jueves, 24 de diciembre de 2020

Religión: Mérito en la conducta vs. Mérito en la creencia

Entre las debilidades que muestra la religión, se advierte el predominio neto de lo cognitivo sobre lo moral. La competencia entre las diversas religiones, o entre las variantes de una misma religión, se establece, no respecto de cuál produce en sus adeptos una mejor respuesta ética, sino una mayor creencia, o una más ajustada a lo que se supone que Dios pretende de nosotros o a lo que indican los Libros Sagrados.

En dicha competencia se observa la descalificación del adversario atribuyéndole el seguimiento de una religión falsa, o de una secta hereje, o por ser un no creyente, pero nunca esa descalificación tendrá en cuenta la respuesta ética del individuo descalificado, o bien se le asociará cierta perversidad en función de su “creencia errónea”, o de su “no creencia”. De la misma manera, el ateo se burlará de toda creencia no accesible a la observación directa, ignorando también toda respuesta ética posible.

La religión de lo emocional ha sido desplazada totalmente por la religión de la creencia o del razonamiento en base a tales creencias, dejando un tanto de lado la realidad. Es decir, para la mayoría de los religiosos, la referencia a adoptar no es la realidad sino lo que un Libro Sagrado dice (interpretaciones subjetivas de por medio), mientras que para el ateo la referencia tampoco es la realidad sino el mismo Libro Sagrado, pero adoptado con la finalidad de burlarse y de denigrarlo.

El científico, por el contrario, tiende en un principio a adoptar como referencia a los mayores exponentes de su ciencia. Si bien resulta conveniente lograr una formación científica leyendo libros escritos por las personalidades destacadas de una rama de la ciencia, apenas el científico intenta establecer un trabajo de investigación original, no tendrá otra opción que pensar en base a la propia realidad, incluso, a veces, tratando de evitar la influencia mental de los autores que favorecieron su formación.

El cristianismo promueve el surgimiento del “hombre nuevo”, vinculado al Reino de Dios, o gobierno de Dios a través de la ley natural. Así, el mandamiento de Cristo respecto del “amor a Dios”, implica adoptar como referencia la realidad junto a sus leyes naturales, evitando adoptar como referencia lo que diga cualquier ser humano, para eludir una posible dependencia mental del individuo respecto del ideólogo. Sin embargo, la mayor parte de las experiencias religiosas implican un gobierno mental del predicador sobre quien opta por la comodidad de aceptar esa dirección mental, ignorando el gobierno de las leyes naturales, o leyes de Dios.

El mandamiento del “amor al prójimo”, que nos sugiere (u ordena) lograr una predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, no es una sugerencia desligada de la ley natural, sino que se basa en la empatía emocional, y resulta ser la principal ley de supervivencia y de adaptación del ser humano al orden natural. De ahí que, la adopción de tal actitud, sea prioritaria a todo tipo de creencia, constituyendo la esencia de la religión moral.

Puede advertirse que dicha ley natural puede ser observada y acatada en forma independiente de toda creencia filosófica o religiosa. De su acatamiento depende que un individuo adopte una postura compatible con la religión moral, mientras que su rechazo o su desconocimiento implican una posible distorsión de la religión moral (religión cognitiva) o bien una forma de ateísmo.

Desde este punto de vista, religioso es el que acata las leyes morales asociadas a la ley natural, mientras que el crédulo, el supersticioso o el ateo, que no las acatan, mostrarían una postura moral similar. Es decir, produce un mismo efecto no saber leer que saber leer y no leer nunca nada.

Por lo general, se considera que el milagro es la prueba de la existencia de lo sobrenatural y de Dios, quien interrumpiría o cambiaría momentáneamente una ley natural. Desde la religión natural, por el contrario, el milagro es una contravención respecto de esas leyes y la creencia en milagros se opone un tanto a la idea de adaptación al orden natural, siendo el ser humano quien debe adaptarse a las leyes de Dios y no ser Dios quien se adapte a los deseos humanos.

Mientras que, desde el punto de vista de la religión natural, el mandamiento de Cristo acerca del “amor a Dios” tiene un carácter cognitivo y el del “amor al prójimo” un carácter ético, en la visión teísta se le otorga al amor a un ser perfecto e ideal un carácter moral, mientras que el amor al prójimo se lo interpreta según la comodidad y los gustos de cada creyente. Es oportuno señalar que mucho más meritorio es el amor destinado a seres imperfectos y reales que a un Dios perfecto e imaginario.

Si la visión teísta del mundo no produce los resultados esperados y si las profecías sugieren un cambio importante en el cristianismo, no queda otra alternativa que el paso del teísmo (religión revelada) al deísmo (religión natural). En este caso, al adoptar la ley natural como referencia, se llega a una religión moral objetiva que resulta compatible con la ciencia experimental (ciencias sociales).

El posible inconveniente que se advierte ante todo cambio, estriba en dejar un tanto de lado las ideas y creencias arraigadas. Aun cuando sea evidente el pobre resultado que en la sociedad produce la religión tradicional, pocos estarán dispuestos a abandonar creencias que son partes esenciales de su personalidad individual. Estaríamos en una etapa similar a aquella en que se presenta Cristo intentando cambiar una religión paganizada por una auténtica religión moral.

El paso esencial consiste en la aceptación de que el Dios personal, o que se parece a un ser humano, es una adecuada simbología para establecer el pensamiento religioso, aunque en realidad vivimos en un universo regido por leyes naturales invariantes al que nos debemos adaptar. Ronald Dworkin escribió: “Debemos volvernos a la filosofía para encontrar candidatos más interesantes a un dios impersonal. Paul Tillich, un teólogo alemán muy influyente, dijo que la idea de un dios personal sólo podía entenderse como un símbolo de algo más, y, quizá, debemos entender ese algo como un dios impersonal” (De “Religión sin Dios”-Fondo de Cultura Económica-Buenos Aires 2015).

Paul Tillich escribió al respecto: “La manifestación de ese fundamento y abismo del Ser y del sentido crea lo que la teología moderna denomina la experiencia de lo numinoso. Esa experiencia puede darse y se da, en la gran mayoría de los hombres, junto con la impresión que ciertas personas, acontecimientos históricos o naturales, objetos, palabras, pinturas, melodías, sueños, etc., ejercen sobre el alma humana, provocando la sensación de lo santo, es decir, de la presencia del «numen»”.

“Por medio de tales experiencias vive la religión y trata de mantener la presencia de esa profundidad divina de nuestra existencia y la comunidad con ella. Pero como esa profundidad insondable de lo divino es «inaccesible» a todo concepto objetivo, se la tiene que expresar por medio de símbolos. Uno de esos símbolos es el Dios personal. La opinión general de la teología clásica, en prácticamente todos los periodos de la historia de la Iglesia, es que el atributo de «personal» sólo puede aplicarse a lo divino en sentido simbólico o analógico, o si simultáneamente se lo afirma y se lo niega…Sin un elemento de «ateísmo» no puede profesarse el «teísmo»”.

Puede decirse que la secuencia que conduce desde la religión tradicional hacia una “conversión” a la religión natural, incluye tres etapas:

a- Considerar al Dios personal como una simbología
b- Admitir la existencia de leyes naturales invariantes
c- Adoptar la actitud o predisposición del amor al prójimo (empatía emocional) como el objetivo concreto para alcanzar con nuestra conducta cotidiana.

Como los procesos más importantes, asociados a la vida y a nuestra adaptación al orden natural, se logran mediante “prueba y error”, es posible que se dejen de lado objetivos tales como lograr la “perfección humana” por vía de la creencia en un ser perfecto y, posiblemente, simbólico. Por el contrario, toda meta asociada a la religión natural ha de estar asociada a nuestra capacidad para compartir penas y alegrías ajenas como propias, que es la base de toda sociedad verdaderamente humana.

De la misma manera en que las monarquías no constitucionales y los totalitarismos, caracterizados por gobiernos personalistas, fueron y son reemplazados paulatinamente por el gobierno impersonal de las leyes (democracia liberal), las religiones basadas en la creencia en un Dios personal, que todo lo decide según su arbitrio, tienden a ser reemplazadas por religiones basadas en la existencia de una ley natural invariable. Las ventajas y desventajas de ambos tipos de gobierno se advierten en forma paralela.

domingo, 20 de diciembre de 2020

La reforma agraria socialista

No son pocos los partidarios de un retorno de la agricultura hacia épocas pasadas cuando un elevado porcentaje de la población laboralmente activa se dedicaba al cultivo de alimentos de origen vegetal. Las escenas idílicas de esa época reflejaban el trabajo y la virtud del hombre de campo, en contraste con la imagen denigrante del “perverso capitalista” que usufructa con la tierra que “Dios ha concedido a todos los hombres, sin distinción".

La idea básica del socialismo implica una sociedad en la que el vínculo de unión entre los seres humanos es el trabajo (y no los aspectos afectivos, como lo propone el cristianismo). De ahí el pretexto para estatizar los medios de producción ya que, se supone, no existirá una verdadera sociedad humana sin cumplir con ese requisito. Las sociedades en las que sus integrantes sólo tienen objetivos colectivos y se unen a través del trabajo y la producción, son esencialmente similares a un hormiguero o a una colmena. Henri Lefebvre escribió: “Las relaciones fundamentales para toda sociedad son las relaciones con la naturaleza. Para el hombre la relación con la naturaleza es fundamental, no porque siga siendo un ser de la naturaleza… sino, por el contrario, porque lucha contra ella. En el curso de esta lucha, pero en condiciones naturales, arranca a la naturaleza lo que necesita para mantener su vida y superar la vida simplemente natural. ¿Cómo? ¿Por qué medios? Por el trabajo, mediante los instrumentos de trabajo y la organización del trabajo”.

“Las relaciones fundamentales de toda sociedad humana son por lo tanto las relaciones de producción. Para llegar a la estructura esencial de una sociedad, el análisis debe descartar las apariencias ideológicas, los revestimientos abigarrados, las fórmulas oficiales, todo lo que se agita en la superficie de esa sociedad, todo el decorado: debe penetrar bajo esa superficie y llegar a que las relaciones de producción sean las relaciones fundamentales del hombre con la naturaleza y de los hombres entre sí en el trabajo” (De “El marxismo”-EUDEBA-Buenos Aires 1961).

Mientras el marxismo propone el trabajo productivo como vínculo básico de la sociedad, considerando al desocupado como alguien “marginado” de la misma, el liberalismo propone la cooperación social un escalón más arriba, es decir, una vez lograda la producción en forma individual, el vínculo material se establece a través de los intercambios comerciales de bienes y servicios. Esta vez, la cooperación social se establece en el mercado, siendo la competencia una ayuda para mejorar la eficacia de tal cooperación.

Debido a que en la actualidad, tanto en la industria como en la agricultura, se requieren porcentajes cercanos al 3 o al 5% de la población laboralmente activa, el vínculo de unión de tipo socialista, asociado a la agricultura, no tiene ningún sentido práctico. Si se volviera a las etapas previas, no tecnificadas, de la agricultura natural, los rendimientos caerían de tal forma que se produciría una catástrofe alimentaria mundial.

Tampoco hace falta, para llegar a una catástrofe alimentaria, el abandono de la tecnología actual, ya que bastaría aplicar las reformas agrarias socialistas (expropiación de tierras productivas) para lograr las respectivas hambrunas. Esto sucedió en épocas de Stalin, cuando obligó a los campesinos a entregar sus cosechas al Estado socialista. Al negarse mayoritariamente a entregarlas, y a seguir produciendo bajo esas condiciones, poblaciones enteras fueron cercadas produciendo unas 6 millones de víctimas en Ucrania.

La mayor hambruna de la historia se produjo, en los años 60, luego de la reforma agraria socialista aplicada por Mao-Tse-Tung en China, donde murieron entre 30 y 40 millones de sus habitantes. Incluso puede decirse que la ingesta de insectos, murciélagos y de “todo bicho que camina”, como posible inicio de la epidemia del Covid-19, puede considerarse como una consecuencia de la necesidad alimentaria de los chinos una vez destruida la agricultura nacional a través de las decisiones del Estado comunista.

Aun con la disponibilidad de tecnología adecuada, si se produce una estatización o expropiación de empresas agrícolas, la producción caerá a niveles alarmantes al ser administradas por allegados a la política; en general, vagos, incompetentes e irresponsables. Los intentos en ese sentido son promovidos en la Argentina por Juan Grabois, alguien cercano ideológicamente a Jorge M. Bergoglio, siendo el jerarca de la Iglesia, posiblemente, el mayor promotor actual del socialismo a nivel mundial.

Casi todo líder socialista, al poseer ilimitadas ambiciones de poder, encuentra en el control de la producción y distribución de alimentos, la posibilidad de extorsionar a la población de manera de alterar el antiguo lema: “El que no trabaja, no come”, reemplazándolo por “El que no obedece, no come”, que coincide con la diferencia existente entre el socialismo teórico y el socialismo real.

Respecto de la agricultura en un país socialista, puede leerse: “El sistema soviético de agricultura colectivizada también contribuye a la aspereza de la vida soviética. Mucho del problema del suministro de alimentos deriva de la naturaleza colectiva de la agricultura soviética. Como es bien sabido, la colectivización forzada de la agricultura a comienzos de la década de 1930 despojó a los agricultores soviéticos de sus tierras”.

“Lo que no es tan bien conocido es que la confiscación forzada de los suministros de cereales que la acompañó resultó en una enorme hambruna que causó la muerte de seis millones de personas solamente en Ucrania. La colectivización no sólo mató seis millones de personas, sino que paralizó permanentemente a la agricultura soviética”.

“La Unión Soviética, que en los días prerrevolucionarios era la más grande exportadora de granos del mundo, es ahora la mayor importadora de cereales del mundo. El 20% de la fuerza laboral soviética trabaja en la agricultura, comparada al 3% en Estados Unidos. Pero aun así, la Unión Soviética tiene que importar con frecuencia hasta el 25% de sus cereales”.

“Los agricultores norteamericanos, que poseen sus propias tierras, son diez veces más productivos que sus contrapartes soviéticos. Cada año se pierde alrededor del 20% de las cosechas de cereales, frutas y legumbres, así como hasta el 50% de la cosecha de papas soviética, debido al pobre sistema de almacenaje, transporte y distribución”.

“Los agricultores soviéticos no han perdido la habilidad de cultivar. Simplemente, carecen del incentivo para hacerlo en un kolkhoz. En contraste, los cultivos privados, que son atendidos por individuos durante la mañana temprano o tarde en la noche, producen el 25% de la producción agrícola total soviética, aunque abarcan apenas el 4% de la tierra arable de la Unión Soviética” (De “Marxismo: Mito y realidad”-La Nación-Buenos Aires 1985).

jueves, 17 de diciembre de 2020

Gastos adaptados a los ingresos vs. Ingresos adaptados a los gastos

Tanto la seguridad como la inseguridad económica dependen bastante de dos actitudes extremas. En el primer caso tenemos a la persona responsable que gasta dinero en función de sus ingresos. Al requerir para ello cierta disciplina económica, es posible que pueda ahorrar o invertir algún exceso monetario pensando en el futuro. Este proceso es la base de la economía capitalista, ya que el capital no es otra cosa que la acumulación de ahorro y de inversiones realizadas.

En el otro extremo aparece la persona indisciplinada e irresponsable que tiene en la mente ciertas compras a realizar y para ello poco tiene en cuenta sus ingresos. Supone que “de alguna parte” surgirá el faltante en caso de que sus ingresos no sean suficientes. Es el caso de la persona que vive más allá de sus posibilidades. Implica una mentalidad consumista que piensa en adquirir préstamos antes que en ahorrar, priorizando el presente al futuro.

Pedir préstamos para realizar una inversión productiva no resulta criticable, mientras que hacerlo para irse de vacaciones, incluso teniendo deudas previas, implica cierto síntoma de conformar una actitud estafadora por cuanto evidencia poco interés por cumplir con los pactos previamente establecidos.

Lo lamentable del caso es que algunas naciones adoptan actitudes irresponsables similares, que las llevan hacia situaciones de decadencia y miseria. El proceso es el mismo; la nación gasta más de lo que recibe en forma de impuestos. Para cubrir la diferencia, aumenta los impuestos al sector productivo, extrayendo recursos para la inversión y la creación de puestos de trabajo; luego pide préstamos, o imprime billetes en exceso apareciendo el proceso inflacionario. La nación intenta adaptar los ingresos a los prioritarios gastos políticamente dispuestos.

El político irresponsable, para ganar votos, distribuye recursos bastante más allá de las posibilidades del país. El déficit fiscal tiende a volverse permanente, como también la inflación y la pobreza generalizada. En la Argentina no sólo se distribuye dinero con fines electorales, sino también millones de puestos de trabajo estatal improductivo, millones de planes sociales, millones de jubilaciones sin aportes, y hasta un millón de “pensiones por invalidez” para muchos que pueden trabajar de alguna forma. Lo grave del caso es que gran parte de la sociedad considera que tal “ayuda social” es justa (justicia social), sin advertir que es la causa de la destrucción material y social de la nación. Incluso se vuelve a votar masivamente por el sector que, premeditadamente, le dio el toque final al proceso autodestructivo de la nación.

Muchos creen que, si se redujera la ayuda social, crecería la pobreza. No advierten, sin embargo, que el alejamiento del trabajo y la vagancia financiada por el sector productivo, generan cada vez mayor pobreza. El razonamiento predominante es similar a pensar que si se elimina la enfermedad de un paciente, éste morirá, en lugar de mejorar. Lógicamente que debe intentarse en forma decidida a revertir la situación, con un convencimiento mayoritario de lo que debe hacerse, ya que sin ese convencimiento de poco servirán las decisiones solitarias de un gobierno, aun cuando sea bien intencionado.

Recientemente (Diciembre 2020), un empresario (Rocca) le solicita al ministro de economía (Guzmán) “bajar los impuestos”, recibiendo como respuesta que es el Estado el que decide los gastos y que los impuestos están en función de las necesidades del Estado. Es decir, en lugar de que el Estado gaste en función de los impuestos recibidos, el nivel de los impuestos responderá a los gastos (principalmente de “ayuda social”) previamente dispuestos. De ahí que es de esperar una menor o nula inversión productiva, una menor o nula creación de puestos de trabajo productivo, mayor fuga de empresas al exterior como también de personas capacitadas y mayor niveles de inflación y pobreza.

El sector socialista piensa que el sector empresarial dispone de infinitos recursos monetarios y que la pobreza se eliminará “redistribuyendo” ganancias y capitales, lo que equivale a la destrucción de la base económica de una nación. Algunos se preguntan por qué en algunos países gobernados por socialistas no se llegó a un colapso final. Ello se debe simplemente a que sabían que no se puede redistribuir más allá de cierto nivel y que, superado ese nivel de expropiación, comienza el proceso destructivo.

El lema socialista es interpretado generalmente de la siguiente forma: "De cada uno según su capacidad (el empresario debe producir); a cada uno según su necesidad (el vago también tiene necesidades)", aunque quizá no exista otra forma de interpretarlo.

En la Argentina se piensa que en los países sin planes sociales otorgados por el Estado existe indiferencia o desinterés por solucionar la pobreza. Sin embargo, debe tenerse presente que, donde no hay planes sociales, se los evita para que haya trabajo para todos y para que no haya pobreza.

Siendo el capital el principal medio que tiene una empresa para la creación de riquezas, el “impuesto a la riqueza” es en realidad un impuesto que perjudica y desalienta la producción. El éxodo de empresas que se van del país es una consecuencia inmediata de la tendencia expropiadora impuesta por el gobierno peronista. Generalmente se piensa que todos los empresarios son ricos y que se les debe cobrar muchos impuestos, sin tener presente que en la Argentina, en situaciones normales, de cada 100 empresas sólo 2 sobreviven al cabo de 10 años.

La justificación teórica a la que aducen los sectores de izquierda implica creer que el dinero en manos del consumidor ha de favorecer la producción, cuando en realidad todo intercambio de bienes y/o servicios requiere una previa producción. Son el trabajo y la producción los que promueven el crecimiento de la economía y no la creación irresponsable de nuevos “puestos de trabajo” y gastos estatales para ser cubiertos finalmente por una emisión descontrolada de dinero, especialmente cuando al sector productivo no se lo puede presionar más.

domingo, 13 de diciembre de 2020

La justificación socialista del asesinato masivo

Es frecuente encontrar, aun en la actualidad, partidarios del socialismo que justifican los campos de trabajos forzados, y los asesinatos masivos, como una “necesidad inevitable” para establecer el socialismo y un supuesto progreso para las futuras generaciones. De ahí la peligrosidad que toda forma de socialismo presenta, es decir, no necesariamente los líderes socialistas actuales tendrán interés en volver a las épocas de Lenin y Stalin, pero poco de bueno es de esperar de quienes justifican los hechos mencionados.

A continuación se transcribe un artículo que analiza tanto los campos de trabajos forzados como la justificación que muchos socialistas les conceden:

POLVOS DE AQUELLOS LODOS

Por Octavio Paz

En 1947 leía yo, con frío en el alma, la obra de David Rousset sobre los campos de concentración de Hitler: Los días de nuestra muerte. El libro de Rousset me impresionó doblemente: era el relato de una víctima de los nazis pero asimismo era un lúcido análisis social y psicológico de ese universo aparte que son los campos de concentración del siglo XX. Dos años después Rousset publicó en la prensa francesa otra denuncia: la industria homicida prosperaba también en la Unión Soviética. Muchos recibieron las revelaciones de Rousset con el mismo horror e incredulidad de aquel que de pronto descubre una lepra secreta en Venus Afrodita.

Los comunistas y sus amigos respondieron airadamente: la denuncia de Rousset era una burda invención de los servicios de propaganda del imperialismo norteamericano. Los intelectuales “progresistas” no se portaron mejor. En la revista Les Temps Modernes, Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty asumieron una curiosa actitud (véanse los números 51 y 57 de esa revista, enero y julio de 1950). Los dos filósofos no trataron de negar los hechos ni minimizar su gravedad, pero se rehusaron a extraer las consecuencias que su existencia imponía a la reflexión: ¿hasta qué punto el totalitarismo estaliniano era el resultado –tanto o más que del atraso económico y social de Rusia y de su pasado autocrático- de la concepción leninista del partido? ¿No eran Stalin y sus campos de trabajos forzados el producto de las prácticas terroristas y antidemocráticas de los bolcheviques desde que conquistaron el poder en 1917?

Años más tarde, Merleau-Ponty trató de responder a esas preguntas en Las aventuras de la dialéctica, parcial rectificación de un libro que, al final de su vida, le pesaba mucho haber escrito: Humanismo y terror. En cuanto a Sartre: conocemos sus opiniones. Todavía en 1974 afirma simultáneamente, aunque lo deplora, la inevitabilidad de la violencia y de la dictadura. No de una clase sino de un grupo: “la violencia es necesaria para pasar de una sociedad a otra pero ignoro la naturaleza del orden que, quizá, suceda a la actual sociedad. ¿Habrá una dictadura del proletariado? A decir verdad, no lo creo: habrá siempre una dictadura ejercida por los representantes del proletariado, lo cual es algo completamente diferente…” (Le Monde, 8 de febrero de 1974).

El pesimismo de Sartre ofrece al menos una ventaja: pone las cartas sobre la mesa. Pero en 1950, presos en un dilema que ahora sabemos falso, los dos escritores franceses decidieron condenar a David Rousset: al denunciar el sistema represivo soviético en los grandes órganos periodísticos de la burguesía, su antiguo compañero se había convertido en un instrumento de la Guerra Fría y daba armas a los enemigos del socialismo.

En aquellos años yo vivía en París. La polémica sobre los campos de concentración rusos me conmovió y me sacudió: ponía en entredicho la validez de un proyecto histórico que había encendido la cabeza y el corazón de los mejores hombres de nuestro tiempo. La Revolución de 1917, como decía André Breton precisamente en esos años, era una bestia fabulosa semejante al Aries zodiacal: “si la violencia había anidado entre sus cuernos, toda la primavera se abría en el fondo de sus ojos”.

Ahora esos ojos nos miraban con la mirada vacía del homicida. Hice una recopilación y una selección de documentos y testimonios que aprobaban, sin lugar a dudas, la existencia en la URSS de un vasto sistema represivo, fundado en el trabajo forzado de millones de seres e integrado en la economía soviética. Victoria Ocampo se enteró de mi trabajo y, una vez más, mostró su derechura moral y su entereza: me pidió que le enviase la documentación que había recogido para publicarla en Sur, acompañada de una breve nota de presentación.

La reacción de los intelectuales “progresistas” fue el silencio. Nadie comentó mi estudio pero se recrudeció la campaña de insinuaciones y alusiones torcidas comenzada unos años antes por Neruda y sus amigos mexicanos. Una campaña que todavía hoy se prosigue. Los adjetivos cambian, no el vituperio: he sido sucesivamente cosmopolita, formalista, trotskista, agente de la CIA, “intelectual liberal” y hasta: “¡estructuralista al servicio de la burguesía!”.

Mi comentario repetía la explicación usual: los campos de concentración soviéticos eran una tacha que desfiguraba al régimen ruso pero no constituían un rasgo inherente al sistema. Decir eso, en 1950, era un error político; repetirlo ahora, en 1974, sería algo más que un error. Como a la mayoría de los que en esos años se ocuparon del asunto, lo que me impresionó sobre todo fue la función económica de los campos de trabajos forzados.

Creía que, a diferencia de los campos nazis –verdaderos campos de exterminación-, los soviéticos eran una forma inicua de explotación no sin analogía con el estajanovismo. Una de las “espuelas de la industrialización”. Estaba equivocado: ahora sabemos que la mortalidad de los campos, un poco antes de la Segunda Guerra Mundial, era del 40 % de la población internada mientras que el rendimiento de un prisionero era del 50% del de un trabajador libre. (Hannah Arendt, Le Système totalitaire, p. 281, París, 1972). La publicación de la obra de Robert Conquest sobre las grandes purgas (The Great Terror, Londres, 1968) completa los relatos y testimonios de los supervivientes –la mayoría comunistas- y cierra el debate. Mejor dicho: lo abre en otro plano. La función de los campos es otra.

Si la utilidad económica de los campos es más que dudosa, su función política presenta peculiaridades a un tiempo extrañas y repulsivas. Los campos no son un instrumento de lucha contra los enemigos políticos sino una institución de castigo para los vencidos. El que cae en un campo no es un opositor activo sino un hombre derrotado, indefenso y que ya no es capaz de ofrecer resistencia. La misma lógica rige a las purgas y depuraciones: no son episodios de combates políticos e ideológicos sino inmensas ceremonias de expiación y castigo.

Las confesiones y las autoacusaciones convierten a los vencidos en cómplices de sus verdugos y así la tumba misma se convierte en basurero. Lo más triste es que la mayoría de los internados en los campos no eran (ni son) opositores políticos: son “delincuentes” que pertenecen a todos los estratos de la sociedad soviética. En la época de Stalin la población de los campos llegó a sobrepasar los quince millones. Ha disminuido desde la reforma liberal de Kruschev y hoy oscila entre un millón y dos millones de personas, de las cuales, según los peritos en esta lúgubre materia, sólo unas diez mil pueden ser consideradas como presos políticos, en el sentido estricto de la palabra.

Es increíble que el resto –un millón de seres humanos- esté constituido por delincuentes, al menos en la acepción que damos en nuestros países al término. La función política y psicológica de los campos se esclarece: se trata de una institución de terror preventivo, por decirlo así. La población entera, incluso bajo el dominio relativamente más humano de Kruschev y sus sucesores, vive bajo la amenaza de internación. Asombrosa transposición del dogma del pecado original: todo ciudadano soviético puede ser enviado a un campo de trabajos forzados. La socialización de la culpa entraña la socialización de la pena.

(De “Las palabras y los días” de Octavio Paz-Fondo de Cultura Económica-México 2008).

sábado, 12 de diciembre de 2020

Democracia liberal vs. Democracia de masas

Es posible encontrar dos posturas extremas en el caso de la denominada “democracia”. En un caso se advierte la actitud por la cual se supone que el sistema democrático debe adaptarse al mayoritario hombre-masa. En oposición a esta postura se encuentra la actitud de quienes proponen que sea el hombre-masa quién se adapte al sistema democrático liberal y supere su condición poco o nada ideal.

La democracia liberal resulta ser un sistema autorregulado similar al de la economía de mercado. Mientras que en el mercado compiten empresas y consumidores, eligiendo cada consumidor los productos que le parecen mejores, y rechazando los demás, en un proceso eleccionario compiten partidos políticos y votantes, quienes eligen los mejores candidatos (según su creencia), rechazando al resto. Estos sistemas sólo funcionan aceptablemente cuando no se los distorsiona con falsa información (por parte de empresarios y partidos políticos) ni tampoco cuando el fanatismo del hombre-masa apoya ciegamente lo que lo perjudica, ya que acepta como verdadera la información falsa. Generalmente tal actitud se establece en el ámbito de la política antes que en la economía.

Desde un punto de vista cognitivo, tendemos a adoptar un punto de referencia para validar toda información recibida, que se ha de traducir en un conocimiento o en una creencia. Las posibles referencias serán las siguientes:

a- Se adopta la realidad como referencia
b- Se adopta la propia opinión previa
c- Se adopta la opinión de otra persona
d- Se adopta como referencia lo que la mayoría opina o cree

El hombre-masa, desde este punto de vista, es el que adopta como referencia lo que la mayoría opina o cree, y, frecuentemente, también adopta la opinión de otra persona, como puede ser la de un líder político.

Se advierte que la condición ideal es la del hombre libre que elige como referencia a la propia realidad con sus leyes naturales invariantes. Giovanni Sartori escribió. “Cabe destacar que es correcto decir «opinión». Opinión es doxa, no es epistème, no es saber y ciencia; es simplemente un «parecer», una opinión subjetiva para la cual no se requiere una prueba. Las matemáticas, por ejemplo, no son una opinión. Y si lo analizamos a la inversa, una opinión no es una verdad matemática. Del mismo modo, las opiniones son convicciones frágiles y variables. Si se convierten en convicciones profundas y fuertemente enraizadas, entonces debemos llamarlas creencias (y el problema cambia)” (De “Homo videns”-Taurus-Madrid 1998).

Algunos autores advierten que el sistema democrático se establece como “un juego de tres”: gobierno, ideólogo e individuo. Cuando todos tratan de adoptar la realidad como referencia, se tiene el mejor sistema; cuando la mayoría adopta una, o algunas, de las otras referencias mencionadas, se llega a la democracia de masas, que es una distorsión de la democracia liberal.

El “juego de tres” surge luego de la finalización de la Edad Media, época en que había cierta unanimidad de creencias, aunque no precisamente apoyadas en la estricta realidad, ni tampoco existía un sistema democrático similar al imperante en muchos países actualmente. Élisabeth Badinter escribió: “En la década de 1760, el prestigio de los filósofos está en su apogeo. La voluntad de imponer sus opiniones –libido dominandi- nunca ha sido mayor. Como ya lograron marginar a sus enemigos irreductibles, todos creen que constituyen un partido único que dicta su propia ley a la opinión ávida de modernidad”.

“Gracias a este nuevo actor, el estatuto de los hombres de letras ha cambiado radicalmente. Se han convertido en una fuerza que es preciso tener en cuenta o, cuando menos, hacer como si se la tuviera en cuenta. El anhelo de Voltaire parece estar a punto de realizarse. Los filósofos habrán de gobernar el mundo porque gobiernan la opinión. Pero, en el espíritu del patriarca, la partida se juega de a tres: el filósofo, la opinión pública y el soberano. Aun cuando este último no sea mencionado, siempre es el primer detentador del poder, por no decir el único legítimo”.

“El abate Morellet no se equivoca cuando le recuerda a Beccaria que los filósofos –ya sea Voltaire o Rousseau- no tienen poder alguno sobre el soberano. Hay que actuar primero sobre la opinión pública, pues es la única capaz de imponerle algo al príncipe. Ahora bien, este último cambia las reglas del juego, pues se dirige directamente al filósofo. En vez de someterse a los deseos de la opinión, ¿no es más simple y más seguro, para él, declararse conquistado por las ideas nuevas y aspirar al título de «rey filósofo»? Así podrán prescindir de la opinión del público. Y, a tal fin, el soberano le hace creer al filósofo que invierte los roles tradicionales: es él quien corteja ahora al hombre de letras, y quien, en cierto modo, le pide protección bajo la forma de una caución moral e ideológica” (De “Las pasiones intelectuales”-Fondo de Cultura Económica de Argentina SA-Buenos Aires 2016).

Cuando las sociedades entran en decadencia, surgen propuestas políticas y económicas como exclusivas soluciones de todos los males de la sociedad. Por lo general se ignora la ética individual y su debilitamiento, que es la primera y más importante causante de crisis y decadencia. Las ciencias sociales auténticas deben reunir dos condiciones prioritarias: basarse en conocimientos comprobados y luego incorporar los conocimientos comprobados, o verificados, de las otras ramas de la ciencia social. Tanto la política como la economía, sin una previa base ética generalizada, poco efectivas habrán de ser, si bien existen sistemas políticos y económicos mejores que otros.

Los promotores de la democracia de masas consideran como legítimo a todo gobierno surgido del voto popular, sin apenas tener en cuenta cierta legitimidad de la gestión en la administración del Estado. En una democracia auténtica, se considera legítimo el gobierno que cumple con ambos requisitos de legitimidad.

El caso extremo se advierte en los sectores socialistas que utilizan un disfraz democrático para, luego, una vez en el poder, abolir la democracia totalmente. Ya sea mediante el engaño, o mediante un previo lavado de cerebro, el sector socialista radicalizado tiene como objetivo reducir el nivel de vida de la población hasta llegar el extremo de que todo habitante dependa por entero del Estado para poder comer y subsistir. En ese caso, el gobernante socialista puede exigir a su antojo la obediencia de todos y cada uno de los integrantes de la sociedad.

domingo, 6 de diciembre de 2020

ASÍ ES CUBA, CONTADO por UN CUBANO🇨🇺

La evolución del pensamiento religioso en Occidente

Desde épocas remotas, el ser humano ha buscado la forma de comprender el universo para poder luego insertarse, o adaptarse, de la mejor manera. Entre los principales intentos encontramos a la religión y a la filosofía. En el primer caso se presupone la existencia de un ser omnipotente, con una inteligencia muy superior a la del ser humano, que diseña, construye y luego dirige todo lo existente. En el segundo caso, se amplía tal método caracterizándolo con razonamientos que sean lógicamente coherentes. También surge la posibilidad de contemplar un orden natural sin la existencia de una mente creadora y ordenadora, partiendo toda descripción de la existencia y de los atributos de dicho orden.

Históricamente, son principalmente dos los pueblos que influyeron en el desarrollo de la visión que el hombre occidental adoptó, tal el caso de los griegos y de los hebreos, representativos de las dos primeras posturas mencionadas. Leopoldo Zea escribió: “El griego necesitaba de un logos que le dijese lo que las cosas eran, al judío le basta saber cómo serían. No importa que le vaya mal si sabe que le irá bien, como sucede con el viejo Job. El judío no necesita de ningún logos que le diga lo que son las cosas, le basta la palabra que le diga cómo serán. La base de las relaciones entre el judío y su prójimo es la palabra”.

“Pero no la palabra como la entendía el griego. El griego entendía por palabra o logos aquello que definía, aquello que le describía o decía qué eran las cosas, para que sólo eso fuesen y nada más. Para el judío la palabra tiene otro sentido, algo muy personal, es sinónimo de confianza. Un hombre de palabra es un hombre en el cual se puede confiar. La verdad no es aquí una exhibición pública de lo que una cosa es, como lo entendía el griego, sino el cumplimiento de una promesa dada”.

“Para el griego un árbol verdadero es aquel cuya materia se adapta con más exactitud a su forma, a su esencia, a aquella definición sin la cual un árbol no es un árbol. Para el judío el árbol verdadero es aquel que da frutos. El árbol que no da frutos merece ser arrojado al fuego, porque no cumple con su deber ser. Para el griego la verdad depende de un decir bien lo que las cosas son; para el judío la verdad no depende de este decir bien las cosas, no importa decir bien las cosas, sino cumplirlas”.

“La verdad tiene para el judío un sentido moral y no lógico. Para el griego, la aletheia o verdad, nada tenía que ver con la moral porque se refería a hechos, a lo que las cosas fueran; mientras que el judío relaciona la verdad con los actos, la verdad es algo que se realiza, no es algo que esté hecho. La verdad es una forma de conducta. La verdad para el griego no puede ser sino falsa o verdadera; mientras que para el judío la verdad va a depender de la bondad o la maldad. Para el griego la verdad depende del raciocinio; para el judío depende de la voluntad” (De “La conciencia del hombre en la filosofía”-Imprenta Universitaria-México 1953).

Mientras que el judaísmo, como religión de un pueblo, no tuvo la intención de expandirse, mantuvo sus diferencias con la cultura greco-latina. Recordemos que los romanos adoptaron gran parte del pensamiento griego. El cristianismo, por el contrario, al surgir del judaísmo y al constituirse en una religión universal, debió establecer un paulatino acercamiento a las ideas imperantes en el Imperio Romano, iniciándose el surgimiento de la “filosofía cristiana”. Al respecto, Johannes Hirschberger escribió: “¿Filosofía o teología? Es bien explicable la pregunta que ante este hecho ha surgido espontánea en muchos espíritus, a saber, si tendremos auténtica filosofía donde el logos no reina como absoluto señor, sino que se deja conducir por la religión; pues en tal caso parece que todo tiene que estar predeterminado como tantas veces se ha repetido”.

“No le quedarían ya a la filosofía problemas que resolver cuando se los dan ya resueltos, resueltos por la fe: la filosofía habría de sustentarse sobre el plano de la fe. Sobre esa base tuvo que desenvolverse el filósofo y muchas veces no hizo éste más que servir a la fe, prestándole defensas, apoyos, esclarecimientos, análisis y síntesis científicas. «La filosofía sierva de la teología», fue la frase que se repitió una y otra vez, citando a san Pedro Damiano para caracterizar esa época. Una filosofía, en una palabra, no exenta de prejuicios y presupuestos; y por ello aparecerá problemático que se pueda en general hablar de una auténtica filosofía de la Edad Media”.

“En este modo de enjuiciar la Edad Media hay mucho de simplismo y de prejuicio indiscriminado. Es hijo de un tiempo en el que se miraba a la Edad Media como la edad de «los siglos oscuros», sin ver más en ella. Hoy, merced a los trabajos de investigación de Denifle, Ehrle,…., sabemos que las realizaciones filosóficas del medioevo fueron más vastas, más vitales y también más individuales de lo que en tiempos anteriores se supuso” (De “Historia de la Filosofía”-Editorial Herder SA-Barcelona 1977).

Mientras que la fe se asocia a la confianza en Dios y en sus intermediarios, la coherencia lógica de una descripción se asocia a los requerimientos de la filosofía. La irrupción de la ciencia experimental agrega un elemento que garantiza la compatibilidad de toda descripción con el mundo real, tal la verificación experimental. De ahí el cambio que se vislumbra finalizada la Edad Media, como lo fue el paulatino surgimiento del deísmo, el cual resultaba compatible con la ciencia experimental. Los deístas no consideraban, en general, que la religión surgía de Dios, sino de las propias necesidades del ser humano. De ahí que sus promotores no hablaban en nombre de Dios, sino que suponían lo que el orden natural esperaba de cada uno de nosotros. Voltaire escribió: “La naturaleza le dice a la humanidad: «Yo he hecho que todos vosotros nacierais débiles e ignorantes, que vegetarais unos minutos sobre la tierra y que la fertilizarais con vuestros cadáveres. Puesto que sois débiles, protegeos a vosotros mismos; puesto que sois ignorantes, procurad vuestra mutua ilustración. Cuando todos seáis de la misma opinión, lo que ciertamente no ocurrirá nunca, entonces, aunque sólo hubiera uno que tuviera una opinión diferente, habéis de perdonarlo; porque soy yo quien le hago pensar así. Yo os he dado vigor para cultivar la tierra, y un pequeño atisbo de razón para guiaros: yo he implantado en vuestros corazones un elemento de compasión que os permita ayudaros unos a otros a soportar la vida. No extingáis ese elemento; no lo corrompáis; sabed que es divino; y no ahoguéis con miserables rencillas escolásticas la voz de la naturaleza».

«Sólo yo preservo vuestra unidad a pesar vuestro, merced a vuestras mutuas necesidades, aun en medio de vuestras crueles guerras, emprendidas con tanta ligereza, eterno escenario de fechorías, peligros e infortunios. Soy yo sola quien dentro de una nación pongo freno a las desdichadas consecuencias de la interminable división entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos cuerpos y el del clero, entre los hombres de la ciudad y los del campo. Todos ellos ignoran los límites de sus derechos; pero finalmente, a pesar suyo, escuchan mi voz, que habla a sus corazones. Yo sola preservo la equidad en los tribunales, donde, de no ser por mí, todo se guiaría por la indecisión y el capricho, en medio de un confuso cúmulo de leyes muchas veces aprobadas de manera fortuita, o para colmar una necesidad del momento, diferentes de una a otra provincia y de una ciudad a otra, y casi siempre internamente contradictorias. Yo sola puedo inspirar justicia, donde las leyes sirven sólo como artimañas: quien me escucha a mí siempre juzga correctamente; y quien intenta sólo reconciliar opiniones contradictorias es el que se extravía».

«Hay un inmenso edificio cuya construcción he llevado a cabo con mis propias manos; era sólido y sencillo, todo el mundo podía ponerse en él a salvo; los hombres quisieron decorarlo con los más extraños, ordinarios e inútiles ornamentos; el edificio se está desplomando por los cuatro costados; los hombres toman las piedras y se las arrojan unos a otros a la cabeza: yo los conmino: Deteneos, libraos de esa horrible basura que es vuestra obra y habitad conmigo en paz en el inconmovible edificio que es el mío»” (Citado en “Voltaire” de A. J. Ayer-Editorial Crítica SA-Barcelona 1988).

La actitud de Voltaire ha sido duramente criticada por la Iglesia en respuesta a las simultáneas críticas de Voltaire a la Iglesia. Sin embargo, debe tenerse presente que alguien debía apaciguar los ánimos ante la salvaje lucha establecida entre los distintos bandos cristianos (católicos vs. protestantes). A. J. Ayer escribió: “Desde que la guerra contra los albigenses terminó con una victoria católica a comienzos del siglo XIII, Toulouse había sido siempre un centro de tensión religiosa. El 17 de mayo de 1562, diez años antes de la matanza del día de San Bartolomé, cuatro mil hugonotes habían sido asesinados, tras ser inducidos a deponer sus armas mediante promesa de un salvoconducto. Doscientos años después, el aniversario de ese crimen era conmemorado anualmente con una procesión por los orgullosos católicos”.

Por lo general, se duda de que la ciencia experimental pueda servir para fundamentar o para invalidar alguna de las religiones existentes. Si por religión se entiende sólo lo sobrenatural o el mundo fantasmagórico de lo inaccesible a la razón y a lo evidente, la ciencia poco o nada podría decir al respecto. Por el contrario, si la religión es una cuestión de ética y de los efectos que producen las diversas actitudes humanas, las ciencias sociales pueden muy bien validar o invalidar las distintas propuestas religiosas.

En cuanto a la religión del futuro, especialmente en el caso de la Iglesia Católica, Joseph Ratzinger estableció algunos pronósticos (o profecía, según algunos) en los cuales, teniendo presente la crisis terminal que afecta a dicha institución, supone que deberá resurgir como una Iglesia pequeña, purificada, y que deberá remontar adversidades casi como en las épocas de la primitiva Iglesia cristiana.

jueves, 3 de diciembre de 2020

La economía de Francisco

Publicación del Centro Cultural Cruzada

Un evento recientemente celebrado en Roma, titulado “The Economy of Francesco”, da un claro mensaje para entender la última encíclica del Papa: La pobreza es el medio. La meta es el igualitarismo. Buscando con esto colocar el pauperismo como ideal de vida a través de una manipulación del concepto de consumo.

Aquellos que han vivido bajo el comunismo experimentaron no solo su naturaleza dictatorial sino también la monotonía de su vida diaria. Un régimen comunista se caracteriza por la precaria iluminación, el mantenimiento inexistente, los edificios en ruinas, la comida escasa, los estantes vacíos, la ropa opaca, las pocas opciones de entretenimiento, la ausencia de bienes superfluos y otros elementos sombríos.

Esta monotonía es una consecuencia obvia del fracaso económico de los regímenes comunistas. Sin embargo, hay también una razón filosófica detrás de esto. El sistema comunista está diseñado para fomentar la pereza.

Fuera de los pocos privilegiados de la nomenklatura, nadie tiene derecho a buscar un mayor bienestar basado en un aumento sistemático cuantitativo y cualitativo del esfuerzo.

En efecto, la esencia del comunismo es el principio totalitario de igualdad: nadie puede tener más que el otro, ya que produciría “alienación”. Por lo tanto, la única forma de que todos sean iguales es que todos sean pobres: cuando todos son pobres, todos son iguales.

Este igualitarismo es la clave para entender la última encíclica del Papa Francisco y el evento internacional “The Economy of Francesco” recientemente celebrado en Roma. El mensaje del evento es que la pobreza es el medio. La meta es el igualitarismo.

El notorio teólogo de la liberación, ahora autoproclamado “eco-teólogo”, Leonardo Boff, fue uno de los principales oradores en el evento “The Economy of Francesco”. Él afirma que la esencia de la encíclica Fratelli tutti es la transición en el mundo del concepto de “señor” al de “hermano”. En un ensayo que anticipó su conferencia, Boff afirmó que el Papa Francisco quiere cambiar el actual paradigma mundial, basado en las “desigualdades en todos los campos”, introduciendo uno nuevo basado en la “fraternidad universal”, es decir, una “fraternidad entre iguales”.

Según Boff, este igualitarismo es tan profundo que incluso las leyes de la naturaleza tendrían que cambiar y adaptarse. Razona que las leyes de la naturaleza reflejan el poder abrumador de un Dios gobernante, que es, por tanto, la fuente de toda “alienación”. En su nuevo mundo igualitario, la realidad tendría que ser cancelada.

Por supuesto, cancelar a Dios directamente sería demasiado impactante. Estos radicales comienzan disolviendo Su naturaleza trascendental, tratando a Dios como una energía o un fluido que circula por el universo. Boff afirma que la percepción sensorial inmediata de esta energía generaría la “fraternidad universal” propuesta por el Papa Francisco. En otro ensayo, el teólogo brasileño de la liberación explica que este cambio de paradigma se caracteriza por la transición del “dominio del logos” al del “eros”.

Además, proponer la pobreza como un ideal para todos como un medio de igualdad también es un poco chocante. Por lo tanto, comienzan manipulando el concepto de consumo de tal manera que se promueve el pauperismo. Esta manipulación ha sido alentada durante mucho tiempo por la izquierda, mucho antes que el Papa Francisco.

El padre jesuita del siglo XIX, Luigi Taparelli d’Azeglio, explica el papel adecuado del consumo en su tratado, Saggio Teoretico di Diritto Naturale. Afirma que Dios creó al hombre con facultades y tendencias que la naturaleza humana tiende a satisfacer. Esta tendencia constituye el bien del hombre. Es consustancial a su naturaleza y lo conduce hacia el propósito para el que fue creado. El hombre tiene un propósito material, que es la conservación y el desarrollo de su cuerpo. Tiene un propósito espiritual, que es el desarrollo de su intelecto y alma, que tiende hacia el Bien absoluto. Así enseña Taparelli que “un ser será perfecto cuando alcance el fin que le ha fijado su naturaleza —material y espiritual— con las facultades que le confiere la naturaleza misma”.

Para lograr su doble propósito material y espiritual, el hombre debe consumir. A ciertas escuelas de pensamiento modernas (e incluso católicas) les gusta convertir el consumo en una mala palabra. Sin embargo, el consumismo templado es una conditio sine qua non para que el hombre logre el propósito para el que ha sido creado. Como todo lo creado por Dios, lo que es bueno para el hombre también es bueno para la economía.

¿Qué significa consumir? La mayoría de la gente lo asocia con la comida, que sin duda se incluye en el concepto. Sin embargo, también abarca muchas otras formas en que se satisfacen los apetitos, lo que resulta en bienestar. La idea de consumo cubre la gama de apetitos corporales y espirituales que se encuentran en la naturaleza humana.

Estos bienes van más allá de las necesidades básicas de la vida como comer. Se expanden a áreas que estrictamente hablando no son esenciales para vivir. Así, el hombre puede satisfacer los bienes espirituales en teatros, museos, bellos monumentos, bibliotecas, etc. El concepto de consumo incluye todo lo indispensable para la supervivencia, pero también todo lo amplio y hasta superfluo, que hace la vida placentera y eleva las mentes hacia cosas superiores.

Una dama consume cuando compra un hermoso retrato en miniatura esmaltado para exhibir en casa para alegría de sus invitados. Un matrimonio que acude al teatro de ópera Prima della Scala para disfrutar de una actuación también consume. Consume un fiel católico que asiste a una hermosa misa en latín.

Esta sana noción de consumo es contraria a un nuevo concepto teológico emergente, que tiende al socialismo. Y que por desgracia, se encuentra en documentos pontificios recientes.

Esta tendencia establece que cuando unos tienen mucho y otros poco, los primeros deben quedarse solo con lo esencial y dar el exceso a los segundos. Este sesgo anti-consumista sostiene que el hombre no debe poseer más allá de lo esencial. Nadie debería buscar lujo o incluso una gran cantidad de bienes.

El resultado de tal razonamiento es que en una sociedad donde nadie se beneficia del trabajo más que otros… ¡nadie trabajará más duro que otros! Una sociedad así beneficia a los perezosos y trabaja en detrimento de los buenos trabajadores. En esta sociedad, primero desaparece la abundancia, luego las cosas amplias, y finalmente hasta los bienes indispensables…

Aquellos que trabajan más deben recibir la debida compensación. Así, toda la sociedad se beneficia cuando se premia a los sectores más capaces, eficientes, productivos y mejores. La sociedad perece cuando cae en un anti-consumismo preconcebido, se desliza hacia la pobreza crónica y finalmente tiende a la barbarie.

Esta tesis se aplica no solo a las relaciones entre clases sociales sino también a las naciones. Los países llamados consumistas como Estados Unidos y las naciones europeas representan a aquellos con una riqueza excesiva. Los países del Tercer Mundo son supuestamente los que carecen de los medios amplios y, a veces, incluso los necesarios para sobrevivir. Así, las naciones ricas explotan y oprimen a las pobres. La tesis incita a las naciones explotadas a lanzar una contraofensiva contra el mundo consumista, obligándolo a bajar su nivel de consumo para armonizar con los pobres. Nuevamente: cuando todos son pobres, todos son iguales.

Esta glorificación de la pereza es propia del socialismo y del comunismo, no de la civilización cristiana y de la doctrina social de la Iglesia.

(De www.cruzada.co/la-economia-de-francisco-impulsa-la-pobreza-y-pulveriza-el-exito-economico/)

martes, 1 de diciembre de 2020

El ocaso de un ídolo y de una nación

El éxito y el fracaso se asocian al cumplimiento, o no, de objetivos previamente propuestos. Por ello puede decirse que existe cierto paralelismo entre la vida de Maradona y la suerte de la Argentina. El futbolista, potencialmente apto para lograr hazañas deportivas aún mayores a las que logró, ve finalizada su vida a una temprana edad, para la época actual, mientras que la Argentina recorre una casi interminable etapa de decadencia luego de haber alcanzado el mayor nivel mundial del PBI per cápita en 1895, ocupando un lugar entre los mejores 10 países durante algunas décadas posteriores. En ambos casos, la decadencia provino de fallas personales y colectivas, respectivamente, debidas principalmente a errar en la escala de valores adoptada.

Como es de esperar, los partidarios de escalas de valores erróneas, rechazan toda crítica tanto al deportista como a los políticos que favorecieron la decadencia. No se tiene en cuenta que es tan importante considerar tanto a los ejemplos de lo que hay que hacer como a los ejemplos de lo que no hay que hacer. Además, todo ciudadano tiene derecho a opinar sobre cada personaje público que se introduce en su vivienda (a través de su televisor) como también, siendo integrante de la sociedad, tiene el derecho a opinar sobre cada gobernante de su nación.

Quienes se oponen a la crítica de sus ídolos deportivos y políticos, son los que alaban sus errores, tales los errores que condujeron a las mencionadas muerte prematura y decadencia interminable. La autodestrucción individual está ligada al medio social, como lo demostró Emile Durkheim respecto del suicidio. La autodestrucción de la salud y de la personalidad individual, como también de la moral social, son fenómenos similares al suicidio, que es un hecho individual pero con fuerte influencia social.

La escala de valores errónea es la que deja de lado los objetivos de vida comunes a todos los seres humanos, asociados a la supervivencia de la sociedad y de la humanidad. Cuando un deportista pierde de vista estos objetivos inmediatos y busca la felicidad en lo que daña su salud y en lo que prohibe la mayor parte de las morales tradicionales, ha de pagar, a la corta o a la larga, su desvío del camino correcto. Algo similar ocurre con el político y con el ciudadano común.

Adviértase que deportistas argentinos de trascendencia mundial, como Alfredo Distéfano y Juan Manuel Fangio, supieron llevar vidas normales aun cuando lograron éxitos deportivos de resonancia mundial. Sin embargo, en el caso de Maradona, pocos de sus allegados fueron capaces de advertirle acerca del camino errado elegido para su vida; y si hubo consejos al respecto, fueron desoídos.

Maradona sintetiza en su persona los errores advertidos en la sociedad decadente de la Argentina. Llegó al extremo de promover una figura nefasta, como la del asesino serial Ernesto Che Guevara. También fue amigo de Fidel Castro, promotor de la guerrilla y del terrorismo pro-soviético que tantas víctimas produjo a lo largo y a lo ancho de toda la América Latina. En cierta forma, Maradona apoyaba a los enemigos de su propio país.

Sabemos que, siendo jóvenes, vemos sólo virtudes en nuestros ídolos, ya sean musicales, deportivos, científicos o de otra índole. De ahí que la paternidad irresponsable del futbolista sea vista con buenos ojos, y hasta con admiración, por muchos de sus seguidores. El colmo de los desatinos ocurrió cuando Maradona aclaró que "no era Dios", como si hubiese sido necesario aclararlo.

Si bien sus méritos deportivos son indiscutibles, debe tenerse presente que la imagen que de la Argentina tenían, o tienen, en el mundo, es precisamente la de Maradona; hábil deportista, pero con una personalidad libertina e irresponsable. Recordemos el título de un libro de Carlos Nino respecto de la Argentina: "Un país al margen de la ley", por lo que el futbolista mencionado fue una figura que bastante se identifica con el típico argentino.

Si alguna vez nos decidimos a revertir la decadencia total de nuestra sociedad, tenemos la obligación moral de decir la verdad y de promoverla y difundirla. De lo contrario, mantendremos la caída, pero a un ritmo cada vez mayor.

A continuación se transcribe un artículo sobre el deportista, con un análisis sociológico de su personalidad:

EL OTRO COSTADO DE DIEGO MARADONA

Por Juan José Sebreli

No escribo estas líneas aprovechando la coyuntura. Más bien, Maradona fue una figura a la que le dediqué dos libros -La era del fútbol (1998) y Comediantes y mártires (2008)-. Los acontecimientos sucedidos en estos días, luego de su muerte, confirman mis ideas de aquellos escritos: el fenómeno Maradona es un clásico ejemplo del mito popular sin conexión alguna con la vida real del ídolo.

Nacido en un barrio bajo, muy pronto salió de él, ya que Argentinos Juniors, cuya comisión directiva integraba el represor Carlos Guillermo Suárez Mason, le consiguió un modesto departamento. De joven fue usado por la última dictadura militar, y él mismo se definió como "el soldado Maradona", dispuesto a responder cualquier llamado de la patria. No obstante, no estuvo presente en la Guerra de Malvinas. Si bien estas actitudes pueden justificarse por su escasa edad, en su adultez integró, conscientemente, el nacionalismo de izquierda. Fue adepto de Fidel Castro, se tatuó al Che Guevara en un brazo y fue consecuente en este camino hasta llegar al llamado socialismo del siglo XXI, con Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales y el matrimonio Kirchner. Más aún: se vinculó e hizo negocios con Vladimir Putin, quien lo convirtió en presidente de un poderoso club de Bielorrusia.

Maradona no hubiese llegado a ser lo que fue sin Nápoles. Su paso por Barcelona fue opaco y no dudaron en sacárselo de encima rápidamente. Sin embargo, en el pobre y supersticioso sur italiano las condiciones estaban dadas para su éxito: la religiosidad popular, adepta a santificar ídolos, era propicia para la idealización de un deportista caótico. La mafia local, conocida como la Camorra, fue una pieza clave para su consagración, ya que el grupo delictivo fue su auspiciante, relación que le ganó la simpatía de los barrios pobres, dependientes de la mafia, que al mismo tiempo practicaban una devota religiosidad.

El romance con la mafia y los napolitanos duró poco más de un lustro: en plena pelea con la Camorra, fue sometido a un control antidoping que dio positivo: el héroe máximo pasó a ser, según una encuesta del diario La Repubblica, el personaje más odiado de Italia. El Gráfico publicó una encuesta donde el 72% de los hinchas admitía no tener afecto por Maradona. En su último partido en Napoli, en marzo de 1991, debió escapar entre insultos bajo una lluvia de proyectiles. La ciudad que lo divinizó pasó a satanizarlo. Tenía cuatro juicios pendientes, y optó por huir a su tierra natal. Sus posteriores incursiones futbolísticas -Sevilla, Boca Juniors y Newell's Old Boys- fueron fugaces. Mauricio Macri, preguntado recientemente por el periodista Joaquín Morales Solá sobre su paso por la presidencia de Boca, contestó que para racionalizar el club tuvo que pagar el costo de sacarlo a Maradona. Su mal estado físico lo hizo abandonar, finalmente, la vida de jugador de fútbol.

Este personaje encarna, para el nacionalismo populista, el mito de la identidad nacional. Para las clases bajas, el mito del mendigo que se transforma en príncipe. Para los intelectuales de izquierda, el mito del rebelde social; para la juventud contracultural, el mito del transgresor. No obstante, su acercamiento a la izquierda fue anecdótico: los hinchas del Napoli usaban una estrella roja y, a partir de ahí, se asoció vagamente al Che Guevara. La construcción de un Maradona de izquierda fue un invento del periodismo progresista, ya que él era carente de toda cultura política. Esto no fue un impedimento para que la izquierda populista lo tomara como un referente. Fidel Castro y Maradona, dos obsesionados por la fama, se usaron mutuamente, y descubrieron que la propaganda recíproca era beneficiosa para ambos.

En el momento que las utopías sociales y las ideologías fueron reemplazadas por un exacerbado narcisismo, la figura de pseudorrebelde social construida por Maradona, su conducta revoltosa e imagen a medias punk y hippie, fue bien recibida por la juventud. Esta caricatura de bad boy también fue beneficiada por su coqueteo con la transgresión sexual, como su relación con la travesti Chris Miró, o ir a fiestas nocturnas con Guillermo Cóppola disfrazados de mujer, lo cual le dio un falso aire de combatiente contra el machismo del fútbol. Ello no evitó que se viralizara un video de él golpeando a su pareja. Cuando lo invadía demasiado el lado nocturno y maldito Maradona se refugiaba en su lado convencional, sensiblero, pequeñoburgués, representando el papel de buen hijo, buen padre, buen esposo -"lo primero es la familia"-, buen cristiano, pecador arrepentido, ex descarriado que buscaba la buena senda.

Tampoco fue ético como deportista. No solo se jactó de hacer un gol con la mano. En una entrevista en el año 2004, para el programa Mar de fondo, Maradona se reía al recordar cuando el utilero de la selección argentina, Miguel Di Lorenzo -conocido como "Galíndez"-, en la semifinal del Mundial de Italia 1990, en un partido contra Brasil, les dio de beber a los rivales un bidón de agua con somníferos. El astro recordó, jocosamente, cuánto ansiaba "que tomaran todos los buenos". Los estupefacientes alteraron su carrera. Fugado de Italia, pronto terminó preso en Buenos Aires por participar en una fiesta de drogas en la calle Franklin. En el Mundial de 1994 lo sacaron del campeonato cuando el control antidoping le dio positivo. Pero tal predilección no se limitaba a algo meramente personal: en una ocasión en que fue invitado a entrar a la casa de Gran Hermano llevó para repartir un inesperado souvenir para cada participante: bolsitas con droga.

Ni en su final Maradona se vio libre de ser utilizado políticamente por el kirchnerismo, que responsabilizó por los escándalos de su velorio al gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Maradona se hubiese sentido muy a gusto con el velorio caótico y violento auspiciado por el gobierno nacional en vez de uno apacible e íntimo, como había sugerido su familia.

(De www.lanación.com.ar 30/11/2020)