miércoles, 29 de mayo de 2019

La difamación marxista del capitalismo

En un conjunto de individuos en libertad, éstos tienden a satisfacer sus necesidades materiales mediante la producción individual y el posterior intercambio de bienes y servicios. A este proceso de intercambios, que beneficia a ambas partes intervinientes, ampliado posteriormente con la inclusión de una competencia entre productores, principalmente, se lo denomina “economía de mercado”. Para mejorar la producción, previendo una optimización del sistema, se observó que el ahorro y la inversión (capitalización) favorecían ampliamente este proceso. De ahí la denominación alternativa de “capitalismo”.

Este sistema autorregulado, que no necesita de un árbitro en cada uno de los intercambios voluntarios, surge en forma espontánea y por ello resulta ser un proceso económico natural. Sin embargo, fue propuesto también un proceso económico “artificial” cuyos promotores aducen que aquellos intercambios voluntarios benefician a una de las partes y perjudican a la otra, haciendo necesaria la intervención de un árbitro que cuide los intereses de la parte perjudicada. Este sistema económico, denominado socialismo, se estableció como opositor de la economía de mercado y, desde ese momento, sus partidarios iniciaron una campaña de desprestigio y difamación de la economía rival.

Karl Marx sugería "transformar la naturaleza", en lugar de sólo interpretarla. De ahí que no sólo los socialistas intentaron eliminar el proceso del mercado para reemplazarlo por el socialismo, sino que también intentaron transformar la naturaleza humana para que fuese compatible con tal proceso artificial. Esta idea dio inicio al proceso de creación del "hombre nuevo soviético" que habría de reemplazar al "homo sapiens" a través de la herencia de los caracteres adquiridos (algo incompatible con las leyes de la herencia y la genética).

El árbitro propuesto por el socialismo, para cada intercambio, se constituyó en un intermediario improductivo que limitó la eficacia de la economía socialista. Si bien Marx propuso la desaparición del Estado burgués (que ampara la propiedad privada y las libertades económicas), aceptó tácitamente la existencia del Estado socialista como vínculo necesario entre productores y consumidores, que no habría de desaparecer mientras se aplicara el socialismo. Ambos sistemas pueden sintetizarse de la siguiente manera:

Mercado: A intercambia con B (El Estado vigila)

Socialismo: A produce para el Estado. El Estado redistribuye a B

La difamación marxista del capitalismo recae sobre cuatro aspectos principales: a) Competencia, b)Explotación laboral, c) Monopolio y d) Imperialismo.

El marxista critica la competencia en el mercado considerando que toda competencia genera conflictos y antagonismos (lucha de clases, principalmente). Sin embargo, puede advertirse fácilmente que, sin competencia entre productores habría monopolios que, en la mayoría de los casos, perjudicarían al consumidor. Debido a la inevitable existencia de egoísmo, al existir competencia empresarial, cada productor se ve obligado a beneficiar al consumidor con calidad y buenos precios. Puede decirse que varios egoísmos en competencia tienden a reducirse a un mínimo.

Al existir competencia entre empresarios, tampoco podrá existir explotación laboral, ya que el empleado explotado puede cambiar de empresa. El empresario egoísta y explotador no sólo perderá clientes, sino también parte de su capital humano (empleados), por lo que se verá obligado a adoptar una actitud de cooperación si desea mantener activa su empresa.

Cuando en un país existe una cantidad insuficiente de empresarios, no habrá suficiente competencia, habrá monopolios e incluso explotación laboral. Por lo que no habrá tampoco una "economía de mercado". De ahí que las críticas marxistas contra el capitalismo son dirigidas en realidad contra el fantasma del capitalismo ideado por sus detractores. La economía de mercado se promueve justamente para evitar monopolios y explotación laboral, entre otros aspectos.

El fundamento de la economía socialista implica la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la planificación de la producción y el consumo. Al desaparecer toda posible competencia, se forma un monopolio único (el Estado socialista) apareciendo incluso la explotación laboral por parte de ese Estado. Mientras que el empresario privado, bajo régimen no competitivo, puede explotar a sus empleados, el Estado socialista cubano se dedica incluso a "alquilar" a médicos y otros especialistas que trabajan en el extranjero, pero que reciben de ese Estado un pequeño reintegro de lo que produjeron.

Puede decirse que los ideólogos socialistas no son mentirosos, sino "doblemente mentirosos", ya que no sólo difaman y tergiversan lo que el liberalismo propone, sino que acentúan todos los males atribuidos falsamente al capitalismo. La manera de combatir ideológicamente al socialismo implicaría exigirles decir la verdad y respetar una mínima coherencia lógica; algo que en realidad puede resultar imposible en la mayoría de los casos.

Para quitarle méritos a la economía de mercado, los ideólogos socialistas atribuyen el éxito de los países capitalistas al imperialismo ejercido contra los países subdesarrollados; una especie de reedición del proceso "trabajador explotado por empresario explotador". En realidad, la existencia de imperialismos poco tiene que ver con la eficacia de los sistemas económicos adoptados. Ello se hace evidente en la existencia de países capitalistas imperialistas y no imperialistas, de la misma manera en que hay países socialistas imperialistas y no imperialistas.

Como el marxista sostiene que en todo intercambio comercial voluntario, entre personas, uno se beneficia y el otro se perjudica, extrapolan tal suposición al ámbito del comercio internacional sosteniendo que necesariamente los países poderosos se benefician en los intercambios con los débiles, y que éstos se perjudicarían siempre. De ahí que se oponen a la globalización económica. Sin embargo, en lugar de "festejar" el cese del comercio internacional entre EEUU y Cuba debido al bloqueo comercial impuesto por EEUU, lo que implicaría el cese de la "dependencia ante el imperialismo", aducen esta vez que el deterioro económico cubano se debe justamente a la negativa de EEUU a comerciar con Cuba. (Un poco de coherencia no vendría mal).

domingo, 26 de mayo de 2019

Incoherencias de los ideólogos: J. J. Rousseau

Las propuestas políticas presentan, a veces, ciertas contradicciones lógicas que reflejan posibles incompatibilidades con la sociedad real. También encontramos incoherencias entre las acciones de los ideólogos y las ideas que proponen. En este caso, sin embargo, no es conveniente asociar debilidades teóricas con debilidades personales, ya que la veracidad de una propuesta debe evaluarse en función de su compatibilidad con la sociedad real.

Uno de los casos más llamativos es el de Jean Jacques Rousseau, quien aconsejaba a los educadores acerca de la forma de educar a los niños, mientras que él carecía de atributos para esa función. François Mauriac escribió: “A decir verdad, las «Divagaciones del paseante solitario» dan prueba a cada instante de su inclinación a cargar a los demás sus propias faltas y a juzgarse a sí mismo no por sus malos actos sino por sus intenciones siempre sublimes. El tema principal de su célebre y abominable carta a Mme. de Francueil (donde llega a encontrar, en el abandono de sus hijos, una prueba concluyente de su propia virtud) se repite sin vergüenza en el noveno Paseo: «Comprendo que el reproche de haber metido a mis hijos en la Inclusa haya degenerado fácilmente, con un poco de habilidad, en el de ser un padre desnaturalizado y de odiar a los niños. Sin embargo es seguro que fue el temor a un destino mil veces peor para ellos, y casi inevitable por cualquier otro camino, el que más me decidió en esa gestión. Más indiferente a su destino y no estando en condiciones de educarlos yo mismo, en mi situación habría debido dejar que los educara su madre, que los hubiera mimado, y su familia que los hubiera convertido en monstruos. Todavía me estremezco cuando lo pienso… Sabía que la educación menos peligrosa para ellos era la de la Inclusa; y allí los llevé. Lo haría de nuevo, y dudándolo mucho menos, si fuera necesario; y sé que no hay padre más tierno de lo que yo hubiera sido, por poco que la costumbre ayude a la naturaleza»”.

“Este texto basta para demostrar que Rousseau siguió siendo el mismo pecador que cambia el pecado en virtud. Es también siempre el mismo enfermo, y ésa es su disculpa. El Paseante solitario cree todavía que el mundo entero lo persigue. Lo repite sin cesar en sus «Divagaciones», y en ese plano, tampoco hay ningún progreso. Nada tan monótono como la locura. La insistencia de la idea fija difunde un tedio invencible que siempre nos ha defendido del poderoso encanto de Jean Jacques. Pero su enfermedad debe apartarnos más que irritarnos o indignarnos. Si las admirables «Divagaciones» no nos reconcilian con el hombre, aumentan nuestra compasión por el enfermo” (De “De Pascal a Graham Greene”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1952).

En la actualidad vemos en los ideólogos socialistas varios de los atributos que Mauriac observa en Rousseau. El primer atributo mencionado es “su inclinación a cargar a los demás sus propias faltas y a juzgarse a sí mismo no por sus malos actos sino por sus intenciones siempre sublimes”. Ello se debe a que el ideólogo socialista basa su prédica en su “superioridad moral” mientras promueve simultáneamente el odio hacia una determinada clase social y admite, sin el menor atisbo de vergüenza, admirar a los revolucionarios marxistas-leninistas que asesinaros a millones de opositores al socialismo (incluidos los simples no seguidores) a lo largo y a lo ancho del mundo.

El ideólogo socialista, que vive toda una vida para denigrar y difamar el capitalismo, a la vez que canta loas al socialismo, cuando es expulsado de un país por promover la violencia, casi nunca se refugia en un país socialista, eligiendo por lo general a un país capitalista. Incluso parece no advertir que, mientras la gente trata de huir de los países socialistas, son muchos los que desean entrar a los países capitalistas. En realidad, tal actitud del ideólogo no constituye ninguna incoherencia si se tiene presente que busca el éxito del socialismo, no para mejorar la condición de los pobres, sino para empeorar la de los ricos. Y para acceder, además, a un puesto jerárquico una vez instaurado el régimen socialista.

El socialista esconde sus intenciones detrás de un disfraz de humanitarismo y sensibilidad social. No difiere esencialmente del psicópata y de la encantadora personalidad que, según los psiquiatras, los caracteriza. El socialista no siente culpa de nada, porque supone que todas las culpas recaen en el sistema capitalista, responsable de todos los delitos y crímenes que se cometen. Mauriac escribió: “Rousseau trata sus crímenes como trató a sus hijos: no los reconoce. Aun más: nunca dudó de que fuera el padre de los pobres niños, y duda de ser el autor de esos gestos horribles. Pero si no es él el autor, tiene que serlo el resto del mundo. Pronto da ese paso”.

“Jean Jacques es el mejor de los hombres. Sin embargo carga a la sirvienta Marión de un hurto siendo él mismo culpable. Tiene el corazón más sensible de un siglo que vertió tantas lágrimas antes de cortar tantas cabezas. Pero el más tierno de todos los hombres abandona a sus cinco hijos. Tiene el valor de realizar cinco veces ese gesto atroz. Lo confiesa porque es sincero. La sinceridad, el placer de la confesión pública, lo encontramos en su legado”.

“La sociedad, chivo emisario que asume los crímenes de Jean Jacques, no es a sus ojos un poder abstracto. Cuando escribe «la sociedad», piensa «los otros», y entre los otros, los Grandes, los que tanto lo han cuidado, halagado, lisonjeado, que han aceptado con tanta devoción todos sus gustos y todas sus repugnancias. ¡Como los odiaba, sin embargo! Dudo que, de haber sido profeta, la visión de la guillotina le hubiera arrancado mucho más que lágrimas hipócritas”.

“«¿Por qué no me he casado? –escribe a Mme. de Francueil, quien lo interrogaba sobre el abandono de sus cinco hijos- Pregúnteselo a sus injustas leyes, señora… El Estado de los ricos, su Estado es el que roba al mío el pan de mis hijos…». La culpa la tienen las leyes… Pero a los ojos de Jean Jacques esas leyes son las de Mme. de Francueil, en esa mujer las encarna y a esa mujer odia”. “La envidia, esa baja pasión de la igualdad que es el signo de nuestra época, existe ya cabalmente en Rousseau”.

El mérito de una ideología no depende solamente de su compatibilidad con la realidad, sino también de los efectos positivos que produce en el medio social. En el caso de Rousseau, puede decirse que sus fallas personales influyeron en sus ideas y en sus escritos hasta convertirse, ya fallecido, en uno de los promotores indirectos de la violencia asociada a la Revolución Francesa. Al respecto, Maximilien de Robespierre escribió: "Nadie puede dudar de que Rousseau habría defendido con nobleza y entusiasmo la causa de la justicia y de la igualdad, si hubiera podido asistir a esta revolución, de la que cabe ser considerado un precursor" (Citado en "Rousseau" de Sir Gavin de Beer-Salvat Editores SA-Barcelona 1985).

A pesar de sus desaciertos e incompatibilidades teóricas, su influencia se prolonga hasta nuestros tiempos, que, por ser una época anticientífica en el campo de las humanidades, a pocos debería sorprender. Sir Gavin de Beer escribió: "Las ideas de Rousseau parecen desafiar el paso del tiempo. Casi todos los argumentos que él presentó para demostrar que las artes y las ciencias, la evolución social y la civilización han llevado a la humanidad a la desdicha eran falsos. Sin embargo, si se hiciera hoy la pregunta de si las ciencias y la tecnología siguen beneficiando al género humano, ¿cuál sería la respuesta?".

Su antipatía por la sociedad lo llevó a defender la naturaleza humana primitiva siendo un detractor de todo proceso cultural. Sin embargo, con su oposición a la racionalidad mostró que su adhesión a lo puramente natural fue incompleta por cuanto la razón es una parte esencial de nuestra naturaleza humana. André Gide escribió: "No creo que el hombre sea, como asegura Rousseau, «bueno por naturaleza». El hombre primero es, y luego se hace; a este respecto el gran reproche que cabe achacar a la sociedad es que ha trabajado poco y mal para hacer posible este hombre bueno (no «bueno por naturaleza», sino obra, producto de la cultura y del arte). Lo que menos me gusta de Rousseau es su elogio de la ignorancia. El abuso de los descubrimientos científicos por parte del hombre no es un motivo para denigrar a aquellos, sino al hombre que es quien abusa de ellos".

El historiador George H. Sabine escribió: "El conflicto de la personalidad de Rousseau entre lo noble y lo vil, lo ideal y lo real, le robó toda satisfacción en su obra y toda confianza en el valor de ella. La iniciación de una idea era como una luz celestial que resolvía «todas las contradicciones de nuestro sistema social». La expresión no nos da ni la cuarta parte de la vaga pero deslumbrante visión. En sus relaciones sociales se movía con un penoso sentido de incapacidad, estupidez y falta de confianza en sí mismo. No parece haberse sentido nunca a gusto más que con mujeres y en relaciones prácticamente desprovistas de todo contenido intelectual".

"Era parásito por inclinación y durante periodos considerables vivió en un estado de semidependencia, pero nunca pudo aceptar la dependencia con agradecimiento. En cambio construyó en torno a sí mismo un mito de pseudoestoicismo y ficticia autosuficiencia, que se expresaba sobre todo en forma de suspicacia hacia quienes trataban de ser amigos suyos, y en el descubrimiento de complicadas conspiraciones, probablemente imaginarias, para arruinarle y traicionarle" (De "Historia de la Teoría Política"-Fondo de Cultura Económica-México 1996)

sábado, 25 de mayo de 2019

Lo absoluto: ¿Dificultad o imposibilidad?

Lo "absoluto", como opuesto a "relativo", implica algo que tiene atributos propios definidos, sin necesidad de establecer referencias a otros entes existentes. José Ferrater Mora escribió: "Lo absoluto... ha sido identificado con 'lo separado o desligado de cualquier otra cosa'; por lo tanto, con 'lo independiente', 'lo incondicionado'. La expresión 'lo absoluto' se ha opuesto, pues, con frecuencia a las expresiones 'lo dependiente', 'lo condicionado', 'lo relativo'" (Del "Diccionario de Filosofía"-Editorial Ariel SA-Barcelona 1994).

Desde el punto de vista de la ciencia experimental, lo absoluto es la ley natural y el orden natural asociado. La ley natural invariante es la referencia que debemos adoptar en lugar de aquellas secundarias, como son las opiniones humanas, a menos que tales opiniones presupongan una referencia inmediata a dichas leyes. Manuel García Morente escribió: "Cuando una idea, un concepto son verdaderos, reflejan exactamente lo que es; y entonces son verdaderos en absoluto y no relativamente a tal o cual sujeto más o menos pensante. La verdad es absoluta o no es verdad. No cabe en esto término medio" (Del "Diccionario del Lenguaje Filosófico" de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

En cuanto a las posturas adoptadas al respecto, puede establecerse la siguiente síntesis:

a) Lo absoluto existe y es la ley natural, que, en principio, es accesible al conocimiento humano.
b) Lo absoluto existe, pero será por siempre desconocido debido a las limitaciones de la inteligencia humana.
c) Lo absoluto no existe, por lo que toda opinión resulta relativa.

Quienes sostienen que lo absoluto es cognoscible, advierten las limitaciones humanas, por lo que aceptan la existencia de una dificultad real, aunque no una imposibilidad. La humanidad tiene por delante un futuro casi ilimitado por lo cual es de esperar un sostenido avance en el conocimiento de las leyes naturales que gobiernan el universo.

Por el contrario, desde el punto de vista religioso, y filosófico, hay sectores que sostienen que la humanidad sólo puede conocer lo absoluto (Dios) por la revelación de tal ente superior y su aceptación por parte del creyente mediante la fe.

Finalmente tenemos la postura (posiblemente mayoritaría) de quienes niegan tanto la ciencia experimental como la religión, incluso la existencia de leyes naturales, por cuanto observan un caos esencial que debería ser reorganizado por el hombre. Esencialmente coinciden con las ideas de tipo totalitario aduciendo que es el líder aceptado por las masas el que debe ocupar el lugar que las posturas antes mencionadas asignan a Dios o a la ley natural.

Los que niegan lo absoluto, generalmente aducen el relativismo moral, cognitivo y cultural, con las intenciones de desacreditar la ciencia y la religión, aunque sin descartar el absolutismo que luego reconocerán en el pensamiento de los ideólogos de tipo totalitario. Adviértase la devoción de marxistas, leninistas, nazis, etc, por las ideologías a las que adhieren ciegamente.

Al producirse cierta "envidia intelectual" motivada por los éxitos de la ciencia y un rechazo generalizado del fanatismo religioso, surgió una simpatía evidente por los diversos relativismos. Allan Bloom escribió: "Los antecedentes de los estudiantes son todo lo variados que los EEUU puede ofrecer. Algunos son religiosos; otros ateos; están los izquierdistas, y los de derecha; algunos quieren ser científicos, otros humanistas, o profesionales, o empresarios; los hay pobres y los hay ricos. Sólo están unidos por su relativismo y su fidelidad a la igualdad. Y ambas cosas están relacionadas en una intención moral".

"La relatividad de la verdad no es un discernimiento teórico, sino un postulado moral, la condición necesaria para una sociedad libre o por lo menos ellos lo ven así. Todos han sido equipados con este marco de referencia muy temprano, y constituye el moderno reemplazo de los inalienables derechos naturales que eran la base tradicional norteamericana de una sociedad libre. Que para los estudiantes se trata de un tema moral se revela en el carácter de sus respuestas cuando se los desafía, una combinación de descreimiento e indignación: «¿Acaso es usted un autoritario?», que es la única alternativa que conocen, y la pronuncian en el mismo tono que en otros tiempos se decía «¿Es usted anárquico?» o «¿Es verdad que cree en las brujas?». Esto último conduce a la indignación, pues alguien que cree en brujas puede muy bien llegar a ser un cazador de ellas o un juez de Salem".

"El peligro que se les ha enseñado a temer en el totalitarismo no es el error, sino la intolerancia. El relativismo es necesario para la apertura; y ésta es la virtud que toda la educación primaria durante más de cincuenta años se ha dedicado a inculcar. Esta apertura, y el relativismo que la convierte en la única posición posible ante los diversos reclamos de verdad y los diferentes modos de vida y tipos de seres humanos, es la gran idea de nuestro tiempo. El verdadero creyente es el peligro real. El estudio de la historia y de la cultura enseña que todo el mundo estaba loco en el pasado; los hombres siempre pensaron que tenían razón, lo cual produjo guerras, persecuciones, esclavitud, xenofobia, racismo y chauvinismo. El asunto en realidad no es corregir los errores y de veras tener razón, sino más bien no hay que pensar que uno tiene razón" (De "La decadencia de la cultura"-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1989).

Es un error creer que quien posee la verdad, o cree poseerla, necesariamente la ha de tratar de imponer a los demás en lugar de sugerir su aceptación, tales los casos del científico o de la verdad predicada en los Evangelios. Por el contrario, el relativismo crea las condiciones propicias para una lucha entre "múltiples verdades" en conflicto sin ninguna posibilidad de acuerdos posteriores, ya que se descarta cualquier tipo de instancia superior, como la ley natural.

Algunos autores asocian la postura relativista a la actitud democrática, mientras que una verdadera democracia y una política verdaderamente científica no deberían ignorar las leyes naturales que gobiernan el comportamiento humano. Hans Kelsen escribió: "Quien sostiene que la verdad absoluta y los valores absolutos rebasan el entendimiento humano está obligado a considerar por lo menos como posible una opinión ajena contraria a la suya. El relativismo es, pues, la filosofía que presupone la concepción democrática" (Citado en "Pensamiento político moderno" de William Ebenstein-Taurus Ediciones SA-Madrid 1961).

La "opinión ajena contraria a la suya" no necesariamente debe provenir de un relativista moral, sino que debería provenir de alguien que se ha molestado en conocer suficientemente la mayor parte de las ramas que constituyen las ciencias sociales. René de Visme Williamson escribió respecto de Kelsen: "Con una consistencia lógica perfecta arguye que la creencia en valores absolutos corresponde a regímenes autocráticos -especialmente la monarquía de derecho divino-, pues el creyente no es libre para permitirse o permitir a los demás cualquier desviación de los valores absolutos, y está obligado, por su conciencia, a basar las decisiones políticas en la autoridad y no en la mayoría".

"La teoría de Kelsen implica una convicción y tolerancia que son incompatibles. Supone que quienes creen en valores absolutos están obligados, por su propia conciencia y por necesidad lógica, a imponer estos valores a las gentes que no las suscriben; de ahí que el mecanismo del Estado se convierta antes o después en un instrumento de persecución".

"El grado relativo de democracia y de paz que poseemos, por escaso que sea, lo debemos a quienes lo edificaron sobre los cimientos de los valores absolutos. Un orden social, de cualquier tipo que sea, sólo puede ser creado por quienes tienen la visión de un cielo nuevo y una tierra nueva, tanto más cuanto que la vieja tierra y el imperfecto cielo ideado por el hombre han sido tan tristemente insuficientes".

"Hemos de movernos hacia lo absoluto si queremos dominar lo relativo. Abandonemos, de una vez para siempre, la vana empresa de buscar nuestras pautas en condiciones que son inferiores a ellas, y de tomar prestada nuestra concepción de la democracia de quienes la interpretan mal" (De "Pensamiento político moderno").

En cuanto a la utilización del relativismo moral por parte del marxismo, Morris Ginsberg escribió: "La moral marxista es más compleja. Hay, al parecer, dos morales: una moral universal, que se hará operante cuando hayan desaparecido los antagonismos de clase, y una moral 'interina', que está relacionada funcionalmente con la lucha de clases. Durante este periodo cada clase tiene su propia moral, basadas en sus necesidades, y lo que se llama moral general es, en realidad, la moral de la clase dominante, disfrazada con una ideología que sirve para imponerla sobre las restantes clases".

"En un periodo de revolución, la moral es la que viene exigida por la guerra, y está 'justificada' cuales quiera medidas exigidas por la táctica y estrategia revolucionaria y no reconoce límites superiores a los necesarios para mantener la moral de las clases trabajadoras. La condenación de la violencia es 'contra-revolucionaria', y no es más que la ideología de las clases explotadoras".

"Existe cierta incoherencia en la actitud marxista ante la moral burguesa. Estrictamente hablando, esa actitud no puede ser 'condenada' en el periodo de la lucha de clases, excepto en un sentido ideológico, puesto que durante este periodo no hay normas morales comunes. Pero, de hecho, los marxistas las tienen en ambos sentidos. Apelan a la ética de la moral interina al defender los actos de los revolucionarios, y a la ética de la moral del futuro al juzgar los actos de sus adversarios. Este uso de una moral dual no es, por supuesto, exclusivo del marxismo. Pero en él la fisura entre los dos códigos es suficientemente profunda para comprometer la esencia de la moral" (De "Pensamiento político moderno").

miércoles, 22 de mayo de 2019

Planeación contra democracia

Por Walter Lippmann

El factor primario que hace incalculable la planeación civil es la libertad de los individuos para gastar sus rentas. La planeación sólo es teóricamente posible si el consumo está racionado. Porque un plan de producción es un plan de consumo. Si la autoridad va a decidir lo que se va a producir, ha decidido ya lo que se va a consumir. Esto es precisamente lo que sucede en la planeación militar: las autoridades deciden lo que va a consumir el ejército y la parte de la producción nacional que se va a dejar a los paisanos.

Por lo tanto, una economía civil no puede ser objeto de planeación, a menos que haya tal escasez que se puedan racionar las necesidades de la existencia. Cuando la productividad se eleva por encima del nivel de subsistencia, es posible la libertad de consumo. Una producción planeada para hacer frente a una demanda libre es una contradicción sin sentido, semejante a la cuadratura del círculo.

Se deduce, pues, que la planificación de la producción es incompatible con el trabajo voluntario, con la libertad para elegir ocupación. Un plan de producción no es solamente un plan de consumo, sino un plan sobre el tiempo, el objeto y el lugar del trabajo de los individuos. No hay ninguna manipulación posible del nivel de salarios que permita a los planeadores atraer las diversas ocupaciones justamente el número necesario de trabajadores.

Si hay libertad de trabajo, especialmente cuando el consumo está racionado y nivelado, se evitarán las ocupaciones desagradables y todos concurrirán a los buenos empleos. Así, pues, el complemento necesario e inevitable del racionamiento del consumo es el reclutamiento del trabajo, bien mediante un acto legal, bien obligando a los trabajadores a aceptar ocupaciones que no desean, ofreciéndoles como única alternativa la miseria. Esto es, naturalmente, lo que sucede en un Estado plenamente militarizado.

El reclutamiento del trabajo y el racionamiento del consumo no han de considerarse como recursos transitorios y accidentales en una economía planificada. Son su verdadera esencia. Hacer un plan quinquenal de la producción de una nación es determinar cómo va a trabajar y qué recibirá. Sólo puede recibir lo que el plan disponga. Y sólo puede obtener lo que el plan disponga, realizando el trabajo exigido por el plan. Si o realiza ese trabajo, el plan es un fracaso; debe aceptar los bienes que el plan produce o pasarse sin ellos.

Todo esto se comprende perfectamente en un ejército o en época de guerra, cuando una nación entera está en armas. El planeador civil no puede evitar el racionamiento ni el reclutamiento, porque son la verdadera esencia de su propósito. No hay escape alguno. Si el pueblo es libre para rechazar las raciones, el plan queda frustrado; si el pueblo es libre para trabajar menos o en ocupaciones diferentes de las prescritas, el plan no puede llevase a efecto. Por tanto, el trabajo y el nivel de vida han de ser determinados por el Consejo de planeación o por un poder soberano superior a ese Consejo. En una sociedad militarizada, ese poder soberano es el Estado Mayor General.

Pero, en una sociedad civil, ¿quién ha de decidir cuál va a ser el contenido específico del óptimo de vida? No puede ser el pueblo el que decida mediante referéndum o a través de una mayoría de sus representantes elegidos. Porque si el poder soberano que ha de establecer un plan radica en el pueblo, el poder para modificarlo reside también en él en cualquier momento. Ahora bien, un plan sujeto a cambios mensuales o aun anuales no es un plan; si se ha tomado la decisión de fabricar 10 millones de automóviles a 500 dólares, y un millón de viviendas suburbanas a 3.000 dólares, el pueblo no puede cambiar de opinión un año después, desechar la maquinaria para fabricar automóviles, abandonar las casas en construcción y decidir producir en su lugar rascacielos con apartamentos y ferrocarriles subterráneos.

En suma, no hay manera de que los objetivos de una economía planificada puedan depender de la decisión popular. Han de ser impuestos por una oligarquía de un tipo u otro (que puede permitir, por supuesto, que el pueblo ratifique el plan una vez, e irrevocablemente, mediante plebiscitos, como en el caso de los plebiscitos alemán e italiano), y esa oligarquía, si el plan se ha de llevar a cabo en su totalidad, ha de ser responsable en materia de política.

Los oligarcas individuales podrían ser responsables de infracciones de la ley, lo mismo que los generales pueden ser juzgados por un Consejo de Guerra. Pero su política no puede ser objeto de responsabilidad continua ante los votantes, como no pueden ser determinadas por las tropas las disposiciones estratégicas de los generales. El Consejo de planeación o sus superiores han de determinar las condiciones de la vida y el trabajo del pueblo.

No sólo es imposible que el pueblo controle el plan, sino, lo que es más, los planeadores han de controlar al pueblo. Han de ser déspotas que no toleren ninguna discusión efectiva de su autoridad. Por lo tanto, la planeación civil ha de dar por supuesto que los déspotas que suban al poder serán benévolos, es decir, conocerán y desearán el bien supremo de sus súbditos. Esta es la premisa implícita en todos los libros que recomiendan el establecimiento de una economía planificada en una sociedad civil.

Pintan una imagen fascinadora de lo que podría hacer un despotismo benévolo. Piden –nunca de una manera muy clara, naturalmente- que el pueblo ceda la planificación de su existencia a «ingenieros», «expertos» y «técnicos», a líderes, salvadores, héroes. Esta es la premisa política de toda la filosofía colectivista: que los dictadores serán patriotas o tendrán conciencia de clase según considere el orador más elogioso uno u otro término.

Es también la premisa de la filosofía de la regulación estatal, comúnmente considerada como progresismo. Aunque disfrazada con la ilusión de que una burocracia responsable ante una mayoría de votantes y susceptible a la presión de minorías organizadas no ejerce coacción, es evidente que cuanto más variada y comprehensiva es la regulación, más acusada es la transformación del Estado en un poder despótico frente al individuo. Porque la parte de control que éste ejerce sobre el Gobierno a través de su voto no es proporcional, en ningún sentido efectivo, a la autoridad que ejerce sobre él el Estado.

Ciertamente que pueden hallarse déspotas benévolos. Pero también pueden no serlo. Pueden aparecer en una ocasión; pueden no aparecer en otra. El pueblo, a menos que decida enfrentarse con las ametralladoras desde las barricadas, no puede hacer nada para procurar que se elija a los déspotas benévolos y se elimine a los malvados. No puede seleccionar a sus déspotas. Los déspotas se seleccionan a sí mismos y, sean buenos o malos, permanecerán en el poder mientras puedan reprimir la rebelión y evitar el asesinato.

Así, pues, por una especie de trágica agonía, la búsqueda de seguridad y de una sociedad racional, si pretende lograr la salvación a través de la autoridad política, acaba en la más irracional forma de gobierno que imaginarse pueda, en la dictadura de oligarcas incidentales, que no poseen título hereditario, origen constitucional ni responsabilidad, que no pueden ser substituidos sino mediante la violencia. Los reformadores que han puesto sus esperanzas en los buenos déspotas porque ansían planear el futuro, dejan sin planear aquello de lo que dependen todas sus esperanzas. Porque una sociedad planificada debe ser una sociedad en la que el pueblo obedezca a sus gobernantes; no puede haber ningún plan para hallar a los planificadores; la selección de los déspotas, que han de hacer tan segura y tan racional la sociedad, ha de dejarse a la inseguridad del acaso irracional.

(De "Pensamiento Político Moderno" de William Ebenstein-Taurus Ediciones SA-Madrid 1961)

martes, 21 de mayo de 2019

Capitalización vs. Redistribución

En una socialdemocracia, se advierten dos actitudes opuestas en el comportamiento económico, ya sea que se trate de individuos o bien de gobiernos. En el primer caso aparece el individuo ahorrativo, que prioriza el futuro al presente. Por ello trata de capitalizarse de alguna manera mientras que su ascenso social dependerá principalmente de sus aptitudes laborales. En el segundo caso tenemos al individuo consumidor, que prioriza el presente al futuro, mientras que su ascenso social quedará supeditado, no a sus aptitudes laborales, sino a la “redistribución de la riqueza ajena” realizada por el gobierno de turno; es decir, al reparto de lo producido por los individuos ahorrativos quienes, vía impuestos, serán obligados a compensar el trabajo y la capitalización deficitarios de los consumistas.

Como ejemplo de individuo consumidor, puede mencionarse el caso de un estudiante universitario, de ciencias de la computación, quien luego de disponer de cierta cantidad de dinero, debió elegir entre comprarse una computadora (principal herramienta para su trabajo futuro) o bien realizar un viaje de turismo a Miami, eligiendo esta última alternativa.

Un alumno con mentalidad capitalista, por el contrario, hubiese priorizado la compra de la computadora. Con el tiempo, este último habrá logrado un mejor nivel económico que el alumno consumista. Incluso es posible que haya podido crear una empresa con algunos empleados a cargo. Sin embargo, gran parte de la sociedad atribuirá su éxito económico a la “explotación laboral” de esos empleados y no a sus aptitudes empresariales. De ahí que la izquierda política proponga la expropiación de su empresa (o bien de sus ganancias) como el sumo acto de “justicia social”.

Los políticos redistribuidores de riquezas ajenas, afirman abiertamente que su función principal implica promover la “justicia social”, entendida como una igualdad económica establecida de la forma mencionada. Es por ello que el mayor porcentaje del presupuesto nacional sea destinado, especialmente en países subdesarrollados, a la “ayuda social” (y no a la ayuda a la producción). Es oportuno señalar que en países con mediana corrupción, como EEUU, de cada dólar destinado como “ayuda social”, sólo le llegan 0,30 centavos de dólar al necesitado; de ahí que uno puede imaginarse lo que le ha de llegar en países con elevada corrupción.

Con la redistribución de lo ajeno, proceso utilizado por sucesivos gobiernos argentinos, hemos llegado al borde del abismo. Los candidatos con mayor intención de voto, para las elecciones de 2019, parecen no advertir la situación y ninguno habla de cómo hará para revertir la decadencia, ya que, haciendo lo mismo de siempre, ningún cambio esencial podrá observarse.

Habiendo individuos con mentalidad capitalista e individuos con mentalidad consumista, tanto en la población como en el gobierno, resulta imprescindible que la sociedad se prepare mentalmente para la primera alternativa, siendo ésa la única forma de promover la creación de riquezas previamente al consumo, mientras que, por el contrario, si se mantiene la mentalidad consumista, se desalienta la creación de riquezas por cuanto se promueve el consumo previo a la creación de lo consumido (o por consumir).

La creación de nuevos puestos de trabajo está detenida desde hace varios años debido a la “trampa populista”. El sector productivo, al tener que mantener indirectamente a gran cantidad de ineptos y vagos, a través del pago de elevados impuestos, no dispone de los medios económicos necesarios para realizar inversiones productivas y así ofrecer nuevos puestos de trabajo. La pequeña industria, en cuanto tiene algún empleado, es pronto elevada de categoría para cobrarle mayores impuestos. Además, gran parte de los “trabajadores” tienen más interés en hacerle un juicio laboral a su empleador que mantener el puesto de trabajo. Con el tiempo, si el empleador quiere reducir su personal, deberá vender su empresa para poder afrontar las elevadas indemnizaciones establecidas, aumentado con ello la poca predisposición a agrandar su empresa.

Esta realidad es conocida por los políticos, pero pocas veces será comunicada a los sufrientes ciudadanos, ya que la mayoría de los gobernantes prioriza todo tipo de ambición personal dedicándose a embaucar a la población promoviendo el reemplazo del “Dios proveedor” de otras épocas, por el “Estado proveedor” de la actualidad. Mientras que ese Dios tendría posibilidades infinitas, el Estado se encuentra limitado por la acotada producción del sector empresarial, que es el que finalmente provee al resto de la población. Sin embargo, el político le hace ver a la gente que el “Estado todopoderoso” es capaz de brindar satisfacción a todas las necesidades de la población, y que si no lo logra, ello se debe a que los empresarios se oponen a compartir sus riquezas con los demás.

El colmo de la ignorancia, en la Argentina, implica considerar como un acierto social de gran alcance, y no como la destrucción de la economía por muchos años, la concesión kirchnerista de millones de jubilaciones sin aportes (a muchos que no las necesitan), casi un millón de pensiones por “invalidez” (a muchos que pueden trabajar), cientos de miles de nuevos puestos de trabajo estatales (prescindibles en su mayoría), millones de planes sociales y de “ayuda universal por hijo”. Para cubrir esos enormes gastos, se ha esquilmado al sector productivo reduciéndolo sustancialmente; incluso durante la continuidad establecida por la gestión macrista, que ha intentado financiar el derroche en lugar de reducirlo.

Un destacado político del siglo XX (por su capacidad para dirigir a las masas) pareciera haber asesorado, a través de sus libros, a los políticos argentinos, escribiendo: “La psicología de las multitudes no es sensible a lo débil ni a lo mediocre; se asemeja a la de la mujer, cuya emotividad obedece menos a razones de orden abstracto que a la tendencia instintiva hacia una fuerza que complemente su naturaleza, y de ahí que prefiera someterse al fuerte, mejor que dominar al débil”.

“Del mismo modo, la masa se inclina más fácilmente hacia el que domina que hacia el que suplica, y se siente íntimamente más satisfecha con una doctrina intransigente que no admita paralelo con el disfrute de una libertad que, por lo general, de poco le sirve… Lo que la masa quiere es el triunfo del más fuerte y la destrucción del débil o su incondicional sometimiento”.

“Toda propaganda ha de ser necesariamente popular y su nivel intelectual debe adaptarse a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a quienes va destinada. Por consiguiente, cuanto mayor sea la masa humana a la que se trata de llegar, más bajo habrá de ser su nivel puramente intelectual. Pero cuando se pretende extender su influencia a todo el pueblo, como sucede cuando hay que sostener una guerra, nunca será exagerada la prudencia para evitar que las formas de la propaganda sean excesivamente intelectuales”.

“Cuanto más modesto sea su lastre intelectual, cuanto más tenga en cuenta la emoción de las masas, tanto más efectiva será la propaganda. Y ésta es la mejor prueba de la fuerza de una campaña de propaganda, y no su éxito con unos cuantos eruditos o jóvenes estetas”.

“El arte de la propaganda reside en percatarse de las ideas emocionales de las masas y hallar, mediante una forma psicológicamente correcta, el modo de llegar a la atención y de ahí al corazón de las masas”.

“Una vez que hemos entendido la necesidad de que la propaganda se adapte a las grandes masas, podemos enunciar la siguiente regla: Es un error hacer una propaganda multilateral, como la instrucción científica, por ejemplo”.

“La receptividad de la gran masa es muy limitada, su facultad de comprensión es muy pequeña, pero es enorme su capacidad de olvido. Teniendo en cuenta estos hechos, toda propaganda eficaz debe concretarse en muy pocos puntos y saberlos explotar como convenga, hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de lo que se pretende hacerle comprender con un slogan. En el momento en que la propaganda sacrifique este principio y trate de ser múltiple, se debilitará su eficacia, porque la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Con ello disminuyen los resultados y acaban por ser enteramente nulos”.

“Una mentira contiene siempre un cierto factor de credibilidad, puesto que la gran masa del pueblo, más que ser malvada conscientemente, tiende a dejarse corromper, y, debido a la simplicidad de su inteligencia, es más fácilmente víctima de un engaño considerable que de una pequeña mentira. Todo el mundo miente en cosas sin importancia, pero se avergonzaría de mentiras demasiado grandes. Tal falsedad es inimaginable para la masa, que no piensa en la posibilidad de un descaro semejante en los demás; sí, aun cuando lleguen a conocer la verdad, dudarán y vacilarán, y siempre creerán que hay algo de cierto en lo que se les dijo. Así, pues, siempre quedará algo de la mentira más descarada, hecho que conocen y explotan bien todos los virtuosos de la mentira y los grandes mixtificadores de este mundo” (Citado en “Pensamiento político moderno” de William Ebenstein-Taurus Ediciones SA-Madrid 1961).

El autor del mencionado artículo es Adolf Hitler, en su libro “Mi Lucha”, y tales tácticas las hemos sufrido en la Argentina principalmente durante el peronismo y el kirchnerismo. Incluso algunos aparentes opositores han utilizado procedimientos similares ante la posibilidad de lograr mayor cantidad de votos. Puede decirse que, con slogans, mentiras y odio, puede destruirse una sociedad, una nación y hasta la humanidad entera.

domingo, 19 de mayo de 2019

José Ingenieros ¿un hombre mediocre?

Luego de leer “El hombre mediocre”, el libro más conocido de José Ingenieros, al lector puede darle la sensación de que su autor adopta una escala de valores que ubica, sobre los valores morales, los aspectos intelectuales. Si se tiene en cuenta que existen personas con pocas aptitudes intelectuales y elevados valores morales, y también individuos instruidos con limitados atributos éticos, tal descalificación puede parecer injusta o prematura. El citado autor escribió: “El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra la acechanza de los inadaptables”.

“Su rencor a los creadores compénsase por su resistencia a los destructores. Los hombres sin ideales desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la evolución biológica; conservan y transmiten las variaciones útiles para la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza destinada a contrastar el poder disolvente de los inferiores y a contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios. La cohesión del conjunto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero –hay que decirlo- el cemento no es el mosaico”.

“Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación a pensar a ras de la tierra. Mediocre correspondería a Burgués…” (De “El hombre mediocre”-Editorial Época SA-México 1967).

La actitud despectiva hacia el hombre mediocre surge, posiblemente, porque tal tipo social tiende a oponerse a los cambios propuestos por ciertos agitadores de masas, como fue el caso de Ingenieros, que pretendían levantar una sociedad nueva sobre los escombros de la anterior, incluso con el alto costo de la pérdida de vidas inocentes; que habrían de ser, para el revolucionario, “vidas con poco valor”.

Ingenieros fue uno de los instigadores de la violencia que condujo, en 1919, a la “semana trágica”. Sergio Bagú escribió: “El orador fue ovacionado esa noche y, desde el día siguiente, su discurso fue el punto de ataque de la prensa. Los editoriales trasuntaban alarma y desde ellos no se le ahorró diatriba. Con su conferencia, Ingenieros rompió definitivamente con algunos círculos que hasta entonces habían respetado su valer de sabio, pero que no podían tolerar ahora su pública definición política. Su nombre aparecía en la calle como símbolo. Estar con él o contra él era apoyar o combatir una corriente”.

“Ya no fueron solamente los jóvenes quienes entraban en su consultorio para hablarle y escucharle, sino también dirigentes obreros, lo que inquietó seriamente a la policía, que finalizó poniéndole vigilancia permanente”. “La semana trágica, con sus 700 muertos y sus 4.000 heridos, quedó en la memoria de los porteños como pesadilla inconcebible” (De “Vida de José Ingenieros”-EUDEBA-Buenos Aires 1963).

Como buen socialista, entendió que son las minorías las que deben dirigir a la mayoría “mediocre”. Enrique Díaz Araujo escribió: “La obsesión de toda la vida de Ingenieros será la defensa de las minorías contra las mayorías populares. Por un motivo u otro –selección biológica, raza, educación, dinero, o lo que fuere- siempre estará dispuesto a quebrar lanzas por las minorías. No podía, pues, dejar de hacerlo en ocasión de la apología de los «maximalistas». Entonces dirá: «Las revoluciones son siempre la obra de minorías educadoras y actuantes… la gran masa es neutra y constituye siempre un obstáculo a cualquier género de proceso que la saca de sus hábitos y rutinas… las revoluciones verdaderamente principistas… alcanzan a todos y molestan a los amorfos, cuyo único ideal es seguir pastando tranquilamente, cerrando los ojos a todo beneficio ulterior»”.

“Como los «reaccionarios» se aprovechan de esta natural tendencia de la gente a seguir «pastando» -o, lo que es lo mismo, a no comer por debajo de su hambre, en no consentir alegremente el ayuno obligatorio que le imponen como norma los revolucionarios- se producen las represiones que Ingenieros llama «defensivas» de los profesionales de la Revolución. «¿Y cómo extrañar entonces los actos defensivos de Robespierre y de Marat, de Moreno y de Rivadavia, de Trotsky y de Lenin? La violencia no es la finalidad del revolucionario, sino la dolorosa defensa impuesta por las amenazas de los reaccionarios»” (De “José Ingenieros”-Ciudad Argentina-Buenos Aires 1998).

Ingenieros es un admirador de Lenin y acepta el terror y los asesinatos durante la Revolución bolchevique, por lo que escribió: “Se habló de terror. ¿Qué terror? ¿El de los zares que habían asesinado en las cárceles y en Siberia millones de ciudadanos que amaban la libertad, o el de los maximalistas que fusilaron unos cuantos centenares de domésticos que conspiraban para volverlos a la esclavitud?... Hay una verdad que es necesario afirmar, porque callarla equivaldría a mentir: comparando la revolución rusa con su congéneres, ella se caracteriza hasta ahora por cierta dulzura de procedimientos, casi angelicales frente a los de la gloriosa Revolución Francesa… sorprende que sus únicas víctimas… hayan sido una familia de autócratas, diez o veinte obispos, cuatro decenas de jefes militares y varios cientos de burócratas, espías y cosacos en cifras apenas apreciables en un imperio de tantos millones de habitantes…» (Citado en “José Ingenieros”).

Aunque Ingenieros escribiera libros sobre moral, mostraba defectos personales que llamaban la atención. Además de aceptar y apoyar con sus escritos los asesinatos políticos, tenía cierta predisposición a la burla. Díaz Araujo escribe al respecto: “Queda pues planteado el interrogante… ¿hasta dónde esta faceta de la vida de Ingenieros influyó sobre su condición de pensador? ¿Se trata de un caso psiquiátrico; de una de esas psicopatías a las que era tan afecto de investigar? ¿De un desdoblamiento de personalidad…?”.

“¿O era perfectamente normal y entonces vuelve a resurgir la opción: o humanitarista o fumista? Porque un hombre declaradamente «amante de la humanidad» no puede al mismo tiempo complacerse en la burla, en la fisga, en los bromazos al hombre concreto que llega ante él, ¿o no? Bagú dice a sus contemporáneos: «sorprendíales que este fisgón incurable fuera a la vez hombre de ciencia»”.

De la calumnia del socialista soberbio, no se salva ni siquiera Cristo. Al respecto, Ingenieros escribió: “El loco Jesús fue apóstol de una enfermiza decadencia, astro crepuscular ante una larga noche de la moral humana… Tuvo todas las suertes. No existían alienistas por ese entonces… Triunfó cuando para los cerebros enfermos nadie osaba entreabrir las puertas de un manicomio” (Citado en “José Ingenieros”).

Aunque los leninistas deploran toda religión, constituyen una nueva, que pretende reemplazar a todas las demás. Díaz Araujo escribe: “Por fin, al convertirse al bolchevismo, encontró otra fe, esta vez en Lenin y sus secuaces. Entonces escribió que la Revolución Rusa: «Ha asumido ciertos caracteres de verdadero misticismo, indispensables para servir con eficacia un ideal… Rusia es la galilea; los bolcheviques son los apóstoles. Se cree o no se cree en la Revolución Rusa; adherir a ella es un acto de fe en el porvenir, en la justicia, en el progreso moral de la humanidad. La actitud acrítica, durante la lucha, demuestra falta de fe y es obra de enemigos; los distingos y las reservas equivalen a negaciones»”.

Los diversos países se enorgullecen cuando desde ellos surgen personajes ilustres que hacen aportes concretos a favor de la humanidad. También se avergüenzan de aquellos que los desprestigian como simples sembradores de odio y discordia a nivel colectivo. De ahí que José Ingenieros llena parte del cupo de estos últimos. Su admirado Lenin fue el iniciador del terror totalitario y de los campos de concentración, procedimientos que luego adoptaron sus imitadores (Stalin y Hitler). Es por ello que, tanto intelectual como moralmente, Ingenieros haya sido bastante menos que mediocre.

sábado, 18 de mayo de 2019

Principios éticos vs. “Prejuicios” éticos

En las sociedades en decadencia podemos observar dos grupos más o menos definidos. En el primero encontramos personas orientadas por principios éticos impuestos a nivel familiar y también asimilados de una tradición social afín a la religión prevaleciente en otras épocas. En el segundo encontramos personas “orientadas” por el relativismo moral y que observan a las personas del primer grupo como individuos prejuiciosos que impiden el progreso de la sociedad. La decadencia social no es otra cosa que la lenta disminución del porcentaje de miembros del primer grupo y el simultáneo aumento del porcentaje de miembros del segundo grupo.

La palabra “prejuicio” indica un juicio previo que, por lo general, resulta desacertado. El prejuicioso tiende a ser una persona equivocada en sus ideologizadas opiniones; de ahí que sea descalificado por quienes así lo consideran. El sector descalificador pocas veces intenta comprender la enseñanza moral de los textos bíblicos, ya que apunta a burlarse de las incoherencias lógicas, los misterios y las simbologías insertas en escritos realizados algunos miles de años atrás. Si un físico de la actualidad se burlara del conocimiento científico de dos mil años atrás, lo miraríamos como un ignorante que desconoce el lento proceso asociado a la búsqueda de la verdad.

Existen dos formas principales de equivocarse. La primera, que podemos denominar “benigna”, es la del científico que comete errores al intentar establecer hipótesis descriptivas acerca del mundo real. Como la ciencia experimental se basa esencialmente en el método de “prueba y error”, el error es parte del proceso y constituye el camino inevitable y necesario para llegar a la verdad, siendo “la verdad” el error mínimo, o nulo, en el mejor de los casos.

La segunda manera de equivocarse, que podemos denominar “maligna”, es la de quien ignora toda instancia superior (Dios, ley natural, orden natural, etc.) para intentar imponer a sus semejantes criterios de validez personal o sectorial. Si el proceso civilizatorio implica esencialmente la adaptación del hombre al orden natural, el desconocimiento de dicho orden tiende a impedirlo.

En cada manifestación social y cultural tiende a manifestarse el segundo tipo de error, sazonado con una alta dosis de cinismo, como es el caso del sindicalista que reclama al gobierno de turno por el nivel de desempleo existente, cuando es el propio sindicalista quien presiona por la imposición de excesivas ventajas laborales para el empleado, desconociendo la imposibilidad empresarial de cumplir con tales demandas. El abanderado de la promoción del trabajo y la ocupación laboral, es el principal causante de la desocupación crónica en un país.

El político populista aduce que su misión en la sociedad es la defensa de los pobres y la erradicación de la pobreza, promoviendo la redistribución de las riquezas creadas por el sector empresarial sin la contraprestación laboral respectiva. Tal político basa su prédica en una abierta discriminación social contra el sector productivo (presunto culpable de todos los males sociales) mientras que irresponsablemente ubica al vago y al inepto como víctimas inocentes de la “maldad empresarial” promoviendo el odio social y la vagancia crónica en los sectores auto-marginados.

Al sugerir a los sectores menos favorecidos de la sociedad de que “somos un país rico” y que el Estado tiene la obligación de alimentarlos, promueve la vagancia crónica de jóvenes que no trabajan ni estudian. Tampoco pueden aprender un oficio por cuanto el trabajo de menores está penalmente castigado. De ahí que, cuando el joven llega a la mayoría de edad, nadie querrá darle trabajo, por cuanto no tiene una capacitación previa y ni siquiera una predisposición mínima hacia el trabajo y la responsabilidad laboral. Sin embargo, pretende recibir un “sueldo digno” por cuanto sólo piensa en sus derechos y poco o nada en sus deberes. Incluso no deja de lado la posibilidad de entablar alguna demanda contra su empleador para poder así participar activamente de la floreciente “industria del despido”.

Teniendo en mente el socialismo teórico (nunca el socialismo real), quienes redactan las leyes y quienes las hacen cumplir, sostienen que todos los males sociales se deben a una “injusta distribución de la riqueza” y no a una injusta distribución de deberes y responsabilidades. De ahí que el delincuente urbano sea considerado como una inocente víctima de la sociedad y que sus acciones delictivas son una justa venganza ante un medio social que lo excluyó previamente (ya que no lo alimentó ni tampoco alimentó gratuitamente a sus extramatrimoniales hijos). La “Justicia” se convierte entonces en una promotora deliberada de la delincuencia, por cuanto intercambia las categorías de culpable e inocente, favoreciendo de esa manera el auge de la inseguridad y de la violencia urbana.

El ámbito educativo ha sido usurpado empleándoselo como un medio de adoctrinamiento político en el cual el alumno debe aprender a rechazar todas las ideas, costumbres y creencias de la “perversa” sociedad burguesa y capitalista. Como la ética cristiana ha sido la base de tal sociedad “excluyente”, se la adopta como referencia obligada para hacer todo lo contrario a lo que sugiere. Se promueve, además, el relativismo con sus tres variantes: moral, cultural y cognitivo.

El hombre-masa sólo tiene derechos, y no obligaciones. De ahí que a las mujeres se les otorga el derecho a realizar abortos, sin culpa alguna, para evitarle la incomodidad de intentar aprender alguna forma de evitarlo. Los promotores del aborto, poco o nada tienen en cuenta el posible arrepentimiento posterior y daño psicológico de la mujer que fue inducida a tan aberrante acción, ya que poco o nada les interesa la vida de esas mujeres, ya que el objetivo final es la destrucción de la sociedad burguesa-capitalista.

La promoción abierta de la homosexualidad apunta a descalificar a quienes se orientan por las leyes naturales sosteniendo, además, que la intimidad de las personas no debiera trascender del medio privado. Se ataca a quienes se oponen a tal promoción acusándolos de “discriminadores”. Quienes se orientan por las leyes naturales, verán como un mal ejemplo, para sus hijos, la promoción, en escuelas públicas, de actitudes centradas en una prematura y extramatrimonial sexualidad. Se les inculca a los niños que su futura felicidad dependerá esencialmente de su “identidad sexual” en lugar de que dependa de sus vínculos afectivos, familiares y sociales.

El alejamiento del proceso civilizatorio, es decir, del proceso de adaptación cultural al orden natural, llega al extremo cuando se aduce que la masculinidad y la feminidad son “construcciones sociales” y no productos de las leyes naturales asociadas a la evolución biológica. Mientras que las sociedades normales tienden a favorecer y a acentuar los atributos de hombre o de mujer en niños y niñas, respetando la “voluntad” de la naturaleza, los promotores de la contra-cultura aducen que tales atributos no provienen de lo biológico, sino de la influencia del medio y que por ello no se los debe acentuar en el sentido indicado. Indirectamente, tales agentes contra-culturales tratan de ser quienes definirán en el futuro las bases culturales del individuo y de la sociedad, es decir, de una “cultura” desvinculada totalmente del orden natural y de las leyes naturales que lo conforman.

La idea de la igualdad entre seres humanos surge del concepto de ley natural que gobierna a todos y cada uno de nosotros. Por el contrario, los falsos promotores de la igualdad, que son los verdaderos promotores de la desigualdad, son quienes siempre advierten diferencias entre sectores para introducir la odiosa cuña separadora que favorece los antagonismos; entre ricos y pobres, burgueses y proletarios, hombre y mujer, heterosexual y homosexual, creyente y ateo, dominador y dominado, es decir, ven innumerables posibilidades para sembrar odio y discordia entre los diversos sectores de la sociedad.

Quien fundamenta sus pensamientos y sus acciones en el orden natural, tiende a hablar y a pensar en “nosotros los seres humanos”. El promotor de odio tiende siempre a hablar y a pensar en “ellos” (el enemigo) y “nosotros” (el sector al que pertenece o ampara). Incluso ha llegado a la absurda tarea de distorsionar el lenguaje para introducir una supuesta inclusividad, que pocos desconocían. Cuando la persona normal habla del hombre, tiende a referirse a todo el género humano, sin menospreciar a la mujer (su madre, su esposa o su hija) que por lo general es el ser que más valora.

Los promotores de nacionalismos y culturalismos regionales desconocen la civilización humana y la cultura universal, compatibles con el orden natural, ya que buscan modelos sociales en competencia sin referencia alguna a ese orden. De ahí que se llega al extremo de rechazar todo lo extranjero, no porque sea malo, sino porque es ajeno a la “cultura” propia.