Por lo general, las revoluciones violentas se establecen a partir de ideólogos influyentes que tienden, no sólo a mentir, sino a tergiversar significados, atribuidos hasta el momento, de palabras con alto contenido social y político. Este es el caso de la Revolución Francesa cuyo lema: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, fue tergiversado en los hechos reemplazándolos por acciones y actitudes tales como odio, terror y salvajismo.
Quienes asocian tal Revolución a la toma de la Bastilla, en muchos casos desconocen algunos detalles aberrantes de tal proceso. Así, la mayor salvajada revolucionaria se produjo en la Vendée, un pueblo rebelde que sufrió la venganza revolucionaria en su mayor expresión: “Este programa fue efectivamente realizado por las tropas revolucionarias. Sobre una población total de 500.000 habitantes, la guerra de la Vendée dejó 350.000 muertos entre hombres, mujeres y niños” (De “La política de lo viviente” de Henry de Pesquen y el Club de l΄Horloge-EUDEBA-Buenos Aires 1981).
En el mencionado libro aparecen descripciones de la venganza ejecutada en la Vendée, que resulta repulsiva con sólo leer acerca de algunos hechos violentos, llamando la atención cómo todavía en Francia realizan actos conmemorativos de algo que debería quedar en el olvido, o sólo en la memoria nacional para no volver a repetir algo parecido.
Respecto de Jean-Paul Marat, Pierre Gaxote escribió: “Del grafómano agriado, vanidoso, mitómano, desproporcionado, la Revolución había hecho un maniático del crimen. Sin hablar de la especie de lepra que poco a poco invadía todo su cuerpo, su cabeza enorme, su manera de saltar más que de caminar, todo en su conducta tendría que haber provocado, si no repulsión, por lo menos desconfianza en el parisiense limpio y honrado. Pero el terror era tan grande, que nadie osó resistir ni protestar”.
A continuación se transcribe, del libro citado, algunos detalles adicionales de la violencia promovida por los ideólogos y revolucionarios:
Lyon no existe más
El gobierno revolucionario no trepidó en considerarse como terrorista. Por no haberse plegado a su voluntad despótica, la ciudad de Lyon tuvo que hacer la experiencia de dicho terror.
Fue una misión de Collot d΄Herbois y de Fouché, miembros del Comité de Salvación Pública, la que llevó el Terror a Lyon. El asalto fue conducido el 29 de septiembre de 1793 por el saboyardo Dopplet. La ciudad cayó el 8 de octubre. La represión, como la describe Pierre Gaxote, fue despiadada: “Se guillotina, se fusila, se ametralla. El 4 de diciembre, en la llanura de Brotteaux, sesenta y cuatro jóvenes, atados dos a dos, fueron alineados entre fosas paralelas destinadas a su sepultura. Al frente, los cañones revolucionarios. Sobre un estrado, los representantes. A una señal se hace fuego, y la hueste de condenados se abate como una siega demasiado pesada. La mayor parte estaba sólo herida. Los soldados los ultimaron a sablazos. Al día siguiente, nueva masacre. Pero esta vez los verdugos apuntan más alto: doscientos nueve lioneses son conducidos a las fosas de la muerte”.
Sin pérdida de tiempo, la Convención decreta: “El nombre de Lyon será borrado del cuadro de las ciudades de la República… y se elevará sobre las ruinas de Lyon una columna con esta inscripción: «Lyon hizo la guerra a la libertad, Lyon no existe más»”.
Tolón no es menos dispensada por la Convención. Ella decide: “El nombre de Tolón será suprimido: esta comuna llevará en adelante el nombre de Port-la-Montagne. Las casas del interior serán arrasadas”. En tres semanas son fusiladas ochocientas personas antes que la guillotina tome el relevo por tres meses.
En Nantes el convencional Carrier, para desembarazarse de los “enemigos de la libertad”, prefiere ahogarlos en masa: “¡A estos desgraciados hay que c…. en el agua!”, exclama. Y en pocos días mueren ahogadas en el Loire cuatro mil ochocientas personas. En el Loire, “ese torrente revolucionario”, al decir de un convencional verboso.
Durante el mismo periodo, París continúa dando el ejemplo: “Se guillotinan allí 51 personas en octubre de 1793. 58 en noviembre, 68 en diciembre, 71 en enero de 1794, 73 en febrero, 127 en marzo, 257 en abril, 358 en mayo, 122 en los diez primeros días de junio, 1376 del 10 de junio –por ley de prairial- al 27 de julio (9 thermidor)”. ¡Indudablemente, es lo que Robespierre llamaba “mantener las promesas de la filosofía"!
lunes, 30 de septiembre de 2024
domingo, 29 de septiembre de 2024
La pobreza es de todos
Por Dardo Gasparré
Los argentinos acaban de descubrir que más de la mitad son pobres y buscan desesperadamente un culpable de la mayor de todas las grietas.
Es muy fácil – o muy difícil – opinar sobre el drama de la pobreza o la indigencia cuando no se las sufre en carne propia, y por eso es ineludible tratar el tema pero también hacerlo con el máximo respeto y equilibrio del que se sea capaz.
La columna prefiere empezar por el final. Si de esta lamentable situación la sociedad llegase a la conclusión de que el problema se soluciona con subsidios, aumento de planes, de sueldos, de jubilaciones, subvención de tarifas, control de precios, confiscación de bienes, más impuestos, redistribución en cualquier formato, obra pública, empleo estatal, tipos de cambios diferenciados y controlados, retenciones y empoderando a las llamadas organizaciones sociales, regalos de jubilaciones sin aportes suficientes, AUH y similares, la pobreza seguirá aumentando hasta llegar a ser un crimen.
La reflexión es procedente cuando de tantos sectores, en especial la prensa audiovisual, clama por una urgente acción del gobierno para resolver el grave problema. Justamente ese reclamo, esa pretensión, esa creencia, de buena o mala fe, ha traído al país a esta situación de virtual desmembramiento. A esta grieta que separa cada vez más a los argentinos.
Cualesquiera de los caminos indicados ofrecen un alivio rápido al problema, pero al mismo tiempo efímero, y también con un efecto negativo que produce un instante de alivio, para luego empeorar mucho más que la situación inicial. El gasto del Estado de subsidios en efectivo, en reducción de tarifas de electricidad, transporte, combustible o teléfono, termina siempre del mismo modo: altísima inflación que no admite más dispendios, altísimo endeudamiento en pesos y dólares que siempre se defaultea con algún formato disimulado pero que siempre margina más al país.
Las causas
Los altos costos impositivos, las rigideces y atropellos sindicales y de la propia justicia, la existencia o creación de una maraña de leyes que empujan a la evasión y al desestímulo de cualquier inversión local o extranjera, la destrucción de la infraestructura, fundamental en un país con las características geográficas y de producción como las que existen, el proteccionismo a unas cuantas industrias, contratistas y licitadores prebendarios que ahuyentan toda competencia y encarecen los bienes y servicios, siempre en nombre de las fuentes de trabajo, y la corrupción cada vez más generalizada en toda la Administración del Estado hacen que con creciente frecuencia el ciclo de fracaso-falso bienestar inducido-mayor fracaso sea más corto y obligue a ajustes más costosos, con un tendal de víctimas cada vez mayor.
Colaboran al desastre una política migratoria estúpida y corrupta, que hace que los ciudadanos argentinos terminen subsidiando la salud, la educación, el régimen de vida de una masa de inmigrantes que, salvo alguna mínima excepción, son protagonistas destacados de los subsidios y el trabajo en negro en todas sus formas.
Paréntesis para salir al cruce de una fábula: se suele sostener que esos inmigrantes son muy pocos en proporción. Esas cifras no se basan en nada. Ni siquiera en la matrícula de las escuelas. Las de Capital tienen en muchos casos abrumadoras mayorías de migrantes. Lo mismo que los hospitales y cuanto organismo de reparto de dádivas exista.
Por eso en el Censo que tuvo un resultado tan deficiente no se preguntó la nacionalidad de los encuestados, para que no quedara registro del número de beneficiarios de la solidaridad obligatoria. Un comentario pleno de ignorancia y desprecio por los datos dice que “esos migrantes aportan al pagar IVA y otros tributos y al realizar otros consumos”.
Se trata de una burla, sin duda. No pagan otros tributos. Y si eventualmente correspondiera hacerlo los evaden. Y el consumo diario es mayoritariamente en negro, y el IVA del tramo en blanco no alcanza ni para compensar el costo de un mínimo de los servicios y subsidios que reciben. Nada extraño en un país donde los presos votan y cobran sueldo. Y no, no es un gasto del Estado menor.
Volviendo al centro del asunto, hay una regla económica que dice que toda oferta genera su propia demanda. O sea que si hay mayor tasa de crecimiento poblacional por cualquier motivo, esa demanda generará empleos, producción y oferta suficiente para más que autosostenerse. Falso. Eso es sólo válido en mercados laborales donde la negociación salarial es libre y sin imposiciones, exigencias, juicios y paros permanentes. Y tampoco tienen valor si los puestos de trabajo son directa o indirectamente estatales. Caso la mentira de la obra pública nacional, lo que no requiere explicación alguna a esta altura.
Pero en un país donde existe la AUH, donde se dan planes alegremente por cada hijo, lo que ha transformado en un negocio la procreación, y donde la educación decae en cada generación, ese principio no es válido, y se viene demostrando hace 100 años en Argentina, sin que nadie se quiera dar cuenta de esa situación.
Por eso se reclama y luego se satisfacen esos requerimientos, se juzga a los gobiernos por lo que subsidian y regalan o no, hasta que llega el momento en que se acaban los falsos recursos de la emisión-inflación, los impuestos, la deuda, el default, y la producción legítima no crece ni alcanza para mantener una población que no participa del mercado laboral por culpas propias y ajenas.
En ese momento, se consigue o se inventa algún chivo expiatorio o algún héroe que haga el ajuste, que nunca es peronista porque en eso el movimiento es muy hábil y tiene siempre algún inocente a mano que haga la tarea sucia, y vuelta a empezar pero dos kilómetros más atrás en la maratón.
Supongamos que este Gobierno o cualquier otro decidiera hoy aumentar los sueldos, el gasto y los subsidios del modo en que están pidiendo los sensibles de las comunicaciones. ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a estallar el caos y la pobreza? ¿Qué posibilidad habría de crecer, algo que ha quedado como la única alternativa de mejora frente al mecanismo histórico que se describe aquí y que ha llevado a este estado de cosas?
¿De dónde saldría la inversión, la toma de riesgo, la creatividad, la vocación de hacer? Cuánto tiempo se tardaría en volver a tener una inflación del 20 o 25% mensual? Quién financiaría ese festival de bondad? ¿A cuánto llegaría el desempleo? Por cuánto tiempo más se seguiría controlando el dólar, confiscándolo a sus legítimos propietarios y matando el esfuerzo privado de un sector que es siempre el mismo? ¿Cuánto se puede ordeñar a la misma vaca?
Caprichos de medición
Por esos caprichos de medición, sólo se mide adecuadamente la economía en blanco, no la economía que se ha ido sistemáticamente empujando a negrear. No sería extraño que un gran sector de la economía informal fuera menos pobre que un trabajador en regla, un jubilado o un médico o un maestro. Si se pudiese desagregar la cifra de pobres, se encontraría que muchos empleados del Estado, y no sólo los de Aerolíneas Argentinas, no están entre los pobres ni los indigentes. Eso no cambia el drama. Pero merecería sopesarse.
Esta columna ha criticado que el ajuste del gobierno de Milei esté golpeando mucho más al trabajador que a esa entelequia llamada casta que a esta altura nadie sabe quién es, de qué lado o al lado de quien está. En especial la idea de seguir sin salir del cepo y al mismo tiempo salir del control de cambios, que es el único camino posible de crecimiento, porque ni la producción tradicional tendrá estímulo alguno si se le confisca más de la mitad de sus ingresos, se les cobra sus insumos mucho más caro relativamente que lo que vale su producción.
Tampoco habría demasiado interés en invertir en un país que decide en una cumbre de iluminados cuánto vale un dólar, y qué parte de ese dinero es de sus legítimos dueños o es del Estado. Ni sabe si le permitirán retirar sus dividendos ni a qué tipo de cambio lo obligarán a comprar o vender la divisa. Salvo los ladrones, claro. Cosa a la que está acostumbrada la sociedad, que ve cómo se encumbran los delincuentes que contratan con el Estado y aplauden sincronizadamente a los funcionarios.
Es cierto que a esa crítica el Gobierno puede sostener que liberar el tipo de cambio y dejar todo librado al mercado de un día para el otro puede ser catastrófico, por el efecto acumulado de todo el proceso que se explica más arriba. Porque la pobreza es endémica en Argentina. Y en la actualidad, en especial después de la irresponsabilidad que culminó en 2023 se ha transformado, como el dengue, en una epidemia.
También es cierto que muchas acciones de dirigentes destacados de LLA no parecen mostrar demasiado empatía con los sufrientes. También la columna sostuvo reiteradamente que esos mecanismos faranduleros, poco técnicos y de poca calidad política no colaboraban a trasmitir una preocupación profunda por la gente que padece el ajuste. Algunos hechos recientes, desde nuevas pulseadas internas entre los favoritos presidenciales, el estilo de panelismo agudo que parece atacar al presidente, hasta una carnestolenda y otro faux pas en la visita a Córdoba, con sus incendios que, provocados o no, deberían ser tratados con la seriedad y respeto de una tragedia nacional.
Ciertamente los demás partidos, encabezados por el peronismo, versión K o cualquier otra, no son los adecuados para criticar la solución a los problemas terminales que ellos crearon y reforzaron sistemáticamente. La famosa doctrina de Perón, que muchos defienden sin medir sus efectos profundos, es el mayor surtidor de pobreza que se pueda concebir, en nombre de la reivindicación del trabajador, como todas las reivindicaciones al trabajador de la historia.
Ya estamos aislados
No parece entenderse muy bien las causas de la pobreza. Cuando en este espacio se sostiene que la posición del presidente sobre el Plan del Futuro (el nuevo intento de la ONU y sus mandantes de transformarse en una dictadura universal) es la adecuada, se escuchan varias respuestas que deben ser más analizadas. Una de ellas sostiene que así el país “se aísla del mundo”. Como si no se hubiera aislado ya con sus defaults sistemáticos, las barrabasadas fuera de las prácticas internacionales de Kicillof en cada una de sus intervenciones, su famosa corrupción y pedido de coimas sistemáticos, las mentiras de sus datos pergeñada por el INDEC para no pagar el interés de ciertos bonos, los juicios en su contra en NY y el CIADI, la inflación delirante, y su inseguridad jurídica rampante. Eso aísla del mundo.
¿Acaso China, que firma cualquier cosa y no la cumple, sí pertenece al mundo porque aprobó el Pacto? ¿Acaso Brasil, que incumplió todas las reglas ambientales con su deforestación alevosa y que superó largamente a Argentina en su exportación de materias primas, sí está integrado al mundo?
Otra línea de pensamiento, periodística por supuesto, cree que el Pacto de la ONU se trata de una serie de reglas a seguir para poder exportar a los países centrales. Como si Europa o Estados Unidos fueran a comprar algo más en el país, en vez de “correr el arco” inventando nuevas reglas e interpretaciones para justificar la exclusión argentina. Inocente visión.
No comprenden que Europa le compra gas (fósil) a precio de oro a Rusia, sin importarle las normas que pretende imponer a este país y pronto, ante la decisión rusa de no venderle, pasará a reemplazar el gas ¡por carbón! Todo mientras gasta fortunas en tratar de derrotar a Putin. Justamente con su disociación del acuerdo Milei está tratando que el país pueda crecer, única manera de combatir la pobreza.
Hacen mal también los que culpan a “las recetas de la escuela austríaca” de la pobreza. Suponiendo que el mandatario haya seguido a pleno sus principios, esa escuela o tendencia no da recetas. Más bien, como toda ciencia social, observa el comportamiento de las sociedades y estudia y describe, en base a la evidencia empírica, los resultados positivos o negativos de ciertas políticas. No inventó el mercado. Al mercado lo inventaron las sociedades. O la sociedad mundial.
Habrá que recordar que el leitmotiv del presidente es eliminar el déficit para bajar la inflación, razón principal de la pobreza. (Ambas tienen efectos que no se ven instantáneamente pero que una vez que ocurren son complicados de retrotraer) Cuenta para ello con la sistemática e inclaudicable oposición del peronismo, del radicalismo, del sindicalismo, del piqueterismo y de otros parásitos que pueblan el gasto nacional. Que colaboraron y colaboran eficientemente con el desempleo y la pobreza.
Y la pobreza a estos niveles, por culpa de quien fuera, es un problema de todos. En eso no puede haber discrepancias.
(De www.laprensa.com.ar)
Los argentinos acaban de descubrir que más de la mitad son pobres y buscan desesperadamente un culpable de la mayor de todas las grietas.
Es muy fácil – o muy difícil – opinar sobre el drama de la pobreza o la indigencia cuando no se las sufre en carne propia, y por eso es ineludible tratar el tema pero también hacerlo con el máximo respeto y equilibrio del que se sea capaz.
La columna prefiere empezar por el final. Si de esta lamentable situación la sociedad llegase a la conclusión de que el problema se soluciona con subsidios, aumento de planes, de sueldos, de jubilaciones, subvención de tarifas, control de precios, confiscación de bienes, más impuestos, redistribución en cualquier formato, obra pública, empleo estatal, tipos de cambios diferenciados y controlados, retenciones y empoderando a las llamadas organizaciones sociales, regalos de jubilaciones sin aportes suficientes, AUH y similares, la pobreza seguirá aumentando hasta llegar a ser un crimen.
La reflexión es procedente cuando de tantos sectores, en especial la prensa audiovisual, clama por una urgente acción del gobierno para resolver el grave problema. Justamente ese reclamo, esa pretensión, esa creencia, de buena o mala fe, ha traído al país a esta situación de virtual desmembramiento. A esta grieta que separa cada vez más a los argentinos.
Cualesquiera de los caminos indicados ofrecen un alivio rápido al problema, pero al mismo tiempo efímero, y también con un efecto negativo que produce un instante de alivio, para luego empeorar mucho más que la situación inicial. El gasto del Estado de subsidios en efectivo, en reducción de tarifas de electricidad, transporte, combustible o teléfono, termina siempre del mismo modo: altísima inflación que no admite más dispendios, altísimo endeudamiento en pesos y dólares que siempre se defaultea con algún formato disimulado pero que siempre margina más al país.
Las causas
Los altos costos impositivos, las rigideces y atropellos sindicales y de la propia justicia, la existencia o creación de una maraña de leyes que empujan a la evasión y al desestímulo de cualquier inversión local o extranjera, la destrucción de la infraestructura, fundamental en un país con las características geográficas y de producción como las que existen, el proteccionismo a unas cuantas industrias, contratistas y licitadores prebendarios que ahuyentan toda competencia y encarecen los bienes y servicios, siempre en nombre de las fuentes de trabajo, y la corrupción cada vez más generalizada en toda la Administración del Estado hacen que con creciente frecuencia el ciclo de fracaso-falso bienestar inducido-mayor fracaso sea más corto y obligue a ajustes más costosos, con un tendal de víctimas cada vez mayor.
Colaboran al desastre una política migratoria estúpida y corrupta, que hace que los ciudadanos argentinos terminen subsidiando la salud, la educación, el régimen de vida de una masa de inmigrantes que, salvo alguna mínima excepción, son protagonistas destacados de los subsidios y el trabajo en negro en todas sus formas.
Paréntesis para salir al cruce de una fábula: se suele sostener que esos inmigrantes son muy pocos en proporción. Esas cifras no se basan en nada. Ni siquiera en la matrícula de las escuelas. Las de Capital tienen en muchos casos abrumadoras mayorías de migrantes. Lo mismo que los hospitales y cuanto organismo de reparto de dádivas exista.
Por eso en el Censo que tuvo un resultado tan deficiente no se preguntó la nacionalidad de los encuestados, para que no quedara registro del número de beneficiarios de la solidaridad obligatoria. Un comentario pleno de ignorancia y desprecio por los datos dice que “esos migrantes aportan al pagar IVA y otros tributos y al realizar otros consumos”.
Se trata de una burla, sin duda. No pagan otros tributos. Y si eventualmente correspondiera hacerlo los evaden. Y el consumo diario es mayoritariamente en negro, y el IVA del tramo en blanco no alcanza ni para compensar el costo de un mínimo de los servicios y subsidios que reciben. Nada extraño en un país donde los presos votan y cobran sueldo. Y no, no es un gasto del Estado menor.
Volviendo al centro del asunto, hay una regla económica que dice que toda oferta genera su propia demanda. O sea que si hay mayor tasa de crecimiento poblacional por cualquier motivo, esa demanda generará empleos, producción y oferta suficiente para más que autosostenerse. Falso. Eso es sólo válido en mercados laborales donde la negociación salarial es libre y sin imposiciones, exigencias, juicios y paros permanentes. Y tampoco tienen valor si los puestos de trabajo son directa o indirectamente estatales. Caso la mentira de la obra pública nacional, lo que no requiere explicación alguna a esta altura.
Pero en un país donde existe la AUH, donde se dan planes alegremente por cada hijo, lo que ha transformado en un negocio la procreación, y donde la educación decae en cada generación, ese principio no es válido, y se viene demostrando hace 100 años en Argentina, sin que nadie se quiera dar cuenta de esa situación.
Por eso se reclama y luego se satisfacen esos requerimientos, se juzga a los gobiernos por lo que subsidian y regalan o no, hasta que llega el momento en que se acaban los falsos recursos de la emisión-inflación, los impuestos, la deuda, el default, y la producción legítima no crece ni alcanza para mantener una población que no participa del mercado laboral por culpas propias y ajenas.
En ese momento, se consigue o se inventa algún chivo expiatorio o algún héroe que haga el ajuste, que nunca es peronista porque en eso el movimiento es muy hábil y tiene siempre algún inocente a mano que haga la tarea sucia, y vuelta a empezar pero dos kilómetros más atrás en la maratón.
Supongamos que este Gobierno o cualquier otro decidiera hoy aumentar los sueldos, el gasto y los subsidios del modo en que están pidiendo los sensibles de las comunicaciones. ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a estallar el caos y la pobreza? ¿Qué posibilidad habría de crecer, algo que ha quedado como la única alternativa de mejora frente al mecanismo histórico que se describe aquí y que ha llevado a este estado de cosas?
¿De dónde saldría la inversión, la toma de riesgo, la creatividad, la vocación de hacer? Cuánto tiempo se tardaría en volver a tener una inflación del 20 o 25% mensual? Quién financiaría ese festival de bondad? ¿A cuánto llegaría el desempleo? Por cuánto tiempo más se seguiría controlando el dólar, confiscándolo a sus legítimos propietarios y matando el esfuerzo privado de un sector que es siempre el mismo? ¿Cuánto se puede ordeñar a la misma vaca?
Caprichos de medición
Por esos caprichos de medición, sólo se mide adecuadamente la economía en blanco, no la economía que se ha ido sistemáticamente empujando a negrear. No sería extraño que un gran sector de la economía informal fuera menos pobre que un trabajador en regla, un jubilado o un médico o un maestro. Si se pudiese desagregar la cifra de pobres, se encontraría que muchos empleados del Estado, y no sólo los de Aerolíneas Argentinas, no están entre los pobres ni los indigentes. Eso no cambia el drama. Pero merecería sopesarse.
Esta columna ha criticado que el ajuste del gobierno de Milei esté golpeando mucho más al trabajador que a esa entelequia llamada casta que a esta altura nadie sabe quién es, de qué lado o al lado de quien está. En especial la idea de seguir sin salir del cepo y al mismo tiempo salir del control de cambios, que es el único camino posible de crecimiento, porque ni la producción tradicional tendrá estímulo alguno si se le confisca más de la mitad de sus ingresos, se les cobra sus insumos mucho más caro relativamente que lo que vale su producción.
Tampoco habría demasiado interés en invertir en un país que decide en una cumbre de iluminados cuánto vale un dólar, y qué parte de ese dinero es de sus legítimos dueños o es del Estado. Ni sabe si le permitirán retirar sus dividendos ni a qué tipo de cambio lo obligarán a comprar o vender la divisa. Salvo los ladrones, claro. Cosa a la que está acostumbrada la sociedad, que ve cómo se encumbran los delincuentes que contratan con el Estado y aplauden sincronizadamente a los funcionarios.
Es cierto que a esa crítica el Gobierno puede sostener que liberar el tipo de cambio y dejar todo librado al mercado de un día para el otro puede ser catastrófico, por el efecto acumulado de todo el proceso que se explica más arriba. Porque la pobreza es endémica en Argentina. Y en la actualidad, en especial después de la irresponsabilidad que culminó en 2023 se ha transformado, como el dengue, en una epidemia.
También es cierto que muchas acciones de dirigentes destacados de LLA no parecen mostrar demasiado empatía con los sufrientes. También la columna sostuvo reiteradamente que esos mecanismos faranduleros, poco técnicos y de poca calidad política no colaboraban a trasmitir una preocupación profunda por la gente que padece el ajuste. Algunos hechos recientes, desde nuevas pulseadas internas entre los favoritos presidenciales, el estilo de panelismo agudo que parece atacar al presidente, hasta una carnestolenda y otro faux pas en la visita a Córdoba, con sus incendios que, provocados o no, deberían ser tratados con la seriedad y respeto de una tragedia nacional.
Ciertamente los demás partidos, encabezados por el peronismo, versión K o cualquier otra, no son los adecuados para criticar la solución a los problemas terminales que ellos crearon y reforzaron sistemáticamente. La famosa doctrina de Perón, que muchos defienden sin medir sus efectos profundos, es el mayor surtidor de pobreza que se pueda concebir, en nombre de la reivindicación del trabajador, como todas las reivindicaciones al trabajador de la historia.
Ya estamos aislados
No parece entenderse muy bien las causas de la pobreza. Cuando en este espacio se sostiene que la posición del presidente sobre el Plan del Futuro (el nuevo intento de la ONU y sus mandantes de transformarse en una dictadura universal) es la adecuada, se escuchan varias respuestas que deben ser más analizadas. Una de ellas sostiene que así el país “se aísla del mundo”. Como si no se hubiera aislado ya con sus defaults sistemáticos, las barrabasadas fuera de las prácticas internacionales de Kicillof en cada una de sus intervenciones, su famosa corrupción y pedido de coimas sistemáticos, las mentiras de sus datos pergeñada por el INDEC para no pagar el interés de ciertos bonos, los juicios en su contra en NY y el CIADI, la inflación delirante, y su inseguridad jurídica rampante. Eso aísla del mundo.
¿Acaso China, que firma cualquier cosa y no la cumple, sí pertenece al mundo porque aprobó el Pacto? ¿Acaso Brasil, que incumplió todas las reglas ambientales con su deforestación alevosa y que superó largamente a Argentina en su exportación de materias primas, sí está integrado al mundo?
Otra línea de pensamiento, periodística por supuesto, cree que el Pacto de la ONU se trata de una serie de reglas a seguir para poder exportar a los países centrales. Como si Europa o Estados Unidos fueran a comprar algo más en el país, en vez de “correr el arco” inventando nuevas reglas e interpretaciones para justificar la exclusión argentina. Inocente visión.
No comprenden que Europa le compra gas (fósil) a precio de oro a Rusia, sin importarle las normas que pretende imponer a este país y pronto, ante la decisión rusa de no venderle, pasará a reemplazar el gas ¡por carbón! Todo mientras gasta fortunas en tratar de derrotar a Putin. Justamente con su disociación del acuerdo Milei está tratando que el país pueda crecer, única manera de combatir la pobreza.
Hacen mal también los que culpan a “las recetas de la escuela austríaca” de la pobreza. Suponiendo que el mandatario haya seguido a pleno sus principios, esa escuela o tendencia no da recetas. Más bien, como toda ciencia social, observa el comportamiento de las sociedades y estudia y describe, en base a la evidencia empírica, los resultados positivos o negativos de ciertas políticas. No inventó el mercado. Al mercado lo inventaron las sociedades. O la sociedad mundial.
Habrá que recordar que el leitmotiv del presidente es eliminar el déficit para bajar la inflación, razón principal de la pobreza. (Ambas tienen efectos que no se ven instantáneamente pero que una vez que ocurren son complicados de retrotraer) Cuenta para ello con la sistemática e inclaudicable oposición del peronismo, del radicalismo, del sindicalismo, del piqueterismo y de otros parásitos que pueblan el gasto nacional. Que colaboraron y colaboran eficientemente con el desempleo y la pobreza.
Y la pobreza a estos niveles, por culpa de quien fuera, es un problema de todos. En eso no puede haber discrepancias.
(De www.laprensa.com.ar)
sábado, 28 de septiembre de 2024
Economía popular vs Economía "criminal"
Recientemente, Jorge Bergoglio (el representante de Marx en la tierra), sugería a varios líderes sindicales:
Sigan combatiendo la economia criminal con la economía popular.
En donde, en su opinión, la economía criminal es la economía de mercado, mientras que la economía popular es la que predomina en Cuba o Venezuela. En realidad, si se asocia el calificativo de "popular" a una economía, deberá ser la preferida por la gente, es decir, la de los países adonde la gente tiende a concurrir, mientras que la economía "criminal" será aquella que predomina en los países en donde la gente trata de huir, precisamente como en los casos de Cuba y Venezuela.
Alguien expresó acertadamente que "la pobreza es el problema de los países ricos, mientras que la riqueza es el problema de los países pobres". Ello se debe a que, para muchos, el problema a solucionar no es la pobreza, sino la desigualdad social. Al respecto, Bergoglio expresó:
La inequidad es la raíz de los problemas sociales.
Por lo general, se aduce que el mayor porcentaje de riquezas en el mundo está en poder de una minoría, sin aclarar si esa riquezas se debe a que son producidas por esa minoría o bien adquirida de otra forma. Como los ricos tienen un solo estómago para alimentar y un solo cuerpo para vestir, no debería suponerse que los alimentos y las vestimentas que a muchos les faltan se debe a que esa minoría se los quitó de alguna manera. Sin embargo, Bergoglio no distingue entre riquezas naturales de riquezas producidas, expresando:
Rezo para que los más económicamente poderosos salgan del aislamiento, rechacen la falta de seguridad del dinero y se abran para compartir bienes que tienen un destino universal, porque todos los bienes derivan de la creación y tienen un destino universal. Es difícil que eso pase, pero para Dios todo es posible.
De ahí que siempre miró con simpatía la actividad expropiadora de líderes socialistas como Fidel Castro y Hugo Chávez, de ahí que expresó:
Si ese porcentaje tan pequeño de billonarios que acaparan la mayor parte de la riqueza del planeta, no como limosna, se animara a compartirla fraternalmente, qué bueno sería para ellos mismos y qué justo sería para todos.
En la misma línea del pensamiento papal, aparece un artista (Chango Blender), respecto del cual Marcelo Duclos escribió: "Junto a los jóvenes progres actuales de Blender, que mantienen vivas todas las absurdas falacias económicas de la izquierda de los setenta, Chango hizo una proclama insólita. Aseguró que el petróleo y el fruto de los mares pertenece a todos y que nadie puede tomarlo para vendérselo a otras personas".
"Con la ingenuidad absoluta histórica del progresismo tonto de la adolescencia tardía, todos procedieron a aplaudirlo y celebrarlo como si estuviera descubriendo la pólvora. Sin embargo, nada de eso es, siquiera, medianamente original. Hace décadas que el anticapitalismo inculto canta estupideces como qué culpa tiene el tomate «si viene un hijo de puta y lo mete en una lata» o la invitación a «desalambrar» porque la tierra «es tuya, es mía y de él»”.
“«Es todo de todos lo que hay en el mundo», dijo con el tono de un profeta moderno, que busca marcarle el camino correcto a una sociedad supuestamente enajenada".
"Lo que parece dejar de lado Chango es lo que produce el sistema de precios que dirige los incentivos y el capital que permite hacer un uso eficiente de los recursos que él considera colectivos. Por ejemplo, el petróleo existente en el mundo precapitalista estaba bajo la tierra pero no existía ni la maquinaria para extraerlo ni los aparatos para utilizarlo. Sería interesante que el actor dijera cómo funcionaría esa colectivización utópica a la hora de tomarse los aviones que lo llevan y lo traen de Madrid, donde disfruta de una vida inimaginable previa al capitalismo".
"Seguramente, en sus viajes a España, puede sentarse en un bar o un restaurant a pedir esos pescados «apropiados», por los que sólo paga un ínfimo porcentual de sus ingresos. Si tuviera que ir personalmente al mar a pescarlos, quizá carezca de tiempo para ejercer su oficio o de visitar los canales de streaming donde dice todas estas estupideces".
"Si una crítica merece el sistema capitalista, esta tendría que estar vinculada a los delirantes que surgen en todo el mundo al tener todas las necesidades básicas satisfechas y mucho tiempo libre, gracias a la capitalización individual y colectiva. Si muchos tuvieran que vivir de la caza y de la pesca para la supervivencia básica, tendrían un poquito más de sentido común. Lamentablemente, el capitalismo nos sacó de la pobreza extrema, nos garantizó las necesidades más básicas, nos dio bienestar, pero también tiempo para estupidizarnos y hacernos cuestionar lo que nos ayudó a vivir como nunca antes en la historia de la humanidad".
(De panampost.com)
Es oportuno mencionar las etapas del proceso que se ha repetido varias veces, si bien la etapa previa a la socialización de los medios de producción está asociada a los ideólogos como Bergoglio:
LAS TRES ETAPAS DEL SOCIALISMO EN VENEZUELA
Por FEE
Venezuela es sólo el último país en pasar por el ciclo por el que pasan todos los países socialistas. En su excelente nuevo libro, Socialism: The Failed Idea That Never Dies, Kristian Niemietz, del Institute of Economic Affairs, describe el proceso:
1. El período de luna de miel… durante el cual el experimento tiene, o al menos parece tener, cierto éxito inicial en algunas áreas… Durante el período de luna de miel, muy pocos discuten el carácter socialista del experimento.
2. El periodo de las excusas y las evasivas. Pero el periodo de luna de miel nunca dura para siempre. La suerte del país llega a su fin, o sus fracasos ya existentes se hacen más conocidos en Occidente… Deja de ser un ejemplo que los socialistas esgrimen contra sus oponentes, y se convierte en un ejemplo que sus oponentes esgrimen contra ellos.
Durante este periodo, los intelectuales occidentales siguen apoyando el experimento, pero su tono se vuelve airado y defensivo.
3. La etapa del no-socialismo real. Al final, siempre llega un momento en que el experimento ha sido ampliamente desacreditado y la mayoría del público en general lo considera un fracaso. El experimento se convierte en un lastre para la causa socialista y en una vergüenza para los socialistas occidentales.
Este es el momento en el que los intelectuales empiezan a cuestionar las credenciales socialistas del experimento y, lo que es más importante, lo hacen con efecto retroactivo… En algún momento, la afirmación de que el país en cuestión nunca fue “realmente” socialista se convierte en la sabiduría convencional.
Cuando observamos el caos en Venezuela, vale la pena recordar que, no hace tanto tiempo, era la prueba del éxito del socialismo.
Etapa 1: Un presidente anticapitalista
En 2002, Hugo Chávez se convirtió en presidente de Venezuela. Los precios históricamente altos del petróleo le permitieron desencadenar una oleada de gasto público. Intervino ampliamente en la economía. Las cosas iban bien y la gente estaba seducida. El “socialismo real” se oponía al capitalismo. En 2007, Naomi Klein escribió:
“Los opositores más acérrimos de la economía neoliberal en América Latina han ido ganando elección tras elección. Los ciudadanos habían renovado su fe en el poder de la democracia para mejorar sus vidas.
Los movimientos de masas de América Latina están aprendiendo a incorporar amortiguadores a sus modelos organizativos. Las redes progresistas de Venezuela están muy descentralizadas, con el poder disperso a nivel comunitario y de base, a través de miles de consejos de barrio y cooperativas.
Los nuevos líderes de América Latina también están cada vez mejor preparados para los tipos de choques producidos por la volatilidad de los mercados. Rodeada de turbulentas aguas financieras, América Latina está creando una zona de relativa calma económica y previsibilidad, una hazaña que se presumía imposible en la era de la globalización”.
Dos años más tarde, Noam Chomsky, otrora apologista rastrero de los genocidas comunistas camboyanos de Pol Pot, escribió:
“Lo emocionante de visitar por fin Venezuela es que puedo ver cómo se está creando un mundo mejor. Las transformaciones que Venezuela está llevando a cabo hacia la creación de otro modelo socioeconómico podrían tener un impacto global”.
Etapa 2: Represión gubernamental
Pero los buenos tiempos llegaron a su fin. Los precios del petróleo cayeron desde su máximo hasta el nivel que tenían cuando Chávez asumió el poder. La producción se desplomó. La economía se hundió. La gente protestó. Maduro, el sucesor ungido de Chávez, tomó medidas enérgicas. Ahora estábamos en la Etapa 2.
En 2014, cuando las protestas de los venezolanos de a pie se encontraron con la violencia del gobierno, George Ciccariello-Maher de la revista Jacobin afirmó:
“Los que pretenden restaurar los privilegios feudales del depuesto ancien régime venezolano han intentado aprovechar las protestas de los estudiantes, en su mayoría de clase media, para derrocar al gobierno de Maduro. Las élites nacionales adineradas (cuyo inglés no muestra ningún rastro de acento) han tomado Twitter y los medios de comunicación internacionales. La oposición reaccionaria toma las calles, alimentada por un odio racial y de clase”.
Es cierto, admitió, que el gobierno estaba actuando brutalmente, pero, continuó:
“Si estamos en contra de la brutalidad innecesaria, hay sin embargo una forma radicalmente democrática de brutalidad que no podemos repudiar por completo. No se trata de la brutalidad por la brutalidad. Se trata más bien de una extraña paradoja: la brutalidad igualitaria, la dictadura radicalmente democrática de los desdichados de la tierra. Los untados hoy son de hecho la expresión más directa y orgánica de los miserables de la tierra venezolana”.
Etapa 3: Desplazamiento de la meta
Pronto entramos en la tercera etapa. En 2017, Ciccariello-Maher afirmó que los problemas de Venezuela eran el resultado de que el país no era lo suficientemente socialista.
"No hay una comprensión coherente de la revolución que no implique derrotar a nuestros enemigos mientras construimos la nueva sociedad. No podemos derrotar tales peligros sin armas.
Nadie afirmaría que las masas venezolanas están hoy en el poder, pero en los últimos veinte años han estado más cerca que nunca. Sus enemigos y los nuestros están en las calles, quemando y saqueando en nombre de su propia superioridad de clase.
El único camino es profundizar y radicalizar el proceso bolivariano. La única salida a la crisis venezolana hoy está decididamente a la izquierda: en la construcción de una alternativa socialista real".
Como señala Niemietz, con Venezuela estamos pasando actualmente de la Etapa 2 a la Etapa 3. Venezuela se está convirtiendo retroactivamente en “no socialismo real”. Noam Chomsky escribe ahora:
“Nunca describí el gobierno capitalista de Estado de Chávez como ‘socialista’ ni siquiera insinué tal absurdo. Estaba bastante alejado del socialismo. El capitalismo privado se mantuvo. Los capitalistas eran libres de socavar la economía de todo tipo de formas, como la exportación masiva de capital”.
Una y otra vez, los socialistas han aclamado a un país u otro, desde la Rusia soviética hasta Venezuela, como el precursor de un nuevo y brillante amanecer, sólo para escabullirse cuando se derrumba, negando que alguna vez fuera realmente lo que te habían dicho que era; “nunca fue un socialismo real”. Han tenido mucho éxito con esto.
Como resultado, de fracaso en fracaso estrepitoso, la teoría del socialismo sigue navegando, impoluta por los horribles resultados prácticos de su aplicación y encontrando siempre un nuevo país que destrozar. No se debe permitir que los socialistas se salgan con la suya cuando se trata de Venezuela.
(De panampost.com)
Sigan combatiendo la economia criminal con la economía popular.
En donde, en su opinión, la economía criminal es la economía de mercado, mientras que la economía popular es la que predomina en Cuba o Venezuela. En realidad, si se asocia el calificativo de "popular" a una economía, deberá ser la preferida por la gente, es decir, la de los países adonde la gente tiende a concurrir, mientras que la economía "criminal" será aquella que predomina en los países en donde la gente trata de huir, precisamente como en los casos de Cuba y Venezuela.
Alguien expresó acertadamente que "la pobreza es el problema de los países ricos, mientras que la riqueza es el problema de los países pobres". Ello se debe a que, para muchos, el problema a solucionar no es la pobreza, sino la desigualdad social. Al respecto, Bergoglio expresó:
La inequidad es la raíz de los problemas sociales.
Por lo general, se aduce que el mayor porcentaje de riquezas en el mundo está en poder de una minoría, sin aclarar si esa riquezas se debe a que son producidas por esa minoría o bien adquirida de otra forma. Como los ricos tienen un solo estómago para alimentar y un solo cuerpo para vestir, no debería suponerse que los alimentos y las vestimentas que a muchos les faltan se debe a que esa minoría se los quitó de alguna manera. Sin embargo, Bergoglio no distingue entre riquezas naturales de riquezas producidas, expresando:
Rezo para que los más económicamente poderosos salgan del aislamiento, rechacen la falta de seguridad del dinero y se abran para compartir bienes que tienen un destino universal, porque todos los bienes derivan de la creación y tienen un destino universal. Es difícil que eso pase, pero para Dios todo es posible.
De ahí que siempre miró con simpatía la actividad expropiadora de líderes socialistas como Fidel Castro y Hugo Chávez, de ahí que expresó:
Si ese porcentaje tan pequeño de billonarios que acaparan la mayor parte de la riqueza del planeta, no como limosna, se animara a compartirla fraternalmente, qué bueno sería para ellos mismos y qué justo sería para todos.
En la misma línea del pensamiento papal, aparece un artista (Chango Blender), respecto del cual Marcelo Duclos escribió: "Junto a los jóvenes progres actuales de Blender, que mantienen vivas todas las absurdas falacias económicas de la izquierda de los setenta, Chango hizo una proclama insólita. Aseguró que el petróleo y el fruto de los mares pertenece a todos y que nadie puede tomarlo para vendérselo a otras personas".
"Con la ingenuidad absoluta histórica del progresismo tonto de la adolescencia tardía, todos procedieron a aplaudirlo y celebrarlo como si estuviera descubriendo la pólvora. Sin embargo, nada de eso es, siquiera, medianamente original. Hace décadas que el anticapitalismo inculto canta estupideces como qué culpa tiene el tomate «si viene un hijo de puta y lo mete en una lata» o la invitación a «desalambrar» porque la tierra «es tuya, es mía y de él»”.
“«Es todo de todos lo que hay en el mundo», dijo con el tono de un profeta moderno, que busca marcarle el camino correcto a una sociedad supuestamente enajenada".
"Lo que parece dejar de lado Chango es lo que produce el sistema de precios que dirige los incentivos y el capital que permite hacer un uso eficiente de los recursos que él considera colectivos. Por ejemplo, el petróleo existente en el mundo precapitalista estaba bajo la tierra pero no existía ni la maquinaria para extraerlo ni los aparatos para utilizarlo. Sería interesante que el actor dijera cómo funcionaría esa colectivización utópica a la hora de tomarse los aviones que lo llevan y lo traen de Madrid, donde disfruta de una vida inimaginable previa al capitalismo".
"Seguramente, en sus viajes a España, puede sentarse en un bar o un restaurant a pedir esos pescados «apropiados», por los que sólo paga un ínfimo porcentual de sus ingresos. Si tuviera que ir personalmente al mar a pescarlos, quizá carezca de tiempo para ejercer su oficio o de visitar los canales de streaming donde dice todas estas estupideces".
"Si una crítica merece el sistema capitalista, esta tendría que estar vinculada a los delirantes que surgen en todo el mundo al tener todas las necesidades básicas satisfechas y mucho tiempo libre, gracias a la capitalización individual y colectiva. Si muchos tuvieran que vivir de la caza y de la pesca para la supervivencia básica, tendrían un poquito más de sentido común. Lamentablemente, el capitalismo nos sacó de la pobreza extrema, nos garantizó las necesidades más básicas, nos dio bienestar, pero también tiempo para estupidizarnos y hacernos cuestionar lo que nos ayudó a vivir como nunca antes en la historia de la humanidad".
(De panampost.com)
Es oportuno mencionar las etapas del proceso que se ha repetido varias veces, si bien la etapa previa a la socialización de los medios de producción está asociada a los ideólogos como Bergoglio:
LAS TRES ETAPAS DEL SOCIALISMO EN VENEZUELA
Por FEE
Venezuela es sólo el último país en pasar por el ciclo por el que pasan todos los países socialistas. En su excelente nuevo libro, Socialism: The Failed Idea That Never Dies, Kristian Niemietz, del Institute of Economic Affairs, describe el proceso:
1. El período de luna de miel… durante el cual el experimento tiene, o al menos parece tener, cierto éxito inicial en algunas áreas… Durante el período de luna de miel, muy pocos discuten el carácter socialista del experimento.
2. El periodo de las excusas y las evasivas. Pero el periodo de luna de miel nunca dura para siempre. La suerte del país llega a su fin, o sus fracasos ya existentes se hacen más conocidos en Occidente… Deja de ser un ejemplo que los socialistas esgrimen contra sus oponentes, y se convierte en un ejemplo que sus oponentes esgrimen contra ellos.
Durante este periodo, los intelectuales occidentales siguen apoyando el experimento, pero su tono se vuelve airado y defensivo.
3. La etapa del no-socialismo real. Al final, siempre llega un momento en que el experimento ha sido ampliamente desacreditado y la mayoría del público en general lo considera un fracaso. El experimento se convierte en un lastre para la causa socialista y en una vergüenza para los socialistas occidentales.
Este es el momento en el que los intelectuales empiezan a cuestionar las credenciales socialistas del experimento y, lo que es más importante, lo hacen con efecto retroactivo… En algún momento, la afirmación de que el país en cuestión nunca fue “realmente” socialista se convierte en la sabiduría convencional.
Cuando observamos el caos en Venezuela, vale la pena recordar que, no hace tanto tiempo, era la prueba del éxito del socialismo.
Etapa 1: Un presidente anticapitalista
En 2002, Hugo Chávez se convirtió en presidente de Venezuela. Los precios históricamente altos del petróleo le permitieron desencadenar una oleada de gasto público. Intervino ampliamente en la economía. Las cosas iban bien y la gente estaba seducida. El “socialismo real” se oponía al capitalismo. En 2007, Naomi Klein escribió:
“Los opositores más acérrimos de la economía neoliberal en América Latina han ido ganando elección tras elección. Los ciudadanos habían renovado su fe en el poder de la democracia para mejorar sus vidas.
Los movimientos de masas de América Latina están aprendiendo a incorporar amortiguadores a sus modelos organizativos. Las redes progresistas de Venezuela están muy descentralizadas, con el poder disperso a nivel comunitario y de base, a través de miles de consejos de barrio y cooperativas.
Los nuevos líderes de América Latina también están cada vez mejor preparados para los tipos de choques producidos por la volatilidad de los mercados. Rodeada de turbulentas aguas financieras, América Latina está creando una zona de relativa calma económica y previsibilidad, una hazaña que se presumía imposible en la era de la globalización”.
Dos años más tarde, Noam Chomsky, otrora apologista rastrero de los genocidas comunistas camboyanos de Pol Pot, escribió:
“Lo emocionante de visitar por fin Venezuela es que puedo ver cómo se está creando un mundo mejor. Las transformaciones que Venezuela está llevando a cabo hacia la creación de otro modelo socioeconómico podrían tener un impacto global”.
Etapa 2: Represión gubernamental
Pero los buenos tiempos llegaron a su fin. Los precios del petróleo cayeron desde su máximo hasta el nivel que tenían cuando Chávez asumió el poder. La producción se desplomó. La economía se hundió. La gente protestó. Maduro, el sucesor ungido de Chávez, tomó medidas enérgicas. Ahora estábamos en la Etapa 2.
En 2014, cuando las protestas de los venezolanos de a pie se encontraron con la violencia del gobierno, George Ciccariello-Maher de la revista Jacobin afirmó:
“Los que pretenden restaurar los privilegios feudales del depuesto ancien régime venezolano han intentado aprovechar las protestas de los estudiantes, en su mayoría de clase media, para derrocar al gobierno de Maduro. Las élites nacionales adineradas (cuyo inglés no muestra ningún rastro de acento) han tomado Twitter y los medios de comunicación internacionales. La oposición reaccionaria toma las calles, alimentada por un odio racial y de clase”.
Es cierto, admitió, que el gobierno estaba actuando brutalmente, pero, continuó:
“Si estamos en contra de la brutalidad innecesaria, hay sin embargo una forma radicalmente democrática de brutalidad que no podemos repudiar por completo. No se trata de la brutalidad por la brutalidad. Se trata más bien de una extraña paradoja: la brutalidad igualitaria, la dictadura radicalmente democrática de los desdichados de la tierra. Los untados hoy son de hecho la expresión más directa y orgánica de los miserables de la tierra venezolana”.
Etapa 3: Desplazamiento de la meta
Pronto entramos en la tercera etapa. En 2017, Ciccariello-Maher afirmó que los problemas de Venezuela eran el resultado de que el país no era lo suficientemente socialista.
"No hay una comprensión coherente de la revolución que no implique derrotar a nuestros enemigos mientras construimos la nueva sociedad. No podemos derrotar tales peligros sin armas.
Nadie afirmaría que las masas venezolanas están hoy en el poder, pero en los últimos veinte años han estado más cerca que nunca. Sus enemigos y los nuestros están en las calles, quemando y saqueando en nombre de su propia superioridad de clase.
El único camino es profundizar y radicalizar el proceso bolivariano. La única salida a la crisis venezolana hoy está decididamente a la izquierda: en la construcción de una alternativa socialista real".
Como señala Niemietz, con Venezuela estamos pasando actualmente de la Etapa 2 a la Etapa 3. Venezuela se está convirtiendo retroactivamente en “no socialismo real”. Noam Chomsky escribe ahora:
“Nunca describí el gobierno capitalista de Estado de Chávez como ‘socialista’ ni siquiera insinué tal absurdo. Estaba bastante alejado del socialismo. El capitalismo privado se mantuvo. Los capitalistas eran libres de socavar la economía de todo tipo de formas, como la exportación masiva de capital”.
Una y otra vez, los socialistas han aclamado a un país u otro, desde la Rusia soviética hasta Venezuela, como el precursor de un nuevo y brillante amanecer, sólo para escabullirse cuando se derrumba, negando que alguna vez fuera realmente lo que te habían dicho que era; “nunca fue un socialismo real”. Han tenido mucho éxito con esto.
Como resultado, de fracaso en fracaso estrepitoso, la teoría del socialismo sigue navegando, impoluta por los horribles resultados prácticos de su aplicación y encontrando siempre un nuevo país que destrozar. No se debe permitir que los socialistas se salgan con la suya cuando se trata de Venezuela.
(De panampost.com)
miércoles, 25 de septiembre de 2024
La temible fe del progresista
Por Carlos Daniel Lasa
El progresista es, ante todo, un ferviente creyente. Cree que la razón humana es tan perfecta que es capaz de generar una idea que eliminará todo el mal de este mundo. El progresista, en efecto, propicia la existencia de un estado paradisíaco dentro de la misma historia. Y este "mañana" prometedor, gracias a la acción humana orientada por la razón omnipotente, será siempre mejor que el pasado y el presente.
Abandonada la idea de eternidad, el progresista privilegia la dimensión futura del tiempo. Allí, en lo que "todavía no es" (pero que lo será por obra de la acción humana), el hombre podrá encontrar la satisfacción completa de todas sus exigencias. La razón progresista se considera capaz de generar una idea salvífica que se ejecutará a través de una ingeniería política. Entonces, la felicidad humana, ansiada y definitiva, será posible.
RAZÓN HUMANA
La primera característica del progresista, como ya dije, es su fe ferviente en la infalibilidad de la razón humana. Consecuentemente, adscribe a un rechazo de la naturaleza falible y de los conocimientos que el hombre ha recibido a través de la tradición. La ruptura con la naturaleza, con lo heredado y con el Dios Creador son presupuestos esenciales para quien dice ser progresista.
Me pregunto: ¿se puede colocar a la idea, producto de la razón humana, por encima de la naturaleza? ¿Se puede diseñar una ingeniería social fundada en una idea contraria al orden natural y a la tradición?
Poder, ciertamente se puede. Lo que no se puede es prever y evitar los efectos altamente negativos que se siguen de ello. Sucede que, como decía el gran filósofo de la política Eric Voegelin, ir contra la naturaleza equivale a ir contra nosotros mismos.
Esta fe en un porvenir, diseñado y ejecutado por la razón y la acción humanas, es refractaria a toda argumentación. Es decir, no puede ser destruida con argumentaciones porque se sitúa en el ámbito de la creencia.
Sólo quien cree en la idea de progreso pertenece a ese círculo selecto que ha llegado al estado de madurez y plena autonomía. El que no pertenece al círculo progresista es un subnormal que debe despojarse de toda ley que no sea la propia. De allí que sea necesario, para llegar a una sociedad carente de todo mal, el empleo de la violencia política. Esta última, lamentablemente, será ejercida a través de los medios más diversos.
Resumiendo: la razón humana es tan poderosa, a los ojos de todo progresista, que es capaz de hacer desaparecer todo vestigio de mal en este mundo. Pero, me pregunto: si para el progresista todo es histórico, y consecuentemente deja al hombre huérfano de una verdad transhistórica capaz de medir lo que va aconteciendo, ¿en base a qué criterio afirmará el progresista que el mañana será mejor que el hoy? Evidentemente no contamos con un criterio racional, sino sólo con una creencia que nos asegura que siempre el mañana será mejor que el ayer y que el hoy.
LA VIOLENCIA
Retomo la cuestión de la violencia. La violencia, para el progresista, encuentra su plena justificación cuando se apela a ella con el fin de redimir a aquellos que todavía no gozan de las mieles del progresismo. La violencia permite que se abandone toda superstición y se alcance la plena libertad. En realidad, para el progresista, la violencia se inscribe dentro del dinamismo de un amor filantrópico.
¿Quiénes son esos infrahombres que todavía no creen en la idea salvífica del progresismo, que se rehúsan a ser seres en plenitud?
Son aquellos que siguen viviendo de acuerdo a la concepción judeo-cristiana. Creen en la existencia de un Dios creador de la nada, distinto del mundo. Son los que consideran que el mal es una realidad que no puede eliminarse de este mundo y que siempre los acompañará mientras existan. Creen que el mal está incluso alojado dentro de ellos mismos y que deben luchar a diario para liberarse del mismo.
Son los que consideran que el éxito de esta liberación depende fundamentalmente de la gracia divina. Que Dios también habla al hombre a través del orden natural en tanto manifestación de su acto creador. Son los que consideran prudente seguir aquella enseñanza transmitida a lo largo de los siglos (incluso la enseñanza puramente humana, en virtud de haberse sometido a la prueba del tiempo). No se sienten atraídos ni por el inmovilismo ni por el cambio mismo. Saben, por un lado, que aquella revelación divina en la que creen exige un esfuerzo de crecimiento en lo que respecta a su compresión. Consideran, también, que lo heredado exige un esfuerzo de perfeccionamiento. Ni inmovilismo ni cambio por el cambio, sino movimiento guiado por la idea de verdad, de bien y de belleza.
Son quienes asumen una concepción realista de la política: su esfuerzo se ordena a alcanzar, en determinada polis, la máxima libertad y justicia posibles. Saben que la política no salva a nadie, sino que es aquella acción humana colectiva que, conviviendo con el mal imposible de exorcizar en este mundo, intenta realizar el mayor bien posible.
Son, finalmente, quienes sostienen que el hombre, junto a la dimensión política, posee además una dimensión ética. El hombre, en efecto, tiene obligaciones, no sólo para con los otros, sino para consigo mismo y para con Dios: tiene deberes que cumplir que brotan de su misma naturaleza. De allí la importancia de una educación eminentemente liberal (utilizo el término en un sentido clásico). Una educación que no sólo forme la mente mediante la adquisición de las virtudes intelectuales sino también el carácter a través de las virtudes morales.
IDEA DE DIOS
El progresista, producto típico del siglo XVIII, enamorado de su idea salvífica, considera a la revelación judeo-cristiana como su gran enemiga. Delenda est cultura iudeo-christiana. Su imperativo es "vivir para el cambio". Resulta inadmisible la idea de un Dios cuyo Ser sea Permanecer. Resulta inaceptable una sociedad que viva en paz y en armonía. No se tolera una estabilidad en cuanto producto de hombres sabios que conserven aquello que ha superado la prueba del tiempo y sólo cambien lo que no resulta justo.
La fe progresista ha terminado dinamitando todo valor, dando paso al más crudo nihilismo. Ha terminado destruyendo a Atenas, a Jerusalén y a Roma. En su lugar, se yergue la nada de sentido, el cambio por el cambio mismo.
"Hay que cambiar" es el imperativo. El cambio, si se quiere, es el único valor que permanece. Aquí se cumple la advertencia de Vogelin. La naturaleza humana no ha sido hecha para fijar su morada en el cambio mismo, sino en un reposo feliz, producto de un objeto cuyo Ser radica en el Permanecer. La revelación judeo-cristiana guarda, al respecto, una absoluta proporción en relación a la naturaleza humana. La desproporción surge a partir del momento en que la fe progresista pone al hombre en lugar de Dios y, con ello, asegura su propia desdicha.
MISTICA DEL CAMBIO
La mística del cambio por el cambio se ha instalado en Argentina desde hace bastante tiempo. Y si bien no son, como decía Tocqueville, una mayoría tiránica, no dejan de ser una minoría intensa. Un grupúsculo que goza de financiación y de bastante poder a punto de conducir peligrosamente a los argentinos a un estado de proletarización.
Como lo refiere Russell Kirk, nos proletarizamos cuando perdemos una comunidad en la que vivir, la esperanza de mejorar sus condiciones, las convicciones morales y los hábitos de trabajo. Nos proletarizamos cuando extraviamos el sentido de la responsabilidad personal, una familia sana de la que formar parte, una participación activa en los asuntos de interés público, una conciencia de las finalidades y objetivos de la existencia humana. En definitiva, nos proletarizamos cuando no tenemos nada que perder.
(De www.laprensa.com.ar)
El progresista es, ante todo, un ferviente creyente. Cree que la razón humana es tan perfecta que es capaz de generar una idea que eliminará todo el mal de este mundo. El progresista, en efecto, propicia la existencia de un estado paradisíaco dentro de la misma historia. Y este "mañana" prometedor, gracias a la acción humana orientada por la razón omnipotente, será siempre mejor que el pasado y el presente.
Abandonada la idea de eternidad, el progresista privilegia la dimensión futura del tiempo. Allí, en lo que "todavía no es" (pero que lo será por obra de la acción humana), el hombre podrá encontrar la satisfacción completa de todas sus exigencias. La razón progresista se considera capaz de generar una idea salvífica que se ejecutará a través de una ingeniería política. Entonces, la felicidad humana, ansiada y definitiva, será posible.
RAZÓN HUMANA
La primera característica del progresista, como ya dije, es su fe ferviente en la infalibilidad de la razón humana. Consecuentemente, adscribe a un rechazo de la naturaleza falible y de los conocimientos que el hombre ha recibido a través de la tradición. La ruptura con la naturaleza, con lo heredado y con el Dios Creador son presupuestos esenciales para quien dice ser progresista.
Me pregunto: ¿se puede colocar a la idea, producto de la razón humana, por encima de la naturaleza? ¿Se puede diseñar una ingeniería social fundada en una idea contraria al orden natural y a la tradición?
Poder, ciertamente se puede. Lo que no se puede es prever y evitar los efectos altamente negativos que se siguen de ello. Sucede que, como decía el gran filósofo de la política Eric Voegelin, ir contra la naturaleza equivale a ir contra nosotros mismos.
Esta fe en un porvenir, diseñado y ejecutado por la razón y la acción humanas, es refractaria a toda argumentación. Es decir, no puede ser destruida con argumentaciones porque se sitúa en el ámbito de la creencia.
Sólo quien cree en la idea de progreso pertenece a ese círculo selecto que ha llegado al estado de madurez y plena autonomía. El que no pertenece al círculo progresista es un subnormal que debe despojarse de toda ley que no sea la propia. De allí que sea necesario, para llegar a una sociedad carente de todo mal, el empleo de la violencia política. Esta última, lamentablemente, será ejercida a través de los medios más diversos.
Resumiendo: la razón humana es tan poderosa, a los ojos de todo progresista, que es capaz de hacer desaparecer todo vestigio de mal en este mundo. Pero, me pregunto: si para el progresista todo es histórico, y consecuentemente deja al hombre huérfano de una verdad transhistórica capaz de medir lo que va aconteciendo, ¿en base a qué criterio afirmará el progresista que el mañana será mejor que el hoy? Evidentemente no contamos con un criterio racional, sino sólo con una creencia que nos asegura que siempre el mañana será mejor que el ayer y que el hoy.
LA VIOLENCIA
Retomo la cuestión de la violencia. La violencia, para el progresista, encuentra su plena justificación cuando se apela a ella con el fin de redimir a aquellos que todavía no gozan de las mieles del progresismo. La violencia permite que se abandone toda superstición y se alcance la plena libertad. En realidad, para el progresista, la violencia se inscribe dentro del dinamismo de un amor filantrópico.
¿Quiénes son esos infrahombres que todavía no creen en la idea salvífica del progresismo, que se rehúsan a ser seres en plenitud?
Son aquellos que siguen viviendo de acuerdo a la concepción judeo-cristiana. Creen en la existencia de un Dios creador de la nada, distinto del mundo. Son los que consideran que el mal es una realidad que no puede eliminarse de este mundo y que siempre los acompañará mientras existan. Creen que el mal está incluso alojado dentro de ellos mismos y que deben luchar a diario para liberarse del mismo.
Son los que consideran que el éxito de esta liberación depende fundamentalmente de la gracia divina. Que Dios también habla al hombre a través del orden natural en tanto manifestación de su acto creador. Son los que consideran prudente seguir aquella enseñanza transmitida a lo largo de los siglos (incluso la enseñanza puramente humana, en virtud de haberse sometido a la prueba del tiempo). No se sienten atraídos ni por el inmovilismo ni por el cambio mismo. Saben, por un lado, que aquella revelación divina en la que creen exige un esfuerzo de crecimiento en lo que respecta a su compresión. Consideran, también, que lo heredado exige un esfuerzo de perfeccionamiento. Ni inmovilismo ni cambio por el cambio, sino movimiento guiado por la idea de verdad, de bien y de belleza.
Son quienes asumen una concepción realista de la política: su esfuerzo se ordena a alcanzar, en determinada polis, la máxima libertad y justicia posibles. Saben que la política no salva a nadie, sino que es aquella acción humana colectiva que, conviviendo con el mal imposible de exorcizar en este mundo, intenta realizar el mayor bien posible.
Son, finalmente, quienes sostienen que el hombre, junto a la dimensión política, posee además una dimensión ética. El hombre, en efecto, tiene obligaciones, no sólo para con los otros, sino para consigo mismo y para con Dios: tiene deberes que cumplir que brotan de su misma naturaleza. De allí la importancia de una educación eminentemente liberal (utilizo el término en un sentido clásico). Una educación que no sólo forme la mente mediante la adquisición de las virtudes intelectuales sino también el carácter a través de las virtudes morales.
IDEA DE DIOS
El progresista, producto típico del siglo XVIII, enamorado de su idea salvífica, considera a la revelación judeo-cristiana como su gran enemiga. Delenda est cultura iudeo-christiana. Su imperativo es "vivir para el cambio". Resulta inadmisible la idea de un Dios cuyo Ser sea Permanecer. Resulta inaceptable una sociedad que viva en paz y en armonía. No se tolera una estabilidad en cuanto producto de hombres sabios que conserven aquello que ha superado la prueba del tiempo y sólo cambien lo que no resulta justo.
La fe progresista ha terminado dinamitando todo valor, dando paso al más crudo nihilismo. Ha terminado destruyendo a Atenas, a Jerusalén y a Roma. En su lugar, se yergue la nada de sentido, el cambio por el cambio mismo.
"Hay que cambiar" es el imperativo. El cambio, si se quiere, es el único valor que permanece. Aquí se cumple la advertencia de Vogelin. La naturaleza humana no ha sido hecha para fijar su morada en el cambio mismo, sino en un reposo feliz, producto de un objeto cuyo Ser radica en el Permanecer. La revelación judeo-cristiana guarda, al respecto, una absoluta proporción en relación a la naturaleza humana. La desproporción surge a partir del momento en que la fe progresista pone al hombre en lugar de Dios y, con ello, asegura su propia desdicha.
MISTICA DEL CAMBIO
La mística del cambio por el cambio se ha instalado en Argentina desde hace bastante tiempo. Y si bien no son, como decía Tocqueville, una mayoría tiránica, no dejan de ser una minoría intensa. Un grupúsculo que goza de financiación y de bastante poder a punto de conducir peligrosamente a los argentinos a un estado de proletarización.
Como lo refiere Russell Kirk, nos proletarizamos cuando perdemos una comunidad en la que vivir, la esperanza de mejorar sus condiciones, las convicciones morales y los hábitos de trabajo. Nos proletarizamos cuando extraviamos el sentido de la responsabilidad personal, una familia sana de la que formar parte, una participación activa en los asuntos de interés público, una conciencia de las finalidades y objetivos de la existencia humana. En definitiva, nos proletarizamos cuando no tenemos nada que perder.
(De www.laprensa.com.ar)
Interacción y estructura social
Mientras que muchos intelectuales buscan el "mejor modelo de sociedad" para lograr una mejora generalizada de las diversas sociedades, otros aseguran que debemos buscar en realidad el "mejor modelo de individuo", a partir del cual so logrará aquel modelo de sociedad.
Respecto de la naturaleza de la interacción social, Francis E. Merrill escribió: “Empezaremos con la sociedad existente, es decir, un gran número de personas sujetas a interacción social. El hecho central de la sociedad es esa interacción social, de cuyo proceso surge el estudio de la sociedad con las consiguientes inferencias”.
“La interacción social es una serie continua y recíproca de contactos entre dos o más seres humanos socializados. Estos contactos pueden ser físicos, en cuanto que una persona puede hacer algo físicamente por otra, pero en la mayoría de los casos son simbólicos, porque las personas intercambian significados simbólicos entre sí mediante el idioma u otros medios de expresión”.
“Así, pues, la sociedad existe cuando un gran número de personas se influyen recíprocamente con regularidad y continuidad según expectativas de comportamiento cuyos significados están establecidos de antemano. Los límites de una sociedad son los de la interacción social”.
“La interacción social es un proceso doble de influencia sobre el medio y de reacción ante él. El medio ambiente en este caso lo constituyen otras personas, cada una de las cuales forma parte del medio ambiente de los demás. En la interacción social todas se tienen en cuenta unas a otras, es decir, cada una percibe la presencia de los demás, las enjuicia o valora y trata de averiguar lo que piensan o intentan hacer. La esencia de este proceso está en su carácter recíproco, porque cada uno tiene en cuenta al otro para decidir sus propios actos, ya que sólo de esta forma pueden sus actos tener un significado. Así, pues, cuando desarrollamos interacción con otras personas reajustamos constantemente nuestro comportamiento a una relación cambiante” (De “Introducción a la Sociología”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1967).
Por lo general se habla de la existencia de una sociedad cuando existe un conjunto de seres humanos reunidos bajo un mismo objetivo, para distinguir una sociedad de un simple agrupamiento de individuos. Sin embargo, resulta más adecuado definir una sociedad como un conjunto de seres humanos en interacción social, suponiendo que en tales interacciones sociales surgen distintos y variados objetivos, muchos de ellos compartidos por varios integrantes del grupo social.
En la interacción social aparecen los objetivos personales asociados a ciertos aspectos emocionales que facilitan, o incluso a veces dificultan, la asociación o vinculación de personas. A manera de ejemplo, resulta oportuno tener presente las sociedades predominantes en la Edad Media europea. Juan Carlos Agulla escribió: "El feudalismo, como ordenamiento político, implicaba una organización jerárquica de ámbitos de dominio territorial, interrelacionados entre sí y mutuamente dependientes".
"Estos ámbitos de dominio territorial se llamaban reinos, principados, ducados, condados, marcas y señoríos. Cada uno de estos ámbitos de dominio territorial constituyen un feudo, que es administrado por un señor, y que surge de una concesión «graciosa» dada por el rey (el primus inter pares). A su vez cada feudo constituye un sistema social, porque esos ámbitos de dominio territorial implican a la gente y a las poblaciones asentadas en él; son las «comunidades feudales». Con ello se integra una estructura de poder en la que estaban perfectamente delimitados los derechos y obligaciones dentro de cada feudo y entre los distintos feudos, los cuales estaban ordenados jerárquicamente".
"El lazo que une el sistema es la «fidelidad» personal. Esta fidelidad personal se mantiene por la tradición familiar; es decir, por la memoria histórica de la hazaña (el honor) realizada para obtener la concesión graciosa del feudo. Esta concesión graciosa se daba siempre en nombre de Dios y para mayor gloria de Él (el juramento de fidelidad). Por eso la fidelidad personal al señor, la tradición familiar y la fe en Dios (el testigo del juramento) constituyen los valores fundamentales que sostienen (y justifican) el feudalismo como forma de ordenamiento político. El sistema de fidelidad personal se mantiene por herencia, con su institución típica: el mayorazgo. La memoria histórica se legitimaba y se manifestaba en el uso y transferencia del título" (De "La promesa de la Sociología"-Fundación Editorial de Belgrano-Buenos Aires 1988).
En la actualidad podemos hacernos una idea de cómo funcionaba el orden feudal, observando la organización de la Iglesia Católica. Al respecto, Agulla escribió: "La Iglesia Católica, en su expansión por Europa, asume la misma forma de organización con sus jurisdicciones pastorales (arzobispados, obispados, etc.). El sistema está también fundado en la fidelidad, especialmente, en la fidelidad al Papa (votos de fidelidad, orden sagrado) como representante de Dios en la tierra. Pero dentro de cada ámbito jurisdiccional, los obispos administraban su jurisdicción en nombre del Papa. Las órdenes religiosas también estaban sometidas a la misma autoridad y al mismo principio, aunque tenían características específicas según las funciones de las distintas órdenes (contemplativas, misioneras, mendicantes, etc.)".
Resulta evidente que en el orden feudal se mantiene el "gobierno del hombre sobre el hombre", lo que resulta opuesto a la propuesta bíblica del Reino de Dios, es decir, del "gobierno de Dios sobre el hombre" (a través de las leyes naturales). Si bien el funcionamiento del orden feudal requería de principios éticos promovidos por el cristianismo, la organización en sí no parecía ser compatible con el ideal contemplado en la Biblia.
La sociedad que surge de la ética bíblica, será aquella en la cual predomina la empatía emocional en los integrantes del grupo social, siendo las sociedades democráticas las que más se acercan a ese ideal, o las que más se le parecen.
Los integrantes de la Iglesia Católica nunca aceptaron la disolución del orden feudal; incluso en muchos casos adhirieron a los sistemas totalitarios, como el fascismo o el socialismo, en los cuales se mantiene el mencionado "gobierno del hombre sobre el hombre". Esta forma de organización social es rechazada por los liberales y de ahí la histórica oposición al liberalismo por parte de muchos sectores católicos.
La hoz y el martillo, símbolo de unión entre la agricultura y la industria, es también el símbolo del vínculo social propuesto por el marxismo, que no sólo combate al cristianismo como rival, sino también al capitalismo. Henri Lefebvre escribió respecto del marxismo: “Las relaciones fundamentales de toda sociedad humana son las relaciones de producción. Para llegar a la estructura esencial de una sociedad, el análisis debe descartar las apariencias ideológicas, los revestimientos abigarrados, las fórmulas oficiales, todo lo que se agita en la superficie de esa sociedad, todo el decorado; debe penetrar bajo esa superficie y llegar a que las relaciones de producción sean las relaciones fundamentales del hombre con la naturaleza y de los hombres entre sí en el trabajo” (De “El marxismo”-EUDEBA-Buenos Aires 1973).
También los pensadores más representativos del liberalismo proponen vínculos asociados a la economía, y no a un atributo inherente a nuestra estructura biológica. Ludwig von Mises escribió: “En el marco de la cooperación social brotan, a veces, entre los distintos miembros actuantes, sentimientos de simpatía y amistad y una como sensación de común pertenencia. Tal disposición espiritual viene a ser manantial de placenteras y sublimes experiencias humanas. Dichos sentimientos constituyen precioso aderezo de la vida, elevando la especie animal hombre a la auténtica condición humana. Ahora bien, no fueron, como hubo quien supuso, tales experiencias anímicas las que produjeron las relaciones sociales. Antes al contrario, aquéllas no son más que fruto de la propia cooperación social, y sólo a su amparo medran; ni son anteriores a la aparición de las relaciones sociales ni tampoco semilla de las mismas”.
“En un mundo hipotético, en el cual la división del trabajo no incrementara la productividad, los lazos sociales serían impensables. No habría en él sentimiento alguno de benevolencia o amistad” (De “La Acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).
Si bien el proceso del mercado, caracterizado por una competencia para la cooperación, resulta de una eficacia indiscutible, debe advertirse que tal proceso se ha de consolidar una vez que se haya logrado un adecuado nivel ético en las personas, ya que el mercado no genera hábitos morales, sino que los presupone como ya existentes. Por su parte, Ayn Rand escribió: "El principio de intercambio comercial es el único principio ético racional para todas las relaciones humanas, personales y sociales, privadas y públicas, espirituales y materiales. Es el principio de justicia" (De "La virtud del egoísmo"-Grito Sagrado Editorial-Buenos Aires 2007).
El economismo, o economicismo, en sus diversas variantes, se ha impuesto en la actualidad como el reemplazante de la sociedad promovida por el cristianismo, basada en el "amor al prójimo", como la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias. Salvador de Madariaga escribió: “Hemos procurado fundar nuestra opinión de la vida colectiva en reacción contra lo que hemos designado con el nombre de economismo, o sea, la tendencia a mirar las cosas bajo la especie de la economía, imaginándose que basta con haber demostrado que tal o cual sistema o medida es el mejor desde el punto de vista económico para que haya que adoptarlo sin más. Para nosotros, esta manera de pensar es nefasta y contraria a la naturaleza social; por lo cual hemos procurado siempre circunscribir con cuidado el alcance de los argumentos económicos”.
“En suma, equivale a decir que no aceptamos la supeditación de la existencia a la producción, sino que por el contrario creemos que hay que supeditar la producción a la existencia. A fuerza de repetir el axioma de Adam Smith «no hay más riqueza que la vida», las gentes han terminado por invertirlo en: no hay más vida que la riqueza. Nuestra ambición sería volver las cosas a su centro y forma echando las bases de un Estado liberal moderno” (De “De la angustia a la libertad”-Editorial Hermes–Buenos Aires 1955).
Respecto de la naturaleza de la interacción social, Francis E. Merrill escribió: “Empezaremos con la sociedad existente, es decir, un gran número de personas sujetas a interacción social. El hecho central de la sociedad es esa interacción social, de cuyo proceso surge el estudio de la sociedad con las consiguientes inferencias”.
“La interacción social es una serie continua y recíproca de contactos entre dos o más seres humanos socializados. Estos contactos pueden ser físicos, en cuanto que una persona puede hacer algo físicamente por otra, pero en la mayoría de los casos son simbólicos, porque las personas intercambian significados simbólicos entre sí mediante el idioma u otros medios de expresión”.
“Así, pues, la sociedad existe cuando un gran número de personas se influyen recíprocamente con regularidad y continuidad según expectativas de comportamiento cuyos significados están establecidos de antemano. Los límites de una sociedad son los de la interacción social”.
“La interacción social es un proceso doble de influencia sobre el medio y de reacción ante él. El medio ambiente en este caso lo constituyen otras personas, cada una de las cuales forma parte del medio ambiente de los demás. En la interacción social todas se tienen en cuenta unas a otras, es decir, cada una percibe la presencia de los demás, las enjuicia o valora y trata de averiguar lo que piensan o intentan hacer. La esencia de este proceso está en su carácter recíproco, porque cada uno tiene en cuenta al otro para decidir sus propios actos, ya que sólo de esta forma pueden sus actos tener un significado. Así, pues, cuando desarrollamos interacción con otras personas reajustamos constantemente nuestro comportamiento a una relación cambiante” (De “Introducción a la Sociología”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1967).
Por lo general se habla de la existencia de una sociedad cuando existe un conjunto de seres humanos reunidos bajo un mismo objetivo, para distinguir una sociedad de un simple agrupamiento de individuos. Sin embargo, resulta más adecuado definir una sociedad como un conjunto de seres humanos en interacción social, suponiendo que en tales interacciones sociales surgen distintos y variados objetivos, muchos de ellos compartidos por varios integrantes del grupo social.
En la interacción social aparecen los objetivos personales asociados a ciertos aspectos emocionales que facilitan, o incluso a veces dificultan, la asociación o vinculación de personas. A manera de ejemplo, resulta oportuno tener presente las sociedades predominantes en la Edad Media europea. Juan Carlos Agulla escribió: "El feudalismo, como ordenamiento político, implicaba una organización jerárquica de ámbitos de dominio territorial, interrelacionados entre sí y mutuamente dependientes".
"Estos ámbitos de dominio territorial se llamaban reinos, principados, ducados, condados, marcas y señoríos. Cada uno de estos ámbitos de dominio territorial constituyen un feudo, que es administrado por un señor, y que surge de una concesión «graciosa» dada por el rey (el primus inter pares). A su vez cada feudo constituye un sistema social, porque esos ámbitos de dominio territorial implican a la gente y a las poblaciones asentadas en él; son las «comunidades feudales». Con ello se integra una estructura de poder en la que estaban perfectamente delimitados los derechos y obligaciones dentro de cada feudo y entre los distintos feudos, los cuales estaban ordenados jerárquicamente".
"El lazo que une el sistema es la «fidelidad» personal. Esta fidelidad personal se mantiene por la tradición familiar; es decir, por la memoria histórica de la hazaña (el honor) realizada para obtener la concesión graciosa del feudo. Esta concesión graciosa se daba siempre en nombre de Dios y para mayor gloria de Él (el juramento de fidelidad). Por eso la fidelidad personal al señor, la tradición familiar y la fe en Dios (el testigo del juramento) constituyen los valores fundamentales que sostienen (y justifican) el feudalismo como forma de ordenamiento político. El sistema de fidelidad personal se mantiene por herencia, con su institución típica: el mayorazgo. La memoria histórica se legitimaba y se manifestaba en el uso y transferencia del título" (De "La promesa de la Sociología"-Fundación Editorial de Belgrano-Buenos Aires 1988).
En la actualidad podemos hacernos una idea de cómo funcionaba el orden feudal, observando la organización de la Iglesia Católica. Al respecto, Agulla escribió: "La Iglesia Católica, en su expansión por Europa, asume la misma forma de organización con sus jurisdicciones pastorales (arzobispados, obispados, etc.). El sistema está también fundado en la fidelidad, especialmente, en la fidelidad al Papa (votos de fidelidad, orden sagrado) como representante de Dios en la tierra. Pero dentro de cada ámbito jurisdiccional, los obispos administraban su jurisdicción en nombre del Papa. Las órdenes religiosas también estaban sometidas a la misma autoridad y al mismo principio, aunque tenían características específicas según las funciones de las distintas órdenes (contemplativas, misioneras, mendicantes, etc.)".
Resulta evidente que en el orden feudal se mantiene el "gobierno del hombre sobre el hombre", lo que resulta opuesto a la propuesta bíblica del Reino de Dios, es decir, del "gobierno de Dios sobre el hombre" (a través de las leyes naturales). Si bien el funcionamiento del orden feudal requería de principios éticos promovidos por el cristianismo, la organización en sí no parecía ser compatible con el ideal contemplado en la Biblia.
La sociedad que surge de la ética bíblica, será aquella en la cual predomina la empatía emocional en los integrantes del grupo social, siendo las sociedades democráticas las que más se acercan a ese ideal, o las que más se le parecen.
Los integrantes de la Iglesia Católica nunca aceptaron la disolución del orden feudal; incluso en muchos casos adhirieron a los sistemas totalitarios, como el fascismo o el socialismo, en los cuales se mantiene el mencionado "gobierno del hombre sobre el hombre". Esta forma de organización social es rechazada por los liberales y de ahí la histórica oposición al liberalismo por parte de muchos sectores católicos.
La hoz y el martillo, símbolo de unión entre la agricultura y la industria, es también el símbolo del vínculo social propuesto por el marxismo, que no sólo combate al cristianismo como rival, sino también al capitalismo. Henri Lefebvre escribió respecto del marxismo: “Las relaciones fundamentales de toda sociedad humana son las relaciones de producción. Para llegar a la estructura esencial de una sociedad, el análisis debe descartar las apariencias ideológicas, los revestimientos abigarrados, las fórmulas oficiales, todo lo que se agita en la superficie de esa sociedad, todo el decorado; debe penetrar bajo esa superficie y llegar a que las relaciones de producción sean las relaciones fundamentales del hombre con la naturaleza y de los hombres entre sí en el trabajo” (De “El marxismo”-EUDEBA-Buenos Aires 1973).
También los pensadores más representativos del liberalismo proponen vínculos asociados a la economía, y no a un atributo inherente a nuestra estructura biológica. Ludwig von Mises escribió: “En el marco de la cooperación social brotan, a veces, entre los distintos miembros actuantes, sentimientos de simpatía y amistad y una como sensación de común pertenencia. Tal disposición espiritual viene a ser manantial de placenteras y sublimes experiencias humanas. Dichos sentimientos constituyen precioso aderezo de la vida, elevando la especie animal hombre a la auténtica condición humana. Ahora bien, no fueron, como hubo quien supuso, tales experiencias anímicas las que produjeron las relaciones sociales. Antes al contrario, aquéllas no son más que fruto de la propia cooperación social, y sólo a su amparo medran; ni son anteriores a la aparición de las relaciones sociales ni tampoco semilla de las mismas”.
“En un mundo hipotético, en el cual la división del trabajo no incrementara la productividad, los lazos sociales serían impensables. No habría en él sentimiento alguno de benevolencia o amistad” (De “La Acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).
Si bien el proceso del mercado, caracterizado por una competencia para la cooperación, resulta de una eficacia indiscutible, debe advertirse que tal proceso se ha de consolidar una vez que se haya logrado un adecuado nivel ético en las personas, ya que el mercado no genera hábitos morales, sino que los presupone como ya existentes. Por su parte, Ayn Rand escribió: "El principio de intercambio comercial es el único principio ético racional para todas las relaciones humanas, personales y sociales, privadas y públicas, espirituales y materiales. Es el principio de justicia" (De "La virtud del egoísmo"-Grito Sagrado Editorial-Buenos Aires 2007).
El economismo, o economicismo, en sus diversas variantes, se ha impuesto en la actualidad como el reemplazante de la sociedad promovida por el cristianismo, basada en el "amor al prójimo", como la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias. Salvador de Madariaga escribió: “Hemos procurado fundar nuestra opinión de la vida colectiva en reacción contra lo que hemos designado con el nombre de economismo, o sea, la tendencia a mirar las cosas bajo la especie de la economía, imaginándose que basta con haber demostrado que tal o cual sistema o medida es el mejor desde el punto de vista económico para que haya que adoptarlo sin más. Para nosotros, esta manera de pensar es nefasta y contraria a la naturaleza social; por lo cual hemos procurado siempre circunscribir con cuidado el alcance de los argumentos económicos”.
“En suma, equivale a decir que no aceptamos la supeditación de la existencia a la producción, sino que por el contrario creemos que hay que supeditar la producción a la existencia. A fuerza de repetir el axioma de Adam Smith «no hay más riqueza que la vida», las gentes han terminado por invertirlo en: no hay más vida que la riqueza. Nuestra ambición sería volver las cosas a su centro y forma echando las bases de un Estado liberal moderno” (De “De la angustia a la libertad”-Editorial Hermes–Buenos Aires 1955).
martes, 24 de septiembre de 2024
La UCR no está en crisis, ¿vuelve a sus fuentes?
Por Alberto Benegas Lynch (h)
Los orígenes liberales del fundador del partido centenario de la Unión Cívica Radical (UCR), el gran Leandro Alem, contribuyeron a que nuestro país fuera uno de los más prósperos del planeta hasta la llegada del estatismo peronista.
En estos días se han observado distintos episodios en el seno del Partido Radical que ha hecho decir a no pocos analistas que está en vías de disolución, sin embargo conjeturamos que lo que en verdad sucede son movimientos parturientos que remiten a los extraordinarios orígenes liberales de su fundador, el gran Leandro Alem, cuyos preceptos permitieron que nuestro país fuera uno de los más prósperos del planeta hasta que el estatismo peronista revirtió la situación para convertirnos en una tierra de pobreza moral y material en gran escala. Esto hasta la irrupción del actual gobierno que promete metas que no habíamos escuchado en las últimas largas décadas.
Estimo oportuno y necesario recordar ciertos dichos notables de Alem, algunos de los cuales he mencionado antes en diversos medios, pero dados los sucesos del momento es del caso insistir en un apretado resumen telegráfico. Respecto a los bancos estatales y el emisionismo el 23 de noviembre de 1891 escribió: “Es conciencia argentina que el mal se ha producido por el exceso de oficialismo y de que los bancos oficiales han sido el agente activo de la ruina y la fortuna pública [...] El banco oficial constituye un peligro permanente porque siempre será un medio político sujeto a las pasiones partidarias. Trabajar entonces contra este género de establecimientos es hacer obra de cordura y patriotismo [...] Otro tópico digno de fijar la atención pública es el de poner límite a las emisiones fiduciarias y asegurar al país contra las leyes de curso forzoso”.
El 24 de agosto de 1884 escribió: “¿Es justo, es legal, es equitativo despojar a la colectividad para que vivan, prosperen y se enriquezcan media docena de industriales? Y es aquí donde viene como anillo al dedo el corolario que hablamos, o para que se entienda mejor donde cuadra perfectamente el estudio de las consecuencias lógicas que puede dar lugar la prosecución del sistema proteccionista. No habrá una sola persona medianamente sensata que nos niegue uno de los efectos de los derechos de aduana y la elevación gradual de las tarifas aduaneras ha producido [...] la miseria del pobre”.
El 4 de noviembre de 1880 manifestó que “la tendencia autoritaria se desenvuelve entre nosotros de una manera alarmante. Son los partidos de esa escuela que atribuyen poder social derechos absolutos e independientes sin pensar que solo es un encargado de armonizar y garantizar los derechos de los asociados. Son los que pretenden la infalibilidad de la autoridad [...] Más el poder es fuerte, mas la corrupción es fácil [...] No hay progreso económico si no hay buena política, una política liberal que deje el vuelo necesario a todas las fuerzas y todas las actividades [...] Si, gobernando lo menos posible porque cuanto menos gobierno tenga el hombre, más gobierno tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.
Estos tres ejemplos son suficientes para ilustrar el pensamiento de este admirador de Thomas Jefferson y ejemplar patrocinador de la tradición del pensamiento liberal. Mucho es lo que se ha escrito en esta línea argumental pero cabe destacar por orden cronológico los textos de autores de la talla de Telmo Mancorda, Enrique de Gandia, Francisco Barroetaveña, Bernardo Gonzáez Arrili, Felix Luna y Ezequiel Gallo.
(De www.elcato.org)
Los orígenes liberales del fundador del partido centenario de la Unión Cívica Radical (UCR), el gran Leandro Alem, contribuyeron a que nuestro país fuera uno de los más prósperos del planeta hasta la llegada del estatismo peronista.
En estos días se han observado distintos episodios en el seno del Partido Radical que ha hecho decir a no pocos analistas que está en vías de disolución, sin embargo conjeturamos que lo que en verdad sucede son movimientos parturientos que remiten a los extraordinarios orígenes liberales de su fundador, el gran Leandro Alem, cuyos preceptos permitieron que nuestro país fuera uno de los más prósperos del planeta hasta que el estatismo peronista revirtió la situación para convertirnos en una tierra de pobreza moral y material en gran escala. Esto hasta la irrupción del actual gobierno que promete metas que no habíamos escuchado en las últimas largas décadas.
Estimo oportuno y necesario recordar ciertos dichos notables de Alem, algunos de los cuales he mencionado antes en diversos medios, pero dados los sucesos del momento es del caso insistir en un apretado resumen telegráfico. Respecto a los bancos estatales y el emisionismo el 23 de noviembre de 1891 escribió: “Es conciencia argentina que el mal se ha producido por el exceso de oficialismo y de que los bancos oficiales han sido el agente activo de la ruina y la fortuna pública [...] El banco oficial constituye un peligro permanente porque siempre será un medio político sujeto a las pasiones partidarias. Trabajar entonces contra este género de establecimientos es hacer obra de cordura y patriotismo [...] Otro tópico digno de fijar la atención pública es el de poner límite a las emisiones fiduciarias y asegurar al país contra las leyes de curso forzoso”.
El 24 de agosto de 1884 escribió: “¿Es justo, es legal, es equitativo despojar a la colectividad para que vivan, prosperen y se enriquezcan media docena de industriales? Y es aquí donde viene como anillo al dedo el corolario que hablamos, o para que se entienda mejor donde cuadra perfectamente el estudio de las consecuencias lógicas que puede dar lugar la prosecución del sistema proteccionista. No habrá una sola persona medianamente sensata que nos niegue uno de los efectos de los derechos de aduana y la elevación gradual de las tarifas aduaneras ha producido [...] la miseria del pobre”.
El 4 de noviembre de 1880 manifestó que “la tendencia autoritaria se desenvuelve entre nosotros de una manera alarmante. Son los partidos de esa escuela que atribuyen poder social derechos absolutos e independientes sin pensar que solo es un encargado de armonizar y garantizar los derechos de los asociados. Son los que pretenden la infalibilidad de la autoridad [...] Más el poder es fuerte, mas la corrupción es fácil [...] No hay progreso económico si no hay buena política, una política liberal que deje el vuelo necesario a todas las fuerzas y todas las actividades [...] Si, gobernando lo menos posible porque cuanto menos gobierno tenga el hombre, más gobierno tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.
Estos tres ejemplos son suficientes para ilustrar el pensamiento de este admirador de Thomas Jefferson y ejemplar patrocinador de la tradición del pensamiento liberal. Mucho es lo que se ha escrito en esta línea argumental pero cabe destacar por orden cronológico los textos de autores de la talla de Telmo Mancorda, Enrique de Gandia, Francisco Barroetaveña, Bernardo Gonzáez Arrili, Felix Luna y Ezequiel Gallo.
(De www.elcato.org)
lunes, 23 de septiembre de 2024
Nikola Tesla y sus seguidores
Por lo general, quienes no soportan observar el éxito ajeno, ya sea que se trate del éxito deportivo, económico, científico o cualquier forma de éxito, tienden a denigrar y a descalificar a las personas que lo logran como también a los medios utilizados. Así, las teorías atribuidas a Einstein, se aduce, fueron realizadas por su primera mujer. Por otra parte, muchos consideran que Messi es un jugador mediocre que debe sus triunfos al presidente de la FIFA. Cuando uno ve los videos de Messi, le surge el interrogante acerca de en qué momento interviene Infantino para favorecerlo.
Los terraplanistas, por otra parte, denigran a todos los científicos aduciendo que se trata de un conjunto de mentirosos que engañan a la gente con sus teorías mientras disfrutan de un inmerecido sitial dentro de la sociedad. Otros suponen que los empresarios tienden a boicotear a los inventores que realizan aportes que beneficiarían a toda la gente, ya que los empresarios sólo piensan en lograr riquezas sin apenas interesarse por el resto de la sociedad.
Algo de esto se advierte en el caso de los seguidores de Nikola Tesla, ya que aducen que estableció una forma de transmitir energía eléctrica gratuita a través del aire, sin utilizar cables; mientras que tal proceso fue boicoteado por los empresarios. En realidad el problema de la energía radica en obtenerla, siendo su transmisión un problema que ha sido solucionado sin mayores inconvenientes.
Tesla hizo aportes importantes al promover la utilización de la corriente alterna, en oposición a Edison que promovía la utilización generalizada de la corriente continua. También Tesla diseñó un motor eléctrico de corriente alterna y promovió la utilización de los sistemas polifásicos, como el conocido sistema trifásico.
Al igual que Edison, Tesla carecía de formación científica, ya que desconocían el electromagnetismo de Maxwell, vigente en las últimas décadas del siglo XIX. De ahí que sus inventos eran posibilitados por una creatividad sustentada en intuición e imaginación, muy meritoria en ambos casos.
En realidad, con la “bobina de Tesla”, que consistía en un transformador resonante, tanto en el primario como en el secundario, intentaba establecer un sistema de comunicación general, apto para todo el planeta, siendo Guillermo Marconi su principal competidor, y quien finalmente logró el éxito con su telegrafía sin hilos, o radiotelegrafía.
El sistema de Tesla fue una curiosidad tecnológica que carecía de toda posibilidad práctica. En toda actividad científica y tecnológica existen fracasos reiterados antes de lograr el éxito final, por lo que no resulta raro que ocurra. Si hubiese tenido una gran utilidad, como sostienen sus seguidores, seguramente algún empresario habría hecho las inversiones correspondientes para ganar luego mucho dinero.
Quienes reniegan de los empresarios, pueden quedar “conformes” sabiendo que Lee de Forest, el inventor de la válvula triodo (la base de la electrónica), fue estafado varias veces por sus ocasionales socios, que eran inversores aportantes de capital, optando por ser empleado de una empresa en sus últimos años. El caso más lamentable es el de Erwin Armstrong, quien perfecciona la radio de AM (amplitud modulada), con su receptor superheterodyno, e inventa la radio de FM (frecuencia modulada). Al tener conflictos por cuestiones de patentes, pone fin a su vida suicidándose.
Los terraplanistas, por otra parte, denigran a todos los científicos aduciendo que se trata de un conjunto de mentirosos que engañan a la gente con sus teorías mientras disfrutan de un inmerecido sitial dentro de la sociedad. Otros suponen que los empresarios tienden a boicotear a los inventores que realizan aportes que beneficiarían a toda la gente, ya que los empresarios sólo piensan en lograr riquezas sin apenas interesarse por el resto de la sociedad.
Algo de esto se advierte en el caso de los seguidores de Nikola Tesla, ya que aducen que estableció una forma de transmitir energía eléctrica gratuita a través del aire, sin utilizar cables; mientras que tal proceso fue boicoteado por los empresarios. En realidad el problema de la energía radica en obtenerla, siendo su transmisión un problema que ha sido solucionado sin mayores inconvenientes.
Tesla hizo aportes importantes al promover la utilización de la corriente alterna, en oposición a Edison que promovía la utilización generalizada de la corriente continua. También Tesla diseñó un motor eléctrico de corriente alterna y promovió la utilización de los sistemas polifásicos, como el conocido sistema trifásico.
Al igual que Edison, Tesla carecía de formación científica, ya que desconocían el electromagnetismo de Maxwell, vigente en las últimas décadas del siglo XIX. De ahí que sus inventos eran posibilitados por una creatividad sustentada en intuición e imaginación, muy meritoria en ambos casos.
En realidad, con la “bobina de Tesla”, que consistía en un transformador resonante, tanto en el primario como en el secundario, intentaba establecer un sistema de comunicación general, apto para todo el planeta, siendo Guillermo Marconi su principal competidor, y quien finalmente logró el éxito con su telegrafía sin hilos, o radiotelegrafía.
El sistema de Tesla fue una curiosidad tecnológica que carecía de toda posibilidad práctica. En toda actividad científica y tecnológica existen fracasos reiterados antes de lograr el éxito final, por lo que no resulta raro que ocurra. Si hubiese tenido una gran utilidad, como sostienen sus seguidores, seguramente algún empresario habría hecho las inversiones correspondientes para ganar luego mucho dinero.
Quienes reniegan de los empresarios, pueden quedar “conformes” sabiendo que Lee de Forest, el inventor de la válvula triodo (la base de la electrónica), fue estafado varias veces por sus ocasionales socios, que eran inversores aportantes de capital, optando por ser empleado de una empresa en sus últimos años. El caso más lamentable es el de Erwin Armstrong, quien perfecciona la radio de AM (amplitud modulada), con su receptor superheterodyno, e inventa la radio de FM (frecuencia modulada). Al tener conflictos por cuestiones de patentes, pone fin a su vida suicidándose.
sábado, 21 de septiembre de 2024
Los nuevos agitadores de masas
A lo largo de la historia han surgido individuos que se han dirigido con especial atención a un sector de la sociedad con el objetivo de movilizarlos contra otros sectores, admitiendo tácitamente la existencia de “amigos y enemigos”, promoviendo conflictos que, por lo general, condujeron a malos resultados. Este es el caso de los agitadores de masas, siendo Karl Marx el más influyente de ellos. Ludwig von Mises escribió al respecto: “Como economista, Marx no es más que un heredero sin originalidad de la economía clásica; es incapaz de estudiar los elementos económicos de los problemas sin sufrir la influencia de consideraciones políticas; observa las relaciones sociales desde el punto de vista del agitador, para quien la acción sobre las masas constituye la cosa esencial”.
“Como sociólogo y filósofo de la historia, Marx nunca fue sino un hábil agitador que escribía para satisfacer las necesidades cotidianas de su partido. El materialismo histórico está desprovisto de valía científica”.
“La originalidad y la importancia histórica del marxismo residen únicamente en el dominio de la técnica política. Ha reconocido el poder formidable que puede uno asegurarse en la sociedad, al hacer de las masas obreras concentradas en las fábricas un factor político; busca y descubre las fórmulas verbales capaces de unir a estas masas con fines de acción común. Da el santo y seña que induce a los hombres, indiferentes hasta entonces a las cuestiones políticas y al ataque contra la propiedad individual. Anuncia un evangelio que racionaliza su odio y transforma bajos instintos de resentimiento y venganza en misión histórica” (De “El socialismo”-Editorial Hermes SA-México 1961).
En cuanto a la diferencia existente entre propagandista y agitador, Plejanov escribió: “El propagandista inculca mucha ideas a una sola persona o a una muy pequeña cantidad de ellas; el agitador inculca sólo una idea o una pequeña cantidad de ellas, pero, en cambio, las inculca a toda una masa de personas”.
Por otra parte, Jean-Marie Domenach escribe: “En un comentario a esta definición, Lenin dice que el agitador, partiendo de una injusticia concreta engendrada por la contradicción del régimen capitalista, «se esforzará por suscitar el descontento y la indignación de la masa por esta injusticia irritante, dejando al propagandista la tarea de dar una explicación completa de esta contradicción. Es por esto que el propagandista actúa principalmente por escrito y el agitador a viva voz»” (De "La propaganda política"-EUDEBA-Buenos Aires 1962).
Las masas son las preferidas por los agitadores políticos, apuntando a convertirse en directores mentales de gran cantidad de seres humanos, algo completamente opuesto a la idea bíblica del Reino de Dios, es decir, ser gobernados por Dios a través de las leyes naturales y los mandamientos éticos. Gustave Le Bon escribió: "Poco aptas para el razonamiento, las multitudes son, por el contrario, muy aptas para la acción. Por su organización actual su fuerza es inmensa. Los dogmas que vemos apuntar tendrán pronto la fuerza de los antiguos dogmas; es decir, la fuerza tiránica y soberana que hace inútil toda discusión y la repugna. El derecho divino de las muchedumbres reemplazará al derecho divino de los reyes" (De "Psicología de las multitudes"-Editorial Albatros-Buenos Aires 1972).
En una forma muy breve puede sintetizarse la prédica marxista en la consideración de una supuesta lucha de clases sociales entre burgueses y proletarios, o entre ricos y pobres, exentos de virtudes los primeros y exentos de defectos los segundos. Tal lucha habrá de finalizar cuando se distribuyan las riquezas equitativamente y los medios de producción dejen de ser privados. Para ello deben los proletarios, o los pobres, ser conscientes de su lugar en la sociedad capitalista y reaccionar en forma violenta contra quienes los explotan laboralmente.
Si alguien repite tales consignas, aun cuando nunca hubiese leído a Marx, surgiendo tal visión de la sociedad en forma original, puede decirse que también se trata de un agitador de masas. Este es el caso del líder actual de la Iglesia Católica, cometiendo el sacrilegio de intentar reemplazar las prédicas evangélicas con su propia visión de la realidad.
El primer error observado en la visión de Marx y de Bergoglio implica la inexistencia de un vínculo estrecho entre moral y situación económica o laboral. Quien conozca un poco a la gente observará que hay pobres que son personas virtuosas (en el sentido cristiano), otros que son vagos y egoístas, otros que son perversos y delincuentes, etc. Algo similar ocurre entre las personas que poseen un buen nivel económico. De ahí que para el cristianismo existen justos y pecadores, antes que ricos y pobres. Además, como cualquiera puede observar, existe en la sociedad una clase media que no es ni explotadora ni explotada laboralmente; un "pequeño" detalle que escapa a la visión de Marx y Bergoglio.
Bergoglio se opone a la “acumulación de riquezas”, es decir, en cierta forma propone volver a las épocas precapitalistas, antes de que algunos seres humanos descubrieran que el ahorro y el capital acumulado se convertirán en la principal herramienta para la producción. Incluso en la actualidad, quienes poseen mucho dinero, lo depositan en un banco para que quienes no dispongan de esa herramienta para la producción la adquieran, bajo cierto costo monetario. Al respecto expresó recientemente: Acumular no es virtuoso, distribuir sí.
Si los ricos poseen acciones de empresas productivas, y, siguiendo el criterio bergogliano, alguien las distribuye entre los pobres, seguramente que tal acción resolverá el problema de la pobreza por un breve tiempo, mientras que ya nadie invertirá en la creación de nuevas empresas, con la destrucción material y moral de la sociedad. Todos recordamos cómo los socialistas venezolanos comenzaron destruyendo su país, con un Chávez indicando a uno de sus secuaces: “Exprópiese”, recibiendo aplausos por tal nefasta decisión.
Los agitadores de masas, en forma casi disimulada, emiten directivas “inofensivas”, como “hagan lío” (cuando están en una sociedad no socialista) o bien “dialoguen” (cuando se trata de favorecer la continuidad de gobiernos socialistas como el de Cuba y Venezuela). Ahora también ponen en las mentes de las masas la posibilidad de la violencia, supuestamente iniciada por el sector calumniado: El silencio frente a la injusticia abre paso a la división social y la división social abre paso a la violencia verbal, y la violencia verbal a la violencia física, y la violencia física a la guerra de todos contra todos. (De www.laprensa.com.ar)
Otras expresiones de Begoglio:
Dicen que el sistema que permitió amasar fortunas a las personas ricas, y permite agregar riquezas ridículas, es inmoral, que debe ser notificado, que debe haber más impuestos a los billonarios.
Rezo para que los más económicamente poderosos salgan del aislamiento, rechacen la falta de seguridad del dinero y se abran para compartir bienes que tienen un destino universal, porque todos los bienes derivan de la creación y tienen un destino universal. Es difícil que eso pase, pero para Dios todo es posible.
Si ese porcentaje tan pequeño de billonarios que acaparan la mayor parte de la riqueza del planeta, no como limosna, se animara a compartirla fraternalmente, qué bueno sería para ellos mismos y qué justo sería para todos.
Mientras no se resuelva radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados, y de la especulación financiera, y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo.
La inequidad es la raíz de los problemas sociales. Se que esto molesta, pero es verdad.
Cuando el Papa habla, habla para todos porque la iglesia es para todos, pero el Papa no puede sustraerse de la centralidad de los pobres en el Evangelio. Esto no es comunismo, es el Evangelio puro. No es el Papa, sino Jesús el que los pone al centro, en ese lugar. Es una cuestión de nuestra fe y no se puede negociar. Si no aceptas eso no sos cristiano.
Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. El futuro de la humanidad está en sus manos. Les invito a construir una alternativa humana a la globalización excluyente. No se achiquen.
Sigan combatiendo la economia criminal con la economía popular
(Citas de www.laprensa.com.ar)
Debe aclararse que prácticamente no existen los "billonarios" en dólares. En EEUU, "billion" significa "mil millones", que por lo general se mal traduce como "billón". Lo interesante en este caso implica considerar la forma en que una persona logró esa enorme cantidad de valores. Si la logró produciendo bienes y servicios, no ha de ser alguien despreciable y perverso como suponen los marxistas, sino alguien que favorece a la sociedad en que vive.
“Como sociólogo y filósofo de la historia, Marx nunca fue sino un hábil agitador que escribía para satisfacer las necesidades cotidianas de su partido. El materialismo histórico está desprovisto de valía científica”.
“La originalidad y la importancia histórica del marxismo residen únicamente en el dominio de la técnica política. Ha reconocido el poder formidable que puede uno asegurarse en la sociedad, al hacer de las masas obreras concentradas en las fábricas un factor político; busca y descubre las fórmulas verbales capaces de unir a estas masas con fines de acción común. Da el santo y seña que induce a los hombres, indiferentes hasta entonces a las cuestiones políticas y al ataque contra la propiedad individual. Anuncia un evangelio que racionaliza su odio y transforma bajos instintos de resentimiento y venganza en misión histórica” (De “El socialismo”-Editorial Hermes SA-México 1961).
En cuanto a la diferencia existente entre propagandista y agitador, Plejanov escribió: “El propagandista inculca mucha ideas a una sola persona o a una muy pequeña cantidad de ellas; el agitador inculca sólo una idea o una pequeña cantidad de ellas, pero, en cambio, las inculca a toda una masa de personas”.
Por otra parte, Jean-Marie Domenach escribe: “En un comentario a esta definición, Lenin dice que el agitador, partiendo de una injusticia concreta engendrada por la contradicción del régimen capitalista, «se esforzará por suscitar el descontento y la indignación de la masa por esta injusticia irritante, dejando al propagandista la tarea de dar una explicación completa de esta contradicción. Es por esto que el propagandista actúa principalmente por escrito y el agitador a viva voz»” (De "La propaganda política"-EUDEBA-Buenos Aires 1962).
Las masas son las preferidas por los agitadores políticos, apuntando a convertirse en directores mentales de gran cantidad de seres humanos, algo completamente opuesto a la idea bíblica del Reino de Dios, es decir, ser gobernados por Dios a través de las leyes naturales y los mandamientos éticos. Gustave Le Bon escribió: "Poco aptas para el razonamiento, las multitudes son, por el contrario, muy aptas para la acción. Por su organización actual su fuerza es inmensa. Los dogmas que vemos apuntar tendrán pronto la fuerza de los antiguos dogmas; es decir, la fuerza tiránica y soberana que hace inútil toda discusión y la repugna. El derecho divino de las muchedumbres reemplazará al derecho divino de los reyes" (De "Psicología de las multitudes"-Editorial Albatros-Buenos Aires 1972).
En una forma muy breve puede sintetizarse la prédica marxista en la consideración de una supuesta lucha de clases sociales entre burgueses y proletarios, o entre ricos y pobres, exentos de virtudes los primeros y exentos de defectos los segundos. Tal lucha habrá de finalizar cuando se distribuyan las riquezas equitativamente y los medios de producción dejen de ser privados. Para ello deben los proletarios, o los pobres, ser conscientes de su lugar en la sociedad capitalista y reaccionar en forma violenta contra quienes los explotan laboralmente.
Si alguien repite tales consignas, aun cuando nunca hubiese leído a Marx, surgiendo tal visión de la sociedad en forma original, puede decirse que también se trata de un agitador de masas. Este es el caso del líder actual de la Iglesia Católica, cometiendo el sacrilegio de intentar reemplazar las prédicas evangélicas con su propia visión de la realidad.
El primer error observado en la visión de Marx y de Bergoglio implica la inexistencia de un vínculo estrecho entre moral y situación económica o laboral. Quien conozca un poco a la gente observará que hay pobres que son personas virtuosas (en el sentido cristiano), otros que son vagos y egoístas, otros que son perversos y delincuentes, etc. Algo similar ocurre entre las personas que poseen un buen nivel económico. De ahí que para el cristianismo existen justos y pecadores, antes que ricos y pobres. Además, como cualquiera puede observar, existe en la sociedad una clase media que no es ni explotadora ni explotada laboralmente; un "pequeño" detalle que escapa a la visión de Marx y Bergoglio.
Bergoglio se opone a la “acumulación de riquezas”, es decir, en cierta forma propone volver a las épocas precapitalistas, antes de que algunos seres humanos descubrieran que el ahorro y el capital acumulado se convertirán en la principal herramienta para la producción. Incluso en la actualidad, quienes poseen mucho dinero, lo depositan en un banco para que quienes no dispongan de esa herramienta para la producción la adquieran, bajo cierto costo monetario. Al respecto expresó recientemente: Acumular no es virtuoso, distribuir sí.
Si los ricos poseen acciones de empresas productivas, y, siguiendo el criterio bergogliano, alguien las distribuye entre los pobres, seguramente que tal acción resolverá el problema de la pobreza por un breve tiempo, mientras que ya nadie invertirá en la creación de nuevas empresas, con la destrucción material y moral de la sociedad. Todos recordamos cómo los socialistas venezolanos comenzaron destruyendo su país, con un Chávez indicando a uno de sus secuaces: “Exprópiese”, recibiendo aplausos por tal nefasta decisión.
Los agitadores de masas, en forma casi disimulada, emiten directivas “inofensivas”, como “hagan lío” (cuando están en una sociedad no socialista) o bien “dialoguen” (cuando se trata de favorecer la continuidad de gobiernos socialistas como el de Cuba y Venezuela). Ahora también ponen en las mentes de las masas la posibilidad de la violencia, supuestamente iniciada por el sector calumniado: El silencio frente a la injusticia abre paso a la división social y la división social abre paso a la violencia verbal, y la violencia verbal a la violencia física, y la violencia física a la guerra de todos contra todos. (De www.laprensa.com.ar)
Otras expresiones de Begoglio:
Dicen que el sistema que permitió amasar fortunas a las personas ricas, y permite agregar riquezas ridículas, es inmoral, que debe ser notificado, que debe haber más impuestos a los billonarios.
Rezo para que los más económicamente poderosos salgan del aislamiento, rechacen la falta de seguridad del dinero y se abran para compartir bienes que tienen un destino universal, porque todos los bienes derivan de la creación y tienen un destino universal. Es difícil que eso pase, pero para Dios todo es posible.
Si ese porcentaje tan pequeño de billonarios que acaparan la mayor parte de la riqueza del planeta, no como limosna, se animara a compartirla fraternalmente, qué bueno sería para ellos mismos y qué justo sería para todos.
Mientras no se resuelva radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados, y de la especulación financiera, y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo.
La inequidad es la raíz de los problemas sociales. Se que esto molesta, pero es verdad.
Cuando el Papa habla, habla para todos porque la iglesia es para todos, pero el Papa no puede sustraerse de la centralidad de los pobres en el Evangelio. Esto no es comunismo, es el Evangelio puro. No es el Papa, sino Jesús el que los pone al centro, en ese lugar. Es una cuestión de nuestra fe y no se puede negociar. Si no aceptas eso no sos cristiano.
Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. El futuro de la humanidad está en sus manos. Les invito a construir una alternativa humana a la globalización excluyente. No se achiquen.
Sigan combatiendo la economia criminal con la economía popular
(Citas de www.laprensa.com.ar)
Debe aclararse que prácticamente no existen los "billonarios" en dólares. En EEUU, "billion" significa "mil millones", que por lo general se mal traduce como "billón". Lo interesante en este caso implica considerar la forma en que una persona logró esa enorme cantidad de valores. Si la logró produciendo bienes y servicios, no ha de ser alguien despreciable y perverso como suponen los marxistas, sino alguien que favorece a la sociedad en que vive.
jueves, 19 de septiembre de 2024
Ideologías
Los seres humanos de nuestra época, como también lo hicieron los de épocas pasadas, nos cuestionamos nuestro presente y nuestro futuro, tanto individual como colectivo. Disponemos de una gran cantidad de información, que excede ampliamente nuestras necesidades intelectuales y nuestra curiosidad, pero aún así, persiste cierta desorientación.
Nuestra personalidad depende de nuestras características heredadas como también de la influencia recibida del ambiente en donde se desarrolla nuestra vida. Podemos hacer una analogía con una computadora digital: la computadora tiene un “hardware” (circuitos) y un “software” (programación). Los hombres traemos un “hardware” de nacimiento y adquirimos un “software” mediante la influencia recibida.
Si intentamos escalar una montaña muy alta, deberemos adquirir un buen entrenamiento previo y, además, deberemos seleccionar un equipaje mínimo que nos permita lograr nuestro objetivo. Un equipaje excesivo o insuficiente impedirá ese logro. También para el tránsito por este mundo necesitamos un repertorio mínimo de ideas que, al llevarlas depositadas en nuestra memoria, nos permitirán hacer de nuestra vida una experiencia agradable e importante. Pero el hombre es un ser social y esas ideas básicas deberán ser comunes y útiles a todos los hombres; ello constituirá una “ideología”. Una ideología adquirida permite transformar a un hombre de la misma manera en que un nuevo programa de computadora cambia la utilidad y el comportamiento de la misma.
Al menos hemos encontrado el principio del camino que nos llevará a la solución de los conflictos individuales y colectivos. Pero el problema es mucho más complejo por cuanto no resulta fácil establecer una “ideología mínima” ya que deberá tener una generalidad tal que sea aceptada y comprendida por la mayoría de los seres humanos y, además, deberá tener validez para todas las épocas. Las ideologías de validez individual o sectorial generalmente producen divisiones y antagonismos, por lo que tendrán una relativa importancia. Además, el proceso educativo no sólo requiere de la buena predisposición del que enseña, sino también del que aprende, ya que varios destacados educadores del pasado murieron por decisión o presión de aquellos a quienes pretendían educar, tales los casos de Sócrates, Cicerón, Séneca, Cristo y Gandhi.
Cristo advierte: “No se echa el vino nuevo en odres viejos, porque entonces se rompen los cueros, y se pierden el vino y los cueros; sino que el vino nuevo se echa en cueros recientes, y se conservan ambas cosas”. El “vino nuevo” es la ideología mínima implícita en sus enseñanzas y que, para que pueda ser aceptada, requiere seguramente del abandono de otras ideologías menos eficaces. Cuando se aceptan dichas ideas en toda su amplitud, se tiene la sensación de que es lo más valioso que hayamos podido adquirir, e inmediatamente sentiremos la necesidad de compartirlas con los demás.
Debido a la influencia cotidiana que recibimos de los demás, ya sea en forma directa o bien a través de los medios masivos de comunicación, comienza a formarse en cada grupo social una especie de mentalidad generalizada del grupo. En una sociedad, esta mentalidad gobierna las vidas de las personas más influenciables uniformando actitudes y comportamientos, y pasa a ser una “ideología implícita” que no viene escrita en ninguna parte, pero cuyos efectos pueden llegar a ser negativos para el individuo.
Mediante las armas y el dinero, el hombre puede restringir la libertad de sus semejantes, pero mediante las ideologías es posible lograr un dominio mucho más efectivo, que es el dominio de la mente. Uno de los caminos más utilizados es el de las ideologías religiosas que no admiten razonamientos, ni confrontaciones con las leyes naturales; otro de los caminos es el establecido por las sociologías pseudocientíficas que tampoco las tienen en cuenta. Estas ideologías se caracterizan por dividir pueblos y crear conflictos.
Respecto del ser humano y de su complejidad, parece más fácil “describir” al ser humano ideal que a los millones de seres humanos reales. En realidad una ideología ha de orientarnos hacia esa idealización. No importa que sea inalcanzable, ya que lo que más nos interesa es lograr una orientación concreta, antes que alcanzar un punto concreto de llegada. Un educador no debe tratar de convertirse en un ejemplo para los demás, sino en llegar a ser un orientador hacia ese ser humano ideal.
Ya que existe una mentalidad generalizada de la sociedad, formada por sus integrantes, y que a su vez forma a sus integrantes, el mejoramiento de la sociedad se producirá a través del mejoramiento del individuo, siempre que sea posible encontrar y transmitir una ideología que defina claramente a ese ser humano ideal.
Quienes tenemos la esperanza de solucionar, en parte, el viejo problema del sufrimiento humano, no poseemos virtudes fuera de lo común, ya que el sufrimiento proviene de nuestros defectos, y quien mejor los conoce es quien los lleva encima, aunque con la intención de disminuirlos. Por el contrario, cuando un hombre dedica su vida a la obtención de pequeños placeres egoístas, y se desentiende de los demás, pierde su dimensión social, que es una de las características inherentes al ser humano.
Cuando, mediante el razonamiento y la imaginación, se llega a vislumbrar lo que deberá ser un ser humano auténtico, con cierta dimensión social, dejaremos de quedarnos de brazos cruzados observando cómo predominan ideologías que impiden el crecimiento de los seres humanos, ya sean formuladas en forma explícita o se den en una forma implícita en cada sociedad real. John Stuart Mill escribió: “Únicamente son felices aquellos (creo) que tienen sus mentes fijas en un objeto que no sea su propia felicidad; en la felicidad de los demás, en el perfeccionamiento de la humanidad, incluso en algún arte o tarea, acometido no como medio, sino como fin ideal en sí mismo. Apuntando hacia otra cosa, encuentran la felicidad de esa manera” (De “Autobiografía”–Editorial Espasa-Calpe SA-Buenos Aires 1947).
La verdadera y auténtica felicidad se transmite a los demás, porque su naturaleza es tal que incluye a las demás personas, mientras que el egoísmo tan sólo promueve cierta indiferencia en quienes conocen muy bien al mundo en que vivimos, y también produce envidia en quienes muy poco lo conocen.
El razonamiento guía nuestras vidas, ya que muchas veces nuestros sentimientos y nuestra conducta quedan retrasados respecto de nuestros pensamientos. La existencia de ideales y de proyectos para realizar en el futuro caracterizan al espíritu de cada ser humano, siendo jóvenes quienes se proyectan hacia el futuro y viejos quienes viven mirando el pasado. Estas actitudes pueden no responder a la edad cronológica de cada individuo. También la existencia de ideales está relacionada con el sentido que hemos de dar a nuestra vida, ya que la desorientación en la vida equivale precisamente a no encontrar un “sentido” o una finalidad que trascienda lo meramente superficial y cotidiano.
Ser idealista no significa adoptar una actitud de escape del mundo real, sino, al contrario, significa luchar sin descanso por una sociedad posible que ha de ser accesible a nuestras decisiones. El idealista no desespera ante la poca trascendencia de su lucha, por cuanto encuentra tranquilidad al saber que hizo todo lo que estaba a su alcance para lograr los fines propuestos.
La mentalidad generalizada de la sociedad actúa como una “inercia mental” que se opone a cualquier cambio, ya sea favorable, o no, por lo que lleva cierto tiempo el efecto de una acción ideológica. En el camino aparecerán reacciones del que se opone a todo cambio, por cuanto su vida, a nivel individual, le resulta placentera. Esto nos recuerda la frase de Andrei Sajarov: “Atrincheradas en su bienestar las minorías satisfechas…”.
Nuestra personalidad depende de nuestras características heredadas como también de la influencia recibida del ambiente en donde se desarrolla nuestra vida. Podemos hacer una analogía con una computadora digital: la computadora tiene un “hardware” (circuitos) y un “software” (programación). Los hombres traemos un “hardware” de nacimiento y adquirimos un “software” mediante la influencia recibida.
Si intentamos escalar una montaña muy alta, deberemos adquirir un buen entrenamiento previo y, además, deberemos seleccionar un equipaje mínimo que nos permita lograr nuestro objetivo. Un equipaje excesivo o insuficiente impedirá ese logro. También para el tránsito por este mundo necesitamos un repertorio mínimo de ideas que, al llevarlas depositadas en nuestra memoria, nos permitirán hacer de nuestra vida una experiencia agradable e importante. Pero el hombre es un ser social y esas ideas básicas deberán ser comunes y útiles a todos los hombres; ello constituirá una “ideología”. Una ideología adquirida permite transformar a un hombre de la misma manera en que un nuevo programa de computadora cambia la utilidad y el comportamiento de la misma.
Al menos hemos encontrado el principio del camino que nos llevará a la solución de los conflictos individuales y colectivos. Pero el problema es mucho más complejo por cuanto no resulta fácil establecer una “ideología mínima” ya que deberá tener una generalidad tal que sea aceptada y comprendida por la mayoría de los seres humanos y, además, deberá tener validez para todas las épocas. Las ideologías de validez individual o sectorial generalmente producen divisiones y antagonismos, por lo que tendrán una relativa importancia. Además, el proceso educativo no sólo requiere de la buena predisposición del que enseña, sino también del que aprende, ya que varios destacados educadores del pasado murieron por decisión o presión de aquellos a quienes pretendían educar, tales los casos de Sócrates, Cicerón, Séneca, Cristo y Gandhi.
Cristo advierte: “No se echa el vino nuevo en odres viejos, porque entonces se rompen los cueros, y se pierden el vino y los cueros; sino que el vino nuevo se echa en cueros recientes, y se conservan ambas cosas”. El “vino nuevo” es la ideología mínima implícita en sus enseñanzas y que, para que pueda ser aceptada, requiere seguramente del abandono de otras ideologías menos eficaces. Cuando se aceptan dichas ideas en toda su amplitud, se tiene la sensación de que es lo más valioso que hayamos podido adquirir, e inmediatamente sentiremos la necesidad de compartirlas con los demás.
Debido a la influencia cotidiana que recibimos de los demás, ya sea en forma directa o bien a través de los medios masivos de comunicación, comienza a formarse en cada grupo social una especie de mentalidad generalizada del grupo. En una sociedad, esta mentalidad gobierna las vidas de las personas más influenciables uniformando actitudes y comportamientos, y pasa a ser una “ideología implícita” que no viene escrita en ninguna parte, pero cuyos efectos pueden llegar a ser negativos para el individuo.
Mediante las armas y el dinero, el hombre puede restringir la libertad de sus semejantes, pero mediante las ideologías es posible lograr un dominio mucho más efectivo, que es el dominio de la mente. Uno de los caminos más utilizados es el de las ideologías religiosas que no admiten razonamientos, ni confrontaciones con las leyes naturales; otro de los caminos es el establecido por las sociologías pseudocientíficas que tampoco las tienen en cuenta. Estas ideologías se caracterizan por dividir pueblos y crear conflictos.
Respecto del ser humano y de su complejidad, parece más fácil “describir” al ser humano ideal que a los millones de seres humanos reales. En realidad una ideología ha de orientarnos hacia esa idealización. No importa que sea inalcanzable, ya que lo que más nos interesa es lograr una orientación concreta, antes que alcanzar un punto concreto de llegada. Un educador no debe tratar de convertirse en un ejemplo para los demás, sino en llegar a ser un orientador hacia ese ser humano ideal.
Ya que existe una mentalidad generalizada de la sociedad, formada por sus integrantes, y que a su vez forma a sus integrantes, el mejoramiento de la sociedad se producirá a través del mejoramiento del individuo, siempre que sea posible encontrar y transmitir una ideología que defina claramente a ese ser humano ideal.
Quienes tenemos la esperanza de solucionar, en parte, el viejo problema del sufrimiento humano, no poseemos virtudes fuera de lo común, ya que el sufrimiento proviene de nuestros defectos, y quien mejor los conoce es quien los lleva encima, aunque con la intención de disminuirlos. Por el contrario, cuando un hombre dedica su vida a la obtención de pequeños placeres egoístas, y se desentiende de los demás, pierde su dimensión social, que es una de las características inherentes al ser humano.
Cuando, mediante el razonamiento y la imaginación, se llega a vislumbrar lo que deberá ser un ser humano auténtico, con cierta dimensión social, dejaremos de quedarnos de brazos cruzados observando cómo predominan ideologías que impiden el crecimiento de los seres humanos, ya sean formuladas en forma explícita o se den en una forma implícita en cada sociedad real. John Stuart Mill escribió: “Únicamente son felices aquellos (creo) que tienen sus mentes fijas en un objeto que no sea su propia felicidad; en la felicidad de los demás, en el perfeccionamiento de la humanidad, incluso en algún arte o tarea, acometido no como medio, sino como fin ideal en sí mismo. Apuntando hacia otra cosa, encuentran la felicidad de esa manera” (De “Autobiografía”–Editorial Espasa-Calpe SA-Buenos Aires 1947).
La verdadera y auténtica felicidad se transmite a los demás, porque su naturaleza es tal que incluye a las demás personas, mientras que el egoísmo tan sólo promueve cierta indiferencia en quienes conocen muy bien al mundo en que vivimos, y también produce envidia en quienes muy poco lo conocen.
El razonamiento guía nuestras vidas, ya que muchas veces nuestros sentimientos y nuestra conducta quedan retrasados respecto de nuestros pensamientos. La existencia de ideales y de proyectos para realizar en el futuro caracterizan al espíritu de cada ser humano, siendo jóvenes quienes se proyectan hacia el futuro y viejos quienes viven mirando el pasado. Estas actitudes pueden no responder a la edad cronológica de cada individuo. También la existencia de ideales está relacionada con el sentido que hemos de dar a nuestra vida, ya que la desorientación en la vida equivale precisamente a no encontrar un “sentido” o una finalidad que trascienda lo meramente superficial y cotidiano.
Ser idealista no significa adoptar una actitud de escape del mundo real, sino, al contrario, significa luchar sin descanso por una sociedad posible que ha de ser accesible a nuestras decisiones. El idealista no desespera ante la poca trascendencia de su lucha, por cuanto encuentra tranquilidad al saber que hizo todo lo que estaba a su alcance para lograr los fines propuestos.
La mentalidad generalizada de la sociedad actúa como una “inercia mental” que se opone a cualquier cambio, ya sea favorable, o no, por lo que lleva cierto tiempo el efecto de una acción ideológica. En el camino aparecerán reacciones del que se opone a todo cambio, por cuanto su vida, a nivel individual, le resulta placentera. Esto nos recuerda la frase de Andrei Sajarov: “Atrincheradas en su bienestar las minorías satisfechas…”.
miércoles, 18 de septiembre de 2024
Socialismo Siglo XXI
Por Víctor Maldonado C.
El sexto elemento
Creo que debemos a Giovanni Sartori la formulación de una pregunta crucial: ¿Cómo luchar en democracia, por la libertad y contra la corrupción? La respuesta apropiada es todo un desafío, sobre todo porque en el camino se puede perder la democracia, y con ella, toda ilusión y capacidad. Ha sido, obviamente, el caso venezolano. La democracia se derrumbó y cayó víctima del atroz populismo, de la fatal ignorancia de sus élites, del caudillo arquetipal y de un inconsciente colectivo que nos escora hacia un socialismo silvestre, un sistema errado de presupuestos y convicciones que operan como puerta franca a los autoritarismos, y en el caso que nos atañe, al totalitarismo más perverso.
Nuestro totalitarismo es híbrido. Es una mezcla caótica de ideología marxista, con sus aplicaciones castristas, y el peor de los pragmatismos imaginable, porque se reduce a hacer todos lo posible para sobrevivir en el poder, sin importar costos sociales o cualquier tipo de violación a los derechos y libertades. Además, debido a ese mismo pragmatismo, totalmente abierto a constituir las alianzas más espeluznantes, bien sea con carteles de la delincuencia organizada, o con grupos terroristas que terminan apoderándose indebidamente, pero con cierta complacencia oficial, de porciones de territorio sobre el cual ejercen potestad e incluso soberanía. Parece inaudito, pero la única lógica que sobrevive dentro de un experimento socialista es que “todo vale” para mantenerse en el poder.
Por eso mismo esta descripción taxonómica queda muy incompleta si no describimos su funcionamiento, y calibramos las consecuencias de su permanencia. Debe quedarnos claro que este tipo de regímenes solo tiene como interés el retener el poder, porque sus objetivos se concentran en el saqueo sistemático de los recursos, y en combatir a sus enemigos de clase: el mundo libre, el mercado y la propiedad. Son sus enemigos porque no toleran nada que les haga sombra a sus propias tinieblas. Cualquier contraste los derrumba. Ellos, para sobrevivir necesitan ser el único argumento, la narrativa absoluta y la única versión imaginable, sin que haya posibilidad de contrastes. De allí el encierro, la censura, y la propensión a sustituir el conocimiento y el sentido común por teorías “conspiparanoicas” donde las consecuencias se cercenan de las causas, y el sentido común naufraga en el mar tempestuoso de una avasallante propaganda oficial. Todo este esfuerzo necesita afanosamente simplificar al individuo, despojarlo de criterio, obligarlo a pensar de acuerdo con la conveniencia del régimen. Requiere de la degradación del ciudadano hasta el sujeto idiotizado, elemental, conforme, dependiente y servil que no es capaz de imaginar la libertad.
No ocuparse del país los muestra a los ojos de los incautos como sumamente ineficientes. Pero es otra cosa, no es solo que no saben hacer, es que además no les importa. Lo de ellos no es atender las demandas ciudadanas, prestar el servicio eléctrico, garantizar el agua potable, suministrar alimentos o hacer viable el sistema de salud. Para ellos gobernar es solo la excusa para instrumentar sistemas sofisticados de saqueo de las finanzas públicas. Y lo hacen aun a costa de destruir la moneda, vaciar las reservas internacionales, arruinar la empresa petrolera estatal y devastar los recursos del país. Ellos, los supuestos constructores de un futuro perfecto, son la única causa de que no haya posibilidad de futuro alguno.
La perversidad, la mentira, las operaciones psicológicas y la propaganda son también parte de su saber hacer. Todo el aparato estatal se va especializando en la simulación. Necesitan garantizar la preeminencia de una ficción, la alienación a una falsa realidad, sembrar las dudas sobre lo que la gente realmente padece, jugar a la lotería social, hacerles ver incluso que algunos de ellos, los más fieles y leales, pueden llegar a ser partícipes de ese mágico milagro de estar “donde hayga”. Para ellos el saqueo del país es un privilegio reservado a “sus mejores”.
Pero para que toda esta trama funcione adecuadamente tiene que ir adornada de una lucha constante a favor de “nuevos derechos para las minorías”, mostrándose como puerta franca a cualquier exacerbación progresista. Los socialismos son, en ese sentido, paradójicos. Sus ciudadanos están muertos de hambre, pero muy orgullosos de los “derechos” que tienen “garantizadas” las minorías que ellos inventan y luego exacerban. No hay derechos humanos, pero dicen respetar a las minorías. El “lenguaje inclusivo” opera como una trampa adicional: destruye el lenguaje, perturba los significados, y aplasta la verdad debajo de los nuevos convencionalismos. La realidad, ahora carente de la posibilidad de ser narrada con limpieza y claridad, termina siendo partícipe de ese caos que solo conviene al saqueo. La perversidad consiste en sembrar la confusión, evitar la reflexión unívoca, alejar la situación concreta, y colocar a la gente en una nebulosa montada a propósito para evitar la objetividad que necesita la disidencia para plantear el proceso de diferenciación.
El régimen juega a eso, a la paradoja constante, a remover las entrañas, extirpando lo poco o mucho de raigambre moral que le quede a un venezolano que tiene razones para estar amargado, que además está hambreado y sofocado por las terribles circunstancias que le ha tocado vivir. El ciudadano, expuesto a un circo psicodélico, no tiene demasiado claras sus opciones, porque el socialismo los somete a un bombardeo psíquico que los obliga a desconocer su propia condición humana para terminar siendo una comparsa. El régimen se ufana de un control eficaz de la población, pero se niega a cuantificar los costos. Esa receta es cubana. El poder defendido desde una trinchera. El poder transformado en su propia finalidad. No es control legítimo sino los resultados de vivir sin derechos, diezmada la esperanza, víctimas de las embestidas del régimen y de la desbandada de los que no soportan.
Lo cierto es que hay mucha impudicia al exhibir tanta destrucción. Pasearse por las calles del país es apreciar con dolor tanto tiempo perdido para el ciudadano. El estado en sus términos convencionales, tolerado porque está diseñado para proteger la vida, la propiedad y la soberanía, cuando se le confiere demasiado poder, comete traición y se convierte en un fin en si mismo. En los socialismos es todavía peor, porque se transforma en un depredador que también practica una indiferencia atroz. El ciudadano luce desvalido. Todo ha quedado de su mano. Las carreteras quedan abandonadas a su suerte, monumentos y estructuras lucen derruidos. La oscuridad es la única compañera de las noches en cualquiera de nuestras ciudades. Empresas cerradas dan cuenta de la imposibilidad de convivir con el destruccionismo por diseño. Las empresas públicas corrieron la única suerte que podían tener, el saqueo de su talento y de sus capacidades productivas. Hospitales y centros de salud dejan de funcionar. La moneda pierde su sentido. La economía estalla y ya no envía las señales pertinentes para poder hacer el cálculo económico. Una tormenta perfecta.
El socialismo, que se atribuye el remoquete de “científico”, reniega de la razón y el sentido común. Desvalija el sistema de mercado para colocar en su sustitución el régimen de controles, como si fuera posible manejar la sociedad a través de un sistema de planificación centralizada. Confunde soberbia con conocimiento. No es capaz de discernir entre capacidad y posibilidad. Abjura de la herencia civilizacional para reemplazarla por un misticismo ideológico y un odio sistemático, donde ellos operan como chamanes confabulados con la fuerza bruta del que ejerce la tiranía. El resentimiento los coloca en posición de devastar el régimen de propiedad y creer que lo pueden sustituir por el voluntarismo estatista. Los resultados están a la vista: La gente se está muriendo de hambre.
En el transcurso ocurre un desmontaje atroz de la empresa privada. El fidelismo la estatizó completamente. La versión remozada de la vieja receta castrista abrió un dossier de posibilidades: estatización forzada, intervención de la autonomía de las empresas a través de controles, y “el modo Putin” de control económico: sofocar a los empresarios indóciles hasta obligarlos a la venta de sus empresas, que quedan así en manos de los amigos del régimen, los “enchufados”. Otra versión de la misma estrategia es la que permite el acceso preferido a privilegios cambiarios y de cualquier otro tipo a una cofradía limitada de empresarios que se dejan manosear a cambio de ser los testigos de “una economía sana”, llena de oportunidades, donde se pueden hacer alianzas con el gobierno, que resultan “favorables” para el país, que no aprecian la necesidad de mantener una visión holística del momento, y que por lo tanto dicen que es posible aislar la economía de cualquier cosa que ocurra en la política. Toda experiencia socialista tiene sus espacios para el ejercicio del cinismo. Por eso la justificación suele ser dramática y con tintes supuestamente heroicos. Los que se acercan a las vetas de la corrupción y se benefician de ellas dicen que ese resulta ser el precio que deben pagar para mantener la empresa abierta y los empleos asegurados. Una muy conveniente ceguera que llena sus bolsillos, al costo social de mantener la ilusión de un sector “privado” relativamente autónomo, alejado de la diatriba partidista, militante de las negociaciones y el diálogo, que “practica” un falso pluralismo y que propone una versión de la realidad donde la democracia está “ligeramente tutelada” por la ideología oficial. ¿Los identifica?
El poder totalitario se corrompe tanto como mantiene una obstinada vocación para corromperlo todo. Dicho de otra manera, el análisis no solamente tiene que considerar la descomposición progresiva del orden totalitario, sino sus efectos en el resto de la sociedad cuando se somete a la terrible circunstancia de vivir en la ilegalidad para poder sobrevivir. La sobrevivencia produce otra mirada, más complaciente, más resignada, o tal vez más ansiosa o alucinada. La consecuencia es que reduce a la desolación y a la servidumbre, como si de un remolino se tratara.
Pero lo más grave no es la desolación que provoca un régimen corrupto. Es la capacidad tremendamente astringente para disolver la integridad de quienes estarían llamados a confrontarlo. El sexto elemento es ese, la corrupción como operadora política de alto nivel, la práctica del cinismo como cultura predominante y excusa perfecta, el abandono de los valores como referentes, la extraña liberalidad con la que se asume la vivencia del totalitarismo, y esa sospechosa forma como asumen los tiempos de resolución, sin apuro, con pausas, lleno de emboscadas, con infatuaciones coreográficas, dejando indemne al régimen que dicen combatir. Y de nuevo, fomentando la desolación de una ciudadanía que no puede o no quiere comprender.
¿Qué es lo que el ciudadano no quiere comprender? Que el régimen tiene muchas formas de preservarse en el poder. Pero entre las más clásicas está el estímulo de la corrupción como forma de practicar el chantaje, ablandar progresivamente las conciencias y bloquear cualquier estrategia de coraje. Eso es mucho más masivo y más económico que la represión pura y dura, reservada para los más irreductibles. El escándalo continental provocado por Odebrecht da cuenta de cómo operó el buque insignia de la política socialista de apaciguamiento y domesticación. Miles de millones de dólares repartidos entre comisionados y comisionistas para salvaguardar las bases de los socialismos reinantes. Grandes, pequeñas y medianas prebendas repartidas generosamente para aquietar los ánimos y hacerlos poco menos que comparsas negadoras de lo que verdaderamente está ocurriendo.
La lucha política está contaminada por quienes no asumen que el cambio es posible porque el statu quo les resulta el máximo conveniente de sus posibilidades políticas, bien sea porque solamente sobreviven en ausencia de competencia abierta, o porque han aprendido a vivir muy bien del rol que los ubica como eternos partidos de oposición light. Sobreviven porque son parte del decorado totalitario. Y lo peor, saben que no sobrevivirían ni un minuto a un proceso de transición democrática.
El totalitarismo del siglo XXI ha usado la corrupción como herramienta útil de sometimiento. Ha envilecido los “deberes posicionales” (Garzón Valdés, 2004), aquellos deberes que se adquieren a través de algún acto voluntario en virtud del cual alguien acepta asumir un papel dentro de un sistema normativo. Esos deberes se han convertido en privilegios. Le han dado la espalda al sentido republicano del ejercicio del poder. La corrupción es no cumplir con esa obligación que viene con el liderazgo y el poder, es la traición a la confianza social otorgada, es la falta de cooperación con las expectativas sociales.
Te dan un cargo, ofreces con altisonancia y luego aflojas al momento de las acciones. La corrupción se aprecia entre la contradicción brutal entre el discurso y la práctica. Opera a través de la participación en un grupo que intenta influenciar en el comportamiento de los otros a través de promesas, amenazas o prestaciones prohibidas por el sistema normativo relevante, para obtener algún beneficio o ganancia indebidas. Esta trama grupal, mafiosa, subterránea, nunca la vemos, pero la percibimos en la decepción que generan esos operadores institucionales.
La corrupción es una inmensa y extensa telaraña, que no puede dejar de presumirse. Lo trágico es que, en el socialismo del siglo XXI, es además el mismo sistema normativo que favorece, enaltece y propicia la impunidad y la corrupción, porque ellos proponen y ofrecen que “dentro de la revolución ¡todo es posible!”. Vivimos un sistema normativo de complicidades y de corrupción abierta. Ese sistema y sus pueriles expectativas es lo que se tiene que abolir, porque el sexto elemento sostiene al socialismo del siglo XXI a pesar de sus muy malos resultados.
Debo finalizar advirtiendo con las palabras de Santo Tomas Moro, patrono de la política, que esa telaraña de la corrupción es una trampa que no podemos seguir ignorando. Está más cerca de lo que imaginamos, no podemos seguir suponiendo que afecta a los otros, a los malos, solamente al régimen, porque “si los males y desgracias de aquellos que están lejos no nos llegaran a conmover y preocupar, muévanos, al menos, nuestro propio peligro. Pues razón de sobra tenemos para temer que la maldad destructora (la corrupción) no tardará en acercarse a donde estamos, de la misma manera que sabemos por experiencia cuán grande e impetuosa es la fuerza devastadora de un incendio, o cuán terrible el contagio de una peste al extenderse. Sin la ayuda de Dios para que desvíe el mal, inútil es todo refugio humano”. Hoy más que nunca es imprescindible la restauración moral de la república, que solamente se logrará con cualquier modalidad de ayuda que restaure el bien y destierre el mal.
(De www.elcato.org)
(Escrito en 2019).
El sexto elemento
Creo que debemos a Giovanni Sartori la formulación de una pregunta crucial: ¿Cómo luchar en democracia, por la libertad y contra la corrupción? La respuesta apropiada es todo un desafío, sobre todo porque en el camino se puede perder la democracia, y con ella, toda ilusión y capacidad. Ha sido, obviamente, el caso venezolano. La democracia se derrumbó y cayó víctima del atroz populismo, de la fatal ignorancia de sus élites, del caudillo arquetipal y de un inconsciente colectivo que nos escora hacia un socialismo silvestre, un sistema errado de presupuestos y convicciones que operan como puerta franca a los autoritarismos, y en el caso que nos atañe, al totalitarismo más perverso.
Nuestro totalitarismo es híbrido. Es una mezcla caótica de ideología marxista, con sus aplicaciones castristas, y el peor de los pragmatismos imaginable, porque se reduce a hacer todos lo posible para sobrevivir en el poder, sin importar costos sociales o cualquier tipo de violación a los derechos y libertades. Además, debido a ese mismo pragmatismo, totalmente abierto a constituir las alianzas más espeluznantes, bien sea con carteles de la delincuencia organizada, o con grupos terroristas que terminan apoderándose indebidamente, pero con cierta complacencia oficial, de porciones de territorio sobre el cual ejercen potestad e incluso soberanía. Parece inaudito, pero la única lógica que sobrevive dentro de un experimento socialista es que “todo vale” para mantenerse en el poder.
Por eso mismo esta descripción taxonómica queda muy incompleta si no describimos su funcionamiento, y calibramos las consecuencias de su permanencia. Debe quedarnos claro que este tipo de regímenes solo tiene como interés el retener el poder, porque sus objetivos se concentran en el saqueo sistemático de los recursos, y en combatir a sus enemigos de clase: el mundo libre, el mercado y la propiedad. Son sus enemigos porque no toleran nada que les haga sombra a sus propias tinieblas. Cualquier contraste los derrumba. Ellos, para sobrevivir necesitan ser el único argumento, la narrativa absoluta y la única versión imaginable, sin que haya posibilidad de contrastes. De allí el encierro, la censura, y la propensión a sustituir el conocimiento y el sentido común por teorías “conspiparanoicas” donde las consecuencias se cercenan de las causas, y el sentido común naufraga en el mar tempestuoso de una avasallante propaganda oficial. Todo este esfuerzo necesita afanosamente simplificar al individuo, despojarlo de criterio, obligarlo a pensar de acuerdo con la conveniencia del régimen. Requiere de la degradación del ciudadano hasta el sujeto idiotizado, elemental, conforme, dependiente y servil que no es capaz de imaginar la libertad.
No ocuparse del país los muestra a los ojos de los incautos como sumamente ineficientes. Pero es otra cosa, no es solo que no saben hacer, es que además no les importa. Lo de ellos no es atender las demandas ciudadanas, prestar el servicio eléctrico, garantizar el agua potable, suministrar alimentos o hacer viable el sistema de salud. Para ellos gobernar es solo la excusa para instrumentar sistemas sofisticados de saqueo de las finanzas públicas. Y lo hacen aun a costa de destruir la moneda, vaciar las reservas internacionales, arruinar la empresa petrolera estatal y devastar los recursos del país. Ellos, los supuestos constructores de un futuro perfecto, son la única causa de que no haya posibilidad de futuro alguno.
La perversidad, la mentira, las operaciones psicológicas y la propaganda son también parte de su saber hacer. Todo el aparato estatal se va especializando en la simulación. Necesitan garantizar la preeminencia de una ficción, la alienación a una falsa realidad, sembrar las dudas sobre lo que la gente realmente padece, jugar a la lotería social, hacerles ver incluso que algunos de ellos, los más fieles y leales, pueden llegar a ser partícipes de ese mágico milagro de estar “donde hayga”. Para ellos el saqueo del país es un privilegio reservado a “sus mejores”.
Pero para que toda esta trama funcione adecuadamente tiene que ir adornada de una lucha constante a favor de “nuevos derechos para las minorías”, mostrándose como puerta franca a cualquier exacerbación progresista. Los socialismos son, en ese sentido, paradójicos. Sus ciudadanos están muertos de hambre, pero muy orgullosos de los “derechos” que tienen “garantizadas” las minorías que ellos inventan y luego exacerban. No hay derechos humanos, pero dicen respetar a las minorías. El “lenguaje inclusivo” opera como una trampa adicional: destruye el lenguaje, perturba los significados, y aplasta la verdad debajo de los nuevos convencionalismos. La realidad, ahora carente de la posibilidad de ser narrada con limpieza y claridad, termina siendo partícipe de ese caos que solo conviene al saqueo. La perversidad consiste en sembrar la confusión, evitar la reflexión unívoca, alejar la situación concreta, y colocar a la gente en una nebulosa montada a propósito para evitar la objetividad que necesita la disidencia para plantear el proceso de diferenciación.
El régimen juega a eso, a la paradoja constante, a remover las entrañas, extirpando lo poco o mucho de raigambre moral que le quede a un venezolano que tiene razones para estar amargado, que además está hambreado y sofocado por las terribles circunstancias que le ha tocado vivir. El ciudadano, expuesto a un circo psicodélico, no tiene demasiado claras sus opciones, porque el socialismo los somete a un bombardeo psíquico que los obliga a desconocer su propia condición humana para terminar siendo una comparsa. El régimen se ufana de un control eficaz de la población, pero se niega a cuantificar los costos. Esa receta es cubana. El poder defendido desde una trinchera. El poder transformado en su propia finalidad. No es control legítimo sino los resultados de vivir sin derechos, diezmada la esperanza, víctimas de las embestidas del régimen y de la desbandada de los que no soportan.
Lo cierto es que hay mucha impudicia al exhibir tanta destrucción. Pasearse por las calles del país es apreciar con dolor tanto tiempo perdido para el ciudadano. El estado en sus términos convencionales, tolerado porque está diseñado para proteger la vida, la propiedad y la soberanía, cuando se le confiere demasiado poder, comete traición y se convierte en un fin en si mismo. En los socialismos es todavía peor, porque se transforma en un depredador que también practica una indiferencia atroz. El ciudadano luce desvalido. Todo ha quedado de su mano. Las carreteras quedan abandonadas a su suerte, monumentos y estructuras lucen derruidos. La oscuridad es la única compañera de las noches en cualquiera de nuestras ciudades. Empresas cerradas dan cuenta de la imposibilidad de convivir con el destruccionismo por diseño. Las empresas públicas corrieron la única suerte que podían tener, el saqueo de su talento y de sus capacidades productivas. Hospitales y centros de salud dejan de funcionar. La moneda pierde su sentido. La economía estalla y ya no envía las señales pertinentes para poder hacer el cálculo económico. Una tormenta perfecta.
El socialismo, que se atribuye el remoquete de “científico”, reniega de la razón y el sentido común. Desvalija el sistema de mercado para colocar en su sustitución el régimen de controles, como si fuera posible manejar la sociedad a través de un sistema de planificación centralizada. Confunde soberbia con conocimiento. No es capaz de discernir entre capacidad y posibilidad. Abjura de la herencia civilizacional para reemplazarla por un misticismo ideológico y un odio sistemático, donde ellos operan como chamanes confabulados con la fuerza bruta del que ejerce la tiranía. El resentimiento los coloca en posición de devastar el régimen de propiedad y creer que lo pueden sustituir por el voluntarismo estatista. Los resultados están a la vista: La gente se está muriendo de hambre.
En el transcurso ocurre un desmontaje atroz de la empresa privada. El fidelismo la estatizó completamente. La versión remozada de la vieja receta castrista abrió un dossier de posibilidades: estatización forzada, intervención de la autonomía de las empresas a través de controles, y “el modo Putin” de control económico: sofocar a los empresarios indóciles hasta obligarlos a la venta de sus empresas, que quedan así en manos de los amigos del régimen, los “enchufados”. Otra versión de la misma estrategia es la que permite el acceso preferido a privilegios cambiarios y de cualquier otro tipo a una cofradía limitada de empresarios que se dejan manosear a cambio de ser los testigos de “una economía sana”, llena de oportunidades, donde se pueden hacer alianzas con el gobierno, que resultan “favorables” para el país, que no aprecian la necesidad de mantener una visión holística del momento, y que por lo tanto dicen que es posible aislar la economía de cualquier cosa que ocurra en la política. Toda experiencia socialista tiene sus espacios para el ejercicio del cinismo. Por eso la justificación suele ser dramática y con tintes supuestamente heroicos. Los que se acercan a las vetas de la corrupción y se benefician de ellas dicen que ese resulta ser el precio que deben pagar para mantener la empresa abierta y los empleos asegurados. Una muy conveniente ceguera que llena sus bolsillos, al costo social de mantener la ilusión de un sector “privado” relativamente autónomo, alejado de la diatriba partidista, militante de las negociaciones y el diálogo, que “practica” un falso pluralismo y que propone una versión de la realidad donde la democracia está “ligeramente tutelada” por la ideología oficial. ¿Los identifica?
El poder totalitario se corrompe tanto como mantiene una obstinada vocación para corromperlo todo. Dicho de otra manera, el análisis no solamente tiene que considerar la descomposición progresiva del orden totalitario, sino sus efectos en el resto de la sociedad cuando se somete a la terrible circunstancia de vivir en la ilegalidad para poder sobrevivir. La sobrevivencia produce otra mirada, más complaciente, más resignada, o tal vez más ansiosa o alucinada. La consecuencia es que reduce a la desolación y a la servidumbre, como si de un remolino se tratara.
Pero lo más grave no es la desolación que provoca un régimen corrupto. Es la capacidad tremendamente astringente para disolver la integridad de quienes estarían llamados a confrontarlo. El sexto elemento es ese, la corrupción como operadora política de alto nivel, la práctica del cinismo como cultura predominante y excusa perfecta, el abandono de los valores como referentes, la extraña liberalidad con la que se asume la vivencia del totalitarismo, y esa sospechosa forma como asumen los tiempos de resolución, sin apuro, con pausas, lleno de emboscadas, con infatuaciones coreográficas, dejando indemne al régimen que dicen combatir. Y de nuevo, fomentando la desolación de una ciudadanía que no puede o no quiere comprender.
¿Qué es lo que el ciudadano no quiere comprender? Que el régimen tiene muchas formas de preservarse en el poder. Pero entre las más clásicas está el estímulo de la corrupción como forma de practicar el chantaje, ablandar progresivamente las conciencias y bloquear cualquier estrategia de coraje. Eso es mucho más masivo y más económico que la represión pura y dura, reservada para los más irreductibles. El escándalo continental provocado por Odebrecht da cuenta de cómo operó el buque insignia de la política socialista de apaciguamiento y domesticación. Miles de millones de dólares repartidos entre comisionados y comisionistas para salvaguardar las bases de los socialismos reinantes. Grandes, pequeñas y medianas prebendas repartidas generosamente para aquietar los ánimos y hacerlos poco menos que comparsas negadoras de lo que verdaderamente está ocurriendo.
La lucha política está contaminada por quienes no asumen que el cambio es posible porque el statu quo les resulta el máximo conveniente de sus posibilidades políticas, bien sea porque solamente sobreviven en ausencia de competencia abierta, o porque han aprendido a vivir muy bien del rol que los ubica como eternos partidos de oposición light. Sobreviven porque son parte del decorado totalitario. Y lo peor, saben que no sobrevivirían ni un minuto a un proceso de transición democrática.
El totalitarismo del siglo XXI ha usado la corrupción como herramienta útil de sometimiento. Ha envilecido los “deberes posicionales” (Garzón Valdés, 2004), aquellos deberes que se adquieren a través de algún acto voluntario en virtud del cual alguien acepta asumir un papel dentro de un sistema normativo. Esos deberes se han convertido en privilegios. Le han dado la espalda al sentido republicano del ejercicio del poder. La corrupción es no cumplir con esa obligación que viene con el liderazgo y el poder, es la traición a la confianza social otorgada, es la falta de cooperación con las expectativas sociales.
Te dan un cargo, ofreces con altisonancia y luego aflojas al momento de las acciones. La corrupción se aprecia entre la contradicción brutal entre el discurso y la práctica. Opera a través de la participación en un grupo que intenta influenciar en el comportamiento de los otros a través de promesas, amenazas o prestaciones prohibidas por el sistema normativo relevante, para obtener algún beneficio o ganancia indebidas. Esta trama grupal, mafiosa, subterránea, nunca la vemos, pero la percibimos en la decepción que generan esos operadores institucionales.
La corrupción es una inmensa y extensa telaraña, que no puede dejar de presumirse. Lo trágico es que, en el socialismo del siglo XXI, es además el mismo sistema normativo que favorece, enaltece y propicia la impunidad y la corrupción, porque ellos proponen y ofrecen que “dentro de la revolución ¡todo es posible!”. Vivimos un sistema normativo de complicidades y de corrupción abierta. Ese sistema y sus pueriles expectativas es lo que se tiene que abolir, porque el sexto elemento sostiene al socialismo del siglo XXI a pesar de sus muy malos resultados.
Debo finalizar advirtiendo con las palabras de Santo Tomas Moro, patrono de la política, que esa telaraña de la corrupción es una trampa que no podemos seguir ignorando. Está más cerca de lo que imaginamos, no podemos seguir suponiendo que afecta a los otros, a los malos, solamente al régimen, porque “si los males y desgracias de aquellos que están lejos no nos llegaran a conmover y preocupar, muévanos, al menos, nuestro propio peligro. Pues razón de sobra tenemos para temer que la maldad destructora (la corrupción) no tardará en acercarse a donde estamos, de la misma manera que sabemos por experiencia cuán grande e impetuosa es la fuerza devastadora de un incendio, o cuán terrible el contagio de una peste al extenderse. Sin la ayuda de Dios para que desvíe el mal, inútil es todo refugio humano”. Hoy más que nunca es imprescindible la restauración moral de la república, que solamente se logrará con cualquier modalidad de ayuda que restaure el bien y destierre el mal.
(De www.elcato.org)
(Escrito en 2019).
lunes, 16 de septiembre de 2024
Motivaciones y Educación
El éxito del proceso educativo depende, posiblemente, entre un 70 al 90%, de la motivación, o interés, de alumnos y profesores, por los temas que se tratan. Por ello deben acentuarse, en toda sugerencia educativa, los aspectos profundos e interesantes de los distintos contenidos, en lugar de preocuparnos demasiado en metodologías y planificaciones. Éstas, muchas veces, sólo restringen la libertad del pensamiento y de la acción. Albert Einstein definía a la inteligencia como “la capacidad para formularse problemas”, priorizando el interés y la necesidad de conocimientos como base de todo aprendizaje.
El ambiente propicio para el desarrollo cultural de una sociedad ha de ser similar al ambiente propicio para el desarrollo de la ciencia. De ahí que poco se ganará a través de “leyes transformadoras de la educación”, mientras persista un generalizado desinterés por el conocimiento y por la ciencia. Las transformaciones educativas deben surgir desde los propios educadores, y no de los políticos, que muchas veces ven en la educación pública un medio para el simple adiestramiento laboral, o bien un medio para adoctrinar con ideologías poco compatibles con la realidad. Las auténticas revoluciones no son las de la violencia ni las de la demagogia, sino las de la inteligencia.
Los libros de historia de la ciencia, y los de divulgación científica, tienen gran importancia por cuanto despiertan el entusiasmo y la pasión por una rama determinada del conocimiento. Así, muchos médicos aseguran haber leído en su juventud al libro “Cazadores de microbios” de Paul de Kruif. También Einstein se sintió favorecido por tales libros, por lo que escribió: “Entre los 12 y 16 años me familiaricé con los rudimentos de la matemática al tiempo que con los principios básicos de los cálculos diferencial e integral. Tuve la inmensa fortuna de topar con libros no especialmente notables en cuanto a su rigor lógico, deficiencia que compensaban sobradamente al presentar los aspectos fundamentales del tema clara y sinópticamente…También tuve la suerte de empezar a conocer los resultados y métodos esenciales de las ciencias de la naturaleza en excelentes exposiciones popularizadoras que recogían casi exclusivamente los aspectos cualitativos…un trabajo que leí con atención expectante” (Citado en “El cerebro de Broca” de Carl Sagan-Grijalbo-Buenos Aires 1975).
El conocimiento debería brindarse y recibirse pensando en el bienestar que produce su tenencia, por lo que no resulta conveniente competir con los demás ni tampoco con uno mismo imponiéndose metas difíciles de alcanzar. El físico Richard Feynman cierta vez dijo: “A esta edad ya no podré realizar grandes cosas, por ello, desde ahora me divertiré con la física”. Posteriormente sus trabajos fueron reconocidos con el Premio Nobel de su especialidad. Albert Einstein escribió: “La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura en base a la utilidad inmediata matan el espíritu en que se basa toda vida cultural, incluido el conocimiento especializado. Es también vital para la educación fecunda que se desarrolle en el joven una capacidad de pensamiento crítico independiente, desarrollo que corre graves riesgos si se le sobrecarga con muchas y variadas disciplinas. Este exceso conduce inevitablemente a la superficialidad” (De “Contribuciones a la ciencia”-Orbis-Buenos Aires 1986).
Los contenidos educativos, respecto de su cantidad, oscilan entre dos extremos: el enciclopédico y el especializado. Es atractiva la idea de impartir amplios y variados conocimientos, pero ello sólo es posible tan sólo en el caso de las ideas básicas. Para lograr este objetivo, la enseñanza debe estar dirigida a la “memoria natural” del alumno. También existe una “memoria artificial” (biblioteca, Internet, etc.), que complementará a la memoria natural. Alfred N. Whitehead sugería: “No enseñar demasiadas materias y, lo que se enseñe, enseñarlo a fondo” (De “Los fines de la educación”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1965). Por lo general, los científicos más destacados se acercan al ideal enciclopedista, antes que a la estricta especialización. Sheldon L. Glashow escribió: “Murray Gell-Mann sabe casi todo de casi todo” (ambos Premios Nobel de Física).
José Ortega y Gasset habla de la “barbarie del especialismo”, del que “sabe todo de nada”, como uno de los peligros de la excesiva especialización. El matemático Joseph L. Lagrange advertía al padre del futuro matemático Augustín Cauchy: “No le dejéis abrir un libro de Matemática hasta que tenga 17 años”. “Si no os apresuráis a dar a Augustín una sólida educación literaria, sus gustos le alejarán de ella, y será un gran matemático, pero no sabrá cómo escribir su propio idioma” (Citado en “Los grandes matemáticos” de E.T. Bell–Fondo de Cultura Económica-México 1970).
El ambiente propicio para el desarrollo cultural de una sociedad ha de ser similar al ambiente propicio para el desarrollo de la ciencia. De ahí que poco se ganará a través de “leyes transformadoras de la educación”, mientras persista un generalizado desinterés por el conocimiento y por la ciencia. Las transformaciones educativas deben surgir desde los propios educadores, y no de los políticos, que muchas veces ven en la educación pública un medio para el simple adiestramiento laboral, o bien un medio para adoctrinar con ideologías poco compatibles con la realidad. Las auténticas revoluciones no son las de la violencia ni las de la demagogia, sino las de la inteligencia.
Los libros de historia de la ciencia, y los de divulgación científica, tienen gran importancia por cuanto despiertan el entusiasmo y la pasión por una rama determinada del conocimiento. Así, muchos médicos aseguran haber leído en su juventud al libro “Cazadores de microbios” de Paul de Kruif. También Einstein se sintió favorecido por tales libros, por lo que escribió: “Entre los 12 y 16 años me familiaricé con los rudimentos de la matemática al tiempo que con los principios básicos de los cálculos diferencial e integral. Tuve la inmensa fortuna de topar con libros no especialmente notables en cuanto a su rigor lógico, deficiencia que compensaban sobradamente al presentar los aspectos fundamentales del tema clara y sinópticamente…También tuve la suerte de empezar a conocer los resultados y métodos esenciales de las ciencias de la naturaleza en excelentes exposiciones popularizadoras que recogían casi exclusivamente los aspectos cualitativos…un trabajo que leí con atención expectante” (Citado en “El cerebro de Broca” de Carl Sagan-Grijalbo-Buenos Aires 1975).
El conocimiento debería brindarse y recibirse pensando en el bienestar que produce su tenencia, por lo que no resulta conveniente competir con los demás ni tampoco con uno mismo imponiéndose metas difíciles de alcanzar. El físico Richard Feynman cierta vez dijo: “A esta edad ya no podré realizar grandes cosas, por ello, desde ahora me divertiré con la física”. Posteriormente sus trabajos fueron reconocidos con el Premio Nobel de su especialidad. Albert Einstein escribió: “La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura en base a la utilidad inmediata matan el espíritu en que se basa toda vida cultural, incluido el conocimiento especializado. Es también vital para la educación fecunda que se desarrolle en el joven una capacidad de pensamiento crítico independiente, desarrollo que corre graves riesgos si se le sobrecarga con muchas y variadas disciplinas. Este exceso conduce inevitablemente a la superficialidad” (De “Contribuciones a la ciencia”-Orbis-Buenos Aires 1986).
Los contenidos educativos, respecto de su cantidad, oscilan entre dos extremos: el enciclopédico y el especializado. Es atractiva la idea de impartir amplios y variados conocimientos, pero ello sólo es posible tan sólo en el caso de las ideas básicas. Para lograr este objetivo, la enseñanza debe estar dirigida a la “memoria natural” del alumno. También existe una “memoria artificial” (biblioteca, Internet, etc.), que complementará a la memoria natural. Alfred N. Whitehead sugería: “No enseñar demasiadas materias y, lo que se enseñe, enseñarlo a fondo” (De “Los fines de la educación”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1965). Por lo general, los científicos más destacados se acercan al ideal enciclopedista, antes que a la estricta especialización. Sheldon L. Glashow escribió: “Murray Gell-Mann sabe casi todo de casi todo” (ambos Premios Nobel de Física).
José Ortega y Gasset habla de la “barbarie del especialismo”, del que “sabe todo de nada”, como uno de los peligros de la excesiva especialización. El matemático Joseph L. Lagrange advertía al padre del futuro matemático Augustín Cauchy: “No le dejéis abrir un libro de Matemática hasta que tenga 17 años”. “Si no os apresuráis a dar a Augustín una sólida educación literaria, sus gustos le alejarán de ella, y será un gran matemático, pero no sabrá cómo escribir su propio idioma” (Citado en “Los grandes matemáticos” de E.T. Bell–Fondo de Cultura Económica-México 1970).
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