Por lo general, poco se tiene en cuenta que las economías de los países exitosos son favorecidas por los gobiernos de turno, cuando éstos respetan el libre mercado, pero son generadas por la actividad privada, principalmente. De ahí que casi siempre se culpa a los gobiernos por las economías mediocres, proponiendo cambios de tipo intervencionista, buscando mejoras. Sin embargo, toda distorsión del proceso del mercado tiende a empeorar las cosas en lugar de mejorarlas.
El surgimiento de las economías dirigidas desde el Estado se establece en Europa en épocas de la Primera Guerra Mundial y posteriores. Tales economías fueron acompañadas de políticas de tipo totalitario, como fueron los casos del fascismo, del nazismo y del comunismo. Fausino Ballvé escribió al respecto: "Durante la guerra del 1914-18 los gobiernos de los países beligerantes y de algunos países neutrales reclamaron de sus parlamentos facultades para intervenir en la vida económica. Las justificaban por los secretos militares, por las prioridades que la guerra exigía y, en los países neutrales, por la necesidad de parar en seco los golpes que el huracán bélico daba a la vida económica normal produciendo escasez y carestía. Terminada la guerra vino la normalización con sus problemas y luego vinieron las crisis".
"Las aguas no querían volver a sus cauces pacíficos y entonces apareció en Alemania la palabra «Planwirtschaf». Olvidando el origen de todo aquel desorden se dijo que la economía moderna era demasiado complicada para andar sola. Era preciso que los «sabios» trazaran planes y que los gobiernos los aplicaran. Sabios no faltaron; tampoco gobiernos deseosos de ampliar su esfera de poder, ni burócratas que especularan sobre las posibilidades de un trabajo tranquilo y bien remunerado en las nuevas oficinas que exigía la intervención económica gubernamental".
"Surgió una catarata de libros sobre la economía dirigida o la planeación económica. Roosevelt ensayó en los Estados Unidos, con resultados absolutamente espectaculares y engañosos, el New Deal. Lord Keynes lanzó su Teoría General de la Ocupación, el interés y el dinero, las escuelas de Economía fabricaron a todo vapor generaciones de economistas pedantes que vieron el cielo abierto en la sin cesar creciente administración pública y el mundo se inundó por el «dirigismo», epidemia que recuerda la pavorosa grippe española que también siguió a la Primera Guerra Mundial".
"Los «dirigistas» o «planeadores», según dicen ellos, quieren salvar la economía libre, aun cuando de hecho son, como lo ha demostrado Friedrich Hayek en su famoso Camino de Servidumbre, las Celestinas del comunismo, aun sin darse cuenta muchos de ellos. Su propósito, según palabras de W. A. Lewis (La planeación económica) es remediar las debilidades de la economía de libre empresa, que consisten en la falta de movilidad de los recursos, la injusta distribución de la riqueza y la incapacidad para hacer frente al comercio internacional. Los remedios que proponen para remediar estas «debilidades» son, en resumen, los impuestos y los subsidios, la intervención en los salarios y en los precios, el control de la moneda y el control del comercio internacional" (De "Diez lecciones de economía"-Victor P. de Zavalía Editor-Buenos Aires 1960).
Entre las justificaciones aducidas por los sectores dirigistas subyace la idea de que los capitalistas y empresarios son "egoístas y explotadores por naturaleza" y que los políticos a cargo del Estado están exentos de tales defectos, algo que constituye una especie de discriminación social latente. Más adelante Ballvé escribe: "Lewis y sus correligionarios proponen la confiscación de los capitales. Quieren sustraer el capital privado, por medio de estas confiscaciones a la economía y entregarlo al gobierno. Y ¿qué hará el gobierno con el dinero? No puede hacer más que una de estas dos cosas: o gastarlo en forma improductiva (aumento de la burocracia y de la policía, obras públicas de fantasía) en cuyo caso la producción se estanca en relación con el aumento de la población, y el nivel de vida baja, o bien emplearlo en la producción directamente o por medio de organizaciones llamadas descentralizadas, lo cual, prácticamente es el socialismo, que es precisamente lo que los dirigistas pretenden querer evitar con sus medidas correctivas de las «debilidades de la economía libre»".
"Dentro de esta línea redistributiva y «para que los pobres no sufran tanto», proponen los dirigistas el control de los precios y de los salarios, pero no de todos, porque esto sería el socialismo que según ellos quieren evitar. Hay a veces artículos de consumo necesario que resultan demasiado caros para los pobres y hay que fijarles precios bajos obligatorios. Pero esto, que es tan simpático en teoría, resulta imposible en la práctica".
"Ningún productor estará dispuesto a sostener una producción incosteable, porque las cosas no son caras por capricho del productor -la libre competencia cuida de evitarlo-, sino por su costo. Si se fijan por el gobierno precios incosteables, el productor, o dejará de producir o habrá que subsidiarlo. Y como los subsidios los paga el gobierno con el dinero del contribuyente, resulta que lo que el consumidor ahorra en el precio lo paga en el impuesto".
"Por otra parte la baratura de un producto invita al despilfarro y entonces se impone el racionamiento. Pero este tampoco resuelve el problema. Cuando hay racionamiento todo el mundo toma su ración íntegra aun cuando no la necesite, y la revende en el mercado negro o la emplea para fines inferiores para alimentar el ganado con el pan del racionamiento de las personas. En Francia, cuando terminó la última guerra, se suprimió el racionamiento del pan, y el gobierno tuvo la sorpresa de ver que, en régimen de mercado libre, los franceses consumían menos pan que en régimen de racionamiento".
Por lo general, los dirigistas tienen como objetivo lograr la igualdad social o económica de la población, en lugar de lograr la reducción de la pobreza. La eliminación de la desigualdad tiende a limitar el sufrimiento de los envidiosos, que lo son por cuanto en su escala de valores sólo cuenta lo material, dejando de lado lo emocional y lo intelectual.
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