Por Marcelo Duclos
Luego de lo que generó la presentación del presidente argentino, se abren varias preguntas en el marco de la discusión entre sus detractores y críticos: ¿Está muerto el socialismo? ¿Es una amenaza para Occidente en la actualidad? ¿Somos víctimas, sobre todo los argentinos, de la vigencia de las ideas colectivistas?
Los críticos de Javier Milei señalaron que su discurso no eran compatibles con el mundo actual, ya que retrotraían a esos tiempos, donde medio planeta estaba bajo las garras del socialismo.
No hay dudas de que la intervención del mandatario argentino, Javier Milei, fue la más importante en el Foro Económico Mundial. En Argentina, sus partidarios celebraron sus palabras, pero sus críticos fueron lapidarios. Consideraron que se trató de un discurso “arcaico”, para otro momento.
En materia de ciencias sociales, las definiciones son, lógicamente, más amplias que en las ciencias duras, donde el significado de un átomo o una partícula es inapelable. En la actualidad, hay autodenominados socialistas que no descreen de la propiedad privada y autopercibidos liberales que consideran que es rol del Estado generar, por ejemplo, mecanismos de redistribución secundarios al proceso de mercado. Claro que, en pos de la seriedad del argumento, cada uno debería poder justificar su perspectiva.
Más allá de estas cuestiones, para que las definiciones tengan algún tipo de sentido –sino sería imposible la comunicación básica de los seres humanos- uno no puede darle el contenido que desee a las palabras. En un marco mínimo, podemos denominar al socialismo como el conjunto de ideas colectivistas, que pueden ir de la planificación centralizada total, hasta la convivencia con un sector privado regulado, con impuestos progresivos y políticas denominadas redistributivas. En este universo, que busca por sobre todas las cosas la “igualdad”, ese proceso se hace mediante la ley.
De la vereda de enfrente, podríamos acordar que el universo liberal tiene como piedra fundamental la libertad individual. Aquí también tenemos diferentes matices, ya que el pensamiento libertario puede ir desde el anarcocapitalismo hasta el liberalismo clásico, donde el sector privado convive con un Estado, que, a diferencia del socialismo, no busca la igualdad, sino la protección de los derechos individuales, para que cada uno busque su propio modelo de vida. Aquí la única igualdad que existe es ante la ley o no mediante ella.
A pesar de la distancia en la teoría, en la mayor parte del siglo XX (entre 1917 y 1989) el mundo vio competir a ambos modelos en el marco de la Guerra Fría. Con el desastre soviético y la caída del Muro de Berlín, en grandes rasgos, la discusión debería haber quedado saldada. Ayer, los críticos de Javier Milei señalaron que su discurso no eran compatibles con el mundo actual, ya que retrotraían a esos tiempos, donde medio planeta estaba bajo las garras del socialismo.
Luego de lo que generó el discurso de Milei, se abren varias preguntas en el marco de la discusión entre sus detractores y críticos: ¿Está muerto el socialismo? ¿Es una amenaza para Occidente en la actualidad? ¿Somos víctimas, sobre todo los argentinos, de la vigencia de las ideas colectivistas?
Los que compartimos y suscribimos el discurso de Milei ayer tenemos claro nuestras respuestas; sin embargo, para que el debate sea más fértil y constructivo, es necesario fundamentarlo. Del otro lado se han limitado a decir que el discurso fue demodé y que el país estuvo pésimamente representado por un fanático. Pero no han argumentado absolutamente nada para fundamentar esta posición.
Dicen que los que ganan la guerra escriben la historia. Pero la democracia liberal y la economía de mercado son sistemas que no escriben, a pesar de sus probados beneficios. En cambio, los burócratas que gozan de los privilegios del poder, sí. Lamentablemente (al menos hasta ahora, donde el discurso de Milei pudo haber sido la primera etapa “contrarrevolucionaria”) la batalla cultural la ganó el socialismo.
Una muestra de la influencia del colectivismo en la actualidad es que el nacionalsocialismo alemán sea repudiado por todo el mundo (con lógica razón), mientras que el socialismo proletario es reivindicado moralmente, hasta en la mayoría de los centros del mundo. A pesar que el segundo se haya cargado entre 10 y 15 veces más vidas humanas que el primero.
Este proceso es el resultado de un trabajo de décadas, que pudo sí haber empezado durante la Guerra Fría. El ex-espía y desertor soviético Yuri Bezmenov reconoció en los ochenta que la URSS le dedicó mucho más tiempo, dinero y recursos humanos a la infiltración ideológica socialista en Estados Unidos y Occidente. Puede que esta infiltración de subversión cultural haya tenido más éxito que la Unión Soviética en sí, ya que la visión socialista tiene influyentes partidarios en las democracias occidentales en las escuelas, universidades, medios de comunicación y credos religiosos. Tan fuerte y exitoso ha sido este proceso, que las premisas marxistas aparecen hasta en curas y rabinos, a pesar de la opinión del padre fundador del “socialismo científico” sobre las religiones, las que consideraba como “el opio de los pueblos”.
A pesar de la caída de la URSS, el que niegue que las premisas fundamentales que dieron razón de ser al comunismo real tienen absoluta vigencia, está mirando otra película. Cabe destacar que este drama no es exclusivo de Argentina. En España, la “igualdad” tiene hasta su propio ministerio, bajo un gobierno (del Partido Socialista) que estuvo largo rato en alianza con un espacio que se reivindica como comunista (Podemos). Si algo evitó que la tragedia sea total para los españoles, esto fue la pertenencia a la Unión Europea y el euro como moneda, lejos de la discrecionalidad de un Pedro Sánchez, que hubiera hecho destrozos con sus propias pesetas.
Ejemplos como el de Colombia y su fallido gobierno actual sobran en el mundo, sin caer en el extremo venezolano del que ya escribimos más que suficiente. Hasta en Estados Unidos se escuchó en más de una oportunidad al presidente actual insistir con la necesidad de los impuestos progresivos, que no son más que una recomendación del mismo Karl Marx, que tenía como finalidad “despojar de modo progresivo a la burguesía”.
Es necesario reparar un instante en esta cuestión del impuesto progresivo, ya que suele ser defendida con base a una mentira. Para implementarlo, se le suele preguntar a la ciudadanía si es justo o no que los ricos paguen más impuestos que los pobres, lo que suele tener una respuesta clara en la sociedad. Sin embargo, el flat tax (carga impositiva de preferencia de los liberales y única compatible con la igualdad ante la ley) ya hace que las personas de mayores recursos paguen más impuestos. Supongamos que el gravamen es de 10 %. El que gana 10 paga 1, el que gana 100 paga 10, el que gana 1000 paga 100 y el que gana 1.000.000 paga 100.000. Es decir, el rico siempre paga más que el de menores ingresos. Sin embargo, este modelo no altera las posiciones relativas y sigue incentivando a la creación de riqueza. En cambio, el impuesto progresivo dice que el que gana 10 paga el 1 %, que el que gana 1.000 paga el 10 % y el que gana 1.000.000 paga el 50 %. Este esquema, que produce “exiliados fiscales” daña considerablemente a las sociedades, ya que las descapitaliza. A esto se refería Milei ayer cuando habló de los ministerios inútiles (como el de la Mujer) que se financian con la voracidad fiscal de Estados quebrados, a los que nunca les alcanzan los recursos. Detrás de todas iniciativas, siempre está presente el horizonte moral de la igualdad socialista, aunque no se exhiba como estandarte el martillo y la hoz.
Volviendo a nuestra región, es imposible separar el éxito político del colectivismo con la estrategia planteada por el Foro de Sao Pablo, que tuvo entre sus principales figuras al actual mandatario de Brasil. En los documentos de estas reuniones, el socialismo moderno se planteó abiertamente la reformulación del sujeto revolucionario del comunismo original, por nuevas figuras de identificación para los latinoamericanos. El obrero proletario ya no podía ser la piedra fundamental de la aventura colectivista, ya que el capitalismo de libre mercado dejó en evidencia que un trabajador norteamericano vivía mucho mejor que su equivalente soviético, al momento del derrumbe de la URSS.
Allí se establecieron nuevas luchas como la de la mujer, los homosexuales, los pueblos originarios, minorías raciales y el ambientalismo. Claro que todo esto está enmarcado en la tradicional hipocresía socialista de siempre. En Occidente, las mujeres, los gays y las diversas minorías fueron garantes de derechos igualitarios ante la ley mucho más que en el universo soviético, que, además contaminó durante su existencia mucho más el medioambiente que las potencias capitalistas, que fueron mejorando sus procesos de producción de la mano del sistema de precios y mercado.
Todos estos sujetos de la “nueva lucha” son la excusa mentirosa de una agenda política actual y vigente que, le digan como le digan, tiene la finalidad de la concentración de poder en manos del Estado y la reducción de autonomía individual ante la burocracia.
Si los críticos de Milei, que aseguran que ayer hizo el ridículo en Davos, desean dejar de lado el término “socialismo”, está bien. Lo que no pueden apartar del debate son las causas que llevan a ese modelo económico al fracaso y su vigencia, en mayor o menor medida, en países como la Argentina.
Pocos años después de la revolución bolchevique, cuando el mundo miraba con expectativas los primeros resultados del experimento soviético, Ludwig von Mises advirtió con precisión quirúrgica que éste estaba condenado al fracaso. Anticipó que la eliminación de la propiedad privada traería consigo la supresión de los precios de mercado. Para el pensador austríaco, este es el único coordinador de la economía y los agentes sociales. Su tesis fue que sin propiedad no habría precios. Sin ellos, el colapso total de la economía estaba asegurado. Así sucedió, al pie de la letra. Al día de hoy, los socialistas siguen buscando hipótesis ad hoc para justificar un modelo que no falla en la práctica (como la mayoría en Occidente cree), sino que tiene su error fundamental en la teoría.
Si el siglo XX dejó como enseñanza que la planificación centralizada, con el Estado como dueño de “los medios de producción” fue un fracaso, que terminó en las más sanguinarias dictaduras, las primeras dos décadas del 2000 ya enseñaron otra cosa. Si la supresión de la propiedad elimina las señales que emiten los precios, la sobrerregulación sobre la misma termina generando otros problemas: las distorsiones que descapitalizan la economía, generando pobreza y aumentando los índices de miseria. Los dolores de cabeza que atraviesa la economía argentina hoy tiene mucho que ver con la reinstauración de los precios relativos. ¿A quién se le ocurre que un boleto de autobús salga cuatro o cinco veces menos que una medialuna en una panadería?
Así está toda la economía actualmente y la transición no será nada sencilla. El estatismo híperegulador del kirchnerismo generó desincentivos económicos, planteó cambiar los precios de mercado por “precios justos” y limitó a las personas a que puedan hacer uso libremente de su propiedad. El que no le quiera llamar “socialismo” a este modelo está en su derecho, pero al menos, en pos de la honestidad intelectual, debería discutir las consecuencias concretas del modelo en cuestión. Si se hace eso, el nombre es lo de menos. Sin embargo, no lo hacen. Se limitan a decir que Milei combate en su discurso con enemigos imaginarios, sin analizar el desastre que dejaron, sus causas y consecuencias. Es que, si lo hacen públicamente, se llegaría de forma inequívoca a una sola conclusión: que, a pesar de como quieran denominar al conjunto de ideas que nos llevó hasta acá, la única solución posible para revertir la situación se encuentra en la receta del capitalismo de libre mercado.
(De panampost.com)
viernes, 19 de enero de 2024
jueves, 18 de enero de 2024
Reportaje a Joseph LeDoux
Por Cédric Routier
¿Por qué es esencial el cerebro emocional para comprender y explicar nuestro comportamiento? ¿Cómo pueden servirnos de guía las emociones para nuestra mente «racional»?
Casi todo lo importante que hacemos involucra los sistemas de la emoción. Incluso aunque no seamos conscientes de lo que estamos haciendo. De hecho, la mayoría de nuestras respuestas a las cosas que cuentan son inconscientes. Es a posteriori que nos volvemos conscientes de lo que experimentamos y entonces explicamos nuestras emociones sobre la base de la situación presente. Es la teoría que proponen Schacter y Singer, creo.
Con Gazzaniga llegamos a esta conclusión después de estudios en pacientes con cerebro dividido. Basta que el hemisferio derecho produzca una respuesta simple, como saludar con la mano, para que el hemisferio izquierdo nos invente una historia, en la que cree, sobre la razón por la que piensa que el paciente produjo esa respuesta: “Ví un amigo…”. El paciente siempre tiene una explicación, aunque nosotros sepamos que no es la correcta; nosotros lo hicimos actuar de esa manera.
Las emociones activan el comportamiento; luego nos inventamos una historia para explicar nuestro comportamiento, porque a la conciencia le gusta mucho tener una historia-mito acerca de quienes somos y por qué hacemos lo que hacemos. Eso forma parte de una especie de teoría narrativa de la conciencia. De hecho, cuando ocurre algo importante no podemos hacer otra cosa que involucrar nuestras emociones. El resto del comportamiento son respuestas instrumentales; todo lo demás que hacemos se basa en las emociones iniciales estimuladas.
¿Cómo influyen en el pensamiento racional? Es lo que logró desarrollar Damasio. Algunas veces, nuestras emociones no son muy sofisticadas desde un punto de vista cognitivo, al menos al principio. En cierto aspecto, no mienten, nos dicen lo que nuestros cerebros piensan y sienten realmente. Por lo tanto, podemos utilizar esas reacciones llamadas viscerales para seguir a nuestra mente “inconsciente”, pero no estoy seguro de que siempre sea una buena idea. En la base, estamos animados de sesgos raciales, toda clase de cosas negativas que reprimimos todo el tiempo; es importante para la racionalidad mantener los instintos básicos bajo control. No creo que haga falta seguir nuestras reacciones primarias. No estoy seguro de que ésa sea la forma correcta de tomar decisiones.
Usted habla de inconsciente. ¿Cómo lo puede definir?
El inconsciente es todo lo que no fue colonizado, con el uso, del conocimiento en sí. Tradicionalmente, la idea comenzó con Freud, quizás antes, incluso. Hay varias formas de definir el inconsciente. Una de ellas, el preconsciente, contiene información potencialmente consciente, pero no consciente en el momento presente: son todos los recuerdos a los que tenemos acceso: usted me pregunta qué tomé en el desayuno y yo se lo digo, porque esa información está allí, disponible y de fuente segura. Pero si me pregunta por qué mi corazón se va a acelerar si usted aplaude, yo no puedo contestarle, porque no es accesible.
La mayor parte del tiempo el cerebro actúa en forma inconsciente. No controlamos nuestro corazón ni nuestra digestión, aunque sean elementos esenciales de nuestras respuestas corporales, y que sea importante que el cerebro controle esas funciones. Pero ese control no es consciente. Tampoco tenemos el control consciente de nuestra postura cuando caminamos, podemos cambiarla pero normalmente caminamos de una manera determinada, a cierto ritmo y eso se regula inconscientemente.
Intermediario entre el preconsciente y lo que podríamos llamar el inconsciente trivial, existe un inconsciente más significativo que almacena muchas informaciones emocionales; es inconsciente e inaccesible. La razón de eso es que no tenemos relación directa, consciente, con la amígdala, sobre la que no tenemos control, ni sobre otros sistemas que podrían almacenar informaciones inconscientemente. Nos volvemos conscientes de estas cosas cuando requieren la adaptación de nuestro comportamiento y entonces explicamos conscientemente lo que hicimos, cómo hablamos de ello.
¿Nuestras emociones invaden la vida cotidiana sin que seamos, en general, conscientes?
Sí, eso creo. Por ejemplo, todos nos caracterizamos por rasgos de personalidad, existe gente introvertida y gente extrovertida. El introvertido siempre tiene que enfrentar su timidez. No es necesariamente consciente, pero, debido a la forma en la que interactúa normalmente, debe ajustar sus previsiones frente a las situaciones sociales. Piensa: ¿tengo que ir o no a la reunión? ¿Y cómo? Porque me van a poner a prueba, socialmente… Al principio puede ser consciente, luego, poco a poco, esa persona evita directamente determinadas situaciones, en las que no se sentiría cómoda.
Creo que existen situaciones como ésa en las que nos adaptamos constantemente. Aprendemos estilos de adaptaciones que utilizamos en la vida diaria sin ni siquiera pensarlo. También está la idea de que la gente se vuelve introvertida por un exceso de alerta del sistema nervioso autónomo: a fin de evitar ser fuertemente estimulados, se quedan al margen de las situaciones… Tienen una especie de comprensión inconsciente de su cuerpo y adaptan su comportamiento para evitarlo.
(Extractos de “Los nuevos psi” de Catherine Meyer-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2010)
¿Por qué es esencial el cerebro emocional para comprender y explicar nuestro comportamiento? ¿Cómo pueden servirnos de guía las emociones para nuestra mente «racional»?
Casi todo lo importante que hacemos involucra los sistemas de la emoción. Incluso aunque no seamos conscientes de lo que estamos haciendo. De hecho, la mayoría de nuestras respuestas a las cosas que cuentan son inconscientes. Es a posteriori que nos volvemos conscientes de lo que experimentamos y entonces explicamos nuestras emociones sobre la base de la situación presente. Es la teoría que proponen Schacter y Singer, creo.
Con Gazzaniga llegamos a esta conclusión después de estudios en pacientes con cerebro dividido. Basta que el hemisferio derecho produzca una respuesta simple, como saludar con la mano, para que el hemisferio izquierdo nos invente una historia, en la que cree, sobre la razón por la que piensa que el paciente produjo esa respuesta: “Ví un amigo…”. El paciente siempre tiene una explicación, aunque nosotros sepamos que no es la correcta; nosotros lo hicimos actuar de esa manera.
Las emociones activan el comportamiento; luego nos inventamos una historia para explicar nuestro comportamiento, porque a la conciencia le gusta mucho tener una historia-mito acerca de quienes somos y por qué hacemos lo que hacemos. Eso forma parte de una especie de teoría narrativa de la conciencia. De hecho, cuando ocurre algo importante no podemos hacer otra cosa que involucrar nuestras emociones. El resto del comportamiento son respuestas instrumentales; todo lo demás que hacemos se basa en las emociones iniciales estimuladas.
¿Cómo influyen en el pensamiento racional? Es lo que logró desarrollar Damasio. Algunas veces, nuestras emociones no son muy sofisticadas desde un punto de vista cognitivo, al menos al principio. En cierto aspecto, no mienten, nos dicen lo que nuestros cerebros piensan y sienten realmente. Por lo tanto, podemos utilizar esas reacciones llamadas viscerales para seguir a nuestra mente “inconsciente”, pero no estoy seguro de que siempre sea una buena idea. En la base, estamos animados de sesgos raciales, toda clase de cosas negativas que reprimimos todo el tiempo; es importante para la racionalidad mantener los instintos básicos bajo control. No creo que haga falta seguir nuestras reacciones primarias. No estoy seguro de que ésa sea la forma correcta de tomar decisiones.
Usted habla de inconsciente. ¿Cómo lo puede definir?
El inconsciente es todo lo que no fue colonizado, con el uso, del conocimiento en sí. Tradicionalmente, la idea comenzó con Freud, quizás antes, incluso. Hay varias formas de definir el inconsciente. Una de ellas, el preconsciente, contiene información potencialmente consciente, pero no consciente en el momento presente: son todos los recuerdos a los que tenemos acceso: usted me pregunta qué tomé en el desayuno y yo se lo digo, porque esa información está allí, disponible y de fuente segura. Pero si me pregunta por qué mi corazón se va a acelerar si usted aplaude, yo no puedo contestarle, porque no es accesible.
La mayor parte del tiempo el cerebro actúa en forma inconsciente. No controlamos nuestro corazón ni nuestra digestión, aunque sean elementos esenciales de nuestras respuestas corporales, y que sea importante que el cerebro controle esas funciones. Pero ese control no es consciente. Tampoco tenemos el control consciente de nuestra postura cuando caminamos, podemos cambiarla pero normalmente caminamos de una manera determinada, a cierto ritmo y eso se regula inconscientemente.
Intermediario entre el preconsciente y lo que podríamos llamar el inconsciente trivial, existe un inconsciente más significativo que almacena muchas informaciones emocionales; es inconsciente e inaccesible. La razón de eso es que no tenemos relación directa, consciente, con la amígdala, sobre la que no tenemos control, ni sobre otros sistemas que podrían almacenar informaciones inconscientemente. Nos volvemos conscientes de estas cosas cuando requieren la adaptación de nuestro comportamiento y entonces explicamos conscientemente lo que hicimos, cómo hablamos de ello.
¿Nuestras emociones invaden la vida cotidiana sin que seamos, en general, conscientes?
Sí, eso creo. Por ejemplo, todos nos caracterizamos por rasgos de personalidad, existe gente introvertida y gente extrovertida. El introvertido siempre tiene que enfrentar su timidez. No es necesariamente consciente, pero, debido a la forma en la que interactúa normalmente, debe ajustar sus previsiones frente a las situaciones sociales. Piensa: ¿tengo que ir o no a la reunión? ¿Y cómo? Porque me van a poner a prueba, socialmente… Al principio puede ser consciente, luego, poco a poco, esa persona evita directamente determinadas situaciones, en las que no se sentiría cómoda.
Creo que existen situaciones como ésa en las que nos adaptamos constantemente. Aprendemos estilos de adaptaciones que utilizamos en la vida diaria sin ni siquiera pensarlo. También está la idea de que la gente se vuelve introvertida por un exceso de alerta del sistema nervioso autónomo: a fin de evitar ser fuertemente estimulados, se quedan al margen de las situaciones… Tienen una especie de comprensión inconsciente de su cuerpo y adaptan su comportamiento para evitarlo.
(Extractos de “Los nuevos psi” de Catherine Meyer-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2010)
miércoles, 17 de enero de 2024
Con el impuesto inflacionario, los pobres subvencionan a los ricos
El efecto que provoca la inflación en los diversos individuos es enteramente similar, económicamente hablando, que la imposición de un nuevo impuesto por parte del Estado. De ahí que pueda llamarse el "impuesto inflacionario".
Los políticos a cargo del gobierno, siempre pensando en los votos a recibir en próximas elecciones, tienden a disfrazar la realidad económica de un país, reduciendo artificialmente el costo de la electricidad, el agua y el gas. Pero, para seguir manteniendo tales servicios a bajo precio, deben complementar la recaudación de las empresas proveedoras con un subsidio, generalmente logrado en base a emisión monetaria. Tal emisión es la causante de la inflación.
Lo que cada individuo se "ahorra", lo pagará luego en forma de inflación. Sin embargo, algunos consumidores se verán beneficiados y otros perjudicados. Así, los grandes consumidores de luz, agua y gas se verán beneficiados por el precio reducido, o bien el precio reducido favorecerá que gran parte de los consumidores se conviertan en "grandes consumidores", ya que en los países subdesarrollados el derroche y la ostentación parece ser un síntoma de riqueza para mostrar a los demás.
Los pequeños consumidores, posiblemente la mayoría de la población, seguirá consumiendo luz, gas y agua en forma normal, pero, debido a la inflación reinante, pagarán (en otros productos) bastante más que si tales servicios no estuviesen subsidiados por el Estado. De ahí que pueda decirse de que los pobres subsidian el derroche de energía de los ricos, aunque el gobierno irresponsable repita a cada tanto que todas sus medidas son realizadas para mejorar la situación de los pobres.
Estos procesos se repiten en algunos países siendo esencialmente similares. De ahí que descripciones de procesos inflacionarios de otros países y de otras épocas, tengan una validez inalterable para la situación actual de la Argentina, producto de la irresponsabilidad peronista, principalmente. Henry Hazlitt escribió: "La inflación no es otra cosa que una gran estafa, y que esta estafa es practicada en diferentes escalas, algunas veces sin saberlo y otras cínicamente, por casi todos los gobiernos del mundo".
"Esta estafa corroe el poder adquisitivo de los ingresos de todos y el poder adquisitivo de los ahorros de todos. Es un impuesto disimulado y el más inicuo de todos. Grava los ingresos y los ahorros de los pobres en la misma proporción que los ingresos y los ahorros de los ricos. Recae con mayor fuerza precisamente sobre los que hacen economías, sobre los ancianos, sobre los que no pueden defenderse mediante la especulación o exigiendo y obteniendo mayores ingresos monetarios para compensar la depreciación de la unidad monetaria".
"¿Por qué continúa esta estafa? Continúa porque los gobiernos quieren gastar, en parte para armamentos y en la mayoría de los casos, sobre todo, para otorgar subsidios y prebendas a distintos grupos de presión, pero carecen del valor para imponer contribuciones en la misma proporción en que gastan. En otras palabras, continúa porque los gobiernos quieren comprar los votos de algunos ocultándoles a los demás que esos votos se compran con nuestro dinero".
"Continúa porque los políticos (en parte a causa de la influencia de segunda o tercera mano de la teoría del extinto Lord Keynes) creen que ésta es la forma, y única forma, de mantener la «plena ocupación», que es el fetiche actual de los progresistas de estilo propio. Continúa porque se ha abandonado el patrón oro internacional porque las monedas de todo el mundo son esencialmente monedas de papel, que van a la deriva sin un ancla, son barridas por todos los vientos políticos y están a merced de cualquier capricho burocrático".
"Y los mismos gobiernos que provocan los procesos inflacionarios declaran solemnemente estar «combatiendo» la inflación. Por medio de políticas de dinero barato, o de la máquina de imprimir billetes, o mediante ambas, aumentan el volumen del dinero y del crédito y después aparentan deplorar el resultado inevitable" (De "Qué es la inflación"-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1961).
Los políticos a cargo del gobierno, siempre pensando en los votos a recibir en próximas elecciones, tienden a disfrazar la realidad económica de un país, reduciendo artificialmente el costo de la electricidad, el agua y el gas. Pero, para seguir manteniendo tales servicios a bajo precio, deben complementar la recaudación de las empresas proveedoras con un subsidio, generalmente logrado en base a emisión monetaria. Tal emisión es la causante de la inflación.
Lo que cada individuo se "ahorra", lo pagará luego en forma de inflación. Sin embargo, algunos consumidores se verán beneficiados y otros perjudicados. Así, los grandes consumidores de luz, agua y gas se verán beneficiados por el precio reducido, o bien el precio reducido favorecerá que gran parte de los consumidores se conviertan en "grandes consumidores", ya que en los países subdesarrollados el derroche y la ostentación parece ser un síntoma de riqueza para mostrar a los demás.
Los pequeños consumidores, posiblemente la mayoría de la población, seguirá consumiendo luz, gas y agua en forma normal, pero, debido a la inflación reinante, pagarán (en otros productos) bastante más que si tales servicios no estuviesen subsidiados por el Estado. De ahí que pueda decirse de que los pobres subsidian el derroche de energía de los ricos, aunque el gobierno irresponsable repita a cada tanto que todas sus medidas son realizadas para mejorar la situación de los pobres.
Estos procesos se repiten en algunos países siendo esencialmente similares. De ahí que descripciones de procesos inflacionarios de otros países y de otras épocas, tengan una validez inalterable para la situación actual de la Argentina, producto de la irresponsabilidad peronista, principalmente. Henry Hazlitt escribió: "La inflación no es otra cosa que una gran estafa, y que esta estafa es practicada en diferentes escalas, algunas veces sin saberlo y otras cínicamente, por casi todos los gobiernos del mundo".
"Esta estafa corroe el poder adquisitivo de los ingresos de todos y el poder adquisitivo de los ahorros de todos. Es un impuesto disimulado y el más inicuo de todos. Grava los ingresos y los ahorros de los pobres en la misma proporción que los ingresos y los ahorros de los ricos. Recae con mayor fuerza precisamente sobre los que hacen economías, sobre los ancianos, sobre los que no pueden defenderse mediante la especulación o exigiendo y obteniendo mayores ingresos monetarios para compensar la depreciación de la unidad monetaria".
"¿Por qué continúa esta estafa? Continúa porque los gobiernos quieren gastar, en parte para armamentos y en la mayoría de los casos, sobre todo, para otorgar subsidios y prebendas a distintos grupos de presión, pero carecen del valor para imponer contribuciones en la misma proporción en que gastan. En otras palabras, continúa porque los gobiernos quieren comprar los votos de algunos ocultándoles a los demás que esos votos se compran con nuestro dinero".
"Continúa porque los políticos (en parte a causa de la influencia de segunda o tercera mano de la teoría del extinto Lord Keynes) creen que ésta es la forma, y única forma, de mantener la «plena ocupación», que es el fetiche actual de los progresistas de estilo propio. Continúa porque se ha abandonado el patrón oro internacional porque las monedas de todo el mundo son esencialmente monedas de papel, que van a la deriva sin un ancla, son barridas por todos los vientos políticos y están a merced de cualquier capricho burocrático".
"Y los mismos gobiernos que provocan los procesos inflacionarios declaran solemnemente estar «combatiendo» la inflación. Por medio de políticas de dinero barato, o de la máquina de imprimir billetes, o mediante ambas, aumentan el volumen del dinero y del crédito y después aparentan deplorar el resultado inevitable" (De "Qué es la inflación"-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1961).
martes, 16 de enero de 2024
El discurso: contenido y presentación
La información transmitida entre seres humanos, ya sea en forma oral o escrita, presenta dos aspectos que deben ser tenidos en cuenta para que la transferencia de esa información sea efectiva. Estos aspectos son; el contenido (su veracidad, su vinculación con la realidad, etc.) y su presentación (principalmente la coherencia lógica, la claridad de un mensaje y una fácil recepción).
Si bien esta consideración parece bastante evidente, muchas veces no es tenida en cuenta. Este es el caso de los embaucadores de masas, quienes, como buenos mentirosos, nunca van a expresar que sus objetivos serán perjudiciales para las masas bajo su ataque, sino que les darán un mensaje que ha de sonar semejante al de las personas bien intencionadas, al menos en partes de tal mensaje embaucador.
La efectividad de la transferencia de un mensaje dependerá de una doble adaptación, ya que el emisor deberá adaptarse al receptor simultánemante en que el receptor deberá hacerlo con el emisor. De ahí la expresión de Cristo: "No se echa el vino nuevo en odres viejos, porque entonces se rompen los cueros, y se pierden el vino y los cueros; sino que el vino nuevo se echa en cueros recientes, y se conservan ambas cosas" (Mt). Con ello indica que su mensaje, para ser aceptado plenamente, requerirá de una previa apertura mental del receptor, además de la claridad y el contenido del mensaje.
El mensaje evangélico, por cierto bastante breve para dar una aceptable orientación a la vida del receptor, tiene presente la existencia de una actitud característica en cada persona, por lo que el objetivo a lograr consiste en "direccionar" esa actitud en un sentido determinado. Con ello se logra la brevedad necesaria para que el mensaje pueda ser retenido en su mayor parte por una gran cantidad de oyentes. Esta brevedad se pierde casi totalmente cuando, posteriormente, se agregan los misterios "sagrados" por parte de sus difusores, o de quienes intentan serlo.
Por lo general se supone que el objetivo del mensaje bíblico tiene por objetivo concentrar nuestra atención y nuestros esfuerzos en el bienestar de los demás. Sin embargo, la actitud promovida mediante el "amor al prójimo" lleva implícita una orientación al bienestar anímico de la persona misma. De ahí que el interés por los demás se dará como una consecuencia necesaria de haber podido fortalecer la propia individualidad. Este proceso es similar a decir que, para que se cumplan con los derechos exigidos o esperados por todas las personas, primeramente se debe apuntar al cumplimiento de los deberes respectivos, algo que se ignora casi totalmente en la actualidad.
Si bien el contenido de la "Ética demostrada según el orden geométrico", de Baruch de Spinoza, presenta bastante compatibilidad con el contenido ético de los Evangelios, la presentación es muy distinta, ya que resulta accesible a un número de personas limitado. Ello se debe a la intención de establecer todo el discurso en una forma lógicamente coherente y fundamentada en forma axiomática. Diana Cohen Agrest escribió: "Baruch de Spinoza aspiró a comprender el orden de la Naturaleza y a descubrir el lugar del hombre en ella. Este afán no brotaba de una estéril especulación filosófica sino de una indagación práctica: alcanzar la felicidad y la salvación" (De "Spinoza. Una cartografía de la Ética"-EUDEBA-Buenos Aires 2015).
De la misma manera en que existe una ciencia y un arte de la educación, puede decirse que existe una ciencia y un arte de la comunicación escrita o verbal. Mientras que los contenidos de la educación pueden estar vinculados con la ciencia experimental y estar orientados por ella, la forma de transmitirlos implica más un arte que una ciencia, ya que no es posible uniformar formas de comunicación por cuanto cada una de ellas depende de la personalidad del docente. De ahí que, a veces, con el tiempo nos queda en la memoria lo que nos enseñó un poco ortodoxo docente mientras olvidamos todo lo enseñado por los docentes atentos a las últimas novedades metodológicas.
Si bien esta consideración parece bastante evidente, muchas veces no es tenida en cuenta. Este es el caso de los embaucadores de masas, quienes, como buenos mentirosos, nunca van a expresar que sus objetivos serán perjudiciales para las masas bajo su ataque, sino que les darán un mensaje que ha de sonar semejante al de las personas bien intencionadas, al menos en partes de tal mensaje embaucador.
La efectividad de la transferencia de un mensaje dependerá de una doble adaptación, ya que el emisor deberá adaptarse al receptor simultánemante en que el receptor deberá hacerlo con el emisor. De ahí la expresión de Cristo: "No se echa el vino nuevo en odres viejos, porque entonces se rompen los cueros, y se pierden el vino y los cueros; sino que el vino nuevo se echa en cueros recientes, y se conservan ambas cosas" (Mt). Con ello indica que su mensaje, para ser aceptado plenamente, requerirá de una previa apertura mental del receptor, además de la claridad y el contenido del mensaje.
El mensaje evangélico, por cierto bastante breve para dar una aceptable orientación a la vida del receptor, tiene presente la existencia de una actitud característica en cada persona, por lo que el objetivo a lograr consiste en "direccionar" esa actitud en un sentido determinado. Con ello se logra la brevedad necesaria para que el mensaje pueda ser retenido en su mayor parte por una gran cantidad de oyentes. Esta brevedad se pierde casi totalmente cuando, posteriormente, se agregan los misterios "sagrados" por parte de sus difusores, o de quienes intentan serlo.
Por lo general se supone que el objetivo del mensaje bíblico tiene por objetivo concentrar nuestra atención y nuestros esfuerzos en el bienestar de los demás. Sin embargo, la actitud promovida mediante el "amor al prójimo" lleva implícita una orientación al bienestar anímico de la persona misma. De ahí que el interés por los demás se dará como una consecuencia necesaria de haber podido fortalecer la propia individualidad. Este proceso es similar a decir que, para que se cumplan con los derechos exigidos o esperados por todas las personas, primeramente se debe apuntar al cumplimiento de los deberes respectivos, algo que se ignora casi totalmente en la actualidad.
Si bien el contenido de la "Ética demostrada según el orden geométrico", de Baruch de Spinoza, presenta bastante compatibilidad con el contenido ético de los Evangelios, la presentación es muy distinta, ya que resulta accesible a un número de personas limitado. Ello se debe a la intención de establecer todo el discurso en una forma lógicamente coherente y fundamentada en forma axiomática. Diana Cohen Agrest escribió: "Baruch de Spinoza aspiró a comprender el orden de la Naturaleza y a descubrir el lugar del hombre en ella. Este afán no brotaba de una estéril especulación filosófica sino de una indagación práctica: alcanzar la felicidad y la salvación" (De "Spinoza. Una cartografía de la Ética"-EUDEBA-Buenos Aires 2015).
De la misma manera en que existe una ciencia y un arte de la educación, puede decirse que existe una ciencia y un arte de la comunicación escrita o verbal. Mientras que los contenidos de la educación pueden estar vinculados con la ciencia experimental y estar orientados por ella, la forma de transmitirlos implica más un arte que una ciencia, ya que no es posible uniformar formas de comunicación por cuanto cada una de ellas depende de la personalidad del docente. De ahí que, a veces, con el tiempo nos queda en la memoria lo que nos enseñó un poco ortodoxo docente mientras olvidamos todo lo enseñado por los docentes atentos a las últimas novedades metodológicas.
domingo, 14 de enero de 2024
¿Religiosos políticos?
Las mayores catástrofes sociales han sido asociadas a los diversos totalitarismos, ya que la total unificación del poder en manos de quien gobierna el Estado establece la mayor inseguridad posible, ya que pequeñas desviaciones del gobernante respecto de la normalidad psicológica, conduce a serios inconvenientes en la sociedad por él gobernada. De ahí que la división del poder sea la principal medida de seguridad propuesta en política.
La separación entre religión y Estado es parte de tal medida de seguridad, y es la que impidió parcialmente que en la Edad Media europea se extralimitaran tanto la Iglesia como los Reyes. Esta separación puede también ser vista desde otro punto de vista, ya que religión y política son dos actividades diferentes y no resulta aconsejable que los religiosos se entrometan en temas que no les competen, al menos según muchos resultados que se han advertido especialmente en Latinoamérica.
La religión, en el mejor de los casos, está asociada a la moral, y es a la mejora ética de toda la sociedad a lo que debe apuntar tal actividad. Si, por el contrario, renuncian a dicha actividad para una posible actuación en política, se desvirtúa la misión original con el engaño asociado a la creencia de que en realidad se la está cumpliendo de esa forma.
La prioridad de la política en lugar de la religión parece ser la auténtica vocación de Jorge Bergoglio. Al respecto, Juan José Sebreli escribió: “Los jesuitas han estado más inclinados a la pastoral y la misión que a la contemplación y la mística. Bergoglio, antes que un intelectual –nunca terminó su tesis doctoral sobre Romano Guardini-, es un hombre de acción, un político en el sentido amplio, más apto que su antecesor, el contemplativo Ratzinger, para dirigir una Iglesia agobiada por graves problemas internos”.
“Es significativo que el teólogo preferido por Bergoglio haya sido Romano Guardini, que en El poder (1959) desarrolló una teoría de teología política sobre la concepción católica del poder. Es Dios el que entrega al hombre el poder y le ordena ejercerlo: «El hombre no puede ser hombre y más allá de ello ejercer o no tanto un poder; ejercer ese poder es esencial para él. A ello lo ha destinado el autor de su existencia»”.
“Guardini señala el carácter netamente político del catolicismo en oposición a la orientación despolitizadora moderna: «El problema central en torno al cual deberá girar el trabajo de la cultura futura y de cuya solución dependiera no sólo el bienestar y la miseria, sino la vida y la muerte, es la política»”.
“No puede negarse que Bergoglio fue un buen discípulo de Guardini. También como los jesuitas, era un político antes que un religioso; la preocupación central de su vida fue avanzar en la jerarquía eclesiástica; en los cargos que obtuvo, actuó con exceso de autoridad, aunque tal vez jamás soñó con acceder al máximo poder dentro de la Iglesia” (De “Dios en el laberinto”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2017).
Entre los autores preferidos de Bergoglio, según Sebreli, se encuentra el inglés Basil Liddell Hart, quien escribió: “El objetivo debe ser vencer la resistencia del enemigo antes que vencerlo. Los profetas han sido fundamentales para el progreso porque expresan la verdad, pero la aceptación de esa verdad depende de los conductores de masas que deben conciliarla con la sensibilidad de la época”.
“Si el destino del profeta es morir lapidado, es porque el conductor de masas ha fracasado. Para que la verdad sea aceptada hay que evitar el ataque frontal y buscar el flanco del otro que es más vulnerable a esa verdad. La verdadera victoria consiste en obligar al adversario a abandonar su propósito con la menor pérdida propia”.
“El mejor general es el que consigue convertir la guerra en paz. Como dijo Napoleón, en la guerra «lo moral está en lo físico en relación de tres a uno». El único principio invariable es que los medios y las condiciones varían sin cesar. Cortar al enemigo su última vía de escape es el modo más seguro de infundirle el valor de la desesperación”.
La gravedad de la situación no radica tanto en el hecho de que algunos sacerdotes se dediquen a la política, sino que elijan la peor de las políticas, es decir, las que conducen a alguna forma de totalitarismo. Así, hubo casos como el del colombiano Camilo Torres Restrepo que abandonó los hábitos sacerdotales para hacerse guerrillero marxista.
El caso más sorprendente fue el del seminarista Stalin. Al respecto, Alberto Falcionelli escribió: “En cuanto a Stalin, en la época en que se llamaba todavía Iosef Vissarionovich Dzhugashvili -«Sosso» para su señora madre- fue seminarista durante varios años, y muy devoto por añadidura según se afirma en Tiflis. Mas un día, se hizo ateo y revolucionario profesional, vuelco que lo llevó bastante lejos como se sabe”.
“Con todo, a él también algo debió quedarle de su juventud si, en 1943, «reconcilió» al Estado soviético encabezado por él en su calidad de Jefe Genial, con la Iglesia ortodoxa. No me consta que lo haya hecho embargado por los recuerdos de su adolescencia piadosa, sino movido, muy sencillamente, por la voluntad de transformar a dicha Iglesia en elemento activo y domesticado de la empresa revolucionaria. «Sosso» había aprendido en el seminario la importancia del factor religioso” (De “El licenciado, el seminarista y el plomero”-Editorial La Mandrágora-Buenos Aires 1961).
La separación entre religión y Estado es parte de tal medida de seguridad, y es la que impidió parcialmente que en la Edad Media europea se extralimitaran tanto la Iglesia como los Reyes. Esta separación puede también ser vista desde otro punto de vista, ya que religión y política son dos actividades diferentes y no resulta aconsejable que los religiosos se entrometan en temas que no les competen, al menos según muchos resultados que se han advertido especialmente en Latinoamérica.
La religión, en el mejor de los casos, está asociada a la moral, y es a la mejora ética de toda la sociedad a lo que debe apuntar tal actividad. Si, por el contrario, renuncian a dicha actividad para una posible actuación en política, se desvirtúa la misión original con el engaño asociado a la creencia de que en realidad se la está cumpliendo de esa forma.
La prioridad de la política en lugar de la religión parece ser la auténtica vocación de Jorge Bergoglio. Al respecto, Juan José Sebreli escribió: “Los jesuitas han estado más inclinados a la pastoral y la misión que a la contemplación y la mística. Bergoglio, antes que un intelectual –nunca terminó su tesis doctoral sobre Romano Guardini-, es un hombre de acción, un político en el sentido amplio, más apto que su antecesor, el contemplativo Ratzinger, para dirigir una Iglesia agobiada por graves problemas internos”.
“Es significativo que el teólogo preferido por Bergoglio haya sido Romano Guardini, que en El poder (1959) desarrolló una teoría de teología política sobre la concepción católica del poder. Es Dios el que entrega al hombre el poder y le ordena ejercerlo: «El hombre no puede ser hombre y más allá de ello ejercer o no tanto un poder; ejercer ese poder es esencial para él. A ello lo ha destinado el autor de su existencia»”.
“Guardini señala el carácter netamente político del catolicismo en oposición a la orientación despolitizadora moderna: «El problema central en torno al cual deberá girar el trabajo de la cultura futura y de cuya solución dependiera no sólo el bienestar y la miseria, sino la vida y la muerte, es la política»”.
“No puede negarse que Bergoglio fue un buen discípulo de Guardini. También como los jesuitas, era un político antes que un religioso; la preocupación central de su vida fue avanzar en la jerarquía eclesiástica; en los cargos que obtuvo, actuó con exceso de autoridad, aunque tal vez jamás soñó con acceder al máximo poder dentro de la Iglesia” (De “Dios en el laberinto”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2017).
Entre los autores preferidos de Bergoglio, según Sebreli, se encuentra el inglés Basil Liddell Hart, quien escribió: “El objetivo debe ser vencer la resistencia del enemigo antes que vencerlo. Los profetas han sido fundamentales para el progreso porque expresan la verdad, pero la aceptación de esa verdad depende de los conductores de masas que deben conciliarla con la sensibilidad de la época”.
“Si el destino del profeta es morir lapidado, es porque el conductor de masas ha fracasado. Para que la verdad sea aceptada hay que evitar el ataque frontal y buscar el flanco del otro que es más vulnerable a esa verdad. La verdadera victoria consiste en obligar al adversario a abandonar su propósito con la menor pérdida propia”.
“El mejor general es el que consigue convertir la guerra en paz. Como dijo Napoleón, en la guerra «lo moral está en lo físico en relación de tres a uno». El único principio invariable es que los medios y las condiciones varían sin cesar. Cortar al enemigo su última vía de escape es el modo más seguro de infundirle el valor de la desesperación”.
La gravedad de la situación no radica tanto en el hecho de que algunos sacerdotes se dediquen a la política, sino que elijan la peor de las políticas, es decir, las que conducen a alguna forma de totalitarismo. Así, hubo casos como el del colombiano Camilo Torres Restrepo que abandonó los hábitos sacerdotales para hacerse guerrillero marxista.
El caso más sorprendente fue el del seminarista Stalin. Al respecto, Alberto Falcionelli escribió: “En cuanto a Stalin, en la época en que se llamaba todavía Iosef Vissarionovich Dzhugashvili -«Sosso» para su señora madre- fue seminarista durante varios años, y muy devoto por añadidura según se afirma en Tiflis. Mas un día, se hizo ateo y revolucionario profesional, vuelco que lo llevó bastante lejos como se sabe”.
“Con todo, a él también algo debió quedarle de su juventud si, en 1943, «reconcilió» al Estado soviético encabezado por él en su calidad de Jefe Genial, con la Iglesia ortodoxa. No me consta que lo haya hecho embargado por los recuerdos de su adolescencia piadosa, sino movido, muy sencillamente, por la voluntad de transformar a dicha Iglesia en elemento activo y domesticado de la empresa revolucionaria. «Sosso» había aprendido en el seminario la importancia del factor religioso” (De “El licenciado, el seminarista y el plomero”-Editorial La Mandrágora-Buenos Aires 1961).
viernes, 12 de enero de 2024
El poder de la plegaria
Es posible que la creencia en la existencia de Dios o la evidencia de la existencia de un orden natural, sea una condición necesaria, pero no suficiente, para una adecuada adaptación al orden natural. Ello se debe a que de tales creencias es posible extraer el necesario sentido de la vida básico, común a todos los habitantes del planeta. Sin embargo, es posible advertir que existen muchas personas, creyentes en Dios o en el orden natural, que presentan un nivel ético deplorable, lo que implica que tales creencias no siempre serán suficientes para producir resultados positivos.
Sobre estos temas es oportuno mencionar la opinión de un Premio Nobel de Medicina que estudió con interés este aspecto del comportamiento humano.
Los efectos de la plegaria
Por Alexis Carrel
La plegaria actúa sobre el espíritu y sobre el cuerpo de manera tal que parece dependiera de su calidad, su intensidad y su frecuencia. Resulta fácil saber cuál es la frecuencia de la plegaria y, en cierta medida, cuál es su intensidad. Su calidad sigue siendo desconocida, porque no tenemos manera de medir la fe y la capacidad de amor de los demás.
Sin embargo, la manera de vivir del que ora nos permite discernir la calidad de las invocaciones que ofrece Dios. Aun cuando la plegaria tenga escaso valor y consista principalmente en el recitado maquinal de fórmulas, ejerce aquélla determinados efectos sobre el comportamiento. Fortifica a la vez el sentido de lo sagrado y el sentido moral.
Los ambientes donde se ora se caracterizan por tener cierta persistencia del sentimiento del deber y la responsabilidad, porque no hay allí tanta envidia y maldad, por cierta bondad respecto al prójimo. Está demostrado que, a igual desarrollo intelectual, el carácter y el valor moral están más elevados en quienes oran, aun cuando lo hagan mediocremente, que en los individuos que no oran.
Cuando la plegaria es habitual y realmente fervorosa, su influencia se torna muy clara. En parte es comparable a una glándula de secreción interna, tal como la tiroides o las glándulas suprarrenales, por ejemplo. Esta transformación se opera de manera progresiva. Se diría que en la profundidad de la conciencia se enciende una llama. El hombre se ve tal como es. Descubre su egoísmo, su codicia, sus errores de juicio, su orgullo. Se pliega al cumplimiento del deber moral. Procura adquirir humildad intelectual. De esta manera se abre ante él el reino de la Gracia…
Poco a poco se produce un apaciguamiento interior, la armonía entre las actividades nerviosas y morales, una mejor resistencia respecto a la pobreza, la calumnia, las zozobras, la capacidad de soportar sin flaquezas la pérdida de familiares, el dolor, la enfermedad, la muerte. Así, el médico que ve a un enfermo se pone a orar para tener éxito. La calma engendrada por la plegaria constituye una poderosa ayuda para la terapéutica.
Sin embargo, no debe asimilarse la plegaria a la morfina. Porque aquélla determina, junto con la calma, la integración de las actividades mentales, una especie de floración de la personalidad. A veces el heroísmo. La oración marca a sus fieles con un sello particular. La fuerza de la mirada, la tranquilidad del porte, la serena alegría de la expresión, la virilidad de la conducta y, cuando es necesario, la simple aceptación de la muerte del soldado o del mártir, traducen la presencia del tesoro oculto en el fondo de los órganos y del espíritu.
Bajo esta influencia incluso los ignorantes, los retardados, los débiles, los mal dotados utilizan mejor sus fuerzas intelectuales y morales. Pareciera que la plegaria elevara a los hombres por encima de la estructura mental que es la suya por herencia y por educación. Ese contacto con Dios los impregna de paz. Y la paz irradia de ellos. Y llevan paz dondequiera que van. Mas, por desgracia, no hay al presente sino una ínfima cantidad de individuos que sepan orar de manera efectiva.
Significación de la plegaria
En suma, las cosas ocurren como si Dios escuchara al hombre y le respondiera. Los efectos de la plegaria no son una ilusión. No hay que reducir el sentido de lo sagrado a la angustia experimentada por el hombre frente a los peligros que lo rodean o ante el misterio del universo. Ni hacer simplemente de la plegaria una pócima tranquilizante, un remedio contra nuestro miedo al sufrimiento, las enfermedades y la muerte.
¿Cuál es entonces el significado del sentido de lo sagrado? ¿Y qué lugar la naturaleza le asigna a la plegaria en nuestra vida? De hecho, ese lugar es muy importante. En casi todas las épocas, los hombres de Occidente han orado. La Ciudad era antiguamente sobre todo una institución religiosa. Los romanos elevaban templos por doquier. Nuestros antepasados de la Edad Media cubrieron de catedrales y de capillas góticas el suelo de la cristiandad. Aun en nuestros días por sobre la altura de todos los pueblos se destaca un campanario. Por medio de las iglesias así como mediante universidades y fábricas, los peregrinos llegados de Europa instauraron en el nuevo mundo la civilización de Occidente.
En el curso de nuestra historia, orar ha sido una necesidad tan elemental como la de trabajar, la de conquistar, construir o amar. En realidad, el sentido de lo sagrado parece ser un impulso venido de lo más profundo de nuestra naturaleza, una actividad fundamental. Sus variaciones en un grupo humano están casi siempre unidas a las de otras actividades básicas, el sentido moral y el carácter, y a veces el sentido de lo bello. Esta parte tan importante de nosotros es la que hemos permitido que se atrofiara y a menudo que desapareciera.
Es preciso recordar que el hombre no puede sin peligro conducirse según le plazca a su fantasía. Para salir triunfante, la vida debe ser llevada de acuerdo a las reglas invariables que dependen de su estructura misma. Corremos un grave riesgo cuando dejamos morir en nosotros alguna capacidad fundamental, sea ésta de orden físico, intelectual o espiritual. Por ejemplo, la falta de desarrollo de los músculos, del esqueleto y de las capacidades no racionales del espíritu de algunos intelectuales es tan desastrosa como la atrofia de la inteligencia y del sentido moral de ciertos atletas.
Existen innumerables ejemplos de familias prolíficas y fuertes que no produjeron más que degenerados o se extinguieron tras la desaparición de las creencias ancestrales y del culto del honor. Hemos aprendido, merced a una dura experiencia, que la pérdida del sentido moral y del sentido de lo sagrado en la mayoría de los elementos activos de una nación conduce a la decadencia de esa nación y a la sujeción al extranjero. La caída de la antigua Grecia fue precedida de un fenómeno análogo. Desde todo punto de vista, la supresión de las actividades mentales queridas por la naturaleza es incompatible con el triunfo de la vida.
En la práctica, las capacidades morales y religiosas van unidas unas a otras. El sentido moral se desvanece poco después que el sentido de lo sagrado. El hombre no ha logrado construir, como lo quería Sócrates, un sistema moral independiente de toda doctrina religiosa. Las sociedades en que la necesidad de orar desaparece no están por lo general muy alejadas del comienzo del proceso de degeneración. Por ello, todos los seres civilizados –tanto los no-creyentes como los creyentes- deben interesarse en ese grave problema del desarrollo de cada una de las actividades básicas de las que el hombre es capaz.
¿Por qué razón el sentido de lo sagrado juega un papel tan importante en el triunfo de la vida? ¿Por medio de qué mecanismo actúa la plegaria sobre nosotros? Aquí dejamos el terreno de la observación para adentrarnos en el de la hipótesis. No obstante la hipótesis, por aventurada que sea, es necesaria para el progreso del conocimiento.
Debemos recordar en primer lugar que el hombre es un todo indivisible compuesto de tejidos, de líquidos orgánicos y de conciencia. Este hombre se cree un conjunto independiente de su medio material, es decir, del universo cósmico, aun cuando en realidad sea inseparable. Lo es porque está ligado a ese medio por su necesidad incesante del oxígeno del aire y de los elementos que proporciona la tierra.
Por otra parte, el cuerpo viviente no queda comprendido por entero en el continuo físico. Se compone de espíritu tanto como de materia. Y el espíritu, aun cuando reside en nuestros órganos, se prolonga más allá de las cuatro dimensiones del espacio y del tiempo. ¿No nos ha sido dado creer que habitamos a la vez un mundo cósmico y un medio intangible, invisible, inmaterial, de naturaleza semejante a la conciencia, pero que no logramos transitar sin peligro más que el mundo material y humano?
Ese medio no sería otro que el ser inmanente en todos los seres, lo que a todos nos trasciende y que llamamos Dios. Se podría así comparar el sentido de lo sagrado a la necesidad de oxígeno. Y la plegaria tendría cierta analogía con la función respiratoria. Aquélla debiera entonces ser considerada como el agente de las relaciones naturales entre la conciencia y su medio propio. Como una actividad biológica dependiente de nuestra estructura. En otras palabras, como una función normal de nuestro cuerpo y nuestro espíritu.
(De “El poder de la plegaria”-Editorial Leviatán-Buenos Aires 1985)
Sobre estos temas es oportuno mencionar la opinión de un Premio Nobel de Medicina que estudió con interés este aspecto del comportamiento humano.
Los efectos de la plegaria
Por Alexis Carrel
La plegaria actúa sobre el espíritu y sobre el cuerpo de manera tal que parece dependiera de su calidad, su intensidad y su frecuencia. Resulta fácil saber cuál es la frecuencia de la plegaria y, en cierta medida, cuál es su intensidad. Su calidad sigue siendo desconocida, porque no tenemos manera de medir la fe y la capacidad de amor de los demás.
Sin embargo, la manera de vivir del que ora nos permite discernir la calidad de las invocaciones que ofrece Dios. Aun cuando la plegaria tenga escaso valor y consista principalmente en el recitado maquinal de fórmulas, ejerce aquélla determinados efectos sobre el comportamiento. Fortifica a la vez el sentido de lo sagrado y el sentido moral.
Los ambientes donde se ora se caracterizan por tener cierta persistencia del sentimiento del deber y la responsabilidad, porque no hay allí tanta envidia y maldad, por cierta bondad respecto al prójimo. Está demostrado que, a igual desarrollo intelectual, el carácter y el valor moral están más elevados en quienes oran, aun cuando lo hagan mediocremente, que en los individuos que no oran.
Cuando la plegaria es habitual y realmente fervorosa, su influencia se torna muy clara. En parte es comparable a una glándula de secreción interna, tal como la tiroides o las glándulas suprarrenales, por ejemplo. Esta transformación se opera de manera progresiva. Se diría que en la profundidad de la conciencia se enciende una llama. El hombre se ve tal como es. Descubre su egoísmo, su codicia, sus errores de juicio, su orgullo. Se pliega al cumplimiento del deber moral. Procura adquirir humildad intelectual. De esta manera se abre ante él el reino de la Gracia…
Poco a poco se produce un apaciguamiento interior, la armonía entre las actividades nerviosas y morales, una mejor resistencia respecto a la pobreza, la calumnia, las zozobras, la capacidad de soportar sin flaquezas la pérdida de familiares, el dolor, la enfermedad, la muerte. Así, el médico que ve a un enfermo se pone a orar para tener éxito. La calma engendrada por la plegaria constituye una poderosa ayuda para la terapéutica.
Sin embargo, no debe asimilarse la plegaria a la morfina. Porque aquélla determina, junto con la calma, la integración de las actividades mentales, una especie de floración de la personalidad. A veces el heroísmo. La oración marca a sus fieles con un sello particular. La fuerza de la mirada, la tranquilidad del porte, la serena alegría de la expresión, la virilidad de la conducta y, cuando es necesario, la simple aceptación de la muerte del soldado o del mártir, traducen la presencia del tesoro oculto en el fondo de los órganos y del espíritu.
Bajo esta influencia incluso los ignorantes, los retardados, los débiles, los mal dotados utilizan mejor sus fuerzas intelectuales y morales. Pareciera que la plegaria elevara a los hombres por encima de la estructura mental que es la suya por herencia y por educación. Ese contacto con Dios los impregna de paz. Y la paz irradia de ellos. Y llevan paz dondequiera que van. Mas, por desgracia, no hay al presente sino una ínfima cantidad de individuos que sepan orar de manera efectiva.
Significación de la plegaria
En suma, las cosas ocurren como si Dios escuchara al hombre y le respondiera. Los efectos de la plegaria no son una ilusión. No hay que reducir el sentido de lo sagrado a la angustia experimentada por el hombre frente a los peligros que lo rodean o ante el misterio del universo. Ni hacer simplemente de la plegaria una pócima tranquilizante, un remedio contra nuestro miedo al sufrimiento, las enfermedades y la muerte.
¿Cuál es entonces el significado del sentido de lo sagrado? ¿Y qué lugar la naturaleza le asigna a la plegaria en nuestra vida? De hecho, ese lugar es muy importante. En casi todas las épocas, los hombres de Occidente han orado. La Ciudad era antiguamente sobre todo una institución religiosa. Los romanos elevaban templos por doquier. Nuestros antepasados de la Edad Media cubrieron de catedrales y de capillas góticas el suelo de la cristiandad. Aun en nuestros días por sobre la altura de todos los pueblos se destaca un campanario. Por medio de las iglesias así como mediante universidades y fábricas, los peregrinos llegados de Europa instauraron en el nuevo mundo la civilización de Occidente.
En el curso de nuestra historia, orar ha sido una necesidad tan elemental como la de trabajar, la de conquistar, construir o amar. En realidad, el sentido de lo sagrado parece ser un impulso venido de lo más profundo de nuestra naturaleza, una actividad fundamental. Sus variaciones en un grupo humano están casi siempre unidas a las de otras actividades básicas, el sentido moral y el carácter, y a veces el sentido de lo bello. Esta parte tan importante de nosotros es la que hemos permitido que se atrofiara y a menudo que desapareciera.
Es preciso recordar que el hombre no puede sin peligro conducirse según le plazca a su fantasía. Para salir triunfante, la vida debe ser llevada de acuerdo a las reglas invariables que dependen de su estructura misma. Corremos un grave riesgo cuando dejamos morir en nosotros alguna capacidad fundamental, sea ésta de orden físico, intelectual o espiritual. Por ejemplo, la falta de desarrollo de los músculos, del esqueleto y de las capacidades no racionales del espíritu de algunos intelectuales es tan desastrosa como la atrofia de la inteligencia y del sentido moral de ciertos atletas.
Existen innumerables ejemplos de familias prolíficas y fuertes que no produjeron más que degenerados o se extinguieron tras la desaparición de las creencias ancestrales y del culto del honor. Hemos aprendido, merced a una dura experiencia, que la pérdida del sentido moral y del sentido de lo sagrado en la mayoría de los elementos activos de una nación conduce a la decadencia de esa nación y a la sujeción al extranjero. La caída de la antigua Grecia fue precedida de un fenómeno análogo. Desde todo punto de vista, la supresión de las actividades mentales queridas por la naturaleza es incompatible con el triunfo de la vida.
En la práctica, las capacidades morales y religiosas van unidas unas a otras. El sentido moral se desvanece poco después que el sentido de lo sagrado. El hombre no ha logrado construir, como lo quería Sócrates, un sistema moral independiente de toda doctrina religiosa. Las sociedades en que la necesidad de orar desaparece no están por lo general muy alejadas del comienzo del proceso de degeneración. Por ello, todos los seres civilizados –tanto los no-creyentes como los creyentes- deben interesarse en ese grave problema del desarrollo de cada una de las actividades básicas de las que el hombre es capaz.
¿Por qué razón el sentido de lo sagrado juega un papel tan importante en el triunfo de la vida? ¿Por medio de qué mecanismo actúa la plegaria sobre nosotros? Aquí dejamos el terreno de la observación para adentrarnos en el de la hipótesis. No obstante la hipótesis, por aventurada que sea, es necesaria para el progreso del conocimiento.
Debemos recordar en primer lugar que el hombre es un todo indivisible compuesto de tejidos, de líquidos orgánicos y de conciencia. Este hombre se cree un conjunto independiente de su medio material, es decir, del universo cósmico, aun cuando en realidad sea inseparable. Lo es porque está ligado a ese medio por su necesidad incesante del oxígeno del aire y de los elementos que proporciona la tierra.
Por otra parte, el cuerpo viviente no queda comprendido por entero en el continuo físico. Se compone de espíritu tanto como de materia. Y el espíritu, aun cuando reside en nuestros órganos, se prolonga más allá de las cuatro dimensiones del espacio y del tiempo. ¿No nos ha sido dado creer que habitamos a la vez un mundo cósmico y un medio intangible, invisible, inmaterial, de naturaleza semejante a la conciencia, pero que no logramos transitar sin peligro más que el mundo material y humano?
Ese medio no sería otro que el ser inmanente en todos los seres, lo que a todos nos trasciende y que llamamos Dios. Se podría así comparar el sentido de lo sagrado a la necesidad de oxígeno. Y la plegaria tendría cierta analogía con la función respiratoria. Aquélla debiera entonces ser considerada como el agente de las relaciones naturales entre la conciencia y su medio propio. Como una actividad biológica dependiente de nuestra estructura. En otras palabras, como una función normal de nuestro cuerpo y nuestro espíritu.
(De “El poder de la plegaria”-Editorial Leviatán-Buenos Aires 1985)
miércoles, 10 de enero de 2024
Resentimiento
La persona que odia, o que todavía tiene capacidad para odiar, tratará de autoprotegerse de ese autocastigo descalificando o despreciando a las personas odiadas. También podrá buscar alguna forma de venganza ante el mal recibido, mientras tanto seguirán en su mente persistiendo los hechos que motivaron su actitud adversa, lo que puede denominarse como "resentimiento".
El resentimiento se asocia a la imposibilidad de venganza o de superación del odio, y, por supuesto, a la imposibilidad del perdón o del abandono de la actitud que mantiene vigente la capacidad de odiar, en lugar de dedicar mente y pensamientos hacia los aspectos positivos que nos ofrece la vida. Emilio Mira y López escribió: “Max Scheler ha sido quien con mayor clarividencia ha analizado este complejo y deletéreo estado anímico, en el que muchas personas se resecan y carcomen, en una tortura peor que la más infernal de las imaginadas venganzas. Pone de manifiesto ese gran pensador que se requieren tres condiciones para que el odio engendre el resentimiento:
1- Que se haya alimentado una probabilidad de triunfo sobre lo odiado.
2- Que ésta se haya perdido por falta de coraje.
3- Que el sujeto, que siente una sed sin esperanza de venganza, perciba su inferioridad y no se conforme con ella, odiándose tanto o más de lo que primitivamente se odió.
En tales condiciones nada puede, ya, hacerse para devolverle la paz «desde fuera», puesto que su rabia crece y se magnifica por autoinducción. Cualquier gesto de generosidad, conciliación o complacencia sólo sirve para empeorar el resentimiento; la única salvación sería borrar el pasado u olvidarse de sí mismo, mas una y otra condiciones son prácticamente imposibles de logro y por ello la persona resentida se comporta, al parecer, masoquísticamente, aumentado sin cesar los motivos de su sufrimiento, cual si quisiera expiar su cobardía o su ineptitud para lograr la reparación de su vulnerable «yo»” (De “Cuatro gigantes del alma”-Librería El Ateneo Editorial-Buenos Aires 1957).
Max Scheler escribió: “La persona resentida siente como mágica la atracción hacia fenómenos como la alegría de la vida, el lustre, el poder, la dicha, la riqueza, la fuerza; no puede pasar junto a ellos sin contemplarlos («quiera» o no). Pero al mismo tiempo le atormenta en secreto el deseo de poseerlos, deseo que ella sabe es «vano»; y esto determina a su vez una deliberada voluntad de apartar la mirada de ellos, un huraño afán de prescindir de ellos, de desviar la atención de eso que atormenta su alma, afán bien comprensible por la teleología de la conciencia”.
“El progreso de este movimiento interior conduce, en primer término, a una característica falsificación de la verdadera imagen del mundo. El mundo de la persona resentida recibe una estructura muy determinada en su relieve de los valores vitales, cualesquiera que sean los objetos que aquella persona tome en cuenta. A medida que esta desviación vence sobre la atracción de valores positivos, la persona se hunde (con omisión de los valores intermedios y de tránsito) en los males opuestos a aquéllos, males que ocupan un espacio cada vez mayor en la esfera de su atención valorativa”.
“Hay en esa persona algo que quisiera injuriar, rebajar, empequeñecer, y que hace presa, valga la palabra, sobre toda cosa en que puede desfogarse. De este modo, «calumnia» involuntariamente la existencia y el mundo, para justificar la última constitución de su vida valorativa” (De “El resentimiento en la moral”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1938).
Por lo general, las masas tienden a culpar a un imperialismo extranjero por todos sus males ante la intensa proclama de algún líder populista. No se conforman con odiar a una persona, o unas pocas, sino a toda una nación. De ahí que cada éxito logrado por algún habitante del “imperio” sea un motivo más de infelicidad y de autocastigo. Cuando alguien intenta evitar que un individuo malogre su vida de esa forma, tratará de hacerle ver que en realidad el imperialismo no es tan malo como se piensa, o bien que no es tan culpable de nuestros males como se cree. Luego, el resentido ha de considerar a quien trata de sacarlo de su deplorable estado como un “traidor” a favor del imperialismo extranjero, por lo cual ya no tendrá efecto la ayuda mencionada.
El resentimiento es una actitud que implica tanto un aspecto emocional como cognitivo. Rafael Echeverría escribió: “Cuando los seres humanos luchamos contra lo que no podemos cambiar, cuando demostramos incapacidad para aceptar lo que hemos llamado las facticidades de la vida, generamos un espacio dentro del cual es fácil que se desarrolle el resentimiento. No estamos diciendo que el resentimiento sólo sea una resistencia a las facticidades de la vida. Para crear resentimiento se necesita más que el rechazo a lo que no se puede cambiar”.
“¿Qué es el resentimiento? Este estado de ánimo puede ser reconstruido en términos de una conversación subyacente en la cual interpretamos que hemos sido víctimas de una acción injusta. Una conversación que sostiene que teníamos el derecho moral a obtener algo que nos fue negado o que simplemente merecíamos algo mejor de lo que obtuvimos. Alguien se interpuso impidiendo que obtuviéramos lo que merecíamos, negándonos posibilidades a las que consideramos que teníamos derecho. Alguien, por lo tanto, aparece en nuestra interpretación como culpable por lo que nos sucede”.
“En su reconstrucción lingüística detectamos el juicio en que alguien nos cerró determinadas posibilidades en nuestra vida, como también el juicio de que ello es injusto. Este alguien podría ser una persona, un grupo de personas, toda una clase de individuos (por ejemplo, todos los hombres, todas las mujeres, los jefes, los inmigrantes, los hispánicos, los judíos, los negros, los gitanos, etcétera). Se podría culpar incluso al mundo entero o a la vida como un todo” (De “Ontología del lenguaje”-Dolen Ediciones-Santiago de Chile 1995).
Las distintas tendencias políticas responden a diferentes actitudes personales subyacentes. De ahí que el resentimiento sea promovido por las tendencias populistas y totalitarias para ganar adeptos. Se trata de elegir a un sector para atribuirle todas las culpas, ya sea se trate de los judíos, la burguesía o la oligarquía. Es por ello que el afianzamiento de la paz y la democracia se ha de lograr, no tanto con la promoción de una buena política, sino con el adecuado diagnóstico psiquiátrico de ciertas debilidades psicológicas proyectadas a un nivel masivo. El “secreto” para lograr un fracaso definitivo implica culpar a los demás por todos nuestros males impidiendo intentar algún cambio favorable.
El citado autor agrega: “Pero el resentimiento suele no detenerse allí. Además de los juicios subyacentes en los que podemos reconstruirlo, descubrimos también una declaración (o una promesa que nos hacemos a nosotros mismos). Sea quien sea el que hacemos responsable de la injusticia que se nos ha hecho, tarde o temprano pagará. En cuanto sea permitido, se hará justicia. Podrá tomar tiempo, pero llegará el momento en que nos vengaremos o alguien (¡Justicia divina!) nos vengará. El espíritu de la venganza es un subproducto habitual del resentimiento”.
La peligrosidad del líder que disfraza sus verdaderas intenciones resulta mayor que la de quienes abiertamente promueven ideas erróneas. “El estado de ánimo de resentimiento se acerca al de la ira. La principal diferencia reside, sin embargo, en que la ira se manifiesta abiertamente. El resentimiento, por el contrario, permanece escondido. Se mantiene como una conversación privada. Crece en el silencio y rara vez se manifiesta directamente”.
Mientras los profetas bíblicos se inspiran en Dios como el creador del hombre y que, como tal, establece leyes estrictas, surgiendo como resultado de tal contemplación la sugerencia ética del amor al prójimo, los profetas del resentimiento, por el contrario, reemplazan a Dios por algún político o algún filósofo que propone sus propias leyes, y de ahí que buscan objetivos opuestos a la actitud cooperativa, llenándolos de resentimiento como paso previo a la construcción de una sociedad utópica, ya que el resentimiento y el odio justificarán plenamente la realización de tal sociedad. Rafael Echeverría escribe al respecto: “El resentimiento se presenta siempre como fruto de una reacción desactivada, una reacción que no se efectúa, que se refrena, se contiene. Éste es su principal aspecto: ante una acción determinada, no se reacciona, pero la reacción es sentida, y este sentimiento de la reacción suple a la reacción misma”.
“Es importante ver bien la complejidad del asunto. Lo aparentemente usual es que la gente reaccione actuando; aunque es también habitual que ante una determinada excitación (en sentido muy general: una agresión del prójimo, verbal o física; una cierta presión del medio en que uno se encuentra; una determinada exigencia que flota en el aire…) el individuo no reacciona, y esta actitud puede deberse a factores muy distintos: quizá no haya percibido la acción o, habiéndola percibido, no la sienta amenazante o perturbadora; tal vez la fortaleza del individuo sea tal que la pretendida agresión no suponga para él más que la molestia de una mosca impertinente («no ofende quien quiere, sino quien puede»); puede que se encuentre en un mundo distinto de aquel del que procede la acción (aunque así lo parezca, no todos deambulamos por el mismo mundo, por el mismo tejido de valores y de jerarquía de valores)”.
“El resentimiento, por el contrario, se da cuando se combinan dos elementos aparentemente contradictorios: la reacción y su no efectuación. Entendiendo la reacción como un tipo de acción (acción de respuesta, de rebote, de reflexión), el resentimiento aparece como el extraño producto de una reacción que no es acción, brota de una reacción que persiste como tal sin descargarse, de una reacción que queda fijada, como petrificada, sin perder por ello nada de su fuerza original”.
El resentimiento se asocia a la imposibilidad de venganza o de superación del odio, y, por supuesto, a la imposibilidad del perdón o del abandono de la actitud que mantiene vigente la capacidad de odiar, en lugar de dedicar mente y pensamientos hacia los aspectos positivos que nos ofrece la vida. Emilio Mira y López escribió: “Max Scheler ha sido quien con mayor clarividencia ha analizado este complejo y deletéreo estado anímico, en el que muchas personas se resecan y carcomen, en una tortura peor que la más infernal de las imaginadas venganzas. Pone de manifiesto ese gran pensador que se requieren tres condiciones para que el odio engendre el resentimiento:
1- Que se haya alimentado una probabilidad de triunfo sobre lo odiado.
2- Que ésta se haya perdido por falta de coraje.
3- Que el sujeto, que siente una sed sin esperanza de venganza, perciba su inferioridad y no se conforme con ella, odiándose tanto o más de lo que primitivamente se odió.
En tales condiciones nada puede, ya, hacerse para devolverle la paz «desde fuera», puesto que su rabia crece y se magnifica por autoinducción. Cualquier gesto de generosidad, conciliación o complacencia sólo sirve para empeorar el resentimiento; la única salvación sería borrar el pasado u olvidarse de sí mismo, mas una y otra condiciones son prácticamente imposibles de logro y por ello la persona resentida se comporta, al parecer, masoquísticamente, aumentado sin cesar los motivos de su sufrimiento, cual si quisiera expiar su cobardía o su ineptitud para lograr la reparación de su vulnerable «yo»” (De “Cuatro gigantes del alma”-Librería El Ateneo Editorial-Buenos Aires 1957).
Max Scheler escribió: “La persona resentida siente como mágica la atracción hacia fenómenos como la alegría de la vida, el lustre, el poder, la dicha, la riqueza, la fuerza; no puede pasar junto a ellos sin contemplarlos («quiera» o no). Pero al mismo tiempo le atormenta en secreto el deseo de poseerlos, deseo que ella sabe es «vano»; y esto determina a su vez una deliberada voluntad de apartar la mirada de ellos, un huraño afán de prescindir de ellos, de desviar la atención de eso que atormenta su alma, afán bien comprensible por la teleología de la conciencia”.
“El progreso de este movimiento interior conduce, en primer término, a una característica falsificación de la verdadera imagen del mundo. El mundo de la persona resentida recibe una estructura muy determinada en su relieve de los valores vitales, cualesquiera que sean los objetos que aquella persona tome en cuenta. A medida que esta desviación vence sobre la atracción de valores positivos, la persona se hunde (con omisión de los valores intermedios y de tránsito) en los males opuestos a aquéllos, males que ocupan un espacio cada vez mayor en la esfera de su atención valorativa”.
“Hay en esa persona algo que quisiera injuriar, rebajar, empequeñecer, y que hace presa, valga la palabra, sobre toda cosa en que puede desfogarse. De este modo, «calumnia» involuntariamente la existencia y el mundo, para justificar la última constitución de su vida valorativa” (De “El resentimiento en la moral”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1938).
Por lo general, las masas tienden a culpar a un imperialismo extranjero por todos sus males ante la intensa proclama de algún líder populista. No se conforman con odiar a una persona, o unas pocas, sino a toda una nación. De ahí que cada éxito logrado por algún habitante del “imperio” sea un motivo más de infelicidad y de autocastigo. Cuando alguien intenta evitar que un individuo malogre su vida de esa forma, tratará de hacerle ver que en realidad el imperialismo no es tan malo como se piensa, o bien que no es tan culpable de nuestros males como se cree. Luego, el resentido ha de considerar a quien trata de sacarlo de su deplorable estado como un “traidor” a favor del imperialismo extranjero, por lo cual ya no tendrá efecto la ayuda mencionada.
El resentimiento es una actitud que implica tanto un aspecto emocional como cognitivo. Rafael Echeverría escribió: “Cuando los seres humanos luchamos contra lo que no podemos cambiar, cuando demostramos incapacidad para aceptar lo que hemos llamado las facticidades de la vida, generamos un espacio dentro del cual es fácil que se desarrolle el resentimiento. No estamos diciendo que el resentimiento sólo sea una resistencia a las facticidades de la vida. Para crear resentimiento se necesita más que el rechazo a lo que no se puede cambiar”.
“¿Qué es el resentimiento? Este estado de ánimo puede ser reconstruido en términos de una conversación subyacente en la cual interpretamos que hemos sido víctimas de una acción injusta. Una conversación que sostiene que teníamos el derecho moral a obtener algo que nos fue negado o que simplemente merecíamos algo mejor de lo que obtuvimos. Alguien se interpuso impidiendo que obtuviéramos lo que merecíamos, negándonos posibilidades a las que consideramos que teníamos derecho. Alguien, por lo tanto, aparece en nuestra interpretación como culpable por lo que nos sucede”.
“En su reconstrucción lingüística detectamos el juicio en que alguien nos cerró determinadas posibilidades en nuestra vida, como también el juicio de que ello es injusto. Este alguien podría ser una persona, un grupo de personas, toda una clase de individuos (por ejemplo, todos los hombres, todas las mujeres, los jefes, los inmigrantes, los hispánicos, los judíos, los negros, los gitanos, etcétera). Se podría culpar incluso al mundo entero o a la vida como un todo” (De “Ontología del lenguaje”-Dolen Ediciones-Santiago de Chile 1995).
Las distintas tendencias políticas responden a diferentes actitudes personales subyacentes. De ahí que el resentimiento sea promovido por las tendencias populistas y totalitarias para ganar adeptos. Se trata de elegir a un sector para atribuirle todas las culpas, ya sea se trate de los judíos, la burguesía o la oligarquía. Es por ello que el afianzamiento de la paz y la democracia se ha de lograr, no tanto con la promoción de una buena política, sino con el adecuado diagnóstico psiquiátrico de ciertas debilidades psicológicas proyectadas a un nivel masivo. El “secreto” para lograr un fracaso definitivo implica culpar a los demás por todos nuestros males impidiendo intentar algún cambio favorable.
El citado autor agrega: “Pero el resentimiento suele no detenerse allí. Además de los juicios subyacentes en los que podemos reconstruirlo, descubrimos también una declaración (o una promesa que nos hacemos a nosotros mismos). Sea quien sea el que hacemos responsable de la injusticia que se nos ha hecho, tarde o temprano pagará. En cuanto sea permitido, se hará justicia. Podrá tomar tiempo, pero llegará el momento en que nos vengaremos o alguien (¡Justicia divina!) nos vengará. El espíritu de la venganza es un subproducto habitual del resentimiento”.
La peligrosidad del líder que disfraza sus verdaderas intenciones resulta mayor que la de quienes abiertamente promueven ideas erróneas. “El estado de ánimo de resentimiento se acerca al de la ira. La principal diferencia reside, sin embargo, en que la ira se manifiesta abiertamente. El resentimiento, por el contrario, permanece escondido. Se mantiene como una conversación privada. Crece en el silencio y rara vez se manifiesta directamente”.
Mientras los profetas bíblicos se inspiran en Dios como el creador del hombre y que, como tal, establece leyes estrictas, surgiendo como resultado de tal contemplación la sugerencia ética del amor al prójimo, los profetas del resentimiento, por el contrario, reemplazan a Dios por algún político o algún filósofo que propone sus propias leyes, y de ahí que buscan objetivos opuestos a la actitud cooperativa, llenándolos de resentimiento como paso previo a la construcción de una sociedad utópica, ya que el resentimiento y el odio justificarán plenamente la realización de tal sociedad. Rafael Echeverría escribe al respecto: “El resentimiento se presenta siempre como fruto de una reacción desactivada, una reacción que no se efectúa, que se refrena, se contiene. Éste es su principal aspecto: ante una acción determinada, no se reacciona, pero la reacción es sentida, y este sentimiento de la reacción suple a la reacción misma”.
“Es importante ver bien la complejidad del asunto. Lo aparentemente usual es que la gente reaccione actuando; aunque es también habitual que ante una determinada excitación (en sentido muy general: una agresión del prójimo, verbal o física; una cierta presión del medio en que uno se encuentra; una determinada exigencia que flota en el aire…) el individuo no reacciona, y esta actitud puede deberse a factores muy distintos: quizá no haya percibido la acción o, habiéndola percibido, no la sienta amenazante o perturbadora; tal vez la fortaleza del individuo sea tal que la pretendida agresión no suponga para él más que la molestia de una mosca impertinente («no ofende quien quiere, sino quien puede»); puede que se encuentre en un mundo distinto de aquel del que procede la acción (aunque así lo parezca, no todos deambulamos por el mismo mundo, por el mismo tejido de valores y de jerarquía de valores)”.
“El resentimiento, por el contrario, se da cuando se combinan dos elementos aparentemente contradictorios: la reacción y su no efectuación. Entendiendo la reacción como un tipo de acción (acción de respuesta, de rebote, de reflexión), el resentimiento aparece como el extraño producto de una reacción que no es acción, brota de una reacción que persiste como tal sin descargarse, de una reacción que queda fijada, como petrificada, sin perder por ello nada de su fuerza original”.
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