miércoles, 13 de septiembre de 2023

Derechos humanos y moral marxista

La mayoría de los seres humanos tiende a recordar y homenajear a los muertos, ya sean familiares o bien personas comunes pertenecientes a una comunidad. El ser humano es el único ser viviente que "entierra a los muertos", y de ahí el nombre que nos caracteriza. Además de enterrarlos, se los recuerda, como se dijo. Pero hay excepciones, como la que observamos en la Argentina, ya que no existe en ninguna parte una placa recordatoria en la que aparezcan los nombres de los 1.094 asesinados por la guerrilla cubano-soviética de los años 70. Entre esas víctimas del terror hay niños, jóvenes, empresarios, empleados, policías, militares, etc. Muy pocos de ellos tenía incumbencia en cuestiones de política.

Cuando recientemente se organiza en Buenos Aires un homenaje recordatorio de esas víctimas inocentes, los sectores de izquierda tratan de boicotearlo y descalificarlo, siendo justamente quienes compartían sus siniestras ideas los que provocaron tales asesinatos. Sería esperable que algunos de ellos mostraran cierto arrepentimiento por la violencia por ellos iniciada. Aunque ello no es de esperar por cuanto ni siquiera aceptan que alguien recuerde a esas víctimas.

Algunos ilusos esperan que alguna vez se cierre la grieta que separa a los argentinos, siendo algo improbable por cuanto resulta imposible ponerse de acuerdo con quienes ni siquiera aceptan que se hagan homenajes a simples ciudadanos argentinos. Cuando desde la izquierda política se habla de "derechos humanos" debe entenderse que se refieren a derechos exclusivos de quienes apoyan al marxismo o al kirchnerismo, mientras que el resto sería para ellos "no humanos", no dignos de recibir homenajes aún después de ser asesinados infamemente.

Cuando se habla del siniestro pasado del marxismo, con sus decenas de millones de víctimas, resulta frecuente escuchar que tales matanzas "fueron necesarias", es decir, la instauración del socialismo significa para ellos algo prioritario, incluso por sobre la vida de millones de inocentes.

Para encontrarle cierta explicación a tal conducta, debe tenerse presente que la "moral marxista" es muy distinta a la moral natural o cristiana, ya que el "no matarás" es selectivo para el marxista, siendo el bien todo lo que favorece el advenimiento del socialismo (incluso el asesinato de opositores). El mal sería la oposición al socialismo, por lo cual eliminar la oposición sería un bien. Si nos ubicamos imaginariamente en tal visión de la realidad, podemos encontarle cierto sentido a la conducta marxista. Octavio Derisi escribió: “El Materialismo dialéctico e histórico de Marx ha hecho del conocimiento y de toda la actividad humana un producto de la materia que, a través de los medios de producción da origen a los diversos tipos de sociedad; la cual, a su vez, engendra las «ideologías» correspondientes a ellas: el derecho, la filosofía, la moral, la religión".

"La moral, pues, no tiene ningún sentido absoluto en el marxismo, sino que es simplemente un modo de obrar para amparar cierta forma de sociedad y, en última instancia, determinados medios de trabajo y producción. Más aún, como todo conocimiento en el marxismo, también el de la moral no se logra como aprehensión de un ser o verdad absoluta, en la que no cree -agnosticismo-, sino como praxis o actividad práctica que «resulta» o tiene éxito. En tal sentido, la moral del marxismo es la moral de los medios, una suerte de maquiavelismo llevado hasta el fin: buena o mala es la acción que conviene a la sociedad y, más concretamente, la que favorece o entorpece la realización del ideal de la sociedad, que es el comunismo”.

"La moral marxista se reduce también a un amoralismo absoluto, que desemboca en un inmoralismo desenfadado: buenas son todas las acciones que ayudan al advenimiento o arraigo del comunismo y, en tal sentido, nada es ilícito; y malas las que a él se oponen. Las reglas supremas de la moral y del derecho las determina el partido comunista" (De “Los fundamentos metafísicos del orden moral”-Editorial El Derecho-Universitas SRL-Buenos Aires 1978).

martes, 12 de septiembre de 2023

La pesadilla del totalitarismo

Por Jorge Martínez

Setenta años atrás se publicaba "1984", la novela más famosa de George Orwell. El libro fue concebido como una cristalina sátira del comunismo soviético y sus cómplices en Occidente. Pero el paso del tiempo desdibujó esa intención y transformó la obra en una profecía ambigua y apolítica.

Sus creaciones se integraron ya a la cultura popular y hasta lograron filtrarse en el habla cotidiana. El Gran Hermano, la Policía del Pensamiento, el Ministerio de la Verdad, la neolengua. Combinadas dieron forma a un adjetivo que, no sin hipocresía, también se hizo moneda corriente en el debate político: "orwelliano". El sinónimo del totalitarismo irrevocable, la completa vigilancia ideológica de la vida y el pensamiento de las personas, un mundo de pesadilla en el que se abolió la libertad, la verdad objetiva y hasta el recuerdo del pasado tal como sucedió.

Todo eso aparece en 1984, la última novela de George Orwell, publicada hace setenta años. Desde entonces ha sido su obra más estudiada y analizada, la más potente por su doble carácter de denuncia y advertencia, una suerte de legado literario y moral de un autor guiado por una llamativa -para su tiempo- preocupación por la verdad y sus manipulaciones.

Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair) tuvo la idea primigenia en 1943 y se aplicó a escribirla entre agosto de 1946 y fines de 1947, en una finca alquilada en la isla escocesa de Jura. Puede decirse que dedicó a ella su último aliento creativo y vital. Debilitado por sus periódicas recaídas en la tuberculosis, la exigente tarea de corregir y mecanografiar el manuscrito agotó sus fuerzas en los últimos meses de 1948. Cuando la novela se publicó en Gran Bretaña, el 8 de junio de 1949, Orwell estaba ingresando en otra de sus frecuentes crisis de salud, de la que ya no se recuperaría.

El libro consiguió un éxito inmediato. Transcurrido un año se habían vendido 50.000 ejemplares en las islas británicas y 360.000 en dos ediciones aparecidas en Estados Unidos. No menos intensa fue la repercusión crítica en ambas costas del Atlántico, con una amplia gama de reacciones -por lo general elogiosas- que no siempre detectaron la verdadera intención del autor al escribirlo.

REACCIONES

V. S. Pritchett y Lionel Trilling prodigaron sentidas alabanzas. Julian Symons descartó el carácter de mera utopía negativa de la obra, y la distanció de los antecedentes fijados por H.G. Wells o Aldous Huxley. También Evelyn Waugh la aplaudió, pero objetó su materialismo y consideró "espuria" la idea de un mundo en el que desapareciera la Iglesia. En Alemania, Golo Mann, el hijo del novelista, abrió una senda que sería muy transitada. Al reseñarla en la prensa germana no sólo vio una crítica al régimen soviético sino también alusiones al nazismo o al fascismo, que de ningún modo son evidentes. La prensa comunista anglosajona, tal vez sangrando por la herida, la juzgó mera propaganda de la guerra fría. ¿Pero qué pretendió hacer Orwell con la estremecedora historia de Winston Smith, el empleado disidente del Ministerio de la Verdad, cuyo título provisorio había sido "El último hombre de Europa"?

Lo aclaró varias veces, en cartas, artículos o ensayos contemporáneos al proceso de escritura. Se había propuesto intentar -informó en una misiva de mayo de 1947- una "novela sobre el futuro, es decir, una fantasía en algún sentido, pero en la forma de una novela naturalista". Su intención primera, declaró en una carta enviada a fines de 1948, había sido estampar una sátira o parodia de las "implicancias intelectuales del totalitarismo" y denunciar la división del mundo en "zonas de influencia", tal como había sucedido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. "Mi nuevo libro es una utopía en forma de novela", resumió a Symons en febrero de 1949.

Varias de esas ideas habían inspirado su otra gran alegoría política, Animal Farm (Rebelión en la granja), que escribió entre noviembre de 1943 y febrero de 1944, y cuya publicación se demoró al menos un año tras ser rechazada por cuatro editoriales y por sugerencia del gobierno británico, que no quería que el libro hiriera las sensibilidades de su, todavía, aliado soviético.

Orwell no había dado los últimos toques a Rebelión en la granja cuando, según una carta de febrero de 1944, ya bosquejaba lo que sería 1984, a la vez que confesaba su interés por Nosotros, la novela antisoviética de Yevgueni Zamiatin que hasta cierto punto tomó como modelo de la suya.

La fábula de los animales revolucionarios y la pesadilla del Gran Hermano parecían integrar un mismo proyecto, concebido con una finalidad similar. "La relación entre los dos libros es más cercana de lo que suponían muchos críticos -destacó Bernard Crick, el más respetado de los biógrafos de Orwell-. La forma que adoptó cada libro fue diferente, pero había una continuidad intelectual entre la historia de la revolución traicionada y la historia de los traidores, ávidos de poder en cada caso, que se perpetuaban para siempre en el poder".

DESTRUIR EL MITO

El propio Orwell fue más específico en un prólogo de 1947 a la edición ucraniana de Rebelión en la granja. "...durante los últimos diez años -escribió- he estado convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos un renacimiento del movimiento socialista (...) A mi regreso de España (en 1937) pensé en exponer el mito soviético en una historia que fuera fácilmente comprensible por cualquiera y que pudiera traducirse fácilmente a otros idiomas".

Por lo tanto, no había ninguna ambigüedad respecto de lo que se había propuesto hacer en Rebelión en la granja. Con 1984, los temas que habían ido madurando desde su amarga participación en la Guerra Civil española, el motivo principal de su gran decepción con el comunismo soviético, alcanzaron su pleno desarrollo. No dejó ninguno sin abordar en sus páginas. La manipulación del pasado, el total abandono de la noción de verdad objetiva, la conexión entre "los hábitos totalitarios del pensamiento y la corrupción del idioma", el embrutecimiento deliberado de las masas (los "proles"), la doble moral (y el "doblepensar") de las oligarquías ideologizadas, el uso del terror y la propaganda para someter a los gobernados, la permanente incitación a odiar enemigos ficticios, "la división del mundo entre dos o tres enormes súper-estados, incapaces de conquistarse entre sí o de ser derrocados por rebeliones internas", la vigilancia constante, opresiva, hasta conseguir la completa "deshumanización" de los oprimidos.

Paradoja no menor es que Orwell terminó padeciendo lo que tanto temía. Una confusión muy orwelliana ha distorsionado la interpretación de la más famosa de sus novelas. En la sátira transparente de las dictaduras comunistas se quiso ver una vaga denuncia de todos los totalitarismos, sin importancia de su signo político. Y la parodia explícita de las consignas, costumbres, contradicciones y temores del comunismo gobernante, que en 1949 ya aplastaba a media Europa y acababa de apoderarse de China, fue leída como una profecía futurista con tintes de ciencia-ficción. Incluso hoy, mientras subsisten la Cuba de los Castro y la Corea de los Kim, hay quienes identifican al Gran Hermano con Donald Trump.

Fue un engaño favorecido por el paso de los años. Los primeros lectores de 1984 habían entendido fácilmente la intención del autor. Y los que en su tiempo pudieron conseguir el libro del otro lado del Telón de Acero, se asombraron por la descripción de lo que para ellos no era ninguna distopía, sino la más cruda de las realidades. "Quienes sólo conocen a Orwell de oídas están sorprendidos de que un escritor que nunca vivió en Rusia pudiera tener una percepción tan aguda de la vida allí", observó en 1953 el poeta polaco disidente Czeslaw Milosz.

Es posible que la personalidad de Orwell haya fomentado las confusiones. Siempre fue un hombre inclasificable. Era un socialista más bien libertario, aunque no anarquista. Denunciaba al imperialismo y al pacifismo por igual. Sus convicciones eran internacionalistas, pero nunca dejó de ser un patriota inglés. Desconfiaba de los intelectuales pese a que era uno de ellos y sentía un genuino aprecio por los obreros y los desposeídos. Y fue, desde luego, un anticomunista convencido, al punto de que en sus últimos días llevaba un cuaderno con un centenar de nombres de presuntos y famosos "compañeros de ruta" de Stalin en Gran Bretaña que actualizaba y corregía con atenta vigilancia.

EL EJEMPLO

George Orwell murió el 21 de enero de 1950 a causa de una hemorragia pulmonar, cuando le faltaban cinco meses para cumplir 47 años. En su legado se cuentan trece libros e innumerables artículos, crónicas y reseñas (fue, entre otras cosas, un agudo crítico literario) escritas en una de las prosas más cristalinas de la moderna literatura inglesa. Dejó también un admirable testimonio de valentía física y moral a lo largo de una existencia sufrida y algo melancólica. "La tragedia de la vida de Orwell -escribió Cyril Connolly, uno de sus muchos amigos del mundillo literario- es que cuando al fin consiguió la fama y el éxito era un hombre moribundo, y lo sabía".

Ese hombre que acertó en tantas cosas, incurrió también en algunos yerros notables. El más desconcertante de todos fue su arraigada impresión de que el control absoluto de la vida y las mentes de las personas sólo podría darse si lo imponía por la fuerza un Estado totalitario de cuño soviético. Perdura una carta en la que llegó a desechar de manera explícita la posibilidad, intuida en su momento por Aldous Huxley, de que ese dominio pudiera alcanzarse a través del hedonismo y la técnica y con la voluntaria sumisión de sus víctimas. En ese plano, el autor de 1984 estuvo muy lejos de imaginar nuestro perturbado siglo XXI.

(De www.laprensa.com.ar)

La Iglesia y el Anticristo

Una parte importante de las profecías bíblicas puede interpretarse como simbologías que tienen cabida en la realidad, siendo éste el caso de las asociadas a los "últimos tiempos", que preanuncian la finalización de una época negativa para el ser humano y el comienzo de una reparación de todo lo que funciona mal. La etapa final se ha caracterizado como el predominio de la infiltración del Anticristo en la propia Iglesia Católica. Al respecto, Joris Steverlynck Gonnet escribió: "La persecución del Anticristo tendrá una extraordinaria característica: no destruirá iglesias, conventos ni estructuras eclesiales formales, ni hará desaparecer las autoridades eclesiásticas; mantendrá todo ello, pero serán templos donde se adorará al Demonio y a su representante el Anticristo, y estructuras formales en las que obispos y sacerdotes serán hombres del Anticristo que podrían hacer milagros" (De "¿Llega el Anticristo?"-Editorial Villa Flandria-Buenos Aires 2005).

Han sido los líderes totalitarios los mayores enemigos del cristianismo por cuanto en un cerebro cristiano no entran las ideas ni el odio totalitario; de ahí la necesidad de eliminar la religión. Sin embargo, el marxismo-leninismo ha llegado incluso a predominar en la actual dirección de la Iglesia Católica a través de su “versión teológica”: la Teología de la Liberación. Su principal artífice, Gustavo Gutiérrez escribió: “Sólo puede haber un desarrollo auténtico para América Latina en la liberación de la dominación ejercida por los grandes capitalistas y en especial por el país hegemónico: EEUU. Lo que implica además el enfrentamiento con sus aliados naturales: los grupos dominantes nacionales. Se hace en efecto cada vez más evidente que los pueblos latinoamericanos no saldrán de su situación sino mediante una transformación profunda, una revolución social que cambie radical y cualitativamente las condiciones en que viven actualmente”.

Gutiérrez cita a Paulo Freire, al que adhiere, en su libro “Teología de la liberación, perspectivas”: “El proyecto histórico, la utopía de la liberación como creación de una nueva conciencia social, como apropiación social no sólo de los medios de producción sino también de la gestión política y en definitiva de la libertad, es el lugar propio de la revolución cultural, es decir, el de la creación permanente de un hombre nuevo en una sociedad distinta y solidaria. Por esta razón esa creación es el lugar de encuentro entre la liberación política y la comunión de todos los hombres con Dios”.

Ricardo de la Cierva comenta al respecto: “Apropiarse -¿desde dónde?- no sólo de los medios de producción sino «también de la gestión política y en definitiva de la libertad» no es sólo marxismo; es marxismo-leninismo concentrado y brutal” (De “Oscura rebelión en la Iglesia”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1987).

Puede detallarse el aspecto común a todas las grandes tragedias en la siguiente síntesis:

Catástrofe social = Poder absoluto del Estado + Actitud dominante de odio en quien lo dirige

Esto vale tanto para el Emperador de Roma, el Führer del Estado totalitario nazi o el Jefe supremo del Estado Socialista. Por las razones mencionadas, puede considerarse a Vladimir Ulianov (1870-1924), más conocido por su pseudónimo de Lenin, como el Anticristo más importante de la historia, ya que fue el principal promotor de la instauración del socialismo en Rusia, basándose en Karl Marx, el principal teórico de tal sistema. El marxismo-leninismo adquirió todas las características de una religión, ya que se basa en la creencia personal de sus seguidores y que incluso los lleva a la veneración de sus líderes. Ha sido, y continúa siendo, el principal opositor del cristianismo. Hélène Carrère d'Encausse escribió: “La religión, componente decisivo de la vieja conciencia social rusa, que definió la mayoría de los valores a los que adhiere la sociedad –en especial el orden político y las solidaridades familiares- debe ser erradicada de los espíritus y no únicamente en sus instituciones. Es por eso que, a la persecución de las instituciones religiosas y sus servidores va a agregarse, a partir de 1922, todo un dispositivo de formación antirreligiosa de las mentes mediante la propaganda y la ridiculización".

"Publicaciones que se dirigen a grupos sociales o profesionales diferenciados –a semejanza de las publicaciones comunistas de 1917-, carnavales sacrílegos, la movilización de un personal permanente encargado de esa propaganda: todo atestigua la magnitud del proyecto. Así, cree Lenin, la conciencia religiosa, que a su juicio es una parte del espontaneísmo aborrecido, en la medida en que durante siglos dio forma al pensamiento ruso, no puede sino desaparecer para dejar su lugar al progreso de los espíritus hacia una conciencia modelada exclusivamente por la ideología comunista”.

“Sus instrucciones sobre las ejecuciones se respetaron. En 1922, conforme a su deseo, se «liquidó» a casi 8 mil servidores de la Iglesia. Nikita Struve calculó que sólo durante ese año murieron asesinados 2.691 sacerdotes, 1.962 monjes y 3.447 monjas, cifras confirmadas en 1990 por un historiador soviético”. Una cifra similar sufrió el clero español durante la Guerra Civil en manos del sector republicano. Sin embargo, últimamente se piden investigaciones sobres los “asesinatos cometidos por el franquismo”, ya que, se sobreentiende que las victimas ocasionadas por los marxistas-leninistas no tienen valor humano alguno.

En cuanto a la actitud de sus seguidores, la citada autora agrega: “Embalsamado, expuesto a la vista de los peregrinos en su féretro de cristal, Lenin se convirtió en objeto de una veneración casi religiosa” (De “Lenin”-Fondo de Cultura Económica-Buenos Aires 1999).

Respecto a sus atributos personales, agrega: “Físicamente, sorprende por un envejecimiento prematuro. A los 25 años se le darían de buena gana, aseguran los testigos, cerca de cuarenta. Bajo, delgado, con una calvicie precoz que descubre una frente inmensa, pelo ralo, la barba de un rojo ya apagado: todo esto destaca, principalmente, su tipo asiático –heredado de su abuela calmuca- y unos ojos notables pero desconcertantes. Una mirada demasiado penetrante, demasiado sostenida, de un color indefinible: una «mirada de lobo», dirán algunos”.

La expresión anterior hace recordar la mirada de unos de los más influyentes seguidores de Lenin en Latinoamérica, el escritor Eduardo Galeano, autor del libro “Las venas abiertas de América Latina”, que culpa de todos los males latinoamericanos al capitalismo extranjero, siendo unos de los promotores de la inusitada violencia guerrillera de los años 70. Recientemente, según informaciones periodísticas, reconoció no saber en su momento lo suficiente respecto de economía y política, aunque su maléfica influencia ya fue ejercida.

El intelectual revolucionario Piotr Struve escribió: “La impresión que me causó Lenin, y que siempre seguirá viva, fue desagradable…Lo sentí en el acto como un enemigo, aun cuando entonces todavía éramos allegados. La brutalidad y la crueldad de Lenin –que advertí desde nuestro primer encuentro- estaban indisolublemente ligadas a una irreprimible pasión por el poder…Lo terrible en él es la mezcla de ascetismo personal, de capacidad de autoflagelarse, y de flagelar a los otros, que se expresa en un odio social abstracto y una fría crueldad política” (Citado en “Lenin”).

Bertrand Russell, por su parte, comenta: “Cuando conocí a Lenin, tuve mucha menos impresión de un gran hombre de lo que esperaba; mis más vívidas impresiones fueron de fanatismo y crueldad mogólica. Cuando le interrogué acerca del socialismo en la agricultura, me explicó con júbilo cómo había incitado a los campesinos más pobres contra los más ricos: «Y muy pronto les colgaron de los árboles más cercanos -¡ja, ja, ja!» Sus risotadas ante el recuerdo de los muertos hicieron que la sangre se me congelara” (De “Ensayos impopulares”-Editorial Hermes-Buenos Aires 1963).

En cuanto a las referencias que se dan en el libro del Apocalipsis respecto del Anticristo, Miguel Jiménez escribió: “A partir de tales escritos se fue configurando el personaje llamado finalmente el Anticristo, el cual, de acuerdo con la más antigua tradición, nacería en Babilonia y reinaría sobre el mundo solamente tres años, transcurrido los cuales, Cristo o el arcángel Miguel lo destruirían” (De “Apocalipsis según Juan el Evangelista”-Grupo Editorial G.R.M., S.L.-Barcelona 2003).

El breve reinado del Anticristo, según la profecía, puede asociarse a la frágil salud de Lenin. Hélène Carrère d'Encausse escribió: “Este revolucionario profesional, que nunca piensa sino en términos de destrucción del poder existente y conquista del nuevo poder, pero que no tiene ninguna experiencia de su ejercicio, se transforma al instante en administrador de un Estado en el que hay que crearlo todo. Sólo va a ejercer durante cuatro años ese poder –un tiempo muy corto, devorado por acontecimientos contrarios a su consolidación-. ¡Sin embargo, ese lapso bastará para edificar un Estado de un poderío incomparable, duradero, y establecer un sistema que sobrevivirá 67 años a su fundador! En cuatro años todo se lleva a cabo, a continuación ya no habrá sino «sucesores de Lenin». Pero la obra es suya”.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Tropezando con la misma piedra

Se ha dicho que "el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra". Adaptado a los políticos y al pueblo argentino podría decirse "más de una vez" en lugar de "dos veces", para contemplar con mayor exactitud nuestro comportamiento.

Como ejemplo de repetición de serios errores, cometidos por imprudencia o por ignorancia, o por ambas "virtudes negativas", puede mencionarse el caso repetido de romper contratos para luego tener que afrontar severas indemnizaciones para compensar a las empresas perjudicadas, aunque es posible que tales indemnizaciones les hayan aportado mayores dividendos que las ganancias normales que pudiesen haber obtenido de no finalizar el contrato respectivo.

Respecto del presidente Arturo Illia, quien ejerció a comienzos de los años 60, Adrián Freijo escribió: “Su primera medida consiste en anular los contratos petroleros firmados por el gobierno de Frondizi, cumpliendo con uno de sus «caballitos de batalla» de su campaña electoral”.

“Cuando Illia asume la primera magistratura debe decidir entre una consecuencia casi irracional con sus vehementes discursos preelectorales, donde vituperaba la política frondizista, o el mantenimiento de una situación que, aunque lejos de suponer un ideal, traía un alivio suficiente y momentáneo que bien podía servir para que el gobierno pudiera fijar su interés en otro de los tantos problemas que lo reclamaban”.

"Elige lo primero y entonces su decisión le costará millones de dólares a las exhaustas arcas del país. Más de 200 millones de esa moneda debieron pagarse en concepto de indemnización; el autoabastecimiento conseguido luego de medio siglo de infructuosos esfuerzos desapareció paulatinamente; la Argentina debió sufrir el alto precio de la desconfianza internacional por no cumplir, por primera vez en su historia, con compromisos adquiridos” (De “Lecciones de nuestra historia reciente”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1977).

Luego de pagar las cuantiosas indemnizaciones, el país procede a comprar petróleo a la misma empresa en cuestión. Pero todo este proceso parece ser ignorado por senadores y diputados con escasa o nula preparación para esos cargos, por lo cual se llega a la poco legal y desafortunada estatización de YPF por el gobierno kirchnerista, teniendo amplio apoyo del sector radical por cuanto comparte la idea de que “estatizar el petróleo es bueno en cualquier caso”.

La aceptación del pago indemnizatorio a Repsol (unos U$S 5.000 millones) es una prueba fehaciente del serio error incurrido en un primer momento. Pero pocos esperaban un fallo reciente (2023) por el cual se condena al país a un pago adicional de U$S 16.000 millones, con un adicional de U$S 1.500 por cada año de atraso por posibles apelaciones ante instancias superiores. Cabe mencionar que con 16 mil millones de dólares se podrían construir unas 320.000 viviendas.

domingo, 10 de septiembre de 2023

Lord Acton y la libertad

Por Juan Luis Pérez Francesch

En la conferencia sobre la libertad en la antigüedad sostiene la importancia de la libertad, defendida por pocos de manera sincera. La libertad no es una cuestión de legislación sino de ideas, del espíritu, ya que las mismas instituciones pueden mantenerse variando el contenido. Lo que importa son las ideas, las creencias, la fe en las instituciones y en las personas. Lo que le interesa es el pensamiento y la mentalidad de los hombres. Así, afirma: «Por libertad entiendo la seguridad que todo hombre será protegido en el cumplimiento de su deber contra las influencias de la autoridad, de las mayorías, de las costumbres y de la opinión», en una línea que recuerda a J. S. Mill. El Estado tiene un límite evidente en la libertad personal y debe proteger a las minorías. Pero además la libertad es la «condición esencial y el guardián de la religión», porque lo que importa es la libertad de conciencia. Sostiene que el Estado moderno interviene excesivamente en el ámbito de la libertad personal.

Ahora bien, en todo caso, la libertad llegó con el cristianismo, que introdujo el iusnaturalismo (obedecer primero a Dios que al César) y la gracia de Dios hizo posible la libertad, porque la verdadera libertad es obedecer los mandatos de Dios. Así, a diferencia de los tiempos anteriores, se desarrolló el gobierno representativo, la emancipación de los esclavos y sobre todo la libertad de conciencia. Unas palabras finales resumen a la perfección la concepción que expone Lord Acton: «Todo lo que Sócrates pudo hacer como protesta en contra de la tiranía de la democracia reformada, fue morir por sus convicciones. Los estoicos aconsejaron al hombre sabio que se mantuviera apartado de la política, guardando la ley no escrita en su corazón. Pero cuando Cristo dijo: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", palabras dichas en su última visita al Templo, tres días antes de su muerte, dieron al poder civil, bajo la protección de la conciencia, una santidad como nunca había disfrutado, y unos limites nunca conocidos, y fueron el repudio del absolutismo, el comienzo de la libertad. Pero Nuestro Señor no sólo dictó el precepto, sino que creó la fuerza para su ejecución. Mantened la necesaria inmunidad en una esfera suprema, reducid toda autoridad política dentro de límites definidos, dejando de ser una aspiración de pacientes pensadores, y el cambio será para siempre y surgirá la institución más poderosa, así como la asociación más poderosa del mundo. La nueva ley, el nuevo espíritu, la nueva autoridad, daba a la libertad un significado y un valor que no había tenido en la filosofía o en la constitución de Grecia y de Roma antes del conocimiento de la verdad que nos hace libres»

En la conferencia sobre la libertad en el cristianismo analiza el mundo romano, con el fin de afirmar que la libertad era una libertad republicana, una libertad frente al poder establecido pero también garantizada por el poder, que se vio rota por las invasiones germánicas en Occidente y por el despotismo de Bizancio. La consecuencia fue que el poder político se aprovechó del cristianismo y de la Iglesia con el fin de iniciar un proceso de conversión de los ciudadanos según la voluntad del gobernante. El cristianismo que había nacido ligado a la libertad acabó en manos del gobernante.

El feudalismo si bien multiplicó el dominio sobre las personas, también experimentó un poder de la Iglesia en ocasiones refractario a colaborar o a dejarse subordinar al poder de otros señores. Esta tendencia, afirma, es la que ha hecho posible el resurgimiento de la libertad. La Iglesia, aunque a veces se ha aliado con el poder también ha sido un freno o un contrapoder, como en las monarquías absolutas. En todo caso defiende el derecho del pueblo a sublevarse contra el rey tirano, en una tesis contractualista que abraza tanto Santo Tomás de Aquino, Marsilio de Padua como la revolución whig.

Le preocupa la limitación del poder, el consentimiento de los gobernados y los derechos de las personas y de los grupos, valorando altamente el pluralismo medieval. Afirma que hay una verdad política, que es el gobierno representativo y que se expresa en la máxima que no hay pago de impuestos si no hay representación, aspecto nuclear de los avances de la Edad Media: «La política de la Edad Media era un sistema de Estados en los cuales la autoridad se quedaba limitada para la representación de las clases poderosas, para asociaciones privilegiadas y por el reconocimiento de deberes superiores a los impuestos por los hombres».

Pero el cimiento religioso medieval se fue diluyendo en la Edad Moderna, a medida que se consolidaba la razón de Estado. Maquiavelo consagra su «maquiavelismo», el del fin que justifica los medios y la autonomía de la política en relación con la religión y la moral. En cambio, la diferencia entre la política y la moral se convierte para nuestro autor en un vínculo entre la moral pública y la privada. Por contra, la razón de Estado fue construyendo el edificio de la monarquía que subordinaba la Iglesia al Estado como nos muestra el caso inglés.

La reforma luterana tampoco pudo hacer frente a la fuerza asimiladora entre el Estado y la Iglesia. Lord Acton critica la utilización política de la religión, que ha hecho que a menudo los conflictos políticos o de meros intereses económicos sean bautizados como religiosos, lo cual es una falsedad. La tensión que ha provocado la división entre católicos y protestantes en la Edad Moderna y Contemporánea fue impulsada desde el poder político, para asimilar la sociedad. «Nadie creía, sinceramente, en la política, como en una ley sobre lo justo o injusto; nadie intentó establecer una serie de principios que pudieran servir más allá de cualquier cambio religioso».

La religión en el sentido más profundo siempre ha estado del lado de la libertad y ha dado criterios y argumentos para entender que el poder político no viene de Dios sino del respeto y consentimiento de los ciudadanos, que no es absoluto sino limitado. Llega a afirmar: «Los principios que discriminan en política entre el bien y el mal, y hacen a los Estados dignos de perdurar, todavía no se han encontrado». Incluso, más que unos principios morales derivados de una religión determinada sostiene los principios morales, por medio de los cuales Dios ilumina la conciencia de los hombres.

Siguiendo a Grocio, considera que hacen falta unos principios de derecho internacional que sean realmente universales, una ley común que permita convivir a diferentes Estados que tienen intereses diferentes. Sostiene la libertad de conciencia y la libertad religiosa, como un punto de llegada de la humanidad. A partir del siglo XVII se descubrió —afirma— que «la libertad religiosa es el principio generador de la libertad civil, y que esta libertad civil es la condición necesaria de la religión». Defiende la revolución americana y afirma que las únicas formas de libertad civil y política conocidas son la República y la Monarquía constitucional.

La libertad de conciencia

Lord Acton defiende la libertad de conciencia como primera manifestación de la idea de libertad. Cree en un hombre racional que sabe escoger entre el bien y el mal, y que tiene a Dios (más que en la Iglesia) su referencia. Así, considera que hay que respetar la libertad de conciencia de todo el mundo y que la vulneración de este elemento tan básico y elemental es radicalmente inaceptable. La libertad humana fundamental es la libertad de conciencia. Aquí empieza todo edificio social y político que quiera ser respetuoso con la libertad.

El drama personal de Lord Acton fue querer ser católico y liberal, en un momento, la segunda mitad del siglo XIX, donde la propia Iglesia católica no acababa de asumir los principios liberales e incluso en ocasiones los condenaba, y en un país, Inglaterra, donde el anglicanismo era la religión oficial del Estado. Los católicos, eran mayoritarios en Irlanda, pero estaban marginados en Inglaterra. Tenemos que recordar, por ejemplo, que para estudiar en las Universidades de Oxford y de Cambridge se exigía la confesionalidad anglicana.

La situación privilegiada de la Iglesia de Inglaterra se mostraba en un impuesto específico para financiarla que tenían que pagar todos los ciudadanos. Sin embargo, estamos en un momento en el que en Inglaterra se abre paso un trato más favorable a los no anglicanos: se permite ejercer el derecho de voto (1832), se reconoce el matrimonio no anglicano, se crean nuevas instituciones universitarias, etc. El progreso del catolicismo fue considerado por algunos como una «agresión de los papistas». La situación era realmente incómoda.

La consecuencia que de esta situación extrajo nuestro autor fue defender el derecho a la libertad de conciencia como la base de toda sociedad libre. Si criticaba el anglicanismo por la alianza con el poder político no podía en pura lógica defender otra cosa que igual de mala era la alianza del catolicismo con el Estado como se propugnaba desde Roma. La religión no era una cosa del poder sino una referencia moral de las personas, y la sociedad y el poder político establecido tenían que constituirse sobre la base de la libertad personal, la primera de las cuales era la de conciencia.

La libertad de conciencia es un núcleo duro de la libertad personal, mucho más íntimo e insobornable que la libertad religiosa o de cultos. La intolerancia había sido practicada tanto por católicos como por protestantes. Ante esta situación, el reconocimiento de la libertad de conciencia y la separación entre la Iglesia y el Estado, en una línea que recuerda la famosa carta de la tolerancia de Locke, es la propuesta que hace nuestro autor.

La libertad civil

Entendiendo por libertad civil la que tiene que existir en la sociedad, a fin de que ninguna persona se encuentre marginada o desvalida en el ejercicio de sus derechos, Lord Acton se preocupa de las minorías y que éstas no sean disueltas en el gran magma social de la mayoría. Preocupado por el desarrollo del nacionalismo y de la democracia, recurre a la historia como cimiento con el fin de encontrar elementos de cohesión y principios morales comunes. Acton sostiene la necesidad de huir de la uniformidad y de permitir a cada uno realizar plenamente sus principios morales y religiosos. El desarrollo de la religión, por lo tanto, necesita de la libertad. La religión concebida como algo ligado a la libertad personal, pero también como libertad colectiva, como libertad de cultos.

El liberalismo de Acton le lleva a defender que el Estado y la sociedad son dos ámbitos diferenciados, y que las iglesias no pueden disfrutar de privilegios tutelados por el primero. Pero tampoco le parece admisible que una religión mayoritaria impida el desarrollo de las otras o quiera imponer sus criterios a toda la sociedad. La libertad de conciencia, tiene que coexistir con el proselitismo eclesiástico, las convicciones personales se pueden expandir, pero nunca imponer. Sólo así queda a salvo la libertad de conciencia, individual y colectivamente considerada.

La libertad política

La libertad política es la que se establece entre cada uno de los ciudadanos y de los grupos en que se integra y las instituciones políticas establecidas. Aquí el principio liberal se manifiesta en la idea que el poder político es malo por naturaleza mientras que la vida social es el ámbito de la libertad. Una libertad sin embargo, que no es la libertad natural, sin normas y reglas sino precisamente con éstas. La libertad política es, en consecuencia, la libertad constitucional. De aquí que nuestro autor, como hemos comentado, valora la constitución inglesa, que ha establecido límites al poder, progresivamente, a lo largo de la historia. En efecto, una «ancient constitution», una «happy constitution», que tendría que desarrollar todas sus potencialidades.

Frenar la fuerza del poder es establecer el sistema de contrapoderes: separación de poderes y garantía de las libertades fundamentales (freedom) manifestadas en los textos constitucionales. En esta tendencia, la iglesia anglicana tiene un encaje difícil de explicar, a no ser por la propia historia de Inglaterra y la consideración de los papistas o católicos como clase extranjera. Por eso, sostiene que el catolicismo no puede ser ultramontano, más papista que el Papa, sino que tiene que convertirse en liberal, en tolerante, predicando con el ejemplo.

El catolicismo liberal predica, en efecto, una ejemplaridad: no se puede imponer una identificación entre el Estado y una Iglesia concreta. Eso puede ser una convicción pero es también una estrategia, para mostrarse más inglés, más parte de la sociedad relevante de su tiempo, para integrarse más en la sociedad inglesa y desde ahí poder dialogar con las otras iglesias. Como él mismo lo había hecho, militando en el partido whig y manteniendo una fiel amistad con Gladstone, o como él mismo consiguió al ser nombrado asesor de la Reina Victoria.

(Extractos de "Lord Acton y la historia de la libertad")

sábado, 9 de septiembre de 2023

El "pequeño detalle" del gasto público

Casi nadie habla en la Argentina del gasto público excesivo, que no es otra cosa que un gran robo al Estado por parte de diversos sectores, que termina siendo un robo contra el pequeño sector productivo en vías de extinción. Es decir, quien poco o nada produce, y vive a costa del resto, es alguien que, directa o indirectamente, le roba a la sociedad vía Estado.

Si el próximo gobierno no puede, no quiere o no sabe cómo reducir drásticamente el gasto público (saqueo al Estado), no es de esperar una reversión de la continua caída de la sociedad y de la nación.

A continuación se transcribe uno de los pocos artículos acerca de este tema:

NO SE OLVIDEN DEL GASTO

Por Dardo Gasparré

Nada más áspero y desagradable que este tema, tanto por la poca capacidad y conocimiento disponible para hacerlo, como por lo poco rentable en la política inmediata. Y por lo poco rentable para los sponsors.

Las riñas entre técnicas y conventillescas sobre la dolarización, que muchos se empeñan en creer y hacer creer que resolverá buena parte de los problemas domésticos, no deberían hacer olvidar o pasar a segundo plano la discusión sobre el gasto, causa de la todas las inflaciones históricas y de buena parte de los defaults, en distintas dinastías gobernantes, algunas democráticas, otras no, pero siempre eficientes en el dispendio.

Ciertamente, sería ideal y bastante más simple recurrir a una solución de política monetaria que requeriría mucho menos tiempo, esfuerzo, leyes y peleas que una lucha a fondo contra el gasto y sus beneficiarios de todo tipo, de todo color, de todo nivel, de toda ideología, de todas las épocas, de todos los estamentos. Y sobre todo menos trabajo, desgaste personal y conocimiento.

Pero no. La columna lamenta echar un balde de agua fría sobre ese simplismo. Y no apelará en su argumentación ni a los grandes nombres de la historia económica, ni a la evidencia empírica, ni a la frialdad de las cifras, sino a los mismos autores de todos los papers, libros, estudios, debates, mesas y propuestas sobre dolarización, anclaje cambiario, convertibilidad, caja de conversión, bimonetarismo y cualquier otro modo de “atar las manos de los funcionarios para que no gasten más de lo que pueden”, el infantil pensamiento con que los argentinos visualizan el problema.

Todos esos técnicos, por convencidos que estuvieran, por fanatizados o interesados que lucieran, en algún lugar de sus trabajos dejan resbalar la misma frase, o similar: “Simultáneamente deberá procederse a reducir el gasto del Estado y todo déficit relacionado, un complemento inseparable de la presente propuesta”. Si bien enarbolar la promesa de dolarización en una campaña política parece un plan completo y un proyecto-país integral desde el punto de vista del siempre esperanzado y fanático votante, la realidad es que la parte de bajar el gasto es ineludible y urgente, y sigue siendo el objetivo central a plantearse.

Por eso, por una deliberada casualidad, esta nota se llama igual que la nota del autor de hace 8 años donde le reprochaba al gobierno de Macri el no haber avanzado en esa tarea, lo que le valió el escarnio y la descalificación de Cambiemos en pleno, incluyendo algunos asesores de entonces, hoy en papeles más protagónicos.

Tarea odiosa y odiada

Este es también el comienzo de una serie de notas áridas sobre el modo de bajar el gasto, tarea odiosa y odiada, de la que nadie quiere escuchar porque es dura, impopular y difícil, y seguramente poco rentable para quien la emprenda. Y porque a muchos les conviene hacerse los distraídos ante la posibilidad bastante cierta de que sus intereses se vean afectados.

Habrá que comenzar por el tema más conflictivo. Siempre se habla de “la primera ley a aprobar” y aquí cada uno tiene sus preferencias. Pero quienquiera fuese el presidente deberá solicitar una ley de emergencia económica que le otorgue cierta flexibilidad. Después de casi dos décadas de gobernar con esa delegación de poderes, es de suponer que el peronismo no negará la posibilidad de un recurso igual en este caso, a menos que no considere que el país se encuentra ante una gravísima emergencia económica y social, tal vez la más grave de su historia.

Esta ley es importante por varias razones. La primera de todas es la necesidad de una protección jurídica que hará falta en una situación donde cualquier cambio lesionará muchos intereses, y el recurso de acusar a los funcionarios con acciones legales de todo tipo puede ser un mecanismo de parálisis utilizable por cualquiera.

La segunda razón es la necesidad de tener algún elemento para poder negociar con las satrapías, perdón, con las provincias, los fondos no coparticipables y los envíos discrecionales. Recuérdese que una Ley de emergencia permite que las diferencias entre la recaudación determinada en el Presupuesto y la recaudación real, (cifra que se vuelve muy importante en períodos de alta inflación) sean reasignadas por el Jefe de Gabinete, si bien esta norma fue restringida por Macri. No hay manera, sin la existencia de una ley macro, que otorgue cierto poder al gobierno federal para limitar los poderes de las provincias. Salir sin armas a pelear contra los excesos provinciales, como bien lo sabe Cavallo, es convertirse en un Quijote ridículo.

Derechos adquiridos

Algo parecido ocurre con los denominados derechos adquiridos. Desde los tres millones y medio (y creciendo) de jubilados sin aportes, pasando por las jubilaciones de privilegio, a los grandes salarios de la administración estatal, al millón de pensiones por falsa discapacidad, cualquier medida que intente corregir esos verdaderos robos será reputada de inseguridad jurídica, acusación falsa, que justamente parte de creer convenientemente que todas las prebendas alcanzadas son un derecho adquirido. Como si un ladrón alegase que la billetera que se robó le pertenece porque hace tiempo que la conserva.

Ese concepto de los derechos adquiridos puede ejercer un efecto paralizante, tanto en la justicia como si se usa de base ética y racional de reclamos salvajes que sin duda existirán. Por eso hace falta un paraguas legal. Para explicar mejor el punto: El ajuste inflacionario sobre los tres millones de jubilados legítimos ha sido salvaje. Al mismo tiempo, se han transferido recursos de los sectores con aportes completos (3 millones) a los sectores sin aportes (3,5 millones). ¿Eso es justo, tiene que ver con el respeto por los derechos adquiridos? No. Los derechos adquiridos sólo valen cuando corresponden a los que los han obtenido gracias al populismo.

¿Es muy distinto el caso de las jubilaciones de privilegio, o las de los funcionarios y legisladores, que sostienen que su régimen de alta generosidad no es de privilegio? Argumento para tontos. El 70% del déficit previsional corresponde a beneficios, dádivas y subsidios (gastos) que nada tienen que ver con el sistema jubilatorio, sino que se obliga al jubilado legítimo a pagar esos gastos, como se lo obliga a pagar las jubilaciones regaladas, que son un número mayor que las legítimas.

Meter el dedo en estos gastos, como en tantos otros, es chocar con la reacción judicial, la argucia de los falsos derechos adquiridos, las denuncias penales, el apriete y el juicio. No es cuestión de transformar al presidente en dictador, pero tampoco hay que convertirlo en un mandadero, sobre todo cuando el voto popular mayoritario mostrase una decisión clara de cambiar lo que se ha hecho sistemáticamente hasta ahora, y la mitad del Congreso está compuesta por una bandada de patos rengos que sólo representan residualmente a la sociedad, o no la representan.

Un ejemplo que no le gustará a nadie, tampoco a los interesados. Domingo Cavallo y su socio en el Gobierno, Horacio Tomás Liendo, crearon una legislación y paralegislación que prácticamente mató al derecho administrativo, o sea la rama donde los particulares ejercen su potestad de litigar contra las medidas del Estado y sus consecuencias. El propio Cavallo instruyó a la ANSES sobre apelar hasta la muerte de cualquier demandante jubilado sus reclamos, aún sin base jurídica y sin razón, sólo para demorar el efecto de esos reclamos y defender su reforma jubilatoria. ¿Estuvo bien? No. ¿Tenía otro camino? No.

La situación actual es aún peor que aquella, que, de paso, también fracasó al no poder parar el gasto provincial. ¿Será válido alegar derechos adquiridos por un piquetero o un planero cuando el 80% del país ha perdido sus derechos adquiridos? Aun la Corte Suprema tendrá que jugar un papel en esta instancia, salvo que quiera ser el instrumento que garantice la eternidad del pasado. Hasta la Constitución garantiza privilegios de eternización y protección salarial a los empleados del Estado de los que no goza ningún empleado privado. Curiosamente, esas garantías parecen valer más que otras garantías que se aseguran al resto de la sociedad, como la seguridad, la educación, la salud, la vida o la propiedad, que no son garantizadas por nadie, y eso no es considerado ni dictatorial ni antidemocrático.

Preguntéle a Mauricio

Elegir a un presidente para que cambie el estado de cosas anquilosado, preguntarle cómo hará para cambiarlo si se le opondrá lo que dice la ley que escribieron los despreciados, o cómo hará para enfrentarse a las turbas que sí tienen derecho democrático a romper la misma ley, y luego condenarlo a que cumpla lo que se espera de él sin armas políticas ni leyes torna inútil el proceso y el esfuerzo eleccionario. Peor, torna inútil al presidente. Y algo más grave. Impedirá discernir si el elegido es malo per se o si el sistema lo había condenado de antemano. Preguntar a Macri, Mauricio.

Bajar el gasto en Argentina es siempre inconstitucional. Ahora continuemos.

Seguramente cada uno pensará que este comentario está hecho para favorecer al candidato que no le gusta. Pero el problema es idéntico para cualquiera de los dos que gane la presidencia y que quiera en serio bajar el gasto. Si luego cambia de idea, de intereses, de lealtades o, al revés, si sus lealtades le impiden acometer esa tarea inevitable con seriedad, profundidad, justicia y potencia, eso está fuera de las posibilidades de esta columna. ¿Cómo dos? –Dirá usted. Los candidatos son tres. Bueno, si gana Massa haga de cuenta que estas líneas no han sido escritas nunca.

Esta es la primera de varias reflexiones sobre el gasto, un tema áspero que el ciudadano prefiere no entender. Aunque tal vez sería mejor hablar de dolarización que es menos comprometido.

(De www.laprensa.com.ar)

Justos y pecadores vs. Ricos y pobres

Entre las diversas formas en que se puede dividir la sociedad, de manera de establecer descripciones que ayuden a entenderla, vislumbrando la posibilidad de mejoras futuras, aparece la visión cristiana (o bíblica) por la cual se observa la sociedad como integrada por justos y pecadores, con una transición gradual entre ambos extremos. Se trata esencialmente de una visión moral de los individuos que integran la sociedad.

La visión alternativa, que ha de ser posiblemente la que en la actualidad reúne la mayor cantidad de adherentes, es la visión marxista, por la cual se observa la sociedad integrada por ricos y pobres, o más concretamente por clases sociales tales como la burguesía y el proletariado, o los dueños de los medios de producción y los que carecen de esa propiedad. De ahí que se trata de una visión económica de los sectores que integran la sociedad.

En la visión bíblica o moral se hace referencia a individuos, siendo la psicología social la rama de la ciencia más adecuada para la descripción de los comportamientos individuales. En la visión marxista o económica se hace referencia a clases sociales, siendo la sociología la rama más adecuada para la descripción de los comportamientos grupales.

Para la mejora individual y grupal, desde la visión moral se sugiere un cambio en la actitud característica de todo individuo, lo que conducirá a una mejora social. Este cambio ha de estar asociado a la búsqueda de la cooperación social asociada a la empatía emocional.

Para la mejora social, desde la visión económica, se sugiere un cambio en el sistema político y económico adoptado por la sociedad, a través de la socialdemocracia o bien a través del liberalismo, asumiendo que la mejora individual "se dará luego por añadidura".

Debido al predominio del relativismo moral, la visión individualista tiene una adhesión bastante menor que la visión clasista, por lo cual es fácil observar que ningún candidato político haga la menor mención a una mejora ética individual, ya que se da por sobreentendido que las mejoras individuales sólo provendrán luego de una mejora política y económica de la sociedad.

En otras épocas, la Iglesia actuaba como una reserva moral de la sociedad por cuanto promovía la visión ética individualista. En la actualidad, sin embargo, la Iglesia ha abandonado la visión bíblica para compartir la visión marxista. Así, divide a la sociedad en ricos y pobres asociando las virtudes a los pobres y los defectos a los ricos. De ahí que promueva el socialismo de manera que la mayor parte de la sociedad sea pobre y "virtuosa", para llegar así a la reducción de "pecadores" y al predominio de los "justos", estableciendo una especie de cristianismo indirecto.

En realidad, los sistemas socialistas no conducen a ninguna mejora ética mientras reducen el nivel de vida y de libertad individual, mientras que los sistemas liberales requieren de un punto de partida ético aceptable para lograr buenos resultados, no trayendo tal sistema una ética incorporada, sino que la presupone adquirida desde la religión, la filosofía o las ciencias sociales.

El pobrismo es la actitud predominante en los países subdesarrollados, siendo una de las causas de esa situación. Alejandro Rozitchner escribió: “No hagamos de la pobreza un valor; a no ser que busquemos hundir al país”.
“Ser pobre no es ser bueno, es ser pobre. Endiosar la carencia no parece ser un camino recomendable”.
“Decir que hay una cultura de la pobreza, o incluso sugerir que hay una producción intencional de pobreza, puede parecer a una primera mirada una afirmación cuando menos cínica, si no del todo idiota”.
“Que ser pobre suele ser visto como prueba de bondad y que tener algo más que un buen pasar o una existencia limitada y modesta es considerado como un estado negativo, son hechos innegables. La argumentación bien pensante diría que el origen de toda riqueza es dudoso, porque ante todo deberíamos pautar un reparto igualitario de los bienes disponibles. El hecho de que este hermoso principio de orden social esté en contra de toda manifestación vital, animal o natural suele pasarse por alto” (De “Amor y país”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2005).

En años recientes, Jorge Bergoglio prologó un libro titulado Pobre y para pobres, del cardenal Gerhard L. Müller. Si tal título significa una “Iglesia pobre” dedicada a “fieles pobres”, entonces quedan afuera los individuos de medianos y elevados ingresos, renunciando a la división cristiana de la sociedad en justos y pecadores para considerar una división de tipo económico para encuadrarse plenamente en el pobrismo. Incluso una parte importante de los sacerdotes, los tercermundistas, da un paso más llegando a convertirse en marxistas, alejándose completamente del cristianismo.

La exaltación de la pobreza se advierte en San Francisco de Asís, quien renuncia a las riquezas familiares para encontrar en una vida austera la posibilidad de desarrollar sus potencialidades espirituales. Para él, la pobreza material no es una desgracia sino una alternativa que la vida le presenta. Sin embargo, la posesión y la creación de riqueza no se opone a la virtud ética, ya que presenta la posibilidad de disponer de medios para beneficiar al resto de la sociedad. Si la mayoría de los integrantes de una sociedad adoptara la actitud de San Francisco, posiblemente se llegaría a una pobreza extrema y a una forma penosa de esclavitud impuesta por lo material.

La Madre Teresa de Calcuta, por otra parte, siempre nos recuerda que la carencia de afectos (la pobreza de los ricos), puede producir tanto o más sufrimiento que la carencia de alimentos. Por esas razones, el cristianismo es una religión destinada a quienes carecen de bienes materiales como de valores espirituales, aunque priorizando estos últimos. Rozitchner agrega: “Si el pobre es bueno y el que no es pobre es menos bueno, la sociedad tendrá más facilidad para generar pobres que para generar otro tipo de personas que no sean pobres. Por otra parte, hay que admitirlo, la riqueza de una sociedad, cuando ella existe, no es producto del avance racional y contenido de los pueblos ordenados, hace falta atrevimiento, hace falta la osadía del rico, su ambición, su sed de riqueza y preeminencia. La moral social representada en la ley debería favorecer este rasgo de afirmación personal, darle alas, y ponerle reglas”.

“Compadecerse del pobre, querer solucionar la pobreza, son posiciones que no deben confundirse con la habitual consagración de la pobreza como un estado de gracia y virtud”.