Cuando, desde la neurociencia, se reconoce la existencia de dos sectores diferenciados del cerebro encargados de la búsqueda de placer y de la búsqueda de felicidad, respectivamente, ello nos da un indicio de un sentido de la vida preferencial impuesto por el orden natural. Así, la felicidad, asociada a las emociones, favorece la supervivencia individual y colectiva, mientras que la búsqueda de placer, como algo prioritario, aleja a todo individuo de la "felicidad natural".
Leemos al respecto: "En neurociencia se distingue claramente el placer de la felicidad, ya que ambos estados activan diferentes vías biológicas, utilizan distintos neurotransmisores principales y tienen propósitos evolutivos totalmente opuestos. La confusión entre ambos términos es común debido a la cultura del consumo, pero el cerebro los procesa a través de mecanismos moleculares independientes".
"La paradoja neurobiológica: por qué mucho placer destruye la felicidad. El cerebro cuenta con un mecanismo de protección celular. Cuando experimentamos picos excesivos de placer (mucha dopamina), las neuronas receptoras se defienden de la toxicidad de la sobreexcitación reduciendo el número de sus receptores. A esto se le conoce como regulación a la baja (downregulation).
Como consecuencia directa":
1. Se genera tolerancia: La próxima vez necesitarás un estímulo mucho mayor (más compras, más comida, más pantallas) para sentir el mismo nivel de placer.
2. Se inhibe la felicidad: Biológicamente, la exposición crónica y excesiva a la dopamina actúa como un freno para la serotonina. Por lo tanto, la búsqueda frenética y obsesiva de placer inmediato termina reduciendo la capacidad del cerebro para experimentar paz y felicidad a largo plazo.
(Modo IA).
En cuanto al placer y la alegría (asociada a la felicidad), Martín Seligman escribió: “El placer es la sensación agradable que resulta de la satisfacción de necesidades homeostáticas como el hambre, el deseo sexual y la comodidad física. La alegría designa los sentimientos agradables experimentados cuando se superan los límites de la homeostasis –cuando hacemos algo que supera lo que éramos antes- en una presentación atlética, una manifestación artística, una acción altruista, una conversación estimulante. La alegría, más que el placer, conduce al crecimiento personal y a la felicidad duradera. ¿Por qué, entonces, la mayoría de la gente busca el placer más que la alegría, aun cuando tiene la posibilidad?” (Citado en “Los nuevos Psi” de Catherine Meyer-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2010).
Cuando se habla de una conversión religiosa, debe señalarse que no es otra cosa que la renuncia a la búsqueda de placer para reemplazarla por la búsqueda de alegría, o la renuncia a una vida estética por la adopción de una vida ética. Sören Kierkegaard las considera incompatibles, de ahí el título de su obra “Enten-Eller” (O lo uno, o lo otro), refiriéndose a la incompatibilidad entre una vida y otra. Pablo Da Silveira escribió: “Kierkegaard quería enfrentar a sus lectores a una opción entre dos caminos divergentes, de los cuales solamente uno conducía a la moralidad. Y lo escandaloso era que, en lugar de pronunciarse desde el principio a favor de esta opción, Sören decidió explorar ambas vías hasta sus últimas consecuencias. Así construyó la imagen literariamente genial de una existencia que era al mismo tiempo inmoral y fascinante”.
“El personaje que creó Kierkegaard para describir la vida que se aparta de la moral se llama Juan el Seductor. Juan es un mujeriego refinado e inescrupuloso que sale a la caza de jovencitas y las incita a vivir aventuras perfectas. Su objetivo es «vivir estéticamente», es decir, vivir en una continua búsqueda de experiencias y de sensaciones, manteniéndose en un eterno presente que no se preocupa del tiempo. Se trata de ir de lo interesante a lo interesante, de sumergirse en el ahora, de disolver la vida en una serie de instantes agradables e inconexos. El seductor desconoce el compromiso y la responsabilidad. Busca permanentemente lo nuevo y, cuando lo que tiene entre manos pierde novedad, pasa rápidamente a otra cosa”.
“La otra respuesta consiste en lo que Sören llamaba la «vida ética», cuyo representante, el juez Wilhelm, nunca alcanzó la fama de su rival. «Vivir éticamente» significa vivir con el propósito de construir una vida moralmente buena. Por eso, el hombre que vive éticamente mira su vida como una unidad y se preocupa de su coherencia. Tiene que darse buenas explicaciones acerca de lo que ha hecho y tiene que hacer de su vida una historia con sentido” (De “Historias de filósofos”-Alfaguara-Buenos Aires 1997).
Las actuales sociedades en crisis están constituidas por individuos que están bastante más cerca de una vida estética que de una vida ética. La búsqueda del placer y del ocio, bajo las ideas del posmodernismo y del relativismo moral, y el rechazo de una ética y una finalidad objetivas, impuestas por el orden natural, ponen en evidencia la decadencia de los valores morales requeridos para el logro de un aceptable nivel de felicidad. De ahí que el primer eslabón en la secuencia de causas y efectos, que podrá llevarnos a superar la crisis, o la decadencia, depende esencialmente de la búsqueda individual de la alegría, que ha de ser luego compartida por los demás, y el rechazo paulatino de la búsqueda de placeres y comodidades, al menos como objetivos prioritarios de nuestra vida.
Es posible distinguir, como se dijo, dos tendencias principales que apuntan hacia la búsqueda de la felicidad; que es el objetivo común de todos, o casi todos, los seres humanos. Algunos responden al llamado del "principio de placer" suponiendo que los goces y las comodidades del cuerpo implicarán el mejor camino hacia tal objetivo; otros responden al llamado del "principio de felicidad", suponiendo acertadamente que los vínculos afectivos son el camino que el orden natural nos exige transitar para arribar a mayores grados de felicidad.
Los primeros, motivados por el egoísmo, relegan la moral a un segundo plano, ya que la ética natural se basa esencialmente en la empatía emocional, que poco tienen en cuenta. Los segundos, por el contrario, interpretan que la supervivencia de la humanidad se logrará cumpliendo con la exigencia de que la felicidad individual se ha de lograr simultáneamente con la felicidad de los demás, admitiendo la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.
Estas dos formas extremas de afrontar la vida fueron consideradas por Sören Kierkegaard en su libro "Estética y Ética. En la formación de la personalidad". Al respecto, complementando lo antes mencionado sobre Kierkegaard, Carlos Goñi escribió: "El hombre estético vive de la inmediatez, busca el instante placentero, es hedonista, está pegado a las cosas, no se compromete con nada ni con nadie. Pero desespera necesariamente ante la imposibilidad de encontrar la eternidad en el instante. La única forma de huir del tedio, la inquietud y la inestabilidad propios de esta esfera es optar por una vida ética auténtica".
"El hombre ético, en cambio, está instalado en lo general: actúa como todo el mundo, es el hombre del compromiso matrimonial. El matrimonio refleja claramente esta esfera en que se recupera la sensibilidad estética en un orden más elevado y racional, representa la realización concreta del ideal ético, donde las demandas estéticas legítimas pueden ser llevadas a su plenitud. La existencia ética aporta a la esfera estética un bien del que ésta carecía: la libertad. El hombre auténticamente libre no es el esteta, que vive esclavizado por los placeres, sino el ético, que es capaz de escoger responsablemente" (De "Las narices de los filósofos"-Editorial Ariel SA-Barcelona 2008).
Llevando las cosas al extremo, puede decirse que el hombre estético pareciera poseer solamente sexo, antes que alma, ya que orienta su vida en función exclusiva del placer sexual, considerando como "bueno" todo lo que favorece el logro de su objetivo y "malo" lo que lo impide. El hombre estético traduce toda incomodidad en sufrimiento, por lo que es intolerante ante los pequeños inconvenientes de la vida cotidiana. Además, su capacidad para tolerar o soportar el sufrimiento, es mínima. Pero el mayor inconveniente que presenta es el de carecer de ética, por cuanto centra toda su atención en su propia persona y en su propio cuerpo, ignorando completamente a quienes le rodean y desinteresándose por todo lo que al prójimo le pueda suceder.
Cuando se habla de "conversión religiosa", generalmente se la asocia a la creencia en Dios o a cuestiones de tipo cognitivo o filosófico, mientras que lo esencial es el paso de la vida estética a la vida ética. Éste ha sido el caso de quienes conocieron la frivolidad de la vida estética, con sus ventajas y desventajas, hasta adoptar una vida ética, como fue el caso de San Francisco de Asís, de Blaise Pascal, de Sören Kierkegaard, entre otros.
En el caso de San Francisco, sin embargo, se advierte una tendencia hacia el rechazo exagerado de lo estético, en el sentido considerado. La voluntaria pobreza extrema, proviene de la aversión de las riquezas y las comodidades del cuerpo, que vuelven a tener una importancia vital, aunque esta vez para desdeñarlas. Por el contrario, la vida ética no necesariamente se establece renunciando a toda forma de placer, sino ubicándolo como complemento de lo afectivo o lo emocional.
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