martes, 28 de julio de 2020

Factores de seguridad en política y economía

En las distintas ramas de la ingeniería y de la industria, se establecen normas de seguridad que, por lo general, encarecen los productos; pero brindan al usuario cierta certeza respecto de la confiabilidad de los mismos. Así, entre las normas establecidas para la construcción de viviendas en zonas sísmicas, se encuentra aquella que exige que cada columna y cada viga sean calculadas para soportar un peso cuatro veces mayor al peso real que deban soportar.

En el caso de la economía, se hace evidente la necesidad de establecer algunos criterios de seguridad, principalmente para evitar la pobreza generalizada y la riqueza desmedida de unos pocos. Este es el caso de los países en que se observan muy pocas empresas, o bien unos pocos monopolios privados o, principalmente, un gran monopolio estatal. Para evitar esos males, el liberalismo propone la economía de mercado establecida bajo la competencia de muchas empresas. De esa manera se evitan los inconvenientes que pueden presentar los grandes monopolios. Es oportuno destacar que existen monopolios privados "naturales" que no son los culpables de que no se les haga competencia, especialmente en países en donde la mayoría prefiere ser empleado estatal.

Por el contrario, los sistemas socialistas no buscan una distribución de la responsabilidad productiva ni tampoco una división de poderío económico; poderío que puede a veces ser negativo para la sociedad. Por el contrario, al proponer la estatización de los medios de producción, favorece la creación de un gran monopolio estatal, que acentúa todos y cada uno de los defectos que los socialistas critican de las economías capitalistas; en realidad, pseudocapitalistas en el caso de existir monopolios dominantes. Si uno le pregunta a un socialista la razón por la cual los monopolios privados son "malos" mientras que un gran monopolio estatal es "bueno", dirá seguramente que en el primer caso será dirigidos por "explotadores" laborales mientras que ellos, los socialistas, al poseer cierta "superioridad moral", no cometerán tal abuso.

En el caso de la política ocurre algo similar. Así, para evitar los posibles excesos asociados a un poder ilimitado de los gobernantes, el liberalismo propone la división de poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo, Judicial) como también la renovación de los gobiernos mediante elecciones periódicas. Por el contrario, los socialistas proponen un poder centralizado y un partido político único, sin elecciones en las que participen los gobernados, creando todas las condiciones propicias para el surgimiento de verdaderas catástrofes sociales, como las acontecidas en Rusia, China y otros países durante el siglo XX.

Si bien el mando político centralizado no necesariamente ha de conducir a una catástrofe social, las condiciones establecidas brindan pocas garantías para evitarla en casos extremos, como aquel en que accede al poder alguien mentalmente perturbado. Tampoco los sistemas democráticos brindan garantías de seguridad inobjetables, ya que el sistema es pervertido por políticos con fallas morales. En todos los casos, se advierte que no existe el "sistema económico y el sistema político perfectos", que aseguren el éxito esperado, ya que siempre influyen los aspectos éticos asociados tanto a gobernantes como al pueblo.

Para ilustrar las posturas de los promotores de ambos sistemas, es decir, del inseguro y del seguro, se transcribe un diálogo imaginario entre la figura más representativa del primero (Maquiavelo) y la del segundo (Montesquieu):

MAQUIAVELO:

El hombre experimenta mayor atracción por el mal que por el bien; el temor y la fuerza tienen mayor imperio sobre él que la razón. Todos los hombres aspiran al dominio y ninguno renunciaría a la opresión si pudiera ejercerla. Todos o casi todos están dispuestos a sacrificar los derechos de los demás por sus intereses.

¿Qué es lo que sujeta a estas bestias devoradoras que llamamos hombres? En el origen de las sociedades está la fuerza brutal y desenfrenada, más tarde, fue la ley, es decir, siempre la fuerza, reglamentada formalmente. Habéis examinado los diversos orígenes de la historia; en todos aparece la fuerza anticipándose al derecho.

La libertad política es sólo una idea relativa; la necesidad de vivir es lo dominante en los Estados como en los individuos.

En algunas latitudes de Europa, existen pueblos incapaces de moderación en el ejercicio de la libertad. Si en ellos la libertad se prolonga, se transforma en libertinaje; sobreviene la guerra civil o social, y el Estado está perdido, ya sea porque se fracciona o se desmembra por efecto de sus propias convulsiones o porque sus divisiones internas los hacen fácil presa del extranjero. En semejantes condiciones, los pueblos prefieren el despotismo a la anarquía. ¿Están equivocados?

¿Podemos conducir masas violentas por medio de la pura razón, cuando a éstas sólo las mueven los sentimientos, las pasiones y los prejuicios?

Que la dirección del Estado esté en manos de un autócrata, de una oligarquía o del pueblo mismo, ninguna guerra, ninguna negociación, ninguna reforma interna podrán tener éxito sin ayuda de estas combinaciones que al parecer desaprobáis, pero que os hubieran visto obligado a emplear si el rey de Francia os hubiese encomendado el más trivial de los asuntos estatales.

¡Pueril reprobación la que afecta al Tratado del Príncipe! ¿Tiene acaso la política algo que ver con la moral? ¿Habéis visto alguna vez un Estado que se guiase de acuerdo con los principios rectores de la moral privada? En ese caso, cualquier guerra sería un crimen, aunque se llevase a cabo por una causa justa; cualquier conquista sin otro móvil que la gloria, una fechoría...¡Únicamente lo fundado en el derecho sería legítimo! La fuerza es el origen de todo poder soberano o, lo que es lo mismo, la negación del derecho. ¿Quiere decir que proscribo a este último? No; mas lo considero algo de aplicación limitada en extremo, tanto en las relaciones entre países como en las relaciones entre gobernantes y gobernados.

Por otra parte, ¿no advertís que el mismo vocablo «derecho» es de una vaguedad infinita? ¿Dónde comienza y dónde termina? ¿Cuándo existe derecho y cuándo no? Daré ejemplos: Tomemos un Estado: la mala organización de sus poderes públicos, la turbulencia de la democracia, la impotencia de las leyes contra los facciosos, el desorden que reina por doquier, lo llevan al desastre. De las filas de la aristocracia o del seno del pueblo surge un hombre audaz que destruye los poderes constituidos, reforma las leyes, modifica las instituciones y proporciona al país veinte años de paz. ¿Tenía derecho a hacer lo que hizo?

Con un golpe de audacia, Pisistrato se adueña de la ciudadela y prepara el siglo de Pericles. Bruto viola la constitución monárquica de Roma, expulsa a los Tarquinos y funda a puñaladas una república, cuya grandeza es el espectáculo más imponente que jamás haya presenciado el universo. Empero, lucha entre el patriciado y la plebe, que mientras fue contenida estimuló la vitalidad de la república, lleva a esta a la disolución y a punto de perecer. Aparecen entonces César y Augusto. También son conculcadores; pero gracias a ellos, el Imperio romano que sucede a la república perdura tanto como esta; y cuando sucumbe, cubre con sus vestigios al mundo entero.

Pues bien ¿estaba el derecho de parte de esos audaces? Según vos, no. Y sin embargo, las generaciones venideras los han cubierto de gloria; en realidad, sirvieron y salvaron a su país y prolongaron durante siglos su existencia. Veis entonces que en los Estados el principio del derecho se halla sujeto al del interés y de estas consideraciones se desprende que el bien puede surgir del mal; que se llega al bien por el mal, así como algunos venenos nos curan y un corte de bisturí nos salva la vida. Menos me he cuidado de lo que era bueno y moral que de lo útil y necesario; tomé las sociedades tal como son y establecí las normas consiguientes.

Hablando en términos abstractos, la violencia y la astucia ¿son un mal? Sí, pero es necesario para gobernar a los hombres, mientras los hombres no se conviertan en ángeles.

Cualquier cosa es buena o mala, según se la utilice y el fruto que dé; el fin justifica los medios; y si ahora me preguntáis por qué yo, un republicano, inclino todas mis preferencias a los gobiernos absolutos, os contestaré que, testigo en mi patria de la inconstancia y cobardía de la plebe, de su gusto innato por la servidumbre, de su incapacidad de concebir y respetar las condiciones de una vida libre; es a mis ojos una fuerza ciega, que tarde o temprano se deshace si no se halla en manos de un solo hombre; os respondo que el pueblo, dejado a su arbitrio, sólo sabría destruirse; que es incapaz de administrar, de juzgar, de conducir una guerra. Os diré que el esplendor de Grecia brilló tan sólo durante los eclipses de la libertad; que sin el despotismo de la aristocracia romana, y más tarde el de los emperadores, la deslumbrante civilización europea no se hubiese desarrollado jamás.

MONTESQUIEU:

Nada de nuevo tienen vuestras doctrinas para mí, Maquiavelo; y si experimento cierto embarazo en refutarlas, se debe no tanto a que ellas perturban mi razón, sino a que, verdaderas o falsas, carecen de base filosófica. Comprendo perfectamente que sois ante todo un hombre político, a quien los hechos tocan más de cerca que las ideas. Admitiréis, empero, que, tratándose de gobiernos, se llega necesariamente al examen de los principios. La moral, la religión y el derecho no ocupan lugar alguno en vuestra política. No hay más que dos palabras en vuestra boca: fuerza y astucia.

Si vuestro sistema se reduce a afirmar que la fuerza desempeña un papel preponderante en los asuntos humanos, que la habilidad es una cualidad necesaria en el hombre de Estado, hay en ello una verdad de innecesaria demostración; pero si erigís la violencia en principio y la astucia en precepto de gobierno, el código de la tiranía no es otra cosa que el código de la bestia, pues también los animales son hábiles y fuertes y, en verdad, solo rige entre ellos el derecho de la fuerza brutal. No creo, sin embargo, que hasta allí llegue vuestro fatalismo, puesto que reconocéis la existencia del bien y del mal.

Vuestro principio es que el bien puede surgir del mal, y que está permitido hacer el mal cuando de ello resulte un bien. No afirmáis que es bueno en sí traicionar la palabra empeñada, ni que es bueno emplear la violencia, la corrupción o el asesinato. Decís: podemos traicionar cuando ello resulta útil, matar cuando es necesario, apoderarnos del bien ajeno cuando es provechoso. Me apresuro a agregar que, en vuestro sistema, estas máximas sólo son aplicables a los príncipes, cuando se trata de sus intereses o de los intereses del Estado. En consecuencia, el príncipe tiene el derecho de violar sus juramentos, puede derramar sangre a raudales para apoderarse del gobierno o para mantenerse en él; le es dado despojar a quienes ha proscripto; abolir todas las leyes, dictar otras nuevas y a su vez violarlas; dilapidar las finanzas, corromper, oprimir, castigar y golpear sin descanso.

(Extractos del "Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu" de Maurice Joly-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1977).

domingo, 26 de julio de 2020

El disfraz democrático

El político profesional, que es apto y exitoso en su oficio, no es generalmente sólo un hábil tergiversador de la verdad sino también un hábil utilizador de disfraces ideológicos que le permiten embaucar con cierta facilidad a las crédulas masas. Esto puede observarse, en lo económico, cuando el político socialista, con disfraz democrático, promueve la confiscación legal de las ganancias empresariales, aunque respetando la propiedad privada de los medios de producción. Sin embargo, los excesivos impuestos exigidos al sector productivo implican una confiscación parcial de la propiedad privada, comparable a la expropiación total. El productor, sin embargo, es dueño tanto del árbol como de sus frutos, aunque el político convenza a la mayoría que esos frutos pertenecen a la sociedad en general, incluso a quienes poco o nada trabajan.

En cuanto a lo político, sucede otro tanto, ya que arreglan leyes y reglamentos de manera de disponer de un absoluto control del Estado con la posibilidad adicional de perpetuarse en el poder. Para ello desarrollan argumentos aceptados por la sociedad para que ésta crea que se trata de una legalización democrática que beneficia a todos por igual. Jean-François Revel escribió: "El problema propuesto consiste en saber cómo puede injertarse un poder autoritario en una sociedad acostumbrada de larga data a las instituciones liberales. Se trata de definir un «modelo» político que difiera de la verdadera democracia y de la dictadura brutal".

"Montesquieu sostiene la tesis del continuo progreso de la democracia, de la liberación y legalización crecientes de las instituciones y costumbres que harán imposible el retorno a ciertas prácticas. (¡Ay!, cuántas veces hemos escuchado ese «imposible» optimista... y cuántas veces, a quienes me aseguran que las cosas ya nunca volverán a ser como eran antes, desearía responderles: «Tiene usted razón, serán peores»)".

"Así como el despotismo «oriental», desde la muerte de Stalin, ha demostrado ser viable en forma colegiada y sin culto de la personalidad, al cual se lo creía ligado; así el despotismo moderno...parece viable independientemente del «poder personal» al que nosotros espontáneamente lo vincularíamos".

"Que el autoritarismo sea personal o colegiado es una cuestión secundaria; lo que importa es la confiscación del poder, los métodos que es preciso seguir para que dicha confiscación sea tolerada -es decir, para que pase en gran parte inadvertida- por los ciudadanos integrantes del grupo de aquellas sociedades que pertenecen históricamente a la tradición democrática occidental".

"¿Acaso no nos hallamos en un terreno conocido cuando leemos que el despotismo moderno se propone «no tanto violentar a los hombres como desarmarlos, no tanto combatir sus pasiones políticas como borrarlas, menos combatir sus instintos que burlarlos, no simplemente proscribir sus ideas sino trastocarlas, apropiándose de ellas»?".

"El despotismo moderno no debe de ninguna manera suprimir la libertad de prensa, lo cual sería una torpeza, sino canalizarla, guiarla a la distancia, empleando mil estratagemas...La más inocente de tales artimañas es, por ejemplo, la de hacerse criticar por uno de los periódicos a sueldo a fin de mostrar hasta qué punto se respeta la libertad de expresión. A la inversa de lo que ocurre en el despotismo oriental, conviene al despotismo moderno dejar en libertad a un sector de la prensa (suscitando, empero, una saludable propensión a la autocensura por medio de un depurado arte de la intimidación)" (Del Prefacio del "Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu" de Maurice Joly-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1977).

La perversa infiltración en todos los sectores del Estado y de la sociedad es necesaria para establecer un dominio total sobre una nación. En la actualidad podemos advertir este proceso en el caso del kirchnerismo, que apunta hacia objetivos similares al del chavismo venezolano, o al del peronismo original, pero con mayor habilidad y disimulo. Estos procedimientos ya fueron advertidos en el siglo XIX por Maurice Joly, siendo sintetizado su libro en el prefacio que se está transcribiendo parcialmente. Revel agrega: "Se trate de la destrucción de los partidos políticos y de las fuerzas colectivas, de quitar prácticamente al Parlamento la iniciativa con respecto a las leyes y transformar el acto legislativo en una homologación pura y simple, de politizar el papel económico y financiero del Estado a través de las grandes instituciones de crédito, de utilizar los controles fiscales, ya no para que reine la equidad fiscal sino para satisfacer venganzas partidarias e intimidar a los adversarios".

"De hacer y deshacer constituciones sometiéndolas en bloque al referéndum, sin tolerar que se las discuta en detalle, de exhumar viejas leyes represivas sobre la conservación del orden para aplicarlas en general fuera del contexto que les dio nacimiento (por ejemplo, una guerra extranjera que terminó hace rato), de crear jurisdicciones excepcionales, cercenar la independencia de la magistratura, definir el «estado de emergencia», fabricar diputados «incondicionales»".

"Promover una civilización policial, impedir a cualquier precio la aplicación del habeas corpus; nada de todo esto omite este manual del déspota moderno sobre el arte de transformar insensiblemente una república en un régimen autoritario o, de acuerdo con la feliz fórmula de Joly, sobre el arte de «desquiciar» las instituciones liberales sin abrogarlas expresamente. La operación supone contar con el apoyo popular y que el pueblo (lo repito por ser indispensable) esté subinformado; que, privado de información, tenga cada vez menos necesidad de ella, a medida que le vaya perdiendo el gusto".

"Pretender que un detentador del poder no es un dictador porque no se asemeja a Hitler equivale a decir que la única forma de robo es el asalto, o que la única forma de violencia es el asesinato. Lo que caracteriza a la dictadura es la confusión y concentración de poderes, el triunfo de la arbitrariedad sobre el respeto a las instituciones, sea cual fuere la magnitud de tal usurpación; lo que la caracteriza es que el individuo no está jamás al abrigo de la injusticia cuando solo la ley lo ampara".

"El totalitarismo exige mucho más del ciudadano que, a su modo, la dictadura o la «democradura». Estas últimas no se interesan más que por el poder político y el económico. Si el ciudadano no molesta y no dice nada, no tendrá problemas. Basta con su pasividad. El totalitarismo, en cambio, pretende hacer de cada ciudadano un militante. La sumisión no le basta, exige el fervor. La diferencia entre un régimen simplemente autoritario y uno totalitario está en que el primero quiere que no se le ataque, y el segundo considera un ataque todo lo que no es un elogio. Al primero le basta con que no se le desfavorezca; el segundo pretende además que nada se haga que no le favorezca".

En los países subdesarrollados se admira generalmente la "inteligencia" de quienes son capaces de adquirir un ilimitado poder sobre la nación, aunque el costo sea pagado con el sufrimiento de gran parte de la población. Por el contrario, deberíamos considerar "inteligente", y admirarlo verdaderamente, a quien logra administrar el Estado beneficiando a toda la población. Destruir es mucho más simple que construir.

viernes, 24 de julio de 2020

Alberdi entrevista a Juan Manuel de Rosas

ROSAS EN EL DESTIERRO

Por Juan Bautista Alberdi

Londres, 18 de octubre de 1857

Anoche conocí a Rosas. Consentí en encontrarme con él en casa de Mr. Dickson, por sus actuales circunstancias. Procesado sin discernimiento ni derecho, quise protestar en cierto modo contra eso tratándole. Su actitud respetuosa a la nación y a su gobierno nacional, me han hecho menos receloso hacia él.

Hablaba en inglés con las damas cuando yo entré. El Sr. Dickson nos presentó y me dio la mano con palabras corteses. Poco después me habló aparte, sentándonos en sillas puestas por él ambas. Me encargó de asegurar al general Urquiza la verdad de lo que me decía como a su representante en estas cortes: "Que estaba intensamente reconocido por su conducta recta y justa hacia él: que si algo poseía hoy para vivir, a él se lo debía". Me renovó a mí sus palabras de respeto y sumisión al gobierno nacional.

Al verle le hallé más viejo de lo que creía, y se lo dije. Me observó que no era para menos, pues tenía sesenta y cuatro años.

Al ver su figura toda, le hallé menos culpable a él que a Buenos Aires por su dominación, porque es la de uno de esos locos y medianos hombres en que abunda Buenos Aires, deliberados, audaces para la acción y poco juiciosos. Buenos Aires es el que pierde de concepto a los ojos del que ve a Rosas de cerca. ¿Cómo ha podido ese hombre dominar a ese pueblo a tanto extremo?, es lo que uno se repite dentro de sí al conocerle.

Habló mucho. Habla inglés, mal, pero sin detenerse, con facilidad.

Es jovial y atento en sociedad.

Después de la mesa, cuando se alejaron las señoras, habló mucho de política: casi siempre se dirigió a mí, y varias veces vino a mi lado. Me llamaba señor ministro y a veces paisano; otras por mi nombre.

Acababa de leer él todo lo que trajo el vapor de antes de ayer sobre su proceso. No por eso estaba menos jovial y alegre.

-Me llaman por edictos- decía: -¿pues estoy loco para ir a entregarme para que me maten?.

Niega a Buenos Aires el derecho a juzgarlo. Repite como de memoria las palabras de su protesta. Dice que el Gobierno, la autoridad soberana o superior a que en ella alude, es el Gobierno de la Nación o Confederación, no el de Buenos Aires.

Le oí que Anchorena era el exclusivo autor y partidario del aislamiento de Buenos Aires, como ciudad escéptica. Se quejó de Anchorena: le calificó de ingrato.

Recordó que al acercarse Urquiza a Buenos Aires, Anchorena le dijo a él (a Rosas), que si triunfaba Urquiza "no le quedaría más medio que agarrarse de los faldones de la casaca de Urquiza y correr su suerte, aunque fuese al infierno, y en seguida, le abandonó". Recordó que toda su fortuna la había hecho bajo su influencia.

Habló con moderación y respeto de todos sus adversarios, incluso de Alsina.

Recordó que el decreto que ordenó la ejecución de los de San Nicolás está legalizado por Maza (?). Él no niega el hecho de esa ejecución: lo califica de hecho político, de la guerra civil de esa época.

Habló mucho de caballos, de perros, de sus simpatías por la vida inglesa, de su pobreza actual, de sus economías, de su caballo y de los caballos ingleses.

No es ordinario. Está bien en sociedad. Tiene la fácil y suelta expedición de un hombre acostumbrado a ver desde alto al mundo. Y, sin embargo, no es fanfarrón ni arrogante, tal vez por eso mismo, como sucede con los lores de Inglaterra; las más suaves y amables gentes del país.

Su fisonomía no es mala. Se parece poco a sus retratos. La cabeza es chica, y la frente, echada atrás, es bien formada, más bien que alta. Los ojos son chicos. Está cano. No tenía bigotes ni patilla. No estaba bien vestido: no tenía ropa en Londres. Ha venido por quince días a imprimir y publicar su protesta.

Me dijo que no había sacado plata de Buenos Aires, pero sí todos sus papeles históricos, en cuya autoridad descansaba. Él dice que guarda sus opiniones, sin perjuicio de su respeto por la autoridad de la nación.

Recordó que él no había echado a Rivadavia, ni hubiera rehusado recibirlo. Fue bajo Viamonte, según dijo, el destierro de aquél.

Después de Balcarce, ningún porteño en Europa me ha tratado mejor que Rosas, anoche, como a representante de la Confederación Argentina.

(De "Autobiografía"-Editorial Jackson de Ediciones Selectas-Buenos Aires 1945)

miércoles, 22 de julio de 2020

Ni demasiado individual, ni demasiado social

"Los extremos son malos"; hemos escuchado muchas veces. Esto vale también para cada ser humano que, por naturaleza, necesita de sus semejantes para poder vivir. Uno de esos extremos es el egoísmo, actitud por la cual un individuo se separa del resto de la sociedad renunciando a su esencia social, es decir, desnaturalizando un tanto lo que el proceso evolutivo ha impuesto. Al adoptar esa predisposición, renuncia a ser favorecido por el medio social y renuncia también a favorecer de alguna manera a los demás.

Algunos cristianos, en el pasado, se alejaban de la sociedad. De esa manera no tenían posibilidad de hacer el mal, pero tampoco de hacer el bien. De ahí que no existía en ellos predisposición alguna a poner en práctica el "amarás al prójimo como a ti mismo", ya que ignoraban al prójimo junto al mencionado mandamiento, por lo cual su carácter de cristianos ofrecía muchas dudas.

En el otro extremo se encuentra la actitud del hombre-masa, que renuncia a todo individualismo, para tomar como referencia lo que la mayoría hace o piensa; para hacer lo que todos hacen y pensar lo que todos piensan. La divulgación e intensificación de esta postura, para ser impuesta contra la voluntad de muchos, ha sido puesta en práctica por los totalitarismos; sociedades en las cuales el individuo debe renunciar a sus ambiciones, preferencias y hasta sus atributos personales, para adaptarse a la voluntad de quienes dirigen al Estado. Los colectivismos socialistas adoptaron, consciente o inconscientemente, el modelo de una colmena o de un hormiguero, en lugar de tratar de lograr una sociedad netamente humana.

El término medio lo constituye el individuo que trata de desarrollar tanto sus potencialidades como sus proyectos personales, compatibles con un beneficio simultáneo para su persona y para la sociedad. De ahí que deba rechazarse la supuesta equivalencia entre "egoísmo" e "individualismo", como maliciosamente los colectivistas aducen, para descalificar como "egoístas" a quienes rechazan la posibilidad de ser esclavizados mental y materialmente.

Desafortunadamente, desde algunos sectores "capitalistas" se convalida tal confusión por cuanto predican "la virtud del egoísmo", a pesar de que figuras importantes del liberalismo, como Ludwig von Mises, le dan sentido a la economía de mercado, o capitalismo, bajo la finalidad de una "cooperación social". Esto se evidencia en el acto básico de la economía de mercado: el intercambio. Para que los intercambios sean duraderos, ambas partes intervinientes deben beneficiarse simultáneamente, de lo contrario los intercambios cesarán de inmediato. De ahí que la actitud adecuada, para que se prolonguen en el tiempo, no puede ser el egoísmo, sino la cooperación entre individuos.

Cierta confirmación de que "los extremos son malos" la encontramos en los estudios de Emile Durkheim respecto del suicidio. Demás está decir que el suicidio es algo indeseable por cuanto resulta ser una acción motivada por un estado personal que resulta insoportable, llevando al individuo a evadir ese sufrimiento poniendo fin a su vida. Entre las conclusiones obtenidas por Durkheim se encuentra que la mayor cantidad de suicidios se da en las personas muy poco vinculadas a la sociedad y también a las muy vinculadas a la sociedad.

Por lo general se cree que los individuos cuyas vidas dependen totalmente del Estado, con poco margen para las decisiones individuales, se han de sentir integrados a la sociedad. Sin embargo, bajo los sistemas comunistas, se producía una "atomización" social promovida por el temor a la delación por parte de personas cercanas y a la posterior represalia por parte de los organismos de control social. De ahí los altos índices de suicidio que había, por ejemplo, en la Hungría socialista.

En cuanto a las actitudes extremas consideradas por Durkheim, Neil J. Smelser escribió: "Queda claro por ahora que Durkheim no estaba manejando una simple lista desorganizada de causas y efectos en relación con el suicidio. Los diversos tipos de cohesión social (egoísmo, altruismo, anomia, fatalismo) son variables independientes; la tasa de suicidios, dependiente. Asimismo, los cuatro tipos constituyen dos pares de conceptos opuestos. El egoísmo es una condición de excesiva desvinculación del individuo respecto de la comunidad; el altruismo, una condición de muy débil desvinculación. La anomia es una condición de muy escasa regulación por las expectativas normativas; el fatalismo, una condición de regulación demasiado grande. Tal es la estructura básica del sistema teórico de Durkheim".

"Nuestra discusión de la estructura lógica del esquema teórico de Durkheim ha revelado ya su hipótesis principal: los dos extremos de la cohesión social -o demasiada o demasiada poca- ocasionan altas tasas de suicidio. Dado que especificó dos dimensiones de la cohesión -integración y regulación- esta hipótesis principal se disuelve en cuatro versiones. Con respecto a la integración, el egoísmo y el altruismo contribuyen ambos a tasas altas de suicidio, con una tasa inferior oscilando entre ambos extremos, donde más o menos uniformemente se equilibran los intereses individuales y los intereses colectivos" (De "Teoría Sociológica" de N.J. Smelser y R.S Warner-Editorial Espasa-Calpe SA-Madrid 1982).

martes, 21 de julio de 2020

Liderazgo libertario vs. Liderazgo socialista

Si bien la igualdad entre seres humanos es algo deseable y valorado por todos los sectores, o por la mayor parte de ellos, toda organización social ha de funcionar adecuadamente si existe un orden jerárquico de responsabilidades y de toma de decisiones. Es decir, si se le exige al gerente de una empresa que la misma funcione adecuadamente, se le debe conceder el liderazgo correspondiente en la toma de decisiones. De ahí que en todo sector de la sociedad exista este tipo de desigualdad, que poco tiene que ver con la igualdad ante la ley y la igualdad como integrante de la humanidad, que debemos respetar en todo ser humano.

Los diversos liderazgos que podemos encontrar, han sido resumidos por algunos autores en cuatro, que tienen en cuenta el protagonismo que pueden tener tanto el líder como los subalternos. Cuando predomina totalmente el primero, tenemos un liderazgo autoritario (o autocrático); cuando el predominio es poco perceptible, el liderazgo será democrático. Como existen casos intermedios, además de los mencionados, la clasificación será la siguiente:

a) Autocrático dirigista
b) Autocrático permisivo
c) Democrático dirigista
d) Democrático permisivo

Demás está decir que el resultado de toda gestión de mando depende de ambas partes, y que un liderazgo democrático permisivo puede fracasar si el grupo de subalternos es rebelde e indisciplinado, mientras que los mejores resultados se lograrán con tal tipo de liderazgo bajo la condición de que el grupo subalterno sea disciplinado y capaz.

El liderazgo democrático permisivo, que a veces se califica como débil o blando, es eficaz cuando el líder "obliga moralmente" al subalterno a cumplir con eficacia sus funciones. Esta obligación moral implica que el líder tiene en alta estima al subalterno, "elevándolo" de tal manera que éste tema defraudar las esperanzas puestas en él. El subalterno teme su autocastigo moral por cuanto tiene amor propio suficiente. Esta es la forma en que el subalterno se esmera en dar todo lo que potencialmente puede.

Por el contrario, cuando el líder democrático permisivo espera mucho de sus dirigidos, pero éstos carecen de amor propio suficiente, los resultados estarán lejos de ser los óptimos. En este caso, un liderazgo más adecuado puede ser el autocrático dirigista, aunque seguramente no logrará grandes resultados, ya que los subalternos, con poco amor propio, estarán limitados al cumplimiento de órdenes concretas sin tratar de contribuir con algo creativo o singular. Esta vez actuarán con limitada eficacia ante el temor de una sanción exterior, impuesta por el líder.

En cuanto a los efectos de uno y otro tipo de liderazgo, se advierte que el democrático permisivo es el que tiende a inducir al subalterno a actuar en libertad y a desarrollar todas sus potencialidades personales. Por el contrario, el liderazgo autocrático dirigista tiende a acostumbrar al subalterno a depender siempre de la dirección o gobierno personal del líder, limitando sus potencialidades hasta prácticamente anularlas.

En los casos de los sistemas políticos y económicos sucede algo similar. Así, el mando democrático permisivo ha de ser el impulsado por el liberalismo, ya que apunta hacia la libertad individual limitando al máximo el gobierno mental y material del hombre sobre el hombre. El mando socialista, por el contrario, apunta a la total dependencia del ciudadano respecto del líder a cargo del Estado, incluyendo tanto una dependencia mental como material.

En épocas de severa crisis moral, se supone que las dictaduras totalitarias son "necesarias" para resolver la situación, y que las democracias son "débiles" para solucionarla. Sin embargo, debe tenerse presente que en toda sociedad, aún en épocas de crisis, existen tanto "justos" como "pecadores", y que los liderazgos socialistas poco hacen por mejorar la moral de la sociedad. Debe recordarse que los socialismos del siglo XX (fascismo de Mussolini, nacional-socialismo de Hitler y comunismo de Lenin-Stalin), que proponían mejorar lo que las "débiles democracias" no podían, terminaron empeorando las cosas hasta niveles catastróficos. Adicionalmente, los sistemas totalitarios, con economías dirigidas desde el Estado, agregan la posibilidad de una mayor corrupción debido al alto nivel burocrático inherente a la injerencia de la política en la economía.

El líder socialista tiene confianza ilimitada en su propia capacidad tratando de tomar todas las decisiones posibles desde el Estado que dirige, mientras simultáneamente desconfía de las capacidades de los ciudadanos. Tiene ilimitadas ambiciones de poder y un ilimitado desprecio por el hombre común. De ahí que pretenda la total concentración de poder en el Estado y el relego de todo ciudadano a ser un anónimo integrante del colectivo.

Los políticos de mayor carisma, al menos frente a las masas, son aquellos que tienen gran capacidad para embaucarlas engañándolas con promesas de difícil cumplimiento y otorgándoles un falso sentido de la vida, que muchas veces consiste en inventarles un enemigo a quien deben dirigir el odio que en ellas han sabido despertar. Robert A. Baron y Donn Byrne escribieron: "¿Son siempre los líderes transformadores o carismáticos un valor añadido para sus grupos o sociedades? Como probablemente ya te hayas dado cuenta, definitivamente no".

"Muchos líderes carismáticos usan sus rasgos para lo que ellos consideran que es bueno para sus grupos o sociedades, gente como Martin Luther King, Franklin D. Roosevelt y el Mahatma Gandhi, por nombrar sólo algunos. Pero otros usan este estilo de liderazgo puramente para fines egoístas. Por ejemplo, Michael Milken, creador de la firma Drexel Burn ham Lambert, fue descrito por los seguidores como extremadamente carismático. Sin embargo utilizó la confianza y lealtad para fines ilegales: el fraude de capital que costó millones de dólares a inocentes inversores".

"De un modo similar, David Koresh, líder de un culto religioso en Waco, Texas, usó su posición para reservarse a todas las mujeres del grupo, incluyendo chicas de tan solo diez años, mientras insistía en que el resto de hombres practicaran el celibato. Por último, el estilo carismático de liderazgo de Koresh resultó en la muerte de muchos de sus seguidores, quienes se quemaron al verse acosados por agentes federales".

"Brevemente, el liderazgo carismático o transformador es definitivamente un arma de doble filo. Puede ser utilizado para promover cambios sociales beneficiosos coherentes con los principios morales y los valores éticos; o para propósitos egoístas, ilegales e inmorales. La diferencia descansa en la conciencia personal y el código moral de las personas que lo manejan" (De "Psicología Social"-Prentice Hall Iberia-Madrid 1998).