El bien y del mal, asociados a los posibles y necesarios premios y castigos, implicarían distintos procesos según las distintas versiones. Pueden distinguirse tres principales, asociándolas a algunos personajes representativos:
Teísmo: es Dios quien juzga el bien y el mal equilibrando en el más allá lo que los seres humanos realizamos en nuestra vida, premiando virtudes y castigando pecados. (Locke)
Deísmo: cada uno es consciente de sus actos y de sus efectos, premiándonos o castigándonos a nosotros mismos según que aquellos sean buenos o malos, respectivamente. (Shafstesbury)
No religión o ateísmo: el bien y el mal es una convención humana, por lo que los premios y castigos deberán ser impuestos por las leyes humanas. (Hobbes)
Al respecto, William H. Marnell escribió: "Queda en pie el problema de la sanción moral. Shafstesbury rechaza despectivamente el concepto de Hobbes según el cual la ley moral es de creación humana y las sanciones son, por tanto, las que estipula la ley positiva".
"En verdad, la refutación de Hobbes es el punto de partida de Characteristic, así como de muchos otros tratados filosóficos de la época. Rechaza con igual vigor la tesis de John Locke de que el origen de la moral es la voluntad de Dios y el principio de placer o dolor depende en último análisis de los premios y castigos en el más allá".
"Shafstesbury descubre que la verdadera sanción es la interior, la aprobación o desaprobación del propio sentido moral. Con esa sanción interior empalma el amor y la veneración debidos a un Dios justo. La prueba final de la sanción es la forma en que el modo de actuar influye sobre el bienestar general. La actitud del sentido moral perfectamente desarrollado es la benevolencia general; las virtudes sociales trascienden las personales" (De "El orden creado por el hombre" de William H. Marnell-Editorial Nova SACI-Buenos Aires 1971).
La conciencia moral, asociada a la empatía emocional, actúa como un proceso que nos premia o nos castiga según las acciones y los efectos que en los demás producen dichas acciones, o actitudes en general. De ahí que no haría falta la existencia de un Dios justiciero que "anotara" y juzgara nuestras acciones para adoptar una decisión final que podría ser negativa para muchas personas. La ausencia de conciencia moral y de empatía emocional tiende a limitar el nivel de felicidad logrado, limitando el premio a la virtud.
En esta síntesis no se ha tenido en cuenta una postura que tiene bastante aceptación en nuestra época y es el relativismo moral, por el cual, se afirma, que no existe el bien ni en mal objetivamente, sino que tales calificativos dependen de las visión subjetiva de cada persona. Tal postura no parece adecuarse a lo que podemos observar cada día, especialmente el sufrimiento de muchas personas, que podemos asociarlo a alguna forma de mal.
lunes, 10 de abril de 2023
domingo, 9 de abril de 2023
El kirchnerismo es una cuadrilla de demolición
Por Roberto Cachanosky
El día que se haga el cálculo de lo que le costó a los argentinos la era kirchnerista, vamos a entender porque estalló la pobreza, la indigencia, las empresas que se fugan del país y por qué el país entró en una espiral de decadencia más acelerada. Estos 20 años de presencia kirchnerista en la vida política nacional de Argentina, nos costó fortunas en dilapidar recursos, pero, además, nos seguirá costando fortunas aún cuando se hayan ido del gobierno.
El juicio que acaba de perder el gobierno argentino por la estatización de YPF puede costarnos USD 20.000 millones. Si le sumamos los casi USD 5.000 millones que Axel Kicillof le pagó de más al Club de París, ya tenemos que en esos dos rubros el kirchnerismo le costó al país la mitad del préstamo del FMI.
Pero recordemos que, con el argumento de darle asado artificialmente barato a la gente, el kirchnerismo hizo que se liquidaran 10 millones de cabezas de ganado.
También recordemos que la producción de trigo se redujo a la mitad, ya que las restricciones a las exportaciones junto con el atraso del tipo de cambio hicieron que la producción bajara de 16 millones de toneladas a 8 millones.
Si vamos a la destrucción de la industria gasífera, el precio máximo que le pusieron a la extracción de gas en boca de pozo hizo que Argentina redujera en un 20% la producción de gas, pero como la gente podía acceder a un precio artificialmente barato al gas natural, subió la demanda. Es decir, pasó algo de pizarrón cuando el Estado establece un precio máximo: se redujo la oferta y aumentó la demanda, con lo cual hubo que dejar de exportar gas, empezar a importar gas a un precio de USD 15 el millón BTU y se terminó pagando fortunas por algo que se podría haber conseguido a precios más bajos.
El gráfico muestra cómo entre 1997, cuando se privatizó el sistema energético, y 2005 hasta que Néstor Kirchner metió mano en las tarifas de los servicios públicos, aumentaban todo el tiempo las exportaciones y las importaciones de gas eran cero. La disparatada política de precios máximos para el gas hizo que se desplomaran las exportaciones a cero y se dispararan las importaciones de gas.
¿Quién no recuerda los barcos de gas licuado que importaba Julio De Vido?
El listado de destrucción económica que hizo el kirchnerismo es inmenso, estos son sólo algunos de los ejemplos. El kirchnerismo fue una verdadera cuadrilla de demolición.
Pero la mayor destrucción económica está por venir y es el resultado de haber destruido la cultura del trabajo y establecer la cultura de la dádiva para tener clientelismo político y establecer una suerte de pueblo esclavo del gobierno de turno. Esclavos impositivos por un lado y esclavos que sólo pueden comer si el puntero político les tira algunas migajas.
Llevaron a la población a un nivel de indignidad nunca visto en nuestro país.
La otra gran destrucción que va a costar mucho reconstruir es la confianza en las instituciones. Por instituciones me refiero a las reglas de juego.
Confiscaron ahorros en las AFJP, pusieron cepos cambiarios, destrozaron la moneda, no respetaron los contratos, destruyeron las estadísticas económicas para esconder la pobreza, la inflación y demás indicadores económicos.
El costo que habrá que pagar por el juicio perdido con YPF sin duda que es importante, pero lo más grave es el costo en términos de credibilidad que perdió Argentina como país en que el Estado se encarga de hacer respetar las reglas de juego. El kirchnerismo fue el primero en no respetar las mismas reglas de juego que ellos imponían, como, por ejemplo, cuarentena para toda la población y ellos haciendo fiestas de cumpleaños o vacunatorios VIP.
En síntesis, lo de YPF es una pérdida tangible como la de las 10 millones de cabezas de ganado, las importaciones de gas o la reducción en la producción de granos.
Lo que es más difícil de medir, pero tiene un costo enorme en términos de prosperidad, es la destrucción institucional generada por estos 20 años de atropellos institucionales. Volver a recuperar la confianza en las instituciones argentinas para que los empresarios se animen a hundir inversiones y crear puestos de trabajo, va a llevar mucho tiempo. Tiempo que implicará demorar la salida de la pobreza y de la indigencia.
(De www.elcato.org)
El día que se haga el cálculo de lo que le costó a los argentinos la era kirchnerista, vamos a entender porque estalló la pobreza, la indigencia, las empresas que se fugan del país y por qué el país entró en una espiral de decadencia más acelerada. Estos 20 años de presencia kirchnerista en la vida política nacional de Argentina, nos costó fortunas en dilapidar recursos, pero, además, nos seguirá costando fortunas aún cuando se hayan ido del gobierno.
El juicio que acaba de perder el gobierno argentino por la estatización de YPF puede costarnos USD 20.000 millones. Si le sumamos los casi USD 5.000 millones que Axel Kicillof le pagó de más al Club de París, ya tenemos que en esos dos rubros el kirchnerismo le costó al país la mitad del préstamo del FMI.
Pero recordemos que, con el argumento de darle asado artificialmente barato a la gente, el kirchnerismo hizo que se liquidaran 10 millones de cabezas de ganado.
También recordemos que la producción de trigo se redujo a la mitad, ya que las restricciones a las exportaciones junto con el atraso del tipo de cambio hicieron que la producción bajara de 16 millones de toneladas a 8 millones.
Si vamos a la destrucción de la industria gasífera, el precio máximo que le pusieron a la extracción de gas en boca de pozo hizo que Argentina redujera en un 20% la producción de gas, pero como la gente podía acceder a un precio artificialmente barato al gas natural, subió la demanda. Es decir, pasó algo de pizarrón cuando el Estado establece un precio máximo: se redujo la oferta y aumentó la demanda, con lo cual hubo que dejar de exportar gas, empezar a importar gas a un precio de USD 15 el millón BTU y se terminó pagando fortunas por algo que se podría haber conseguido a precios más bajos.
El gráfico muestra cómo entre 1997, cuando se privatizó el sistema energético, y 2005 hasta que Néstor Kirchner metió mano en las tarifas de los servicios públicos, aumentaban todo el tiempo las exportaciones y las importaciones de gas eran cero. La disparatada política de precios máximos para el gas hizo que se desplomaran las exportaciones a cero y se dispararan las importaciones de gas.
¿Quién no recuerda los barcos de gas licuado que importaba Julio De Vido?
El listado de destrucción económica que hizo el kirchnerismo es inmenso, estos son sólo algunos de los ejemplos. El kirchnerismo fue una verdadera cuadrilla de demolición.
Pero la mayor destrucción económica está por venir y es el resultado de haber destruido la cultura del trabajo y establecer la cultura de la dádiva para tener clientelismo político y establecer una suerte de pueblo esclavo del gobierno de turno. Esclavos impositivos por un lado y esclavos que sólo pueden comer si el puntero político les tira algunas migajas.
Llevaron a la población a un nivel de indignidad nunca visto en nuestro país.
La otra gran destrucción que va a costar mucho reconstruir es la confianza en las instituciones. Por instituciones me refiero a las reglas de juego.
Confiscaron ahorros en las AFJP, pusieron cepos cambiarios, destrozaron la moneda, no respetaron los contratos, destruyeron las estadísticas económicas para esconder la pobreza, la inflación y demás indicadores económicos.
El costo que habrá que pagar por el juicio perdido con YPF sin duda que es importante, pero lo más grave es el costo en términos de credibilidad que perdió Argentina como país en que el Estado se encarga de hacer respetar las reglas de juego. El kirchnerismo fue el primero en no respetar las mismas reglas de juego que ellos imponían, como, por ejemplo, cuarentena para toda la población y ellos haciendo fiestas de cumpleaños o vacunatorios VIP.
En síntesis, lo de YPF es una pérdida tangible como la de las 10 millones de cabezas de ganado, las importaciones de gas o la reducción en la producción de granos.
Lo que es más difícil de medir, pero tiene un costo enorme en términos de prosperidad, es la destrucción institucional generada por estos 20 años de atropellos institucionales. Volver a recuperar la confianza en las instituciones argentinas para que los empresarios se animen a hundir inversiones y crear puestos de trabajo, va a llevar mucho tiempo. Tiempo que implicará demorar la salida de la pobreza y de la indigencia.
(De www.elcato.org)
Saber y comprender
Por lo general, no le damos demasiada importancia a la diferencia entre saber y comprender, entendiendo como "saber"
el hecho de conocer algo del mundo real, mientras que "comprender" implica haberle dado un significado o una conclusión que nos sirva posteriormente para ampliar nuestros conocimientos. Julián Marías escribió: "La laboriosidad de un erudito empieza a ser ciencia cuando moviliza los hechos y los saberes hacia una teoría. La ciencia no es saber. La ciencia consiste en sustituir el saber que parecía seguro por una teoría, esto es, por algo siempre problemático".
"Esa «omnípoda conexión» que es la filosofía lleva a Ortega a contraponer el «mero saber» y el «comprender». Sabemos muchas cosas que no comprendemos; toda sabiduría de hechos es incomprensiva, y sólo se justifica entrando al servicio de una teoría" (De "Ortega. Circunstancia y vocación"-Alianza Editorial SA-Madrid 1983).
Por otra parte, el conde Keyserling expresó: “El saber corresponde a los hechos, la comprensión a su significado. Comprender es más necesario que saber” (Citado en “Nuestra civilización apóstata frente al cristianismo” de Jorge P. Howard-Editorial Círculo de Estudios Cristianos-Buenos Aires 1935).
En el ámbito de la ciencia experimental se advierte más claramente la diferencia mencionada, ya que los científicos observan por lo general una gran diversidad de fenómenos aislados que deben ser sintetizados mediante alguna teoría. De ahí que Theodosius Dobzhansky escribió: “Durante casi un siglo, la influencia de la teoría de la evolución se ha hecho sentir más allá de los límites de la biología. En realidad, esta influencia ha crecido aceleradamente, y en la actualidad la idea de la evolución ha llegado a formar parte del capital intelectual de la civilización occidental. En biología esta idea es fundamental. Para el estudiante principiante, y no menos para el profesor y el especialista, la idea de evolución da sentido a lo que de otro modo sería una tediosa descripción de hechos áridos que deberían memorizarse y que pronto se olvidarían una vez finalizados los cursos. Esos mismos hechos y descripciones de seres que alguna vez o nunca hemos visto, a la luz de la evolución se transforman en fascinantes. Conocerlos se convierte en una aventura intelectual” (De “La evolución, la genética y el hombre”-EUDEBA-Buenos Aires 1966).
En el ámbito de la educación también debería seguirse el criterio científico, lo que no siempre ocurre. Ante la programación de la educación como si el alumno fuese una computadora, Fernando Savater escribió: “Puede aprenderse mucho sobre lo que nos rodea sin que nadie nos lo enseñe ni directa ni indirectamente (adquirimos gran parte de nuestros conocimientos más funcionales así), pero en cambio la llave para entrar en el jardín simbólico de los significados siempre tenemos que pedírsela a nuestros semejantes. De ahí el profundo error actual… de homologar la dialéctica educativa con el sistema por el que se programa la información de los ordenadores. No es lo mismo procesar información que comprender significados”.
“La verdadera educación no sólo consiste en enseñar a pensar sino también en aprender a pensar sobre lo que se piensa y este momento reflexivo –el que con mayor nitidez marca nuestro salto evolutivo respecto a otras especies- exige constatar nuestra pertenencia a una comunidad de criaturas pensantes. Todo puede ser privado e inefable –sensaciones, pulsiones, deseos…- menos aquello que nos hace partícipes de un universo simbólico y a lo que llamamos «humanidad»” (De “El valor de educar”-Editorial Ariel SA-Barcelona 1997).
Jorge Bosch advirtió el reemplazo de criterios científicos en la educación por cierto adoctrinamiento ideológico que no contempla las ventajas educativas de los alumnos, sino una preparación de tipo antiliberal, en donde la idea esencial es combatir el "consumismo", olvidando que el capital se construye con ahorros, algo que poco o nada tiene que ver con el consumismo. Al respecto escribió: “Para los ideólogos –y hay abundante literatura al respecto- la cosa es de una simplicidad atroz: el que emite el mensaje es creativo-productivo y el que lo recibe es pasivo y consumista; de ahí que la mejor manera de difundir la cultura no es conducir a la gente hacia la comprensión de las grandes obras de arte, de la ciencia y de la filosofía, sino dar a todos los medios materiales para que «se expresen»: repartir lápices, pinceles, instrumentos musicales, ¡y que empiecen a crear! Y aquél que, en medio de esa fiesta exultante de la creatividad, se detiene a contemplar la obra de algún Maestro, es castigado con el anatema del consumismo” (De “Cultura y contracultura”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1991).
"Esa «omnípoda conexión» que es la filosofía lleva a Ortega a contraponer el «mero saber» y el «comprender». Sabemos muchas cosas que no comprendemos; toda sabiduría de hechos es incomprensiva, y sólo se justifica entrando al servicio de una teoría" (De "Ortega. Circunstancia y vocación"-Alianza Editorial SA-Madrid 1983).
Por otra parte, el conde Keyserling expresó: “El saber corresponde a los hechos, la comprensión a su significado. Comprender es más necesario que saber” (Citado en “Nuestra civilización apóstata frente al cristianismo” de Jorge P. Howard-Editorial Círculo de Estudios Cristianos-Buenos Aires 1935).
En el ámbito de la ciencia experimental se advierte más claramente la diferencia mencionada, ya que los científicos observan por lo general una gran diversidad de fenómenos aislados que deben ser sintetizados mediante alguna teoría. De ahí que Theodosius Dobzhansky escribió: “Durante casi un siglo, la influencia de la teoría de la evolución se ha hecho sentir más allá de los límites de la biología. En realidad, esta influencia ha crecido aceleradamente, y en la actualidad la idea de la evolución ha llegado a formar parte del capital intelectual de la civilización occidental. En biología esta idea es fundamental. Para el estudiante principiante, y no menos para el profesor y el especialista, la idea de evolución da sentido a lo que de otro modo sería una tediosa descripción de hechos áridos que deberían memorizarse y que pronto se olvidarían una vez finalizados los cursos. Esos mismos hechos y descripciones de seres que alguna vez o nunca hemos visto, a la luz de la evolución se transforman en fascinantes. Conocerlos se convierte en una aventura intelectual” (De “La evolución, la genética y el hombre”-EUDEBA-Buenos Aires 1966).
En el ámbito de la educación también debería seguirse el criterio científico, lo que no siempre ocurre. Ante la programación de la educación como si el alumno fuese una computadora, Fernando Savater escribió: “Puede aprenderse mucho sobre lo que nos rodea sin que nadie nos lo enseñe ni directa ni indirectamente (adquirimos gran parte de nuestros conocimientos más funcionales así), pero en cambio la llave para entrar en el jardín simbólico de los significados siempre tenemos que pedírsela a nuestros semejantes. De ahí el profundo error actual… de homologar la dialéctica educativa con el sistema por el que se programa la información de los ordenadores. No es lo mismo procesar información que comprender significados”.
“La verdadera educación no sólo consiste en enseñar a pensar sino también en aprender a pensar sobre lo que se piensa y este momento reflexivo –el que con mayor nitidez marca nuestro salto evolutivo respecto a otras especies- exige constatar nuestra pertenencia a una comunidad de criaturas pensantes. Todo puede ser privado e inefable –sensaciones, pulsiones, deseos…- menos aquello que nos hace partícipes de un universo simbólico y a lo que llamamos «humanidad»” (De “El valor de educar”-Editorial Ariel SA-Barcelona 1997).
Jorge Bosch advirtió el reemplazo de criterios científicos en la educación por cierto adoctrinamiento ideológico que no contempla las ventajas educativas de los alumnos, sino una preparación de tipo antiliberal, en donde la idea esencial es combatir el "consumismo", olvidando que el capital se construye con ahorros, algo que poco o nada tiene que ver con el consumismo. Al respecto escribió: “Para los ideólogos –y hay abundante literatura al respecto- la cosa es de una simplicidad atroz: el que emite el mensaje es creativo-productivo y el que lo recibe es pasivo y consumista; de ahí que la mejor manera de difundir la cultura no es conducir a la gente hacia la comprensión de las grandes obras de arte, de la ciencia y de la filosofía, sino dar a todos los medios materiales para que «se expresen»: repartir lápices, pinceles, instrumentos musicales, ¡y que empiecen a crear! Y aquél que, en medio de esa fiesta exultante de la creatividad, se detiene a contemplar la obra de algún Maestro, es castigado con el anatema del consumismo” (De “Cultura y contracultura”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1991).
viernes, 7 de abril de 2023
Argentina y el falso federalismo
Por Enrique Szewach
Los argentinos vivimos de fantasías, de imágenes que nos creamos, de entornos que idealizamos. No estamos dispuestos a trabajar para concretarlos, ni para pagar los costos necesarios. Un caso emblemático para mí es el federalismo. Hemos construido una parodia de federalismo, una especie de caricatura deformada y recargada. Otra trampa de la que no podemos escapar. Otro laberinto del que no sabemos salir. Invertimos los roles. El federalismo "verdadero", la organización institucional va de lo más pequeño a lo más grande. Y lo que se puede hacer con mayor eficiencia en la jurisdicción más pequeña se hace en ese nivel. Y se delega "hacia arriba" lo que estructuralmente conviene más. Del barrio al municipio. Del municipio a la gobernación. De la gobernación al Estado nacional.
Muchas cuestiones de la sociedad se manejan mejor en forma descentralizada, acercando tanto a quienes toman las decisiones y gobiernan como a quienes reciben los efectos de esas decisiones, es decir, a los gobernados. Los que administran rinden cuentas directamente a sus mandantes inmediatos. En otros casos, resulta superior y más eficaz organizarse centralizadamente: administrar ciertos temas desde un órgano central para todo el país, por razones de escala, por el tipo de información que se necesita, por logística, por uniformidad de criterios, etc. Pero nosotros, por el contrario, hemos elaborado un sistema totalmente inviable e ineficiente.
El Estado nacional cobra la mayoría de los impuestos y después se los "reparte", en función de una serie de "coeficientes" a las provincias. Es decir, los gobernadores, en lugar de tener la responsabilidad de recaudar el grueso de sus ingresos, sólo tiene la potestad de gastarlos. Y como, hagan lo que hagan, les reparten siempre lo mismo, dado que el sistema cambia muy marginalmente sus coeficientes con el tiempo, no tienen ningún incentivo para ayudar a recaudar más y mejor.
De manera que el que se "pelea" con los contribuyentes es el Estado nacional y el que gasta es el provincial o el municipal. Cuando se despilfarra, la plata no alcanza y la "culpa" es del gobierno central que no envía los fondos. Por supuesto que también los gobernadores recaudan impuestos propios. Pero estos impuestos son los peores, por diseño. Y, en general, se superponen a los nacionales. Y luego están los municipios, también inventando impuestos absurdos, cuando lo que reciben no les resulta suficiente.
Y detrás de todo esto, otra vez, está el populismo y la organización política. El reparto de los impuestos nacionales entre las provincias es en función del presente. Se consolida, entonces, la estructura actual. Además, desde la reforma constitucional de 1994, que terminó con el Colegio Electoral, en donde cada provincia tenía un peso propio en la elección presidencial, se elige presidente de la nación por voto directo de todos los habitantes sumados en un solo distrito.
Por lo tanto, las provincias pequeñas, con menor población, perdieron poder. Un presidente que quiere ser reelecto, o un político que quiere acceder al poder, tiene que lograr "dominar" las regiones más populosas, aquellas donde está la mayoría de los votos. El conourbano bonaerense, entonces, equivale a 8 o 9 provincias. Es allí donde se invierten los fondos públicos y donde se hacen las promesas electorales. Es allí donde más se reparte el clientelismo. De manera que es allí donde migra la gente que no encuentra futuro en sus lugares de origen. Y no lo encuentra porque, en esos pueblos, el sector privado no percibe, salvo enormes regalos, incentivos para radicarse, porque esos lugares están lejos de los grandes centros de consumo y las rutas son pésimas.
El transporte ferroviario de carga fue destruido y no abunda la mano de obra calificada dispuesta a "hacer patria" lejos de los grandes centros culturales. Entonces, lo que abunda es el empleo público provincial, que cristaliza, de esa manera, el clientelismo y la dependencia de los fondos públicos. Y ahora que, gracias a la revolución agrícola y la suba de los precios internacionales de nuestra producción se está empezando a producir un cambio extraordinario para el presente y el futuro de esas regiones alejadas y pobres, el gobierno nacional le impone "impuestos a la exportación" que reducen las ganancias de esos sectores y cuyo producido no se redistribuye entre las provincias que albergan a dichos productores. ¡Y la excusa es subsidiar el consumo de esos productos en los grandes centros urbanos!
Entonces, la situación se vuelve cada vez peor, es un círculo vicioso y perverso. Los recursos públicos van adonde hay más gente. No habiendo buena infraestructura y mano de obra calificada, el sector privado se instala lo más cerca posible de los centros de consumo o de las vías eficientes de salida al exterior y la gente migra hacia donde hay más recursos públicos y probabilidad de conseguir trabajo privado, por lo tanto, el interior queda despoblado. Pero como esta migración genera enormes costos de "congestión", los recursos públicos para infraestructura no alcanzan a compensarlos. La calidad de vida en torno a los grandes centros urbanos se deteriora. Se concreta, entonces, un desarrollo regional totalmente desequilibrado y no hay ningún incentivo político para cambiarlo.
Los gobernadores de las provincias grandes, por un lado, sufren el problema pero, por el otro, basan su poder en la cantidad de votos que pueden aportar a los candidatos nacionales. Actúan como dirigentes sindicales, haciendo valer su cantidad de "afiliados". ¿Cómo van a ayudar a redistribuir la población perdiendo clientes? Claro que este entorno hace que se queden sin superávit fiscal. En cuanto los gremios del sector público demandan mejores salarios y condiciones laborales, "bajan" a la Nación a pedir fondos.
Si la Nación los tiene, negocian, "aparato y votos" contra pesos. Y el Estado Central, por su parte, ofrece dinero, paz social, obras públicas, para sostener el poder del gobernador, a cambio de los votos nacionales. Si, por el ciclo económico, la Nación atraviesa dificultades financieras y no tiene más fondos para "ceder" a las provincias, entonces éstas empiezan a endeudarse, primero, con el sistema financiero y luego con la gente, emitiendo cuasi monedas y bonos.
Cuando este mecanismo se agota, porque la gente empieza a rechazar estas cuasi monedas y nadie las acepta fuera del ámbito provincial, los gobernadores no tienen otra salida original que reclamar una devaluación, que genera inflación, les mejora los ingresos -son regiones exportadoras en su mayoría y les reduce, en términos reales, los salarios y las jubilaciones que pagan-. Y de este ciclo no se sale. La devaluación genera el impulso inicial, porque baja los gastos pero, luego, lentamente, los gremios empiezan a retomar poder, los empleados públicos a reclamar aumentos salariales y la rueda vuelve a girar hacia la nueva crisis.
Cambiar esta mecánica perversa exige actitudes y pensamiento estratégicos, y ello no está disponible, al menos en las cantidades necesarias porque, para lograr que la gente vuelva a sus lugares de origen, habría que distribuir los recursos públicos pensando en el futuro y no sólo en el presente. Habría que crear infraestructura y atraer genuinamente al capital privado, sin utilizar mecanismos e instrumentos que son aprovechados mientras duran y luego se abandonan, con lo cual dejan atrás de ellos pueblos fantasmas y trabajadores desocupados forzados a buscar otros destinos.
Habría que hacer algo similar a lo que se hizo con las antiguas colonias de inmigrantes. Proponer una meta épica de repoblar y desarrollar equilibradamente el país, estudiando las ventajas regionales y reagrupando políticamente las organizaciones administrativas. Habría que descentralizar los recursos junto con los gastos. Reforma política, para que los ciudadanos de las provincias pequeñas valgan lo mismo que los del conourbano bonaerense y, en lugar de gastar los fondos para seguir congestionando los grandes centros urbanos y alrededores, destinar recursos públicos para frenar la migración interna, aprovechando los excedentes generados por la revolución agropecuaria y este cambio estructural de precios a favor de las regiones para retener y atraer a la gente a esas poblaciones.
Habría que permitir e incentivar que las ganancias del sector agropecuario se gasten en su entorno y que se paguen con ellas impuestos municipales y provinciales en lugar de nacionales. Y destinar los fondos públicos resultantes, para mejorar la infraestructura y la educación en el interior e inducir al capital privado para agregar valor en torno a los insumos regionales. Eso sería algo parecido a la construcción de un verdadero federalismo. Pero claro, eso implica un enorme trabajo. Un esfuerzo descomunal que nadie está dispuesto a hacer.
Demasiados riesgos y una excesiva apuesta al largo plazo. Es mejor declamar el federalismo y seguir, como hasta ahora, construyendo un país unitario en la práctica, mal poblado y congestionado en dos o tres centros urbanos. Despoblado, pobre, casi miserable. Un país en el que, en muchas de nuestras provincias, la gente sólo depende del empleo público. Y así se han creado las "múltiples" argentinas que conviven, sólo superficialmente, bajo la misma organización política. La Argentina de la Capital Federal y de la zona norte del Gran Buenos Aires, con un nivel de vida parecido al de los paises más desarrollados de Europa. La Argentina del segundo y tercer cordón bonaerense, superpoblada y pobre, al mejor estilo de un país africano o asiático de medio pelo. La Argentina despoblada y rica en recursos mineros del Sur. La Argentina superpoblada y extremadamente pobre del Noroeste, similar a la Latinoamérica profunda.
(De "La eterna novela argentina"-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2008).
Los argentinos vivimos de fantasías, de imágenes que nos creamos, de entornos que idealizamos. No estamos dispuestos a trabajar para concretarlos, ni para pagar los costos necesarios. Un caso emblemático para mí es el federalismo. Hemos construido una parodia de federalismo, una especie de caricatura deformada y recargada. Otra trampa de la que no podemos escapar. Otro laberinto del que no sabemos salir. Invertimos los roles. El federalismo "verdadero", la organización institucional va de lo más pequeño a lo más grande. Y lo que se puede hacer con mayor eficiencia en la jurisdicción más pequeña se hace en ese nivel. Y se delega "hacia arriba" lo que estructuralmente conviene más. Del barrio al municipio. Del municipio a la gobernación. De la gobernación al Estado nacional.
Muchas cuestiones de la sociedad se manejan mejor en forma descentralizada, acercando tanto a quienes toman las decisiones y gobiernan como a quienes reciben los efectos de esas decisiones, es decir, a los gobernados. Los que administran rinden cuentas directamente a sus mandantes inmediatos. En otros casos, resulta superior y más eficaz organizarse centralizadamente: administrar ciertos temas desde un órgano central para todo el país, por razones de escala, por el tipo de información que se necesita, por logística, por uniformidad de criterios, etc. Pero nosotros, por el contrario, hemos elaborado un sistema totalmente inviable e ineficiente.
El Estado nacional cobra la mayoría de los impuestos y después se los "reparte", en función de una serie de "coeficientes" a las provincias. Es decir, los gobernadores, en lugar de tener la responsabilidad de recaudar el grueso de sus ingresos, sólo tiene la potestad de gastarlos. Y como, hagan lo que hagan, les reparten siempre lo mismo, dado que el sistema cambia muy marginalmente sus coeficientes con el tiempo, no tienen ningún incentivo para ayudar a recaudar más y mejor.
De manera que el que se "pelea" con los contribuyentes es el Estado nacional y el que gasta es el provincial o el municipal. Cuando se despilfarra, la plata no alcanza y la "culpa" es del gobierno central que no envía los fondos. Por supuesto que también los gobernadores recaudan impuestos propios. Pero estos impuestos son los peores, por diseño. Y, en general, se superponen a los nacionales. Y luego están los municipios, también inventando impuestos absurdos, cuando lo que reciben no les resulta suficiente.
Y detrás de todo esto, otra vez, está el populismo y la organización política. El reparto de los impuestos nacionales entre las provincias es en función del presente. Se consolida, entonces, la estructura actual. Además, desde la reforma constitucional de 1994, que terminó con el Colegio Electoral, en donde cada provincia tenía un peso propio en la elección presidencial, se elige presidente de la nación por voto directo de todos los habitantes sumados en un solo distrito.
Por lo tanto, las provincias pequeñas, con menor población, perdieron poder. Un presidente que quiere ser reelecto, o un político que quiere acceder al poder, tiene que lograr "dominar" las regiones más populosas, aquellas donde está la mayoría de los votos. El conourbano bonaerense, entonces, equivale a 8 o 9 provincias. Es allí donde se invierten los fondos públicos y donde se hacen las promesas electorales. Es allí donde más se reparte el clientelismo. De manera que es allí donde migra la gente que no encuentra futuro en sus lugares de origen. Y no lo encuentra porque, en esos pueblos, el sector privado no percibe, salvo enormes regalos, incentivos para radicarse, porque esos lugares están lejos de los grandes centros de consumo y las rutas son pésimas.
El transporte ferroviario de carga fue destruido y no abunda la mano de obra calificada dispuesta a "hacer patria" lejos de los grandes centros culturales. Entonces, lo que abunda es el empleo público provincial, que cristaliza, de esa manera, el clientelismo y la dependencia de los fondos públicos. Y ahora que, gracias a la revolución agrícola y la suba de los precios internacionales de nuestra producción se está empezando a producir un cambio extraordinario para el presente y el futuro de esas regiones alejadas y pobres, el gobierno nacional le impone "impuestos a la exportación" que reducen las ganancias de esos sectores y cuyo producido no se redistribuye entre las provincias que albergan a dichos productores. ¡Y la excusa es subsidiar el consumo de esos productos en los grandes centros urbanos!
Entonces, la situación se vuelve cada vez peor, es un círculo vicioso y perverso. Los recursos públicos van adonde hay más gente. No habiendo buena infraestructura y mano de obra calificada, el sector privado se instala lo más cerca posible de los centros de consumo o de las vías eficientes de salida al exterior y la gente migra hacia donde hay más recursos públicos y probabilidad de conseguir trabajo privado, por lo tanto, el interior queda despoblado. Pero como esta migración genera enormes costos de "congestión", los recursos públicos para infraestructura no alcanzan a compensarlos. La calidad de vida en torno a los grandes centros urbanos se deteriora. Se concreta, entonces, un desarrollo regional totalmente desequilibrado y no hay ningún incentivo político para cambiarlo.
Los gobernadores de las provincias grandes, por un lado, sufren el problema pero, por el otro, basan su poder en la cantidad de votos que pueden aportar a los candidatos nacionales. Actúan como dirigentes sindicales, haciendo valer su cantidad de "afiliados". ¿Cómo van a ayudar a redistribuir la población perdiendo clientes? Claro que este entorno hace que se queden sin superávit fiscal. En cuanto los gremios del sector público demandan mejores salarios y condiciones laborales, "bajan" a la Nación a pedir fondos.
Si la Nación los tiene, negocian, "aparato y votos" contra pesos. Y el Estado Central, por su parte, ofrece dinero, paz social, obras públicas, para sostener el poder del gobernador, a cambio de los votos nacionales. Si, por el ciclo económico, la Nación atraviesa dificultades financieras y no tiene más fondos para "ceder" a las provincias, entonces éstas empiezan a endeudarse, primero, con el sistema financiero y luego con la gente, emitiendo cuasi monedas y bonos.
Cuando este mecanismo se agota, porque la gente empieza a rechazar estas cuasi monedas y nadie las acepta fuera del ámbito provincial, los gobernadores no tienen otra salida original que reclamar una devaluación, que genera inflación, les mejora los ingresos -son regiones exportadoras en su mayoría y les reduce, en términos reales, los salarios y las jubilaciones que pagan-. Y de este ciclo no se sale. La devaluación genera el impulso inicial, porque baja los gastos pero, luego, lentamente, los gremios empiezan a retomar poder, los empleados públicos a reclamar aumentos salariales y la rueda vuelve a girar hacia la nueva crisis.
Cambiar esta mecánica perversa exige actitudes y pensamiento estratégicos, y ello no está disponible, al menos en las cantidades necesarias porque, para lograr que la gente vuelva a sus lugares de origen, habría que distribuir los recursos públicos pensando en el futuro y no sólo en el presente. Habría que crear infraestructura y atraer genuinamente al capital privado, sin utilizar mecanismos e instrumentos que son aprovechados mientras duran y luego se abandonan, con lo cual dejan atrás de ellos pueblos fantasmas y trabajadores desocupados forzados a buscar otros destinos.
Habría que hacer algo similar a lo que se hizo con las antiguas colonias de inmigrantes. Proponer una meta épica de repoblar y desarrollar equilibradamente el país, estudiando las ventajas regionales y reagrupando políticamente las organizaciones administrativas. Habría que descentralizar los recursos junto con los gastos. Reforma política, para que los ciudadanos de las provincias pequeñas valgan lo mismo que los del conourbano bonaerense y, en lugar de gastar los fondos para seguir congestionando los grandes centros urbanos y alrededores, destinar recursos públicos para frenar la migración interna, aprovechando los excedentes generados por la revolución agropecuaria y este cambio estructural de precios a favor de las regiones para retener y atraer a la gente a esas poblaciones.
Habría que permitir e incentivar que las ganancias del sector agropecuario se gasten en su entorno y que se paguen con ellas impuestos municipales y provinciales en lugar de nacionales. Y destinar los fondos públicos resultantes, para mejorar la infraestructura y la educación en el interior e inducir al capital privado para agregar valor en torno a los insumos regionales. Eso sería algo parecido a la construcción de un verdadero federalismo. Pero claro, eso implica un enorme trabajo. Un esfuerzo descomunal que nadie está dispuesto a hacer.
Demasiados riesgos y una excesiva apuesta al largo plazo. Es mejor declamar el federalismo y seguir, como hasta ahora, construyendo un país unitario en la práctica, mal poblado y congestionado en dos o tres centros urbanos. Despoblado, pobre, casi miserable. Un país en el que, en muchas de nuestras provincias, la gente sólo depende del empleo público. Y así se han creado las "múltiples" argentinas que conviven, sólo superficialmente, bajo la misma organización política. La Argentina de la Capital Federal y de la zona norte del Gran Buenos Aires, con un nivel de vida parecido al de los paises más desarrollados de Europa. La Argentina del segundo y tercer cordón bonaerense, superpoblada y pobre, al mejor estilo de un país africano o asiático de medio pelo. La Argentina despoblada y rica en recursos mineros del Sur. La Argentina superpoblada y extremadamente pobre del Noroeste, similar a la Latinoamérica profunda.
(De "La eterna novela argentina"-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2008).
jueves, 6 de abril de 2023
Haciendo lo mismo y esperando resultados distintos...
En la Argentina nos caracterizamos, entre otras cosas, por hacer siempre las mismas cosas esperando resultados distintos. De ahí la caída permanente en el ranking económico entre los diversos países del planeta. Desde algunos años antes de iniciado el siglo XX (1882) hasta el año 1949, la Argentina ocupaba un lugar entre los 10 países con mayor PBI per capita. A partir del acceso al poder de Perón, en 1946, se inicia un retroceso casi permanente que nos ubica allá por el lugar 70 o algo más abajo.
Como el peronismo implicó una política efectiva para la conquista de votos, aunque negativa económicamente hablando, fue imitada en el futuro por seguidores y "opositores". Actualmente se sigue criticando al liberalismo como algo nefasto y al peronismo como algo exitoso, en total contradicción con las estadísticas mencionadas, lo que implica una especie de autodestrucción voluntaria.
A continuación se transcriben unos párrafos de un libro editado hace unos 15 años, que no pierde actualidad (y quizás no la pierda en el futuro) porque en este país siempre hacemos lo mismo, es decir, hacemos lo que nos destruye un poco más cada día:
El mundo es cada vez más complejo. Los cambios se aceleran, las incertidumbres predominan y las personas, las empresas, los países, requieren cada vez mayor flexibilidad y capacidad de adaptación al medio. Con capacidad para enfrentar un entorno impredecible e imprevisto.
Las políticas públicas, en la Argentina, en cambio, se diseñan, a contramano de esta tendencia, incorporando rigideces en lugar de flexibilidades, lo que impide la adaptación rápida a entornos cambiantes, en lugar de facilitarlos. Algo paradójico para un país cuyo ciclo económico depende, sistemáticamente, de un escenario internacional que no domina ni controla.
Y aquí, otra vez, se muestra con toda su potencia el populismo más rancio. En los momentos de bonanza, políticos cortoplacistas, impulsados por las demandas de una sociedad más cortoplacista aún, votan leyes, reglamentos, medidas, que sólo tienen sentido cuando la economía progresa y hay recursos excedentes.
Todas estas normas culminan incorporando ajustes automáticos hacia arriba que aumentan el gasto cuando la economía se expande, pero que no lo bajan cuando se contrae. Movilidad jubilatoria. Incrementos en el presupuesto educativo en función del aumento del PBI. Pases a planta permanente de empleados contratados. Obras públicas faraónicas, sin financiamiento de largo plazo y sin imputar ni calcular gastos de mantenimiento. Y mucho más.
Obviamente, mientras el país mantiene su buena senda y los recursos públicos se multiplican, no hay problemas y todos contentos. De pronto, no importa la razón, la economía ingresa en un ciclo negativo, empiezan a faltar los recursos y no estamos en condiciones de financiarnos con deuda, para cubrir el bache financiero derivado de la necesidad de cumplir con los compromisos votados en la bonanza. Es decir, solucionando con ingresos extras por endeudamiento la falta de fondos hasta el momento.
Hasta que vuelvan las buenas épocas y se pueda repagar como hacen la mayoría de los países con las deudas contraídas en la parte negativa del ciclo. Y no podemos emitir nueva deuda, porque ya hemos acumulado una deuda muy grande y no nos caracterizamos, precisamente, por ser buenos pagadores. Tampoco tenemos un fondo anticíclico ahorrado. En esas circunstancias, no existen, por lo tanto, recursos para cumplir con los compromisos automáticos votados y asumidos en la parte positiva del ciclo.
Surgen, entonces, las "soluciones" argentinas. Leyes de emergencia. Violaciones a las normas. Y la solución más mágica de todas, la devaluación y la inflación para estafar sin culpas, sin responsables directos, licuando los gastos no indexados. Como se incumplen leyes genuinamente votadas en su momento, surgen los juicios de los damnificados. Y allí, entonces, la necesidad de los gobiernos por "controlar" el Poder Judicial para que, al menos, demore un tiempo sus fallos.
Varios años después, entonces, alguna Corte Suprema reconoce que se han violado leyes y obliga a cumplirlas. Con suerte, para ese entonces, el ciclo positivo ha retornado. Se retoma, entonces, lo previsto en materia de ajustes automáticos y, por lo acumulado y no cumplido durante el ciclo negativo, se emite nueva deuda, se paga con bonos y sigue la fiesta, hasta el próximo ciclo. Por supuesto que, en el mientras tanto, lo que se puede reducir sin problemas, en ese contexto, es la inversión pública en infraestructura, se sacrifica a las generaciones futuras y se atrasa el progreso, porque esas obras llevan tiempo para construirse y mantenerse.
Al final del día, por lo tanto, otra vez el futuro empeñado por el presente. Menos inversión pública, más deuda acumulada. Y como la estafa previa va reduciendo el margen de maniobra para estafar para delante, los nuevos compromisos que se votan también llevan cláusulas de supuesta protección y ajuste automático.
En síntesis, más rigideces todavía. El populismo condenando la posibilidad de tener un país ordenado, con normas y leyes cumplibles, con legisladores responsables y una justicia independiente y eficaz. Sobre todo, la estafa y la mentira encubiertas e implícitas, como medios de resolución de conflictos.
(De "La eterna novela argentina" de Enrique Szewach-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2008).
Como el peronismo implicó una política efectiva para la conquista de votos, aunque negativa económicamente hablando, fue imitada en el futuro por seguidores y "opositores". Actualmente se sigue criticando al liberalismo como algo nefasto y al peronismo como algo exitoso, en total contradicción con las estadísticas mencionadas, lo que implica una especie de autodestrucción voluntaria.
A continuación se transcriben unos párrafos de un libro editado hace unos 15 años, que no pierde actualidad (y quizás no la pierda en el futuro) porque en este país siempre hacemos lo mismo, es decir, hacemos lo que nos destruye un poco más cada día:
El mundo es cada vez más complejo. Los cambios se aceleran, las incertidumbres predominan y las personas, las empresas, los países, requieren cada vez mayor flexibilidad y capacidad de adaptación al medio. Con capacidad para enfrentar un entorno impredecible e imprevisto.
Las políticas públicas, en la Argentina, en cambio, se diseñan, a contramano de esta tendencia, incorporando rigideces en lugar de flexibilidades, lo que impide la adaptación rápida a entornos cambiantes, en lugar de facilitarlos. Algo paradójico para un país cuyo ciclo económico depende, sistemáticamente, de un escenario internacional que no domina ni controla.
Y aquí, otra vez, se muestra con toda su potencia el populismo más rancio. En los momentos de bonanza, políticos cortoplacistas, impulsados por las demandas de una sociedad más cortoplacista aún, votan leyes, reglamentos, medidas, que sólo tienen sentido cuando la economía progresa y hay recursos excedentes.
Todas estas normas culminan incorporando ajustes automáticos hacia arriba que aumentan el gasto cuando la economía se expande, pero que no lo bajan cuando se contrae. Movilidad jubilatoria. Incrementos en el presupuesto educativo en función del aumento del PBI. Pases a planta permanente de empleados contratados. Obras públicas faraónicas, sin financiamiento de largo plazo y sin imputar ni calcular gastos de mantenimiento. Y mucho más.
Obviamente, mientras el país mantiene su buena senda y los recursos públicos se multiplican, no hay problemas y todos contentos. De pronto, no importa la razón, la economía ingresa en un ciclo negativo, empiezan a faltar los recursos y no estamos en condiciones de financiarnos con deuda, para cubrir el bache financiero derivado de la necesidad de cumplir con los compromisos votados en la bonanza. Es decir, solucionando con ingresos extras por endeudamiento la falta de fondos hasta el momento.
Hasta que vuelvan las buenas épocas y se pueda repagar como hacen la mayoría de los países con las deudas contraídas en la parte negativa del ciclo. Y no podemos emitir nueva deuda, porque ya hemos acumulado una deuda muy grande y no nos caracterizamos, precisamente, por ser buenos pagadores. Tampoco tenemos un fondo anticíclico ahorrado. En esas circunstancias, no existen, por lo tanto, recursos para cumplir con los compromisos automáticos votados y asumidos en la parte positiva del ciclo.
Surgen, entonces, las "soluciones" argentinas. Leyes de emergencia. Violaciones a las normas. Y la solución más mágica de todas, la devaluación y la inflación para estafar sin culpas, sin responsables directos, licuando los gastos no indexados. Como se incumplen leyes genuinamente votadas en su momento, surgen los juicios de los damnificados. Y allí, entonces, la necesidad de los gobiernos por "controlar" el Poder Judicial para que, al menos, demore un tiempo sus fallos.
Varios años después, entonces, alguna Corte Suprema reconoce que se han violado leyes y obliga a cumplirlas. Con suerte, para ese entonces, el ciclo positivo ha retornado. Se retoma, entonces, lo previsto en materia de ajustes automáticos y, por lo acumulado y no cumplido durante el ciclo negativo, se emite nueva deuda, se paga con bonos y sigue la fiesta, hasta el próximo ciclo. Por supuesto que, en el mientras tanto, lo que se puede reducir sin problemas, en ese contexto, es la inversión pública en infraestructura, se sacrifica a las generaciones futuras y se atrasa el progreso, porque esas obras llevan tiempo para construirse y mantenerse.
Al final del día, por lo tanto, otra vez el futuro empeñado por el presente. Menos inversión pública, más deuda acumulada. Y como la estafa previa va reduciendo el margen de maniobra para estafar para delante, los nuevos compromisos que se votan también llevan cláusulas de supuesta protección y ajuste automático.
En síntesis, más rigideces todavía. El populismo condenando la posibilidad de tener un país ordenado, con normas y leyes cumplibles, con legisladores responsables y una justicia independiente y eficaz. Sobre todo, la estafa y la mentira encubiertas e implícitas, como medios de resolución de conflictos.
(De "La eterna novela argentina" de Enrique Szewach-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2008).
miércoles, 5 de abril de 2023
Adoctrinamiento vs. Libertad de pensamiento
Los seres humanos somos el resultado de nuestra herencia genética, asociada a la evolución biológica, y también a la influencia cultural, asociada a la evolución cultural. Ambos procesos apuntan a establecer mayores niveles de adaptación al orden natural, o deberían hacerlo- Tal adaptación apunta a asegurar nuestra supervivencia y a limitar los niveles de sufrimiento, cuya existencia resulta ser una medida del nivel de adaptación logrado. Konrad Lorenz escribió: "El principio de ensayo y error, que en el proceso filogenético adquiere la forma de mutación y selección, aparece también en el plano más elevado de la búsqueda de conocimientos bajo el aspecto de formación y falsación de hipótesis".
"Los genetistas calculan que de 1.000 millones de mutaciones, sólo una representa una mejora de las perspectivas de vida del organismo y de su descendencia". "Aunque sólo una entre mil millones sea la mutación acertada, que ha de permitir al organismo aprovechar un poco mejor su anterior fuente de energía o descubrir otra nueva, este golpe de suerte paga unos dividendos fabulosos y por partida doble: no sólo aumenta el capital de energía, sino también el número de descendientes y, por consiguiente, las posibilidades de volver a acertar en la lotería de las mutaciones" (De "La acción de la naturaleza y el destino del hombre"-Alianza Editorial SA-Madrid 1978).
Puede decirse que la evolución cultural, que debe continuar en el mismo sentido que la evolución biológica, también se establece mediante "saltos evolutivos", esta vez constituidos por las nuevas ideas que surgen de los distintos individuos. De la multitud de ideas surgidas, algunas favorecerán el proceso adaptativo, mientras que otras lo atrasarán. Es importante mencionar que la aceptación o el rechazo de las nuevas ideas dependen de la actitud favorable o desfavorable de la sociedad hacia las mismas. De ahí que nada asegura el progreso humano en tal sentido adaptativo, ya que también podrán producirse retrocesos importantes.
Konrad Lorenz considera que las "mutaciones culturales" favorables provienen de la libertad de pensamiento, mientras que las desfavorables provienen de los adoctrinamientos. Al respecto escribió: "Hoy, a causa de trágicas circunstancias externas, la convergencia de dos altas virtudes humanas, el ansia de libertad y la fidelidad, puede constituir una trampa mortal para la civilización y la Humanidad. Me refiero al adoctrinamiento. Cuando los jóvenes lanzan por la borda todas las tradiciones heredadas de sus antepasados, como hacen hoy millones y millones de muchachos y muchachas, y se dedican a buscar asidero e identidad, están expuestos a aceptar, en lugar de una sociedad humana auténtica y válida, los sucedáneos más estravagantes".
"En esta crítica fase, los demagogos les proponen un sistema prefabricado y amañado de doctrinas que tienen el engañoso aspecto de verdaderos ideales porque anteriormente lo fueron. Eran verdad mientras se revelaban heréticamente contra las doctrinas imperantes; pero perdieron su carácter de verdad cuando se hicieron esquema rígidamente estructurado, en virtud de ese proceso que tan bien describe Thomas Huxley por el que el espíritu vivo del hombre se convierte en espejismo muerto de sí mismo, una especie de «producto congelado», de fácil manipulación y venta. Estas verdades congeladas suelen recibir nombres que acaban en «ismo»".
"La vinculación a unos ideales nuevos que el joven realiza en la época de la pubertad tiene gran similitud con esos procesos de fijación de un instinto a un objeto determinado que llamamos condicionamiento y que ha sido estudiado a fondo en los animales. Al igual que este último, la vinculación del joven al ideal se produce en un determinado «periodo sensible» de su vida y es irreversible o prácticamente irreversible. Cuanto más sincero es el juramento de fidelidad prestado a ese primer ideal, menos podrá entusiasmarse después por nuevos ideales si, por desgracia suya, se demuestra que aquél fue un engaño".
"En todas las naciones del mundo hay millones de jóvenes que han perdido la fe en los valores tradicionales de las generaciones precedentes a causa de situaciones que a todos nos parecen claras, estos jóvenes están expuestos a los adoctrinamientos de toda especie. Se sienten libres porque se han soltado de las tradiciones paternas, pero, incomprensiblemente, no se dan cuenta de que, aceptando una doctrina prefabricada, no sólo abjuran de aquéllas, sino de toda libertad de pensamiento y acción; por el contrario, la entrega total a una doctrina parece infundir el más intenso sentimiento subjetivo de libertad personal".
"Los doctrinarios de las más diversas tendencias, inflamados de ardor por su causa -porque también ellos en la fase sensible de su vida se sometieron a este proceso de condicionamiento-, esperan a los millones de jóvenes dispuestos a entregarse. El debilitamiento de la lealtad a la tradición de los mayores y el robustecimiento del efecto de propaganda que ejercen todas las doctrinas, tanto por la gran masa de sus adeptos como por las posibilidades que les deparan los medios de información, hacen que el proceso de adoctrinamiento crezca como un alud hasta el extremo de que amenaza con arrebatar a la humanidad su bien más valioso: la libertad de pensamiento".
La idea más importante, por los efectos que podrá producir, es que el nivel óptimo de felicidad se ha de lograr mediante la empatía emocional. Si tal idea no se ha expresado claramente, o si no se la ha presentado en un contexto adecuado, o bien se debe a la falta de habilidad para informar y convencer por parte de aquellos que la tienen presente, habrá que esperar que alguien tenga éxito en cuanto a su masiva difusión. Mientras tanto, la mayor parte de la gente mantendrá vigentes sus ideas al respecto, algo alejadas de lo que nos exige el orden natural.
"Los genetistas calculan que de 1.000 millones de mutaciones, sólo una representa una mejora de las perspectivas de vida del organismo y de su descendencia". "Aunque sólo una entre mil millones sea la mutación acertada, que ha de permitir al organismo aprovechar un poco mejor su anterior fuente de energía o descubrir otra nueva, este golpe de suerte paga unos dividendos fabulosos y por partida doble: no sólo aumenta el capital de energía, sino también el número de descendientes y, por consiguiente, las posibilidades de volver a acertar en la lotería de las mutaciones" (De "La acción de la naturaleza y el destino del hombre"-Alianza Editorial SA-Madrid 1978).
Puede decirse que la evolución cultural, que debe continuar en el mismo sentido que la evolución biológica, también se establece mediante "saltos evolutivos", esta vez constituidos por las nuevas ideas que surgen de los distintos individuos. De la multitud de ideas surgidas, algunas favorecerán el proceso adaptativo, mientras que otras lo atrasarán. Es importante mencionar que la aceptación o el rechazo de las nuevas ideas dependen de la actitud favorable o desfavorable de la sociedad hacia las mismas. De ahí que nada asegura el progreso humano en tal sentido adaptativo, ya que también podrán producirse retrocesos importantes.
Konrad Lorenz considera que las "mutaciones culturales" favorables provienen de la libertad de pensamiento, mientras que las desfavorables provienen de los adoctrinamientos. Al respecto escribió: "Hoy, a causa de trágicas circunstancias externas, la convergencia de dos altas virtudes humanas, el ansia de libertad y la fidelidad, puede constituir una trampa mortal para la civilización y la Humanidad. Me refiero al adoctrinamiento. Cuando los jóvenes lanzan por la borda todas las tradiciones heredadas de sus antepasados, como hacen hoy millones y millones de muchachos y muchachas, y se dedican a buscar asidero e identidad, están expuestos a aceptar, en lugar de una sociedad humana auténtica y válida, los sucedáneos más estravagantes".
"En esta crítica fase, los demagogos les proponen un sistema prefabricado y amañado de doctrinas que tienen el engañoso aspecto de verdaderos ideales porque anteriormente lo fueron. Eran verdad mientras se revelaban heréticamente contra las doctrinas imperantes; pero perdieron su carácter de verdad cuando se hicieron esquema rígidamente estructurado, en virtud de ese proceso que tan bien describe Thomas Huxley por el que el espíritu vivo del hombre se convierte en espejismo muerto de sí mismo, una especie de «producto congelado», de fácil manipulación y venta. Estas verdades congeladas suelen recibir nombres que acaban en «ismo»".
"La vinculación a unos ideales nuevos que el joven realiza en la época de la pubertad tiene gran similitud con esos procesos de fijación de un instinto a un objeto determinado que llamamos condicionamiento y que ha sido estudiado a fondo en los animales. Al igual que este último, la vinculación del joven al ideal se produce en un determinado «periodo sensible» de su vida y es irreversible o prácticamente irreversible. Cuanto más sincero es el juramento de fidelidad prestado a ese primer ideal, menos podrá entusiasmarse después por nuevos ideales si, por desgracia suya, se demuestra que aquél fue un engaño".
"En todas las naciones del mundo hay millones de jóvenes que han perdido la fe en los valores tradicionales de las generaciones precedentes a causa de situaciones que a todos nos parecen claras, estos jóvenes están expuestos a los adoctrinamientos de toda especie. Se sienten libres porque se han soltado de las tradiciones paternas, pero, incomprensiblemente, no se dan cuenta de que, aceptando una doctrina prefabricada, no sólo abjuran de aquéllas, sino de toda libertad de pensamiento y acción; por el contrario, la entrega total a una doctrina parece infundir el más intenso sentimiento subjetivo de libertad personal".
"Los doctrinarios de las más diversas tendencias, inflamados de ardor por su causa -porque también ellos en la fase sensible de su vida se sometieron a este proceso de condicionamiento-, esperan a los millones de jóvenes dispuestos a entregarse. El debilitamiento de la lealtad a la tradición de los mayores y el robustecimiento del efecto de propaganda que ejercen todas las doctrinas, tanto por la gran masa de sus adeptos como por las posibilidades que les deparan los medios de información, hacen que el proceso de adoctrinamiento crezca como un alud hasta el extremo de que amenaza con arrebatar a la humanidad su bien más valioso: la libertad de pensamiento".
La idea más importante, por los efectos que podrá producir, es que el nivel óptimo de felicidad se ha de lograr mediante la empatía emocional. Si tal idea no se ha expresado claramente, o si no se la ha presentado en un contexto adecuado, o bien se debe a la falta de habilidad para informar y convencer por parte de aquellos que la tienen presente, habrá que esperar que alguien tenga éxito en cuanto a su masiva difusión. Mientras tanto, la mayor parte de la gente mantendrá vigentes sus ideas al respecto, algo alejadas de lo que nos exige el orden natural.
lunes, 3 de abril de 2023
¿Más impuestos para bajar el déficit público?
Los detractores de la economía de mercado afirman que, bajo ese sistema, funciona el mecanismo de "suma cero", es decir, que lo que alguien gana en un intercambio, el otro lo pierde. Sin embargo, como todos sabemos, los intercambios diarios que realizamos los hacemos cuando estimamos que se ha producido un beneficio simultáneo entre ambas partes.
En donde aparece la "suma cero" es en el caso del Estado cuando cobra impuestos excesivos, ya que lo que el Estado se lleva, mediante tales impuestos, el productor lo pierde irremediablemente. En realidad, cuando los impuestos son bien administrados y no superan el 30% del PBI nacional, es posible que los impuestos cobrados vuelvan al contribuyente de alguna forma beneficiosa.
Cuando los impuestos son excesivos y son cercanos al 50%, como es el caso argentino, produce nefastos efectos, ya que restrigen las ganancias de las empresas impidiendo nuevas inversiones, además de abandonar actividades poco lucrativas, o refugiarse en la economía clandestina o bien irse a otros países con menos carga impositiva.
Ante el enorme derroche de recursos económicos por parte del Estado nacional, se ha debido pedir préstamos que están resultando impagables, por lo que el crédito le ha sido drásticamente anulado. De ahí que sólo queda como fuente de financiación la impresión monetaria excesiva, que ha provocado la aparición de otro impuesto adicional: el impuesto inflacionario, que en estos momentos (2023) produce una duplicación de los precios en unos 8 o 9 meses.
La limitación de las inversiones conduce a una limitación en cuanto a nuevos puestos de trabajo, que no crecen desde hace más de diez años. De ahí que muchos jóvenes emigren, con una importante pérdida de capital humano para el país. Sin embargo, por cuestiones ideológicas alejadas de lo que la economía requiere, se supone que la principal misión de las empresas es pagar impuestos para que el Estado concrete la "justicia social".
Los políticos profesionales han tenido la habilidad de embaucar a los votantes aduciendo que todo empresario es egoísta y malo por naturaleza y que es incapaz, por ello mismo, de beneficiar a la sociedad. De ahí que la misión del político consiste en cobrar cada vez más impuestos para redistribuir las riquezas que los "explotadores laborales" están incapacitados moralmente para hacerlo. Ernesto Sandler escribió: "Ningún funcionario público ni aspirante a serlo quiere tocar los ingresos que recibe el Estado, porque la matriz ideológica predominante es que el Estado es el principal motor del desarrollo y la justicia social, por lo cual necesita los recursos de la actividad privada".
"El sistema tributario -avalado por cientos de leyes y fallos judiciales- lejos de favorecer la libertad económica, alentar la competencia, generar igualdad y ayudar a los que menos tienen impide que cada trabajador sea dueño absoluto de sus ingresos. Es un sistema que castiga a los que trabajan y generan riqueza. Es un sistema que si bien muchos dirigentes sociales y políticos cuestionan públicamente por sus negativos efectos, llegado el momento de cambiarlo o reformarlo no lo hacen. No realizan cambios porque no están dispuestos a que el erario público sea afectado y no puedan disponer de los recursos que necesitan para seguir sosteniendo la omnipresencia del Estado" (De "Creencias económicas"-MG Editores-Buenos Aires 2022).
En donde aparece la "suma cero" es en el caso del Estado cuando cobra impuestos excesivos, ya que lo que el Estado se lleva, mediante tales impuestos, el productor lo pierde irremediablemente. En realidad, cuando los impuestos son bien administrados y no superan el 30% del PBI nacional, es posible que los impuestos cobrados vuelvan al contribuyente de alguna forma beneficiosa.
Cuando los impuestos son excesivos y son cercanos al 50%, como es el caso argentino, produce nefastos efectos, ya que restrigen las ganancias de las empresas impidiendo nuevas inversiones, además de abandonar actividades poco lucrativas, o refugiarse en la economía clandestina o bien irse a otros países con menos carga impositiva.
Ante el enorme derroche de recursos económicos por parte del Estado nacional, se ha debido pedir préstamos que están resultando impagables, por lo que el crédito le ha sido drásticamente anulado. De ahí que sólo queda como fuente de financiación la impresión monetaria excesiva, que ha provocado la aparición de otro impuesto adicional: el impuesto inflacionario, que en estos momentos (2023) produce una duplicación de los precios en unos 8 o 9 meses.
La limitación de las inversiones conduce a una limitación en cuanto a nuevos puestos de trabajo, que no crecen desde hace más de diez años. De ahí que muchos jóvenes emigren, con una importante pérdida de capital humano para el país. Sin embargo, por cuestiones ideológicas alejadas de lo que la economía requiere, se supone que la principal misión de las empresas es pagar impuestos para que el Estado concrete la "justicia social".
Los políticos profesionales han tenido la habilidad de embaucar a los votantes aduciendo que todo empresario es egoísta y malo por naturaleza y que es incapaz, por ello mismo, de beneficiar a la sociedad. De ahí que la misión del político consiste en cobrar cada vez más impuestos para redistribuir las riquezas que los "explotadores laborales" están incapacitados moralmente para hacerlo. Ernesto Sandler escribió: "Ningún funcionario público ni aspirante a serlo quiere tocar los ingresos que recibe el Estado, porque la matriz ideológica predominante es que el Estado es el principal motor del desarrollo y la justicia social, por lo cual necesita los recursos de la actividad privada".
"El sistema tributario -avalado por cientos de leyes y fallos judiciales- lejos de favorecer la libertad económica, alentar la competencia, generar igualdad y ayudar a los que menos tienen impide que cada trabajador sea dueño absoluto de sus ingresos. Es un sistema que castiga a los que trabajan y generan riqueza. Es un sistema que si bien muchos dirigentes sociales y políticos cuestionan públicamente por sus negativos efectos, llegado el momento de cambiarlo o reformarlo no lo hacen. No realizan cambios porque no están dispuestos a que el erario público sea afectado y no puedan disponer de los recursos que necesitan para seguir sosteniendo la omnipresencia del Estado" (De "Creencias económicas"-MG Editores-Buenos Aires 2022).
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