización alguna a sus antiguos propietarios, quedaron en manos de revolucionarios que estaban mentalmente preparados para el robo y la destrucción, y no para la producción, por lo cual la producción comenzó a caer abruptamente, y por ello Lenin tuvo que volver provisoriamente, a través de la NEP (Nueva Política Económica), al sistema económico anterior, permitiendo que los agricultores mantuvieran los derechos previos a la revolución de 1917.
El autor antes citado, escribió al respecto: “Lenin tuvo que enfrentar inmediatamente la cuestión del control colectivo en una economía en la que la propiedad privada como principio de organización, había sido destruida efectivamente por la revolución de octubre. La importancia capital de mantener por lo menos la producción industrial mínima indispensable para alimentar la población urbana, siquiera en base al más bajo nivel de subsistencia y subvenir a las necesidades del Ejército Rojo durante la guerra civil, redujo drásticamente el periodo de la experimentación soviética, con el control de las plantas industriales ejercido por los comités de trabajadores o por los funcionarios administrativos elegidos por los obreros. Poco después de la revolucionaria incautación de las fábricas por los trabajadores, se hizo evidente que las plantas industriales no podrían ser administradas en cualesquiera de tales formas «democráticas» y que iba a ser indispensable instaurar cierta forma de administración autoritaria. Bajo las exigencias de la guerra civil, Lenin no tuvo que debatir la cuestión de si podría ser factible en el futuro, el control obrero bajo circunstancias más favorables, o si el control autoritario era compatible con la doctrina marxista”.
“Cuando la transitoria administración de la industria, ejercida por los comités de trabajadores en cada fábrica, había demostrado ser completamente impracticable, las plantas industriales fueron organizadas simplemente como partes del aparato gubernamental. Este sistema fue, naturalmente, embarazoso en grado sumo y espantosamente improductivo. El procedimiento mediante el cual una planta industrial obtenía materias primas sin pagar de otra planta, en la primera fase de la producción, o productos agrícolas requisados a los campesinos, y se entregaban a los organismos oficiales los artículos terminados –también sin pagar-, tornó imposible el mantenimiento de las cuentas financieras”.
“La provisión, por parte del gobierno, de raciones inadecuadas para los trabajadores y la entrega a las plantas industriales de un papel moneda en proceso de rápida desvalorización para hacer frente a los pagos de salarios, completaban el cuadro administrativo casi rayano en el caos. En consecuencia, la creciente crisis de productos alimenticios que necesitaba la «Nueva Política Económica» de Lenin en la agricultura, sirvieron en realidad como excusa para la amplia reorganización del control de las plantas industriales que se necesitaba”.
“La evolución del sistema administrativo de la industria soviética, que habría de resultar mucho menos democrático que en las naciones capitalistas occidentales, siguió el desarrollo del Estado político absoluto y totalitario soviético”.
viernes, 11 de abril de 2025
Educación y tecnología
Respecto a la incorporación de los avances tecnológicos a la educación, existen dos posturas extremas. Una de ellas es la de los “innovadores” que rechazan prácticas pedagógicas con el argumento de que son “anticuadas”, sin tener presente si los efectos educativos son positivos o negativos. Con el mismo criterio proponen incluir de alguna forma toda nueva tecnología que aparece en el mercado.
Otra de las posturas extremas es la de los “conservadores” que proponen mantener vigentes todas las prácticas educativas que en el pasado han dado buenos resultados, oponiéndose a cualquier innovación que limite de alguna forma tales prácticas.
Para distinguir lo positivo de lo negativo, en materia educativa, debe tenerse en cuenta el objetivo al cual está orientado el proceso educativo. Por lo general se intenta apuntar a fortalecer el contenido de la “memoria natural” del alumno o bien se intenta fortalecer la “memoria artificial” del mismo. Se entiende por “memoria natural” a las ideas básicas que se deberían llevar en la mente para, luego, poder disponer de una base para todo razonamiento posterior. La “memoria artificial” ha de estar constituida por los libros o bien por Internet, adonde cada individuo podrá informarse de aspectos que no lleva en su memoria natural.
La primera conclusión es que la educación impartida debe apuntar a todo conocimiento básico y sintético que pueda ser llevado en la memoria natural. Por lo general, tales ideas básicas, sobre determinado tema, involucrarán algo más amplio que las ideas básicas, pero apuntando siempre a intentar estructurar la mente del alumno aportándole ideas y conocimientos validados principalmente por la ciencia experimental.
Otro aspecto a considerar es el posible entrenamiento mental que el aprendizaje permite concretar, como es el caso de las matemáticas, que no sólo interesan por sus posibles aplicaciones prácticas sino también por el aspecto antes mencionado. Así, los “innovadores” proponen el uso de calculadoras a temprana edad, con lo cual en cierta forma a los niños se los va incapacitando mentalmente ya que pierden una importante fuente de entrenamiento mental.
Algo similar podrá ocurrir con Internet y con la Inteligencia Artificial, cuyo uso no debería apuntar a reemplazar el entrenamiento mental asociado a la escritura y al lenguaje, no siendo “necesario” que tales medios deban emplearse en materia educativa, excepto que se los ubique como una importante ampliación de la “memoria artificial”, mientras que el proceso educativo debe apuntar en realidad a construir una base de conocimientos para llevar en forma permanente en la “memoria natural”.
Otra de las posturas extremas es la de los “conservadores” que proponen mantener vigentes todas las prácticas educativas que en el pasado han dado buenos resultados, oponiéndose a cualquier innovación que limite de alguna forma tales prácticas.
Para distinguir lo positivo de lo negativo, en materia educativa, debe tenerse en cuenta el objetivo al cual está orientado el proceso educativo. Por lo general se intenta apuntar a fortalecer el contenido de la “memoria natural” del alumno o bien se intenta fortalecer la “memoria artificial” del mismo. Se entiende por “memoria natural” a las ideas básicas que se deberían llevar en la mente para, luego, poder disponer de una base para todo razonamiento posterior. La “memoria artificial” ha de estar constituida por los libros o bien por Internet, adonde cada individuo podrá informarse de aspectos que no lleva en su memoria natural.
La primera conclusión es que la educación impartida debe apuntar a todo conocimiento básico y sintético que pueda ser llevado en la memoria natural. Por lo general, tales ideas básicas, sobre determinado tema, involucrarán algo más amplio que las ideas básicas, pero apuntando siempre a intentar estructurar la mente del alumno aportándole ideas y conocimientos validados principalmente por la ciencia experimental.
Otro aspecto a considerar es el posible entrenamiento mental que el aprendizaje permite concretar, como es el caso de las matemáticas, que no sólo interesan por sus posibles aplicaciones prácticas sino también por el aspecto antes mencionado. Así, los “innovadores” proponen el uso de calculadoras a temprana edad, con lo cual en cierta forma a los niños se los va incapacitando mentalmente ya que pierden una importante fuente de entrenamiento mental.
Algo similar podrá ocurrir con Internet y con la Inteligencia Artificial, cuyo uso no debería apuntar a reemplazar el entrenamiento mental asociado a la escritura y al lenguaje, no siendo “necesario” que tales medios deban emplearse en materia educativa, excepto que se los ubique como una importante ampliación de la “memoria artificial”, mientras que el proceso educativo debe apuntar en realidad a construir una base de conocimientos para llevar en forma permanente en la “memoria natural”.
miércoles, 9 de abril de 2025
Igor Shafarevich y el fenómeno socialista
Por Mauricio Rojas
Recordando un libro olvidado
Hace no mucho cayó en mis manos El fenómeno socialista de Igor Shafarevich, libro hoy completamente desconocido en el mundo de habla hispana. De inmediato me di cuenta de que se trata de un gran libro que invita a emprender un viaje intelectual absolutamente necesario para comprender las ideologías que proponen la subordinación o incluso la supresión de la individualidad en aras de un poder que se erige en representante de intereses colectivos supuestamente superiores. Eso es el socialismo en sus diversas variantes, desde sus propuestas abiertamente totalitarias a aquellas que de manera gradual y subrepticia van engrandeciendo el poder del Estado hasta reducir la autonomía individual a un cascarón vacío.
Comprender las raíces del fenómeno socialista y el secreto de su fuerza de atracción es vital para quienes aman la libertad y aceptan la responsabilidad de defenderla frente a sus enemigos. Para ello contamos con obras imprescindibles como Camino de servidumbre de Friedrich Hayek y La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper. A ellas podemos agregar este gran ensayo de Igor Shafarevich, que presenta no sólo un notable abanico de reflexiones sobre el socialismo como realidad histórica e ideológica, sino también una interpretación de conjunto del impulso colectivista que amerita sentar escuela dada su novedad y profundidad. Sus grandes calidades y su tajante conclusión fueron destacadas con fuerza por el premio Nobel Aleksandr Solzhenitsyn en un célebre discurso en la Universidad de Harvard en junio de 1978:
El matemático Igor Shafarevich, miembro de la Academia Soviética de Ciencias, ha escrito un libro brillantemente argumentado titulado Socialismo, en el cual efectúa un penetrante análisis histórico y demuestra que el socialismo, de cualquier tipo o matiz, conduce a la destrucción total del espíritu humano y a la nivelación de la humanidad en la muerte.
El fenómeno socialista es una obra que debiera estar llamada a traspasar su tiempo y sus circunstancias, pero también es un testimonio de un tiempo y unas circunstancias que llevan el sello del totalitarismo. Fue una de las obras más significativas de aquella literatura clandestina conocida como samizdat ("autopublicación"), que con altos riesgos desafiaba el monopolio ideológico y comunicativo del régimen comunista. La lucha contra el sistema totalitario fue el aguijón que impulsó a un matemático de fama mundial a dedicarse al estudio de temas fuera de su ámbito profesional, pero también le impuso limitaciones en cuanto al acceso a fuentes para tratar el tema. Como el mismo autor dice en el Prólogo:
Al trabajar en este libro sin permiso oficial, en las condiciones que prevalecen en nuestro país, me topé con muchas dificultades para conseguir la literatura necesaria. Teniendo esto en cuenta, estoy consciente de la probabilidad (y quizás la inevitabilidad) de errores en ciertas cuestiones específicas y de limitaciones en mis argumentos, que pueden haber sido presentados antes por otros con mayor eficiencia. Mi única justificación es la urgencia del tema y la especial experiencia histórica de nuestro país.
Así, quien conozca la extensa bibliografía existente sobre muchos de los temas tratados por Shafarevich echará en falta referencias a algunas obras ya clásicas en estas materias. Sin embargo, esto no devalúa en absoluto el trabajo de Shafarevich, sino que incluso le da un frescor y una independencia notables.
A fin de introducir la obra de Shafarevich abordaré a continuación las circunstancias que marcaron la vida del autor, destacando algunos hitos significativos de la misma que finalmente lo llevaron a engrosar la resistencia al régimen soviético. Luego se resumirán sus planteamientos básicos acerca del fenómeno socialista para, finalmente, aludir a su desarrollo posterior, incluyendo la controversia en torno a su escrito Rusofobia, y hacer una evaluación de conjunto sobre la posición política de Shafarevich.
Una vida en las entrañas del totalitarismo
Pocos podrían como Igor Shafarevich repetir de manera tan pertinente las famosas palabras de José Martí: "Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David". Su vida discurre en paralelo con el auge y desplome del régimen soviético, y su honda, junto a las de muchos otros David, terminó asestándole un golpe del cual nunca pudo recuperarse. Su vida nos ilustra acerca de las bestialidades del régimen comunista, pero también acerca de la grandeza de aquellos que no sólo no se doblegaron sino que terminaron derrotando a un sistema que parecía imbatible.
Igor Rostislavovich Shafarevich nació en Zhitomir, Ucrania, el 3 de junio de 1923. Por entonces amainaba la larga guerra civil que siguió al golpe de estado bolchevique de 1917 y éstos afianzaban su poder. El terror inicial se había hecho más sistemático pero menos visible que durante los años del denominado Comunismo de Guerra (1918-1921). La brutal política de requisas militarizadas de ese tiempo fue suavizada y se aplicó una serie de reformas económicas, conocidas como Nueva Política Económica, a fin de distender la tensa relación existente entre el poder comunista y las masas campesinas. Sin embargo, pronto cambiaría todo. La primera infancia de Shafarevich coincide con las luchas dentro de la cúpula del Partido Comunista que llevaron a la consolidación del poder omnímodo de Stalin, que ya a fines de los años 20 se sintió con fuerzas suficientes como para lanzar la política de industrialización forzada que desencadenó el cambio más trascendental de toda la historia rusa: la destrucción violenta y definitiva de sus comunidades campesinas y de la figura, tanto real como mítica, del campesino ruso. Así, Shafarevich, que ya vivía en Moscú, cumpliría diez años en un país en plena guerra genocida contra su propio pueblo, que soportaba hambrunas y un terrorismo de Estado sin límites.
Dos testimonios que cito en mi libro Lenin y el totalitarismo nos dan una imagen de esos tiempos terribles en que se desenvuelve la juventud de Shafarevich. El gran escritor Arthur Koestler, quien como "amigo comunista de confianza" había sido invitado en 1932 a visitar el país para escribir sobre las maravillas del socialismo, descubre la siguiente realidad absolutamente distante de la utopía socialista:
El tren continuó su lento viaje resoplando a través de las estepas ucranianas. Se detenía con mucha frecuencia. En cada estación encontrábamos una multitud de campesinos cubiertos de harapos que ofrecían íconos y lienzos a cambio de un pedazo de pan. Las mujeres levantaban a sus niños hasta las ventanas de los vagones y entonces uno veía aquellos miembros infantiles, delgados como palitos, y aquellos terribles vientres hinchados y las cadavéricas y gigantescas cabezas que se balanceaban sobre endebles cuellitos. Sin saberlo, había llegado a Rusia en el momento culminante de la carestía y el hambre que en 1932 y 1933 despobló distritos enteros y ocasionó varios millones de víctimas.
A su vez, el historiador marxista Charles Bettelheim ahonda de esta manera en la tragedia del campesinado soviético:
Trenes enteros, llamados por los campesinos "trenes de la muerte", llevan a los deportados hacia el norte, las estepas y los bosques. Muchos mueren en el trayecto de frío, hambre o epidemias (…) A veces, sólo son deportadas las mujeres y los niños, quedando detenido el cabeza de familia; otras veces, lo son las familias enteras; en otras, se deja allí a los niños, que se convierten en mendigos y vagabundos.
Moría así el alma de la vieja Rusia, ese pueblo campesino portador de tradiciones ancestrales que habían hecho de Rusia lo que era. Stalin culminaba de esta manera lo que Lenin había iniciado durante el Comunismo de Guerra. Junto a ello, se lanzaban feroces campañas contra la Iglesia Ortodoxa, que incluían la destrucción física de las iglesias (en 1939 quedaba apenas un centenar de iglesias en pie en toda Rusia). En sus años mozos, Shafarevich presenció el cierre de la iglesia ubicada frente a su casa y en su retina quedó grabada la terrible imagen del cuidador de la misma ahorcado en el pórtico de entrada. Poco después, esta iglesia fue, como tantas otras, dinamitada. Corría el año 1938 en el que culminaban las grandes purgas o el Gran Terror, con su millón y medio de ejecuciones mediante las cuales se aniquiló a una parte significativa de la así llamada intelligentsia rusa. Por doquier desaparecían los escritores, académicos, científicos, ingenieros y artistas acusados de ser elementos burgueses contrarrevolucionarios, agentes alemanes o temibles "conspiradores trotskistas-bujarinistas" (habitualmente se los acusaba de las tres cosas a la vez), para ser pronto ejecutados o pasar a engrosar el vasto sistema de campos de concentración y trabajo forzado oficialmente inaugurado en 1930 y conocido posteriormente con el nombre de Gulag.
Mediante este ataque simultáneo a sus estructuras sociales tradicionales, a los portadores de sus creencias y tradiciones y a los representantes de su vida intelectual, el régimen buscaba cortar de raíz toda relación del pueblo ruso con su historia. La sociedad soviética quería ser un mundo totalmente nuevo, una tabla rasa o un lienzo sin mancha, para usar la célebre metáfora de Platón, en el cual poder plasmar con plena libertad el designio utópico-totalitario. Para ello se debía destruir el pasado en todas sus manifestaciones. El hombre soviético, el hombre nuevo del comunismo, podría de esta manera ser integralmente moldeado por sus nuevos amos.
Igor Shafarevich pertenece a la primera generación de rusos totalmente en manos del poder totalitario. Sus padres eran típicos miembros de la intelligentsia rusa, cultos, amantes de la historia, la música y, además, creyentes. Pero también reducidos, como Shafarevich dice explícitamente de su padre, a aquella apatía que fue el refugio de tantos frente al terror y la brutalidad imperantes. Su biblioteca, arrumbada en un clóset, fue la primera tabla de salvación del joven y precoz Shafarevich: allí encontró obras clásicas tanto de filosofía como de historia y literatura que no tardó en devorar con avidez. Soñó entonces con ser historiador, pero muy pronto cambiaría de idea al encontrar su gran pasión: las matemáticas, un mundo absolutamente no ideológico en el cual refugiarse, un monasterio, como él mismo lo ha dicho, donde ser libre y dar rienda suelta a su creatividad.
A los 12 o 13 años, durante un período de enfermedad, se entregó al estudio de los textos escolares de matemáticas que pronto dejó atrás para adentrarse en la lectura de obras más avanzadas. A los 14 años se presentó a la prestigiosa Facultad de Matemática Mecánica de la Universidad de Moscú para que se le permitiese ingresar a la misma como alumno externo. Tres académicos lo examinaron y constataron que estaban frente a un genio. A los 16 años estaba ya en el quinto curso de la universidad y a los 17, en 1940, se graduaba. Defendió su primera tesis doctoral a los 19 y en 1946, con 23 años, presentó su disertación para optar al título superior de doctor, que muy pocos llegaban a obtener. Era un "genio socialista" y el régimen no tardó en exhibirlo como ejemplo del hombre nuevo soviético. En una película de propaganda se lo muestra estudiando y esquiando. La rúbrica dice: “Un estudiante del 5º curso de la universidad de 16 años, Igor Shafarevich, ha sido nominado para recibir la beca Lenin”.
La matemática fue su refugio no sólo espiritual sino que también le dio una cierta protección frente a las tropelías del régimen: era demasiado valioso para aplastarlo por no ser militante comunista o por ser creyente, lo que no impidió que fuese expulsado de la universidad entre 1949 y 1953, un tiempo de persecuciones delirantes que, entre otros, le costó la vida a muchos médicos y académicos judíos. Pronto vinieron sus grandes descubrimientos matemáticos y alcanzó la fama tanto dentro de la Unión Soviética (Premio Lenin en 1959) como a nivel internacional y las academias más distinguidas del mundo lo hicieron miembro honorario (en el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Italia, etc.).
Así podría haber culminado la vida de Igor Shafarevich, como una gran estrella del firmamento soviético homenajeada por todas partes. Pero no fue así. Su conciencia, tal como la de otros grandes científicos (como el Nobel de la Paz Andréi Sájarov) y escritores (como el Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn), lo impulsó a la resistencia abierta al totalitarismo, pasando en los años 70 a integrar las filas de aquellos célebres disidentes que con su enorme coraje fueron uno de los protagonistas fundamentales de la caída de la dictadura comunista. Esa fue la circunstancia que hizo que Shafarevich volviese a su vieja pasión: la historia. Para recuperarla y usarla como lanza y escudo en la lucha contra quienes tiranizaban a su pueblo.
El fenómeno socialista: ideología y realidad
El fenómeno socialista nace de la colaboración de Shafarevich con Solzhenitsyn a comienzos de los años 70, publicando clandestinamente un embrión del mismo en el libro Desde debajo de los escombros, que tiene a Solzhenitsyn como editor. El fenómeno socialista es una obra de combate contra el régimen soviético y para entender su estructura argumental es menester familiarizarse con los postulados fundamentales que sustentaban la ideología y el poder de la dictadura comunista. Estos postulados pueden ser resumidos en dos puntos:
El marxismo es una concepción científica de la historia, totalmente diferente y opuesta a cualquier creencia religiosa, especulación metafísica o voluntarismo moralista. El marxismo o socialismo científico simplemente estudia la leyes que rigen la evolución de la historia y de ello deduce la inevitabilidad del socialismo y su paso final al comunismo.
El socialismo, como realidad social y política plasmada en el régimen soviético, es un tipo de sociedad radicalmente nueva, sin precendentes en la historia y superador de toda opresión del hombre por el hombre. Como tal, expresa el paso del ser humano a una etapa superior de su existencia que lo libera de sus egoísmos y antagonismos, asegurándole su realización plena en una sociedad de abundancia ilimitada.
Estos dos postulados explican la doble vertiente por la que fluye el análisis crítico de Shafarevich. Primero se aboca a estudiar la historia de la idea socialista y luego la historia del socialismo como realidad social o socialismo de Estado, aspectos que paso ahora a exponer sucintamente.
Tenemos primero el estudio de los antecedentes, raigambre y estructura del pensamiento socialista moderno (marxista) que saca a la luz su arquetipo religioso y desmiente, de manera contundente, su pretendida cientificidad. Para demostrarlo, Shafarevich realiza un notable recorrido por la historia del pensamiento utópico y mesiánico occidental, que parte de Platón y llega hasta el socialismo contemporáneo. En su periplo, Shafarevich se detiene largamente en el estudio del "socialismo milenarista", es decir, de las sectas heréticas cristianas que durante siglos proclamaron el advenimiento inminente del Reino de Cristo sobre la tierra anunciado por el Apocalipsis y que duraría mil años (de allí términos como milenio o quiliasmo, que definen ese Reino y, por derivación, a los movimientos que lo predican). En el desarrollo de esos movimientos se crean todos los arquetipos ideales –renovación apocalíptica de la humanidad, hombre nuevo, comunidad plena, vanguardia iluminada, subordinación absoluta de la individualidad al colectivo– que luego se plasmarán en las utopías renacentistas y, finalmente, en el socialismo-comunismo moderno y sus vanguardias revolucionarias, pero en este caso desligados de su referencia abierta a la creencia religiosa que les dio origen y bajo el manto de una supuesta cientificidad.
Se constata así que lo que pretendía ser un análisis científico "producto de muchos años de concienzuda investigación", para decirlo con las engañosas palabras de Marx, no es más que una repetición de antiguos arquetipos y de esa búsqueda del paraíso terrenal que siempre, cuando se ha llevado a la práctica, ha terminado sembrando el terror. Esta falta de cientificidad se hace evidente al analizar más detenidamente la obra de Marx, caracterizada por una obstinada búsqueda de confirmar todo aquello que ya había afirmado desde muy joven. La biografía intelectual de Marx es palmaria en este sentido: todos los fundamentos de la ideología marxista –la concepción teleológica de la historia, la necesidad del derrumbe del capitalismo y del surgimiento del comunismo, la polarización siempre mayor entre proletarios pauperizados y unos pocos burgueses cada vez más opulentos, la inevitabilidad de la revolución violenta y su papel creador del hombre nuevo, la idea del proletariado como mesías colectivo, el determinismo económico– fueron ya desarrollados por aquel joven Marx que aún distaba de haber cumplido los treinta años. Sus fuentes no fueron exhaustivas investigaciones en la realidad social de su época ni los ricos anaqueles de las bibliotecas. Su camino fue muy distinto y pasa por la filosofía especulativa de Hegel, el humanismo radical de Feuerbach y el mesianismo socialista-comunista ya en boga por entonces.
Como bien lo muestra Shafarevich, la relación tanto de Marx como de sus discípulos con la ciencia es absolutamente inversa a aquella que caracteriza la verdadera actitud científica: no van a buscar la verdad sino a confirmar sus expectativas revolucionarias. Por ello es que Shafarevich puede, con toda razón, afirmar:
Las obras básicas del marxismo carecen completamente de la característica fundamental de la actividad científica: la búsqueda desinteresada de la verdad por la verdad (…) lo que buscaban en la ciencia no era la fuente sino la confirmación y sanción de las viejas tesis de la ideología socialista.
Esto se expresa en forma de múltiples contradicciones lógicas y predicciones en nada coincidentes con el desarrollo real (todo el desarrollo del capitalismo desde que Marx hiciese sus pronósticos apocalípticos es la refutación más evidente de los mismos), pero ello no obsta para que sus seguidores sigan profesando su fe revolucionaria ya que precisamente se trata de eso, una fe.
Esto es importante, no sólo porque explica esa ceguera tan propia de los marxistas y otros creyentes revolucionarios frente a todo aquello que contradice su fe sino porque diferencia el credo de los revolucionarios del simple engaño o la manipulación. Se trata de verdaderos creyentes, imbuidos de su fe y dispuestos a darlo todo por ella. Shafarevich subraya esta perspectiva:
Un movimiento tan gigantesco como el socialismo no puede basarse en principio en un engaño. A pesar de su demagogia superficial, estos movimientos son en el fondo honestos, es decir, proclaman sus principios fundamentales claramente para que todos les oigan.
La segunda vertiente crítica que desarrolla Shafarevich trata del socialismo en la realidad, es decir, en cuanto sistema social o socialismo de Estado. Aquí, nuestro autor nos invita a un fascinante recorrido por diversas experiencias socialistas que precedieron al experimento soviético y a sus réplicas contemporáneas, poniendo de manifiesto sus similitudes esenciales y cuestionando, por tanto, la pretendida novedad histórica de los regímenes de tipo soviético.
Como muestra Shafarevich, la Unión Soviética no fue de ninguna manera el primer régimen social basado en la subordinación completa del individuo al colectivo y la abolición de la propiedad privada. Las experiencias socialistas de Estado, es decir, colectivistas, han sido muchas. Se trata, en realidad, de la forma más común que tienden a adoptar los imperios tempranos, desde los del oriente antiguo al de los incas. Este fenómeno, así como sus similitudes con el socialismo del siglo XX, fue detenidamente estudiado por Karl Wittfogel en su célebre obra de 1957 titulada Despotismo oriental: un estudio comparativo sobre el poder total, que Shafarevich usa con frecuencia.
La inexistencia de la libertad individual y de la propiedad privada que la expresa en lo económico son rasgos comunes a todos esos regímenes. También lo son el trabajo forzado, las grandes planificaciones, la manipulación de la historia que es reescrita para ponerla al servicio del poder, el monopolio ideológico (ya sea teocrático o ateo), los abundantes privilegios de los escalones superiores de la jerarquía social y la falta de todo derecho que restrinja o limite al poder central. Todo ello y mucho más revela el notable parentesco existente entre todos estos regímenes que expresan tendencias claramente totalitarias. El socialismo es, con otras palabras, un fenómeno universal, tal como lo es la ideología que lo nutre. Nada hay de nuevo en el socialismo moderno, excepto su ateísmo y su posibilidad de usar unas tecnologías de opresión antes desconocidas.
El secreto del fenómeno socialista
De esta amplia investigación en el terreno de las ideas y la histórica surge la respuesta que Shafarevich dará a la pregunta que guía todo su trabajo: ¿cuál es la esencia y fuerza motriz del fenómeno socialista? No se trata en absoluto de una pregunta nueva pero sí de una respuesta sorprendentemente novedosa.
Shafarevich pone especial énfasis en distanciarse de la respuesta más cercana a su propio análisis, aquella que ve en el socialismo una especie de religión basada, por contradictorio que parezca, en el ateísmo. Esta respuesta fue dada ya antes del golpe de estado bolchevique por el pensador ruso Sergéi Bulgákov, que en 1906 publicó su Karl Marx como tipo religioso. El mismo punto de vista fue desarrollado, un par de décadas después, por otro notable intelectual ruso, Nikolái Berdiáev, autor de Marxismo y religión. En Occidente, esta perspectiva ha sido desarrollada por diversos autores, siendo la obra Robert Tucker Filosofía y mito en Karl Marx de 1972 un ejemplo muy destacado. Yo también he trabajado en esta dirección, tal como se puede constatar leyendo mi libro Las desventuras de la bondad extrema.
Shafarevich, que se mueve muy cerca de esta interpretación, subraya tanto sus méritos como muchas de las similitudes innegables entre religión y socialismo:
Esta postura puede apoyarse en fuertes argumentos. Por ejemplo, los aspectos religiosos del socialismo podrían explicar tanto la extraordinaria atracción de las doctrinas socialistas como su capacidad para inflamar a los individuos e inspirar movimientos populares. Son precisamente estos aspectos del socialismo los que no pueden ser explicados cuando se le contempla como categoría política o económica. Las pretensiones del socialismo de ser una visión global del mundo, que abarca y explica todo, también lo hacen análogo a la religión. Una característica religiosa es la visión socialista de la historia no como un fenómeno caótico sino como una entidad con un objetivo, un sentido y una justificación. En otras palabras, tanto el socialismo como la religión contemplan la historia teleológicamente.
A pesar de estas coincidencias entre socialismo y religión Shafarevich rechaza las conclusiones de esta interpretación. A su juicio, el impulso socialista es, más allá de las apariencias, radicalmente opuesto a aquel representado por una religión como el cristianismo y no puede por ello, bajo ningún respecto, ser visto como una suerte de realización atea y terrenalizada de las promesas y expectativas cristianas de una vida radicalmente diferente y liberada de los pesares de la existencia mundana. Shafarevich observa, de manera absolutamente certera, que la esencia del socialismo es la búsqueda de "la supresión de la individualidad" y como tal esta doctrina “es hostil hacia la personalidad humana no sólo como categoría sino, en última instancia, hacia su existencia misma”. Esto se expresa como un impulso homogeneizador, que quiere destruir toda base, expresión y resguardo de la diferenciación humana (propiedad privada, familia, libertades individuales, etc.). El socialismo busca crear un nuevo tipo de ser humano que sólo existe como parte del colectivo y no como una persona con atributos únicos, una voluntad distintiva y derechos inviolables. El cristianismo, por el contrario, se basa en el desarrollo y fortalecimiento de la individualidad y la responsabilidad personal. La persona es su eje, con su relación esencial, irreemplazable y profundamente moral con su Creador. El impulso religioso encarnado por el cristianismo es la afirmación y protección más rotunda de la vida y su diversidad, a la vez que actúa como un freno a la soberbia humana y a todo intento de endiosar al hombre recordándole, sin cesar, sus carencias y limitaciones.
¿Qué es entonces el socialismo? ¿Qué impulso representa su búsqueda de la disolución del individuo en el colectivo y el fin de la diferenciación humana? La respuesta de Shafarevich se mueve aquí en una dirección inesperada y novedosa, donde los sugerentes planteamientos de Sigmund Freud sobre una gran lucha entre el "instinto de vida" y el “instinto de muerte” hacen su entrada. Si la religión expresa el impulso vital o instinto de vida, que busca el desarrollo y la diversificación de lo humano, el socialismo expresa un impulso contrario, hacia su nivelación homogeneizadora, lo que implica la negación de la vida misma, que no es otra cosa que constante diferenciación. Como tal, representa un impulso destructivo de la vida existente o un instinto de muerte. El socialismo habla de la creación de otro mundo, superior y perfecto, y del surgimiento de un hombre nuevo que sólo existe para entregarse a los demás, pero estas ideas no son sino la coartada de una idea subyacente, “subconsciente y emocional”: destruir todo lo que existe, incluido el ser humano tal y como es. Lo que se busca es, de hecho, un genocidio, el fin apocalíptico de la vida humana tal como la conocemos. Eso es lo concreto y a lo único a lo que se han acercado los socialismos reales. Esta propensión destructiva explica, además, la voluntad de autoinmolación revolucionaria, esa búsqueda y exaltación de la muerte por la causa a la que siempre han llamado los profetas milenaristas o marxistas (o nazistas o islamistas, podríamos agregar, llámense Adolf Hitler, Che Guevara u Osama ben Laden).
Para Shafarevich, el socialismo es un fenómeno paradójico que "sólo puede ser entendido si se admite que la idea de la extinción de la humanidad puede resultar atractiva para el hombre y que el impulso de autodestrucción (incluso si es una entre varias tendencias) juega un papel en la historia humana". Se trata de una afirmación que el autor ejemplifica de múltiples maneras: desde las sectas maniqueistas, que predicaban la autoextinción mediante la abstinencia sexual, y el budismo, con su búsqueda del Nirvana o extinción completa de la existencia, hasta el nihilismo anarquista y las organizaciones revolucionarias marxistas, con sus militantes que se autoaniquilan como personas y están dispuestos a sacrificar a cuantos sea necesario para que, supuestamente, nazca el mundo nuevo.
Ese es, muy apretadamente, el diagnóstico de Shafarevich sobre el fenómeno socialista. Se trata de un largo camino para llegar a la conclusión de que el socialismo expresa una amenaza para la vida misma, pero merece la pena seguirlo, después de todo el autor tiene la evidencia empírica de su parte: el intento de crear el bienaventurado paraíso socialista siempre ha terminado en los Campos de la Muerte.
El escándalo de 'Rusofobia'
Aquí podría terminar este texto ya que su objetivo principal, introducir El fenómeno socialista, está cumplido. Sin embargo, no adentrarse, aunque sea someramente, en los años posteriores de la actividad de Shafarevich sería dejar trunco un relato que tiene aún momentos sorprendentes y altamente polémicos. Esto nos permitirá, además, situar al disidente Igor Shafarevich en una perspectiva más amplia y comentar su oposición simultánea al totalitarismo comunista y a la modernidad occidental de corte liberal.
A finales de los años 80 se publicó un ensayo de Shafarevich que estaba llamado a ser el más polémico de su producción: Rusofobia. Es una obra que poco o nada tiene que ver con El fenómeno socialista y que centra su argumentación en el papel clave de la minoría judía como promotora del movimiento socialista ruso y, en especial, del bolchevismo. La gran perspectiva universal de El fenómeno socialista queda así sustituida por una teoría tomada de las obras póstumas del autor francés Augustin Cochin (1876-1916) en que el espíritu de destrucción surge de minorías ajenas al sentimiento mayoritario y a las tradiciones nacionales que desprecian. Tal como dice Mijaíl Epstein, uno de los críticos más relevantes de Shafarevich:
Rusofobia (…) parece ser la obra de un autor distinto. Toda la concepción de la dinámica social es revertida: la fuente de destrucción ya no se identifica con la homogeneización socialista de la sociedad sino con la amenaza elitista a los valores tradicionales compartidos por el conjunto de la nación.
En el caso de la Revolución Francesa, Cochin atribuye este papel destructivo a las sociétés de pensée (en particular a las logias masónicas) que se constituyen como un petit peuple opuesto a la mayoría nacional o grand peuple, que las minorías radicalizadas menosprecian y quieren reformar drásticamente de acuerdo a sus designios utópicos. Este mismo rol habría sido desempeñado por los puritanos ingleses del siglo XVII y los jóvenes hegelianos alemanes en cuyo seno se forma Marx en la primera mitad el siglo XIX. En toda gran revolución existe esta minoría, bien organizada e intelectualmente alienada de la mayoría, que bajo circunstancias propicias logra hacerse con el poder, radicalizando el movimiento popular con consecuencias trágicas para todos. Los judíos rusos habrían sido la base del petit peuple revolucionario que llevaría al desastre soviético en el siglo XX, con su lucha despiadada contra las tradiciones, creencias y vida social del grand peuple ruso. Para Shafarevich, "estos grupos ocultos y subversivos" están animados “por su deseo incontenible de destruir, pervertir y subvertir los frutos generados por siglos de civilización (…) De hecho, se trata de una guerra de conquista bien organizada que estas minorías ajenas llevan a cabo contra todas las naciones históricas".
La publicación de Rusofobia convertiría a su autor en un referente de las tendencias nacionalistas rusas después de la caída de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, se produjo una amplia condena internacional de Shafarevich como antisemita, que incluso llevó a la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos a pedirle su renuncia como miembro honorario de la misma (ya que sus estatutos no contemplaban mecanismos de expulsión). Un buen recuento de parte de lo que se ha dicho sobre Shafarevich en esta materia se encuentra en la disertación doctoral ya citada de Krista Berglund. Sin embargo, la autora de este estudio, que es único por su amplitud, llega a una conclusión bastante distinta:
La presente disertación discute las actividades políticas de Shafarevich y sus textos e ideas así como su recepción. Especial atención se presta a Rusofobia, cuyo análisis detallado prueba de una manera muy clara que su reputación como texto antisemita no tiene fundamento (…) En retrospectiva, es bastante evidente que en realidad Shafarevich logró neutralizar de una manera efectiva el mensaje de muchos de sus contemporáneos obsesionados con los judíos y contribuyó al hecho de que los sentimientos antijudíos hayan sido mucho menos populares en la Rusia poscomunista de lo que muchos había esperado y temido.
El disidente Igor Shafarevich: un juicio de conjunto
Krista Berglund resume así la trayectoria de Shafarevich como disidente en una corta presentación de su tesis:
En los 70, Shafarevich fue uno de los disidentes más famosos de la Unión Soviética. Trabajó junto al académico Andréi Sájarov en el comité extraoficial de los disidentes en defensa de los derechos humanos y colaboró estrechamente con Solzhenitsyn antes de su partida al exilio. Luego, durante los años caóticos de la perestroika, Shafarevich defendió los derechos básicos de los ciudadanos de a pie y advirtió acerca del peligro de que el entusiasmo por la democracia fuese contraproducente si el resultado más palpable de las reformas fuese la desaparición de la seguridad básica del ciudadano y de la justicia social más elemental. Una de las conclusiones de la tesis es que si bien el mundo circundante ha cambiado considerablemente, sus puntos de vista han seguido siendo esencialmente los mismo que a finales de los años 60 y comienzos de los 70.
La colaboración con Solzhenitsyn nos da la mejor clave para entender la posición del disidente Shafarevich ya que Solzhenitsyn es el exponente más preclaro y conocido de la perspectiva histórica y las convicciones políticas que tanto él como Shafarevich han defendido. Ambos se definen como patriotas rusos, imbuidos, con las palabras de Solzhenitsyn en Desde debajo de los escombros, de "un amor inquebrantable e incondicional por la nación, lo que no implica un afán ciego por servir, ni un apoyo a las demandas injustas, sino una valoración sincera de sus vicios y pecados y la capacidad de arrepentirse de ellos". La lucha de ambos contra el totalitarismo comunista es una lucha por restablecer la continuidad histórica arrasada por los bolcheviques. No buscan importar modelos occidentales basados en lo que ellos consideran como un humanismo materialista decadente, que rechaza a Dios y corroe las capacidades morales del ser humano de resistir al mal.
Se trata de un rechazo a elementos centrales de aquel desarrollo iniciado con el Renacimiento y la Ilustración que, según el planteamiento de Solzhenitsyn en su célebre alocución de 1978 en Harvard, "dio inicio a una civilización occidental con una peligrosa tendencia a idolatrar al hombre y sus necesidades materiales". De esa tendencia fluyó finalmente, según Solzhenitsyn y Shafarevich, el marxismo mismo, con su materialismo extremo, su ateísmo militante y su endiosamiento del hombre que lo llevó a las utopías sangrientas que han sembrado el terror por doquier. Para defenderse de ello y, además, evitar que la futura Rusia poscomunista corra el riesgo de pasar del materialismo marxista al materialismo liberal, se deben reivindicar las tradiciones de la vieja cultura rusa, su espiritualidad, sus sentimientos morales, su herencia cristiana y su sentido de la responsabilidad individual sin el cual la libertad se transforma en libertinaje.
Es en este contexto que las polémicas tesis de Rusofobia cobran su verdadero sentido. Lo ruso habría sido atacado y reprimido por una minoría utópica, ávida de arrasar un sentimiento nacional que no compartía y de imponerle modelos importados. Frente a ello, la salvación de Rusia reside para Shafarevich en un gran trabajo de recuperación histórica, a fin de que su progreso futuro entronque con su raíz histórica y forme un antídoto contra la creciente perversión del espíritu humano que, a su juicio, Occidente viene registrando desde hace siglos y que ha desembocado en el materialismo sin sentido de la actualidad. En suma, Rusia, y su pueblo, debe progresar a su manera y no "ser conquistada por sistemas e ideologías foráneos, cuyo propósito es destruir su historia, cultura y nacionalidad".
Esta manera de ver las cosas no es en absoluto nueva en Rusia. La segunda mitad del siglo XIX estuvo dominada por una intensa polémica en torno al atraso del país, dramáticamente manifestado en la humillante derrota infringida por las tropas anglo-francesas en la Guerra de Crimea (1853-56). En esa polémica se enfrentaron los denominados rusófilos con los rusófobos, es decir, aquellos que proponían la erradicación del atraso ruso mediante una amplia modernización occidentalizante, que contemplaba también la introducción del sistema capitalista. Los rusófilos, por su parte, no defendían el status quo sino la continuidad histórica, proponiendo una vía rusa al progreso. Para ello, había que recuperar el espíritu ruso más genuino, aquel representado por sus masas campesinas o su pueblo, como se decía.
Esta fue la base ideológica del denominado populismo, que no tardaría en derivar, por falta de apoyo entre ese pueblo que se decía representar, hacia el terrorismo y sería aplastado con posterioridad al atentado que le costó la vida al zar Alejandro II en 1881. La debacle del terrorismo populista llevó al fortalecimiento de la reacción rusófoba contra el orden imperante. Ese fue el origen de las tendencias marxistas rusas, dispuestas a erradicar todo lo asiático de Rusia y continuar, a su manera, el gran intento modernizador de un Pedro el Grande. El abanderado más radical de esas tendencias sería Lenin y su régimen terrorista perpetraría, como ya se apuntó, el mayor atentado nunca realizado contra la continuidad histórica de Rusia.
Como se ve, la postura de Shafarevich tienen una fuerte raigambre histórica y sólo los ignorantes pudieron un día creer que el dilema ruso estaba entre comunismo y liberalismo de corte occidental. El mensaje de Shafarevich es que para que la caída del comunismo no sea un nuevo salto al vacío se requiere de una reconexión con aquella historia y cultura que el totalitarismo comunista trató de barrer. De no ser así, se correría el riesgo de caer en un tipo de alienación que no haría de Rusia sino una copia aún más decadente de aquel decadente materialismo que según nuestro autor representa el Occidente contemporáneo.
(De www.clublibertaddigital.com)
Recordando un libro olvidado
Hace no mucho cayó en mis manos El fenómeno socialista de Igor Shafarevich, libro hoy completamente desconocido en el mundo de habla hispana. De inmediato me di cuenta de que se trata de un gran libro que invita a emprender un viaje intelectual absolutamente necesario para comprender las ideologías que proponen la subordinación o incluso la supresión de la individualidad en aras de un poder que se erige en representante de intereses colectivos supuestamente superiores. Eso es el socialismo en sus diversas variantes, desde sus propuestas abiertamente totalitarias a aquellas que de manera gradual y subrepticia van engrandeciendo el poder del Estado hasta reducir la autonomía individual a un cascarón vacío.
Comprender las raíces del fenómeno socialista y el secreto de su fuerza de atracción es vital para quienes aman la libertad y aceptan la responsabilidad de defenderla frente a sus enemigos. Para ello contamos con obras imprescindibles como Camino de servidumbre de Friedrich Hayek y La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper. A ellas podemos agregar este gran ensayo de Igor Shafarevich, que presenta no sólo un notable abanico de reflexiones sobre el socialismo como realidad histórica e ideológica, sino también una interpretación de conjunto del impulso colectivista que amerita sentar escuela dada su novedad y profundidad. Sus grandes calidades y su tajante conclusión fueron destacadas con fuerza por el premio Nobel Aleksandr Solzhenitsyn en un célebre discurso en la Universidad de Harvard en junio de 1978:
El matemático Igor Shafarevich, miembro de la Academia Soviética de Ciencias, ha escrito un libro brillantemente argumentado titulado Socialismo, en el cual efectúa un penetrante análisis histórico y demuestra que el socialismo, de cualquier tipo o matiz, conduce a la destrucción total del espíritu humano y a la nivelación de la humanidad en la muerte.
El fenómeno socialista es una obra que debiera estar llamada a traspasar su tiempo y sus circunstancias, pero también es un testimonio de un tiempo y unas circunstancias que llevan el sello del totalitarismo. Fue una de las obras más significativas de aquella literatura clandestina conocida como samizdat ("autopublicación"), que con altos riesgos desafiaba el monopolio ideológico y comunicativo del régimen comunista. La lucha contra el sistema totalitario fue el aguijón que impulsó a un matemático de fama mundial a dedicarse al estudio de temas fuera de su ámbito profesional, pero también le impuso limitaciones en cuanto al acceso a fuentes para tratar el tema. Como el mismo autor dice en el Prólogo:
Al trabajar en este libro sin permiso oficial, en las condiciones que prevalecen en nuestro país, me topé con muchas dificultades para conseguir la literatura necesaria. Teniendo esto en cuenta, estoy consciente de la probabilidad (y quizás la inevitabilidad) de errores en ciertas cuestiones específicas y de limitaciones en mis argumentos, que pueden haber sido presentados antes por otros con mayor eficiencia. Mi única justificación es la urgencia del tema y la especial experiencia histórica de nuestro país.
Así, quien conozca la extensa bibliografía existente sobre muchos de los temas tratados por Shafarevich echará en falta referencias a algunas obras ya clásicas en estas materias. Sin embargo, esto no devalúa en absoluto el trabajo de Shafarevich, sino que incluso le da un frescor y una independencia notables.
A fin de introducir la obra de Shafarevich abordaré a continuación las circunstancias que marcaron la vida del autor, destacando algunos hitos significativos de la misma que finalmente lo llevaron a engrosar la resistencia al régimen soviético. Luego se resumirán sus planteamientos básicos acerca del fenómeno socialista para, finalmente, aludir a su desarrollo posterior, incluyendo la controversia en torno a su escrito Rusofobia, y hacer una evaluación de conjunto sobre la posición política de Shafarevich.
Una vida en las entrañas del totalitarismo
Pocos podrían como Igor Shafarevich repetir de manera tan pertinente las famosas palabras de José Martí: "Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David". Su vida discurre en paralelo con el auge y desplome del régimen soviético, y su honda, junto a las de muchos otros David, terminó asestándole un golpe del cual nunca pudo recuperarse. Su vida nos ilustra acerca de las bestialidades del régimen comunista, pero también acerca de la grandeza de aquellos que no sólo no se doblegaron sino que terminaron derrotando a un sistema que parecía imbatible.
Igor Rostislavovich Shafarevich nació en Zhitomir, Ucrania, el 3 de junio de 1923. Por entonces amainaba la larga guerra civil que siguió al golpe de estado bolchevique de 1917 y éstos afianzaban su poder. El terror inicial se había hecho más sistemático pero menos visible que durante los años del denominado Comunismo de Guerra (1918-1921). La brutal política de requisas militarizadas de ese tiempo fue suavizada y se aplicó una serie de reformas económicas, conocidas como Nueva Política Económica, a fin de distender la tensa relación existente entre el poder comunista y las masas campesinas. Sin embargo, pronto cambiaría todo. La primera infancia de Shafarevich coincide con las luchas dentro de la cúpula del Partido Comunista que llevaron a la consolidación del poder omnímodo de Stalin, que ya a fines de los años 20 se sintió con fuerzas suficientes como para lanzar la política de industrialización forzada que desencadenó el cambio más trascendental de toda la historia rusa: la destrucción violenta y definitiva de sus comunidades campesinas y de la figura, tanto real como mítica, del campesino ruso. Así, Shafarevich, que ya vivía en Moscú, cumpliría diez años en un país en plena guerra genocida contra su propio pueblo, que soportaba hambrunas y un terrorismo de Estado sin límites.
Dos testimonios que cito en mi libro Lenin y el totalitarismo nos dan una imagen de esos tiempos terribles en que se desenvuelve la juventud de Shafarevich. El gran escritor Arthur Koestler, quien como "amigo comunista de confianza" había sido invitado en 1932 a visitar el país para escribir sobre las maravillas del socialismo, descubre la siguiente realidad absolutamente distante de la utopía socialista:
El tren continuó su lento viaje resoplando a través de las estepas ucranianas. Se detenía con mucha frecuencia. En cada estación encontrábamos una multitud de campesinos cubiertos de harapos que ofrecían íconos y lienzos a cambio de un pedazo de pan. Las mujeres levantaban a sus niños hasta las ventanas de los vagones y entonces uno veía aquellos miembros infantiles, delgados como palitos, y aquellos terribles vientres hinchados y las cadavéricas y gigantescas cabezas que se balanceaban sobre endebles cuellitos. Sin saberlo, había llegado a Rusia en el momento culminante de la carestía y el hambre que en 1932 y 1933 despobló distritos enteros y ocasionó varios millones de víctimas.
A su vez, el historiador marxista Charles Bettelheim ahonda de esta manera en la tragedia del campesinado soviético:
Trenes enteros, llamados por los campesinos "trenes de la muerte", llevan a los deportados hacia el norte, las estepas y los bosques. Muchos mueren en el trayecto de frío, hambre o epidemias (…) A veces, sólo son deportadas las mujeres y los niños, quedando detenido el cabeza de familia; otras veces, lo son las familias enteras; en otras, se deja allí a los niños, que se convierten en mendigos y vagabundos.
Moría así el alma de la vieja Rusia, ese pueblo campesino portador de tradiciones ancestrales que habían hecho de Rusia lo que era. Stalin culminaba de esta manera lo que Lenin había iniciado durante el Comunismo de Guerra. Junto a ello, se lanzaban feroces campañas contra la Iglesia Ortodoxa, que incluían la destrucción física de las iglesias (en 1939 quedaba apenas un centenar de iglesias en pie en toda Rusia). En sus años mozos, Shafarevich presenció el cierre de la iglesia ubicada frente a su casa y en su retina quedó grabada la terrible imagen del cuidador de la misma ahorcado en el pórtico de entrada. Poco después, esta iglesia fue, como tantas otras, dinamitada. Corría el año 1938 en el que culminaban las grandes purgas o el Gran Terror, con su millón y medio de ejecuciones mediante las cuales se aniquiló a una parte significativa de la así llamada intelligentsia rusa. Por doquier desaparecían los escritores, académicos, científicos, ingenieros y artistas acusados de ser elementos burgueses contrarrevolucionarios, agentes alemanes o temibles "conspiradores trotskistas-bujarinistas" (habitualmente se los acusaba de las tres cosas a la vez), para ser pronto ejecutados o pasar a engrosar el vasto sistema de campos de concentración y trabajo forzado oficialmente inaugurado en 1930 y conocido posteriormente con el nombre de Gulag.
Mediante este ataque simultáneo a sus estructuras sociales tradicionales, a los portadores de sus creencias y tradiciones y a los representantes de su vida intelectual, el régimen buscaba cortar de raíz toda relación del pueblo ruso con su historia. La sociedad soviética quería ser un mundo totalmente nuevo, una tabla rasa o un lienzo sin mancha, para usar la célebre metáfora de Platón, en el cual poder plasmar con plena libertad el designio utópico-totalitario. Para ello se debía destruir el pasado en todas sus manifestaciones. El hombre soviético, el hombre nuevo del comunismo, podría de esta manera ser integralmente moldeado por sus nuevos amos.
Igor Shafarevich pertenece a la primera generación de rusos totalmente en manos del poder totalitario. Sus padres eran típicos miembros de la intelligentsia rusa, cultos, amantes de la historia, la música y, además, creyentes. Pero también reducidos, como Shafarevich dice explícitamente de su padre, a aquella apatía que fue el refugio de tantos frente al terror y la brutalidad imperantes. Su biblioteca, arrumbada en un clóset, fue la primera tabla de salvación del joven y precoz Shafarevich: allí encontró obras clásicas tanto de filosofía como de historia y literatura que no tardó en devorar con avidez. Soñó entonces con ser historiador, pero muy pronto cambiaría de idea al encontrar su gran pasión: las matemáticas, un mundo absolutamente no ideológico en el cual refugiarse, un monasterio, como él mismo lo ha dicho, donde ser libre y dar rienda suelta a su creatividad.
A los 12 o 13 años, durante un período de enfermedad, se entregó al estudio de los textos escolares de matemáticas que pronto dejó atrás para adentrarse en la lectura de obras más avanzadas. A los 14 años se presentó a la prestigiosa Facultad de Matemática Mecánica de la Universidad de Moscú para que se le permitiese ingresar a la misma como alumno externo. Tres académicos lo examinaron y constataron que estaban frente a un genio. A los 16 años estaba ya en el quinto curso de la universidad y a los 17, en 1940, se graduaba. Defendió su primera tesis doctoral a los 19 y en 1946, con 23 años, presentó su disertación para optar al título superior de doctor, que muy pocos llegaban a obtener. Era un "genio socialista" y el régimen no tardó en exhibirlo como ejemplo del hombre nuevo soviético. En una película de propaganda se lo muestra estudiando y esquiando. La rúbrica dice: “Un estudiante del 5º curso de la universidad de 16 años, Igor Shafarevich, ha sido nominado para recibir la beca Lenin”.
La matemática fue su refugio no sólo espiritual sino que también le dio una cierta protección frente a las tropelías del régimen: era demasiado valioso para aplastarlo por no ser militante comunista o por ser creyente, lo que no impidió que fuese expulsado de la universidad entre 1949 y 1953, un tiempo de persecuciones delirantes que, entre otros, le costó la vida a muchos médicos y académicos judíos. Pronto vinieron sus grandes descubrimientos matemáticos y alcanzó la fama tanto dentro de la Unión Soviética (Premio Lenin en 1959) como a nivel internacional y las academias más distinguidas del mundo lo hicieron miembro honorario (en el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Italia, etc.).
Así podría haber culminado la vida de Igor Shafarevich, como una gran estrella del firmamento soviético homenajeada por todas partes. Pero no fue así. Su conciencia, tal como la de otros grandes científicos (como el Nobel de la Paz Andréi Sájarov) y escritores (como el Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn), lo impulsó a la resistencia abierta al totalitarismo, pasando en los años 70 a integrar las filas de aquellos célebres disidentes que con su enorme coraje fueron uno de los protagonistas fundamentales de la caída de la dictadura comunista. Esa fue la circunstancia que hizo que Shafarevich volviese a su vieja pasión: la historia. Para recuperarla y usarla como lanza y escudo en la lucha contra quienes tiranizaban a su pueblo.
El fenómeno socialista: ideología y realidad
El fenómeno socialista nace de la colaboración de Shafarevich con Solzhenitsyn a comienzos de los años 70, publicando clandestinamente un embrión del mismo en el libro Desde debajo de los escombros, que tiene a Solzhenitsyn como editor. El fenómeno socialista es una obra de combate contra el régimen soviético y para entender su estructura argumental es menester familiarizarse con los postulados fundamentales que sustentaban la ideología y el poder de la dictadura comunista. Estos postulados pueden ser resumidos en dos puntos:
El marxismo es una concepción científica de la historia, totalmente diferente y opuesta a cualquier creencia religiosa, especulación metafísica o voluntarismo moralista. El marxismo o socialismo científico simplemente estudia la leyes que rigen la evolución de la historia y de ello deduce la inevitabilidad del socialismo y su paso final al comunismo.
El socialismo, como realidad social y política plasmada en el régimen soviético, es un tipo de sociedad radicalmente nueva, sin precendentes en la historia y superador de toda opresión del hombre por el hombre. Como tal, expresa el paso del ser humano a una etapa superior de su existencia que lo libera de sus egoísmos y antagonismos, asegurándole su realización plena en una sociedad de abundancia ilimitada.
Estos dos postulados explican la doble vertiente por la que fluye el análisis crítico de Shafarevich. Primero se aboca a estudiar la historia de la idea socialista y luego la historia del socialismo como realidad social o socialismo de Estado, aspectos que paso ahora a exponer sucintamente.
Tenemos primero el estudio de los antecedentes, raigambre y estructura del pensamiento socialista moderno (marxista) que saca a la luz su arquetipo religioso y desmiente, de manera contundente, su pretendida cientificidad. Para demostrarlo, Shafarevich realiza un notable recorrido por la historia del pensamiento utópico y mesiánico occidental, que parte de Platón y llega hasta el socialismo contemporáneo. En su periplo, Shafarevich se detiene largamente en el estudio del "socialismo milenarista", es decir, de las sectas heréticas cristianas que durante siglos proclamaron el advenimiento inminente del Reino de Cristo sobre la tierra anunciado por el Apocalipsis y que duraría mil años (de allí términos como milenio o quiliasmo, que definen ese Reino y, por derivación, a los movimientos que lo predican). En el desarrollo de esos movimientos se crean todos los arquetipos ideales –renovación apocalíptica de la humanidad, hombre nuevo, comunidad plena, vanguardia iluminada, subordinación absoluta de la individualidad al colectivo– que luego se plasmarán en las utopías renacentistas y, finalmente, en el socialismo-comunismo moderno y sus vanguardias revolucionarias, pero en este caso desligados de su referencia abierta a la creencia religiosa que les dio origen y bajo el manto de una supuesta cientificidad.
Se constata así que lo que pretendía ser un análisis científico "producto de muchos años de concienzuda investigación", para decirlo con las engañosas palabras de Marx, no es más que una repetición de antiguos arquetipos y de esa búsqueda del paraíso terrenal que siempre, cuando se ha llevado a la práctica, ha terminado sembrando el terror. Esta falta de cientificidad se hace evidente al analizar más detenidamente la obra de Marx, caracterizada por una obstinada búsqueda de confirmar todo aquello que ya había afirmado desde muy joven. La biografía intelectual de Marx es palmaria en este sentido: todos los fundamentos de la ideología marxista –la concepción teleológica de la historia, la necesidad del derrumbe del capitalismo y del surgimiento del comunismo, la polarización siempre mayor entre proletarios pauperizados y unos pocos burgueses cada vez más opulentos, la inevitabilidad de la revolución violenta y su papel creador del hombre nuevo, la idea del proletariado como mesías colectivo, el determinismo económico– fueron ya desarrollados por aquel joven Marx que aún distaba de haber cumplido los treinta años. Sus fuentes no fueron exhaustivas investigaciones en la realidad social de su época ni los ricos anaqueles de las bibliotecas. Su camino fue muy distinto y pasa por la filosofía especulativa de Hegel, el humanismo radical de Feuerbach y el mesianismo socialista-comunista ya en boga por entonces.
Como bien lo muestra Shafarevich, la relación tanto de Marx como de sus discípulos con la ciencia es absolutamente inversa a aquella que caracteriza la verdadera actitud científica: no van a buscar la verdad sino a confirmar sus expectativas revolucionarias. Por ello es que Shafarevich puede, con toda razón, afirmar:
Las obras básicas del marxismo carecen completamente de la característica fundamental de la actividad científica: la búsqueda desinteresada de la verdad por la verdad (…) lo que buscaban en la ciencia no era la fuente sino la confirmación y sanción de las viejas tesis de la ideología socialista.
Esto se expresa en forma de múltiples contradicciones lógicas y predicciones en nada coincidentes con el desarrollo real (todo el desarrollo del capitalismo desde que Marx hiciese sus pronósticos apocalípticos es la refutación más evidente de los mismos), pero ello no obsta para que sus seguidores sigan profesando su fe revolucionaria ya que precisamente se trata de eso, una fe.
Esto es importante, no sólo porque explica esa ceguera tan propia de los marxistas y otros creyentes revolucionarios frente a todo aquello que contradice su fe sino porque diferencia el credo de los revolucionarios del simple engaño o la manipulación. Se trata de verdaderos creyentes, imbuidos de su fe y dispuestos a darlo todo por ella. Shafarevich subraya esta perspectiva:
Un movimiento tan gigantesco como el socialismo no puede basarse en principio en un engaño. A pesar de su demagogia superficial, estos movimientos son en el fondo honestos, es decir, proclaman sus principios fundamentales claramente para que todos les oigan.
La segunda vertiente crítica que desarrolla Shafarevich trata del socialismo en la realidad, es decir, en cuanto sistema social o socialismo de Estado. Aquí, nuestro autor nos invita a un fascinante recorrido por diversas experiencias socialistas que precedieron al experimento soviético y a sus réplicas contemporáneas, poniendo de manifiesto sus similitudes esenciales y cuestionando, por tanto, la pretendida novedad histórica de los regímenes de tipo soviético.
Como muestra Shafarevich, la Unión Soviética no fue de ninguna manera el primer régimen social basado en la subordinación completa del individuo al colectivo y la abolición de la propiedad privada. Las experiencias socialistas de Estado, es decir, colectivistas, han sido muchas. Se trata, en realidad, de la forma más común que tienden a adoptar los imperios tempranos, desde los del oriente antiguo al de los incas. Este fenómeno, así como sus similitudes con el socialismo del siglo XX, fue detenidamente estudiado por Karl Wittfogel en su célebre obra de 1957 titulada Despotismo oriental: un estudio comparativo sobre el poder total, que Shafarevich usa con frecuencia.
La inexistencia de la libertad individual y de la propiedad privada que la expresa en lo económico son rasgos comunes a todos esos regímenes. También lo son el trabajo forzado, las grandes planificaciones, la manipulación de la historia que es reescrita para ponerla al servicio del poder, el monopolio ideológico (ya sea teocrático o ateo), los abundantes privilegios de los escalones superiores de la jerarquía social y la falta de todo derecho que restrinja o limite al poder central. Todo ello y mucho más revela el notable parentesco existente entre todos estos regímenes que expresan tendencias claramente totalitarias. El socialismo es, con otras palabras, un fenómeno universal, tal como lo es la ideología que lo nutre. Nada hay de nuevo en el socialismo moderno, excepto su ateísmo y su posibilidad de usar unas tecnologías de opresión antes desconocidas.
El secreto del fenómeno socialista
De esta amplia investigación en el terreno de las ideas y la histórica surge la respuesta que Shafarevich dará a la pregunta que guía todo su trabajo: ¿cuál es la esencia y fuerza motriz del fenómeno socialista? No se trata en absoluto de una pregunta nueva pero sí de una respuesta sorprendentemente novedosa.
Shafarevich pone especial énfasis en distanciarse de la respuesta más cercana a su propio análisis, aquella que ve en el socialismo una especie de religión basada, por contradictorio que parezca, en el ateísmo. Esta respuesta fue dada ya antes del golpe de estado bolchevique por el pensador ruso Sergéi Bulgákov, que en 1906 publicó su Karl Marx como tipo religioso. El mismo punto de vista fue desarrollado, un par de décadas después, por otro notable intelectual ruso, Nikolái Berdiáev, autor de Marxismo y religión. En Occidente, esta perspectiva ha sido desarrollada por diversos autores, siendo la obra Robert Tucker Filosofía y mito en Karl Marx de 1972 un ejemplo muy destacado. Yo también he trabajado en esta dirección, tal como se puede constatar leyendo mi libro Las desventuras de la bondad extrema.
Shafarevich, que se mueve muy cerca de esta interpretación, subraya tanto sus méritos como muchas de las similitudes innegables entre religión y socialismo:
Esta postura puede apoyarse en fuertes argumentos. Por ejemplo, los aspectos religiosos del socialismo podrían explicar tanto la extraordinaria atracción de las doctrinas socialistas como su capacidad para inflamar a los individuos e inspirar movimientos populares. Son precisamente estos aspectos del socialismo los que no pueden ser explicados cuando se le contempla como categoría política o económica. Las pretensiones del socialismo de ser una visión global del mundo, que abarca y explica todo, también lo hacen análogo a la religión. Una característica religiosa es la visión socialista de la historia no como un fenómeno caótico sino como una entidad con un objetivo, un sentido y una justificación. En otras palabras, tanto el socialismo como la religión contemplan la historia teleológicamente.
A pesar de estas coincidencias entre socialismo y religión Shafarevich rechaza las conclusiones de esta interpretación. A su juicio, el impulso socialista es, más allá de las apariencias, radicalmente opuesto a aquel representado por una religión como el cristianismo y no puede por ello, bajo ningún respecto, ser visto como una suerte de realización atea y terrenalizada de las promesas y expectativas cristianas de una vida radicalmente diferente y liberada de los pesares de la existencia mundana. Shafarevich observa, de manera absolutamente certera, que la esencia del socialismo es la búsqueda de "la supresión de la individualidad" y como tal esta doctrina “es hostil hacia la personalidad humana no sólo como categoría sino, en última instancia, hacia su existencia misma”. Esto se expresa como un impulso homogeneizador, que quiere destruir toda base, expresión y resguardo de la diferenciación humana (propiedad privada, familia, libertades individuales, etc.). El socialismo busca crear un nuevo tipo de ser humano que sólo existe como parte del colectivo y no como una persona con atributos únicos, una voluntad distintiva y derechos inviolables. El cristianismo, por el contrario, se basa en el desarrollo y fortalecimiento de la individualidad y la responsabilidad personal. La persona es su eje, con su relación esencial, irreemplazable y profundamente moral con su Creador. El impulso religioso encarnado por el cristianismo es la afirmación y protección más rotunda de la vida y su diversidad, a la vez que actúa como un freno a la soberbia humana y a todo intento de endiosar al hombre recordándole, sin cesar, sus carencias y limitaciones.
¿Qué es entonces el socialismo? ¿Qué impulso representa su búsqueda de la disolución del individuo en el colectivo y el fin de la diferenciación humana? La respuesta de Shafarevich se mueve aquí en una dirección inesperada y novedosa, donde los sugerentes planteamientos de Sigmund Freud sobre una gran lucha entre el "instinto de vida" y el “instinto de muerte” hacen su entrada. Si la religión expresa el impulso vital o instinto de vida, que busca el desarrollo y la diversificación de lo humano, el socialismo expresa un impulso contrario, hacia su nivelación homogeneizadora, lo que implica la negación de la vida misma, que no es otra cosa que constante diferenciación. Como tal, representa un impulso destructivo de la vida existente o un instinto de muerte. El socialismo habla de la creación de otro mundo, superior y perfecto, y del surgimiento de un hombre nuevo que sólo existe para entregarse a los demás, pero estas ideas no son sino la coartada de una idea subyacente, “subconsciente y emocional”: destruir todo lo que existe, incluido el ser humano tal y como es. Lo que se busca es, de hecho, un genocidio, el fin apocalíptico de la vida humana tal como la conocemos. Eso es lo concreto y a lo único a lo que se han acercado los socialismos reales. Esta propensión destructiva explica, además, la voluntad de autoinmolación revolucionaria, esa búsqueda y exaltación de la muerte por la causa a la que siempre han llamado los profetas milenaristas o marxistas (o nazistas o islamistas, podríamos agregar, llámense Adolf Hitler, Che Guevara u Osama ben Laden).
Para Shafarevich, el socialismo es un fenómeno paradójico que "sólo puede ser entendido si se admite que la idea de la extinción de la humanidad puede resultar atractiva para el hombre y que el impulso de autodestrucción (incluso si es una entre varias tendencias) juega un papel en la historia humana". Se trata de una afirmación que el autor ejemplifica de múltiples maneras: desde las sectas maniqueistas, que predicaban la autoextinción mediante la abstinencia sexual, y el budismo, con su búsqueda del Nirvana o extinción completa de la existencia, hasta el nihilismo anarquista y las organizaciones revolucionarias marxistas, con sus militantes que se autoaniquilan como personas y están dispuestos a sacrificar a cuantos sea necesario para que, supuestamente, nazca el mundo nuevo.
Ese es, muy apretadamente, el diagnóstico de Shafarevich sobre el fenómeno socialista. Se trata de un largo camino para llegar a la conclusión de que el socialismo expresa una amenaza para la vida misma, pero merece la pena seguirlo, después de todo el autor tiene la evidencia empírica de su parte: el intento de crear el bienaventurado paraíso socialista siempre ha terminado en los Campos de la Muerte.
El escándalo de 'Rusofobia'
Aquí podría terminar este texto ya que su objetivo principal, introducir El fenómeno socialista, está cumplido. Sin embargo, no adentrarse, aunque sea someramente, en los años posteriores de la actividad de Shafarevich sería dejar trunco un relato que tiene aún momentos sorprendentes y altamente polémicos. Esto nos permitirá, además, situar al disidente Igor Shafarevich en una perspectiva más amplia y comentar su oposición simultánea al totalitarismo comunista y a la modernidad occidental de corte liberal.
A finales de los años 80 se publicó un ensayo de Shafarevich que estaba llamado a ser el más polémico de su producción: Rusofobia. Es una obra que poco o nada tiene que ver con El fenómeno socialista y que centra su argumentación en el papel clave de la minoría judía como promotora del movimiento socialista ruso y, en especial, del bolchevismo. La gran perspectiva universal de El fenómeno socialista queda así sustituida por una teoría tomada de las obras póstumas del autor francés Augustin Cochin (1876-1916) en que el espíritu de destrucción surge de minorías ajenas al sentimiento mayoritario y a las tradiciones nacionales que desprecian. Tal como dice Mijaíl Epstein, uno de los críticos más relevantes de Shafarevich:
Rusofobia (…) parece ser la obra de un autor distinto. Toda la concepción de la dinámica social es revertida: la fuente de destrucción ya no se identifica con la homogeneización socialista de la sociedad sino con la amenaza elitista a los valores tradicionales compartidos por el conjunto de la nación.
En el caso de la Revolución Francesa, Cochin atribuye este papel destructivo a las sociétés de pensée (en particular a las logias masónicas) que se constituyen como un petit peuple opuesto a la mayoría nacional o grand peuple, que las minorías radicalizadas menosprecian y quieren reformar drásticamente de acuerdo a sus designios utópicos. Este mismo rol habría sido desempeñado por los puritanos ingleses del siglo XVII y los jóvenes hegelianos alemanes en cuyo seno se forma Marx en la primera mitad el siglo XIX. En toda gran revolución existe esta minoría, bien organizada e intelectualmente alienada de la mayoría, que bajo circunstancias propicias logra hacerse con el poder, radicalizando el movimiento popular con consecuencias trágicas para todos. Los judíos rusos habrían sido la base del petit peuple revolucionario que llevaría al desastre soviético en el siglo XX, con su lucha despiadada contra las tradiciones, creencias y vida social del grand peuple ruso. Para Shafarevich, "estos grupos ocultos y subversivos" están animados “por su deseo incontenible de destruir, pervertir y subvertir los frutos generados por siglos de civilización (…) De hecho, se trata de una guerra de conquista bien organizada que estas minorías ajenas llevan a cabo contra todas las naciones históricas".
La publicación de Rusofobia convertiría a su autor en un referente de las tendencias nacionalistas rusas después de la caída de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, se produjo una amplia condena internacional de Shafarevich como antisemita, que incluso llevó a la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos a pedirle su renuncia como miembro honorario de la misma (ya que sus estatutos no contemplaban mecanismos de expulsión). Un buen recuento de parte de lo que se ha dicho sobre Shafarevich en esta materia se encuentra en la disertación doctoral ya citada de Krista Berglund. Sin embargo, la autora de este estudio, que es único por su amplitud, llega a una conclusión bastante distinta:
La presente disertación discute las actividades políticas de Shafarevich y sus textos e ideas así como su recepción. Especial atención se presta a Rusofobia, cuyo análisis detallado prueba de una manera muy clara que su reputación como texto antisemita no tiene fundamento (…) En retrospectiva, es bastante evidente que en realidad Shafarevich logró neutralizar de una manera efectiva el mensaje de muchos de sus contemporáneos obsesionados con los judíos y contribuyó al hecho de que los sentimientos antijudíos hayan sido mucho menos populares en la Rusia poscomunista de lo que muchos había esperado y temido.
El disidente Igor Shafarevich: un juicio de conjunto
Krista Berglund resume así la trayectoria de Shafarevich como disidente en una corta presentación de su tesis:
En los 70, Shafarevich fue uno de los disidentes más famosos de la Unión Soviética. Trabajó junto al académico Andréi Sájarov en el comité extraoficial de los disidentes en defensa de los derechos humanos y colaboró estrechamente con Solzhenitsyn antes de su partida al exilio. Luego, durante los años caóticos de la perestroika, Shafarevich defendió los derechos básicos de los ciudadanos de a pie y advirtió acerca del peligro de que el entusiasmo por la democracia fuese contraproducente si el resultado más palpable de las reformas fuese la desaparición de la seguridad básica del ciudadano y de la justicia social más elemental. Una de las conclusiones de la tesis es que si bien el mundo circundante ha cambiado considerablemente, sus puntos de vista han seguido siendo esencialmente los mismo que a finales de los años 60 y comienzos de los 70.
La colaboración con Solzhenitsyn nos da la mejor clave para entender la posición del disidente Shafarevich ya que Solzhenitsyn es el exponente más preclaro y conocido de la perspectiva histórica y las convicciones políticas que tanto él como Shafarevich han defendido. Ambos se definen como patriotas rusos, imbuidos, con las palabras de Solzhenitsyn en Desde debajo de los escombros, de "un amor inquebrantable e incondicional por la nación, lo que no implica un afán ciego por servir, ni un apoyo a las demandas injustas, sino una valoración sincera de sus vicios y pecados y la capacidad de arrepentirse de ellos". La lucha de ambos contra el totalitarismo comunista es una lucha por restablecer la continuidad histórica arrasada por los bolcheviques. No buscan importar modelos occidentales basados en lo que ellos consideran como un humanismo materialista decadente, que rechaza a Dios y corroe las capacidades morales del ser humano de resistir al mal.
Se trata de un rechazo a elementos centrales de aquel desarrollo iniciado con el Renacimiento y la Ilustración que, según el planteamiento de Solzhenitsyn en su célebre alocución de 1978 en Harvard, "dio inicio a una civilización occidental con una peligrosa tendencia a idolatrar al hombre y sus necesidades materiales". De esa tendencia fluyó finalmente, según Solzhenitsyn y Shafarevich, el marxismo mismo, con su materialismo extremo, su ateísmo militante y su endiosamiento del hombre que lo llevó a las utopías sangrientas que han sembrado el terror por doquier. Para defenderse de ello y, además, evitar que la futura Rusia poscomunista corra el riesgo de pasar del materialismo marxista al materialismo liberal, se deben reivindicar las tradiciones de la vieja cultura rusa, su espiritualidad, sus sentimientos morales, su herencia cristiana y su sentido de la responsabilidad individual sin el cual la libertad se transforma en libertinaje.
Es en este contexto que las polémicas tesis de Rusofobia cobran su verdadero sentido. Lo ruso habría sido atacado y reprimido por una minoría utópica, ávida de arrasar un sentimiento nacional que no compartía y de imponerle modelos importados. Frente a ello, la salvación de Rusia reside para Shafarevich en un gran trabajo de recuperación histórica, a fin de que su progreso futuro entronque con su raíz histórica y forme un antídoto contra la creciente perversión del espíritu humano que, a su juicio, Occidente viene registrando desde hace siglos y que ha desembocado en el materialismo sin sentido de la actualidad. En suma, Rusia, y su pueblo, debe progresar a su manera y no "ser conquistada por sistemas e ideologías foráneos, cuyo propósito es destruir su historia, cultura y nacionalidad".
Esta manera de ver las cosas no es en absoluto nueva en Rusia. La segunda mitad del siglo XIX estuvo dominada por una intensa polémica en torno al atraso del país, dramáticamente manifestado en la humillante derrota infringida por las tropas anglo-francesas en la Guerra de Crimea (1853-56). En esa polémica se enfrentaron los denominados rusófilos con los rusófobos, es decir, aquellos que proponían la erradicación del atraso ruso mediante una amplia modernización occidentalizante, que contemplaba también la introducción del sistema capitalista. Los rusófilos, por su parte, no defendían el status quo sino la continuidad histórica, proponiendo una vía rusa al progreso. Para ello, había que recuperar el espíritu ruso más genuino, aquel representado por sus masas campesinas o su pueblo, como se decía.
Esta fue la base ideológica del denominado populismo, que no tardaría en derivar, por falta de apoyo entre ese pueblo que se decía representar, hacia el terrorismo y sería aplastado con posterioridad al atentado que le costó la vida al zar Alejandro II en 1881. La debacle del terrorismo populista llevó al fortalecimiento de la reacción rusófoba contra el orden imperante. Ese fue el origen de las tendencias marxistas rusas, dispuestas a erradicar todo lo asiático de Rusia y continuar, a su manera, el gran intento modernizador de un Pedro el Grande. El abanderado más radical de esas tendencias sería Lenin y su régimen terrorista perpetraría, como ya se apuntó, el mayor atentado nunca realizado contra la continuidad histórica de Rusia.
Como se ve, la postura de Shafarevich tienen una fuerte raigambre histórica y sólo los ignorantes pudieron un día creer que el dilema ruso estaba entre comunismo y liberalismo de corte occidental. El mensaje de Shafarevich es que para que la caída del comunismo no sea un nuevo salto al vacío se requiere de una reconexión con aquella historia y cultura que el totalitarismo comunista trató de barrer. De no ser así, se correría el riesgo de caer en un tipo de alienación que no haría de Rusia sino una copia aún más decadente de aquel decadente materialismo que según nuestro autor representa el Occidente contemporáneo.
(De www.clublibertaddigital.com)
sábado, 5 de abril de 2025
El "pacifismo" de Carlo Rovelli
En un programa televisivo italiano, el periodista le pregunta al destacado físico teórico Carlo Rovelli: "¿Acaso Ucrania no tiene derecho a defenderse?", ante una supuesta asignación de culpabilidad de Ucrania por no rendirse ante el ataque ruso para así evitar la muerte de miles de seres humanos. Esta postura, defendida por Jorge Bergoglio, nunca consideran culpable de la situación a Vladimir Putin y a Rusia, sino a Ucrania por no rendirse ante una Rusia que en épocas de Stalin asesinó a unos 6 o 7 millones de ucranianos.
Mientras que culpan a Ucrania por no rendirse ante el "poderoso" ejército ruso, por otra parte abogan por evitar un rearme europeo, que ha de ser imjustificado por cuanto el "débil" ejército ruso ni siquiera ha sido capaz de dominar a Ucrania.
Además, Carlo Rovelli parece tener una postura en contra de Israel, sin tener presente que tanto palestinos como judios comparten sus intenciones de desalojar a sus vecinos y a liquidarlos a todos, si bien tales posturas quizás resultan sólo mayoritarias, por cuanto existen sectores palestinos y judíos que no están de acuerdo con las decisiones de los líderes de ambos pueblos.
En el llamado a la paz, que se menciona a continuación, sus autores proponen que Europa no reinicie un rearme, aunque en ningún momento hacen referencia a Vladimir Putin y a sus actuaciones expansionistas en los últimos años. También los autores ignoran que países como China también están aumentado su poderío militar. El verdadero pacifista promueve el desarme de todos los países, mientras que si un país como Rusia da muestras evidentes de querer ampliar su territorio ocupando militarmente el de sus vecinos, no armarse implicaría una actitud suicida.
Si Europa aumenta su poderío militar, posiblemente Putin podrá limitar sus ambiciones expansionistas, mientras que si Europa mantiene su limitado militarismo, es posible que Rusia avance hacia nuevas conquistas territoriales.
Rovelli nos hace recordar las protestas de los comunistas de la época de la guerra fría, cuando protestaban por los gastos anuales en armamentos por parte de EEUU, aduciendo las necesidades padecidas por muchos pueblos del mundo, pero nunca hacían referencia a los gastos de la URSS, quizás justificando que ese armamento soviético alguna vez serviría para "liberar" a los pueblos "víctimas del capitalismo".
Rovelli advierte el peligro de un conflicto nuclear, pero nada dice de las amenazas de Putin de utilizar armamento nuclear bajo ciertas condiciones en su invasión a Ucrania. Para nada nombra los avances rusos sobre Ucrania en los últimos años, con su traición a tratados y pactos establecidos, por cuanto la visión antioccidental de este físico parece encontrar en los países occidentales la total responsabilidad por los males que acontecen en gran parte del planeta.
LOS CIENTÍFICOS SE UNEN EN CONTRA DEL REARME DE LA UE
Carlo Rovelli, Flavio Del Santo
Los científicos se unen para expresar su oposición a la reciente propuesta de rearme de la Unión Europea. Han publicado un «Manifiesto de científicos contra el rearme» y hacen un llamamiento a científicos, ingenieros, profesionales de la medicina, matemáticos, personal académico y comunidad científica en general a que apoyen su postura.
Como científicos –implicados muchos de nosotros en campos en los que se desarrolla tecnología militar-, como intelectuales, como ciudadanos conscientes de los riesgos globales actuales, creemos que es hoy obligación moral y cívica de cualquier persona de buena voluntad alzar su voz contra el llamamiento a una militarización europea, e instar al diálogo, la tolerancia y la diplomacia. Una brusca militarización no preserva la paz; conduce a la guerra.
Nuestros dirigentes políticos dicen estar dispuestos a luchar por defender aquellos supuestos valores occidentales que consideran están en riesgo; ¿están dispuestos a defender el valor universal de la vida humana? Los conflictos en el mundo van en aumento. Según las Naciones Unidas (2023), una cuarta parte de la humanidad vive en zonas afectadas por conflictos armados. La guerra entre Rusia y Ucrania, subsidiada por los países de la OTAN con la justificación de «defender los principios», está dejando tras de sí un saldo estimado de un millón de víctimas. El riesgo de genocidio de los palestinos por parte del ejército israelí respaldado por el Occidente global lo ha reconocido el Tribunal Internacional de Justicia. En África se están desarrollando guerras brutales, como en Sudán, o en la República Democrática del Congo, alimentadas por los intereses que codician los recursos minerales de África. El Reloj del Juicio Final [Doomsday Clock] del Bulletin of the Atomic Scientists, que cuantifica los riesgos de una catástrofe nuclear mundial, nunca ha registrado un riesgo tan alto como el de hoy.
Amedrentada por el ataque ruso a Ucrania y por el reciente reacomodo de los Estados Unidos, Europa se siente marginada y teme que corran peligro su paz y su prosperidad. Los políticos reaccionan de forma miope con un llamamiento a movilizar, a escala continental, una colosal cantidad de recursos para producir más herramientas de muerte y destrucción. El 4 de marzo de 2025, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dio a conocer el «Plan Rearmar Europa», declarando que «Europa está preparada y es capaz de actuar con la rapidez y la ambición necesarias. (…) Estamos en una era de rearme. Y Europa está preparada para aumentar masivamente su gasto en defensa».
La industria militar, que cuenta con ingentes recursos y una poderosa influencia sobre los políticos y los medios de comunicación, echa leña al fuego de un relato abiertamente beligerante. El «miedo a Rusia» se agita como un coco, ignorando convenientemente que Rusia tiene un PIB inferior al de Italia. Los políticos afirman, de forma totalmente injustificada, que Rusia tiene objetivos expansionistas en lo que toca a Europa, que suponen una amenaza para Berlín, París y Varsovia, cuando acaba de demostrar que ni siquiera es capaz de tomar su antiguo satélite, Kiev. La propaganda de guerra se alimenta siempre instigando un miedo exagerado. Con diplomacia, Europa puede volver a su coexistencia pacífica y a la colaboración con Rusia que el maldito asunto ucraniano ha trastornado.
La idea de que la paz depende de dominar a los demás bandos sólo conduce a la escalada, y la escalada conduce a la guerra. La Guerra Fría no se convirtió en guerra «caliente» y los políticos juiciosos de ambos bandos fueron capaces de superar sus fuertes divergencias ideológicas y sus respectivas «cuestiones de principio» y acordar una drástica reducción equilibrada de sus respectivos armamentos nucleares. Los tratados nucleares START entre Estados Unidos y la Unión Soviética condujeron a la destrucción del 80% del arsenal nuclear del planeta. Científicos e intelectuales de ambos bandos desempeñaron un reconocido papel a la hora de empujar a los políticos a una desescalada racional. En 1955, Bertrand Russell, Premio Nobel de Literatura y uno de los filósofos y matemáticos y más destacados del siglo XX, y Albert Einstein, Premio Nobel de Física, firmaron un influyente manifiesto, y la Conferencia de Pugwash, inspirada en el mismo, reunió a científicos de ambos bandos, que presionaron en favor de una desescalada. Cuando en 1959 se le pidió a Russell que dejara un mensaje para la posteridad, respondió: «En este mundo, cada vez más interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros, tenemos que aprender a soportar que algunas personas digan cosas que no nos gustan. Sólo así podremos vivir juntos. Pero si queremos vivir juntos, y no morir juntos, debemos aprender un tipo de caridad y un tipo de tolerancia, que resulta absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta». Debemos aferrarnos a esta sabia herencia intelectual.
Los grandes conflictos se han visto siempre precedidos de inversiones militares masivas. Desde 2009, el gasto militar mundial ha alcanzado cada año niveles récord sin precedentes, y en 2024 el gasto alcanzará un máximo histórico de 2443.000 millones de dólares. El «Plan Rearm Europe» compromete a Europa a invertir 800.000 millones de euros en gastos militares. Tanto el actual Presidente de los Estados Unidos como el de Rusia han declarado recientemente que están dispuestos a iniciar conversaciones para normalizar relaciones y lograr una reducción militar equilibrada. El presidente de China ha hecho repetidos llamamientos a la desescalada y a pasar de una mentalidad de enfrentamiento a una mentalidad de colaboración en la que salgan todos ganando. Esta es la dirección a seguir. Y ahora Europa se prepara para la guerra, con una nueva planificación de gastos militares nunca vista desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Está dispuesta Europa a hacer sonar las espadas porque se siente excluida?
La humanidad se enfrenta a tremendos desafíos globales: el cambio climático, la hambruna en el Sur global, la mayor desigualdad económica de la historia, los riesgos crecientes de pandemias, la guerra nuclear. Lo último que necesitamos hoy es que el Viejo Continente pase de ser un faro de estabilidad y paz a convertirse en un nuevo señor de la guerra.
Si vis pacem para pacem: Si quieres la paz, construye la paz, no la guerra.
Mientras que culpan a Ucrania por no rendirse ante el "poderoso" ejército ruso, por otra parte abogan por evitar un rearme europeo, que ha de ser imjustificado por cuanto el "débil" ejército ruso ni siquiera ha sido capaz de dominar a Ucrania.
Además, Carlo Rovelli parece tener una postura en contra de Israel, sin tener presente que tanto palestinos como judios comparten sus intenciones de desalojar a sus vecinos y a liquidarlos a todos, si bien tales posturas quizás resultan sólo mayoritarias, por cuanto existen sectores palestinos y judíos que no están de acuerdo con las decisiones de los líderes de ambos pueblos.
En el llamado a la paz, que se menciona a continuación, sus autores proponen que Europa no reinicie un rearme, aunque en ningún momento hacen referencia a Vladimir Putin y a sus actuaciones expansionistas en los últimos años. También los autores ignoran que países como China también están aumentado su poderío militar. El verdadero pacifista promueve el desarme de todos los países, mientras que si un país como Rusia da muestras evidentes de querer ampliar su territorio ocupando militarmente el de sus vecinos, no armarse implicaría una actitud suicida.
Si Europa aumenta su poderío militar, posiblemente Putin podrá limitar sus ambiciones expansionistas, mientras que si Europa mantiene su limitado militarismo, es posible que Rusia avance hacia nuevas conquistas territoriales.
Rovelli nos hace recordar las protestas de los comunistas de la época de la guerra fría, cuando protestaban por los gastos anuales en armamentos por parte de EEUU, aduciendo las necesidades padecidas por muchos pueblos del mundo, pero nunca hacían referencia a los gastos de la URSS, quizás justificando que ese armamento soviético alguna vez serviría para "liberar" a los pueblos "víctimas del capitalismo".
Rovelli advierte el peligro de un conflicto nuclear, pero nada dice de las amenazas de Putin de utilizar armamento nuclear bajo ciertas condiciones en su invasión a Ucrania. Para nada nombra los avances rusos sobre Ucrania en los últimos años, con su traición a tratados y pactos establecidos, por cuanto la visión antioccidental de este físico parece encontrar en los países occidentales la total responsabilidad por los males que acontecen en gran parte del planeta.
LOS CIENTÍFICOS SE UNEN EN CONTRA DEL REARME DE LA UE
Carlo Rovelli, Flavio Del Santo
Los científicos se unen para expresar su oposición a la reciente propuesta de rearme de la Unión Europea. Han publicado un «Manifiesto de científicos contra el rearme» y hacen un llamamiento a científicos, ingenieros, profesionales de la medicina, matemáticos, personal académico y comunidad científica en general a que apoyen su postura.
Como científicos –implicados muchos de nosotros en campos en los que se desarrolla tecnología militar-, como intelectuales, como ciudadanos conscientes de los riesgos globales actuales, creemos que es hoy obligación moral y cívica de cualquier persona de buena voluntad alzar su voz contra el llamamiento a una militarización europea, e instar al diálogo, la tolerancia y la diplomacia. Una brusca militarización no preserva la paz; conduce a la guerra.
Nuestros dirigentes políticos dicen estar dispuestos a luchar por defender aquellos supuestos valores occidentales que consideran están en riesgo; ¿están dispuestos a defender el valor universal de la vida humana? Los conflictos en el mundo van en aumento. Según las Naciones Unidas (2023), una cuarta parte de la humanidad vive en zonas afectadas por conflictos armados. La guerra entre Rusia y Ucrania, subsidiada por los países de la OTAN con la justificación de «defender los principios», está dejando tras de sí un saldo estimado de un millón de víctimas. El riesgo de genocidio de los palestinos por parte del ejército israelí respaldado por el Occidente global lo ha reconocido el Tribunal Internacional de Justicia. En África se están desarrollando guerras brutales, como en Sudán, o en la República Democrática del Congo, alimentadas por los intereses que codician los recursos minerales de África. El Reloj del Juicio Final [Doomsday Clock] del Bulletin of the Atomic Scientists, que cuantifica los riesgos de una catástrofe nuclear mundial, nunca ha registrado un riesgo tan alto como el de hoy.
Amedrentada por el ataque ruso a Ucrania y por el reciente reacomodo de los Estados Unidos, Europa se siente marginada y teme que corran peligro su paz y su prosperidad. Los políticos reaccionan de forma miope con un llamamiento a movilizar, a escala continental, una colosal cantidad de recursos para producir más herramientas de muerte y destrucción. El 4 de marzo de 2025, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dio a conocer el «Plan Rearmar Europa», declarando que «Europa está preparada y es capaz de actuar con la rapidez y la ambición necesarias. (…) Estamos en una era de rearme. Y Europa está preparada para aumentar masivamente su gasto en defensa».
La industria militar, que cuenta con ingentes recursos y una poderosa influencia sobre los políticos y los medios de comunicación, echa leña al fuego de un relato abiertamente beligerante. El «miedo a Rusia» se agita como un coco, ignorando convenientemente que Rusia tiene un PIB inferior al de Italia. Los políticos afirman, de forma totalmente injustificada, que Rusia tiene objetivos expansionistas en lo que toca a Europa, que suponen una amenaza para Berlín, París y Varsovia, cuando acaba de demostrar que ni siquiera es capaz de tomar su antiguo satélite, Kiev. La propaganda de guerra se alimenta siempre instigando un miedo exagerado. Con diplomacia, Europa puede volver a su coexistencia pacífica y a la colaboración con Rusia que el maldito asunto ucraniano ha trastornado.
La idea de que la paz depende de dominar a los demás bandos sólo conduce a la escalada, y la escalada conduce a la guerra. La Guerra Fría no se convirtió en guerra «caliente» y los políticos juiciosos de ambos bandos fueron capaces de superar sus fuertes divergencias ideológicas y sus respectivas «cuestiones de principio» y acordar una drástica reducción equilibrada de sus respectivos armamentos nucleares. Los tratados nucleares START entre Estados Unidos y la Unión Soviética condujeron a la destrucción del 80% del arsenal nuclear del planeta. Científicos e intelectuales de ambos bandos desempeñaron un reconocido papel a la hora de empujar a los políticos a una desescalada racional. En 1955, Bertrand Russell, Premio Nobel de Literatura y uno de los filósofos y matemáticos y más destacados del siglo XX, y Albert Einstein, Premio Nobel de Física, firmaron un influyente manifiesto, y la Conferencia de Pugwash, inspirada en el mismo, reunió a científicos de ambos bandos, que presionaron en favor de una desescalada. Cuando en 1959 se le pidió a Russell que dejara un mensaje para la posteridad, respondió: «En este mundo, cada vez más interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros, tenemos que aprender a soportar que algunas personas digan cosas que no nos gustan. Sólo así podremos vivir juntos. Pero si queremos vivir juntos, y no morir juntos, debemos aprender un tipo de caridad y un tipo de tolerancia, que resulta absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta». Debemos aferrarnos a esta sabia herencia intelectual.
Los grandes conflictos se han visto siempre precedidos de inversiones militares masivas. Desde 2009, el gasto militar mundial ha alcanzado cada año niveles récord sin precedentes, y en 2024 el gasto alcanzará un máximo histórico de 2443.000 millones de dólares. El «Plan Rearm Europe» compromete a Europa a invertir 800.000 millones de euros en gastos militares. Tanto el actual Presidente de los Estados Unidos como el de Rusia han declarado recientemente que están dispuestos a iniciar conversaciones para normalizar relaciones y lograr una reducción militar equilibrada. El presidente de China ha hecho repetidos llamamientos a la desescalada y a pasar de una mentalidad de enfrentamiento a una mentalidad de colaboración en la que salgan todos ganando. Esta es la dirección a seguir. Y ahora Europa se prepara para la guerra, con una nueva planificación de gastos militares nunca vista desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Está dispuesta Europa a hacer sonar las espadas porque se siente excluida?
La humanidad se enfrenta a tremendos desafíos globales: el cambio climático, la hambruna en el Sur global, la mayor desigualdad económica de la historia, los riesgos crecientes de pandemias, la guerra nuclear. Lo último que necesitamos hoy es que el Viejo Continente pase de ser un faro de estabilidad y paz a convertirse en un nuevo señor de la guerra.
Si vis pacem para pacem: Si quieres la paz, construye la paz, no la guerra.
La pesadilla americana
Por Dardo Gasparré
De un solo manotazo, Estados Unidos exhibió su decadencia como líder mundial y al mismo tiempo sembró las bases de la aniquilación del Capitalismo, o de lo poco que de él quedaba en pie.
Las filminas de cartón con los aranceles con que Donald Trump celebró su autodefinido Día de la liberación y su planteo de que su país había sido abusado por sus aliados al aplicar a los productos que les compra recargos de importación mostraron las grandes debilidades conceptuales y de resultados que padece el otrora regente del orden mundial.
La más evidente y notoria es el desconocimiento de la historia del último siglo, de los tratados, alianzas y pactos que le permitieron a ese país convertirse en la primera potencia mundial. Inmediatamente le siguen la supina ignorancia de las consecuencias de medidas económicas que ahora se copian que generaron la ruina de su sociedad y la de todo el mundo hace un siglo.
La tercera y más riesgosa es la concepción que el líder máximo del mundo libre tiene de la política internacional, del comercio mundial y del funcionamiento de la economía en general. Su voluntarismo y simplismo igualan al menos los de los comunistas nostálgicos de barricada, que sueñan con gobernar el mundo con ideas voluntaristas y acusaciones a los poseedores de riqueza, y cuando tienen la oportunidad aplican medidas salvíficas que terminan en el desastre.
Un vicio fatal
El desprecio por la acción humana y su desconocimiento. Su olvido del criterio de los mercados comparados, y de la importancia de la competencia en favor del consumidor. Vicio fatal conocido en la historia, al igual que sus consecuencias. La simplificación del ignorante. Porque habrá que recordar que el actual habitante de la Casa Blanca nunca fue un gran hombre de negocios, ni un sagaz inversor, ni un emprendedor de riesgo, mucho menos un experto en los temas en los que ahora incursiona personalmente como si supiera, o como si hubiera recibido un soplo de inspiración divina. Para no tener que explicar lo que sí fue.
Si esta introducción parece para algunos contundente, descalificante y atrevida, habría que preguntarse si no resultan más arbitrarias, prepotentes y desaforadas las decisiones que toma el presidente Trump, con las que azota al mundo.
La caída de las bolsas -siempre provisorias y demasiado instantáneas- son apenas un indicador temprano de lo que presagian esas medidas que se usan como arsenal bélico, suponiendo efectos con los que siempre soñaron quienes las aplicaron antes, con el mismo estilo y con los mismos resultados opuestos siempre, que se espera, tal vez, que ahora serán distintos, como imagina cualquier gobierno bananero que se precie.
El proteccionismo, keynesianismo, cepalismo, sustitución de importaciones, “vivir con lo nuestro”, cierre comercial y similares, además de no ser una novedad, ha sido a través del tiempo la mayor fuente de miseria, desempleo, estancamiento, depresión y falta de crecimiento de los pueblos, o del mundo todo, cuando fue aplicada por las naciones centrales, como ocurrió con el Reino Unido y el propio Estados Unidos. La evidencia empírica está disponible, para quien tenga tiempo y ganas de analizarla.
No muy distinto a la realidad que siempre se trata de explicar a los estatistas que quieren cerrar la economía para proteger las “fuentes de trabajo”. Ahora aplicable a Trump, que parece haber abrevado en Perón y sus seguidores, o en cualquier neomarxista disfrazado de heroico defensor de su industria cara e ineficiente.
El lamento de un perdedor
Trump sostuvo originalmente que aplicaría tarifas a China porque representaba una amenaza a la seguridad nacional, prohibió invertir en ese país y amenazó con otras sanciones, recargos y penalidades diversas a quienes integraran sociedades con esa potencia. Estaba comenzando a admitir sin decirlo que su país había perdido la carrera tecnológica, la carrera industrial y también la carrera comercial y acaso la guerra potencial sin aditamentos con el gigante asiático, cuyo desarrollo fue negado sistemáticamente por el sistema americano, menospreciando su evolución.
Pero luego viró en el planteo, se enamoró de los recargos y sosteniendo la precaria creencia de que eran un impuesto que se cobraba a los vendedores (y no al consumidor norteamericano) alardeó con crear una IRS (DGI) para el mercado externo, una concepción que muestra la ignorancia sobre la naturaleza de esos mecanismos.
En este momento comienza el tironeo con las propias empresas americanas, que por un lado tratan de explicarle que en otro momento más inteligente de la historia el mundo se fue integrando y que dependen de insumos que ahora subirán de precio con lo que sus productos serán menos demandados y perderán ventas y empleos.
Por otro lado, otras empresas le explican que, lejos de amedrentarse, varios países están respondiendo a su vez con subas de aranceles, lo que perjudicará a muchas industrias selectivamente. Asusta pensar en una guerra comercial.
Camino a la inflación
Todavía no se ven los efectos sobre los precios y el nivel de consumo, pero no hace falta dotes de adivino para saber que lo que ya ocurre con los autos, que han subido fuertemente de precio antes de concretarse las medidas, ocurrirá con buena parte de la producción de consumo interno y aún de exportación, como sabe bien Argentina que sucede con estos manoseos impositivos. (En definitiva las filminas de cartón son un resumen de los nuevos impuestos que sufrirá el consumidor americano).
Hasta ahora el emisionismo desaforado que empieza en 2000 con la quiebra del fondo LTCM, sigue en aumento mayor con la crisis de los subprime de 2008, donde se salvó a los bancos de una merecida quiebra y se vuelve escandalosa y explosiva con la pandemia durante el propio Trump y Biden, hasta ahora no transformado en inflación gracias a la FED y al comercio internacional más libre, inexorablemente se manifestará ahora en los precios.
Cuando acusa a los países amigos de haber sacado ventajas de Estados Unidos, como si esa nación fuera una niña inocente que no conoce de trampas ni argucias, olvida que muchas de esas ventajas fueron concesiones para ganarse la amistad o la adhesión de varios países en zonas de interés o por razones geopolíticas, desde el Plan Marshall en adelante.
También insiste en su idea de satisfacer a muchos de sus votantes que defienden industrias obsoletas o ineficientes, que quieren recuperar sus trabajos que ya no sirven para lo que hay que restablecer industrias que ya no sirven. En contra de todos los principios económicos y en contra de la innovación, creatividad y riesgo a que obliga la competencia o el avance de la ciencia y la tecnología desde siempre (Schumpeter). También tiene costos claramente puntualizados por la teoría económica, que nunca se equivocó al describir y prever dichos efectos negativos.
Como si estas acciones alocadas no fueran suficientes para producir un descalabro mayúsculo, Trump está, mediante la herramienta ejecutiva de posteos en X, instando al presidente de la Reserva Federal para que baje las tasas y así “fomentar el consumo”, medida de tipo kirchnerista que sería una garantía de destrucción del dólar como moneda base del sistema financiero mundial. Y de licuación de la deuda americana, vía la inflación y las tasas bajas, de paso.
Sí está acertado Trump, claro, cuando quiere salirse de la costosa prisión de los entes internos e internacionales que reciben aportes desproporcionados de EEUU para aplicarlos a causas y luchas que (en el mejor de los casos) no tienen nada que ver con la conveniencia ni la dogmática norteamericana. Las fatales burocracias arrogantes, diría Hayek, ahora transformadas en suprasoberanías a cargo de inútiles. Pero eso no guarda relación con este tema.
Un centro poco confiable
Además de la debilidad que crea en su economía interna, está debilitando a Estados Unidos como líder mundial, al reducir su importancia económica y al dejar de ser un centro confiable de las finanzas mundiales, manejadas ahora a dedo por quien se cree con poderes omnímodos para cambiar de un día para otro las reglas globales. EEUU está resignando su liderazgo, disimulando con bravatas esa situación y perdiendo autoridad moral y económica ante el mundo. Con los futuros efectos sobre su moneda, objetivo primordial chino que quiere imponer el renminbí como moneda internacional. Sin dejar de recordar el objetivo eterno marxista de destruir al capitalismo con sus propias armas.
Justamente al tomar estas decisiones unilaterales y romper todos los pactos formales y tácitos, se le está cediendo el terreno a China y a India, que tienen otras necesidades de compra y otros estilos. Países como Argentina, Nueva Zelanda, Uruguay, que ya han derivado su comercio al área asiática, tenderán a hacerlo mucho más por necesidad. Y porque los mercados americano y europeo ejercen su proteccionismo no sólo con recargos. Estados Unidos parece querer seguir el camino de la Unión Europea en este plano. No sería de extrañar que en uso de las facultades divinas que se ha atribuido el gobierno de Trump sancione a los países que comercien con China en nombre de la seguridad nacional o alguna otra entelequia.
El motor político y económico de Occidente, que reclama como un credo la seguridad jurídica, decide romper unilateralmente el orden económico de la noche a la mañana y amenazar con más sanciones, recargos y medidas, usando su condición de centro financiero (santuario) del mundo. No es extraño que tiemblen los mercados. No será extraño que tomen caminos nuevos.
Los exégetas políticos, siempre generosos convalidando cualquier decisión en nombre de las conveniencias políticas y admirando cualquier audacia aunque sea suicida, sostienen ahora que se trata de un farol, un bluf para negociar mejores acuerdos comerciales y obtener rápidas concesiones. Una concepción timbera de café de la política y la economía, que como siempre, no mide las posibles reacciones de las contrapartes y sobre todo de la sociedad, o sea del temible mercado. Tampoco las ventajas que pueden obtener de esa actitud los enemigos de Occidente.
El comercio ha sido y es, además, un mecanismo para acercar a los pueblos y alejarlos de la guerra, una estrategia usada con bastante éxito por EEUU en las últimas décadas. Fracasadas sus bravatas de que terminaría las guerras en 24 horas, el presidente norteamericano también decide ignorar esa política de Estado y borrarla de un plumazo en medio de amenazas y sanciones incompatibles con la civilización.
Seguramente, en su precariedad intelectual, Donald Trump siente que está salvando a su país y al mundo, como tantos otros iluminados de la historia. Pero elige el camino de debilitarse económicamente y perder su condición rectora en ese plano, lugar que alguien ocupará. Porque ningún arma, ni atómica ni de ningún tipo, puede causar más daño a Occidente que estas medidas de Donald Trump.
(De www.laprensa.com.ar)
De un solo manotazo, Estados Unidos exhibió su decadencia como líder mundial y al mismo tiempo sembró las bases de la aniquilación del Capitalismo, o de lo poco que de él quedaba en pie.
Las filminas de cartón con los aranceles con que Donald Trump celebró su autodefinido Día de la liberación y su planteo de que su país había sido abusado por sus aliados al aplicar a los productos que les compra recargos de importación mostraron las grandes debilidades conceptuales y de resultados que padece el otrora regente del orden mundial.
La más evidente y notoria es el desconocimiento de la historia del último siglo, de los tratados, alianzas y pactos que le permitieron a ese país convertirse en la primera potencia mundial. Inmediatamente le siguen la supina ignorancia de las consecuencias de medidas económicas que ahora se copian que generaron la ruina de su sociedad y la de todo el mundo hace un siglo.
La tercera y más riesgosa es la concepción que el líder máximo del mundo libre tiene de la política internacional, del comercio mundial y del funcionamiento de la economía en general. Su voluntarismo y simplismo igualan al menos los de los comunistas nostálgicos de barricada, que sueñan con gobernar el mundo con ideas voluntaristas y acusaciones a los poseedores de riqueza, y cuando tienen la oportunidad aplican medidas salvíficas que terminan en el desastre.
Un vicio fatal
El desprecio por la acción humana y su desconocimiento. Su olvido del criterio de los mercados comparados, y de la importancia de la competencia en favor del consumidor. Vicio fatal conocido en la historia, al igual que sus consecuencias. La simplificación del ignorante. Porque habrá que recordar que el actual habitante de la Casa Blanca nunca fue un gran hombre de negocios, ni un sagaz inversor, ni un emprendedor de riesgo, mucho menos un experto en los temas en los que ahora incursiona personalmente como si supiera, o como si hubiera recibido un soplo de inspiración divina. Para no tener que explicar lo que sí fue.
Si esta introducción parece para algunos contundente, descalificante y atrevida, habría que preguntarse si no resultan más arbitrarias, prepotentes y desaforadas las decisiones que toma el presidente Trump, con las que azota al mundo.
La caída de las bolsas -siempre provisorias y demasiado instantáneas- son apenas un indicador temprano de lo que presagian esas medidas que se usan como arsenal bélico, suponiendo efectos con los que siempre soñaron quienes las aplicaron antes, con el mismo estilo y con los mismos resultados opuestos siempre, que se espera, tal vez, que ahora serán distintos, como imagina cualquier gobierno bananero que se precie.
El proteccionismo, keynesianismo, cepalismo, sustitución de importaciones, “vivir con lo nuestro”, cierre comercial y similares, además de no ser una novedad, ha sido a través del tiempo la mayor fuente de miseria, desempleo, estancamiento, depresión y falta de crecimiento de los pueblos, o del mundo todo, cuando fue aplicada por las naciones centrales, como ocurrió con el Reino Unido y el propio Estados Unidos. La evidencia empírica está disponible, para quien tenga tiempo y ganas de analizarla.
No muy distinto a la realidad que siempre se trata de explicar a los estatistas que quieren cerrar la economía para proteger las “fuentes de trabajo”. Ahora aplicable a Trump, que parece haber abrevado en Perón y sus seguidores, o en cualquier neomarxista disfrazado de heroico defensor de su industria cara e ineficiente.
El lamento de un perdedor
Trump sostuvo originalmente que aplicaría tarifas a China porque representaba una amenaza a la seguridad nacional, prohibió invertir en ese país y amenazó con otras sanciones, recargos y penalidades diversas a quienes integraran sociedades con esa potencia. Estaba comenzando a admitir sin decirlo que su país había perdido la carrera tecnológica, la carrera industrial y también la carrera comercial y acaso la guerra potencial sin aditamentos con el gigante asiático, cuyo desarrollo fue negado sistemáticamente por el sistema americano, menospreciando su evolución.
Pero luego viró en el planteo, se enamoró de los recargos y sosteniendo la precaria creencia de que eran un impuesto que se cobraba a los vendedores (y no al consumidor norteamericano) alardeó con crear una IRS (DGI) para el mercado externo, una concepción que muestra la ignorancia sobre la naturaleza de esos mecanismos.
En este momento comienza el tironeo con las propias empresas americanas, que por un lado tratan de explicarle que en otro momento más inteligente de la historia el mundo se fue integrando y que dependen de insumos que ahora subirán de precio con lo que sus productos serán menos demandados y perderán ventas y empleos.
Por otro lado, otras empresas le explican que, lejos de amedrentarse, varios países están respondiendo a su vez con subas de aranceles, lo que perjudicará a muchas industrias selectivamente. Asusta pensar en una guerra comercial.
Camino a la inflación
Todavía no se ven los efectos sobre los precios y el nivel de consumo, pero no hace falta dotes de adivino para saber que lo que ya ocurre con los autos, que han subido fuertemente de precio antes de concretarse las medidas, ocurrirá con buena parte de la producción de consumo interno y aún de exportación, como sabe bien Argentina que sucede con estos manoseos impositivos. (En definitiva las filminas de cartón son un resumen de los nuevos impuestos que sufrirá el consumidor americano).
Hasta ahora el emisionismo desaforado que empieza en 2000 con la quiebra del fondo LTCM, sigue en aumento mayor con la crisis de los subprime de 2008, donde se salvó a los bancos de una merecida quiebra y se vuelve escandalosa y explosiva con la pandemia durante el propio Trump y Biden, hasta ahora no transformado en inflación gracias a la FED y al comercio internacional más libre, inexorablemente se manifestará ahora en los precios.
Cuando acusa a los países amigos de haber sacado ventajas de Estados Unidos, como si esa nación fuera una niña inocente que no conoce de trampas ni argucias, olvida que muchas de esas ventajas fueron concesiones para ganarse la amistad o la adhesión de varios países en zonas de interés o por razones geopolíticas, desde el Plan Marshall en adelante.
También insiste en su idea de satisfacer a muchos de sus votantes que defienden industrias obsoletas o ineficientes, que quieren recuperar sus trabajos que ya no sirven para lo que hay que restablecer industrias que ya no sirven. En contra de todos los principios económicos y en contra de la innovación, creatividad y riesgo a que obliga la competencia o el avance de la ciencia y la tecnología desde siempre (Schumpeter). También tiene costos claramente puntualizados por la teoría económica, que nunca se equivocó al describir y prever dichos efectos negativos.
Como si estas acciones alocadas no fueran suficientes para producir un descalabro mayúsculo, Trump está, mediante la herramienta ejecutiva de posteos en X, instando al presidente de la Reserva Federal para que baje las tasas y así “fomentar el consumo”, medida de tipo kirchnerista que sería una garantía de destrucción del dólar como moneda base del sistema financiero mundial. Y de licuación de la deuda americana, vía la inflación y las tasas bajas, de paso.
Sí está acertado Trump, claro, cuando quiere salirse de la costosa prisión de los entes internos e internacionales que reciben aportes desproporcionados de EEUU para aplicarlos a causas y luchas que (en el mejor de los casos) no tienen nada que ver con la conveniencia ni la dogmática norteamericana. Las fatales burocracias arrogantes, diría Hayek, ahora transformadas en suprasoberanías a cargo de inútiles. Pero eso no guarda relación con este tema.
Un centro poco confiable
Además de la debilidad que crea en su economía interna, está debilitando a Estados Unidos como líder mundial, al reducir su importancia económica y al dejar de ser un centro confiable de las finanzas mundiales, manejadas ahora a dedo por quien se cree con poderes omnímodos para cambiar de un día para otro las reglas globales. EEUU está resignando su liderazgo, disimulando con bravatas esa situación y perdiendo autoridad moral y económica ante el mundo. Con los futuros efectos sobre su moneda, objetivo primordial chino que quiere imponer el renminbí como moneda internacional. Sin dejar de recordar el objetivo eterno marxista de destruir al capitalismo con sus propias armas.
Justamente al tomar estas decisiones unilaterales y romper todos los pactos formales y tácitos, se le está cediendo el terreno a China y a India, que tienen otras necesidades de compra y otros estilos. Países como Argentina, Nueva Zelanda, Uruguay, que ya han derivado su comercio al área asiática, tenderán a hacerlo mucho más por necesidad. Y porque los mercados americano y europeo ejercen su proteccionismo no sólo con recargos. Estados Unidos parece querer seguir el camino de la Unión Europea en este plano. No sería de extrañar que en uso de las facultades divinas que se ha atribuido el gobierno de Trump sancione a los países que comercien con China en nombre de la seguridad nacional o alguna otra entelequia.
El motor político y económico de Occidente, que reclama como un credo la seguridad jurídica, decide romper unilateralmente el orden económico de la noche a la mañana y amenazar con más sanciones, recargos y medidas, usando su condición de centro financiero (santuario) del mundo. No es extraño que tiemblen los mercados. No será extraño que tomen caminos nuevos.
Los exégetas políticos, siempre generosos convalidando cualquier decisión en nombre de las conveniencias políticas y admirando cualquier audacia aunque sea suicida, sostienen ahora que se trata de un farol, un bluf para negociar mejores acuerdos comerciales y obtener rápidas concesiones. Una concepción timbera de café de la política y la economía, que como siempre, no mide las posibles reacciones de las contrapartes y sobre todo de la sociedad, o sea del temible mercado. Tampoco las ventajas que pueden obtener de esa actitud los enemigos de Occidente.
El comercio ha sido y es, además, un mecanismo para acercar a los pueblos y alejarlos de la guerra, una estrategia usada con bastante éxito por EEUU en las últimas décadas. Fracasadas sus bravatas de que terminaría las guerras en 24 horas, el presidente norteamericano también decide ignorar esa política de Estado y borrarla de un plumazo en medio de amenazas y sanciones incompatibles con la civilización.
Seguramente, en su precariedad intelectual, Donald Trump siente que está salvando a su país y al mundo, como tantos otros iluminados de la historia. Pero elige el camino de debilitarse económicamente y perder su condición rectora en ese plano, lugar que alguien ocupará. Porque ningún arma, ni atómica ni de ningún tipo, puede causar más daño a Occidente que estas medidas de Donald Trump.
(De www.laprensa.com.ar)
Entrevistas a guerrillero y a represor
Por Marcelo Duclos
DOS CAFÉS CON LOS RESPONSABLES DEL BAÑO DE SANGRE DE LOS SETENTA
Hace varios años, en los albores de mis primeras inquietudes periodísticas, me dediqué a conversar bastante con dos protagonistas de la violencia política en los setenta. Hoy ambos están muertos, pero la experiencia me permite tomar una dimensión más completa de la historia argentina.
Radiografía a los lados más oscuros de la dictadura setentista
Esta semana murió Julio Simón, alias “el turco Julián”. Una de las caras más representativas del aparato represivo de la última dictadura militar, que concluyó la metodología del terrorismo de Estado implementada por el peronismo en su encarnación setentista.
Para mí, la cara del personaje en cuestión representaba un poco más que la del resto de los protagonistas de aquella época. Me había sacado la duda de tenerlo enfrente, para preguntarle cosas y conocer algo de la estructura mental del tipo a quien señalaban de torturar con una esvástica en el brazo.
El deceso del expolicía, encarcelado, liberado por las leyes de Obediencia debida y punto final, y vuelto a enjuiciar y a encerrar durante el kirchnerismo, me recordó otra situación semejante, cuando murió el exmontonero Dante “Canca” Gullo, otro protagonista del baño de sangre de la década del setenta también preso y posteriormente indultado para terminar sus días en libertad por la coincidencia de su vejez con el apogeo del kirchnerismo, el cual fomentó su visión sesgada de la historia interviniendo el Poder Judicial.
Con él también conversé largo y tendido, con la misma curiosidad e inquietud que lo había hecho con Simón. Aunque una parte de aquel joven contestatario tenía las ganas de increparles sus acciones, finalmente pudo imponerse el costado más reflexivo y utilitario. Era más valioso para mi interpretación de los setenta preguntar sin juzgar al interlocutor, que saciar las ganas y el deseo de dedicarle un insulto estéril a alguien. Eso en nada hubiera aportado.
Al haber conseguido despojarme de las pasiones personales pude comprender cómo pensaban las personas que convirtieron la Argentina en un baño de sangre. Aunque ellos estaban en los bandos antagónicos, la estructura de ambos era sorprendentemente similar.
Un “fantasma” acechado por sus propios fantasmas
La historia con el “turco Julián” se remonta a mediados de la década del noventa. Él había regresado al país luego de una larga estadía en Brasil y hasta brindaba entrevistas donde contaba (de forma muy honesta) los detalles del esquema represivo. Aunque sus apariciones generaban apasionados debates, en el marco de los indultos de Carlos Menem y luego de las leyes de la época de Raúl Alfonsín, evidentemente consideraba que podía andar por la calle tranquilo, salvo por alguien dispuesto a increparle.
Aunque no recuerdo con exactitud la fecha de estos acontecimientos, yo debería tener aproximadamente quince años. El personaje en cuestión frecuentaba una galería del barrio del Once donde estaba el negocio de mi madre que yo eventualmente atendía. El exrepresor solía caminar por allí llevando a dos jóvenes mulatas consigo, una de cada brazo, como haciendo gala de una opulencia virílica sexual innecesaria. A veces lo acompañaba solamente una.
Luego de verlo en varias oportunidades, un día junté coraje y lo increpé en buenos términos. Le dije que tenía ganas de tomar un café con él para conversar sobre los setenta y sus vicisitudes.
Él aceptó sin saber si su interlocutor era un “admirador”, si lo odiaba desde una perspectiva izquierdista o si era simplemente un curioso “neutral”. Evidentemente, algo dentro de él evidenciaba la necesidad de hablar sobre lo sucedido, como incluso ya lo había hecho frente a las cámaras de televisión.
La propuesta fue un café en un bar sobre la Avenida Corrientes, casi llegando a la esquina de Azcuénaga al día siguiente. Él acudió puntualmente. Cuando Simón escuchó mis inquietudes bajó la guardia, ya que no estaba diciendo absolutamente nada para incriminarlo. No pregunté si era verdad lo de la simbología nazi, sobre las metodologías de tortura, sobre los detenidos o sus identidades. Ni siquiera le interrogué sobre si había matado a alguien, como ya lo había reconocido en una entrevista donde dijo que, sino no mataba, lo mataban a él.
Mi interés iba por otro camino: el porqué, sus sentimientos personales, las dudas que tuvo en esos momentos, los remordimientos y, sobre todo, las motivaciones político-ideológicas de un hombre que encarnaba la represión ilegal.
Aunque quienes justifican el accionar y hasta la metodología del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional se detienen en la necesidad del aniquilamiento de los elementos subversivos, poco y nada dicen de los autores de la “tarea” en cuestión.
Allí, me encontré con algo que ya sospechaba desde mi juventud. En la cabeza de ese individuo, lejos de haber un “espíritu republicano”, que debió enfrentar a quienes quisieron imponer una dictadura comunista, habitaba otra cosa: la de un hombre mediocre que encontró la causa de su vida dentro de un esquema determinado y coyuntura casual. Una persona que, si hacía lo debido, podía incluso llegar a tener un buen pasar. No había vestigios de formación política para comprender lo que supuestamente defendía o enfrentaba ni existía un asomo de individualismo como para cuestionar sus acciones moralmente más allá del contexto. Algo con ciertas coincidencias en las conclusiones de Hannah Arendt con su tesis de la banalidad del mal.
Del otro lado de la mesa, tomando un café, ese ser perseguido por fantasmas cuyo fin era atormentarlo toda su vida, tranquilamente podía haber sido un SS del nacionalsocialismo alemán, un policía del primer peronismo que detenía y encarcelaba opositores o un sangriento asesino a las órdenes del carnicero comunista Stalin. Al día de hoy, sin ningún problema, podría desempeñarse como uno de los represores del SEBIN de Maduro y Cabello. Es decir, la cuestión de la represión a los grupos armados con acérrimos deseos de imponer el socialismo en Argentina, para él, era evidentemente visto como una circunstancia aleatoria que le tocó.
“El turco Julián” no tenía la personalidad para haber sido uno de esos guerrilleros. Eso sí requiere de cierto individualismo y coraje como para operar en solitario cuando la circunstancia lo determine, en pos de una finalidad supuestamente superadora, por la que valga la pena dejar la vida. Pero tranquilamente pudo haber sido uno de los hombres armados de cualquier régimen de izquierda. Esos asesinos sin moral ni independencia intelectual como para reparar en lo que están haciendo, pero tienen un sueldo asegurado, impunidad y reconocimiento de una estructura de poder.
Aunque reivindicaba su accionar y la lucha contra la guerrilla marxista, su formación en materia política (supuestamente necesaria para identificar al marxismo como algo malo) era absolutamente nula. Para Simón era un tema de bandos buenos y malos, donde se hicieron cosas complicadas para salvar la Nación de situaciones que evidentemente desconocía por completo.
Una mirada más profunda a un “montonero”
El encuentro con el “Canca” Gullo, más allá del escenario similar del café (esta vez en el clásico Tortoni), fue diferente. Aunque tampoco hubo recriminaciones civiles por su participación en una organización que también secuestró, torturó y mató, tuvo una diferencia importante con respecto al que tuve con el otro personaje. Tampoco recuerdo la fecha precisa, pero ya me encontraba en los finales de mis veinte o en el principio de mis treinta, por lo que ya tenía una formación ideológica liberal muy consolidada. Aunque tampoco increpé en los hechos de violencia (aquí ni pregunté sobre sus acciones directas como individuo en su organización), si terminé confrontando las distintas visiones. Su “socialismo nacional pragmático” (mía la categorización) con mi visión libertaria de la economía y la vida misma.
A grandes rasgos, en esta charla, este interlocutor estaba más tranquilo que el otro. Desconozco si esto está relacionado con cuestiones de conciencia o de tranquilidad, ante la poca probabilidad de eventuales problemas legales, en el contexto de su vejez y un kirchnerismo hegemónico, pero sí se veía más relajado.
Aunque ya formaba parte de una etapa institucional democrática (fue legislador porteño en los últimos años de su vida), Gullo no se mostraba arrepentido por las acciones de su juventud en lo más mínimo. Ni siquiera parecía mostrarse resentido por sus ocho años preso (1975-1983). Casi como que fue la circunstancia que le tocó vivir y no presentó demasiada resistencia.
La característica más parecida que encontré con respecto al otro interlocutor fue la cuestión del “bando”. En este caso, su pertenencia a Montoneros parecía vincularse a una cuestión más cultural que ideológica. Desconozco si los erpianos eran más formados que los “Montos” (por la raíz marxista en lugar de peronista de izquierda), pero en este viejo “combatiente” se percibían las características de aquellos viejos votantes justicialistas, que nunca podrían explicar en un examen de qué se trata el peronismo, más allá de sus slogans. Su “sabiduría” política, por así decirlo, era un decálogo de vivencias personales. Nada más ni nada menos.
Aunque este personaje no me cuadraba en los eventuales roles que le pude haber encontrado a Simón, es evidente que bien podría haber formado parte de una banda de asaltantes o secuestradores, solamente por el hecho de encontrar alguna justificación como un pasado humilde. En su mirada también estaba la disociación entre la responsabilidad individual, sus implicancias morales y lo que una persona puede llegar a hacer sin culpas si el destino lo acerca a una circunstancia determinada. Ninguno de los dos parecía con las aptitudes necesarias como para advertir la inconveniencia de ser un peón en un juego que no debía jugarse nunca. Es claro que la falta de individualismo y la ausencia de pensamiento crítico es fundamental para participar de un esquema represivo o para armarse buscando implementar otro de distinto signo político.
Pero la cuestión que más me llamó la atención fue la honestidad intelectual de este exmontonero, cuando se encontró cercado en un debate ideológico. Vaya a saber cómo comenzó ese segmento de una acalorada discusión, donde de un lado había un joven apasionado y del otro un veterano, que en cierta manera reconocía el valor de los principios de su interlocutor, a pesar de no compartirlos. Lo único que recuerdo con claridad es el desenlace.
Cuando vi que la discusión de rótulos (liberalismo, socialismo, peronismo, etc.) no nos llevaba a ningún lado, pasé a la estrategia de discutir políticas públicas concretas para problemáticas reales, sin ponerle ninguna etiqueta.
Aunque no tengo idea sobre cómo llegamos a estos asuntos, la cosa concluyó en dos aspectos que poco tienen que ver uno con el otro: que la liberación de las drogas es el único camino para terminar con el narcotráfico (mercado, oferta y demanda incluidos) y —lo que me llamó poderosamente la atención— que un esquema de federalismo fiscal es la receta más eficaz para que las provincias ganen independencia política y desarrollo económico.
Los argumentos del primer asunto son bastante conocidos por todos, pero cuando entramos en el debate de provincias independientes, con características que incluso tienen los estados de EEUU (cosa que no traje a colación), a Gullo se le encendieron los ojos. En su extravío ideológico, político y emocional, me dijo que eso debería ser “una propuesta peronista” y hasta me propuso organizar talleres con gobernadores, senadores y diputados.
Para mi sorpresa total, este veterano político y exguerrillero era la primera vez que se enfrentaba con la teoría razonable de cómo se puede organizar un país afectado hasta la médula por el centralismo, de que el peronismo es ampliamente responsable. Al igual que los radicales y los militares, lógicamente.
Aunque sabía que la propuesta se daba de bruces con muchas de sus premisas socialistas o “peronistas de izquierda”, ante mi exposición (mientras que en su cabeza todo iba cuadrando), el interlocutor me reconocía con sorpresa y resignación que ese “plan” no podía fallar. Claro que nada de todo eso lo había inventado yo, ni mucho menos.
Es decir, esta persona, en su juventud, había decidido tomar las armas, convencido de las virtudes políticas de un modelo, desde la total y más absoluta ignorancia. Ni siquiera comprendía las implicancias de sus ideas, ni tenía la más pálida idea de lo que combatía. Es que estas organizaciones se limitaban a cuestiones generales como “la explotación”, “el pueblo”, “los trabajadores” o “los explotadores”. Recién, llegando a los setenta años, en una charla de café con un joven (que en su momento hubiera encasillado como un defensor de “la burguesía) escuchó algo distinto. Por su cara de sorpresa, ni siquiera en la carrera de sociología que cursó en la Universidad de Buenos Aires, de la que se egresó de grande en 1997, escuchó nada semejante.
Evidentemente, mucha gente que estuvo dispuesta a matar o morir por sus ideas políticas lo hizo desde la más completa ignorancia. Claro que no es que la comprensión académica de alguna ideología justifique tomar las armas, pero cuando uno confirma la nula formación de estos personajes, más bizarro resulta todo. Y más irónico resulta la tragedia de las personas que terminaron perdiendo la vida.
Gullo y los suyos fracasaron al tratar de instaurar un proyecto como el que se consolidó en Cuba o antes en lo que terminó siendo la Unión Soviética. Evidentemente, en los procesos revolucionarios, pocos eran los de la formación teórica de un Trotsky o un Lenin.
Resumiendo, creo haber acertado al fomentar estos encuentros con estos personajes, y celebro haber podido mantener conversaciones, más allá de lo que me generaban sus figuras y sus “ideas”, por así decirlo. Sabía que los tiempos biológicos harían lo suyo y que esta generación comenzaría a entrar en la extinción, como lógicamente sucedió. El hecho de no haber realizado preguntas que hayan podido inhibir a estos personajes de pasado violento me permitió tener dimensión del contexto de todo lo sucedido.
Todo lo otro ya lo sabemos o lo imaginamos.
(De panampost.com)
DOS CAFÉS CON LOS RESPONSABLES DEL BAÑO DE SANGRE DE LOS SETENTA
Hace varios años, en los albores de mis primeras inquietudes periodísticas, me dediqué a conversar bastante con dos protagonistas de la violencia política en los setenta. Hoy ambos están muertos, pero la experiencia me permite tomar una dimensión más completa de la historia argentina.
Radiografía a los lados más oscuros de la dictadura setentista
Esta semana murió Julio Simón, alias “el turco Julián”. Una de las caras más representativas del aparato represivo de la última dictadura militar, que concluyó la metodología del terrorismo de Estado implementada por el peronismo en su encarnación setentista.
Para mí, la cara del personaje en cuestión representaba un poco más que la del resto de los protagonistas de aquella época. Me había sacado la duda de tenerlo enfrente, para preguntarle cosas y conocer algo de la estructura mental del tipo a quien señalaban de torturar con una esvástica en el brazo.
El deceso del expolicía, encarcelado, liberado por las leyes de Obediencia debida y punto final, y vuelto a enjuiciar y a encerrar durante el kirchnerismo, me recordó otra situación semejante, cuando murió el exmontonero Dante “Canca” Gullo, otro protagonista del baño de sangre de la década del setenta también preso y posteriormente indultado para terminar sus días en libertad por la coincidencia de su vejez con el apogeo del kirchnerismo, el cual fomentó su visión sesgada de la historia interviniendo el Poder Judicial.
Con él también conversé largo y tendido, con la misma curiosidad e inquietud que lo había hecho con Simón. Aunque una parte de aquel joven contestatario tenía las ganas de increparles sus acciones, finalmente pudo imponerse el costado más reflexivo y utilitario. Era más valioso para mi interpretación de los setenta preguntar sin juzgar al interlocutor, que saciar las ganas y el deseo de dedicarle un insulto estéril a alguien. Eso en nada hubiera aportado.
Al haber conseguido despojarme de las pasiones personales pude comprender cómo pensaban las personas que convirtieron la Argentina en un baño de sangre. Aunque ellos estaban en los bandos antagónicos, la estructura de ambos era sorprendentemente similar.
Un “fantasma” acechado por sus propios fantasmas
La historia con el “turco Julián” se remonta a mediados de la década del noventa. Él había regresado al país luego de una larga estadía en Brasil y hasta brindaba entrevistas donde contaba (de forma muy honesta) los detalles del esquema represivo. Aunque sus apariciones generaban apasionados debates, en el marco de los indultos de Carlos Menem y luego de las leyes de la época de Raúl Alfonsín, evidentemente consideraba que podía andar por la calle tranquilo, salvo por alguien dispuesto a increparle.
Aunque no recuerdo con exactitud la fecha de estos acontecimientos, yo debería tener aproximadamente quince años. El personaje en cuestión frecuentaba una galería del barrio del Once donde estaba el negocio de mi madre que yo eventualmente atendía. El exrepresor solía caminar por allí llevando a dos jóvenes mulatas consigo, una de cada brazo, como haciendo gala de una opulencia virílica sexual innecesaria. A veces lo acompañaba solamente una.
Luego de verlo en varias oportunidades, un día junté coraje y lo increpé en buenos términos. Le dije que tenía ganas de tomar un café con él para conversar sobre los setenta y sus vicisitudes.
Él aceptó sin saber si su interlocutor era un “admirador”, si lo odiaba desde una perspectiva izquierdista o si era simplemente un curioso “neutral”. Evidentemente, algo dentro de él evidenciaba la necesidad de hablar sobre lo sucedido, como incluso ya lo había hecho frente a las cámaras de televisión.
La propuesta fue un café en un bar sobre la Avenida Corrientes, casi llegando a la esquina de Azcuénaga al día siguiente. Él acudió puntualmente. Cuando Simón escuchó mis inquietudes bajó la guardia, ya que no estaba diciendo absolutamente nada para incriminarlo. No pregunté si era verdad lo de la simbología nazi, sobre las metodologías de tortura, sobre los detenidos o sus identidades. Ni siquiera le interrogué sobre si había matado a alguien, como ya lo había reconocido en una entrevista donde dijo que, sino no mataba, lo mataban a él.
Mi interés iba por otro camino: el porqué, sus sentimientos personales, las dudas que tuvo en esos momentos, los remordimientos y, sobre todo, las motivaciones político-ideológicas de un hombre que encarnaba la represión ilegal.
Aunque quienes justifican el accionar y hasta la metodología del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional se detienen en la necesidad del aniquilamiento de los elementos subversivos, poco y nada dicen de los autores de la “tarea” en cuestión.
Allí, me encontré con algo que ya sospechaba desde mi juventud. En la cabeza de ese individuo, lejos de haber un “espíritu republicano”, que debió enfrentar a quienes quisieron imponer una dictadura comunista, habitaba otra cosa: la de un hombre mediocre que encontró la causa de su vida dentro de un esquema determinado y coyuntura casual. Una persona que, si hacía lo debido, podía incluso llegar a tener un buen pasar. No había vestigios de formación política para comprender lo que supuestamente defendía o enfrentaba ni existía un asomo de individualismo como para cuestionar sus acciones moralmente más allá del contexto. Algo con ciertas coincidencias en las conclusiones de Hannah Arendt con su tesis de la banalidad del mal.
Del otro lado de la mesa, tomando un café, ese ser perseguido por fantasmas cuyo fin era atormentarlo toda su vida, tranquilamente podía haber sido un SS del nacionalsocialismo alemán, un policía del primer peronismo que detenía y encarcelaba opositores o un sangriento asesino a las órdenes del carnicero comunista Stalin. Al día de hoy, sin ningún problema, podría desempeñarse como uno de los represores del SEBIN de Maduro y Cabello. Es decir, la cuestión de la represión a los grupos armados con acérrimos deseos de imponer el socialismo en Argentina, para él, era evidentemente visto como una circunstancia aleatoria que le tocó.
“El turco Julián” no tenía la personalidad para haber sido uno de esos guerrilleros. Eso sí requiere de cierto individualismo y coraje como para operar en solitario cuando la circunstancia lo determine, en pos de una finalidad supuestamente superadora, por la que valga la pena dejar la vida. Pero tranquilamente pudo haber sido uno de los hombres armados de cualquier régimen de izquierda. Esos asesinos sin moral ni independencia intelectual como para reparar en lo que están haciendo, pero tienen un sueldo asegurado, impunidad y reconocimiento de una estructura de poder.
Aunque reivindicaba su accionar y la lucha contra la guerrilla marxista, su formación en materia política (supuestamente necesaria para identificar al marxismo como algo malo) era absolutamente nula. Para Simón era un tema de bandos buenos y malos, donde se hicieron cosas complicadas para salvar la Nación de situaciones que evidentemente desconocía por completo.
Una mirada más profunda a un “montonero”
El encuentro con el “Canca” Gullo, más allá del escenario similar del café (esta vez en el clásico Tortoni), fue diferente. Aunque tampoco hubo recriminaciones civiles por su participación en una organización que también secuestró, torturó y mató, tuvo una diferencia importante con respecto al que tuve con el otro personaje. Tampoco recuerdo la fecha precisa, pero ya me encontraba en los finales de mis veinte o en el principio de mis treinta, por lo que ya tenía una formación ideológica liberal muy consolidada. Aunque tampoco increpé en los hechos de violencia (aquí ni pregunté sobre sus acciones directas como individuo en su organización), si terminé confrontando las distintas visiones. Su “socialismo nacional pragmático” (mía la categorización) con mi visión libertaria de la economía y la vida misma.
A grandes rasgos, en esta charla, este interlocutor estaba más tranquilo que el otro. Desconozco si esto está relacionado con cuestiones de conciencia o de tranquilidad, ante la poca probabilidad de eventuales problemas legales, en el contexto de su vejez y un kirchnerismo hegemónico, pero sí se veía más relajado.
Aunque ya formaba parte de una etapa institucional democrática (fue legislador porteño en los últimos años de su vida), Gullo no se mostraba arrepentido por las acciones de su juventud en lo más mínimo. Ni siquiera parecía mostrarse resentido por sus ocho años preso (1975-1983). Casi como que fue la circunstancia que le tocó vivir y no presentó demasiada resistencia.
La característica más parecida que encontré con respecto al otro interlocutor fue la cuestión del “bando”. En este caso, su pertenencia a Montoneros parecía vincularse a una cuestión más cultural que ideológica. Desconozco si los erpianos eran más formados que los “Montos” (por la raíz marxista en lugar de peronista de izquierda), pero en este viejo “combatiente” se percibían las características de aquellos viejos votantes justicialistas, que nunca podrían explicar en un examen de qué se trata el peronismo, más allá de sus slogans. Su “sabiduría” política, por así decirlo, era un decálogo de vivencias personales. Nada más ni nada menos.
Aunque este personaje no me cuadraba en los eventuales roles que le pude haber encontrado a Simón, es evidente que bien podría haber formado parte de una banda de asaltantes o secuestradores, solamente por el hecho de encontrar alguna justificación como un pasado humilde. En su mirada también estaba la disociación entre la responsabilidad individual, sus implicancias morales y lo que una persona puede llegar a hacer sin culpas si el destino lo acerca a una circunstancia determinada. Ninguno de los dos parecía con las aptitudes necesarias como para advertir la inconveniencia de ser un peón en un juego que no debía jugarse nunca. Es claro que la falta de individualismo y la ausencia de pensamiento crítico es fundamental para participar de un esquema represivo o para armarse buscando implementar otro de distinto signo político.
Pero la cuestión que más me llamó la atención fue la honestidad intelectual de este exmontonero, cuando se encontró cercado en un debate ideológico. Vaya a saber cómo comenzó ese segmento de una acalorada discusión, donde de un lado había un joven apasionado y del otro un veterano, que en cierta manera reconocía el valor de los principios de su interlocutor, a pesar de no compartirlos. Lo único que recuerdo con claridad es el desenlace.
Cuando vi que la discusión de rótulos (liberalismo, socialismo, peronismo, etc.) no nos llevaba a ningún lado, pasé a la estrategia de discutir políticas públicas concretas para problemáticas reales, sin ponerle ninguna etiqueta.
Aunque no tengo idea sobre cómo llegamos a estos asuntos, la cosa concluyó en dos aspectos que poco tienen que ver uno con el otro: que la liberación de las drogas es el único camino para terminar con el narcotráfico (mercado, oferta y demanda incluidos) y —lo que me llamó poderosamente la atención— que un esquema de federalismo fiscal es la receta más eficaz para que las provincias ganen independencia política y desarrollo económico.
Los argumentos del primer asunto son bastante conocidos por todos, pero cuando entramos en el debate de provincias independientes, con características que incluso tienen los estados de EEUU (cosa que no traje a colación), a Gullo se le encendieron los ojos. En su extravío ideológico, político y emocional, me dijo que eso debería ser “una propuesta peronista” y hasta me propuso organizar talleres con gobernadores, senadores y diputados.
Para mi sorpresa total, este veterano político y exguerrillero era la primera vez que se enfrentaba con la teoría razonable de cómo se puede organizar un país afectado hasta la médula por el centralismo, de que el peronismo es ampliamente responsable. Al igual que los radicales y los militares, lógicamente.
Aunque sabía que la propuesta se daba de bruces con muchas de sus premisas socialistas o “peronistas de izquierda”, ante mi exposición (mientras que en su cabeza todo iba cuadrando), el interlocutor me reconocía con sorpresa y resignación que ese “plan” no podía fallar. Claro que nada de todo eso lo había inventado yo, ni mucho menos.
Es decir, esta persona, en su juventud, había decidido tomar las armas, convencido de las virtudes políticas de un modelo, desde la total y más absoluta ignorancia. Ni siquiera comprendía las implicancias de sus ideas, ni tenía la más pálida idea de lo que combatía. Es que estas organizaciones se limitaban a cuestiones generales como “la explotación”, “el pueblo”, “los trabajadores” o “los explotadores”. Recién, llegando a los setenta años, en una charla de café con un joven (que en su momento hubiera encasillado como un defensor de “la burguesía) escuchó algo distinto. Por su cara de sorpresa, ni siquiera en la carrera de sociología que cursó en la Universidad de Buenos Aires, de la que se egresó de grande en 1997, escuchó nada semejante.
Evidentemente, mucha gente que estuvo dispuesta a matar o morir por sus ideas políticas lo hizo desde la más completa ignorancia. Claro que no es que la comprensión académica de alguna ideología justifique tomar las armas, pero cuando uno confirma la nula formación de estos personajes, más bizarro resulta todo. Y más irónico resulta la tragedia de las personas que terminaron perdiendo la vida.
Gullo y los suyos fracasaron al tratar de instaurar un proyecto como el que se consolidó en Cuba o antes en lo que terminó siendo la Unión Soviética. Evidentemente, en los procesos revolucionarios, pocos eran los de la formación teórica de un Trotsky o un Lenin.
Resumiendo, creo haber acertado al fomentar estos encuentros con estos personajes, y celebro haber podido mantener conversaciones, más allá de lo que me generaban sus figuras y sus “ideas”, por así decirlo. Sabía que los tiempos biológicos harían lo suyo y que esta generación comenzaría a entrar en la extinción, como lógicamente sucedió. El hecho de no haber realizado preguntas que hayan podido inhibir a estos personajes de pasado violento me permitió tener dimensión del contexto de todo lo sucedido.
Todo lo otro ya lo sabemos o lo imaginamos.
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