Una forma indirecta de promover la abolición del Estado consiste en desfinanciarlo aduciendo que "los impuestos son un robo". De ahí surge la propuesta de eliminar todo impuesto para eliminar al Estado. Si consideramos los servicios que presta el Estado (seguridad, educación, salud, justicia) entonces resulta obligatorio pagar por ellos, de lo contrario sería un robo por parte de los beneficiarios de esos servicios. Cuando, en realidad, los impuestos son un robo, es cuando los servicios que presta el Estado son ineficientes o bien inexistentes.
La abolición del Estado implica un objetivo anarquista. Cuando al Estado se lo pretende reemplazar por el mercado, se llega al anarcocapitalismo, que no es igual al liberalismo, como quieren hacer creer los anarquistas de mercado. Así, mientras que se decía que en Rusia se saltaba una etapa, pasando del feudalismo zarista al comunismo, sin pasar por el capitalismo, en la Argentina actual presenta gran adhesión la posibilidad de saltar de un populismo socialista al anarcocapitalismo, sin pasar por el capitalismo (si bien en el pasado lejano transitamos esa etapa). El líder anarcocapitalista, en este caso, es Javier Milei.
El argumento esgrimido en contra del Estado se asocia a que los políticos a cargo, y los votantes que los eligen, carecen de conocimientos y de moral, por lo que el Estado real resulta el mayor peligro contra la seguridad individual (lo que en el caso argentino actual es cierto). Luego, se supone que el Estado no es necesario porque el hombre en libertad ha de resurgir casi mágicamente como un ser virtuoso que no requiere de la coerción ni de la protección estatal. En realidad, si el Estado no funciona adecuadamente, debido a la severa crisis moral predominante, se lo debe tratar de mejorar y de limitar en sus funciones.
Por ingenuidad o irresponsabilidad, el anarcocapitalista supone que la libertad asociada al mercado trae una especie de "ética incorporada de fábrica" que hará resurgir en cada individuo la responsabilidad necesaria para mantener en vigencia la libertad adquirida.
No nos cuesta mucho imaginar una sociedad en la que los hombres participan cooperativamente estando exentos de todo tipo de egoísmo, envidia o negligencia. En ese caso hipotético, no habría más guerras, ni ejércitos. No habría necesidad de cárceles, ni de castigos, ni jueces, por cuanto sus tareas de sanción, prevención y corrección no serian necesarias. Por el contrario, si se eliminan las fuerzas coactivas del Estado, bajo la presencia de seres humanos normales, con virtudes y defectos, el caos sería la consecuencia inmediata. Jacques-Pierre Bissot expresó: “Anarquía son las leyes que no se cumplen, autoridad sin fuerza, crimen sin castigo. Y propiedad saqueada, seguridad personal expuesta a violaciones, corrupción moral. Además el Estado sin Constitución, sin gobierno, sin justicia…” (Citado en “Breve Historia del Pensamiento Social” de J. L. Nilsson-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1988).
La tendencia política del anarquismo resulta ser una utopía por cuanto sólo podría ser aplicable con éxito a seres humanos que carezcan de defectos y de limitaciones. De ahí que pueda considerarse como una tendencia a la que nos aproximamos a medida que el hombre va reduciendo sus defectos, tendencia de la cual tampoco podemos estar seguros de transitar. Podemos decir que los hombres seremos buenos cuando alguien nos convenza de que el único camino hacia la felicidad reside en adoptar una actitud cooperativa hacia los demás seres humanos, situación hasta ahora parcialmente aceptada, siendo poco probable su generalización para el futuro, aunque no imposible. Bert F. Hoselitz escribió: “El anarquismo filosófico es una doctrina muy antigua. Nos sentimos tentados a decir que tan antigua como la idea de gobierno, pero faltan pruebas seguras en apoyo de dicho aserto. No obstante, poseemos textos con más de 2.000 años de antigüedad que no sólo describen una sociedad humana sin gobierno, fuerza y ley restrictiva, sino que consideran este estado de las relaciones sociales como el ideal de sociedad".
"En bellas y utópicas palabras, Ovidio nos proporciona una descripción de la utopía anarquista. En el primer libro de su «Metamorfosis» describe una edad de oro donde no había ley y todos mantenían su lealtad y realizaban lo justo sin necesidad de compulsión alguna. Allí no había miedo al castigo, ni sanciones legales grabadas sobre tablillas de bronce, ni ninguna masa de suplicantes miraba llena de espanto a su vengador, porque sin jueces todos vivían en seguridad. La única diferencia entre la visión del poeta romano y la idea de los anarquistas filosóficos modernos es que el primero situó la edad de oro al comienzo de la historia humana, mientras que estos últimos la sitúan al final” (Del prefacio de “Escritos de Filosofía Política (I)” de Mijail A. Bakunin-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1997).
En cuanto a su definición, leemos: “Anarquismo: Es ante todo un modelo o forma de pensamiento que rechaza todo tipo de autoridad (Estado, Iglesia) como forma de dominación del hombre sobre el hombre, y sostiene como principio la igualdad y la hermandad entre los hombres sin control ni presión política, social o espiritual. Su fundamento filosófico es la concepción del Iluminismo relativa al Estado de naturaleza del hombre que debe ser restaurado por la razón. Históricamente se configura como un movimiento filosófico-social y político orientado a la acción con el fin de lograr la anarquía, es decir, una sociedad sin dominantes ni dominados, y como paso a una comunidad ideal de paz, justicia, igualdad y orden” (Del “Diccionario de Sociología” de E. del Acebo Ibáñez y R. J. Brie-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 2006).
Mientras que los sectores liberales admiten la necesidad de un Estado que garantice la libertad y la seguridad de las personas, para el sector anarquista es el Estado mismo el problema, no admitiendo la posibilidad de que sus fallas sean coexistentes con las fallas morales que afectan a la mayoría de los integrantes de las sociedades en decadencia. Morris y Linda Tannehill escribieron: “Decir que los hombres no pueden proteger su libertad sin un gobierno, es lo mismo que decir que no pueden protegerla sin un sistema de esclavitud. La esclavitud nunca es buena ni necesaria…ni siquiera en esa forma llamada gobierno. Debemos decirle a la gente que el gobierno no es un mal necesario; es un mal innecesario” (De “El mercado para la libertad”-Barbarroja Ediciones-Buenos Aires 2014).
La exagerada obsesión por la libertad, tratando de no depender de otros seres humanos, contrasta con la sociedad real en la cual dependemos cotidianamente de otras personas en toda institución jerárquica. En cada empresa, en cada establecimiento educativo, incluso en el tránsito vehicular, debemos acatar leyes y también decisiones de otras personas, algo que resulta inevitable para el logro de cierto orden social. De ahí que sea aceptable tratar de limitar la dependencia externa, mientras que es imposible prescindir de ella. Friedrich A. Hayek escribió: “Por encima de todo tenemos que reconocer que podemos ser libres y continuar siendo desgraciados. La libertad no significa la posesión de toda clase de bienes o la ausencia de todos los males. Es indudable que ser libre puede significar libertad para morir de hambre, libertad para incurrir en costosas equivocaciones o libertad para correr en busca de riesgos mortales” (De “Los Fundamentos de la Libertad”-Unión Editorial Argentina-Buenos Aires 2013).
Debido a que la libertad debe ir asociada a la responsabilidad, no todos los seres humanos confían en sus propias capacidades personales, por lo que la libertad no les resulta tan apreciable como lo es para los anarquistas. Los Tannehill agregan: “El miedo de los hombres a la libertad ha sido siempre miedo a confiar en sí mismos, a ser dejados por su cuenta para enfrentar un mundo aterrador, sin nadie que les dijera qué hacer. Ya no somos salvajes aterrorizados haciendo ofrendas a un dios del rayo o acobardados siervos medievales escondiéndose de fantasmas y brujas. Hemos aprendido que el hombre puede comprender y controlar su medio y su propia vida. No tenemos necesidad de pontífices, reyes o presidentes que nos digan lo que debemos hacer. El gobierno es ahora conocido por lo que es. Pertenece a un oscuro pasado con el resto de las supersticiones del hombre”.
Como todos los utopistas e ingenieros sociales, los anarquistas caen en el error común de hablar en nombre de todos los seres humanos indicando cómo deben pensar y actuar, e incluso promoviendo cierta rebelión contra los Estados constituidos, sin contemplar los excesos que pueden conducir a situaciones caóticas extremas, sugiriendo una desobediencia civil. Al respecto escriben: “Semejante desobediencia pasiva, en masa y en gran escala no necesitaría ser organizada si la mayoría de la gente viera al gobierno como lo que es y creyera en la libertad. Comenzaría en forma secreta y tranquila, como individuos que harían lo que pudieran sin ser descubiertos. De hecho, ya ha comenzado. A medida que aumentara la falta de respeto por el gobierno, la práctica de ignorar las leyes se tornaría cada vez más abierta y generalizada. Al final sería una gran revuelta pacífica, de facto, que ningún poder podría detener”.
El anarquista es el tipo de individuo que, si observa que algo anda mal, no piensa en repararlo, sino en destruirlo para reemplazarlo por otra cosa, ya se trate del Estado o de la educación pública. Por el contrario, desde las posturas liberales se promueve la división de poderes para impedir los posibles excesos de un poder único (como es el caso de los totalitarismos) y para que la competencia entre poderes limite sus posibles excesos.
En épocas en que existe un gran poder económico de las grandes empresas multinacionales, siempre resulta conveniente contrapesarlo con el poder de un Estado fuerte (que es distinto de un Estado grande). Tal Estado se construye en base a la democracia liberal, respecto de la cual Hayek expresó: “La democracia es el único método de cambio pacífico descubierto hasta ahora por el hombre”, mientras que Ludwig von Mises escribió: “Por amor a la paz interna, el liberalismo tiende al gobierno democrático. La democracia, por tanto, no es una institución revolucionaria, sino el medio apropiado de impedir las revoluciones y las guerras civiles. Produce un método de reajuste pacífico del gobierno de acuerdo con la voluntad de la mayoría” (De “La acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).
martes, 23 de mayo de 2023
domingo, 21 de mayo de 2023
Dueños de la verdad
Uno de los errores frecuentes que se observa en el argentino típico, es la defensa de sus ideas y creencias más allá de la veracidad que posean. Ello implica que se prioriza el aspecto competitivo antes que el aspecto cognitivo, o bien la subjetividad propia a la objetividad de todos. Ernesto Sandler escribió: "La intolerancia, la soberbia y la pedantería que embargan nuestra idiosincracia tienen como principio rector que la única verdad es la mía. Aunque los argentinos repitan una y otra vez que «la realidad es la única verdad», en los hechos y comportamientos habituales solamente consideran que es verdadero lo que cada uno interpreta de la realidad y las creencias que sostiene. Todos los demás que piensen o actúen de manera diferente están equivocados, mienten o se niegan a aceptar la verdad".
"Esta manera de ser, sea en el ámbito político, gremial o social, impide los acuerdos y esfuerzos en conjunto con aquellos que piensan distinto o sostienen otras verdades. Para una gran mayoría de los argentinos ceder en sus creencias que se consideran correctas es valorado como un acto de traición. Antes de cambiar alguno de los principios que sostienen prefieren el enfrentamiento y el rechazo de todo lo que no coincida con la verdad que se pregona. Considerar que los demás pueden tener una verdad diferente no está en las consideraciones de los nacionales. Si en algún momento por razones de fuerza o poder deben aceptar objetivos que están contra su verdad lo harán con el solo propósito de juntar fuerzas para imponer sus creencias verdaderas en el futuro" (De "Creencias económicas"-MG Editores-Buenos Aires 2022).
Esta tendencia se observa en los políticos evidenciando principalmente que los objetivos personales están muy por encima de los objetivos nacionales o sociales. Es poco esperable que un político argentino vaya a dejar el lugar a alguien más capacitado para resolver los graves problemas que padecemos. Como ejemplo puede mencionarse al candidato liberal Javier Milei quien, al no aceptar críticas del economista, también liberal, Roberto Cachanosky, públicamente lo trató de "hijo de p...". También al economista liberal Ricardo López Murphy lo trató públicamente de "traidor", por participar en un partido político de tendencia socialdemócrata, y también de "delincuente", por considerar que esa es la condición de todos los integrantes de ese partido.
Los seguidores de Milei, típicamente argentinos, reivindican y justifican tal actitud a la vez que se suman a una degradación colectiva contra quienes son atacados verbalmente por su líder. Cuando alguien difiere en algún aspecto, recomiendan "leer tal libro" por cuanto sienten que están en la cima de la sabiduría y aconsejan paternalmente a los desviados de la verdad. Aún así, es posible que en las próximas elecciones uno deba votar por tal personaje "tapándose la nariz" por cuanto los restantes candidatos pueden llegar a ser tanto o más peligrosos.
El sometido intelectualmente al líder, tiende a la vez a someter a los "no creyentes", cambiando la bajeza inicial por la soberbia posterior. Como todas las sectas se sienten poseedoras de la verdad, considerando equivocadas al resto, resulta imposible llegar a algún acuerdo.
La tendencia a no aceptar opiniones diferentes a las propias se acentúa bastante por cuanto existe también la tendencia a opinar sobre todo sin que previamente se haya hecho el trabajo mental asociado al aprendizaje correspondiente. El citado autor escribe al respecto: "Un académico que visitó nuestro país hace algunos años me expresó: «Los argentinos opinan de todo aunque en verdad sepan bastante poco de muchas cosas». En ese momento sentí que era un comentario imprudente, injusto y poco diplomático. Sin embargo, pasado el tiempo he valorado esa opinión -que inicialmente me molestó- tiene mucho sustento y se aproxima bastante a la verdad".
"A través de mi experiencia profesional -ligada a los medios de comunicación y al mundo académico- he corroborado que por lo general los argentinos consideran que son poseedores de un amplio saber, por lo que no sienten la necesidad de capacitarse antes de opinar ni se consideran obligados a guardar silencio ante quienes tienen un conocimiento del que ellos carecen. El ego y la verborragia que caracterizan a nuestra personalidad social los hace hablar sin contención y opinar de todo sin miramientos y limitaciones".
"Sea de fútbol, medicina, contaminación ambiental, economía o espiritismo los argentinos suelen hablar como profesores. Jamás se les escucha decir que no saben sobre un tema o guardar silencio ante las opiniones fundadas de sus interlocutores. Una vez que abren la boca es para dar cátedra, haciendo de la soberbia una de sus características más sobresalientes".
En otros países ocurre algo similar; hábito que ha sido denominado "todología", según lo bautizara Carlos Alberto Montaner, quien escribió al respecto: “Esta característica de nuestra cultura no tendría mayor importancia si no fuera por sus destructivas consecuencias. Esta «todología» -la facultad de hablar acerca de todo sin modestia o conocimiento- practicada con gran entusiasmo por nuestros intelectuales tiene su precio: todo lo que declaran y repiten se convierte en un elemento clave de la creación de una cosmovisión latinoamericana".
"Esta característica de nuestra cultura tiene serias consecuencias, ya que un número significativo de intelectuales latinoamericanos es antioccidente, antiyanquis y antimercado. Más aún, aunque sus puntos de vista son contrarios a la experiencia de veinte naciones que son las más desarrolladas y prósperas de nuestro planeta, de todas formas ejercen una profunda influencia sobre la cosmovisión latinoamericana. Sus pronunciamientos tienen como efecto debilitar la democracia e impedir el desarrollo de una confianza razonable en el futuro. Si los intelectuales promueven la visión de un atemorizador amanecer revolucionario, no debería sorprendernos la fuga de los capitales ni la idea de precariedad que acompaña nuestros sistemas económicos y políticos” (De “La cultura es lo que importa” de S. P. Huntington y L. E. Harrison-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2001).
"Esta manera de ser, sea en el ámbito político, gremial o social, impide los acuerdos y esfuerzos en conjunto con aquellos que piensan distinto o sostienen otras verdades. Para una gran mayoría de los argentinos ceder en sus creencias que se consideran correctas es valorado como un acto de traición. Antes de cambiar alguno de los principios que sostienen prefieren el enfrentamiento y el rechazo de todo lo que no coincida con la verdad que se pregona. Considerar que los demás pueden tener una verdad diferente no está en las consideraciones de los nacionales. Si en algún momento por razones de fuerza o poder deben aceptar objetivos que están contra su verdad lo harán con el solo propósito de juntar fuerzas para imponer sus creencias verdaderas en el futuro" (De "Creencias económicas"-MG Editores-Buenos Aires 2022).
Esta tendencia se observa en los políticos evidenciando principalmente que los objetivos personales están muy por encima de los objetivos nacionales o sociales. Es poco esperable que un político argentino vaya a dejar el lugar a alguien más capacitado para resolver los graves problemas que padecemos. Como ejemplo puede mencionarse al candidato liberal Javier Milei quien, al no aceptar críticas del economista, también liberal, Roberto Cachanosky, públicamente lo trató de "hijo de p...". También al economista liberal Ricardo López Murphy lo trató públicamente de "traidor", por participar en un partido político de tendencia socialdemócrata, y también de "delincuente", por considerar que esa es la condición de todos los integrantes de ese partido.
Los seguidores de Milei, típicamente argentinos, reivindican y justifican tal actitud a la vez que se suman a una degradación colectiva contra quienes son atacados verbalmente por su líder. Cuando alguien difiere en algún aspecto, recomiendan "leer tal libro" por cuanto sienten que están en la cima de la sabiduría y aconsejan paternalmente a los desviados de la verdad. Aún así, es posible que en las próximas elecciones uno deba votar por tal personaje "tapándose la nariz" por cuanto los restantes candidatos pueden llegar a ser tanto o más peligrosos.
El sometido intelectualmente al líder, tiende a la vez a someter a los "no creyentes", cambiando la bajeza inicial por la soberbia posterior. Como todas las sectas se sienten poseedoras de la verdad, considerando equivocadas al resto, resulta imposible llegar a algún acuerdo.
La tendencia a no aceptar opiniones diferentes a las propias se acentúa bastante por cuanto existe también la tendencia a opinar sobre todo sin que previamente se haya hecho el trabajo mental asociado al aprendizaje correspondiente. El citado autor escribe al respecto: "Un académico que visitó nuestro país hace algunos años me expresó: «Los argentinos opinan de todo aunque en verdad sepan bastante poco de muchas cosas». En ese momento sentí que era un comentario imprudente, injusto y poco diplomático. Sin embargo, pasado el tiempo he valorado esa opinión -que inicialmente me molestó- tiene mucho sustento y se aproxima bastante a la verdad".
"A través de mi experiencia profesional -ligada a los medios de comunicación y al mundo académico- he corroborado que por lo general los argentinos consideran que son poseedores de un amplio saber, por lo que no sienten la necesidad de capacitarse antes de opinar ni se consideran obligados a guardar silencio ante quienes tienen un conocimiento del que ellos carecen. El ego y la verborragia que caracterizan a nuestra personalidad social los hace hablar sin contención y opinar de todo sin miramientos y limitaciones".
"Sea de fútbol, medicina, contaminación ambiental, economía o espiritismo los argentinos suelen hablar como profesores. Jamás se les escucha decir que no saben sobre un tema o guardar silencio ante las opiniones fundadas de sus interlocutores. Una vez que abren la boca es para dar cátedra, haciendo de la soberbia una de sus características más sobresalientes".
En otros países ocurre algo similar; hábito que ha sido denominado "todología", según lo bautizara Carlos Alberto Montaner, quien escribió al respecto: “Esta característica de nuestra cultura no tendría mayor importancia si no fuera por sus destructivas consecuencias. Esta «todología» -la facultad de hablar acerca de todo sin modestia o conocimiento- practicada con gran entusiasmo por nuestros intelectuales tiene su precio: todo lo que declaran y repiten se convierte en un elemento clave de la creación de una cosmovisión latinoamericana".
"Esta característica de nuestra cultura tiene serias consecuencias, ya que un número significativo de intelectuales latinoamericanos es antioccidente, antiyanquis y antimercado. Más aún, aunque sus puntos de vista son contrarios a la experiencia de veinte naciones que son las más desarrolladas y prósperas de nuestro planeta, de todas formas ejercen una profunda influencia sobre la cosmovisión latinoamericana. Sus pronunciamientos tienen como efecto debilitar la democracia e impedir el desarrollo de una confianza razonable en el futuro. Si los intelectuales promueven la visión de un atemorizador amanecer revolucionario, no debería sorprendernos la fuga de los capitales ni la idea de precariedad que acompaña nuestros sistemas económicos y políticos” (De “La cultura es lo que importa” de S. P. Huntington y L. E. Harrison-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2001).
viernes, 19 de mayo de 2023
La Argentina anticapitalista y antiempresarial
El elevado porcentaje de pobres e indigentes que existe en la Argentina, reclama por una mejora económica inmediata. Toda mejora económica ha de ser una mejora productiva. Sin embargo, la población argentina, mayoritariamente, es anticapitalista y antiempresarial; justamente se opone a los dos principales factores de la producción: el capital y la empresa.
La educación pública, principalmente, se encarga de un adoctrinamiento político que predica la oposición al capital y a la empresa, siendo condensados ambos bajo el calificativo de "neoliberalismo". Lo grave de la situación es que, bajo tal mentalidad, poca predisposición tendrán los inversores para iniciar actividades productivas cuando perciben que, tarde o temprano, podrán perder sus capitales cuando el voto popular eleve al poder a algún líder socialista que expropie los medios de producción. Esto no es una exageración si se advierte cuál es la opinión predominante de la gente.
Alguien puede decir que la severa crisis económica y social hará despertar cierta concientización respecto del estado de cosas al que nos ha conducido la mentalidad antiproductiva. Sin embargo, debido al adoctrinamiento permanente, tanto educativo como periodístico, se seguirá manifestando que todos los problemas se deben al "neoliberalismo".
Debido a tal estado mental de los argentinos, se acepta tácitamente que la labor principal de los políticos a cargo del Estado consiste en "proteger a la población de las empresas"; de ahí que exista un férreo entramado de controles y prohibiciones que hacen casi imposible la creación de nuevas empresas y el desempeño productivo posterior. Y si alguna empresa llegara a tener importantes ganancias, desde el Estado se trata de confiscarlas amparado en el principio de la "justicia social".
Al existir pocas empresas capaces de sobrevivir en la Argentina, no existe una aceptable competencia, por lo que tampoco se observan las ventajas de un mercado competitivo, llegándose al extremo de que varios empresarios convengan con los políticos de turno para disponer de ventajas y escepciones por parte del Estado.
En una época en que predomina el conocimiento asociado a la producción, el principal capital de una empresa es el capital humano, por lo cual la empresa trata de mantenerlo y no perderlo. Sin embargo, predomina la idea de que el empresario, sí o sí, es un explotador de sus trabajadores, con lo cual los perdería corriendo el riesgo adicional que vayan a formar parte del capital humano de empresas competidoras.
Puede decirse que los países subdesarrollados económica y socialmente, son mentalmente subdesarrollados. Tal subdesarrollo mental es el que impide salir del atraso. De ahí que son pocas las esperanzas de mejorar el sistema productivo sin que previamente mejore la mentalidad generalizada de la sociedad.
En cuanto a las creencias al respecto, Ernesto Sandler escribió: "Forma parte de la idiosincracia nacional tener una opinión negativa sobre las empresas privadas y de manera especial sobre los empresarios. Frases como «empresas ricas con empleados pobres» o «los empresarios se llenan los bolsillos explotando a los trabajadores» son parte del repertorio habitual de los argentinos".
"Las mayorías sociales están convencidas de que las organizaciones empresariales siempre perjudican a sus empleados, suelen ser opresivas, lavan dinero, se llevan las ganancias al exterior, se quedan con gran parte de la riqueza producida, contaminan el medio ambiente y ejercen presión sobre los gobiernos para lograr beneficios".
"A pesar del reconocimiento que tienen las empresas privadas en el mundo desarrollado -socialista o capitalista- por su importante función en la creación de riqueza, las innovaciones, la generación de empleo y el aporte de recursos al Estado, en nuestro país gran parte de la sociedad tiene un rechazo emocional y racional hacia las empresas de capital privado".
"Los nacionales consideran que la empresa privada es la representación del mal porque es sinónimo de explotación de los trabajadores y de apropiación de ganancias que no le corresponden. Socialmente son valoradas como enemigas del sector trabajador y contrarias al bien común porque sólo benefician a sus titulares. Por esta razón los argentinos coinciden en que si se les da libertad y no se las controla, las empresas constituyen una traba para el desarrollo social, la distribución equitativa de la riqueza y el beneficio de los trabajadores".
"Esa percepción que se tiene de las empresas privadas es una de las razones por las cuales la mayoría social reclama que el Estado les corte las uñas a sus garras. Dejarlas en libertad es hacer la vista gorda a la explotación, las injusticias, los abusos, la desigualdad, los precios altos, la contaminación y la manipulación del mercado. Concederles la libertad económica para producir, comerciar e invertir es otorgarles una autorización para que los lobos se hagan cargo de un rebaño de ovejas.
"A partir de esta mirada aprensiva y descalificadora los dirigentes políticos y sindicales han promovido históricamente la sanción de una inmensa normativa jurídica para condicionar la libertad económica de las empresas, su relación con los empleados, las inversiones que realizan, las habilitaciones para producir, la carga impositiva, la fijación de precios y la distribución de sus ganancias, entre una larga lista de controles" (De "Creencias económicas"-MG Editores-Buenos Aires 2022).
La educación pública, principalmente, se encarga de un adoctrinamiento político que predica la oposición al capital y a la empresa, siendo condensados ambos bajo el calificativo de "neoliberalismo". Lo grave de la situación es que, bajo tal mentalidad, poca predisposición tendrán los inversores para iniciar actividades productivas cuando perciben que, tarde o temprano, podrán perder sus capitales cuando el voto popular eleve al poder a algún líder socialista que expropie los medios de producción. Esto no es una exageración si se advierte cuál es la opinión predominante de la gente.
Alguien puede decir que la severa crisis económica y social hará despertar cierta concientización respecto del estado de cosas al que nos ha conducido la mentalidad antiproductiva. Sin embargo, debido al adoctrinamiento permanente, tanto educativo como periodístico, se seguirá manifestando que todos los problemas se deben al "neoliberalismo".
Debido a tal estado mental de los argentinos, se acepta tácitamente que la labor principal de los políticos a cargo del Estado consiste en "proteger a la población de las empresas"; de ahí que exista un férreo entramado de controles y prohibiciones que hacen casi imposible la creación de nuevas empresas y el desempeño productivo posterior. Y si alguna empresa llegara a tener importantes ganancias, desde el Estado se trata de confiscarlas amparado en el principio de la "justicia social".
Al existir pocas empresas capaces de sobrevivir en la Argentina, no existe una aceptable competencia, por lo que tampoco se observan las ventajas de un mercado competitivo, llegándose al extremo de que varios empresarios convengan con los políticos de turno para disponer de ventajas y escepciones por parte del Estado.
En una época en que predomina el conocimiento asociado a la producción, el principal capital de una empresa es el capital humano, por lo cual la empresa trata de mantenerlo y no perderlo. Sin embargo, predomina la idea de que el empresario, sí o sí, es un explotador de sus trabajadores, con lo cual los perdería corriendo el riesgo adicional que vayan a formar parte del capital humano de empresas competidoras.
Puede decirse que los países subdesarrollados económica y socialmente, son mentalmente subdesarrollados. Tal subdesarrollo mental es el que impide salir del atraso. De ahí que son pocas las esperanzas de mejorar el sistema productivo sin que previamente mejore la mentalidad generalizada de la sociedad.
En cuanto a las creencias al respecto, Ernesto Sandler escribió: "Forma parte de la idiosincracia nacional tener una opinión negativa sobre las empresas privadas y de manera especial sobre los empresarios. Frases como «empresas ricas con empleados pobres» o «los empresarios se llenan los bolsillos explotando a los trabajadores» son parte del repertorio habitual de los argentinos".
"Las mayorías sociales están convencidas de que las organizaciones empresariales siempre perjudican a sus empleados, suelen ser opresivas, lavan dinero, se llevan las ganancias al exterior, se quedan con gran parte de la riqueza producida, contaminan el medio ambiente y ejercen presión sobre los gobiernos para lograr beneficios".
"A pesar del reconocimiento que tienen las empresas privadas en el mundo desarrollado -socialista o capitalista- por su importante función en la creación de riqueza, las innovaciones, la generación de empleo y el aporte de recursos al Estado, en nuestro país gran parte de la sociedad tiene un rechazo emocional y racional hacia las empresas de capital privado".
"Los nacionales consideran que la empresa privada es la representación del mal porque es sinónimo de explotación de los trabajadores y de apropiación de ganancias que no le corresponden. Socialmente son valoradas como enemigas del sector trabajador y contrarias al bien común porque sólo benefician a sus titulares. Por esta razón los argentinos coinciden en que si se les da libertad y no se las controla, las empresas constituyen una traba para el desarrollo social, la distribución equitativa de la riqueza y el beneficio de los trabajadores".
"Esa percepción que se tiene de las empresas privadas es una de las razones por las cuales la mayoría social reclama que el Estado les corte las uñas a sus garras. Dejarlas en libertad es hacer la vista gorda a la explotación, las injusticias, los abusos, la desigualdad, los precios altos, la contaminación y la manipulación del mercado. Concederles la libertad económica para producir, comerciar e invertir es otorgarles una autorización para que los lobos se hagan cargo de un rebaño de ovejas.
"A partir de esta mirada aprensiva y descalificadora los dirigentes políticos y sindicales han promovido históricamente la sanción de una inmensa normativa jurídica para condicionar la libertad económica de las empresas, su relación con los empleados, las inversiones que realizan, las habilitaciones para producir, la carga impositiva, la fijación de precios y la distribución de sus ganancias, entre una larga lista de controles" (De "Creencias económicas"-MG Editores-Buenos Aires 2022).
jueves, 18 de mayo de 2023
Igualitarismo, libertinaje y masificación
La crisis social de nuestra época puede asociarse al fenómeno de la masificación, siendo el hombre-masa aquel que piensa y actúa como la mayoría lo hace, sin que sus decisiones estén orientadas por algún principio moral. Como síntomas de este proceso se advierte la búsqueda y promoción de la "igualdad", que en realidad es un igualitarismo que reconoce derechos y rechaza deberes. También se busca la "libertad", disociada de la responsabilidad, por lo cual resulta la búsqueda de la legitimación del libertinaje.
El igualitarismo dista de ser la igualdad promovida por el "amarás al prójimo al igual que a ti mismo", ya que se busca una igualdad que trata de rebajar a todo aquel individuo que intenta elevarse sobre la mediocridad y la masificación, siendo la envidia el principal motor del proceso. Alfredo Sáenz escribió: "Por lo general, el proceso de nivelación uniforma por lo bajo. En Norteamérica, escribe Ortega, se dice que ser diferente es ser indecente. «La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado». Pero enseguida agrega: «Claro que este 'todo el mundo' no es 'todo el mundo'». «Todo el mundo» era, normalmente, la unidad compleja de masa y minorías discrepantes, especiales. Ahora «todo el mundo» es sólo la masa".
También el hombre masa entiende por "libertad", no la situación personal derivada de un aumento de responsabilidad e individualidad, sino la posibilidad de hacer lo que le viene en ganas, que no es otra cosa que el libertinaje. Al no sentirse atado al cumplimiento de deberes, tiende a ignorar las leyes establecidas o admitidas por la sociedad de la que forma parte. De ahí que la Argentina haya sido definida como "Un país al margen de la ley" (Carlos Nino).
Si uno se pregunta por qué una gran mayoría de votantes apoya electoralmente a políticos populistas o totalitarios, podrá advertir que lo hacen porque tales políticos hablan todo el tiempo de "igualdad", significando el mencionado igualitarismo. Los sistemas totalitarios, por otra parte, han conformado la exaltación de la masificación colectiva, porque prometieron una igualdad absoluta asociada a una eximición de toda responsabilidad individual, que es justamente lo que ambiciona el hombre-masa.
Respecto de los sistemas totalitarios, Alfredo Sáenz escribió: "La Revolución soviética se propuso concretar el proyecto igualitario, pero en un gran hormiguero social. Si antes el burgués intentó rebajar al noble poniéndolo a su nivel, ahora el proletario buscaría lo mismo, haciendo que el burgués descendiese de su rango. Siempre un movimiento que tiende hacia abajo".
"El trasfondo ideológico de la lucha de clases, del combate del proletariado contra la burguesía, no es sino la expresión de un marcado complejo de inferioridad. La clase «explotada» busca su liberación, y a la envidia humillada sucede el orgullo de clase. «Nada somos, seámoslo todo», canta la Internacional, resumiendo en un solo verso el proceso ideológico de la dictadura del proletariado".
"En el fondo, esta desembozada tendencia a igualarlo todo tiene no poco que ver con la propensión al facilismo. En vez de subir uno, hacer bajar a los demás. Aquí interviene lo que Nietzsche llamaba «la ley de la transmutación de los valores», el hombre sigue aún reconociendo un sistema de valores, como meta digna de su existencia, pero en vez de los valores sublimes, cuya adquisición requiere un gesto de energía y una vigorosa afirmación de la personalidad, prefiere valores enclenques, que pueden obtenerse sin fatiga y sobre todo sin sacrificio" (De "El hombre moderno"-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1998).
Varias decenas de años atrás, Ortega y Gasset advertía los peligros de la masificación de las sociedades. Lamentablemente, sus advertencias no fueron tenidas en cuenta; la severa decadencia de la Argentina, asociada principalmente al peronismo, coincide en forma casi total con las descripciones que aparecen en su libro La rebelión de las masas. Sáenz agrega: "Lo más grave es que este hombre-masa, sabiéndose vulgar, y entendiendo que ha logrado poner a todos a su nivel, tiene el coraje de afirmar, como nos decía Ortega, el derecho a la vulgaridad, y tratar de imponerlo a los demás".
"Antes era conducido por los más capaces, ahora ya no hay «más capaces que él», por lo que pretende dirigir y gobernar a sus compatriotas, incluidos los realmente capacitados. Este hombre piensa que la vida es fácil, holgada, sin exigencias de perfeccionamiento, lo que lo lleva a afirmarse a sí mismo tal cual es, contentándose con su haber moral e intelectual. De este modo, al tiempo que anhela ejercer dominio político, se cree capaz de opinar omne re scibile, juzgando, decidiendo y pronunciándose, dogmáticamente y sin información alguna, sobre las más delicadas cuestiones de orden moral y social".
El igualitarismo dista de ser la igualdad promovida por el "amarás al prójimo al igual que a ti mismo", ya que se busca una igualdad que trata de rebajar a todo aquel individuo que intenta elevarse sobre la mediocridad y la masificación, siendo la envidia el principal motor del proceso. Alfredo Sáenz escribió: "Por lo general, el proceso de nivelación uniforma por lo bajo. En Norteamérica, escribe Ortega, se dice que ser diferente es ser indecente. «La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado». Pero enseguida agrega: «Claro que este 'todo el mundo' no es 'todo el mundo'». «Todo el mundo» era, normalmente, la unidad compleja de masa y minorías discrepantes, especiales. Ahora «todo el mundo» es sólo la masa".
También el hombre masa entiende por "libertad", no la situación personal derivada de un aumento de responsabilidad e individualidad, sino la posibilidad de hacer lo que le viene en ganas, que no es otra cosa que el libertinaje. Al no sentirse atado al cumplimiento de deberes, tiende a ignorar las leyes establecidas o admitidas por la sociedad de la que forma parte. De ahí que la Argentina haya sido definida como "Un país al margen de la ley" (Carlos Nino).
Si uno se pregunta por qué una gran mayoría de votantes apoya electoralmente a políticos populistas o totalitarios, podrá advertir que lo hacen porque tales políticos hablan todo el tiempo de "igualdad", significando el mencionado igualitarismo. Los sistemas totalitarios, por otra parte, han conformado la exaltación de la masificación colectiva, porque prometieron una igualdad absoluta asociada a una eximición de toda responsabilidad individual, que es justamente lo que ambiciona el hombre-masa.
Respecto de los sistemas totalitarios, Alfredo Sáenz escribió: "La Revolución soviética se propuso concretar el proyecto igualitario, pero en un gran hormiguero social. Si antes el burgués intentó rebajar al noble poniéndolo a su nivel, ahora el proletario buscaría lo mismo, haciendo que el burgués descendiese de su rango. Siempre un movimiento que tiende hacia abajo".
"El trasfondo ideológico de la lucha de clases, del combate del proletariado contra la burguesía, no es sino la expresión de un marcado complejo de inferioridad. La clase «explotada» busca su liberación, y a la envidia humillada sucede el orgullo de clase. «Nada somos, seámoslo todo», canta la Internacional, resumiendo en un solo verso el proceso ideológico de la dictadura del proletariado".
"En el fondo, esta desembozada tendencia a igualarlo todo tiene no poco que ver con la propensión al facilismo. En vez de subir uno, hacer bajar a los demás. Aquí interviene lo que Nietzsche llamaba «la ley de la transmutación de los valores», el hombre sigue aún reconociendo un sistema de valores, como meta digna de su existencia, pero en vez de los valores sublimes, cuya adquisición requiere un gesto de energía y una vigorosa afirmación de la personalidad, prefiere valores enclenques, que pueden obtenerse sin fatiga y sobre todo sin sacrificio" (De "El hombre moderno"-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1998).
Varias decenas de años atrás, Ortega y Gasset advertía los peligros de la masificación de las sociedades. Lamentablemente, sus advertencias no fueron tenidas en cuenta; la severa decadencia de la Argentina, asociada principalmente al peronismo, coincide en forma casi total con las descripciones que aparecen en su libro La rebelión de las masas. Sáenz agrega: "Lo más grave es que este hombre-masa, sabiéndose vulgar, y entendiendo que ha logrado poner a todos a su nivel, tiene el coraje de afirmar, como nos decía Ortega, el derecho a la vulgaridad, y tratar de imponerlo a los demás".
"Antes era conducido por los más capaces, ahora ya no hay «más capaces que él», por lo que pretende dirigir y gobernar a sus compatriotas, incluidos los realmente capacitados. Este hombre piensa que la vida es fácil, holgada, sin exigencias de perfeccionamiento, lo que lo lleva a afirmarse a sí mismo tal cual es, contentándose con su haber moral e intelectual. De este modo, al tiempo que anhela ejercer dominio político, se cree capaz de opinar omne re scibile, juzgando, decidiendo y pronunciándose, dogmáticamente y sin información alguna, sobre las más delicadas cuestiones de orden moral y social".
miércoles, 17 de mayo de 2023
De qué hablamos cuando hablamos de liberalismo
Por Armando Ribas
Aparentemente uno de los conceptos más confusos en el léxico político es el liberalismo. Tanto así que en Estados Unidos, el eje quasi fundacional del sistema liberal, se les llama liberales a los socialistas. Y esta confusión es tanto más dramática por cuanto el sistema liberal y el socialista representan la antítesis política prevaleciente.
Otros de los aspectos que nos lleva a la confusión es el del conservadorismo. En tanto que el liberalismo es un sistema el conservadorismo es una actitud valorativa frente a la vida. En otras palabras, se puede ser liberal y conservador y liberal y no conservador respecto a supuestos valores preestablecidos en la sociedad. El conservadorismo implica asimismo la adhesión al status quo, y desde tal punto de vista se puede ser conservador y comunista nacionalista.
El pensar que un liberal debe aceptar el matrimonio homosexual, la libertad sexual o el aborto per se, es otra de las aberraciones de la semántica política. El liberalismo es un sistema político que parte del reconocimiento de la naturaleza falible del hombre. Y esa falibilidad se encuentra tanto en el ámbito de la razón como en el de las creencias.
Podría decirse que la idea liberal comienza con John Locke y la publicación de sus Tratados del Gobierno Civil, y la importante Carta de la Tolerancia. Fue entonces que a partir de la idea primigenia de la falibilidad de la naturaleza humana que Locke desafió la noción del derecho divino de los reyes y reconociera que "los monarcas también son hombres". Por tanto estableció la necesidad de que se limitaran las prerrogativas del rey, a fin de proteger los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y el derecho a la búsqueda de la propia felicidad.
En función de esas ideas se produjo en Inglaterra la Glorious Revolution en 1688, cuando empezara la transformación política inglesa, que le permitiera adelantarse a Europa, y surgiera la denominada Revolución Industrial. Esta última fue la consecuencia de la revolución ético política mencionada. Más tarde en pleno siglo XVIII David Hume, en su historia de Inglaterra reconoció el atraso y la falta de libertad en Inglaterra hasta la llegada de la Glorious Revolution. Partiendo entonces de criterios empíricos llegó a conclusiones similares a las de Locke y desarrolló lo que considero el criterio fundamental del liberalismo establecido por Hume: "Dado que la naturaleza humana es inmodificable, si queremos cambiar los comportamientos tenemos que cambiar las circunstancias".
Por esa razón igualmente sostenía la diferencia entre moral y justicia y escribió "si la naturaleza fuera pródiga y los hombres generosos, la justicia no tendría razón de ser". Y consecuentemente: "La estabilidad de la sociedad dependía de la seguridad en la posesión la transferencia por consenso y el cumplimiento de las promesas".
LLEGA ADAM
En esa línea continuó el pensamiento escocés con la llegada de Adam Smith. Diría que el pensamiento fundamental del maestro de los Sentimientos Morales fue el desarrollo de la idea de la mano invisible. Así dijo: "En la búsqueda de su propio provecho el individuo colabora con los demás. He visto muy poco bien hecho por aquellos que pretenden actuar por el bien público".
En estas sabias palabras se reconocía una vez más el principio liminar del liberalismo y es que los intereses particulares no son contrarios al interés general. Fue en ese sentido que Alberdi dijera: "El egoísmo bien entendido de los ciudadanos, es sólo un vicio para el egoísmo de los gobiernos que personifican los Estados".
Fue esa línea de pensamiento la aceptada por las Founding Fathers, por más que probablemente dado el agnogticismo de David Hume jamás fue citado por ellos. Tanto así que según tengo entendido Thomas Jefferson prohibió la enseñanza de La Historia de Inglaterra de David Hume en la Universidad de Filadelfia. Pero no podemos ver más que los principios del pensamiento de Hume en las declaraciones de James Madison en la Carta 51 de El Federalista donde escribió: "Pero que es el gobierno en sí sino la mayor de todas las reflexiones sobre la naturaleza humana. Si los hombres fueran ángeles ningún gobierno sería necesario. Si los ángeles fueran a gobernar a los hombres ningún control interno o externo sería necesario. Pero al formar un gobierno que va a ser administrado por hombres sobre hombres la gran dificultad yace en esto: Primero se debe capacitar al gobierno para controlar a los gobernados; y en segundo lugar obligarlo a controlarse a si mismo".
EL GRAN ADVERSARIO
Frente a este pensamiento que diera por resultado la libertad individual y la creación de riqueza en la historia se desarrolló el pensamiento continental europeo del cual surgiera el nacionalismo y el socialismo. Fue la filosofía política franco-germánica el origen de los sistemas totalitarios europeos, basados en lo que he denominado el oscurantismo de la razón (racionalismo) y la universalización racionalista de sentimientos particulares, que constituye el romanticismo político.
Puedo decir que el iniciador de esas ideas fue Jean Jacques Rousseau, quien en el Ensayo sobre las Ciencias y las Artes sostuvo que cuando estas avanzan decae la moral. Seguidamente siguió con el Origen de las Desigualdades del Hombre donde estableció que la causa era la propiedad privada: "La tierra no es de nadie y sus frutos son de todos".
Y por último en el Contrato Social estableció la necesidad de la creación de un hombre nuevo y así como la justificación del poder político absoluto en el ámbito de la razón como consecuencia de la voluntad general. Así determinó el bien común como un objetivo tan obvio que nadie podía dejar de reconocer y que no era necesaria la distribución del poder político pues a partir de lo que considero la antropormoficación del Estado, y por tanto no podía tener ningún interés en perjudicar a sus miembros.
Casi contemporáneo con Hume, Emmanuel Kant, consideró a Rousseau el Newton de las ciencias morales. En su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres estableció el primer imperativo categórico, que constituyó el principio de la moral racionalista, que el denominara la autonomía de la razón frente a lo que consideraba la heteronomia de la razón, que fuera la moral basada en los mandatos divinos.
En función de ese pensamiento determinó que la búsqueda de la propia felicidad era contraria a la moral, pues esta sólo surgía cuando se actuaba por deber y no por placer o por interés. Y en el plano de la política encontró la razón en la historia y el antagonismo como el principio a través del cual se proyectaba la razón en la historia. Siguiendo pues las doctrinas de Rousseau sobre el bien común estableció que el poder supremo sólo tenía derechos y no obligaciones frente a los súbditos, y por tanto no podía existir ningún poder que limitara al poder supremo ni aun en los casos en que este violase la Constitución. Por último, pero no menos importante, descalificó el comercio, por ser una actividad que se llevaba a cabo por interés y no por deber. Por tanto igualmente descalificó al pueblo judío cuando escribiera: "Los palestinos que viven entre nosotros deben su no inmerecida reputación por hacer fraude (al menos la mayoría de ellos) a su espíritu de usura, que los ha poseído desde su exilio. Ciertamente parece extraño concebir una nación de tramposos, pero es tan extraño como concebir una nación de comerciantes".
LA DIVINA IDEA
Siguiendo los pasos del filósofo de Köenigsberg, llegó Hegel a la palestra con su historicismo a través de la dialéctica por la cual la razón en la historia estaba asimismo imbuida de la voluntad de Dios. O sea lo que he llamado el logoleísmo.
Así surge el Estado como "la divina idea tal como se manifiesta sobre la tierra" y por tanto el individuo no tiene más razón de ser que su pertenencia al Estado. O sea llegamos al realismo de los universales donde el individuo como tal deja de tener entidad propia pues sólo es parte.
Hegel entonces describe la dialéctica no ya como forma de acceso al conocimiento, sino como la dinámica a través de la cual avanza la razón en la historia. Así la misma se desarrolla a través de la lucha entre los Estados y la guerra era la virtud por antonomasia frente a la concupiscencia de las corporaciones. Por tanto, dado que la razón estaba en la historia ésta había avanzado de las naciones orientales donde nadie era libre, a las democracias griegas donde algunos eran libres, al imperio germánico donde todos eran libres. Y por supuesto la burocracia representaba al interés general contra los intereses particulares y por tanto siguiendo igualmente a Kant determinó que el monarca no puede tener ningún límite a su poder pues él representa la voluntad general.
Es en el camino de la dialéctica que aparece Marx en la escena pues discute a Hegel desde su propia filosofía y siguiendo los pasos de Rousseau, de la razón en la historia pasa al romanticismo utópico político. Así la dialéctica de la historia se manifiesta en la lucha de clases, en la cual el socialismo es la síntesis y el final de la historia pues se habría alcanzado la eliminación de los antagonismos, y la libertad como consecuencia de haberse superado la escasez. El Estado sería sustituido por la dictadura del proletariado para eliminar la propiedad privada, y finalmente el Estado desaparecería con el fin de los antagonismos. Así los universales se constituirían en el pueblo y la sociedad y superada la escasez pues se habría eliminado la división del trabajo y el comunismo sería la última expresión del romanticismo político.
No obstante Marx, en 1848 en el Manifiesto Comunista, reconoce que la burguesía en sólo cien años había creado más riquezas y más fuerzas productivas que todas las generaciones precedentes. Pero no obstante este hecho era producto de la explotación del hombre por el hombre, medio por el cual se descalificó éticamente al sistema que llamara sistema capitalista.
ANTITETICOS
Visto lo que antecede no podemos dejar de recordar que existen dos sistemas políticos basados en conceptos biológicos, éticos y políticos antitéticos. Por ello cuando se habla de la libertad, es necesario que se reconozca su primera instancia como consecuencia del sistema. Si este es sustituido, la libertad desaparece junto con el sistema.
Por tanto permítanme una conclusión. Una democracia en la que existe un partido liberal y otro socialista es una contradicción en términos. Pues la libertad que surge del sistema liberal por definición desaparece cuando se establece el sistema socialista, donde los derechos individuales son sustituidos por los derechos del pueblo.
Y cuando los derechos son del pueblo, la realidad es el poder político absoluto del Estado para violar los derechos individuales. Y los derechos individuales no son los derechos humanos que, impregnados de los derechos del pueblo, son su antítesis.
(De www.laprensa.com.ar)
Aparentemente uno de los conceptos más confusos en el léxico político es el liberalismo. Tanto así que en Estados Unidos, el eje quasi fundacional del sistema liberal, se les llama liberales a los socialistas. Y esta confusión es tanto más dramática por cuanto el sistema liberal y el socialista representan la antítesis política prevaleciente.
Otros de los aspectos que nos lleva a la confusión es el del conservadorismo. En tanto que el liberalismo es un sistema el conservadorismo es una actitud valorativa frente a la vida. En otras palabras, se puede ser liberal y conservador y liberal y no conservador respecto a supuestos valores preestablecidos en la sociedad. El conservadorismo implica asimismo la adhesión al status quo, y desde tal punto de vista se puede ser conservador y comunista nacionalista.
El pensar que un liberal debe aceptar el matrimonio homosexual, la libertad sexual o el aborto per se, es otra de las aberraciones de la semántica política. El liberalismo es un sistema político que parte del reconocimiento de la naturaleza falible del hombre. Y esa falibilidad se encuentra tanto en el ámbito de la razón como en el de las creencias.
Podría decirse que la idea liberal comienza con John Locke y la publicación de sus Tratados del Gobierno Civil, y la importante Carta de la Tolerancia. Fue entonces que a partir de la idea primigenia de la falibilidad de la naturaleza humana que Locke desafió la noción del derecho divino de los reyes y reconociera que "los monarcas también son hombres". Por tanto estableció la necesidad de que se limitaran las prerrogativas del rey, a fin de proteger los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y el derecho a la búsqueda de la propia felicidad.
En función de esas ideas se produjo en Inglaterra la Glorious Revolution en 1688, cuando empezara la transformación política inglesa, que le permitiera adelantarse a Europa, y surgiera la denominada Revolución Industrial. Esta última fue la consecuencia de la revolución ético política mencionada. Más tarde en pleno siglo XVIII David Hume, en su historia de Inglaterra reconoció el atraso y la falta de libertad en Inglaterra hasta la llegada de la Glorious Revolution. Partiendo entonces de criterios empíricos llegó a conclusiones similares a las de Locke y desarrolló lo que considero el criterio fundamental del liberalismo establecido por Hume: "Dado que la naturaleza humana es inmodificable, si queremos cambiar los comportamientos tenemos que cambiar las circunstancias".
Por esa razón igualmente sostenía la diferencia entre moral y justicia y escribió "si la naturaleza fuera pródiga y los hombres generosos, la justicia no tendría razón de ser". Y consecuentemente: "La estabilidad de la sociedad dependía de la seguridad en la posesión la transferencia por consenso y el cumplimiento de las promesas".
LLEGA ADAM
En esa línea continuó el pensamiento escocés con la llegada de Adam Smith. Diría que el pensamiento fundamental del maestro de los Sentimientos Morales fue el desarrollo de la idea de la mano invisible. Así dijo: "En la búsqueda de su propio provecho el individuo colabora con los demás. He visto muy poco bien hecho por aquellos que pretenden actuar por el bien público".
En estas sabias palabras se reconocía una vez más el principio liminar del liberalismo y es que los intereses particulares no son contrarios al interés general. Fue en ese sentido que Alberdi dijera: "El egoísmo bien entendido de los ciudadanos, es sólo un vicio para el egoísmo de los gobiernos que personifican los Estados".
Fue esa línea de pensamiento la aceptada por las Founding Fathers, por más que probablemente dado el agnogticismo de David Hume jamás fue citado por ellos. Tanto así que según tengo entendido Thomas Jefferson prohibió la enseñanza de La Historia de Inglaterra de David Hume en la Universidad de Filadelfia. Pero no podemos ver más que los principios del pensamiento de Hume en las declaraciones de James Madison en la Carta 51 de El Federalista donde escribió: "Pero que es el gobierno en sí sino la mayor de todas las reflexiones sobre la naturaleza humana. Si los hombres fueran ángeles ningún gobierno sería necesario. Si los ángeles fueran a gobernar a los hombres ningún control interno o externo sería necesario. Pero al formar un gobierno que va a ser administrado por hombres sobre hombres la gran dificultad yace en esto: Primero se debe capacitar al gobierno para controlar a los gobernados; y en segundo lugar obligarlo a controlarse a si mismo".
EL GRAN ADVERSARIO
Frente a este pensamiento que diera por resultado la libertad individual y la creación de riqueza en la historia se desarrolló el pensamiento continental europeo del cual surgiera el nacionalismo y el socialismo. Fue la filosofía política franco-germánica el origen de los sistemas totalitarios europeos, basados en lo que he denominado el oscurantismo de la razón (racionalismo) y la universalización racionalista de sentimientos particulares, que constituye el romanticismo político.
Puedo decir que el iniciador de esas ideas fue Jean Jacques Rousseau, quien en el Ensayo sobre las Ciencias y las Artes sostuvo que cuando estas avanzan decae la moral. Seguidamente siguió con el Origen de las Desigualdades del Hombre donde estableció que la causa era la propiedad privada: "La tierra no es de nadie y sus frutos son de todos".
Y por último en el Contrato Social estableció la necesidad de la creación de un hombre nuevo y así como la justificación del poder político absoluto en el ámbito de la razón como consecuencia de la voluntad general. Así determinó el bien común como un objetivo tan obvio que nadie podía dejar de reconocer y que no era necesaria la distribución del poder político pues a partir de lo que considero la antropormoficación del Estado, y por tanto no podía tener ningún interés en perjudicar a sus miembros.
Casi contemporáneo con Hume, Emmanuel Kant, consideró a Rousseau el Newton de las ciencias morales. En su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres estableció el primer imperativo categórico, que constituyó el principio de la moral racionalista, que el denominara la autonomía de la razón frente a lo que consideraba la heteronomia de la razón, que fuera la moral basada en los mandatos divinos.
En función de ese pensamiento determinó que la búsqueda de la propia felicidad era contraria a la moral, pues esta sólo surgía cuando se actuaba por deber y no por placer o por interés. Y en el plano de la política encontró la razón en la historia y el antagonismo como el principio a través del cual se proyectaba la razón en la historia. Siguiendo pues las doctrinas de Rousseau sobre el bien común estableció que el poder supremo sólo tenía derechos y no obligaciones frente a los súbditos, y por tanto no podía existir ningún poder que limitara al poder supremo ni aun en los casos en que este violase la Constitución. Por último, pero no menos importante, descalificó el comercio, por ser una actividad que se llevaba a cabo por interés y no por deber. Por tanto igualmente descalificó al pueblo judío cuando escribiera: "Los palestinos que viven entre nosotros deben su no inmerecida reputación por hacer fraude (al menos la mayoría de ellos) a su espíritu de usura, que los ha poseído desde su exilio. Ciertamente parece extraño concebir una nación de tramposos, pero es tan extraño como concebir una nación de comerciantes".
LA DIVINA IDEA
Siguiendo los pasos del filósofo de Köenigsberg, llegó Hegel a la palestra con su historicismo a través de la dialéctica por la cual la razón en la historia estaba asimismo imbuida de la voluntad de Dios. O sea lo que he llamado el logoleísmo.
Así surge el Estado como "la divina idea tal como se manifiesta sobre la tierra" y por tanto el individuo no tiene más razón de ser que su pertenencia al Estado. O sea llegamos al realismo de los universales donde el individuo como tal deja de tener entidad propia pues sólo es parte.
Hegel entonces describe la dialéctica no ya como forma de acceso al conocimiento, sino como la dinámica a través de la cual avanza la razón en la historia. Así la misma se desarrolla a través de la lucha entre los Estados y la guerra era la virtud por antonomasia frente a la concupiscencia de las corporaciones. Por tanto, dado que la razón estaba en la historia ésta había avanzado de las naciones orientales donde nadie era libre, a las democracias griegas donde algunos eran libres, al imperio germánico donde todos eran libres. Y por supuesto la burocracia representaba al interés general contra los intereses particulares y por tanto siguiendo igualmente a Kant determinó que el monarca no puede tener ningún límite a su poder pues él representa la voluntad general.
Es en el camino de la dialéctica que aparece Marx en la escena pues discute a Hegel desde su propia filosofía y siguiendo los pasos de Rousseau, de la razón en la historia pasa al romanticismo utópico político. Así la dialéctica de la historia se manifiesta en la lucha de clases, en la cual el socialismo es la síntesis y el final de la historia pues se habría alcanzado la eliminación de los antagonismos, y la libertad como consecuencia de haberse superado la escasez. El Estado sería sustituido por la dictadura del proletariado para eliminar la propiedad privada, y finalmente el Estado desaparecería con el fin de los antagonismos. Así los universales se constituirían en el pueblo y la sociedad y superada la escasez pues se habría eliminado la división del trabajo y el comunismo sería la última expresión del romanticismo político.
No obstante Marx, en 1848 en el Manifiesto Comunista, reconoce que la burguesía en sólo cien años había creado más riquezas y más fuerzas productivas que todas las generaciones precedentes. Pero no obstante este hecho era producto de la explotación del hombre por el hombre, medio por el cual se descalificó éticamente al sistema que llamara sistema capitalista.
ANTITETICOS
Visto lo que antecede no podemos dejar de recordar que existen dos sistemas políticos basados en conceptos biológicos, éticos y políticos antitéticos. Por ello cuando se habla de la libertad, es necesario que se reconozca su primera instancia como consecuencia del sistema. Si este es sustituido, la libertad desaparece junto con el sistema.
Por tanto permítanme una conclusión. Una democracia en la que existe un partido liberal y otro socialista es una contradicción en términos. Pues la libertad que surge del sistema liberal por definición desaparece cuando se establece el sistema socialista, donde los derechos individuales son sustituidos por los derechos del pueblo.
Y cuando los derechos son del pueblo, la realidad es el poder político absoluto del Estado para violar los derechos individuales. Y los derechos individuales no son los derechos humanos que, impregnados de los derechos del pueblo, son su antítesis.
(De www.laprensa.com.ar)
martes, 16 de mayo de 2023
La igualdad (según Esteban Echeverría)
La igualdad, asociada a una equitativa asignación de deberes y derechos, difiere del igualitarismo, mediante el cual sólo se contempla la "igualitaria" asignación de derechos. Cuando los derechos corresponden sólo a la clase gobernante, tenemos una oligarquía o bien un socialismo real (no teórico). Cuando los derechos son exigidos por el hombre-masa, y rechazados los deberes, surge el fenómeno de la rebelión de las masas, que exigen ser alimentados y mantenidos por el resto de la sociedad a través del Estado.
Este necesario equilibrio entre deberes y derechos fue advertido por Esteban Echevería en el siglo XIX, escribiendo al respecto: La igualdad consiste en que esos derechos y deberes sean igualmente admitidos y declarados por todos, en que nadie pueda substraerse a la acción de la ley que los formula, en que cada hombre participe igualmente del goce proporcional a su inteligencia y trabajo. Todo privilegio es un atentado a la igualdad (De "Los fundadores de la república" de Ricardo López Götigg-Editorial Grito Sagrado-Buenos Aires 2006).
En cuanto a todo lo que atenta contra la igualdad (que puede observarse en la práctica en la actual Argentina peronista) Echeverría escribía:
No hay igualdad donde la clase rica se sobrepone, y tiene más fueros que las otras.
Donde cierta clase monopoliza los destinos públicos.
Donde el influjo y el poder paraliza para los unos la acción de la ley, y para los otros la robustece.
Donde sólo los partidos, no la nación, son soberanos.
Donde las contribuciones no están igualmente repartidas, y en proporción a los bienes e industria de cada uno.
Donde la clase pobre sufre sola las cargas sociales más penosas, como la milicia.
Donde el último satélite del poder puede impunemente violar la seguridad y la libertad del ciudadano.
Donde las recompensas y empleos no se dan al mérito probado por hechos.
Donde cada empleado es un mandarín, ante quien debe inclinar la cabeza el ciudadano.
Donde los empleados son agentes serviles del poder, no asalariados y dependientes de la nación.
Donde los partidos otorgan a su antojo títulos y recompensas.
Donde no tiene merecimientos el talento y la probidad, sino la estupidez rastrera y la adulación.
Es también atentatorio a la igualdad, todo privilegio otorgado a corporación civil, militar o religiosa, academia o universidad; toda ley excepcional y de circunstancias.
La sociedad o el poder que la representa, debe a todos sus miembros igual protección, seguridad, libertad: si a unos se las otorga y a otros no, hay desigualdad y tiranía.
En cuanto a la influencia española, de gran trascendencia en el siglo XIX, Esteban Echeverría escribió:
La España nos educaba para vasallos y colonos, y la patria exige de nosotros una ilustración conforme a la dignidad de hombres libres.
La España dividía la sociedad en cuerpos, jerarquías, profesiones y gremios, y ponía al frente de sus leyes, clero, nobleza, estado llano o turba anónima; y la Democracia, nivelando todas las condiciones, nos dice que no hay más jerarquías que las que establece la ley para el gobierno de la sociedad: que el magistrado fuera del lugar donde ejerce sus funciones, se confunde con los demás ciudadanos; que el sacerdote, el militar, el abogado, el comerciante, el artesano, el rico y el pobre, todos son uno.
Que el último de la plebe es hombre igual en derechos a los demás, y que lleva impresa en su frente la dignidad de su naturaleza, que sólo la probidad, el talento y el ingenio engendran supremacía; que el que ejerce la más ínfima industria, si tiene capacidad y virtudes, no es menos que el sacerdote, el abogado u otro que emplea sus facultades en cualquiera otra profesión; que no hay profesiones unas más nobles que las otras, porque la nobleza no consiste en vestir hábito talar, o en llevar tal título, sino en las acciones; y que, en suma, en una sociedad democrática sólo son dignos, sabios y virtuosos y acreedores a consideración, los que propenden con sus fuerzas naturales al bien y prosperidad de la patria.
Para destruir estos gérmenes nocivos y emanciparnos completamente de esas tradiciones añejas, necesitamos una reforma radical en nuestras costumbres: tal la obra de la educación y las leyes.
Al observar la plena vigencia del anterior escrito de Echeverría, comprobamos que no hemos evolucionado demasiado desde el siglo XIX hasta la actualidad.
Este necesario equilibrio entre deberes y derechos fue advertido por Esteban Echevería en el siglo XIX, escribiendo al respecto: La igualdad consiste en que esos derechos y deberes sean igualmente admitidos y declarados por todos, en que nadie pueda substraerse a la acción de la ley que los formula, en que cada hombre participe igualmente del goce proporcional a su inteligencia y trabajo. Todo privilegio es un atentado a la igualdad (De "Los fundadores de la república" de Ricardo López Götigg-Editorial Grito Sagrado-Buenos Aires 2006).
En cuanto a todo lo que atenta contra la igualdad (que puede observarse en la práctica en la actual Argentina peronista) Echeverría escribía:
No hay igualdad donde la clase rica se sobrepone, y tiene más fueros que las otras.
Donde cierta clase monopoliza los destinos públicos.
Donde el influjo y el poder paraliza para los unos la acción de la ley, y para los otros la robustece.
Donde sólo los partidos, no la nación, son soberanos.
Donde las contribuciones no están igualmente repartidas, y en proporción a los bienes e industria de cada uno.
Donde la clase pobre sufre sola las cargas sociales más penosas, como la milicia.
Donde el último satélite del poder puede impunemente violar la seguridad y la libertad del ciudadano.
Donde las recompensas y empleos no se dan al mérito probado por hechos.
Donde cada empleado es un mandarín, ante quien debe inclinar la cabeza el ciudadano.
Donde los empleados son agentes serviles del poder, no asalariados y dependientes de la nación.
Donde los partidos otorgan a su antojo títulos y recompensas.
Donde no tiene merecimientos el talento y la probidad, sino la estupidez rastrera y la adulación.
Es también atentatorio a la igualdad, todo privilegio otorgado a corporación civil, militar o religiosa, academia o universidad; toda ley excepcional y de circunstancias.
La sociedad o el poder que la representa, debe a todos sus miembros igual protección, seguridad, libertad: si a unos se las otorga y a otros no, hay desigualdad y tiranía.
En cuanto a la influencia española, de gran trascendencia en el siglo XIX, Esteban Echeverría escribió:
La España nos educaba para vasallos y colonos, y la patria exige de nosotros una ilustración conforme a la dignidad de hombres libres.
La España dividía la sociedad en cuerpos, jerarquías, profesiones y gremios, y ponía al frente de sus leyes, clero, nobleza, estado llano o turba anónima; y la Democracia, nivelando todas las condiciones, nos dice que no hay más jerarquías que las que establece la ley para el gobierno de la sociedad: que el magistrado fuera del lugar donde ejerce sus funciones, se confunde con los demás ciudadanos; que el sacerdote, el militar, el abogado, el comerciante, el artesano, el rico y el pobre, todos son uno.
Que el último de la plebe es hombre igual en derechos a los demás, y que lleva impresa en su frente la dignidad de su naturaleza, que sólo la probidad, el talento y el ingenio engendran supremacía; que el que ejerce la más ínfima industria, si tiene capacidad y virtudes, no es menos que el sacerdote, el abogado u otro que emplea sus facultades en cualquiera otra profesión; que no hay profesiones unas más nobles que las otras, porque la nobleza no consiste en vestir hábito talar, o en llevar tal título, sino en las acciones; y que, en suma, en una sociedad democrática sólo son dignos, sabios y virtuosos y acreedores a consideración, los que propenden con sus fuerzas naturales al bien y prosperidad de la patria.
Para destruir estos gérmenes nocivos y emanciparnos completamente de esas tradiciones añejas, necesitamos una reforma radical en nuestras costumbres: tal la obra de la educación y las leyes.
Al observar la plena vigencia del anterior escrito de Echeverría, comprobamos que no hemos evolucionado demasiado desde el siglo XIX hasta la actualidad.
lunes, 15 de mayo de 2023
Los liberales y el Estado
Debido a que el proceso autorregulado del mercado puede ser perturbado por intromisiones por parte del Estado, se considera "liberal", en lo económico, a quienes sostienen que deben rechazarse tales intromisiones, ya que las mismas siempre empeoran aquello que se quiso mejorar. Luego, respecto del resto de las actividades sociales, existen diferencias entre las figuras representativas del liberalismo.
Puede establecerse una síntesis de las principales tendencias económicas, respecto del rol del Estado, incluidas las no liberales:
a) Socialismo: rechaza el proceso del mercado y propone la dirección estatal de una economía sin propiedad privada
b) Socialdemocracia: admite la intromisión del Estado para redistribuir lo que no pudo distribuir el mercado
c) Hayek: admite la existencia del Estado mientras no perturbe el proceso del mercado
d) Mises: admite un Estado mínimo que se limita a la justicia y a la seguridad, principalmente
e) Rothbard: rechaza la existencia del Estado (anarcocapitalismo)
Friedrich Hayek ha sido calificado, a veces maliciosamente, como socialdemócrata, ya que, para el anarcocapitalista, liberal significa rechazo total del Estado. Debe tenerse presente que la Economía Social de Mercado de Konrad Adenauer y Ludwig Erhard, que produjo el "milagro alemán" en la postguerra, se estableció con una fuerte presencia del Estado, lo que convalida en cierta forma la postura de Hayek.
De la misma forma en que, en el cristianismo, se discute respecto de la divinidad de Cristo o de la creencia auténtica, o no, de cada individuo, olvidándose del cumplimiento de los mandamientos bíblicos, en el liberalismo pareciera que se discute más respecto de la "pureza ideológica" que de la efectividad de las propuestas concretas. Así, mientras la postura cercana a Hayek ha sido puesta en práctica en varias ocasiones, el anarcocapitalismo nunca ha sido puesto en práctica, por la sencilla razón de que tal anarquismo sólo funcionaría eficazmente en poblaciones con un elevado nivel ético, algo que no se da en la realidad.
Las distintas posturas económicos se establecen basándose en la confianza o en la desconfianza en los seres humanos, o bien en la confianza o desconfianza en los diversos sectores. Así, para el socialista, toda la virtud radica en los seguidores de Marx y toda la ausencia de virtud en el sector empresarial. De ahí que la conclusión inmediata es la estatización de los medios de producción.
Hayek y Mises parecieran ser conscientes de los atributos de los seres humanos reales proponiendo sus opiniones respecto de la misión y las limitaciones del Estado. En cambio, el anarcocapitalista desconfía de la gente a cargo del Estado mientras que, a la vez, confía en el ciudadano común al pensar que podría conducirse civilizadamente aún sin la existencia del Estado. En este caso se ignora que el nivel ético de gobernantes y pueblo es similar, ya que parte del pueblo accede al poder estatal e, incluso, es el que elige a sus representantes.
Alfred Müller-Armack escribió: "La economía social de mercado no presupone un Estado débil, sino que ve más bien en un Estado democrático fuerte la garantía del funcionamiento de este orden. El Estado no sólo está presente en función de la seguridad del ejercicio del derecho privado. Precisamente gracias a la economía social de mercado se ha visto confirmado en una de sus tareas esenciales: intervenir en favor del mantenimiento de una auténtica competencia como función política (en el sentido de Eucken, Frank Böhm y Miksch). El orden de competencia, asegurado por el Estado, anula asimismo factores de poder y los canaliza hacia el mercado".
"De esta suerte, una competencia socialmente apta para funcionar tiende a prevenir la acumulación de fortunas unilaterales provenientes de privilegios económicos. Por otra parte, este proceso también sienta bases para correcciones y transferencias de ingresos del Estado a los sectores más alicaídos de la población. Pero condición previa para cualquier intromisión de esta clase por parte del Estado es su compatibilidad con la economía de mercado y la correspondiente formación de réditos. Es decir, que el objetivo social debe ser logrado con medidas conformes con el mercado, sin estorbar el desarrollo de precios propiamente de mercado".
"Este postulado de la conformidad de Estado y mercado constituye el decisivo contraste entre este tipo de economía y el dirigismo. En este último, mercados enteros son paralizados por precios decretados. Y con ello amplios sectores de la población se ven perjudicados y padecen finalmente una notoria falta de los bienes indispensables para la vida. Por la conformidad con el Estado se distingue asimismo la economía social de mercado del intervencionismo. Este mezcla los entre sí contradictorios elementos del dirigismo con los de la economía de mercado según su conveniencia, hasta tanto se eliminen mutuamente e impidan la producción" (De "El orden del futuro" de Ludwig Erhard y A. Müller-Armack-EUDEBA-Buenos Aires 1981).
En el mismo sentido, Álvaro C. Alsogaray escribió: "El Estado no debe proceder como espectador impasible frente a situaciones especiales que impliquen un daño social. La intervención del Estado es necesaria para trazar el marco de la actividad económica, establecer las reglas del juego y atender a dichas situaciones especiales".
"La competencia juega un papel decisivo a los efectos del funcionamiento del mercado. Es función de los gobiernos establecer condiciones de competencia efectiva. Para ello hay que combatir los monopolios y eliminar las trabas e interferencias burocráticas que la dificultan".
"El Estado debe «planificar la economía». Pero esta planificación supone el uso de métodos muy distintos a los de la economía dirigida, con sus torpes disposiciones y rígidas reglas. El mejor plan, el que según ya hemos señalado resuelve en forma espontánea la mayor parte de los casos, es el del mercado. Por lo tanto la planificación estatal debe, como objetivo primordial, asegurar el funcionamiento del mismo". (De "Bases para la acción política futura"-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1969).
Puede establecerse una síntesis de las principales tendencias económicas, respecto del rol del Estado, incluidas las no liberales:
a) Socialismo: rechaza el proceso del mercado y propone la dirección estatal de una economía sin propiedad privada
b) Socialdemocracia: admite la intromisión del Estado para redistribuir lo que no pudo distribuir el mercado
c) Hayek: admite la existencia del Estado mientras no perturbe el proceso del mercado
d) Mises: admite un Estado mínimo que se limita a la justicia y a la seguridad, principalmente
e) Rothbard: rechaza la existencia del Estado (anarcocapitalismo)
Friedrich Hayek ha sido calificado, a veces maliciosamente, como socialdemócrata, ya que, para el anarcocapitalista, liberal significa rechazo total del Estado. Debe tenerse presente que la Economía Social de Mercado de Konrad Adenauer y Ludwig Erhard, que produjo el "milagro alemán" en la postguerra, se estableció con una fuerte presencia del Estado, lo que convalida en cierta forma la postura de Hayek.
De la misma forma en que, en el cristianismo, se discute respecto de la divinidad de Cristo o de la creencia auténtica, o no, de cada individuo, olvidándose del cumplimiento de los mandamientos bíblicos, en el liberalismo pareciera que se discute más respecto de la "pureza ideológica" que de la efectividad de las propuestas concretas. Así, mientras la postura cercana a Hayek ha sido puesta en práctica en varias ocasiones, el anarcocapitalismo nunca ha sido puesto en práctica, por la sencilla razón de que tal anarquismo sólo funcionaría eficazmente en poblaciones con un elevado nivel ético, algo que no se da en la realidad.
Las distintas posturas económicos se establecen basándose en la confianza o en la desconfianza en los seres humanos, o bien en la confianza o desconfianza en los diversos sectores. Así, para el socialista, toda la virtud radica en los seguidores de Marx y toda la ausencia de virtud en el sector empresarial. De ahí que la conclusión inmediata es la estatización de los medios de producción.
Hayek y Mises parecieran ser conscientes de los atributos de los seres humanos reales proponiendo sus opiniones respecto de la misión y las limitaciones del Estado. En cambio, el anarcocapitalista desconfía de la gente a cargo del Estado mientras que, a la vez, confía en el ciudadano común al pensar que podría conducirse civilizadamente aún sin la existencia del Estado. En este caso se ignora que el nivel ético de gobernantes y pueblo es similar, ya que parte del pueblo accede al poder estatal e, incluso, es el que elige a sus representantes.
Alfred Müller-Armack escribió: "La economía social de mercado no presupone un Estado débil, sino que ve más bien en un Estado democrático fuerte la garantía del funcionamiento de este orden. El Estado no sólo está presente en función de la seguridad del ejercicio del derecho privado. Precisamente gracias a la economía social de mercado se ha visto confirmado en una de sus tareas esenciales: intervenir en favor del mantenimiento de una auténtica competencia como función política (en el sentido de Eucken, Frank Böhm y Miksch). El orden de competencia, asegurado por el Estado, anula asimismo factores de poder y los canaliza hacia el mercado".
"De esta suerte, una competencia socialmente apta para funcionar tiende a prevenir la acumulación de fortunas unilaterales provenientes de privilegios económicos. Por otra parte, este proceso también sienta bases para correcciones y transferencias de ingresos del Estado a los sectores más alicaídos de la población. Pero condición previa para cualquier intromisión de esta clase por parte del Estado es su compatibilidad con la economía de mercado y la correspondiente formación de réditos. Es decir, que el objetivo social debe ser logrado con medidas conformes con el mercado, sin estorbar el desarrollo de precios propiamente de mercado".
"Este postulado de la conformidad de Estado y mercado constituye el decisivo contraste entre este tipo de economía y el dirigismo. En este último, mercados enteros son paralizados por precios decretados. Y con ello amplios sectores de la población se ven perjudicados y padecen finalmente una notoria falta de los bienes indispensables para la vida. Por la conformidad con el Estado se distingue asimismo la economía social de mercado del intervencionismo. Este mezcla los entre sí contradictorios elementos del dirigismo con los de la economía de mercado según su conveniencia, hasta tanto se eliminen mutuamente e impidan la producción" (De "El orden del futuro" de Ludwig Erhard y A. Müller-Armack-EUDEBA-Buenos Aires 1981).
En el mismo sentido, Álvaro C. Alsogaray escribió: "El Estado no debe proceder como espectador impasible frente a situaciones especiales que impliquen un daño social. La intervención del Estado es necesaria para trazar el marco de la actividad económica, establecer las reglas del juego y atender a dichas situaciones especiales".
"La competencia juega un papel decisivo a los efectos del funcionamiento del mercado. Es función de los gobiernos establecer condiciones de competencia efectiva. Para ello hay que combatir los monopolios y eliminar las trabas e interferencias burocráticas que la dificultan".
"El Estado debe «planificar la economía». Pero esta planificación supone el uso de métodos muy distintos a los de la economía dirigida, con sus torpes disposiciones y rígidas reglas. El mejor plan, el que según ya hemos señalado resuelve en forma espontánea la mayor parte de los casos, es el del mercado. Por lo tanto la planificación estatal debe, como objetivo primordial, asegurar el funcionamiento del mismo". (De "Bases para la acción política futura"-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1969).
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