La esclavitud, en cualquiera de sus formas, resulta opuesta a la libertad. Así, mientras que la esclavitud implica la existencia de un esclavizador y un esclavizado, la libertad implica la ausencia de dominio material, mental y emocional del hombre sobre el hombre.
Mientras que, antiguamente, predominaba la esclavitud material de personas, en los últimos tiempos han aparecido dos formas quizás más perniciosas, que son la esclavitud mental y la emocional. Se es esclavo mental cuando, a través de una ideología incompatible con la realidad, se reemplaza la realidad mediante la ideología, generalmente a través del engaño y de la mentira.
Finalmente, aparece la esclavitud emocional, generalmente asociada a la esclavitud mental, y consiste en que las víctimas tienden a padecer una existencia fundamentada en el odio, inducido previamente por la ideología en cuestión. Son vidas envenenadas ya que se los induce a transformarse en seres envidiosos y burlescos, que son las manifestaciones asociadas al odio.
Como ejemplo de esclavitud material puede considerarse a Cuba, con la optimista creencia en que son pocos los cubanos que todavía creen en las promesas del marxismo-leninismo. Puede decirse que la revolución comunista condujo primeramente a la esclavitud material para luego establecer la mental y la emocional, mientras que la propuesta gramsciana implica establecer primeramente la esclavitud mental y emocional para finalmente lograr la esclavitud material.
A través de declaraciones de politicos socialistas, se advierte que la pobreza generalizada es promovida por los gobiernos socialistas a fin de ejercer con mayor eficacia la esclavitud amplia y generalizada, ya que se busca la total dependencia del individuo respecto del Estado. La perversidad de las intenciones socialistas son indiscutibles.
Si bien es posible que en Cuba haya quedado solamente la esclavitud material, al menos en el grueso de la población, en la Argentina todavía la esclavitud mental y emocional, favorecidas por el peronismo, siguen teniendo plena vigencia. Así, los peronistas, en lugar de protestar por ser denigrados por Perón y Eva al envenenarles la vida, induciéndolos a fabricar cotidianamente una dosis de odio destinada al rico, al empresario, al oligarca, al antiperonista, al católico, al yanky, etc, etc, siguen todavía idolatrando a sus esclavizadores.
La gravedad del caso es que, para revertir la grave situación económica y social, se necesitan muchas inversiones. Sin embargo, ante la posibilidad de que el 25 o el 30% de peronistas vuelvan a elegir un candidato totalitario en futuras elecciones, y ante la división de los otros sectores políticos, vuelva el peronismo al poder, poco interés habrá por invertir, tanto desde sectores locales como extranjeros.
Por el momento, y como era de esperar, los sectores peronistas están llamados a entorpecer y sabotear todo lo que haga o intente hacer el actual gobierno no peronista. El odio inculcado por Perón y Eva ha traspasado a varias generaciones de peronistas, por lo que puede hablarse de una esclavitud emocional hereditaria.
martes, 9 de enero de 2024
lunes, 8 de enero de 2024
Humildad del fuerte vs. Soberbia del débil
Por lo general, la humildad se considera opuesta a la soberbia, ya que ambas actitudes tienden a promover acciones opuestas en similares circunstancias y efectos opuestos en quienes las contemplan. El caso más evidente es el de los vecinos que comparten un espacio común, que se ensucia casi permanentemente. La mayoría tiende a no barrerlo porque le cuesta mucho dar su tiempo y su trabajo a los demás. El soberbio tampoco lo hará porque a tal trabajo lo considera como algo indigno de su nivel, mientras que el humilde será el único que se pondrá a barrer en tal situación.
"La humildad es una virtud humana propia de quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones o debilidades, y obra en consecuencia. Es un valor que fomenta la empatía y la consideración hacia los demás, generando relaciones más saludables y constructivas".
"Su significado es el opuesto a la soberbia, y es una cualidad que define a aquella persona que reconoce la dignidad e igualdad de todos los seres humanos. Esto hace de la humildad una cualidad relacionada con la virtud de la modestia. La humildad es una virtud independiente de la posición económica o social. Una persona humilde no se siente superior ni inferior a nadie, sino que siente el mismo respeto por todas las personas de su entorno y sabe valorar sus esfuerzos"(De www.significados.com).
La actitud de la soberbia no es solamente considerada como el primero de los pecados capitales, sino que incluso los abarcaría a todos. Como todo pecado, o defecto moral, resulta ser una debilidad humana. Actualmente es descripta como un complejo de superioridad que surge como una necesidad para compensar un previo complejo de inferioridad. La soberbia es un egoísmo extremo que genera en los demás una actitud de rechazo o de repugnancia.
El soberbio ve a la persona cooperativa como alguien débil, que se rebaja ante los demás. De ahí que uno de los síntomas de la vagancia sea la ausencia de toda intención de cooperación, que impide realizar trabajos que han de llevar, de alguna forma, a beneficiar a los demás. Es por ello que los habitantes de los países subdesarrollados muestran mayores niveles de soberbia que los habitantes de los países desarrollados, más predispuestos al trabajo cotidiano.
El soberbio, como persona egoísta, es incapaz de reconocer méritos ajenos, mientras que exagera los propios. Casi siempre se lo ve descender desde su imaginario pedestal para ponerse a la altura de los simples mortales, no sin cierto esfuerzo. En el ámbito de la ciencia, en donde aparecen investigadores que muestran niveles de inteligencia abismalmente superiores al del ciudadano común, no debería haber soberbios (en caso de ser honestos y de no ser ignorantes de las realizaciones de otros).
Giovanni Papini realizó una síntesis respecto de la soberbia a través de un sermón imaginario dentro de una Iglesia, escribiendo al respecto:
Hermanos y hermanas. Vimos en los días precedentes cuál es la forma y gravedad de los siete pecados capitales o pecados mortales. Hoy deseo deciros una verdad que nadie ha dicho hasta ahora al pueblo cristiano. Quiero anunciar, en esta iglesia consagrada a Nuestra Señora de la Humildad, que en realidad de verdad esos siete pecados se reducen a uno solo: el pecado de la soberbia.
Considerad, por ejemplo, los modos y los motivos de la ira. Este horrible pecado no es más que un efecto y un escape de la soberbia. El hombre soberbio no tolera ser contrariado, se siente ofendido por cualquier contraste y hasta por la más justa reprensión; el hombre soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior, y por esto se ve arrastrado a las injurias, a la cólera y la rabia.
Pensad en otro pecado igualmente odioso y maldito: la envidia. El soberbio no puede concebir que otro hombre tenga cualidades o fortunas de las que él carece; no puede soportar, a causa de su ilusión de que está sobre todos, que otros estén en sitios más elevados que el suyo, que sean más alabados y honrados, que sean más poderosos y ricos. Por lo tanto la envidia no es más que una consecuencia y manifestación de la soberbia.
También se manifiesta claramente la soberbia en el repugnante pecado de la lujuria. El lujurioso es el que quiere someter a su capricho y a su placer el mayor número posible de mujeres dóciles y complacientes. La mujer lujuriosa es la que quiere someter a su carne y a su vanidad al mayor número de hombres robados al derecho o al deseo de otras mujeres. El frenesí de la posesión carnal se funda en la ilusión de una dominación recíproca, o sea, en la «libido dominandi» que es, a su vez, el verdadero fundamento de la soberbia. Poseer quiere decir ser dueño, o sea, superior; ser amado significa ser preferido a los demás, es decir: ser considerado y adorado como criatura privilegiada. Y todo esto no es otra cosa que manifestación y satisfacción de ciega soberbia.
Ya es más difícil reconocer a la soberbia en el innoble pecado de la gula. Mas, como de costumbre, también en esto viene en nuestra ayuda la Sagrada Biblia. Cuando la serpiente, símbolo de la soberbia, quiso tentar a Eva, ¿a qué medio recurrió además de mentirosas promesas? Presentó a la mujer una fruta deseable a la vista y dulce para comer. Recordad también que en la última Cena Nuestro Señor ofreció pan mojado, es decir, el bocado preferido, al traidor, y esto después de haber dicho que Satanás, o sea, la soberbia, había entrado antes en Judas. Por lo tanto, los que ponen sus delicias en llenar el vientre más allá de lo que se precisa para saciar el hambre, están emparentados con los soberbios; en tal bestial proeza o manía buscan una prueba de su riqueza, de su capacidad o valer, de su arte de engullir y saborear, resumiendo, de su superioridad.
También la avaricia, hermanos míos, o la voracidad por el dinero y demás bienes terrenos, se halla estrechamente relacionada con el pecado de la soberbia. El hombre avaro desea hacer todo suyo y no ceder a los hermanos ni siquiera una parte mínima de su tesoro. Su sueño supremo consiste en llegar a ser el más rico de todos en medio de una turba de pobres, pues sabe que en nuestro mundo idiota y perverso el rico es respetado, es adulado, honrado, implorado y servido como un monarca. Para el avaro la riqueza es antes que nada un medio para saciar su avidez de dominio, su torpe vanidad, su loca soberbia.
Ahora no nos queda más que volver nuestra consideración hacia la vergonzosa pereza. Como bien lo pensáis, el perezoso es el ser humano que anhela o pretende vivir a costa del trabajo de los demás, como si tuviera un derecho natural al tributo de seres que le son inferiores, como si el trabajo fuera algo indigno de su orgullosa superioridad; perezoso es el que nada hace y nada emprende para mejorarse a sí mismo, para mejorar su alma y su condición, y en esto fácil es descubrir la implícita persuasión de que ya es perfecto, de que es mejor que quienes están a su alrededor, pero en esa su loca certeza notáis fácilmente la diabólica afirmación de la omnipresente soberbia.
Espero haber demostrado, aunque haya hablado brevemente, la verdad de mi aserto: hay un solo pecado en séptuple forma, el homicida y deicida pecado de la soberbia.
(De “El libro negro”-Editorial Mundo Moderno-Buenos Aires 1952).
"La humildad es una virtud humana propia de quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones o debilidades, y obra en consecuencia. Es un valor que fomenta la empatía y la consideración hacia los demás, generando relaciones más saludables y constructivas".
"Su significado es el opuesto a la soberbia, y es una cualidad que define a aquella persona que reconoce la dignidad e igualdad de todos los seres humanos. Esto hace de la humildad una cualidad relacionada con la virtud de la modestia. La humildad es una virtud independiente de la posición económica o social. Una persona humilde no se siente superior ni inferior a nadie, sino que siente el mismo respeto por todas las personas de su entorno y sabe valorar sus esfuerzos"(De www.significados.com).
La actitud de la soberbia no es solamente considerada como el primero de los pecados capitales, sino que incluso los abarcaría a todos. Como todo pecado, o defecto moral, resulta ser una debilidad humana. Actualmente es descripta como un complejo de superioridad que surge como una necesidad para compensar un previo complejo de inferioridad. La soberbia es un egoísmo extremo que genera en los demás una actitud de rechazo o de repugnancia.
El soberbio ve a la persona cooperativa como alguien débil, que se rebaja ante los demás. De ahí que uno de los síntomas de la vagancia sea la ausencia de toda intención de cooperación, que impide realizar trabajos que han de llevar, de alguna forma, a beneficiar a los demás. Es por ello que los habitantes de los países subdesarrollados muestran mayores niveles de soberbia que los habitantes de los países desarrollados, más predispuestos al trabajo cotidiano.
El soberbio, como persona egoísta, es incapaz de reconocer méritos ajenos, mientras que exagera los propios. Casi siempre se lo ve descender desde su imaginario pedestal para ponerse a la altura de los simples mortales, no sin cierto esfuerzo. En el ámbito de la ciencia, en donde aparecen investigadores que muestran niveles de inteligencia abismalmente superiores al del ciudadano común, no debería haber soberbios (en caso de ser honestos y de no ser ignorantes de las realizaciones de otros).
Giovanni Papini realizó una síntesis respecto de la soberbia a través de un sermón imaginario dentro de una Iglesia, escribiendo al respecto:
Hermanos y hermanas. Vimos en los días precedentes cuál es la forma y gravedad de los siete pecados capitales o pecados mortales. Hoy deseo deciros una verdad que nadie ha dicho hasta ahora al pueblo cristiano. Quiero anunciar, en esta iglesia consagrada a Nuestra Señora de la Humildad, que en realidad de verdad esos siete pecados se reducen a uno solo: el pecado de la soberbia.
Considerad, por ejemplo, los modos y los motivos de la ira. Este horrible pecado no es más que un efecto y un escape de la soberbia. El hombre soberbio no tolera ser contrariado, se siente ofendido por cualquier contraste y hasta por la más justa reprensión; el hombre soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior, y por esto se ve arrastrado a las injurias, a la cólera y la rabia.
Pensad en otro pecado igualmente odioso y maldito: la envidia. El soberbio no puede concebir que otro hombre tenga cualidades o fortunas de las que él carece; no puede soportar, a causa de su ilusión de que está sobre todos, que otros estén en sitios más elevados que el suyo, que sean más alabados y honrados, que sean más poderosos y ricos. Por lo tanto la envidia no es más que una consecuencia y manifestación de la soberbia.
También se manifiesta claramente la soberbia en el repugnante pecado de la lujuria. El lujurioso es el que quiere someter a su capricho y a su placer el mayor número posible de mujeres dóciles y complacientes. La mujer lujuriosa es la que quiere someter a su carne y a su vanidad al mayor número de hombres robados al derecho o al deseo de otras mujeres. El frenesí de la posesión carnal se funda en la ilusión de una dominación recíproca, o sea, en la «libido dominandi» que es, a su vez, el verdadero fundamento de la soberbia. Poseer quiere decir ser dueño, o sea, superior; ser amado significa ser preferido a los demás, es decir: ser considerado y adorado como criatura privilegiada. Y todo esto no es otra cosa que manifestación y satisfacción de ciega soberbia.
Ya es más difícil reconocer a la soberbia en el innoble pecado de la gula. Mas, como de costumbre, también en esto viene en nuestra ayuda la Sagrada Biblia. Cuando la serpiente, símbolo de la soberbia, quiso tentar a Eva, ¿a qué medio recurrió además de mentirosas promesas? Presentó a la mujer una fruta deseable a la vista y dulce para comer. Recordad también que en la última Cena Nuestro Señor ofreció pan mojado, es decir, el bocado preferido, al traidor, y esto después de haber dicho que Satanás, o sea, la soberbia, había entrado antes en Judas. Por lo tanto, los que ponen sus delicias en llenar el vientre más allá de lo que se precisa para saciar el hambre, están emparentados con los soberbios; en tal bestial proeza o manía buscan una prueba de su riqueza, de su capacidad o valer, de su arte de engullir y saborear, resumiendo, de su superioridad.
También la avaricia, hermanos míos, o la voracidad por el dinero y demás bienes terrenos, se halla estrechamente relacionada con el pecado de la soberbia. El hombre avaro desea hacer todo suyo y no ceder a los hermanos ni siquiera una parte mínima de su tesoro. Su sueño supremo consiste en llegar a ser el más rico de todos en medio de una turba de pobres, pues sabe que en nuestro mundo idiota y perverso el rico es respetado, es adulado, honrado, implorado y servido como un monarca. Para el avaro la riqueza es antes que nada un medio para saciar su avidez de dominio, su torpe vanidad, su loca soberbia.
Ahora no nos queda más que volver nuestra consideración hacia la vergonzosa pereza. Como bien lo pensáis, el perezoso es el ser humano que anhela o pretende vivir a costa del trabajo de los demás, como si tuviera un derecho natural al tributo de seres que le son inferiores, como si el trabajo fuera algo indigno de su orgullosa superioridad; perezoso es el que nada hace y nada emprende para mejorarse a sí mismo, para mejorar su alma y su condición, y en esto fácil es descubrir la implícita persuasión de que ya es perfecto, de que es mejor que quienes están a su alrededor, pero en esa su loca certeza notáis fácilmente la diabólica afirmación de la omnipresente soberbia.
Espero haber demostrado, aunque haya hablado brevemente, la verdad de mi aserto: hay un solo pecado en séptuple forma, el homicida y deicida pecado de la soberbia.
(De “El libro negro”-Editorial Mundo Moderno-Buenos Aires 1952).
viernes, 5 de enero de 2024
La yihad o guerra santa
Los diversos totalitarismos han intentado siempre ejercer alguna forma de violencia contra quienes se opusieron o no acataron los mandatos respectivos. Así, los nazis avanzaron en la eliminación de las “razas incorrectas”, mientras que los marxistas-leninistas hicieron lo propio con las “clases sociales incorrectas”. El totalitarismo teocrático, fundado por Mahoma, proclama la violencia contra las “religiones incorrectas” a través de la yihad o “guerra santa”.
En forma similar a lo que está ocurriendo con el marxismo-leninismo, que ha abandonado parcialmente la lucha armada para imponerse en los países democráticos, intentado lograr su dominio mediante la táctica de infiltración promovida por Antonio Gramsci, el Islam intenta lograr el poder en el continente europeo a través de una inmigración y de un mayor crecimiento poblacional posterior para que en el futuro los seguidores de Mahoma constituyan una mayoría.
Ni marxistas-leninistas ni musulmanes han abandonado la lucha por establecerse a lo largo y a lo ancho del mundo. En Europa y Latinoamérica los socialistas cuentan con el apoyo casi explícito de la Iglesia Católica, mientras que en Europa los musulmanes cuentan con el apoyo de los gobiernos socialistas que han dado la espalda al cristianismo, traicionando la cultura occidental, para abrir las puertas a los seguidores de Mahoma.
La peligrosidad del Islam radica en que la violencia es promovida nada menos que por un "enviado de Dios", según la creencia, de ahí que el creyente tiende a aceptar todo lo que aparece en el Corán. Y no sólo allí se promueve la violencia contra los “infieles”, sino que les promete premios en el más allá, lo que resulta atractivo para un terrorista.
A continuación se transcribe un artículo al respecto:
EL SCHIHAD (yihad)
Por Ambrosio Romero Carranza
¿Sería capaz de conquistar la tierra una religión inventada para el temperamento y la idiosincrasia del pueblo árabe?
¿Podría pretender la universalidad un culto tan localista como el rendido por los sarracenos a la piedra negra de la Kaaba?
¿Era posible que el Corán se parangonara con el Evangelio, y que la oscuridad de aquél disputase con la luz brillante de éste?
¿El lascivo Profeta de Alá, rodeado de sus diez esposas y tintas sus manos en sangre, desalojaría del corazón de la humanidad a la figura pura, casta y sin manchas de Jesús, el Hijo de la Virgen María, verdadero Dios y verdadero hombre?
¿Conseguiría la doctrina sensual y materialista de Mahoma reemplazar a la espiritual y eterna de Cristo?
Nada de esto parecía probable ni posible, y era contra toda lógica que el Islam se extendiera más allá de los desiertos de la península arábiga. Quizás el mismo Mahoma comprendió que la doctrina coránica sólo podía ser aceptable como religión nacional de los árabes, y nunca pensó seriamente en propagarla por el mundo, pues sus palabras con respecto a la necesidad de ensanchar las fronteras del Islam eran una simple pantalla con la cual trataba de encubrir la particularidad del credo musulmán.
Pero una prescripción del Profeta, llamada el schihad, sería causa de que dicho credo se propagara rápidamente y de que el culto puramente nacional del Islam se transformara en una religión cosmopolita que aun hoy día tiene más de 260 millones de adeptos [escrito en 1946] en cuatro continentes. En efecto, al imponer Mahoma a los musulmanes la obligación de efectuar la schihad, es decir, la guerra santa al infiel, instituyó un poderoso medio de propagación islámica. Pues, si imposible era que mediante la controversia y el apostolado pacífico la religión musulmana disputara al cristianismo la posesión de las almas, en cambio podía pretender imponerse a la fuerza, sojuzgando las naciones por medio de la guerra predicada por orden expresa de Alá.
“El deber público de efectuar la guerra santa es el único elemento original de la constitución del Islam, y fue lo que especialmente contribuyó a darle su carácter particular de fanatismo intolerante” (Edmund Power).
Hasta el advenimiento de Mahoma ningún pueblo había pretendido imponer su religión, a otros pueblos, por las armas. Cierto es que, con anterioridad, existieron persecuciones religiosas, pero ellas habían sido siempre realizadas dentro de los límites de una determinada nación, y tuvieron por objeto exterminar a los connacionales que, profesando una religión diferente de la mayoría, negábanse a adorar los tradicionales dioses de la patria. Tales fueron, por ejemplo, las sangrientas persecuciones que contra los cristianos se llevaron a cabo en el Imperio Romano y en el Imperio persa, persecuciones realizadas más por razones de índole política y patriótica, que por celo y fanatismo religioso.
No fue del cristianismo de donde Mahoma tomó la idea del schihad musulmán. El schihad por él predicado era la guerra santa para hacer triunfar su religión, guerra ofensiva a pueblos pacíficos e indefensos de los cuales nada tenía que temer la Arabia ni la religión musulmana. No se trataba de defender La Meca, de librar la Kaaba de profanaciones impías, de proteger a los peregrinos sarracenos, ni de llevar la civilización a tierras incultas y bárbaras, sino de atacar, invadir, matar, saquear y conquistar vastas naciones civilizadas y orgánicas a fin de imponerles el duro y pesado yugo del Islam.
El schihad instituido por Mahoma tenía por principal objeto que los creyentes del Corán pudiesen dominar el orbe entero, y que, en ningún rincón de la tierra, un musulmán fuera súbdito de soberanos que ignoraban o despreciaban al Profeta de Alá. El verdadero fin perseguido por la guerra santa musulmana no era, pues, propagar espiritualmente la religión del Islam, sino extender su reino terrenal. Y haciendo, una vez más, hablar a Alá según su propia conveniencia, Mahoma dejó dicho en el Corán que morir combatiendo por el islamismo constituía para Dios el acto más meritorio de un hombre, acto que le valdría la inmediata entrada en el jardín de las delicias celestiales.
Es de imaginar el efecto que causaría en un pueblo semibárbaro –como era el árabe del siglo VI- la idea de que Dios lo destinaba a ser dueño de todas las inmensas riquezas de Bizancio, Persia y la India. Al librar batalla a los infieles, los musulmanes devotos luchaban con valor pensando que, si morían en la refriega, entrarían inmediatamente en el Edén para gozar de las huríes y demás delicias prometidas en el Corán; por su lado los beduinos, no muy convencidos de la misión profética de Mahoma, peleaban sin embargo con igual valor sabiendo que si vencían el botín recogido superaría enormemente al producto de su acostumbrado merodeo de caravanas.
“Combatid a aquellos que no creen en Dios ni en el día del juicio, ni consideran prohibido lo prohibido por Dios y su enviado, ni confiesan la verdadera religión, hasta que paguen tributo como súbditos humildes” –había dicho Mahoma- y los árabes no se hicieron rogar: precipitáronse como halcones sobre las ricas provincias del Imperio bizantino y del persa, e impusieron pesados tributos a los habitantes de esas provincias.
“El incrédulo que se niega a creer en el islamismo es más abyecto que el bruto a los ojos del Eterno, y si la suerte de las armas permite que alguno caiga en tus manos, aterroriza con sus suplicios a los que le siguen, a fin de que piensen en la suerte que les aguarda” (Corán, capítulo VIII, versículos 57 y59).
“Si encontráis a los infieles, combatidlos hasta que hayáis matado un gran número. Cargad a los impíos de cadenas. Dios puede exterminar a los infieles sin el auxilio de vuestro brazo, pero quiere que unos sirvan para probar a los otros” (Corán, capítulo XLVII, versículos 4 y 5).
“Mahoma es el enviado de Dios. Sus discípulos serán humanitarios entre ellos pero terribles contra los infieles” (Corán, capítulo XLVIII, versículo 29).
Tales son, entre otros, los “divinos preceptos” de la religión mahometana que empujaron a sus primeros discípulos a arrojarse fanática y bárbaramente contra el mundo entero; para los hijos del desierto lo más interesante y conveniente del islamismo era el deber de emprender la guerra santa contra los infieles.
(Fragmentos de “El triunfo del cristianismo”-Club de Lectores SA-Buenos Aires 1975).
En forma similar a lo que está ocurriendo con el marxismo-leninismo, que ha abandonado parcialmente la lucha armada para imponerse en los países democráticos, intentado lograr su dominio mediante la táctica de infiltración promovida por Antonio Gramsci, el Islam intenta lograr el poder en el continente europeo a través de una inmigración y de un mayor crecimiento poblacional posterior para que en el futuro los seguidores de Mahoma constituyan una mayoría.
Ni marxistas-leninistas ni musulmanes han abandonado la lucha por establecerse a lo largo y a lo ancho del mundo. En Europa y Latinoamérica los socialistas cuentan con el apoyo casi explícito de la Iglesia Católica, mientras que en Europa los musulmanes cuentan con el apoyo de los gobiernos socialistas que han dado la espalda al cristianismo, traicionando la cultura occidental, para abrir las puertas a los seguidores de Mahoma.
La peligrosidad del Islam radica en que la violencia es promovida nada menos que por un "enviado de Dios", según la creencia, de ahí que el creyente tiende a aceptar todo lo que aparece en el Corán. Y no sólo allí se promueve la violencia contra los “infieles”, sino que les promete premios en el más allá, lo que resulta atractivo para un terrorista.
A continuación se transcribe un artículo al respecto:
EL SCHIHAD (yihad)
Por Ambrosio Romero Carranza
¿Sería capaz de conquistar la tierra una religión inventada para el temperamento y la idiosincrasia del pueblo árabe?
¿Podría pretender la universalidad un culto tan localista como el rendido por los sarracenos a la piedra negra de la Kaaba?
¿Era posible que el Corán se parangonara con el Evangelio, y que la oscuridad de aquél disputase con la luz brillante de éste?
¿El lascivo Profeta de Alá, rodeado de sus diez esposas y tintas sus manos en sangre, desalojaría del corazón de la humanidad a la figura pura, casta y sin manchas de Jesús, el Hijo de la Virgen María, verdadero Dios y verdadero hombre?
¿Conseguiría la doctrina sensual y materialista de Mahoma reemplazar a la espiritual y eterna de Cristo?
Nada de esto parecía probable ni posible, y era contra toda lógica que el Islam se extendiera más allá de los desiertos de la península arábiga. Quizás el mismo Mahoma comprendió que la doctrina coránica sólo podía ser aceptable como religión nacional de los árabes, y nunca pensó seriamente en propagarla por el mundo, pues sus palabras con respecto a la necesidad de ensanchar las fronteras del Islam eran una simple pantalla con la cual trataba de encubrir la particularidad del credo musulmán.
Pero una prescripción del Profeta, llamada el schihad, sería causa de que dicho credo se propagara rápidamente y de que el culto puramente nacional del Islam se transformara en una religión cosmopolita que aun hoy día tiene más de 260 millones de adeptos [escrito en 1946] en cuatro continentes. En efecto, al imponer Mahoma a los musulmanes la obligación de efectuar la schihad, es decir, la guerra santa al infiel, instituyó un poderoso medio de propagación islámica. Pues, si imposible era que mediante la controversia y el apostolado pacífico la religión musulmana disputara al cristianismo la posesión de las almas, en cambio podía pretender imponerse a la fuerza, sojuzgando las naciones por medio de la guerra predicada por orden expresa de Alá.
“El deber público de efectuar la guerra santa es el único elemento original de la constitución del Islam, y fue lo que especialmente contribuyó a darle su carácter particular de fanatismo intolerante” (Edmund Power).
Hasta el advenimiento de Mahoma ningún pueblo había pretendido imponer su religión, a otros pueblos, por las armas. Cierto es que, con anterioridad, existieron persecuciones religiosas, pero ellas habían sido siempre realizadas dentro de los límites de una determinada nación, y tuvieron por objeto exterminar a los connacionales que, profesando una religión diferente de la mayoría, negábanse a adorar los tradicionales dioses de la patria. Tales fueron, por ejemplo, las sangrientas persecuciones que contra los cristianos se llevaron a cabo en el Imperio Romano y en el Imperio persa, persecuciones realizadas más por razones de índole política y patriótica, que por celo y fanatismo religioso.
No fue del cristianismo de donde Mahoma tomó la idea del schihad musulmán. El schihad por él predicado era la guerra santa para hacer triunfar su religión, guerra ofensiva a pueblos pacíficos e indefensos de los cuales nada tenía que temer la Arabia ni la religión musulmana. No se trataba de defender La Meca, de librar la Kaaba de profanaciones impías, de proteger a los peregrinos sarracenos, ni de llevar la civilización a tierras incultas y bárbaras, sino de atacar, invadir, matar, saquear y conquistar vastas naciones civilizadas y orgánicas a fin de imponerles el duro y pesado yugo del Islam.
El schihad instituido por Mahoma tenía por principal objeto que los creyentes del Corán pudiesen dominar el orbe entero, y que, en ningún rincón de la tierra, un musulmán fuera súbdito de soberanos que ignoraban o despreciaban al Profeta de Alá. El verdadero fin perseguido por la guerra santa musulmana no era, pues, propagar espiritualmente la religión del Islam, sino extender su reino terrenal. Y haciendo, una vez más, hablar a Alá según su propia conveniencia, Mahoma dejó dicho en el Corán que morir combatiendo por el islamismo constituía para Dios el acto más meritorio de un hombre, acto que le valdría la inmediata entrada en el jardín de las delicias celestiales.
Es de imaginar el efecto que causaría en un pueblo semibárbaro –como era el árabe del siglo VI- la idea de que Dios lo destinaba a ser dueño de todas las inmensas riquezas de Bizancio, Persia y la India. Al librar batalla a los infieles, los musulmanes devotos luchaban con valor pensando que, si morían en la refriega, entrarían inmediatamente en el Edén para gozar de las huríes y demás delicias prometidas en el Corán; por su lado los beduinos, no muy convencidos de la misión profética de Mahoma, peleaban sin embargo con igual valor sabiendo que si vencían el botín recogido superaría enormemente al producto de su acostumbrado merodeo de caravanas.
“Combatid a aquellos que no creen en Dios ni en el día del juicio, ni consideran prohibido lo prohibido por Dios y su enviado, ni confiesan la verdadera religión, hasta que paguen tributo como súbditos humildes” –había dicho Mahoma- y los árabes no se hicieron rogar: precipitáronse como halcones sobre las ricas provincias del Imperio bizantino y del persa, e impusieron pesados tributos a los habitantes de esas provincias.
“El incrédulo que se niega a creer en el islamismo es más abyecto que el bruto a los ojos del Eterno, y si la suerte de las armas permite que alguno caiga en tus manos, aterroriza con sus suplicios a los que le siguen, a fin de que piensen en la suerte que les aguarda” (Corán, capítulo VIII, versículos 57 y59).
“Si encontráis a los infieles, combatidlos hasta que hayáis matado un gran número. Cargad a los impíos de cadenas. Dios puede exterminar a los infieles sin el auxilio de vuestro brazo, pero quiere que unos sirvan para probar a los otros” (Corán, capítulo XLVII, versículos 4 y 5).
“Mahoma es el enviado de Dios. Sus discípulos serán humanitarios entre ellos pero terribles contra los infieles” (Corán, capítulo XLVIII, versículo 29).
Tales son, entre otros, los “divinos preceptos” de la religión mahometana que empujaron a sus primeros discípulos a arrojarse fanática y bárbaramente contra el mundo entero; para los hijos del desierto lo más interesante y conveniente del islamismo era el deber de emprender la guerra santa contra los infieles.
(Fragmentos de “El triunfo del cristianismo”-Club de Lectores SA-Buenos Aires 1975).
jueves, 4 de enero de 2024
De la defensa del intercambio de Bastiat al gobierno ideal
Por Gary Galles
Frédéric Bastiat es justificadamente famoso entre los creyentes en la libertad. Entre sus numerosas contribuciones clásicas destacan «La ley» y sus ensayos «El gobierno» y «Lo que se ve y lo que no se ve», por no mencionar algunos de los mejores argumentos de reductio ad absurdum de la historia (como «Petición de los fabricantes de velas» y «El ferrocarril negativo»), entre otros. Menos conocidos son otros ensayos, como su «Manifiesto Electoral» de 1846, que ilustra lo que defendería un político de principios que creyera en la libertad.
Sin embargo, mucha menos gente parece conocer bien las «Armonías Económicas» de Bastiat, que iba a ser su obra magna pero se vio truncada por su muerte en Nochebuena con sólo 49 años.
Encontré una ilustración sorprendente cuando releí recientemente el capítulo 4, «Intercambio», de «Armonías económicas». Bastiat no sólo ofrece allí una defensa poderosa y edificante del libre intercambio, sino que le lleva a una visión muy inspiradora de lo que el gobierno puede y no puede hacer para promover el bienestar general, como dice nuestra Constitución.
Pero, desgraciadamente, después de más de 35 años estudiando y defendiendo la libertad, no recuerdo haber leído nunca una discusión sobre ese capítulo. Así que, con la esperanza de darlo a conocer, presento algo de lo que encontré y que tanto me impresionó.
Bastiat comienza con un poderoso apoyo a los sistemas de libre intercambio basados en la propiedad privada.
El intercambio... es la sociedad misma.
La organización social actual, siempre que se reconozca el principio del libre intercambio [y los derechos de propiedad privada que lo sustentan], es la más hermosa, la más estupenda de las asociaciones . . . muy diferente de las asociaciones soñadas por los socialistas, ya que . . . se reconoce el principio de la libertad individual. Todos... pueden unirse a ella o abandonarla a su antojo. Aportan lo que quieren; reciben a cambio un grado de satisfacción en constante aumento, determinado, según las leyes de la justicia, por la naturaleza de las cosas, no por la voluntad arbitraria de un jefe.
Gracias al dinero. . . . Cada uno entrega sus servicios a la sociedad, sin saber quién recibirá las satisfacciones que están destinados a dar. Del mismo modo, cada uno recibe de la sociedad, no servicios inmediatos, sino piezas de dinero, con las que comprará servicios particulares donde, cuando y como quiera. De este modo, las transacciones finales se llevan a cabo a través del tiempo y el espacio entre personas desconocidas entre sí, y nadie sabe, al menos en la mayoría de los casos, por el esfuerzo de quién serán satisfechas sus necesidades, o a quién sus propios esfuerzos traerán satisfacción.
El intercambio es un medio dado a los hombres para permitirles utilizar mejor sus capacidades productivas. . . . En consecuencia, las leyes que limitan el intercambio son siempre perjudiciales o innecesarias.
Los gobiernos, siempre dispuestos a creer que nada puede hacerse sin ellos, se niegan a comprender esta ley de armonía. El intercambio se desarrolla naturalmente hasta el punto en que un mayor desarrollo sería más oneroso que útil, y se detiene por sí mismo en este límite.
En consecuencia, en todas partes vemos gobiernos muy preocupados por conceder favores especiales al intercambio o por restringirlo. Para llevarlo más allá de sus límites naturales, buscan nuevas salidas y colonias. Para mantenerlo dentro de esos límites, idean todo tipo de restricciones y controles.
Esta intervención de la fuerza en las transacciones humanas va siempre acompañada de innumerables males.
Desviar a los organismos de la ley y el orden de su función natural es un mal aún mayor que aumentar indebidamente su tamaño. Su función racional era proteger toda libertad y toda propiedad, y en cambio los vemos empeñados en hacer violencia contra la libertad y la propiedad de los ciudadanos. Así, los gobiernos parecen dedicarse a la tarea de eliminar de la mente de los hombres toda noción de equidad y de principios.
Tanto si esta intervención de la fuerza en el proceso de intercambio crea intercambios que de otro modo no se realizarían como si impide que se realicen otros, no puede dejar de tener como consecuencia el despilfarro y el mal uso del trabajo y del capital.
Después de lo que creo que fue la inspiración para la distinción de Leonard Read entre intercambio voluntario y no voluntario, Bastiat llega a una conclusión sorprendente, especialmente en nuestro mundo donde los oponentes de la libertad en el intercambio, así como otras libertades, a menudo cuestionan los motivos detrás de los acuerdos voluntarios: «El intercambio... desarrolla en la sociedad tendencias más nobles que sus motivos». Es decir, el libre intercambio, posibilitado por los derechos de propiedad privada y disciplinado por la competencia por la asociación voluntaria de otros, produce resultados mutuamente beneficiosos a partir de esfuerzos en interés propio.
En virtud del intercambio, la prosperidad de un hombre beneficia a todos los demás.
Cada uno se aplica a vencer una serie de obstáculos en beneficio de la comunidad.
Podemos confiar no sólo en el poder económico del libre intercambio, sino también en su fuerza moral. Una vez que los hombres sepan cuáles son sus verdaderos intereses, entonces todas las restricciones . . caerán.
Debemos limitar nuestros esfuerzos a permitir que la Naturaleza actúe y a mantener los derechos de la libertad humana.
Bajo la libertad, el interés propio de cada hombre está de acuerdo con el de todos los demás. . . ... [por lo que] todos los esfuerzos que ahora vemos que hacen los gobiernos para interrumpir la acción de estas leyes naturales de la sociedad sería mejor dedicarlos a dejarles su pleno poder; o más bien no se necesitaría ningún esfuerzo, excepto el esfuerzo que se necesita para no interferir.
¿En qué consiste la injerencia de los gobiernos? . . . En quitar a unos para dar a otros. Tal es, de hecho, el mandato que los gobiernos se han dado a sí mismos.
Así, los gobiernos, que creíamos instituidos para garantizar a cada hombre su libertad y su propiedad, se han encargado de violar toda libertad y todo derecho de propiedad . . por la naturaleza misma de su objetivo, amenazan todos los intereses existentes.
Aquí, Bastiat establece la conexión entre la armonía social que puede avanzar mediante el libre intercambio y el buen gobierno.
La negación de la libertad y de los derechos de propiedad . . . es la consecuencia lógica del axioma: El lucro de uno es la pérdida del otro . . . la simplicidad en la administración del gobierno, el respeto por la dignidad individual, la libertad de trabajo y de intercambio, la paz entre las naciones, la protección de la persona y la propiedad —todo esto es la consecuencia de esta verdad: Todos los intereses son armoniosos, siempre que . . . sólo que esta verdad sea generalmente aceptada.
La armonía de intereses no es universalmente reconocida, ya que . . . la fuerza del gobierno interviene constantemente para perturbar sus combinaciones naturales.
¿No encontramos obstáculos por todas partes?
¿Con qué pretexto se me priva de libertad si no es que se considera que mi libertad perjudica a los demás?
Hemos probado tantas cosas; ¿cuándo probaremos la más sencilla de todas: la libertad? Libertad en todos nuestros actos que no ofendan a la justicia; libertad para vivir, para desarrollarnos, para mejorar; el libre ejercicio de nuestras facultades; el libre intercambio de nuestros servicios.
Bastiat contrasta entonces lo que él llamó la Revolución de Febrero de Francia con el «bello y solemne espectáculo que habría sido si el gobierno llevado al poder [en su lugar] hubiera hablado así a los ciudadanos».
Me han investido con el poder de la autoridad. Lo usaré sólo en los casos en que la intervención de la fuerza sea permisible. Pero sólo hay un caso así, y es por causa de la justicia. Exigiré a cada hombre que permanezca dentro de los límites establecidos por sus derechos. Cada uno de ustedes puede trabajar en libertad durante el día y dormir en paz por la noche. Asumo la seguridad de sus personas y bienes. Ese es mi mandato; lo cumpliré, pero no acepto ningún otro.
Que no haya malentendidos entre nosotros. A partir de ahora sólo pagarás la pequeña contribución indispensable para el mantenimiento del orden y la aplicación de la justicia.
Pero también, tenerlo en cuenta, cada uno de ustedes es responsable ante sí mismo de su propia subsistencia y progreso. No vuelvan más sus ojos hacia mí. No me pidáis que os dé riqueza, trabajo, crédito, educación, religión, moralidad. No olvidéis que la fuerza motriz por la que avanzan está dentro de ustedes mismos; que yo mismo sólo puedo actuar por medio de la fuerza. Todo lo que tengo, absolutamente todo, proviene de ustedes; por consiguiente, no puedo conceder la menor ventaja a uno sino a expensas de los demás.
Unan sus esfuerzos tanto por su bien individual como por el general; seguir sus inclinaciones, realicen sus destinos individuales según sus dotes, sus valores, su previsión. Esperen de mí sólo dos cosas: libertad y seguridad, y sepan que no pueden pedir una tercera sin perder estas dos.
Si esos hubieran sido los principios motivadores de la revolución, Bastiat se plantea las consecuencias.
¿Podemos imaginar a ciudadanos, por lo demás completamente libres, movilizándose para derrocar a su gobierno cuando su actividad se limita a satisfacer la más vital, la más sentida de todas las necesidades sociales, la necesidad de justicia?
No busquen en el Estado nada más allá de la ley y el orden. ¡No cuenten con él para ninguna riqueza, ninguna iluminación! No le hagáis más responsable de nuestras faltas, de nuestra negligencia, de nuestra imprevisión. Contar sólo con nosotros mismos para nuestra subsistencia, nuestro progreso físico, intelectual y moral.
¿No comprenderán nunca que el Estado no puede darte algo con una mano sin quitarte ese algo, y un poco más, con la otra? ¿No ven que, lejos de haber algún posible aumento de bienestar en este proceso para ustedes, su resultado final está destinado a ser un gobierno arbitrario, más irritante, más entrometido, más extravagante, más precario, con impuestos más pesados, injusticias más frecuentes, casos más escandalosos de favoritismo, menos libertad, más esfuerzo perdido, con intereses, trabajo y capital todos mal dirigidos, la codicia estimulada, el descontento fomentado y la iniciativa individual sofocada?
¿Por qué nuestros legisladores contravienen así todas las nociones sanas de economía política? ¿Por qué no dejan las cosas en su sitio: el altruismo en su ámbito natural, que es la libertad; y la justicia en el suyo, que es el derecho? ¿Por qué no utilizan la ley exclusivamente para promover la justicia?
La justicia es libertad y propiedad. Pero son socialistas... no tienen fe, digan lo que digan, en la libertad ni en la propiedad ni, por consiguiente, en la justicia. Y es por eso que los vemos ... tratando de lograr el bien mediante la violación constante del derecho.
¿Cuál es la elección resultante a la que nos enfrentamos en la búsqueda de una mayor cooperación y avance social?
¿Debemos reconocer el derecho de todo hombre a su propiedad, su libertad de trabajar y de intercambiar bajo su propia responsabilidad, ya sea para su beneficio o para su pérdida, invocando la ley, que es fuerza, sólo para la protección de sus derechos; o podemos alcanzar un plano superior de bienestar social violando los derechos de propiedad y la libertad, regulando el trabajo, perturbando el intercambio y desplazando la responsabilidad fuera del individuo?
Dicho de otro modo: ¿Debe la ley hacer cumplir la justicia estricta, o ser el instrumento de la confiscación organizada.
En un país que, al menos hasta hace poco, afirmaba ofrecer «libertad y justicia para todos», la respuesta me parece clara. Pero América parece estar inundada de quienes sostienen que la justicia es el fin político más elevado (en contraste con Lord Acton, que sabía que la libertad es en sí misma el fin político más elevado) mientras redefinen la justicia de un modo que viola la libertad.
(De www.mises.org.es)
Frédéric Bastiat es justificadamente famoso entre los creyentes en la libertad. Entre sus numerosas contribuciones clásicas destacan «La ley» y sus ensayos «El gobierno» y «Lo que se ve y lo que no se ve», por no mencionar algunos de los mejores argumentos de reductio ad absurdum de la historia (como «Petición de los fabricantes de velas» y «El ferrocarril negativo»), entre otros. Menos conocidos son otros ensayos, como su «Manifiesto Electoral» de 1846, que ilustra lo que defendería un político de principios que creyera en la libertad.
Sin embargo, mucha menos gente parece conocer bien las «Armonías Económicas» de Bastiat, que iba a ser su obra magna pero se vio truncada por su muerte en Nochebuena con sólo 49 años.
Encontré una ilustración sorprendente cuando releí recientemente el capítulo 4, «Intercambio», de «Armonías económicas». Bastiat no sólo ofrece allí una defensa poderosa y edificante del libre intercambio, sino que le lleva a una visión muy inspiradora de lo que el gobierno puede y no puede hacer para promover el bienestar general, como dice nuestra Constitución.
Pero, desgraciadamente, después de más de 35 años estudiando y defendiendo la libertad, no recuerdo haber leído nunca una discusión sobre ese capítulo. Así que, con la esperanza de darlo a conocer, presento algo de lo que encontré y que tanto me impresionó.
Bastiat comienza con un poderoso apoyo a los sistemas de libre intercambio basados en la propiedad privada.
El intercambio... es la sociedad misma.
La organización social actual, siempre que se reconozca el principio del libre intercambio [y los derechos de propiedad privada que lo sustentan], es la más hermosa, la más estupenda de las asociaciones . . . muy diferente de las asociaciones soñadas por los socialistas, ya que . . . se reconoce el principio de la libertad individual. Todos... pueden unirse a ella o abandonarla a su antojo. Aportan lo que quieren; reciben a cambio un grado de satisfacción en constante aumento, determinado, según las leyes de la justicia, por la naturaleza de las cosas, no por la voluntad arbitraria de un jefe.
Gracias al dinero. . . . Cada uno entrega sus servicios a la sociedad, sin saber quién recibirá las satisfacciones que están destinados a dar. Del mismo modo, cada uno recibe de la sociedad, no servicios inmediatos, sino piezas de dinero, con las que comprará servicios particulares donde, cuando y como quiera. De este modo, las transacciones finales se llevan a cabo a través del tiempo y el espacio entre personas desconocidas entre sí, y nadie sabe, al menos en la mayoría de los casos, por el esfuerzo de quién serán satisfechas sus necesidades, o a quién sus propios esfuerzos traerán satisfacción.
El intercambio es un medio dado a los hombres para permitirles utilizar mejor sus capacidades productivas. . . . En consecuencia, las leyes que limitan el intercambio son siempre perjudiciales o innecesarias.
Los gobiernos, siempre dispuestos a creer que nada puede hacerse sin ellos, se niegan a comprender esta ley de armonía. El intercambio se desarrolla naturalmente hasta el punto en que un mayor desarrollo sería más oneroso que útil, y se detiene por sí mismo en este límite.
En consecuencia, en todas partes vemos gobiernos muy preocupados por conceder favores especiales al intercambio o por restringirlo. Para llevarlo más allá de sus límites naturales, buscan nuevas salidas y colonias. Para mantenerlo dentro de esos límites, idean todo tipo de restricciones y controles.
Esta intervención de la fuerza en las transacciones humanas va siempre acompañada de innumerables males.
Desviar a los organismos de la ley y el orden de su función natural es un mal aún mayor que aumentar indebidamente su tamaño. Su función racional era proteger toda libertad y toda propiedad, y en cambio los vemos empeñados en hacer violencia contra la libertad y la propiedad de los ciudadanos. Así, los gobiernos parecen dedicarse a la tarea de eliminar de la mente de los hombres toda noción de equidad y de principios.
Tanto si esta intervención de la fuerza en el proceso de intercambio crea intercambios que de otro modo no se realizarían como si impide que se realicen otros, no puede dejar de tener como consecuencia el despilfarro y el mal uso del trabajo y del capital.
Después de lo que creo que fue la inspiración para la distinción de Leonard Read entre intercambio voluntario y no voluntario, Bastiat llega a una conclusión sorprendente, especialmente en nuestro mundo donde los oponentes de la libertad en el intercambio, así como otras libertades, a menudo cuestionan los motivos detrás de los acuerdos voluntarios: «El intercambio... desarrolla en la sociedad tendencias más nobles que sus motivos». Es decir, el libre intercambio, posibilitado por los derechos de propiedad privada y disciplinado por la competencia por la asociación voluntaria de otros, produce resultados mutuamente beneficiosos a partir de esfuerzos en interés propio.
En virtud del intercambio, la prosperidad de un hombre beneficia a todos los demás.
Cada uno se aplica a vencer una serie de obstáculos en beneficio de la comunidad.
Podemos confiar no sólo en el poder económico del libre intercambio, sino también en su fuerza moral. Una vez que los hombres sepan cuáles son sus verdaderos intereses, entonces todas las restricciones . . caerán.
Debemos limitar nuestros esfuerzos a permitir que la Naturaleza actúe y a mantener los derechos de la libertad humana.
Bajo la libertad, el interés propio de cada hombre está de acuerdo con el de todos los demás. . . ... [por lo que] todos los esfuerzos que ahora vemos que hacen los gobiernos para interrumpir la acción de estas leyes naturales de la sociedad sería mejor dedicarlos a dejarles su pleno poder; o más bien no se necesitaría ningún esfuerzo, excepto el esfuerzo que se necesita para no interferir.
¿En qué consiste la injerencia de los gobiernos? . . . En quitar a unos para dar a otros. Tal es, de hecho, el mandato que los gobiernos se han dado a sí mismos.
Así, los gobiernos, que creíamos instituidos para garantizar a cada hombre su libertad y su propiedad, se han encargado de violar toda libertad y todo derecho de propiedad . . por la naturaleza misma de su objetivo, amenazan todos los intereses existentes.
Aquí, Bastiat establece la conexión entre la armonía social que puede avanzar mediante el libre intercambio y el buen gobierno.
La negación de la libertad y de los derechos de propiedad . . . es la consecuencia lógica del axioma: El lucro de uno es la pérdida del otro . . . la simplicidad en la administración del gobierno, el respeto por la dignidad individual, la libertad de trabajo y de intercambio, la paz entre las naciones, la protección de la persona y la propiedad —todo esto es la consecuencia de esta verdad: Todos los intereses son armoniosos, siempre que . . . sólo que esta verdad sea generalmente aceptada.
La armonía de intereses no es universalmente reconocida, ya que . . . la fuerza del gobierno interviene constantemente para perturbar sus combinaciones naturales.
¿No encontramos obstáculos por todas partes?
¿Con qué pretexto se me priva de libertad si no es que se considera que mi libertad perjudica a los demás?
Hemos probado tantas cosas; ¿cuándo probaremos la más sencilla de todas: la libertad? Libertad en todos nuestros actos que no ofendan a la justicia; libertad para vivir, para desarrollarnos, para mejorar; el libre ejercicio de nuestras facultades; el libre intercambio de nuestros servicios.
Bastiat contrasta entonces lo que él llamó la Revolución de Febrero de Francia con el «bello y solemne espectáculo que habría sido si el gobierno llevado al poder [en su lugar] hubiera hablado así a los ciudadanos».
Me han investido con el poder de la autoridad. Lo usaré sólo en los casos en que la intervención de la fuerza sea permisible. Pero sólo hay un caso así, y es por causa de la justicia. Exigiré a cada hombre que permanezca dentro de los límites establecidos por sus derechos. Cada uno de ustedes puede trabajar en libertad durante el día y dormir en paz por la noche. Asumo la seguridad de sus personas y bienes. Ese es mi mandato; lo cumpliré, pero no acepto ningún otro.
Que no haya malentendidos entre nosotros. A partir de ahora sólo pagarás la pequeña contribución indispensable para el mantenimiento del orden y la aplicación de la justicia.
Pero también, tenerlo en cuenta, cada uno de ustedes es responsable ante sí mismo de su propia subsistencia y progreso. No vuelvan más sus ojos hacia mí. No me pidáis que os dé riqueza, trabajo, crédito, educación, religión, moralidad. No olvidéis que la fuerza motriz por la que avanzan está dentro de ustedes mismos; que yo mismo sólo puedo actuar por medio de la fuerza. Todo lo que tengo, absolutamente todo, proviene de ustedes; por consiguiente, no puedo conceder la menor ventaja a uno sino a expensas de los demás.
Unan sus esfuerzos tanto por su bien individual como por el general; seguir sus inclinaciones, realicen sus destinos individuales según sus dotes, sus valores, su previsión. Esperen de mí sólo dos cosas: libertad y seguridad, y sepan que no pueden pedir una tercera sin perder estas dos.
Si esos hubieran sido los principios motivadores de la revolución, Bastiat se plantea las consecuencias.
¿Podemos imaginar a ciudadanos, por lo demás completamente libres, movilizándose para derrocar a su gobierno cuando su actividad se limita a satisfacer la más vital, la más sentida de todas las necesidades sociales, la necesidad de justicia?
No busquen en el Estado nada más allá de la ley y el orden. ¡No cuenten con él para ninguna riqueza, ninguna iluminación! No le hagáis más responsable de nuestras faltas, de nuestra negligencia, de nuestra imprevisión. Contar sólo con nosotros mismos para nuestra subsistencia, nuestro progreso físico, intelectual y moral.
¿No comprenderán nunca que el Estado no puede darte algo con una mano sin quitarte ese algo, y un poco más, con la otra? ¿No ven que, lejos de haber algún posible aumento de bienestar en este proceso para ustedes, su resultado final está destinado a ser un gobierno arbitrario, más irritante, más entrometido, más extravagante, más precario, con impuestos más pesados, injusticias más frecuentes, casos más escandalosos de favoritismo, menos libertad, más esfuerzo perdido, con intereses, trabajo y capital todos mal dirigidos, la codicia estimulada, el descontento fomentado y la iniciativa individual sofocada?
¿Por qué nuestros legisladores contravienen así todas las nociones sanas de economía política? ¿Por qué no dejan las cosas en su sitio: el altruismo en su ámbito natural, que es la libertad; y la justicia en el suyo, que es el derecho? ¿Por qué no utilizan la ley exclusivamente para promover la justicia?
La justicia es libertad y propiedad. Pero son socialistas... no tienen fe, digan lo que digan, en la libertad ni en la propiedad ni, por consiguiente, en la justicia. Y es por eso que los vemos ... tratando de lograr el bien mediante la violación constante del derecho.
¿Cuál es la elección resultante a la que nos enfrentamos en la búsqueda de una mayor cooperación y avance social?
¿Debemos reconocer el derecho de todo hombre a su propiedad, su libertad de trabajar y de intercambiar bajo su propia responsabilidad, ya sea para su beneficio o para su pérdida, invocando la ley, que es fuerza, sólo para la protección de sus derechos; o podemos alcanzar un plano superior de bienestar social violando los derechos de propiedad y la libertad, regulando el trabajo, perturbando el intercambio y desplazando la responsabilidad fuera del individuo?
Dicho de otro modo: ¿Debe la ley hacer cumplir la justicia estricta, o ser el instrumento de la confiscación organizada.
En un país que, al menos hasta hace poco, afirmaba ofrecer «libertad y justicia para todos», la respuesta me parece clara. Pero América parece estar inundada de quienes sostienen que la justicia es el fin político más elevado (en contraste con Lord Acton, que sabía que la libertad es en sí misma el fin político más elevado) mientras redefinen la justicia de un modo que viola la libertad.
(De www.mises.org.es)
miércoles, 3 de enero de 2024
El comercio y su abolición
El intercambio que beneficia a dos personas, vendedor y comprador, es la base del comercio. Mediante un ejemplo podremos advertir sus ventajas. Supongamos que alguien tiene en su biblioteca tres libros de medicina, que nunca leerá por cuanto sus proyectos consisten en dedicarse a las matemáticas. Esos libros carecen de utilidad y de valor, para él. Tampoco conoce a alguien con quien pueda intercambiarlos.
Pero, en cierta ocasión, conoce a un comprador y vendedor de libros usados, es decir, un intermediario o comerciante. Se ponen de acuerdo en el precio de los libros y, en poco tiempo, el intermediario los vende a alguien que quiere estudiar medicina. El antiguo dueño, con el importe recibido, puede comprar algún libro de matemáticas. De ahí que en esos intercambios se ha creado valor económico que ha beneficiado a tres personas. También ha favorecido la creación de “capital humano” por cuanto alguien se capacitará en matemáticas y otro en medicina.
El industrial Akio Morita, uno de los fundadores de la empresa Sony, en Japón, comienza sus actividades en la posguerra construyendo, entre otros, grabadores de sonido. En las demostraciones advierte el entusiasmo de la gente con sus aparatos, pero nadie los compra. De ahí que tiene que investigar la situación para encontrar las personas que puedan necesitar sus grabadores. Finalmente en las escuelas de idiomas y en las oficinas judiciales con pocos taquígrafos encuentran a sus compradores. Al respecto escribió: "Cuando nuestra máquina estuvo lista para la venta, tuvimos plena confianza en que, una vez que los clientes la vieran y la oyeran, nos inundaríamos con pedidos".
"Nos aguardaba un rudo despertar: el grabador de cinta era tan nuevo en el Japón, que casi nadie sabía qué era y la mayor parte de la gente que sí lo sabía, no veía razón alguna para comprarlo. No era algo que la gente considerase necesario. No lo podíamos vender".
Morita tuvo que hacer la doble función de fabricante y de intermediario, algo que, por lo general, no ocurre. La intermediación es importante por cuanto facilita, o mejor, posibilita, los vínculos entre productores y consumidores, de lo contrario se entorpecería la producción y el consumo. El mencionado empresario agrega: "Yo nunca había hecho algo para vendérselo a alguien y, si bien, siendo muchacho, había recibido de mi padre mucha educación sobre administración de empresas, nunca tuve experiencia en la comercialización ni en la venta. Nunca se nos ocurrió que la necesitaríamos: Ibuka creía firmemente que todo lo que teníamos que hacer era fabricar buenos productos y las órdenes vendrían solas. Y así lo hicimos. Ambos tuvimos que aprender una lección" (De "Made in Japan" de A. Morita, E. Reingold y M. Shimomura-Círculo de Lectores SA-Bogotá 1987).
Si bien todo esto resulta bastante evidente, muchas personas aducen que el intermediario “no produce nada” y que a veces "gana más dinero que el productor". De ahí que se lo considere como un verdadero parásito social que es necesario suprimir. Esta forma de observar la realidad es propia de los revolucionarios socialistas, cuya primera medida, una vez alcanzado el poder, consiste en suprimir el comercio. Herbert G. Wells escribió sobre la Rusia de 1920: “La transacción comercial más normal es a menudo castigada con severidad. Todo comercio, cualquiera que sea, es calificado de especulación y prohibido por la ley”.
Respecto a una entrevista a Lenin, Wells escribe: “Nuestra conversación comenzó por una discusión sobre el porvenir de las grandes ciudades bajo el régimen comunista. Yo quería saber hasta qué punto concebía Lenin la desaparición gradual, pero rápida, de las ciudades en Rusia. La desolación de Petrogrado me había hecho comprender, mucho mejor que antes de verla, hasta qué punto la configuración y el plan de una ciudad moderna dependen de los almacenes y de los mercados. Abolid el comercio y las nueve décimas partes de los edificios de una ciudad corriente dejan de tener el menor sentido o la menor utilidad”.
“-Las ciudades se harán mucho más pequeñas- reconoció Lenin.
¿También serán enteramente diferentes de lo que son hoy?
-Evidentemente, del todo diferentes”.
“Le hice observar la enormidad de la tarea que esto implicaba, Esto significaba la muerte de las ciudades actuales y su sustitución. Las iglesias y grandes edificios de Petrogrado serían pronto como los de Novgorod la Grande, como los templos de Paestum o de Ankor”.
“Él admitió, sin tristeza ninguna, que la mayor parte de las ciudades se disgregarían y acabarían por desaparecer. Me pareció que aquello le alegraba el corazón, encontrar a alguien que comprendiese una de las consecuencias necesarias del colectivismo –consecuencias que muchos, incluso sus discípulos, no pueden concebir”.
“Rusia –me dijo- tiene necesidad de ser reconstruida del todo… Rusia necesita hacer algo enteramente nuevo…”.
“Pero –le objeté yo- en la puesta en práctica de vuestros proyectos ¿no le será a usted preciso contar en adelante con los campesinos enraizados en el suelo que les ha sido repartido?
-Pues no se trata solamente de reconstruir las ciudades. Los últimos vestigios de la antigua organización agrícola y de la organización agrícola presente, deben desparecer también”.
(De “Reportajes de la Historia III”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1962)
Pero, en cierta ocasión, conoce a un comprador y vendedor de libros usados, es decir, un intermediario o comerciante. Se ponen de acuerdo en el precio de los libros y, en poco tiempo, el intermediario los vende a alguien que quiere estudiar medicina. El antiguo dueño, con el importe recibido, puede comprar algún libro de matemáticas. De ahí que en esos intercambios se ha creado valor económico que ha beneficiado a tres personas. También ha favorecido la creación de “capital humano” por cuanto alguien se capacitará en matemáticas y otro en medicina.
El industrial Akio Morita, uno de los fundadores de la empresa Sony, en Japón, comienza sus actividades en la posguerra construyendo, entre otros, grabadores de sonido. En las demostraciones advierte el entusiasmo de la gente con sus aparatos, pero nadie los compra. De ahí que tiene que investigar la situación para encontrar las personas que puedan necesitar sus grabadores. Finalmente en las escuelas de idiomas y en las oficinas judiciales con pocos taquígrafos encuentran a sus compradores. Al respecto escribió: "Cuando nuestra máquina estuvo lista para la venta, tuvimos plena confianza en que, una vez que los clientes la vieran y la oyeran, nos inundaríamos con pedidos".
"Nos aguardaba un rudo despertar: el grabador de cinta era tan nuevo en el Japón, que casi nadie sabía qué era y la mayor parte de la gente que sí lo sabía, no veía razón alguna para comprarlo. No era algo que la gente considerase necesario. No lo podíamos vender".
Morita tuvo que hacer la doble función de fabricante y de intermediario, algo que, por lo general, no ocurre. La intermediación es importante por cuanto facilita, o mejor, posibilita, los vínculos entre productores y consumidores, de lo contrario se entorpecería la producción y el consumo. El mencionado empresario agrega: "Yo nunca había hecho algo para vendérselo a alguien y, si bien, siendo muchacho, había recibido de mi padre mucha educación sobre administración de empresas, nunca tuve experiencia en la comercialización ni en la venta. Nunca se nos ocurrió que la necesitaríamos: Ibuka creía firmemente que todo lo que teníamos que hacer era fabricar buenos productos y las órdenes vendrían solas. Y así lo hicimos. Ambos tuvimos que aprender una lección" (De "Made in Japan" de A. Morita, E. Reingold y M. Shimomura-Círculo de Lectores SA-Bogotá 1987).
Si bien todo esto resulta bastante evidente, muchas personas aducen que el intermediario “no produce nada” y que a veces "gana más dinero que el productor". De ahí que se lo considere como un verdadero parásito social que es necesario suprimir. Esta forma de observar la realidad es propia de los revolucionarios socialistas, cuya primera medida, una vez alcanzado el poder, consiste en suprimir el comercio. Herbert G. Wells escribió sobre la Rusia de 1920: “La transacción comercial más normal es a menudo castigada con severidad. Todo comercio, cualquiera que sea, es calificado de especulación y prohibido por la ley”.
Respecto a una entrevista a Lenin, Wells escribe: “Nuestra conversación comenzó por una discusión sobre el porvenir de las grandes ciudades bajo el régimen comunista. Yo quería saber hasta qué punto concebía Lenin la desaparición gradual, pero rápida, de las ciudades en Rusia. La desolación de Petrogrado me había hecho comprender, mucho mejor que antes de verla, hasta qué punto la configuración y el plan de una ciudad moderna dependen de los almacenes y de los mercados. Abolid el comercio y las nueve décimas partes de los edificios de una ciudad corriente dejan de tener el menor sentido o la menor utilidad”.
“-Las ciudades se harán mucho más pequeñas- reconoció Lenin.
¿También serán enteramente diferentes de lo que son hoy?
-Evidentemente, del todo diferentes”.
“Le hice observar la enormidad de la tarea que esto implicaba, Esto significaba la muerte de las ciudades actuales y su sustitución. Las iglesias y grandes edificios de Petrogrado serían pronto como los de Novgorod la Grande, como los templos de Paestum o de Ankor”.
“Él admitió, sin tristeza ninguna, que la mayor parte de las ciudades se disgregarían y acabarían por desaparecer. Me pareció que aquello le alegraba el corazón, encontrar a alguien que comprendiese una de las consecuencias necesarias del colectivismo –consecuencias que muchos, incluso sus discípulos, no pueden concebir”.
“Rusia –me dijo- tiene necesidad de ser reconstruida del todo… Rusia necesita hacer algo enteramente nuevo…”.
“Pero –le objeté yo- en la puesta en práctica de vuestros proyectos ¿no le será a usted preciso contar en adelante con los campesinos enraizados en el suelo que les ha sido repartido?
-Pues no se trata solamente de reconstruir las ciudades. Los últimos vestigios de la antigua organización agrícola y de la organización agrícola presente, deben desparecer también”.
(De “Reportajes de la Historia III”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1962)
martes, 2 de enero de 2024
Epicteto y la supervivencia en la esclavitud
Las diversas éticas propuestas, por lo general, apuntan a afianzar el grado de felicidad logrado a través de una optimización a partir de una situación más o menos normal. También es posible la existencia de éticas que apuntan a evitar las incomodidades y los sufrimientos asociados a situaciones en que predomina un pobre nivel de felicidad, como le aconteció a Epicteto en su condición de esclavo durante la época del Imperio Romano.
La propuesta ética de Epicteto presenta coincidencias con la ética bíblica asociada al cristianismo, por lo que también es posible afirmar que dicha ética bíblica también presenta la posibilidad de favorecer la supervivencia aún en condiciones extremas. En las coincidencias entre la moral estoica y la moral cristiana, se advierte la relativamente fácil aceptación posterior del cristianismo por parte de los romanos.
Puede decirse, además, que las condiciones extremas de la esclavitud en cierta forma favorecen el surgimiento de una ética eficaz, tanto en el caso de Epicteto como en el caso del habitante de un país comunista, como fue afirmado por Alexander Solyenitsin, si bien no toda la población aprovecha tales condiciones para crecer espiritualmente, ya que muchos se abandonan ante la adversidad.
A continuación se transcribe una breve biografía del filósofo romano:
NOTICIA SOBRE EPICTETO
La biografía de Epicteto, a quien se ha llamado la figura más grande del estoicismo, sólo es conocida en sus líneas generales. Se sabe que nació en Hierápolis (Frigia) a mediados del siglo I de la era cristiana y que fue esclavo de Epafrodito, el favorito y secretario de Nerón, el que lo acompañara en su fuga, ayudándolo a darse muerte después. Su condición de súbdito costó la vida al patricio, puesto que Domiciano lo hizo degollar por haber osado poner la mano en el emperador.
Había sido para Epicteto un amo cruel, y el esclavo recobró la libertad con la muerte del amo, dedicándose desde entonces a predicar su filosofía en Roma primero y en Epiro más tarde. Se sabe, también, que el emperador Adriano lo distinguió con su amistad y que sus máximas ejercieron gran influencia en la formación moral de Marco Aurelio, aunque es poco probable que el hijo adoptivo de Antonino llegase a conocer personalmente al maestro, puesto que la fecha que aproximadamente se da como la de su muerte, la tercera década del siglo II, coincide con la del nacimiento de Marco Aurelio.
No hay duda de que las penosas circunstancias de su vida influyeron en el espíritu de Epicteto, orientándolo hacia la filosofía del Pórtico, que enseñaba el desprecio de los hombres y de sus riquezas y hacía consistir la felicidad en el triunfo de la razón y de la voluntad sobre las pasiones.
La vida de Epicteto fue ejemplo vivo de la doctrina, hecho que contribuyó a aumentar su prestigio. Su refugio en Epiro se debió a la persecución ordenada por Domiciano contra los filósofos y sirvió para acrecentar una reputación ya sólida. El cinismo de Epicteto se enriquecía con ciertas virtudes que posteriormente se han llamado cristianas: la resignación al destino, la renuncia a los bienes del mundo, la comprensión y la tolerancia de los defectos ajenos y la fe en una divinidad que rige el Universo.
Para Epicteto hay dos clases de cosas en el hombre: las que dependen de él (formación moral) y las ajenas (cuerpo, riquezas, honores). Por consiguiente, el elemento realmente propio es la voluntad de obrar bien o de obrar mal, entendiéndose por obrar bien el hacerlo conforme a la naturaleza humana y a su razón. Y la voluntad de obrar bien se apoya en el conocimiento y la aceptación de Dios, invocándolo para obtener su ayuda.
Vemos como de este modo el estoicismo de Epicteto se aparta del epicureísmo de Zenón, pura especulación metafísica. Y en la distinta corriente seguida por los continuadores de la escuela del Pórtico en Roma hallamos las características del ingenio romano, que se aparta de las lucubraciones mentales para inclinarse, con sentido realista, a su aplicación en la existencia.
También en lo relativo a la filosofía fueron los romanos codificadores y la transformaron en tratados de moral práctica. Se atribuye también como causa de la transformación la influencia del naciente cristianismo con su fundamento de solidaridad social que los individualistas griegos ignoraban y del que surgen ciertas virtudes tales como la humildad, el amor al prójimo y la abnegación.
En tanto que los maestros del Pórtico negaban el dolor y repudiaban la piedad, proponiéndose llegar a una felicidad contemplativa, aislando al hombre de sí mismo, Marco Aurelio y Epicteto cifraron el progreso espiritual del hombre en el olvido de sí mismo y dieron a la Moral un valor de ciencia en sí misma y no de simple rama de la Física como sus antecesores, los estoicos griegos.
Exalta Epicteto el sentimiento de la libertad y de la dignidad del hombre, subordinándolo al amor al prójimo, la caridad, la abnegación de sí mismo, el perdón de las injurias, el sacrificio y la piedad y el respeto a la propia vida. Deriva de Sócrates por su poca inclinación a las especulaciones físicas, la tendencia práctica de la doctrina y el fundamento de la moral. Epicteto no escribió sus lecciones, que fueron recogidas por Arriano, su discípulo, en un compendio llamado “Disertaciones o Discursos”.
En cuanto a las sentencias que se le atribuyen, están contenidas en los escritos de Estrobel, Antonio y Máximo y pueden ser consideradas como un reflejo fiel de una enseñanza conservada por la tradición y como prueba de la huella que dejó en los espíritus. De esta enseñanza y sus efectos es ejemplo la influencia ejercida en Marco Aurelio, así como en los últimos poetas latinos, Claudio y Rutilio, cuyas obras están impregnadas de estoicismo. Por otra parte, si bien la doctrina de los estoicos desapareció como escuela y fue absorbida por el neoplatonismo, su moral persiste y es aceptada hoy como ayer como la filosofía de la aristocracia pensante.
(De “Grandes pensadores”-Librería “El Ateneo” Editorial-Buenos Aires 1959).
La propuesta ética de Epicteto presenta coincidencias con la ética bíblica asociada al cristianismo, por lo que también es posible afirmar que dicha ética bíblica también presenta la posibilidad de favorecer la supervivencia aún en condiciones extremas. En las coincidencias entre la moral estoica y la moral cristiana, se advierte la relativamente fácil aceptación posterior del cristianismo por parte de los romanos.
Puede decirse, además, que las condiciones extremas de la esclavitud en cierta forma favorecen el surgimiento de una ética eficaz, tanto en el caso de Epicteto como en el caso del habitante de un país comunista, como fue afirmado por Alexander Solyenitsin, si bien no toda la población aprovecha tales condiciones para crecer espiritualmente, ya que muchos se abandonan ante la adversidad.
A continuación se transcribe una breve biografía del filósofo romano:
NOTICIA SOBRE EPICTETO
La biografía de Epicteto, a quien se ha llamado la figura más grande del estoicismo, sólo es conocida en sus líneas generales. Se sabe que nació en Hierápolis (Frigia) a mediados del siglo I de la era cristiana y que fue esclavo de Epafrodito, el favorito y secretario de Nerón, el que lo acompañara en su fuga, ayudándolo a darse muerte después. Su condición de súbdito costó la vida al patricio, puesto que Domiciano lo hizo degollar por haber osado poner la mano en el emperador.
Había sido para Epicteto un amo cruel, y el esclavo recobró la libertad con la muerte del amo, dedicándose desde entonces a predicar su filosofía en Roma primero y en Epiro más tarde. Se sabe, también, que el emperador Adriano lo distinguió con su amistad y que sus máximas ejercieron gran influencia en la formación moral de Marco Aurelio, aunque es poco probable que el hijo adoptivo de Antonino llegase a conocer personalmente al maestro, puesto que la fecha que aproximadamente se da como la de su muerte, la tercera década del siglo II, coincide con la del nacimiento de Marco Aurelio.
No hay duda de que las penosas circunstancias de su vida influyeron en el espíritu de Epicteto, orientándolo hacia la filosofía del Pórtico, que enseñaba el desprecio de los hombres y de sus riquezas y hacía consistir la felicidad en el triunfo de la razón y de la voluntad sobre las pasiones.
La vida de Epicteto fue ejemplo vivo de la doctrina, hecho que contribuyó a aumentar su prestigio. Su refugio en Epiro se debió a la persecución ordenada por Domiciano contra los filósofos y sirvió para acrecentar una reputación ya sólida. El cinismo de Epicteto se enriquecía con ciertas virtudes que posteriormente se han llamado cristianas: la resignación al destino, la renuncia a los bienes del mundo, la comprensión y la tolerancia de los defectos ajenos y la fe en una divinidad que rige el Universo.
Para Epicteto hay dos clases de cosas en el hombre: las que dependen de él (formación moral) y las ajenas (cuerpo, riquezas, honores). Por consiguiente, el elemento realmente propio es la voluntad de obrar bien o de obrar mal, entendiéndose por obrar bien el hacerlo conforme a la naturaleza humana y a su razón. Y la voluntad de obrar bien se apoya en el conocimiento y la aceptación de Dios, invocándolo para obtener su ayuda.
Vemos como de este modo el estoicismo de Epicteto se aparta del epicureísmo de Zenón, pura especulación metafísica. Y en la distinta corriente seguida por los continuadores de la escuela del Pórtico en Roma hallamos las características del ingenio romano, que se aparta de las lucubraciones mentales para inclinarse, con sentido realista, a su aplicación en la existencia.
También en lo relativo a la filosofía fueron los romanos codificadores y la transformaron en tratados de moral práctica. Se atribuye también como causa de la transformación la influencia del naciente cristianismo con su fundamento de solidaridad social que los individualistas griegos ignoraban y del que surgen ciertas virtudes tales como la humildad, el amor al prójimo y la abnegación.
En tanto que los maestros del Pórtico negaban el dolor y repudiaban la piedad, proponiéndose llegar a una felicidad contemplativa, aislando al hombre de sí mismo, Marco Aurelio y Epicteto cifraron el progreso espiritual del hombre en el olvido de sí mismo y dieron a la Moral un valor de ciencia en sí misma y no de simple rama de la Física como sus antecesores, los estoicos griegos.
Exalta Epicteto el sentimiento de la libertad y de la dignidad del hombre, subordinándolo al amor al prójimo, la caridad, la abnegación de sí mismo, el perdón de las injurias, el sacrificio y la piedad y el respeto a la propia vida. Deriva de Sócrates por su poca inclinación a las especulaciones físicas, la tendencia práctica de la doctrina y el fundamento de la moral. Epicteto no escribió sus lecciones, que fueron recogidas por Arriano, su discípulo, en un compendio llamado “Disertaciones o Discursos”.
En cuanto a las sentencias que se le atribuyen, están contenidas en los escritos de Estrobel, Antonio y Máximo y pueden ser consideradas como un reflejo fiel de una enseñanza conservada por la tradición y como prueba de la huella que dejó en los espíritus. De esta enseñanza y sus efectos es ejemplo la influencia ejercida en Marco Aurelio, así como en los últimos poetas latinos, Claudio y Rutilio, cuyas obras están impregnadas de estoicismo. Por otra parte, si bien la doctrina de los estoicos desapareció como escuela y fue absorbida por el neoplatonismo, su moral persiste y es aceptada hoy como ayer como la filosofía de la aristocracia pensante.
(De “Grandes pensadores”-Librería “El Ateneo” Editorial-Buenos Aires 1959).
lunes, 1 de enero de 2024
Relativismo de la verdad
Cuando establecemos una descripción acerca de algún aspecto del mundo real, se produce cierto error, es decir, existirá una diferencia entre la descripción realizada y lo que deseamos describir. Habremos llegado a la verdad cuando dicho error es nulo, o muy pequeño. Este error es algo concreto aunque generalmente no sea fácil de distinguir. Tanto la descripción como lo descripto son conceptos concretos, que no dependen de quien haya realizado la descripción, una vez que la descripción ha sido realizada.
Todo esto resulta evidente en el ámbito de la ciencia experimental. Sin embargo, ha proliferado la idea de que es posible la existencia de diversas "verdades" respecto de un mismo aspecto de la realidad y que esas "verdades" dependen de quién haga la descripción. En realidad, hay varias verdades posibles, en este caso, de la misma manera en que hay varias teorías propuestas para una descripción en el ámbito de la ciencia experimental, pero entre todas ellas habrá una que produce el menor error, y ella será luego reconocida como la que está más cerca de la verdad.
Al respecto, Alfredo Sáenz escribió: "Otras de las notas del hombre moderno es el relativismo. Caracterízase esta tendencia por una interpretación muy peculiar del concepto de verdad. Por cierto que ésta, que no es sino la conformidad de la inteligencia con el objeto considerado, implica, sin duda y esencialmente, una inobviable relación, y en este sentido se puede decir que la verdad es relativa. Pero el relativismo afirma algo diferente al considerar que la norma de la verdad no es el objeto acerca del cual se emite el juicio, sino otras cosas, por ejemplo, la psicología del sujeto, lo que se afirma en el ambiente, las condiciones culturales de la sociedad".
"En otras palabras, toda verdad es relativa en el sentido de que sólo es válida en relación con el sujeto que piensa; por tanto, el bien, la ética, la religión, etc., sólo valen para el sujeto, o a lo más para el grupo de sujetos, y en ello en dependencia de diversos condicionamientos, sin que sea admisible verdad alguna necesaria. Mientras para la filosofía realista el objeto es la medida de verdad válida para todos los sujetos, enteramente igual, sean cuales fueren las condiciones en que se produce el conocimiento, esta medida común desaparece tan pronto como se la ubica en un sitio distinto del objeto mismo" (De "El hombre moderno"-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1998).
Respecto del origen histórico del relativismo, Alfredo Saénz escribió: “Julien Benda en su libro La trahison des clercs, publicado en 1926, afirma que la transmutación de la cultura en mi cultura es el distintivo de la era moderna, uno de los legados del romanticismo alemán, con su admirado Volksgeist, el genio nacional, según lo explica Herder en su libro Otra filosofía de la historia, de 1774. El pensador alemán afirma que es preciso terminar con ese error recalcitrante de juzgar con criterios intemporales el Bien, la Verdad y la Belleza. No son éstos valores ideales, sino que tienen origen en el espacio y en el tiempo, son locales. Sólo hay valores regionales”.
“Sócrates es un ateniense del siglo V antes de Cristo, para valorarlo como corresponde, hay que compararlo con sus compatriotas y los hombres de su tiempo, no con un hombre ideal, ni con Spinoza o Kant. La Biblia es una expresión poética del alma hebraica; hay que valorarla en su contexto. De donde concluye Benda, quizás con cierta exageración: «Desde siempre, o para ser más exacto, desde Platón hasta Voltaire, la diversidad humana había comparecido ante el tribunal de los valores, apareció Herder e hizo condenar por el tribunal de la diversidad todos los valores universales»”.
La invariabilidad de la ley natural que rige todo lo existente, incluso a nosotros mismos, contradice la postura que considera la verdad (y la moral) relativa a distintos pueblos, épocas o individuos; son los relativistas los que tienden a proponer “valores” que poco o nada contemplan la existencia de dichas leyes.
En cuanto a las razones psicológicas que apuntan hacia la adhesión al relativismo de la verdad, Sáenz escribió: “¿Cuál será el origen mental de esta posición filosófica? Quizás tenga algo que ver con lo que Nietzsche llamó la ley del resentimiento”.
“Cuando uno es incapaz de vivir según lo que señala la razón, fácilmente, en un secreto deseo de venganza, minimiza o desprecia racionalmente el sistema de valores positivos que no ha podido o querido encarnar. Así, el relativismo doctrinal puede provenir del resentimiento contra las ideas consagradas por la tradición”.
“Si se aceptara que la verdad es permanente e invariable habría que hacer un esfuerzo de reforma personal para adecuarse a la misma. Como no se lo quiere hacer, se inventan sin pausa nuevas doctrinas, o mejor, ideologías, que van reemplazándose unas a otras, merced a las cuales el hombre adquiere una aparente tranquilidad intelectual y se venga de lo que no pudo o no quiso hacer. Paralelamente a este procedimiento mental, Max Scheler ha elaborado una luminosa demostración de cómo la doctrina del «humanitarismo» disimula paradójicamente una fundamental incapacidad de amar al hombre y una aversión tenaz a la naturaleza humana, a sus ideas y a sus valores”.
De la misma manera en que en física se habla de la “entropía”, como una medida del desorden creciente de un conjunto de moléculas en un sistema cerrado, es posible hablar de una “entropía social” como una medida del desorden que se produce ante el casi ilimitado crecimiento del hombre-masa, cuyo principal atributo consiste en repetir y adherir a todo lo que dicen y hacen los demás. El citado autor agrega: “La victoria del relativismo trae consigo el imperio de la mediocridad. Ernest Hello nos ha dejado una descripción pormenorizada del hombre mediocre: siente especial deferencia por la opinión pública; no habla jamás, siempre repite; admite a veces algún principio, pero sin atreverse a sacar las consecuencias; si llegas a ellas te dirá que exageras; si la palabra exageración no existiera, el hombre mediocre la inventaría; admira un poco todas las cosas, pero no admira nada con calor; teme comprometerse; le gustan los escritores que no dicen sí ni no sobre asunto alguno, que nada afirman, que se avienen con todas las opiniones contradictorias; se destaca por seguir la corriente; se erige en el enemigo más feroz del hombre de genio”.
Todo esto resulta evidente en el ámbito de la ciencia experimental. Sin embargo, ha proliferado la idea de que es posible la existencia de diversas "verdades" respecto de un mismo aspecto de la realidad y que esas "verdades" dependen de quién haga la descripción. En realidad, hay varias verdades posibles, en este caso, de la misma manera en que hay varias teorías propuestas para una descripción en el ámbito de la ciencia experimental, pero entre todas ellas habrá una que produce el menor error, y ella será luego reconocida como la que está más cerca de la verdad.
Al respecto, Alfredo Sáenz escribió: "Otras de las notas del hombre moderno es el relativismo. Caracterízase esta tendencia por una interpretación muy peculiar del concepto de verdad. Por cierto que ésta, que no es sino la conformidad de la inteligencia con el objeto considerado, implica, sin duda y esencialmente, una inobviable relación, y en este sentido se puede decir que la verdad es relativa. Pero el relativismo afirma algo diferente al considerar que la norma de la verdad no es el objeto acerca del cual se emite el juicio, sino otras cosas, por ejemplo, la psicología del sujeto, lo que se afirma en el ambiente, las condiciones culturales de la sociedad".
"En otras palabras, toda verdad es relativa en el sentido de que sólo es válida en relación con el sujeto que piensa; por tanto, el bien, la ética, la religión, etc., sólo valen para el sujeto, o a lo más para el grupo de sujetos, y en ello en dependencia de diversos condicionamientos, sin que sea admisible verdad alguna necesaria. Mientras para la filosofía realista el objeto es la medida de verdad válida para todos los sujetos, enteramente igual, sean cuales fueren las condiciones en que se produce el conocimiento, esta medida común desaparece tan pronto como se la ubica en un sitio distinto del objeto mismo" (De "El hombre moderno"-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1998).
Respecto del origen histórico del relativismo, Alfredo Saénz escribió: “Julien Benda en su libro La trahison des clercs, publicado en 1926, afirma que la transmutación de la cultura en mi cultura es el distintivo de la era moderna, uno de los legados del romanticismo alemán, con su admirado Volksgeist, el genio nacional, según lo explica Herder en su libro Otra filosofía de la historia, de 1774. El pensador alemán afirma que es preciso terminar con ese error recalcitrante de juzgar con criterios intemporales el Bien, la Verdad y la Belleza. No son éstos valores ideales, sino que tienen origen en el espacio y en el tiempo, son locales. Sólo hay valores regionales”.
“Sócrates es un ateniense del siglo V antes de Cristo, para valorarlo como corresponde, hay que compararlo con sus compatriotas y los hombres de su tiempo, no con un hombre ideal, ni con Spinoza o Kant. La Biblia es una expresión poética del alma hebraica; hay que valorarla en su contexto. De donde concluye Benda, quizás con cierta exageración: «Desde siempre, o para ser más exacto, desde Platón hasta Voltaire, la diversidad humana había comparecido ante el tribunal de los valores, apareció Herder e hizo condenar por el tribunal de la diversidad todos los valores universales»”.
La invariabilidad de la ley natural que rige todo lo existente, incluso a nosotros mismos, contradice la postura que considera la verdad (y la moral) relativa a distintos pueblos, épocas o individuos; son los relativistas los que tienden a proponer “valores” que poco o nada contemplan la existencia de dichas leyes.
En cuanto a las razones psicológicas que apuntan hacia la adhesión al relativismo de la verdad, Sáenz escribió: “¿Cuál será el origen mental de esta posición filosófica? Quizás tenga algo que ver con lo que Nietzsche llamó la ley del resentimiento”.
“Cuando uno es incapaz de vivir según lo que señala la razón, fácilmente, en un secreto deseo de venganza, minimiza o desprecia racionalmente el sistema de valores positivos que no ha podido o querido encarnar. Así, el relativismo doctrinal puede provenir del resentimiento contra las ideas consagradas por la tradición”.
“Si se aceptara que la verdad es permanente e invariable habría que hacer un esfuerzo de reforma personal para adecuarse a la misma. Como no se lo quiere hacer, se inventan sin pausa nuevas doctrinas, o mejor, ideologías, que van reemplazándose unas a otras, merced a las cuales el hombre adquiere una aparente tranquilidad intelectual y se venga de lo que no pudo o no quiso hacer. Paralelamente a este procedimiento mental, Max Scheler ha elaborado una luminosa demostración de cómo la doctrina del «humanitarismo» disimula paradójicamente una fundamental incapacidad de amar al hombre y una aversión tenaz a la naturaleza humana, a sus ideas y a sus valores”.
De la misma manera en que en física se habla de la “entropía”, como una medida del desorden creciente de un conjunto de moléculas en un sistema cerrado, es posible hablar de una “entropía social” como una medida del desorden que se produce ante el casi ilimitado crecimiento del hombre-masa, cuyo principal atributo consiste en repetir y adherir a todo lo que dicen y hacen los demás. El citado autor agrega: “La victoria del relativismo trae consigo el imperio de la mediocridad. Ernest Hello nos ha dejado una descripción pormenorizada del hombre mediocre: siente especial deferencia por la opinión pública; no habla jamás, siempre repite; admite a veces algún principio, pero sin atreverse a sacar las consecuencias; si llegas a ellas te dirá que exageras; si la palabra exageración no existiera, el hombre mediocre la inventaría; admira un poco todas las cosas, pero no admira nada con calor; teme comprometerse; le gustan los escritores que no dicen sí ni no sobre asunto alguno, que nada afirman, que se avienen con todas las opiniones contradictorias; se destaca por seguir la corriente; se erige en el enemigo más feroz del hombre de genio”.
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