Mientras que la desigualdad biológica resulta ser una ventaja evolutiva, ya que la humanidad requiere de especialistas en diversos temas, la desigualdad social resulta ser un fenómeno negativo, ya que crea tensiones desagradables en las relaciones interpersonales, siendo un problema creado por los propios seres humanos. De ahí surge un error muy común: creer que en realidad existe una “igualdad biológica”, que fue distorsionada por el hombre, por lo que se pretende corregir las diferencias observadas, atribuidas a una negativa influencia social. Por ello se propone eliminar diferencias entre hombres y mujeres, considerando incluso que la atracción entre personas de distinto sexo es “una construcción social” y no una consecuencia de nuestra naturaleza humana.
Los marxistas, al sostener que el hombre actúa principalmente por la influencia del medio social, restándole toda importancia a la herencia genética, suponen que se debe tratar de borrar desde la niñez todas las diferencias existentes entre hombres y mujeres. Luego promueven la anulación de todo tipo de premios y sanciones en establecimientos educativos, ya que, aducen, tales estímulos favorecen a unos y perjudican a otros, induciendo alguna forma de desigualdad. Buscan el comportamiento uniforme apuntando hacia el colectivismo, en desmedro de todo vestigio de individualidad. Así, mientras la evolución biológica tiende a crear seres distintos y variados, los colectivistas promueven la uniformidad y el igualitarismo.
La uniformidad promovida por los ideólogos totalitarios implica una igualdad artificial, o colectiva, que nunca llega a la igualdad emanada desde los afectos, o los sentimientos. Adviértase que la contravención más penalizada en la antigua Unión Soviética era la disidencia, ya que era un síntoma de rebeldía contra la uniformidad de pensamiento. Andrei Sajarov escribió al respecto: “El delito que provoca el mayor número de detenciones es el de leer, poseer o prestar a amigos cualquier texto ciclostilado [copiado muchas veces] o cualquier libro de contenido no grato (que, por lo demás, suele ser de naturaleza inofensiva)” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).
Para los igualitaristas, toda desigualdad social o económica resulta negativa, aunque no siempre debe ser así. Mientras que la persona sensata advierte que el sector productivo, al disponer por lo general de mayores recursos económicos, y al no poder consumirlos en su totalidad (cada persona tiene un estómago para alimentar y un cuerpo para vestir), necesariamente los excedentes irán al resto de la sociedad vía intercambios. Por el contrario, el igualitarista, al pretender disponer de los mismos recursos que los creados por otros, promueve la confiscación de ganancias o la expropiación estatal de empresas, por lo que la actividad económica, en esos casos, caerá a niveles alarmantes en poco tiempo.
Puede decirse que la persona sensata no se sentirá incómoda por el hecho de disponer de menores medios económicos que los sectores altamente productivos. El envidioso, por el contrario, no soporta tener menos riqueza material que los demás, prefiriendo estar rodeado de personas pobres, o incluso bastantes más pobres que él. Liberarse de las causantes externas de la envidia padecida, le parece mejor que intentar liberarse de su grave defecto personal. Arthur Schopenhauer escribió: “Nunca pensamos en lo que tenemos, sino siempre en lo que nos falta”. Para el caso del envidioso, podría adaptarse como: “Nunca piensa el envidioso en lo que tiene, sino siempre en lo que tienen los demás”.
Así como existe la envidia por cuestiones materiales, existe una especie de envidia afectiva, que son los celos. Los celos aparecen cuando la capacidad de amar de las personas resulta limitada y también cuando el egoísmo adquiere predominio sobre otras actitudes básicas.
En ambos casos (envidia y celos) se advierte que, aun en situaciones similares, surgen resultados opuestos, según las actitudes personales de cada individuo. De ahí que no siempre las soluciones deben buscarse a través de cambios sociales, excepto que tales cambios provengan de un previo mejoramiento individual. La gravedad del caso es que celos y envidia tienden a generalizarse. Arturo Pérez-Reverté escribió: “Del mismo modo en que antes se admiraba a hombres y mujeres por su mérito, ahora unos y otros molestan. El talento incomoda como nunca. Los mediocres, los acomplejados, los bobos, necesitan que la vida descienda hasta su nivel para sentirse cómodos, y es destruyendo la inteligencia y ensalzando la mediocridad como están a gusto. En España el talento real está penalizado. Convierte a quien lo posee en automáticamente sospechoso. De ahí a la nefasta palabra elite, tan odiada, solo media un paso, claro. Y la palabra fascista está a la vuelta de la esquina”.
“¿Creen que exagero? Echen un vistazo a los colegios, a los niños. Lo he escrito alguna vez: todo el sistema educativo actual está basado en aplastar la individualidad, la inteligencia, la iniciativa, el coraje y la independencia. En destruir a los mejores, con reproches incluidos a los padres: Luisa no habla con sus compañeras y prefiere leer, Alberto levanta demasiado la mano, Juan no juega al fútbol ni se integra en trabajos de equipos, etc. Todo se orienta a rebajarlos al nivel de los más torpes, convirtiéndolos en rebaño sin substancia. No se busca ya que nadie quede atrás, sino que todos queden atrás”.
“Ganarán los mediocres, no cabe duda. Suyo es el futuro, y se nota mucho. A ellos pertenece un mundo al que los imbéciles –ni siquiera hay malvados en esto-, asistidos por sus cómplices los cobardes, fabrican a su imagen y semejanza. Por eso es tan admirable el tesón de quienes resisten: chicos, profesores, padres. Los que se mantienen erguidos y libres en estos tiempos de sumisión, rodillas en tierra y cabeza baja. Los que siguen necesitando referentes a los que admirar, nutrirse de libros, cine, ciencia, historia, literatura y cuanto sirva para obtener vitaminas con las que sobrevivir en el paisaje hostil que se avecina. Lecciones inolvidables de inteligencia y de vida” (De www.xlsemanal.com).
Los resentimientos y odios entre clases sociales no siempre surgen del sector supuestamente superior, sino que, al igual que la envidia, surge principalmente de quienes se sienten inferiores, sin que nada hagan los envidiados. Estos resentimientos y odios tienden a transformarse en “lucha de clases” en cuanto intervienen los ideólogos y promotores. Mario Vargas Llosa escribió: “La verdadera razón del fracaso matrimonial no fueron los celos, ni el mal carácter de mi padre, sino la enfermedad nacional por antonomasia, aquella que infesta todos los estratos y familias del país y en todos deja un relente que envenena la vida de los peruanos: el resentimiento y los complejos sociales. Porque Ernesto J. Vargas, pese a su blanca piel, sus ojos claros y su apuesta figura, pertenecía –o sintió siempre que pertenecía, lo que es lo mismo- a una familia socialmente inferior a la de su mujer”.
“Es un grave error, cuando se habla de prejuicio racial y de prejuicio social, creer que éstos se ejercen sólo de arriba hacia abajo; paralelo al desprecio que manifiesta el blanco al cholo, al indio y al negro, existe el rencor del cholo al blanco y al indio y al negro, y de cada uno de estos tres últimos a todos los otros, sentimientos, pulsiones o pasiones, que se emboscan detrás de las rivalidades políticas, ideológicas, profesionales, culturales y personales, según un proceso al que ni siquiera se puede llamar hipócrita, ya que rara vez es lúcido y desembozado. La mayoría de las veces es inconsciente, nace de un yo recóndito y ciego a la razón, se mama con la leche materna y empieza a formalizarse desde los primeros vagidos y balbuceos del peruano” (De “El pez en el agua”-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1993).
Gran parte de la solución a estos males deberá provenir de la adopción de una escala de valores que permita observar en cada ser humano un integrante más de la humanidad, como “un hermano por ser hijo de Dios”, en el lenguaje religioso, y no como un integrante de determinado grupo o sector de la sociedad. Ello implica adoptar como objetivo el cumplimiento del “amarás al prójimo como a ti mismo”, que es el camino desalentador de toda desigualdad negativa existente. Pierre Rosanvallon escribió: “El autor de ‘La democracia en América’ [Alexis de Tocqueville] subrayó en la introducción de su obra el carácter de impulso del factor religioso, observando: «El cristianismo, que hizo a todos los hombres iguales ante Dios, no sentirá repugnancia de ver a todos los ciudadanos iguales ante la ley»”.
“Así, la igualdad democrática ¿no habría hecho sino cumplir una vieja promesa? La revolución moderna, ¿no sería sino la heredera de la revolución cristiana? «Los genios más profundos y los más vastos de Roma y Grecia –también escribía- nunca pudieron llegar a esta idea tan general, pero al mismo tiempo tan sencilla, de la similaridad de los hombres…Fue necesario que Jesucristo viniera a la Tierra para hacer comprender que todos los miembros de la especie humana eran naturalmente semejantes e iguales»”.
“Hay muchos pasajes de las Escrituras que podrían ser movilizados para defender la correlación. La Epístola de Pablo a los Gálatas (3, 28), donde afirma que «no hay judío, ni griego, ni esclavo, ni hombre libre, ni hombre, ni mujer, porque todos vosotros no sois más que uno en Cristo Jesús», es una de las citadas con más frecuencia”.
“Para ratificar esta interpretación, también se puede recordar la centralidad de la argumentación teológica de Locke, preocupado por garantizar que los principios de la revolución inglesa tenían un origen bíblico. Al batallar contra Robert Filmer, consagró largos capítulos de sus ‘Ensayos sobre el gobierno civil’ en defender su igualitarismo radical fundándose de la categorización de las especies mencionada en el Génesis” (De “La sociedad de iguales”-Ediciones Manantial SRL-Buenos Aires 2012).
Mientras que, desde el cristianismo, se propone la “igualdad en la diversidad”, tratando de evitar todo tipo de distinción grupal, en la actualidad se sigue la tendencia opuesta, tal la de asignar prioritariamente a cada persona su carácter social de burgués o proletario, o su carácter nacional, hasta llegar al extremo de ser definido por su comportamiento íntimo, o por ser hombre o mujer en una lucha propuesta desde el feminismo. Cada individuo ya no es caracterizado por sus atributos morales individuales, por cuanto el relativismo moral impide tal asignación, sino que se lo despersonaliza al asignarle los atributos generalizados del grupo, sector o clase social al que supuestamente pertenece.
domingo, 23 de septiembre de 2018
miércoles, 19 de septiembre de 2018
Edison (CC) vs. Westinghouse (CA)
A finales del siglo XIX se inicia la etapa de una masiva aplicación de la energía eléctrica, tanto a nivel familiar como industrial. Esta forma de energía proviene del interior de la materia. En su estado normal, los conductores eléctricos muestran un equilibrio entre cargas eléctricas positivas y negativas. Si, mediante otra forma de energía (mecánica, principalmente) se establece un desequilibrio de cargas eléctricas en tal cuerpo neutro, es decir, cargas negativas en un extremo y positivas en el otro extremo, aparece una tensión eléctrica que tiende a restablecer la neutralidad antes existente. Si permitimos que el equilibrio de cargas se restablezca haciéndolas circular (corriente eléctrica) por donde nosotros queramos (lámpara, calefactor, etc.) habremos podido utilizar dicha energía.
Es la época en que surge la lámpara de filamento; invención asociada al nombre de Thomas A. Edison, que requiere, previamente a su utilización, la fabricación de generadores, conductores, aisladores, interruptores y toda una industria antes inexistente. Los generadores de Edison transforman la energía mecánica provista por máquinas térmicas, presentando en sus terminales una tensión continua, es decir, siempre un terminal es positivo y siempre el otro es negativo. Esta tensión continua, cuando se la utiliza para alimentar lámparas de filamento, impulsa una corriente continua, o directa, ya que las cargas eléctricas se mueven sólo en una dirección para restablecer el equilibrio eléctrico (que no se restablece mientras actúa el generador).
Al haberse ya inventado el motor eléctrico de corriente continua (CC), surge la utilización de la energía eléctrica en la industria y el transporte. Justamente, los tranvías eléctricos requieren de un motor que desarrolle su máxima potencia a una mínima velocidad; que es la exigencia del momento de arranque. Este requerimiento es facilitado con eficacia por el motor de corriente continua en serie (o aquel en que el bobinado del estator se conecta en serie con el bobinado del rotor).
Ante la perspectiva de Edison, no hay problemas serios a la vista. Sin embargo, al surgir el proyecto de construcción de la primera gran central hidroeléctrica, a realizarse en las cataratas del Niágara, aparecen varios problemas antes inexistentes. Por empezar, al estar la central alejada de los centros de consumo, se ha de requerir una línea de transmisión de varios kilómetros de longitud.
Como la potencia eléctrica depende tanto de la tensión como de la corriente eléctrica (Potencia = Tensión x Intensidad de corriente), si se la transmite en baja tensión, se requerirá que la corriente sea elevada, por lo que se necesitarán gruesos conductores y grandes torres para sostenerlos. Por el contrario, si se pudiesen generar tensiones altas, o elevar de alguna forma la tensión entregada por los generadores, se requerirán conductores pequeños, torres no muy grandes y aislantes considerables, lo que resulta menos costoso y más eficaz.
Para elevar la tensión de los generadores hacían falta transformadores, pero éstos sólo funcionan con corriente alterna. De ahí que se comenzó a pensar en utilizar en el Niágara generadores de tensión alterna, es decir, que cambian su polaridad periódicamente: + -, - +, +-, y así sucesivamente, siendo la tensión de los generadores rotativos de forma senoidal, o sinusoidal.
Edison se oponía a la idea de generalizar el uso de tensiones alternas, especialmente porque todavía no se disponía en el mercado de motores de corriente alterna, y también porque ya se había establecido una electrificación en base a la corriente continua. Entre tanto, Westinghouse la promovía, apoyado por uno de sus empleados, Nikola Tesla.
La idea del motor de inducción de corriente alterna provino de Galileo Ferraris, quien dispuso de dos bobinados en ángulo recto, en el estator o carcasa del motor, a los que se le aplican tensiones alternas desfasadas (o no coincidentes en el tiempo) de manera que produjeran un campo magnético resultante giratorio en el interior del motor. Este campo magnético giratorio habría de inducir una tensión eléctrica en un rotor aislado mecánica y eléctricamente respecto de los bobinados del estator, luego aparecería una corriente y un campo magnético inducido en el rotor, y éste sería arrastrado por el campo giratorio. De esa forma se obtenía un motor con la ventaja, sobre los motores de corriente continua (CC), de no requerir colector y escobillas, que requerían frecuente reparación y mantenimiento.
También se observó un inconveniente asociado a la transmisión de elevadas potencias eléctricas con un sistema monofásico de CA, o de una sola onda de tensión, ya que la potencia transmitida tendría variaciones periódicas en las cuales aparecían picos de potencia seguidos de instantes de transmisión casi nula, lo que indicaba que se estaba desaprovechando una gran parte de la capacidad de la línea de transmisión. De ahí que surgió la idea de transmitir potencia por medio de sistemas bifásicos, esto es, constituido por dos ondas de tensión separadas en el tiempo lográndose transmitir potencia con variaciones mucho menores que las del sistema monofásico. Posteriormente se generalizó el uso de sistemas trifásicos.
Nikola Tesla fabricó el primer motor trifásico, aunque requería ser alimentado con seis conductores. Estos motores, al recibir potencia eléctrica en forma casi permanente, resultaban más pequeños que los motores monofásicos para una misma potencia mecánica entregada.
El siguiente paso fue la realización de un motor trifásico de tres conductores. “Después de que el físico serbio-estadounidense Nikola Tesla hubiese descubierto en el año 1887 el motor de corriente trifásica, el joven ingeniero ruso, y más tarde ingeniero jefe de la AEG, Mijail Dolivo-Dobrovolsky construye el primer motor de corriente trifásica que puede emplearse para el accionamiento de máquinas motrices y capaz de desarrollar una potencia de hasta 0,1 CV”.
“Mientras que hasta ahora se hablaba de corriente alterna de tres fases, Dolivo-Dobrovolsky emplea específicamente el concepto de corriente trifásica. Tesla empleaba inicialmente para transmitir las tres fases un total de seis conductores. En el año 1888 demuestra que es suficiente emplear sólo 4 conductores pues une entre sí los 3 de retorno. Además, inventa la conexión estrella-estrella para un sistema en el que el generador y el motor están unidos entre sí sólo mediante tres conductores” (De la “Crónica de la Técnica”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1990).
Mientras tanto, Edison inicia una campaña de desprestigio contra la empresa rival, Westinghouse, promotora de las tensiones alternas. Incluso asocia los diversos accidentes eléctricos que ocurren en Nueva York, principalmente por la falta de medidas de seguridad, sino que considera a la propia corriente alterna como la causante de los accidentes. Llega así a colaborar en el diseño de las primeras sillas eléctricas para ser utilizadas con corriente alterna, utilizando el término “westinghousear” en lugar de “electrocutar”.
Finalmente se inaugura la central hidroeléctrica en 1896, utilizando sistemas de corriente alterna, no sin antes disponer de equipos conversores de CA en CC para poder alimentar las instalaciones y motores ya existentes que utilizaban corriente continua. Mark Essing escribió: “Aunque los escaparates mostraban el futuro eléctrico, la verdadera revolución de la feria estaba en el sistema que suministraba la energía. En 1893, el equipo eléctrico funcionaba según distintos tipos de corriente, siendo la división básica la existente entre las corrientes alterna y directa. Los generadores de corriente alterna producían corriente de distintos tipos –conocidos como monofásica, bifásica y trifásica- que no eran intercambiables”.
“Los arcos luminosos requerían voltajes elevados (entre 1.000 y 2.000 voltios) y las lámparas incandescentes, bajos (entre 50 y 100 voltios). Las necesidades de energía eran más variadas. Los nuevos motores de corriente alterna eran adecuados para aparatos que funcionaban a velocidad constante, tales como taladros de dentista y ventiladores, pero tranvías y ascensores –los dos principales usos de la electricidad en la década de 1890- requerían motores de corriente directa, mejor equipados para funcionar a velocidad variable con carga pesada”.
“Muchas personas, compañías y alcaldías habían invertido en diferentes clases de equipo eléctrico. El distrito de la calle Pearl de Nueva York no podía cambiar su sistema de iluminación de corriente directa y empezar de pronto con la alterna, como tampoco una naciente compañía Westinghouse dedicada en buena parte a la corriente alterna monofásica podía convertirla en bifásica o trifásica. Y cualquier ciudad con ferrocarril eléctrico necesitaba corriente directa para hacerlo trabajar. Era como tener doce vías, cada una con un diferente ancho. La corriente, solución adecuada al problema de la incompatibilidad, generaría para cada aplicación diferentes tipos de electricidad”.
“Asistido por Nikola Tesla, George Westinghouse desarrolló un sistema universal de suministro eléctrico. El centro de Sistema Multifase Tesla empleado en Chicago era un generador de corriente alterna bifásica (pronto la trifásica sería la norma industrial). La flexibilidad que poseía la proporcionaban dos nuevos accesorios acoplados: los convertidores de fase que cambiaban la corriente bifásica o trifásica en monofásica. Más importante aún era un accesorio llamado «convertidor giratorio» que podía convertir la corriente alterna en directa. El sistema universal podía proveer, desde un mismo generador, electricidad para cualquier tipo de necesidad: motores de corriente directa, motores de corriente alterna monofásicos o multifase, procesos electroquímicos que requerían corriente directa y lámparas incandescentes o arcos luminosos que necesitaban corriente directa o corriente alterna monofásica o multifásica”.
“La oferta de George Westinghouse para el contrato de la feria de Chicago era tan baja que perdió dinero, pero su verdadero propósito era apostarle al proyecto del Niágara. No era casualidad que el sistema universal de Westinghouse se adaptara a la perfección para cubrir las necesidades de la estación eléctrica del lugar. En el verano de 1893, no mucho después de la clausura de la feria, Westinghouse obtuvo el contrato del Niágara. En 1896, Buffalo recibió su primera remesa de energía eléctrica del Niágara” (De “Edison y la silla eléctrica”-Editorial Océano de México SA-México 2007).
Se cerraba de esa forma una etapa de rápidos progresos tecnológicos en la que empresarios e ingenieros, en competencia y en cooperación, logran resolver los sucesivos problemas que se presentan ante el surgimiento de la, entonces, nueva industria de la electricidad.
Es la época en que surge la lámpara de filamento; invención asociada al nombre de Thomas A. Edison, que requiere, previamente a su utilización, la fabricación de generadores, conductores, aisladores, interruptores y toda una industria antes inexistente. Los generadores de Edison transforman la energía mecánica provista por máquinas térmicas, presentando en sus terminales una tensión continua, es decir, siempre un terminal es positivo y siempre el otro es negativo. Esta tensión continua, cuando se la utiliza para alimentar lámparas de filamento, impulsa una corriente continua, o directa, ya que las cargas eléctricas se mueven sólo en una dirección para restablecer el equilibrio eléctrico (que no se restablece mientras actúa el generador).
Al haberse ya inventado el motor eléctrico de corriente continua (CC), surge la utilización de la energía eléctrica en la industria y el transporte. Justamente, los tranvías eléctricos requieren de un motor que desarrolle su máxima potencia a una mínima velocidad; que es la exigencia del momento de arranque. Este requerimiento es facilitado con eficacia por el motor de corriente continua en serie (o aquel en que el bobinado del estator se conecta en serie con el bobinado del rotor).
Ante la perspectiva de Edison, no hay problemas serios a la vista. Sin embargo, al surgir el proyecto de construcción de la primera gran central hidroeléctrica, a realizarse en las cataratas del Niágara, aparecen varios problemas antes inexistentes. Por empezar, al estar la central alejada de los centros de consumo, se ha de requerir una línea de transmisión de varios kilómetros de longitud.
Como la potencia eléctrica depende tanto de la tensión como de la corriente eléctrica (Potencia = Tensión x Intensidad de corriente), si se la transmite en baja tensión, se requerirá que la corriente sea elevada, por lo que se necesitarán gruesos conductores y grandes torres para sostenerlos. Por el contrario, si se pudiesen generar tensiones altas, o elevar de alguna forma la tensión entregada por los generadores, se requerirán conductores pequeños, torres no muy grandes y aislantes considerables, lo que resulta menos costoso y más eficaz.
Para elevar la tensión de los generadores hacían falta transformadores, pero éstos sólo funcionan con corriente alterna. De ahí que se comenzó a pensar en utilizar en el Niágara generadores de tensión alterna, es decir, que cambian su polaridad periódicamente: + -, - +, +-, y así sucesivamente, siendo la tensión de los generadores rotativos de forma senoidal, o sinusoidal.
Edison se oponía a la idea de generalizar el uso de tensiones alternas, especialmente porque todavía no se disponía en el mercado de motores de corriente alterna, y también porque ya se había establecido una electrificación en base a la corriente continua. Entre tanto, Westinghouse la promovía, apoyado por uno de sus empleados, Nikola Tesla.
La idea del motor de inducción de corriente alterna provino de Galileo Ferraris, quien dispuso de dos bobinados en ángulo recto, en el estator o carcasa del motor, a los que se le aplican tensiones alternas desfasadas (o no coincidentes en el tiempo) de manera que produjeran un campo magnético resultante giratorio en el interior del motor. Este campo magnético giratorio habría de inducir una tensión eléctrica en un rotor aislado mecánica y eléctricamente respecto de los bobinados del estator, luego aparecería una corriente y un campo magnético inducido en el rotor, y éste sería arrastrado por el campo giratorio. De esa forma se obtenía un motor con la ventaja, sobre los motores de corriente continua (CC), de no requerir colector y escobillas, que requerían frecuente reparación y mantenimiento.
También se observó un inconveniente asociado a la transmisión de elevadas potencias eléctricas con un sistema monofásico de CA, o de una sola onda de tensión, ya que la potencia transmitida tendría variaciones periódicas en las cuales aparecían picos de potencia seguidos de instantes de transmisión casi nula, lo que indicaba que se estaba desaprovechando una gran parte de la capacidad de la línea de transmisión. De ahí que surgió la idea de transmitir potencia por medio de sistemas bifásicos, esto es, constituido por dos ondas de tensión separadas en el tiempo lográndose transmitir potencia con variaciones mucho menores que las del sistema monofásico. Posteriormente se generalizó el uso de sistemas trifásicos.
Nikola Tesla fabricó el primer motor trifásico, aunque requería ser alimentado con seis conductores. Estos motores, al recibir potencia eléctrica en forma casi permanente, resultaban más pequeños que los motores monofásicos para una misma potencia mecánica entregada.
El siguiente paso fue la realización de un motor trifásico de tres conductores. “Después de que el físico serbio-estadounidense Nikola Tesla hubiese descubierto en el año 1887 el motor de corriente trifásica, el joven ingeniero ruso, y más tarde ingeniero jefe de la AEG, Mijail Dolivo-Dobrovolsky construye el primer motor de corriente trifásica que puede emplearse para el accionamiento de máquinas motrices y capaz de desarrollar una potencia de hasta 0,1 CV”.
“Mientras que hasta ahora se hablaba de corriente alterna de tres fases, Dolivo-Dobrovolsky emplea específicamente el concepto de corriente trifásica. Tesla empleaba inicialmente para transmitir las tres fases un total de seis conductores. En el año 1888 demuestra que es suficiente emplear sólo 4 conductores pues une entre sí los 3 de retorno. Además, inventa la conexión estrella-estrella para un sistema en el que el generador y el motor están unidos entre sí sólo mediante tres conductores” (De la “Crónica de la Técnica”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1990).
Mientras tanto, Edison inicia una campaña de desprestigio contra la empresa rival, Westinghouse, promotora de las tensiones alternas. Incluso asocia los diversos accidentes eléctricos que ocurren en Nueva York, principalmente por la falta de medidas de seguridad, sino que considera a la propia corriente alterna como la causante de los accidentes. Llega así a colaborar en el diseño de las primeras sillas eléctricas para ser utilizadas con corriente alterna, utilizando el término “westinghousear” en lugar de “electrocutar”.
Finalmente se inaugura la central hidroeléctrica en 1896, utilizando sistemas de corriente alterna, no sin antes disponer de equipos conversores de CA en CC para poder alimentar las instalaciones y motores ya existentes que utilizaban corriente continua. Mark Essing escribió: “Aunque los escaparates mostraban el futuro eléctrico, la verdadera revolución de la feria estaba en el sistema que suministraba la energía. En 1893, el equipo eléctrico funcionaba según distintos tipos de corriente, siendo la división básica la existente entre las corrientes alterna y directa. Los generadores de corriente alterna producían corriente de distintos tipos –conocidos como monofásica, bifásica y trifásica- que no eran intercambiables”.
“Los arcos luminosos requerían voltajes elevados (entre 1.000 y 2.000 voltios) y las lámparas incandescentes, bajos (entre 50 y 100 voltios). Las necesidades de energía eran más variadas. Los nuevos motores de corriente alterna eran adecuados para aparatos que funcionaban a velocidad constante, tales como taladros de dentista y ventiladores, pero tranvías y ascensores –los dos principales usos de la electricidad en la década de 1890- requerían motores de corriente directa, mejor equipados para funcionar a velocidad variable con carga pesada”.
“Muchas personas, compañías y alcaldías habían invertido en diferentes clases de equipo eléctrico. El distrito de la calle Pearl de Nueva York no podía cambiar su sistema de iluminación de corriente directa y empezar de pronto con la alterna, como tampoco una naciente compañía Westinghouse dedicada en buena parte a la corriente alterna monofásica podía convertirla en bifásica o trifásica. Y cualquier ciudad con ferrocarril eléctrico necesitaba corriente directa para hacerlo trabajar. Era como tener doce vías, cada una con un diferente ancho. La corriente, solución adecuada al problema de la incompatibilidad, generaría para cada aplicación diferentes tipos de electricidad”.
“Asistido por Nikola Tesla, George Westinghouse desarrolló un sistema universal de suministro eléctrico. El centro de Sistema Multifase Tesla empleado en Chicago era un generador de corriente alterna bifásica (pronto la trifásica sería la norma industrial). La flexibilidad que poseía la proporcionaban dos nuevos accesorios acoplados: los convertidores de fase que cambiaban la corriente bifásica o trifásica en monofásica. Más importante aún era un accesorio llamado «convertidor giratorio» que podía convertir la corriente alterna en directa. El sistema universal podía proveer, desde un mismo generador, electricidad para cualquier tipo de necesidad: motores de corriente directa, motores de corriente alterna monofásicos o multifase, procesos electroquímicos que requerían corriente directa y lámparas incandescentes o arcos luminosos que necesitaban corriente directa o corriente alterna monofásica o multifásica”.
“La oferta de George Westinghouse para el contrato de la feria de Chicago era tan baja que perdió dinero, pero su verdadero propósito era apostarle al proyecto del Niágara. No era casualidad que el sistema universal de Westinghouse se adaptara a la perfección para cubrir las necesidades de la estación eléctrica del lugar. En el verano de 1893, no mucho después de la clausura de la feria, Westinghouse obtuvo el contrato del Niágara. En 1896, Buffalo recibió su primera remesa de energía eléctrica del Niágara” (De “Edison y la silla eléctrica”-Editorial Océano de México SA-México 2007).
Se cerraba de esa forma una etapa de rápidos progresos tecnológicos en la que empresarios e ingenieros, en competencia y en cooperación, logran resolver los sucesivos problemas que se presentan ante el surgimiento de la, entonces, nueva industria de la electricidad.
sábado, 15 de septiembre de 2018
Gobierno del Estado vs. Gobierno de la ley natural
De la misma manera en que la existencia de leyes naturales permite inferir la existencia de un orden natural, las leyes humanas habrán de conforman un orden social, que debería ser compatible con aquellas leyes naturales. Así como se habla del hombre como un ser viviente hecho “a imagen y semejanza de Dios”, en las versiones teístas de la religión, puede decirse que el orden social establecido por el hombre debería realizarse también “a imagen y semejanza” del orden natural.
Mientras que en épocas pasadas el orden social estaba conformado por leyes religiosas contenidas en los Libros Sagrados, surgiendo hechos sociales no previstos por tales leyes, se va conformando el Estado, como institución social que, a partir de leyes humanas, contempla la posibilidad de conformar un orden social satisfactorio para todos los integrantes de la sociedad.
La palabra “Estado” (con mayúscula, para diferenciarla del estado de un objeto o de una persona) surge de “estatuto”, indicando la existencia de leyes o reglamentos establecidos para legislar el accionar de individuos en sociedad. Ernesto Stocco escribió: “En los comienzos del siglo XV fue generalizándose en Italia la necesidad de una palabra que incluyese en su significado la estructura total del Estado y abarcase omnicomprensivamente a los elementos constitutivos a los cuales entonces se atribuía mayor relevancia; esto es, la organización de la ciudad como entidad jurídico-política y su gobierno constituido”.
“Aparecen así las denominaciones concretas de Stato de Firenze, Stato de Génova, etc., en las cuales el significado del vocablo Stato es, posiblemente, el que corresponde a la constitución (Status) o estatuto jurídico”.
“Es frecuente oponer las palabras Estado y Sociedad como expresiones de una forma de antítesis. Estado significa una forma de vida social determinada por una serie de coacciones y amenazas que motivan en los individuos un definido comportamiento y, por el contrario, sociedad significa una forma de vida en la que el individuo actúa con libertad” (De “La Libido Dominandi”-Mendoza 2003).
Los organismos legislativos de las antiguas Grecia y Roma, aunque con otras denominaciones (polis y civitas, respectivamente), vislumbran los atributos que caracterizarán a los Estados modernos. De ahí que las primeras opiniones acerca del vínculo entre Estado y sociedad provengan de filósofos griegos y romanos.
Para tener una visión amplia acerca de las diversas opiniones, resulta conveniente describir las posturas extremas. Una de ellas es la adoptada por la religión judeo-cristiana, con el concepto del Reino de Dios, esto es, el gobierno de Dios a través de la ley natural relegando todo gobierno del hombre sobre el hombre a un lugar secundario, incluso prohibiéndolo. Esta postura no tuvo los efectos esperados por cuanto, especialmente en el caso de la Iglesia Católica, interpretaron que eran sus jerarcas los representantes de Dios, y quienes debían gobernar en lugar de las leyes naturales, conformando nuevamente gobiernos humanos.
En el otro extremo encontramos gobiernos netamente humanos, sin ninguna referencia a las leyes naturales, y en los cuales se identifica al Estado con la voluntad de un líder político que lo dirige con criterios estrictamente personales. Los sistemas totalitarios conformaron gobiernos que produjeron en el siglo XX las mayores catástrofes sociales que recuerda la humanidad.
Uno de los primeros promotores de los sistemas totalitarios fue Platón, que incluso establece una analogía con un ser humano, con su cuerpo, mente y demás atributos, para establecer un orden social de diseño propio. Ernesto Stocco escribe al respecto: “Para Platón el Estado es un organismo equiparable al hombre, un macroantrophos. Constituido éste por individuos, existe entre aquél y éstos una relación armónica, de la misma manera que el organismo de un ser viviente está armónicamente relacionado con los órganos que lo integran”.
“Y así como en el ser humano existe una razón que domina, un ánimo que obra y sentidos que obedecen, también en el Estado hay tres distintos elementos equiparables a aquellos: una clase dominante, la de los sabios; otra, defensora de la sociedad, la de los guerreros, y una tercera destinada a abastecer y obedecer a las dos primeras, los agricultores y los artesanos”.
“Para Platón el Estado es un todo que comprende y unifica a todas las manifestaciones de la vida de los individuos. Su poder y autoridad son ilimitados como ilimitada es su competencia para promover la felicidad de todos”.
Aristóteles promueve la moral en cada miembro de la sociedad y en el gobierno, si bien perduran en él ciertas propuestas poco igualitarias que tenderán a desaparecer con el cristianismo. Podría decirse que está situado en una posición intermedia entre el gobierno de las leyes naturales y el gobierno humano. “Respecto de la organización social, Aristóteles sostiene que mientras hay hombres que por naturaleza nacen libres, hay otros que nacen esclavos y que por su incapacidad para gobernarse son pasibles de dominio. Admite a la esclavitud como una necesidad del Estado y trata de justificarla por sus fines utilitarios. El Estado necesita de hombres que, mediante su actividad material, atiendan la alimentación y demás menesteres de las clases privilegiadas a fin de que éstas puedan ocuparse libremente de tareas propias de su condición”.
Algo más cercano a la postura cristiana se encuentra la filosofía estoica, orientada hacia una adaptación a las leyes naturales. Debido a la influencia del estoicismo en Roma, la adopción del cristianismo, por parte de los romanos, se produjo de una manera no demasiado revolucionaria. La validez universal de la ética bíblica, o cristiana, coincide con la vocación universalista de los estoicos. Stocco escribió al respecto: “Partiendo de un principio ético-filosófico que impone al hombre vivir en conformidad con la naturaleza, los estoicos creyeron encontrar un concepto que comprendiese al individuo, no ya en su relación con un orden estatal singular, sino como integrante de un Estado universal”.
Marco Tulio Cicerón, cuyo pensamiento resulta compatible con el estoico y con el cristiano, escribió respecto de la ley natural: “El universo entero ha sido sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha meditado, concebido y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a sí mismo, renegar de su naturaleza, y por ello mismo padecer los castigos más crueles aunque escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.
Luego de la caída del Imperio Romano, le sigue en Europa el medioevo cristiano, que prioriza el gobierno de Dios sobre los gobiernos humanos, pero no en el sentido de una teocracia directa, sino de una teocracia indirecta en la cual Papas y monarcas aducen gobernar en nombre de Dios, aunque con criterios, por lo general, personales. Stocco escribe al respecto: “La doctrina cristiana tuvo una poderosa influencia en el pensamiento filosófico medieval, en el derecho, en la política y en el Estado. A partir de la premisa de que Dios es el centro generador de todo poder, de todo orden y de toda organización social, el Estado no puede ser concebido sino como una institución de origen divino. He aquí un concepto que hubo de transformar, durante la Edad Media, a todo orden lógico-político estructurado en la antigüedad”.
Entre los filósofos medievales más destacados, se encuentra Tomás de Aquino, quien escribe acerca del Estado: “La existencia del Estado nace de la misma naturaleza social, racional y libre del hombre. Esta naturaleza humana exige una autoridad o gestor encargado de procurar el bien común, y reclamar a la vez que los hombres esclarecidos y destacados por la virtud y su saber se pongan a la cabeza y al servicio de sus semejantes dirigiéndolos”. “El hombre tiene necesidad de ser gobernado por alguien, puesto que debe vivir en sociedad”.
Algunos autores opinan que al monarca se le debe obediencia, mientras que el monarca sólo ha de responder ante Dios, dando lugar a las monarquías absolutas, es decir, con poder ilimitado. Se acentúa el gobierno del hombre sobre el hombre aunque se lo intenté calificar como dependiente de Dios. Jean Bodin “caracterizó a la soberanía del Estado como el poder absoluto y perpetuo del monarca, sosteniendo, como fundamento que quien crea la ley no puede quedar sometido a ella, sino que debe permanecer ubicado en un plano superior. Por consiguiente, el único sometimiento que reconoce el monarca es el relativo a normas divinas y a las de la naturaleza. Frente al soberano, sólo existen deberes pero no derechos”.
Entre los filósofos que proponen una limitación del poder del Estado, contemplando la existencia de leyes naturales, y sugiriendo el gobierno complementario de leyes humanas, descartando el gobierno directo de los gobernantes, aparece John Locke, quien escribió: “La libertad el hombre consiste en estar libre de cualquier poder superior, y no hallarse sometido a la voluntad de la autoridad de hombre alguno, sino adoptar como norma la ley de la naturaleza. La libertad del hombre en sociedad es la de no estar bajo más poder legislativo que el que haya sido establecido por su consentimiento. Ni bajo el dominio de lo que mande ley alguna, excepto aquellas leyes que hayan sido dictadas por el poder legislativo de acuerdo con la misión que le hemos confiado”.
“Estar libre de un poder absoluto y arbitrario es tan necesario, y está tan íntimamente vinculado a la conservación de un hombre, que nadie puede renunciar a ello sin estar renunciando al mismo tiempo a lo que le permite su autoconservación y su vida. Pues un hombre sin poder sobre su propia vida, no puede, por contrato o acuerdo otorgado por su propio consentimiento, ponerse bajo el absoluto poder arbitrario de otro que le arrebate la vida cuando se le antoje”.
“La verdadera libertad es que cada uno pueda disponer de su persona como mejor le parezca; disponer de sus acciones, posesiones y propiedades, evitando, así, estar sujetos a los caprichos arbitrarios de otro, y siguiendo su propia voluntad”.
“Los hombres unidos en sociedad han renunciado a su poder ejecutivo de ley natural y lo han cedido al poder público, sólo entonces tenemos una sociedad política y civil”. “El poder público de toda sociedad está por encima de cada uno de los individuos en esa sociedad; y el uso principal de este poder consiste en dar leyes a todos los que estén bajo él. Dichas leyes debemos obedecerlas en todos los casos, excepto cuando haya una razón manifiesta que pruebe que la ley de la razón manda lo contrario” (Citas de “La Libido Dominandi”).
Mientras que en épocas pasadas el orden social estaba conformado por leyes religiosas contenidas en los Libros Sagrados, surgiendo hechos sociales no previstos por tales leyes, se va conformando el Estado, como institución social que, a partir de leyes humanas, contempla la posibilidad de conformar un orden social satisfactorio para todos los integrantes de la sociedad.
La palabra “Estado” (con mayúscula, para diferenciarla del estado de un objeto o de una persona) surge de “estatuto”, indicando la existencia de leyes o reglamentos establecidos para legislar el accionar de individuos en sociedad. Ernesto Stocco escribió: “En los comienzos del siglo XV fue generalizándose en Italia la necesidad de una palabra que incluyese en su significado la estructura total del Estado y abarcase omnicomprensivamente a los elementos constitutivos a los cuales entonces se atribuía mayor relevancia; esto es, la organización de la ciudad como entidad jurídico-política y su gobierno constituido”.
“Aparecen así las denominaciones concretas de Stato de Firenze, Stato de Génova, etc., en las cuales el significado del vocablo Stato es, posiblemente, el que corresponde a la constitución (Status) o estatuto jurídico”.
“Es frecuente oponer las palabras Estado y Sociedad como expresiones de una forma de antítesis. Estado significa una forma de vida social determinada por una serie de coacciones y amenazas que motivan en los individuos un definido comportamiento y, por el contrario, sociedad significa una forma de vida en la que el individuo actúa con libertad” (De “La Libido Dominandi”-Mendoza 2003).
Los organismos legislativos de las antiguas Grecia y Roma, aunque con otras denominaciones (polis y civitas, respectivamente), vislumbran los atributos que caracterizarán a los Estados modernos. De ahí que las primeras opiniones acerca del vínculo entre Estado y sociedad provengan de filósofos griegos y romanos.
Para tener una visión amplia acerca de las diversas opiniones, resulta conveniente describir las posturas extremas. Una de ellas es la adoptada por la religión judeo-cristiana, con el concepto del Reino de Dios, esto es, el gobierno de Dios a través de la ley natural relegando todo gobierno del hombre sobre el hombre a un lugar secundario, incluso prohibiéndolo. Esta postura no tuvo los efectos esperados por cuanto, especialmente en el caso de la Iglesia Católica, interpretaron que eran sus jerarcas los representantes de Dios, y quienes debían gobernar en lugar de las leyes naturales, conformando nuevamente gobiernos humanos.
En el otro extremo encontramos gobiernos netamente humanos, sin ninguna referencia a las leyes naturales, y en los cuales se identifica al Estado con la voluntad de un líder político que lo dirige con criterios estrictamente personales. Los sistemas totalitarios conformaron gobiernos que produjeron en el siglo XX las mayores catástrofes sociales que recuerda la humanidad.
Uno de los primeros promotores de los sistemas totalitarios fue Platón, que incluso establece una analogía con un ser humano, con su cuerpo, mente y demás atributos, para establecer un orden social de diseño propio. Ernesto Stocco escribe al respecto: “Para Platón el Estado es un organismo equiparable al hombre, un macroantrophos. Constituido éste por individuos, existe entre aquél y éstos una relación armónica, de la misma manera que el organismo de un ser viviente está armónicamente relacionado con los órganos que lo integran”.
“Y así como en el ser humano existe una razón que domina, un ánimo que obra y sentidos que obedecen, también en el Estado hay tres distintos elementos equiparables a aquellos: una clase dominante, la de los sabios; otra, defensora de la sociedad, la de los guerreros, y una tercera destinada a abastecer y obedecer a las dos primeras, los agricultores y los artesanos”.
“Para Platón el Estado es un todo que comprende y unifica a todas las manifestaciones de la vida de los individuos. Su poder y autoridad son ilimitados como ilimitada es su competencia para promover la felicidad de todos”.
Aristóteles promueve la moral en cada miembro de la sociedad y en el gobierno, si bien perduran en él ciertas propuestas poco igualitarias que tenderán a desaparecer con el cristianismo. Podría decirse que está situado en una posición intermedia entre el gobierno de las leyes naturales y el gobierno humano. “Respecto de la organización social, Aristóteles sostiene que mientras hay hombres que por naturaleza nacen libres, hay otros que nacen esclavos y que por su incapacidad para gobernarse son pasibles de dominio. Admite a la esclavitud como una necesidad del Estado y trata de justificarla por sus fines utilitarios. El Estado necesita de hombres que, mediante su actividad material, atiendan la alimentación y demás menesteres de las clases privilegiadas a fin de que éstas puedan ocuparse libremente de tareas propias de su condición”.
Algo más cercano a la postura cristiana se encuentra la filosofía estoica, orientada hacia una adaptación a las leyes naturales. Debido a la influencia del estoicismo en Roma, la adopción del cristianismo, por parte de los romanos, se produjo de una manera no demasiado revolucionaria. La validez universal de la ética bíblica, o cristiana, coincide con la vocación universalista de los estoicos. Stocco escribió al respecto: “Partiendo de un principio ético-filosófico que impone al hombre vivir en conformidad con la naturaleza, los estoicos creyeron encontrar un concepto que comprendiese al individuo, no ya en su relación con un orden estatal singular, sino como integrante de un Estado universal”.
Marco Tulio Cicerón, cuyo pensamiento resulta compatible con el estoico y con el cristiano, escribió respecto de la ley natural: “El universo entero ha sido sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha meditado, concebido y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a sí mismo, renegar de su naturaleza, y por ello mismo padecer los castigos más crueles aunque escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.
Luego de la caída del Imperio Romano, le sigue en Europa el medioevo cristiano, que prioriza el gobierno de Dios sobre los gobiernos humanos, pero no en el sentido de una teocracia directa, sino de una teocracia indirecta en la cual Papas y monarcas aducen gobernar en nombre de Dios, aunque con criterios, por lo general, personales. Stocco escribe al respecto: “La doctrina cristiana tuvo una poderosa influencia en el pensamiento filosófico medieval, en el derecho, en la política y en el Estado. A partir de la premisa de que Dios es el centro generador de todo poder, de todo orden y de toda organización social, el Estado no puede ser concebido sino como una institución de origen divino. He aquí un concepto que hubo de transformar, durante la Edad Media, a todo orden lógico-político estructurado en la antigüedad”.
Entre los filósofos medievales más destacados, se encuentra Tomás de Aquino, quien escribe acerca del Estado: “La existencia del Estado nace de la misma naturaleza social, racional y libre del hombre. Esta naturaleza humana exige una autoridad o gestor encargado de procurar el bien común, y reclamar a la vez que los hombres esclarecidos y destacados por la virtud y su saber se pongan a la cabeza y al servicio de sus semejantes dirigiéndolos”. “El hombre tiene necesidad de ser gobernado por alguien, puesto que debe vivir en sociedad”.
Algunos autores opinan que al monarca se le debe obediencia, mientras que el monarca sólo ha de responder ante Dios, dando lugar a las monarquías absolutas, es decir, con poder ilimitado. Se acentúa el gobierno del hombre sobre el hombre aunque se lo intenté calificar como dependiente de Dios. Jean Bodin “caracterizó a la soberanía del Estado como el poder absoluto y perpetuo del monarca, sosteniendo, como fundamento que quien crea la ley no puede quedar sometido a ella, sino que debe permanecer ubicado en un plano superior. Por consiguiente, el único sometimiento que reconoce el monarca es el relativo a normas divinas y a las de la naturaleza. Frente al soberano, sólo existen deberes pero no derechos”.
Entre los filósofos que proponen una limitación del poder del Estado, contemplando la existencia de leyes naturales, y sugiriendo el gobierno complementario de leyes humanas, descartando el gobierno directo de los gobernantes, aparece John Locke, quien escribió: “La libertad el hombre consiste en estar libre de cualquier poder superior, y no hallarse sometido a la voluntad de la autoridad de hombre alguno, sino adoptar como norma la ley de la naturaleza. La libertad del hombre en sociedad es la de no estar bajo más poder legislativo que el que haya sido establecido por su consentimiento. Ni bajo el dominio de lo que mande ley alguna, excepto aquellas leyes que hayan sido dictadas por el poder legislativo de acuerdo con la misión que le hemos confiado”.
“Estar libre de un poder absoluto y arbitrario es tan necesario, y está tan íntimamente vinculado a la conservación de un hombre, que nadie puede renunciar a ello sin estar renunciando al mismo tiempo a lo que le permite su autoconservación y su vida. Pues un hombre sin poder sobre su propia vida, no puede, por contrato o acuerdo otorgado por su propio consentimiento, ponerse bajo el absoluto poder arbitrario de otro que le arrebate la vida cuando se le antoje”.
“La verdadera libertad es que cada uno pueda disponer de su persona como mejor le parezca; disponer de sus acciones, posesiones y propiedades, evitando, así, estar sujetos a los caprichos arbitrarios de otro, y siguiendo su propia voluntad”.
“Los hombres unidos en sociedad han renunciado a su poder ejecutivo de ley natural y lo han cedido al poder público, sólo entonces tenemos una sociedad política y civil”. “El poder público de toda sociedad está por encima de cada uno de los individuos en esa sociedad; y el uso principal de este poder consiste en dar leyes a todos los que estén bajo él. Dichas leyes debemos obedecerlas en todos los casos, excepto cuando haya una razón manifiesta que pruebe que la ley de la razón manda lo contrario” (Citas de “La Libido Dominandi”).
jueves, 13 de septiembre de 2018
Estudio del Estado vs. Estudio del poder
Con el tiempo ha ido naturalizándose la idea de que la política es el estudio del acceso y mantenimiento del poder por parte de los políticos, mientras que la postura antagónica considera que la política es el estudio del Estado y de la forma de establecer la administración del mismo. Jean Maynaud escribió: “La ciencia política, ciencia del Estado: Muchos autores opinan que el fenómeno del Estado es el fundamento natural e irreemplazable de esta disciplina. «¿Cuál podría ser, sino el Estado, el objeto de una ciencia que se denomina política?» indica, por ejemplo, con mucha seguridad el jurista Jean Dabin”.
“La concepción que hace del Estado el objeto supremo, o esencial, de la explicación política reivindica una larga tradición histórica y se apoya en algunas de las máximas obras del pensamiento humano. Sin embargo, se encuentra en nuestros días en una muy acentuada decadencia. No parece que su conservación como categoría de análisis sea realmente conveniente”.
En cuanto a la postura restante, el citado autor escribe: “La ciencia política, ciencia del Poder: William Robson es perfectamente representativo de esta tendencia cuando escribe: «La ciencia política consiste en estudiar la naturaleza, los fundamentos, el ejercicio, los objetivos y los efectos del Poder en la sociedad»”.
“Citemos, entre los factores más activos, la instauración de numerosos regímenes totalitarios a quienes los perfeccionamientos de la técnica (y especialmente de los modos de comunicación) han conferido medios de opresión sin precedentes. Este fenómeno, al hacer evidente la impotencia de los dispositivos legales de protección, al demostrar la posibilidad de un desajuste completo entre la letra de las instituciones y su fundamento práctico, ha incitado a los especialistas a concentrar su atención sobre el contenido concreto de la acción gubernamental y sobre los métodos aplicados para asegurar la obediencia” (De “Introducción a la Ciencia Política”-Editorial Tecnos SA-Madrid 1960).
Es oportuno mencionar cierto paralelismo entre el desarrollo de la ciencia económica y la ciencia política, ya que en la primera surge una tendencia a ocuparse con mayor interés en las decisiones humanas hasta acercarse a la psicología de los actores económicos. De ahí que no deba extrañar que en la ciencia política ocurra algo similar. De todas maneras, al aceptarse para ambas la definición de “ciencias sociales”, en cierta forma se acepta que se trata de ramas que tienen en cuenta a las demás ramas humanistas del conocimiento. Como ramas de las ciencias sociales, tanto la economía como la política no deben resultar incompatibles con aquellos conocimientos suficientemente confirmados de la ética, la psicología social, etc., como del resto de las ramas que conforman las ciencias sociales.
La disputa entre ambas posturas políticas se ha simbolizado muchas veces como un antagonismo entre sus figuras más representativas: Aristóteles y Maquivelo. Mientras que Aristóteles propone la conformación de gobiernos algo similares a las actuales democracias, Maquiavelo se concentra (al menos en “El Príncipe”) a aconsejar a los tiranos en el poder. Ernesto Stocco escribió: “Tanto Maquiavelo en El Príncipe como Aristóteles en la Ética a Nicómaco indagan sobre la forma en que los hombres deben organizarse para vivir en sociedad; tratan de definir las normas mínimas de conducta que los actores políticos deben obedecer para vivir en armonía y poder establecer un orden social, un orden antepuesto a la anarquía y la barbarie”.
“Cada autor interpreta a su modo este orden social, este estado de armonía entre los hombres que conviven en el interior de la sociedad humana. Cada una de estas interpretaciones provoca en consecuencia que se consideren factores distintos, definidos como esenciales, para la construcción del orden social. Esto es, un autor difiere del otro al determinar las bases sobre la cuales se establecerá la armonía entre los hombres”.
“Maquiavelo y Aristóteles reconocen en los hombres la independencia de sus actos, con la que actúan al interrelacionarse con sus semejantes. Los individuos tienen la libertad par actuar de acuerdo a sus propios intereses a menos que se los impongan (Maquiavelo) o se establezca en forma consensual (Aristóteles) una serie de normas y valores que moldearán y guiarán la conducta de los mismos”.
“Las ideas de Aristóteles se desarrollaron en el seno de la democracia griega mientras que Maquiavelo construye su pensamiento durante la etapa en que el absolutismo comienza a ganar fuerzas y adeptos a lo largo de Europa. Por ello, tanto las reglas que guían la conducta humana como la forma en que las mismas son adoptadas por la colectividad difieren entre uno y otro autor”.
“Ante la concepción de Aristóteles se plantea la necesidad de formar ciudadanos modelos, individuos con determinadas características, de tal manera que guiarán sus acciones en beneficio de la colectividad y no de intereses egoístas individuales, tratando de establecer que el bienestar común es parte del bienestar individual”.
“La definición de este ciudadano modelo es el tema principal de la Ética Nicomaquea; a lo largo del texto, Aristóteles precisa los rasgos que debe de tener este ciudadano. Para la construcción del ciudadano modelo parte de la noción de virtud (areté) definida como «no sólo una perfección moral propiamente dicha, sino toda excelencia o perfección en general, que de algún modo es valiosa y contribuye por ende a plasmar un tipo mejor de humanidad»”.
“«El Príncipe» de Maquiavelo no está escrito ya para los ciudadanos participantes de una Asamblea o encomendados a un cargo público en beneficio de la colectividad, sino para el Soberano Todopoderoso que conduce a su antojo y capricho los destinos de la asociación humana a la que gobierna”.
“La ausencia de conflicto para Maquiavelo no es consecuencia, como en el caso de la polis griega, de la formación de ciudadanos modelos que se conducen de acuerdo con la virtud sino a la hegemonía, al poderío, de un príncipe sobre sus súbditos y rivales. El orden no es producto del consenso, sino de la imposición y el sometimiento”.
“Ante este origen del orden social, Maquiavelo no propone la creación de ciudadanos modelos sino de príncipes todopoderosos, lo suficientemente capaces y con los recursos necesarios para preservar el dominio sobre sus súbditos y adquirir el respeto de los demás príncipes” (De “La Libido Dominandi”-Mendoza 2003).
Si bien Maquiavelo apoya formas de gobierno no democráticas, ello no significa que sea un promotor de los totalitarismos, ya que los justifica en la medida en que son gobiernos transitorios que conducirán en el futuro a formas democráticas de gobierno. Ello se extrae de otras obras políticas realizadas por dicho autor. Ignacio Iturralde escribió al respecto: “La inmensa mayoría de los lectores de Maquiavelo únicamente conocen su obra más difundida, que no es otra que El Príncipe. Sin embargo, solo se puede tener una visión completa del pensamiento del florentino si prestamos atención, como mínimo, a otra de sus obras fundamentales sobre teoría política: Discursos sobre la primera década de Tito Livio”.
“En muchos aspectos, estas son dos obras contrapuestas. La primera versa sobre los principados y la segunda sobre las repúblicas. La primera tiene como tema central el mantenimiento del poder absoluto y la segunda, la libertad. La primera confía plenamente en el brazo armado del Estado, la segunda pone más énfasis en el imperio de la ley. La primera se escribió sin interrupción en unos pocos meses, mientras que la redacción de la segunda se prolongó durante varios años. La primera se escribió frenéticamente con un fin práctico; la segunda, en cambio, la firmó reposadamente un autor que ya se había hecho a la idea de que su retiro de la vida pública sería mucho más prolongado de lo que hubiera deseado”.
“La dedicatoria de la segunda obra contiene una poco velada referencia al Maquiavelo de la primera, algo que supone una saludable muestra de que el fino humor del florentino no lo respetaba ni a sí mismo. Al dedicar la obra a unos buenos amigos de los Orti Oricellai, los jardines donde se reunían los más destacados humanistas republicanos, asegura que lo hace para apartarse «de la costumbre en los escritores de dedicar sus obras a príncipes, cegándoles la ambición o la avaricia hasta el punto de elogiar en ellos todo género de virtudes, en vez de censurarles todos los vicios» y, a renglón seguido, culmina diciendo que ha elegido «no a los que son príncipes, sino a quienes por sus infinitas buenas cualidades merecen serlo», no a los que podrían conseguirle «empleos, honores y riquezas, sino a los que quisieran hacerlo si pudiesen» (Discursos, dedicatoria). Interesante parodia «selfie»”.
“Al mismo tiempo, El Príncipe y los Discursos son dos obras en muchos puntos complementarias. Para empezar, la segunda es un comentario muy libre a los primeros diez años relatados por Tito Livio en Historia de Roma, aquella magna obra que su padre consiguiera a cambio de trabajar en un índice de lugares. Su análisis y sus ejemplos que aduce vienen a sumarse al amplio conjunto que ya había empleado con anterioridad en la primera obra”.
“En segundo término, en los Discursos, Maquiavelo se ocupa de las repúblicas, el régimen que descartó tratar ya en el primer capítulo de El Príncipe. Aquí se muestra partidario de los gobiernos republicanos, por considerarlos más apropiados para las sociedades más ricas e igualitarias. No obstante, también se dio cuenta de que los principados, esas monarquías con gobiernos más autoritarios y personalistas, son preferibles para manejar situaciones de gran desigualdad y para superar momentos de especial corrupción. En resumidas cuentas, Maquiavelo no se opondría a una suerte de dictadura transitoria que sea capaz de regenerar lo que hoy llamaríamos la vida democrática” (De “Maquiavelo”-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).
“La concepción que hace del Estado el objeto supremo, o esencial, de la explicación política reivindica una larga tradición histórica y se apoya en algunas de las máximas obras del pensamiento humano. Sin embargo, se encuentra en nuestros días en una muy acentuada decadencia. No parece que su conservación como categoría de análisis sea realmente conveniente”.
En cuanto a la postura restante, el citado autor escribe: “La ciencia política, ciencia del Poder: William Robson es perfectamente representativo de esta tendencia cuando escribe: «La ciencia política consiste en estudiar la naturaleza, los fundamentos, el ejercicio, los objetivos y los efectos del Poder en la sociedad»”.
“Citemos, entre los factores más activos, la instauración de numerosos regímenes totalitarios a quienes los perfeccionamientos de la técnica (y especialmente de los modos de comunicación) han conferido medios de opresión sin precedentes. Este fenómeno, al hacer evidente la impotencia de los dispositivos legales de protección, al demostrar la posibilidad de un desajuste completo entre la letra de las instituciones y su fundamento práctico, ha incitado a los especialistas a concentrar su atención sobre el contenido concreto de la acción gubernamental y sobre los métodos aplicados para asegurar la obediencia” (De “Introducción a la Ciencia Política”-Editorial Tecnos SA-Madrid 1960).
Es oportuno mencionar cierto paralelismo entre el desarrollo de la ciencia económica y la ciencia política, ya que en la primera surge una tendencia a ocuparse con mayor interés en las decisiones humanas hasta acercarse a la psicología de los actores económicos. De ahí que no deba extrañar que en la ciencia política ocurra algo similar. De todas maneras, al aceptarse para ambas la definición de “ciencias sociales”, en cierta forma se acepta que se trata de ramas que tienen en cuenta a las demás ramas humanistas del conocimiento. Como ramas de las ciencias sociales, tanto la economía como la política no deben resultar incompatibles con aquellos conocimientos suficientemente confirmados de la ética, la psicología social, etc., como del resto de las ramas que conforman las ciencias sociales.
La disputa entre ambas posturas políticas se ha simbolizado muchas veces como un antagonismo entre sus figuras más representativas: Aristóteles y Maquivelo. Mientras que Aristóteles propone la conformación de gobiernos algo similares a las actuales democracias, Maquiavelo se concentra (al menos en “El Príncipe”) a aconsejar a los tiranos en el poder. Ernesto Stocco escribió: “Tanto Maquiavelo en El Príncipe como Aristóteles en la Ética a Nicómaco indagan sobre la forma en que los hombres deben organizarse para vivir en sociedad; tratan de definir las normas mínimas de conducta que los actores políticos deben obedecer para vivir en armonía y poder establecer un orden social, un orden antepuesto a la anarquía y la barbarie”.
“Cada autor interpreta a su modo este orden social, este estado de armonía entre los hombres que conviven en el interior de la sociedad humana. Cada una de estas interpretaciones provoca en consecuencia que se consideren factores distintos, definidos como esenciales, para la construcción del orden social. Esto es, un autor difiere del otro al determinar las bases sobre la cuales se establecerá la armonía entre los hombres”.
“Maquiavelo y Aristóteles reconocen en los hombres la independencia de sus actos, con la que actúan al interrelacionarse con sus semejantes. Los individuos tienen la libertad par actuar de acuerdo a sus propios intereses a menos que se los impongan (Maquiavelo) o se establezca en forma consensual (Aristóteles) una serie de normas y valores que moldearán y guiarán la conducta de los mismos”.
“Las ideas de Aristóteles se desarrollaron en el seno de la democracia griega mientras que Maquiavelo construye su pensamiento durante la etapa en que el absolutismo comienza a ganar fuerzas y adeptos a lo largo de Europa. Por ello, tanto las reglas que guían la conducta humana como la forma en que las mismas son adoptadas por la colectividad difieren entre uno y otro autor”.
“Ante la concepción de Aristóteles se plantea la necesidad de formar ciudadanos modelos, individuos con determinadas características, de tal manera que guiarán sus acciones en beneficio de la colectividad y no de intereses egoístas individuales, tratando de establecer que el bienestar común es parte del bienestar individual”.
“La definición de este ciudadano modelo es el tema principal de la Ética Nicomaquea; a lo largo del texto, Aristóteles precisa los rasgos que debe de tener este ciudadano. Para la construcción del ciudadano modelo parte de la noción de virtud (areté) definida como «no sólo una perfección moral propiamente dicha, sino toda excelencia o perfección en general, que de algún modo es valiosa y contribuye por ende a plasmar un tipo mejor de humanidad»”.
“«El Príncipe» de Maquiavelo no está escrito ya para los ciudadanos participantes de una Asamblea o encomendados a un cargo público en beneficio de la colectividad, sino para el Soberano Todopoderoso que conduce a su antojo y capricho los destinos de la asociación humana a la que gobierna”.
“La ausencia de conflicto para Maquiavelo no es consecuencia, como en el caso de la polis griega, de la formación de ciudadanos modelos que se conducen de acuerdo con la virtud sino a la hegemonía, al poderío, de un príncipe sobre sus súbditos y rivales. El orden no es producto del consenso, sino de la imposición y el sometimiento”.
“Ante este origen del orden social, Maquiavelo no propone la creación de ciudadanos modelos sino de príncipes todopoderosos, lo suficientemente capaces y con los recursos necesarios para preservar el dominio sobre sus súbditos y adquirir el respeto de los demás príncipes” (De “La Libido Dominandi”-Mendoza 2003).
Si bien Maquiavelo apoya formas de gobierno no democráticas, ello no significa que sea un promotor de los totalitarismos, ya que los justifica en la medida en que son gobiernos transitorios que conducirán en el futuro a formas democráticas de gobierno. Ello se extrae de otras obras políticas realizadas por dicho autor. Ignacio Iturralde escribió al respecto: “La inmensa mayoría de los lectores de Maquiavelo únicamente conocen su obra más difundida, que no es otra que El Príncipe. Sin embargo, solo se puede tener una visión completa del pensamiento del florentino si prestamos atención, como mínimo, a otra de sus obras fundamentales sobre teoría política: Discursos sobre la primera década de Tito Livio”.
“En muchos aspectos, estas son dos obras contrapuestas. La primera versa sobre los principados y la segunda sobre las repúblicas. La primera tiene como tema central el mantenimiento del poder absoluto y la segunda, la libertad. La primera confía plenamente en el brazo armado del Estado, la segunda pone más énfasis en el imperio de la ley. La primera se escribió sin interrupción en unos pocos meses, mientras que la redacción de la segunda se prolongó durante varios años. La primera se escribió frenéticamente con un fin práctico; la segunda, en cambio, la firmó reposadamente un autor que ya se había hecho a la idea de que su retiro de la vida pública sería mucho más prolongado de lo que hubiera deseado”.
“La dedicatoria de la segunda obra contiene una poco velada referencia al Maquiavelo de la primera, algo que supone una saludable muestra de que el fino humor del florentino no lo respetaba ni a sí mismo. Al dedicar la obra a unos buenos amigos de los Orti Oricellai, los jardines donde se reunían los más destacados humanistas republicanos, asegura que lo hace para apartarse «de la costumbre en los escritores de dedicar sus obras a príncipes, cegándoles la ambición o la avaricia hasta el punto de elogiar en ellos todo género de virtudes, en vez de censurarles todos los vicios» y, a renglón seguido, culmina diciendo que ha elegido «no a los que son príncipes, sino a quienes por sus infinitas buenas cualidades merecen serlo», no a los que podrían conseguirle «empleos, honores y riquezas, sino a los que quisieran hacerlo si pudiesen» (Discursos, dedicatoria). Interesante parodia «selfie»”.
“Al mismo tiempo, El Príncipe y los Discursos son dos obras en muchos puntos complementarias. Para empezar, la segunda es un comentario muy libre a los primeros diez años relatados por Tito Livio en Historia de Roma, aquella magna obra que su padre consiguiera a cambio de trabajar en un índice de lugares. Su análisis y sus ejemplos que aduce vienen a sumarse al amplio conjunto que ya había empleado con anterioridad en la primera obra”.
“En segundo término, en los Discursos, Maquiavelo se ocupa de las repúblicas, el régimen que descartó tratar ya en el primer capítulo de El Príncipe. Aquí se muestra partidario de los gobiernos republicanos, por considerarlos más apropiados para las sociedades más ricas e igualitarias. No obstante, también se dio cuenta de que los principados, esas monarquías con gobiernos más autoritarios y personalistas, son preferibles para manejar situaciones de gran desigualdad y para superar momentos de especial corrupción. En resumidas cuentas, Maquiavelo no se opondría a una suerte de dictadura transitoria que sea capaz de regenerar lo que hoy llamaríamos la vida democrática” (De “Maquiavelo”-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).
domingo, 9 de septiembre de 2018
Realidad económica de la Argentina 2018
Por Sir Denis Pitté Fletcher
En la Argentina, entre empleo público, seguridad social (jubilaciones, asignaciones, planes, etc.), y otras yerbas menores (retiros militares, etc.), hay 21.054.710 personas que reciben sus ingresos del Estado.
Somos 44.000.000 de habitantes, entre los que hay niños, adolescentes y jubilados (es decir, que no trabajan). El drama de la República Argentina es nada más ni nada menos que éste: el gasto público impagable. Hay 8.000.000 de personas que trabajan en el sector privado, para mantener a 21.000.000 del sector público.
Como el gasto es altísimo, los argentinos tenemos los impuestos más altos del mundo. Y como con los impuestos igual no alcanza, los gobiernos emiten moneda (fabrican billetes) para pagar lo que los impuestos no cubren. Pero como esa emisión de moneda genera mucha inflación (pues hay más billetes circulando, para la misma cantidad de bienes), entonces los gobiernos toman dinero prestado (ahora con el FMI y antes con otros organismos u otros gobiernos). Para simplificar: impuestos, emisión, y deuda.
A Macri le estalló la bomba que dejó el kirchnerismo (que fue el gobierno que en la historia argentina más elevó al gasto público mediante nombramientos de propia tropa y robo a granel), y a la que él mismo también contribuyó, pues con Macri, aunque cueste creerlo, el gasto aumentó aún más.
Y aquí estamos; en el medio de una crisis mayúscula: empresas cerrando, despidos, desinversión, inflación, angustia en las personas, violencia orquestada por los K y la izquierda.
¿Y qué hizo Macri para apaciguar la crisis? Tomó más deuda del FMI y aumentó los impuestos (retenciones a las exportaciones).
Ni una sola medida en el sentido correcto. Macri es la continuación del sistema estatista con otros modos y otro linaje.
Es fundamental hacerle saber a la población cuál es el problema. Hablarle como a los chicos de doce años de edad. Con explicaciones simples, como la que muestro aquí con números. Mientras las personas no tomen consciencia de que es el gasto público la madre de todos los males, nuestro país va a continuar su incesante decadencia, hasta que estalle una guerra civil. Pues cuando ya no nos presten dinero para pagar el déficit, el estallido será inevitable. Y ahí volvemos al camino hacia Venezuela y Cuba.
Cuidado. La situación es bien delicada. Tratemos de explicarla papel en mano a todas las personas que podamos. O el gobierno baja el gasto de un modo sustancial y rápidamente, o esto va a empeorar y va a correr sangre. No es agorerismo. Es realidad.
En la Argentina, entre empleo público, seguridad social (jubilaciones, asignaciones, planes, etc.), y otras yerbas menores (retiros militares, etc.), hay 21.054.710 personas que reciben sus ingresos del Estado.
Somos 44.000.000 de habitantes, entre los que hay niños, adolescentes y jubilados (es decir, que no trabajan). El drama de la República Argentina es nada más ni nada menos que éste: el gasto público impagable. Hay 8.000.000 de personas que trabajan en el sector privado, para mantener a 21.000.000 del sector público.
Como el gasto es altísimo, los argentinos tenemos los impuestos más altos del mundo. Y como con los impuestos igual no alcanza, los gobiernos emiten moneda (fabrican billetes) para pagar lo que los impuestos no cubren. Pero como esa emisión de moneda genera mucha inflación (pues hay más billetes circulando, para la misma cantidad de bienes), entonces los gobiernos toman dinero prestado (ahora con el FMI y antes con otros organismos u otros gobiernos). Para simplificar: impuestos, emisión, y deuda.
A Macri le estalló la bomba que dejó el kirchnerismo (que fue el gobierno que en la historia argentina más elevó al gasto público mediante nombramientos de propia tropa y robo a granel), y a la que él mismo también contribuyó, pues con Macri, aunque cueste creerlo, el gasto aumentó aún más.
Y aquí estamos; en el medio de una crisis mayúscula: empresas cerrando, despidos, desinversión, inflación, angustia en las personas, violencia orquestada por los K y la izquierda.
¿Y qué hizo Macri para apaciguar la crisis? Tomó más deuda del FMI y aumentó los impuestos (retenciones a las exportaciones).
Ni una sola medida en el sentido correcto. Macri es la continuación del sistema estatista con otros modos y otro linaje.
Es fundamental hacerle saber a la población cuál es el problema. Hablarle como a los chicos de doce años de edad. Con explicaciones simples, como la que muestro aquí con números. Mientras las personas no tomen consciencia de que es el gasto público la madre de todos los males, nuestro país va a continuar su incesante decadencia, hasta que estalle una guerra civil. Pues cuando ya no nos presten dinero para pagar el déficit, el estallido será inevitable. Y ahí volvemos al camino hacia Venezuela y Cuba.
Cuidado. La situación es bien delicada. Tratemos de explicarla papel en mano a todas las personas que podamos. O el gobierno baja el gasto de un modo sustancial y rápidamente, o esto va a empeorar y va a correr sangre. No es agorerismo. Es realidad.
sábado, 8 de septiembre de 2018
Origen socialista del fascismo
Tanto el socialismo como el fascismo se caracterizan por establecer el dominio del Estado en todos los ámbitos de la sociedad. Bajo el lema: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado”, explícito en el fascismo, implícito en el marxismo, se advierte que son posturas políticas que se asemejan en sus fundamentos aunque difieren en cuanto a las estructuras económicas propuestas, especialmente para el analista político en cuanto intenta describir las distintas modalidades que aparecieron durante el siglo XX y algunas en la actualidad. La diferencia en el origen radicó en que el socialismo soviético fue inicialmente un socialismo internacional, mientras que el fascismo y el nazismo fueron socialismos nacionales. Recordemos que la palabra “nazi” proviene de “nacional-socialismo”.
Ambos totalitarismos son antiliberales, anticapitalistas, antidemocráticos, y se sostienen en base a un partido político único. Si bien el marxismo propone una abolición del Estado como meta final, resulta ser un objetivo imposible de lograr por cuanto, al abolir la propiedad privada de los medios de producción, tal concentración económica no ha de ser otra cosa que el Estado, aunque se lo pretenda denominar de otra forma. Walter Theimer escribió: “El fascismo italiano fue fundado en 1919 por Benito Mussolini, con cuya vida personal estuvo estrechamente unido el movimiento. Sus primeras asociaciones se denominaron «fasci di combattimento», haces de combate, recurriendo a la misma palabra «fascio» (haz) que ya habían empleado en Italia diversos grupos de orientación extremista. Más tarde el «fascio» propiamente dicho, el haz de los antiguos lictores romanos, se convirtió en distintivo del partido, que tomó el nombre de «fascismo»” (Del “Diccionario de Política Mundial”-Miguel A. Collia Editor-Buenos Aires 1958).
La pronunciación original de la palabra fascismo, requiere de un sonido no utilizado en castellano, ya que la “sc” en el italiano, junto a la “e” o a la “i”, se pronuncia como la “sh” del inglés.
Mussolini militó en su juventud en el socialismo italiano; incluso su padre fue un activo dirigente socialista participante en las luchas políticas de su época. Sin embargo, hubo un acontecimiento que lo desvinculó del socialismo por lo cual se vio en la necesidad de fundar un nuevo movimiento, aunque totalmente compatible con su previa ideología. Rachele Mussolini, su esposa, describe el momento en que Mussolini es expulsado del Partido Socialista: “Hacía dos años ya que vivíamos en Milán, es decir desde diciembre de 1912, cuando mi marido fue nombrado director del «Avanti», el principal diario del partido socialista italiano. Una noche del mes de octubre de 1914, creo que era el 19, Benito volvió de Bolonia amargado y abatido”.
“-Ya está, Rachele, tenemos que volver a empezar desde el vamos. Me han echado del diario”
“-¿Pero qué pasó?”
“-Bueno, el partido socialista no estaba para nada de acuerdo con mi campaña por la intervención de Italia al lado de los aliados en la guerra y en el comité ejecutivo han estimado que la toma de posición del periódico era contraria a la política del partido. Entonces me dieron de baja” (De “Mussolini al desnudo”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1974).
El periodista e ideólogo socialista Benito Mussolini, tenía cierta amistad con Lenin, lo que a nadie debe extrañar. Rachele agrega: “Lenin vino a verlo a Milán. Eso sucedió poco después de la creación del «Popolo d´Italia». Lenin había llegado de Suiza para convencerlo de que se reintegrara al partido socialista. Pero Benito no quiso saber nada. Y sin embargo quería mucho a Lenin, a quien conoció en Suiza cuando trabajaba y estudiaba ahí. Yo lo encontré muy amable y muy simpático con su barbita y sus anteojos de profesor. Se quedó algunos días en Milán y luego retornó a Suiza”.
Si bien ha existido siempre una evidente oposición entre marxistas y fascistas, ello no se debió a la incompatibilidad de ideas y proyectos, sino a que cada sector observada al otro como un competidor en la lucha por el acceso al poder. Friedrich A. Hayek escribió: “No menos significativa es la historia intelectual de muchos dirigentes nazis y fascistas. Todo el que ha observado el desarrollo de estos movimientos en Italia o Alemania se ha extrañado ante el número de dirigentes, de Mussolini para abajo (y sin incluir a Laval y a Quisling), que empezaron como socialistas y acabaron como fascistas o nazis. Y lo que es cierto de los dirigentes es todavía más verdad en las filas del movimiento”.
“La relativa facilidad con que un joven comunista puede convertirse en un nazi, o viceversa, se conocía muy bien en Alemania, y mejor que nadie lo sabían los propagandistas de ambos partidos. Muchos profesores de universidad británicos han visto en la década de 1930 retornar del continente a estudiantes ingleses y americanos que no sabían si eran comunistas o nazis, pero estaban seguros de odiar la civilización liberal occidental” (De “Camino de servidumbre”-Alianza Editorial SA-Madrid 2000).
El fascismo y el nazismo aparecen en la época posterior al fin de la Primera Guerra Mundial, cuando el descontento de las poblaciones europeas es manifiesto. George H. Sabine escribió: “Como el fascismo y el nacionalsocialismo fueron elaborados para apelar emocionalmente a naciones distintas, no había ninguna razón especial para que sus teorías fueran semejantes y, en efecto, el espurio hegelianismo del artículo de Mussolini en la Enciclopedia Italiana no tenía ninguna relación lógica con el racismo del Mein Kampf de Hitler. En realidad, sin embargo, los dos movimientos se parecían en aspectos importantes. Ambos sostenían ser socialistas y ambos eran nacionalistas; y ambos partidos surgieron por una coalición entre un partido que afirmaba ser socialista y otro que era en realidad nacionalista, aunque Hitler nunca fue socialista y Mussolini había sido por mucho tiempo violentamente antinacionalista”.
“La razón no es oscura. El nacionalismo era el único sentimiento con atractivo universal; y, en ambos países, cualquier partido que se afirmara radical y popular tenía que ser socialista, al menos nominalmente, para neutralizar la atracción de los partidos que habían sido, por mucho tiempo, marxistas o sindicalistas. La idea de un partido al mismo tiempo nacional y socialista era lo bastante simple como para ser obvia; se trataba, simplemente, de que un país tenía que poder desarrollar todos sus recursos cooperativamente, sin las pérdidas y las fricciones de la lucha de clases y con una distribución justa del producto entre capital y trabajo”.
“El socialismo cooperativo podía atraer a los pequeños comerciantes y empleados con salarios bajos, podía arraigarse entre el movimiento obrero organizado por una parte y las grandes finanzas por otra y el nacionalismo podía atraer a los grandes industriales y hombres de negocios, deseosos de librarse de una presión efectiva por parte de los trabajadores y que necesitaban del apoyo del gobierno para sus aventuras comerciales en el extranjero. El socialismo nacionalista se acercó mucho, pues, al sueño del político de poder prometer todo a todo el mundo; y ésta fue, en efecto, la estrategia de Mussolini y de Hitler, hasta que consolidaron su poder”.
“La estrategia determinó la filosofía: tenía que ser una forma exaltada de idealismo en contraste con el materialismo marxista; tenía que calificar al liberalismo de plutocrático, egoísta y antipatriótico; contra la libertad, la igualdad y la felicidad debía afirmar el servicio, la devoción y la disciplina; tenía que identificar el internacionalismo con la cobardía y la falta de honor; y tenía que condenar, naturalmente, a la democracia parlamentaria por inútil, débil y decadente. Como, desde un punto de vista racional, esta política no era en absoluto realista tenía que acentuar la importancia de la intuición y la voluntad como superiores a la inteligencia”.
“Así, la pretensión fascista de poseer la penetración del genio político y la pretensión nacionalsocialista de contar con los sanos instintos de la pureza racial, sin tener ninguna relación lógica, servían a los mismos fines. En sociedades destruidas por la guerra, la depresión y la inflación eran llamadas sentimentales tendientes a someter los intereses privados a la tarea de construir la fuerza nacional” (De “Historia de la teoría política”-Fondo de Cultura Económica-México 1994).
A pesar del origen y esencia socialista del fascismo, desde los sectores marxistas se lo asocia injustificadamente al liberalismo. Incluso este absurdo llega al extremo de denominar como “fascismo” al mayor peligro que puede afrontar una sociedad. Sin embargo, mientras que el fascismo produjo asesinatos a una escala de las decenas de miles de víctimas, el nazismo y el socialismo las produjeron a una escala del orden de las decenas de millones. Como ocurre siempre con las ideologías totalitarias, puede observarse que éstas desplazan a la realidad en la mente de sus adeptos. Mario Einaudi escribió: “El fascismo puede considerarse, pues, como un movimiento de masas al que recurre una sociedad anómica en un periodo de crisis buscando la seguridad y la satisfacción de las necesidades esenciales de la comunidad. Pero la promesa no se cumplió; tras la aparente fachada de la innovación persistieron las condiciones de estancamiento político y económico. Quizá la ley fascista más significativa fuera la que intentó detener las migraciones internas. Congelando los movimientos de población, manteniendo a los campesinos en sus tierras, el fascismo agudizó el anarquismo individual, actuó directamente en contra de las necesidades del país e impidió la modernización de sus viejas, casi feudales estructuras”.
“Nunca se llegó a usar el terror en gran escala con propósitos preventivos o represivos. El fascismo no puede compararse con las liquidaciones apocalípticas por las que Hitler y Stalin serán conocidos en la Historia. Mussolini, en vez de millones, tuvo sobre su conciencia sólo unas decenas de miles de muertos, excluidos los soldados caídos durante la Segunda Guerra Mundial” (De la “Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1974).
Ambos totalitarismos son antiliberales, anticapitalistas, antidemocráticos, y se sostienen en base a un partido político único. Si bien el marxismo propone una abolición del Estado como meta final, resulta ser un objetivo imposible de lograr por cuanto, al abolir la propiedad privada de los medios de producción, tal concentración económica no ha de ser otra cosa que el Estado, aunque se lo pretenda denominar de otra forma. Walter Theimer escribió: “El fascismo italiano fue fundado en 1919 por Benito Mussolini, con cuya vida personal estuvo estrechamente unido el movimiento. Sus primeras asociaciones se denominaron «fasci di combattimento», haces de combate, recurriendo a la misma palabra «fascio» (haz) que ya habían empleado en Italia diversos grupos de orientación extremista. Más tarde el «fascio» propiamente dicho, el haz de los antiguos lictores romanos, se convirtió en distintivo del partido, que tomó el nombre de «fascismo»” (Del “Diccionario de Política Mundial”-Miguel A. Collia Editor-Buenos Aires 1958).
La pronunciación original de la palabra fascismo, requiere de un sonido no utilizado en castellano, ya que la “sc” en el italiano, junto a la “e” o a la “i”, se pronuncia como la “sh” del inglés.
Mussolini militó en su juventud en el socialismo italiano; incluso su padre fue un activo dirigente socialista participante en las luchas políticas de su época. Sin embargo, hubo un acontecimiento que lo desvinculó del socialismo por lo cual se vio en la necesidad de fundar un nuevo movimiento, aunque totalmente compatible con su previa ideología. Rachele Mussolini, su esposa, describe el momento en que Mussolini es expulsado del Partido Socialista: “Hacía dos años ya que vivíamos en Milán, es decir desde diciembre de 1912, cuando mi marido fue nombrado director del «Avanti», el principal diario del partido socialista italiano. Una noche del mes de octubre de 1914, creo que era el 19, Benito volvió de Bolonia amargado y abatido”.
“-Ya está, Rachele, tenemos que volver a empezar desde el vamos. Me han echado del diario”
“-¿Pero qué pasó?”
“-Bueno, el partido socialista no estaba para nada de acuerdo con mi campaña por la intervención de Italia al lado de los aliados en la guerra y en el comité ejecutivo han estimado que la toma de posición del periódico era contraria a la política del partido. Entonces me dieron de baja” (De “Mussolini al desnudo”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1974).
El periodista e ideólogo socialista Benito Mussolini, tenía cierta amistad con Lenin, lo que a nadie debe extrañar. Rachele agrega: “Lenin vino a verlo a Milán. Eso sucedió poco después de la creación del «Popolo d´Italia». Lenin había llegado de Suiza para convencerlo de que se reintegrara al partido socialista. Pero Benito no quiso saber nada. Y sin embargo quería mucho a Lenin, a quien conoció en Suiza cuando trabajaba y estudiaba ahí. Yo lo encontré muy amable y muy simpático con su barbita y sus anteojos de profesor. Se quedó algunos días en Milán y luego retornó a Suiza”.
Si bien ha existido siempre una evidente oposición entre marxistas y fascistas, ello no se debió a la incompatibilidad de ideas y proyectos, sino a que cada sector observada al otro como un competidor en la lucha por el acceso al poder. Friedrich A. Hayek escribió: “No menos significativa es la historia intelectual de muchos dirigentes nazis y fascistas. Todo el que ha observado el desarrollo de estos movimientos en Italia o Alemania se ha extrañado ante el número de dirigentes, de Mussolini para abajo (y sin incluir a Laval y a Quisling), que empezaron como socialistas y acabaron como fascistas o nazis. Y lo que es cierto de los dirigentes es todavía más verdad en las filas del movimiento”.
“La relativa facilidad con que un joven comunista puede convertirse en un nazi, o viceversa, se conocía muy bien en Alemania, y mejor que nadie lo sabían los propagandistas de ambos partidos. Muchos profesores de universidad británicos han visto en la década de 1930 retornar del continente a estudiantes ingleses y americanos que no sabían si eran comunistas o nazis, pero estaban seguros de odiar la civilización liberal occidental” (De “Camino de servidumbre”-Alianza Editorial SA-Madrid 2000).
El fascismo y el nazismo aparecen en la época posterior al fin de la Primera Guerra Mundial, cuando el descontento de las poblaciones europeas es manifiesto. George H. Sabine escribió: “Como el fascismo y el nacionalsocialismo fueron elaborados para apelar emocionalmente a naciones distintas, no había ninguna razón especial para que sus teorías fueran semejantes y, en efecto, el espurio hegelianismo del artículo de Mussolini en la Enciclopedia Italiana no tenía ninguna relación lógica con el racismo del Mein Kampf de Hitler. En realidad, sin embargo, los dos movimientos se parecían en aspectos importantes. Ambos sostenían ser socialistas y ambos eran nacionalistas; y ambos partidos surgieron por una coalición entre un partido que afirmaba ser socialista y otro que era en realidad nacionalista, aunque Hitler nunca fue socialista y Mussolini había sido por mucho tiempo violentamente antinacionalista”.
“La razón no es oscura. El nacionalismo era el único sentimiento con atractivo universal; y, en ambos países, cualquier partido que se afirmara radical y popular tenía que ser socialista, al menos nominalmente, para neutralizar la atracción de los partidos que habían sido, por mucho tiempo, marxistas o sindicalistas. La idea de un partido al mismo tiempo nacional y socialista era lo bastante simple como para ser obvia; se trataba, simplemente, de que un país tenía que poder desarrollar todos sus recursos cooperativamente, sin las pérdidas y las fricciones de la lucha de clases y con una distribución justa del producto entre capital y trabajo”.
“El socialismo cooperativo podía atraer a los pequeños comerciantes y empleados con salarios bajos, podía arraigarse entre el movimiento obrero organizado por una parte y las grandes finanzas por otra y el nacionalismo podía atraer a los grandes industriales y hombres de negocios, deseosos de librarse de una presión efectiva por parte de los trabajadores y que necesitaban del apoyo del gobierno para sus aventuras comerciales en el extranjero. El socialismo nacionalista se acercó mucho, pues, al sueño del político de poder prometer todo a todo el mundo; y ésta fue, en efecto, la estrategia de Mussolini y de Hitler, hasta que consolidaron su poder”.
“La estrategia determinó la filosofía: tenía que ser una forma exaltada de idealismo en contraste con el materialismo marxista; tenía que calificar al liberalismo de plutocrático, egoísta y antipatriótico; contra la libertad, la igualdad y la felicidad debía afirmar el servicio, la devoción y la disciplina; tenía que identificar el internacionalismo con la cobardía y la falta de honor; y tenía que condenar, naturalmente, a la democracia parlamentaria por inútil, débil y decadente. Como, desde un punto de vista racional, esta política no era en absoluto realista tenía que acentuar la importancia de la intuición y la voluntad como superiores a la inteligencia”.
“Así, la pretensión fascista de poseer la penetración del genio político y la pretensión nacionalsocialista de contar con los sanos instintos de la pureza racial, sin tener ninguna relación lógica, servían a los mismos fines. En sociedades destruidas por la guerra, la depresión y la inflación eran llamadas sentimentales tendientes a someter los intereses privados a la tarea de construir la fuerza nacional” (De “Historia de la teoría política”-Fondo de Cultura Económica-México 1994).
A pesar del origen y esencia socialista del fascismo, desde los sectores marxistas se lo asocia injustificadamente al liberalismo. Incluso este absurdo llega al extremo de denominar como “fascismo” al mayor peligro que puede afrontar una sociedad. Sin embargo, mientras que el fascismo produjo asesinatos a una escala de las decenas de miles de víctimas, el nazismo y el socialismo las produjeron a una escala del orden de las decenas de millones. Como ocurre siempre con las ideologías totalitarias, puede observarse que éstas desplazan a la realidad en la mente de sus adeptos. Mario Einaudi escribió: “El fascismo puede considerarse, pues, como un movimiento de masas al que recurre una sociedad anómica en un periodo de crisis buscando la seguridad y la satisfacción de las necesidades esenciales de la comunidad. Pero la promesa no se cumplió; tras la aparente fachada de la innovación persistieron las condiciones de estancamiento político y económico. Quizá la ley fascista más significativa fuera la que intentó detener las migraciones internas. Congelando los movimientos de población, manteniendo a los campesinos en sus tierras, el fascismo agudizó el anarquismo individual, actuó directamente en contra de las necesidades del país e impidió la modernización de sus viejas, casi feudales estructuras”.
“Nunca se llegó a usar el terror en gran escala con propósitos preventivos o represivos. El fascismo no puede compararse con las liquidaciones apocalípticas por las que Hitler y Stalin serán conocidos en la Historia. Mussolini, en vez de millones, tuvo sobre su conciencia sólo unas decenas de miles de muertos, excluidos los soldados caídos durante la Segunda Guerra Mundial” (De la “Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1974).
miércoles, 5 de septiembre de 2018
El dominio de la voluntad
Las opiniones políticas o religiosas se refieren, en última instancia, a las distintas formas posibles de gobierno; el gobierno de Dios sobre el hombre, o el gobierno del Estado sobre el hombre, o el autogobierno del hombre sobre sí mismo, etc. Sin embargo, en este último caso surge un dilema, ya que nos podemos orientar por nuestra intuición, o por los deseos de nuestro cuerpo, o bien por la razón. El autogobierno, o dominio sobre sí mismo, implica el gobierno de la mente sobre el cuerpo. De ahí que la expresión “dominio de la voluntad” significa en realidad el dominio de la razón sobre el instinto, ya que la voluntad es el atributo por el cual buscamos buenos resultados en el largo plazo aunque el cuerpo nos exija satisfacerlo en el corto plazo.
La imagen concreta de la falta de voluntad es la del vicioso, que opta por el consumo excesivo de comida, bebida, cigarrillos, etc., aun cuando sabe que en el largo plazo tal tendencia será negativa para su salud y para su vida. Lo opuesto al vicioso es el individuo que, aun agradándole el consumo de comida, bebida o cigarrillos, nunca incurre en excesos, precisamente porque vislumbra los efectos futuros y de esa manera gobierna con su mente los deseos inmediatos del cuerpo.
Esta lucha interior del hombre consigo mismo, aparece en algunos textos bíblicos. Fernando Mires escribió: “El ser humano es desde su origen y nacimiento portador de una contradicción no resuelta, la de ser espíritu y carne al mismo tiempo. Dios –de acuerdo con la lección de los dos testamentos- le dio esa contradicción para que tomara una decisión a favor o en contra del espíritu o, por último, para que el mismo mediara entre sus dos formas polares de existir. A fin de que pudiera decidir hacia un lado o hacia el otro, le dio, además, a través del pueblo judío, leyes o mandamientos. Pero, como afirma Paulo, el pecado antecede a la ley, sólo que antes de la ley no podía ser imputado…En este sentido hablaba Paulo de «las dos leyes», la de la naturaleza que es la de querer, y la del espíritu, que es la del deber. «Verdaderamente soy feliz en la ley de Dios, de acuerdo al hombre que yo soy por dentro, pero contemplo en mis miembros otra ley que guerrea contra la ley de mi mente y que me conduce cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Romanos 7, 22 y 23)” (De “El pensamiento de Benedicto XVI”-Libros de la Araucaria SA-Buenos Aires 2007).
Existe una tendencia inconsciente, en la persona con poca voluntad, de considerar “bueno” todo lo que quiere o desea, adoptando una escala de valores centrada en sus apetencias personales. Por el contrario, quien utiliza el razonamiento para prever el futuro, quiere o desea lo que previamente ha considerado como “bueno”. En el primer caso es el cuerpo quien indica lo que es bueno; en el segundo caso es la mente la que orienta al cuerpo. Enrique Rojas escribió: “Cuando la voluntad está educada, el hombre de cualquier edad se vuelve joven, lozano y con mucho heroísmo en su comportamiento. Es la aspiración de llegar a ser un hombre superior”.
“La voluntad es el cauce por donde se afirman los objetivos, los propósitos y las mejores esperanzas, y sus dos ingredientes más importantes para ponerla en marcha son la motivación y la ilusión. La primera arrastra con su fuerza hacia el porvenir; la segunda es la alegría de llevar los argumentos de la existencia hasta el final”.
“Entre la motivación y la ilusión radica la razón de proponerse mejorar cuestiones pequeñas: es decir, hago lo que debo, aunque me cueste, aunque no lo entienda en ese momento. Debemos aprender a desatender esas voces interiores que nos quieren llevar sólo a lo que nos apetece o nos gusta, o hacia lo que nos pide el cuerpo, alejándonos del trayecto adecuado”.
“Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, por eso está estructurada a base de esfuerzos no muy grandes, pero tenaces y pacientes, que se van sumando un día tras otro. No sólo se consigue tener voluntad superando los problemas momentáneos, sino que la clave está en la constancia, en no abandonarse. Primero dar un primer paso y luego otro, y más tarde hacer un esfuerzo suplementario. De ahí surgen y allí es donde se forjan los hombres de una pieza; los que saben saltar por encima del cansancio, la dificultad, la frustración, la desgana y los mil y un avatares que la vida trae consigo”.
“El que lucha siempre está alegre, porque ha aprendido a dominarse, por eso se mantiene joven. Todo lo que es válido cuesta lograrlo. Pero merece la pena vencer la resistencia y perder el miedo al esfuerzo. Hay que aprender a subir poco a poco, aunque sean unos metros y no nos encontremos en las mejores condiciones”.
“La voluntad recia, consistente y pétrea es la clave del éxito de muchas vidas y uno de los mejores adornos de la personalidad; hace al hombre valioso y lo transporta al mundo donde los sueños se hacen realidad” (De “La conquista de la voluntad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2003).
Si bien en todas las épocas y lugares se le presentan al hombre inconvenientes y dificultades para lograr su supervivencia, es posible distinguir el predominio de la voluntad en ciertas épocas y lugares, como también el predominio de la falta de voluntad en otras circunstancias. En el primer caso, puede mencionarse a los filósofos estoicos como precursores del predominio de la razón sobre el placer momentáneo; en el segundo caso tenemos a la actual época posmoderna como ejemplo negativo de la búsqueda de placer a toda costa.
Como representativo de la mentalidad estoica, puede mencionarse al filósofo romano Lucio Anneo Séneca. Nassim Nicholas Taleb escribió: “El estoicismo trata de la domesticación –no necesariamente la eliminación- de las emociones. Su objetivo no es convertir los seres humanos en vegetales. Mi ideal del sabio estoico es alguien que transforma el miedo en prudencia, el dolor en información, el error en iniciación y el deseo en acción” (De “Antifrágil”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2013).
Por su parte, Carlos Goñi escribió: “La moral estoica aconseja una actitud de imperturbabilidad frente al destino, aceptando todo lo que necesariamente ha de ocurrir. Para ello se debe vivir según la naturaleza, que, en el caso del hombre, es vivir según la razón y la virtud. Mediante la virtud, el sabio eliminará las pasiones y, de este modo, podrá mantener un equilibrio interior impasible y ajeno a lo exterior”.
“El sabio, si quiere ser feliz, debe comprender y asumir la ley universal del Destino, de la cual nadie puede escapar. El Destino no es una fuerza sobrenatural, sino la misma naturaleza en cuanto aúna todas las fuerzas. La identificación de la naturaleza con Dios hace que el Destino sea sinónimo de providencia divina, una sabiduría superior a la nuestra, ante la cual sólo podemos someternos”.
“El sabio estoico, a diferencia del epicúreo, recomienda abstenerse de los placeres. Los que no lo hacen, más que tener placer, son tenidos por él, ya que, o se atormentan cuando faltan, o se ahogan en su abundancia. Sacrifican su libertad por su vientre, se venden a los placeres. Bien al contrario, el sabio domina los placeres, y son para él como en campaña los auxiliares y las tropas ligeras, es decir, tienen que servir, no mandar” (De “Las narices de los filósofos”-Editorial Ariel SA-Barcelona 2008).
En cuanto a la posmodernidad, Armando Roa escribió respecto de sus principales características: “Búsqueda primaria de lo hedónico, sin sacrificarse en ahondar situaciones a la vista y sin considerar las consecuencias remotas de lo que se hace. Entrega abierta por lo mismo al consumismo en cuanto entretenida fuente de placer sin problemas. En este aspecto, el vivir a crédito sustituye la anterior mentalidad moderna de privilegiar el ahorro”.
“Se reclama si se vulnera el más pequeño de los derechos, y de hecho suena mal hacerle presente a alguien sus deberes. Se podría pensar que todo derecho involucra un deber, pero la posmodernidad maximiza los derechos y en cambio tiene una mirada benévola, comprensiva, silenciosa, para las evasiones de deberes” (De “Modernidad y Posmodernidad”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1995).
La imagen concreta de la falta de voluntad es la del vicioso, que opta por el consumo excesivo de comida, bebida, cigarrillos, etc., aun cuando sabe que en el largo plazo tal tendencia será negativa para su salud y para su vida. Lo opuesto al vicioso es el individuo que, aun agradándole el consumo de comida, bebida o cigarrillos, nunca incurre en excesos, precisamente porque vislumbra los efectos futuros y de esa manera gobierna con su mente los deseos inmediatos del cuerpo.
Esta lucha interior del hombre consigo mismo, aparece en algunos textos bíblicos. Fernando Mires escribió: “El ser humano es desde su origen y nacimiento portador de una contradicción no resuelta, la de ser espíritu y carne al mismo tiempo. Dios –de acuerdo con la lección de los dos testamentos- le dio esa contradicción para que tomara una decisión a favor o en contra del espíritu o, por último, para que el mismo mediara entre sus dos formas polares de existir. A fin de que pudiera decidir hacia un lado o hacia el otro, le dio, además, a través del pueblo judío, leyes o mandamientos. Pero, como afirma Paulo, el pecado antecede a la ley, sólo que antes de la ley no podía ser imputado…En este sentido hablaba Paulo de «las dos leyes», la de la naturaleza que es la de querer, y la del espíritu, que es la del deber. «Verdaderamente soy feliz en la ley de Dios, de acuerdo al hombre que yo soy por dentro, pero contemplo en mis miembros otra ley que guerrea contra la ley de mi mente y que me conduce cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Romanos 7, 22 y 23)” (De “El pensamiento de Benedicto XVI”-Libros de la Araucaria SA-Buenos Aires 2007).
Existe una tendencia inconsciente, en la persona con poca voluntad, de considerar “bueno” todo lo que quiere o desea, adoptando una escala de valores centrada en sus apetencias personales. Por el contrario, quien utiliza el razonamiento para prever el futuro, quiere o desea lo que previamente ha considerado como “bueno”. En el primer caso es el cuerpo quien indica lo que es bueno; en el segundo caso es la mente la que orienta al cuerpo. Enrique Rojas escribió: “Cuando la voluntad está educada, el hombre de cualquier edad se vuelve joven, lozano y con mucho heroísmo en su comportamiento. Es la aspiración de llegar a ser un hombre superior”.
“La voluntad es el cauce por donde se afirman los objetivos, los propósitos y las mejores esperanzas, y sus dos ingredientes más importantes para ponerla en marcha son la motivación y la ilusión. La primera arrastra con su fuerza hacia el porvenir; la segunda es la alegría de llevar los argumentos de la existencia hasta el final”.
“Entre la motivación y la ilusión radica la razón de proponerse mejorar cuestiones pequeñas: es decir, hago lo que debo, aunque me cueste, aunque no lo entienda en ese momento. Debemos aprender a desatender esas voces interiores que nos quieren llevar sólo a lo que nos apetece o nos gusta, o hacia lo que nos pide el cuerpo, alejándonos del trayecto adecuado”.
“Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, por eso está estructurada a base de esfuerzos no muy grandes, pero tenaces y pacientes, que se van sumando un día tras otro. No sólo se consigue tener voluntad superando los problemas momentáneos, sino que la clave está en la constancia, en no abandonarse. Primero dar un primer paso y luego otro, y más tarde hacer un esfuerzo suplementario. De ahí surgen y allí es donde se forjan los hombres de una pieza; los que saben saltar por encima del cansancio, la dificultad, la frustración, la desgana y los mil y un avatares que la vida trae consigo”.
“El que lucha siempre está alegre, porque ha aprendido a dominarse, por eso se mantiene joven. Todo lo que es válido cuesta lograrlo. Pero merece la pena vencer la resistencia y perder el miedo al esfuerzo. Hay que aprender a subir poco a poco, aunque sean unos metros y no nos encontremos en las mejores condiciones”.
“La voluntad recia, consistente y pétrea es la clave del éxito de muchas vidas y uno de los mejores adornos de la personalidad; hace al hombre valioso y lo transporta al mundo donde los sueños se hacen realidad” (De “La conquista de la voluntad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2003).
Si bien en todas las épocas y lugares se le presentan al hombre inconvenientes y dificultades para lograr su supervivencia, es posible distinguir el predominio de la voluntad en ciertas épocas y lugares, como también el predominio de la falta de voluntad en otras circunstancias. En el primer caso, puede mencionarse a los filósofos estoicos como precursores del predominio de la razón sobre el placer momentáneo; en el segundo caso tenemos a la actual época posmoderna como ejemplo negativo de la búsqueda de placer a toda costa.
Como representativo de la mentalidad estoica, puede mencionarse al filósofo romano Lucio Anneo Séneca. Nassim Nicholas Taleb escribió: “El estoicismo trata de la domesticación –no necesariamente la eliminación- de las emociones. Su objetivo no es convertir los seres humanos en vegetales. Mi ideal del sabio estoico es alguien que transforma el miedo en prudencia, el dolor en información, el error en iniciación y el deseo en acción” (De “Antifrágil”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2013).
Por su parte, Carlos Goñi escribió: “La moral estoica aconseja una actitud de imperturbabilidad frente al destino, aceptando todo lo que necesariamente ha de ocurrir. Para ello se debe vivir según la naturaleza, que, en el caso del hombre, es vivir según la razón y la virtud. Mediante la virtud, el sabio eliminará las pasiones y, de este modo, podrá mantener un equilibrio interior impasible y ajeno a lo exterior”.
“El sabio, si quiere ser feliz, debe comprender y asumir la ley universal del Destino, de la cual nadie puede escapar. El Destino no es una fuerza sobrenatural, sino la misma naturaleza en cuanto aúna todas las fuerzas. La identificación de la naturaleza con Dios hace que el Destino sea sinónimo de providencia divina, una sabiduría superior a la nuestra, ante la cual sólo podemos someternos”.
“El sabio estoico, a diferencia del epicúreo, recomienda abstenerse de los placeres. Los que no lo hacen, más que tener placer, son tenidos por él, ya que, o se atormentan cuando faltan, o se ahogan en su abundancia. Sacrifican su libertad por su vientre, se venden a los placeres. Bien al contrario, el sabio domina los placeres, y son para él como en campaña los auxiliares y las tropas ligeras, es decir, tienen que servir, no mandar” (De “Las narices de los filósofos”-Editorial Ariel SA-Barcelona 2008).
En cuanto a la posmodernidad, Armando Roa escribió respecto de sus principales características: “Búsqueda primaria de lo hedónico, sin sacrificarse en ahondar situaciones a la vista y sin considerar las consecuencias remotas de lo que se hace. Entrega abierta por lo mismo al consumismo en cuanto entretenida fuente de placer sin problemas. En este aspecto, el vivir a crédito sustituye la anterior mentalidad moderna de privilegiar el ahorro”.
“Se reclama si se vulnera el más pequeño de los derechos, y de hecho suena mal hacerle presente a alguien sus deberes. Se podría pensar que todo derecho involucra un deber, pero la posmodernidad maximiza los derechos y en cambio tiene una mirada benévola, comprensiva, silenciosa, para las evasiones de deberes” (De “Modernidad y Posmodernidad”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1995).
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