lunes, 7 de febrero de 2011

Intervencionismo e inflación

La inflación es un aumento desproporcionado de circulante en relación con el aumento de bienes producidos. El aumento de circulante puede establecerse por medio de papel moneda, créditos o emisión de bonos o valores del Estado.

En un país en el que el Estado no interfiere el proceso del mercado, no existirá inflación. Por ello, esta distorsión del mercado casi siempre se asocia a alguna forma de intervencionismo. Mientras que el respeto a las leyes del mercado es propuesto por los liberales (o neoliberales), el intervencionismo es propuesto por los neototalitarios, ya que tienen mayor tendencia a desconocer al mercado que a adaptarse al mismo.

El intervencionismo recibió un importante apoyo teórico a través del economista británico John Maynard Keynes, quien sugirió la elevación del gasto público para poner en marcha economías en estado de crisis profunda. Sin embargo, los neototalitarios pretenden aplicar el método en circunstancias normales, o en situaciones de crisis leves. Incluso el propio Keynes conocía perfectamente el peligro asociado a la inflación, por lo que escribió:

“Se pone en boca de Lenin la afirmación de que la mejor manera de destruir el sistema capitalista es corromper su moneda. Los gobiernos pueden confiscar, en secreto y sin ser observados, mediante un proceso constante de inflación, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos. Recurriendo a este método, no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente….no se equivocaba Lenin, desde luego, no existe recurso más sutil ni más seguro para echar abajo las actuales bases de la sociedad que el de corromper su moneda. Ese proceso emplea todas las fuerzas ocultas de la ley económica en la tarea de la destrucción, y lo hace de una manera que sólo una persona en mil es capaz de diagnosticarla” (Citado en “Ciencia y teoría económica” de Luis Pazos – Editorial Diana SA – México 1981)

¿En qué consiste la propuesta keynesiana? Luis Pazos la describe de la siguiente manera:

“Al invertir y gastar dinero, el gobierno va a aumentar la demanda efectiva y los fabricantes tendrán a quien vender. Al ver aumentadas sus ventas, los fabricantes aumentarán la producción, lo que traerá como consecuencia una ocupación mayor y una solución al problema del desempleo. Parece como si Keynes hubiera descubierto una solución muy sencilla que acaba con todos los problemas de una economía. Si eso fuera cierto, ya se hubiera acabado con la pobreza de los países subdesarrollados; pues la solución sería que el gobierno emitiera billetes, los repartieran y todos ejercieran su poder de compra, y al ver los productores la rápida venta de sus productos, produjeran más, con el consiguiente aumento en la ocupación de mano de obra”.

“La creación de demanda efectiva, que es la solución del desempleo y la forma de salir de una crisis económica, según Keynes puede hacerse:

1) Mediante el aumento del gasto público y la creación de un déficit presupuestario.
2) La política monetaria de aumentar el circulante. Según Keynes, al ver la gente que baja el poder adquisitivo del dinero, prefiere invertir que ahorrar.
3) Mediante el dinero barato: bajar las tasas de interés.

“Keynes dio importancia vital al gasto y pareció olvidar que la producción es limitada y requiere de tiempo para su aumento; pensó que un gobierno podía lograr, por medio del aumento de circulante, una mayor producción”.

“Las políticas keynesianas, que conducen al déficit presupuestario y al aumento del circulante monetario, solamente han logrado dilatar la crisis, proyectándolas al futuro con mayor fuerza. En concreto, han producido la inflación y una intervención progresiva del Estado, con el peligro de culminar en un control completo de la economía por éste, situación que no quería Keynes”.

Uno de los objetivos de Keynes era la reducción del desempleo. La solución práctica e inmediata consiste en la reducción de salarios para facilitar nuevos empleos. Pero esta solución resulta “políticamente incorrecta”, de ahí que, al promover el gasto público (y la inflación consiguiente) ésta produce inevitablemente una reducción de los salarios reales….y así se promueve el empleo. Ludwig von Mises escribió al respecto:

“Si durante el periodo inflacionario el aumento de los precios de los bienes excede el incremento de los salarios nominales, la tasa de desempleo caerá, pero este hecho ocurrirá como consecuencia de que los salarios reales están cayendo. Lord Keynes recomendaba la expansión del crédito porque creía que los asalariados se conformarían con el resultado; creía que «una baja gradual y automática de los salarios reales, como resultado del aumento de los precios», no seria tan fuertemente resistida por los trabajadores como un intento de disminuir los salarios nominales”.

“Pero, aunque lo sostenido por Lord Keynes fuera correcto, nada bueno podría surgir de ese engaño. Los grandes conflictos de ideas deben ser resueltos con métodos directos y honestos, no mediante artificios y subterfugios” (De “Planificación para la libertad” – Centro de Estudios sobre la Libertad – Buenos Aires 1986).

En cuanto al deterioro de la moneda, Luis Pazos establece la siguiente secuencia:

1) Inflación = Emisión de papel moneda (créditos, etc.) sin respaldo de bienes en el mercado.
2) Inflación + Control de precios = Escasez + Mercado negro
3) Escasez + Mercado negro = Racionamiento y sistema de colas
4) Pérdida total del poder adquisitivo del dinero = Regreso al trueque

Los procesos inflacionarios tienden a acelerar la producción en sus comienzos, por lo cual algunos políticos consideran a la inflación como algo “positivo para la economía”. Milton Friedman escribió:

“Cuando un país inicia un periodo de aumento de los precios, los efectos iniciales parecen buenos. La cantidad de dinero más alta permite que cualquiera tenga acceso a él –en la actualidad principalmente el Estado- para gastar más sin que ninguna persona tenga que reducir sus gastos. Hay más puestos de trabajo, la actividad económica se anima y –al principio- prácticamente todo el mundo es feliz. Todo lo anterior constituye los buenos efectos”.

“Pero entonces el mayor gasto empieza a hacer aumentar los precios; los trabajadores se dan cuenta de que el salario que perciben, aunque monetariamente sea más elevado, les permite adquirir menos bienes; los empresarios ven que sus costes han aumentado, de modo que las ventas adicionales realizadas no proporcionarán un beneficio tan alto como el que habían anticipado, a menos que aumenten los precios aún más. Empiezan a emerger las malas consecuencias: precios más elevados, la demanda está más apagada, la inflación se combina con el estancamiento” (De “Libertad de elegir” de Milton y Rose Friedman – Ediciones Grijalbo SA – 1980 Barcelona)

Existe una ecuación, debida a Irving Fisher, en la que aparecen las variables relevantes en un proceso inflacionario:

M V = P T

(Masa monetaria) (Velocidad de circulación) = (Precios) (Total de bienes disponibles)

En donde M es la cantidad de moneda circulante, V es la velocidad con que circula. P es el nivel de precios mientras que T es la cantidad de bienes y servicios disponibles para ser adquiridos.

Podemos extraer de esta relación algunas conclusiones simples. Si aumenta la masa circulante de dinero M, o su velocidad V (asociadas a la impresión de nuevos billetes o al otorgamiento de créditos) y si no aumenta simultáneamente la producción T, entonces aumentará el nivel de precios P, para que se mantenga la igualdad.

Si aumenta la producción (bienes disponibles T), manteniéndose constantes M y V, habrá una reducción de precios P (lo que nos lleva por otro camino a la ley de la oferta y la demanda, que indica que el precio decae cuando aumenta la oferta).

El ciudadano común (al menos en su gran mayoría), al igual que muchos políticos, “no cree” en las leyes del mercado. De ahí que los elementales análisis anteriores de poco servirán. Y si el proceso keynesiano falla, entonces dirá que los “conspiradores” lo hicieron fallar.

Milton Friedman escribió: “La financiación del gasto público mediante el aumento de la cantidad de dinero parece una cosa más bien mágica, como si se consiguiera algo de la nada. Para utilizar un ejemplo sencillo, el Estado construye una carretera y la paga con billetes de la Reserva Federal [Banco Central en el caso argentino] recién emitidos. Parece como si todo el mundo estuviera en una situación mejor. Los trabajadores que han construido la carretera han recibido sus salarios y pueden comprar alimentos, ropas y vivienda con ellos; nadie ha pagado impuestos. Sin embargo, donde antes no había nada, ahora hay una carretera. ¿Quién la ha pagado?”.

“La respuesta es que todos los tenedores de dinero la han pagado. El dinero adicional aumenta los precios cuando se destina para inducir a los trabajadores a construir la carretera en vez de dedicarlos a cualquier otra actividad productiva. Esos precios más altos se mantienen mientras el dinero adicional circula a través de la corriente de gastos de los trabajadores a los vendedores de lo que aquéllos compran, de esos vendedores a otros, y así sucesivamente”.

Para la mayoría de los habitantes, los buenos gobiernos son los que “distribuyen las riquezas” y quieren al pueblo, aunque a veces tal “distribución” venga acompañada de inflación y el remedio resulta peor que la enfermedad. Por el contrario, quienes promueven la adaptación de la sociedad a las leyes del mercado, son considerados “gente perversa y egoísta” de tal forma que cada vez el intervencionismo tiene mayor cantidad de adeptos.

domingo, 6 de febrero de 2011

La responsabilidad del intelectual

Mientras que el político, por lo general, no dice la verdad, o toda la verdad, respecto de la realidad cotidiana, el intelectual es quien la dice. El primero se guía por la cantidad de votos a favor o en contra que puede lograr en una próxima elección. El segundo debe atenerse estrictamente a la verdad para ser un intelectual auténtico. Alexandr Solyenitsin escribió:

“Ciertamente, los escritores preocupados por la verdad nunca tuvieron, ni tienen (¡Ni tendrán!) una vida fácil: con uno acabaron a calumnias; con otro en duelo; con éste, por el fracaso de su vida familiar; con aquél, por la ruina y una miseria constante e irremediable, con aquél otro mediante el manicomio, con el de más allá mediante la cárcel. Y si todo les va bien, como en el caso de León Tolstoi, tanto más amargamente los desgarrará por dentro la propia conciencia”

“Una circunstancia que me ha llevado a escribir este libro es nuestra cruel y cobarde manía del silencio, de la que provienen todas las desgracias de nuestro país. Tenemos miedo, no ya de decir, escribir y contar abiertamente a los amigos lo que pensamos o cómo de verdad ocurrieron las cosas, sino de hasta confiarlo al papel, porque igual que antes, hay una espada colgando sobre cada una de nuestras cabezas, ¡ay que cae! Lo que todavía durará este silencio, no se puede predecir, tal vez a muchos de nosotros nos destrozarán antes, y desaparecerá con nosotros lo que no llegamos a decir” (De “Memorias” de Alexandr Solyenitsin – Editorial Argos SA – Aragón 1977).

En épocas pasadas, los profetas hebreos orientaban a su pueblo; mientras los filósofos griegos hacían lo propio con el suyo. En la actualidad tal misión queda reservada al intelectual. Cuando las sociedades entran en profundas crisis, es posible que ello se deba a que la intelectualidad ha perdido su rumbo, o bien que no tenga capacidad de convencimiento sobre las masas, o que las masas adoptan una actitud de rebeldía. José Ortega y Gasset escribió:

“Tal vez no haya cosa que califique más certeramente a un pueblo y a cada época de su historia como el estado de las relaciones entre la masa y la minoría directora. La acción pública –política, intelectual y educativa- es, según su nombre indica, de tal carácter que el individuo por sí solo, cualquiera que sea el grado de su genialidad, no puede ejercerla eficazmente. La influencia pública o, si se prefiere llamarla así, la influencia social, emana de energías muy diferentes de las que actúan en la influencia privada que cada persona puede ejercer sobre su vecina. Un hombre no es nunca eficaz por sus cualidades individuales, sino por la energía social que la masa ha depositado en él. Sus talentos personales fueron sólo el motivo, ocasión o pretexto para que se condensase en él ese dinamismo social”.

“Así, cuando en una nación la masa se niega a ser masa –esto es, a seguir a la minoría directora- la nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobreviene el caos social, la invertebración histórica” (De “España invertebrada” de José Ortega y Gasset – Espasa-Calpe SA – Madrid 1967)

Es oportuno señalar que el intelectual responsable debe dirigirse a los demás como si no fuesen hombres masas, para que, con el tiempo dejen de serlo. Por el contrario, cuando el contenido de sus palabras tiene la intención de gobernar mentalmente a otros hombres, a mirar la realidad por ellos, se desvirtúa su misión. Wolfgang Goethe escribió: “Trata a la gente como si fuera lo que debería ser y la ayudarás a convertirse en lo que es capaz de ser”.

Las tendencias populistas y totalitarias promueven la rebelión de las masas. Ello se debe a que sus mensajes llevan la abierta intención de dirigirlas a través del estímulo de actitudes intolerantes y exigentes, incluso hasta promover el odio sectorial. Por ello han elevado a la categoría de ejemplo al guerrillero Ernesto Guevara, quien, en el mensaje que dio ante el Congreso Tricontinental del 16 de Abril de 1967, expresó: “Es preciso, por encima de todo, mantener vivo nuestro odio y alimentarlo hasta el paroxismo…..el odio como elemento de lucha, un odio implacable al enemigo que nos impulsa más allá de las limitaciones naturales propias del hombre y lo transforma en una máquina de matar efectiva, seductora y fría…Un pueblo sin odio no puede triunfar” (Citado en “La idolatría del Estado” de Carlos Mira – Ediciones B Argentina SA – Buenos Aires 2009).

En cuanto a su accionar, debemos distinguir entre los asesinatos de manera directa (unos 216) y los asesinatos que ordenó a sus subalternos (unos 1.500). Juan José Sebreli escribió: “El único triunfo del Che fue la batalla de Santa Clara, que se redujo al asalto a un tren blindado, donde los soldados de Batista se entregaron sin luchar” (De “Comediantes y mártires” de Juan José Sebreli – Editorial Debate – Buenos Aires 2008).

Nicolás Márquez escribió: “Cabe sumar el agravante de que esos asesinatos no formaron parte del contexto naturalmente cruel de una guerra (no hay registro de que Guevara en combate haya matado a un enemigo) en cuyo caso obviamente cabría algún tipo de disculpa o atenuante. Pues no es el caso”.

“Jamás tuvo Guevara un acto de arrepentimiento ni de contrición. Poco antes de abandonar la función publica en Cuba y partir al Congo a seguir exportando violencia, el 11 de diciembre de 1964 ante la Asamblea de la ONU y siendo todavía Ministro de Industrias confesó: «Fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando». (De “El canalla” de Nicolás Márquez – Buenos Aires 2009).

¿Puede denominarse “intelectual” a quien acepta como válida la postura y el accionar de personajes como Ernesto Che Guevara, que promueven el odio en forma abierta y descarada y que simplemente se dedicaban a asesinar a seres humanos? La supuesta “supremacía ética” del izquierdista, por medio de la cual pretende dirigir la sociedad, queda desvirtuada principalmente por el hecho de orientar a la juventud al odio sectorial, que muchas veces termina en simple terrorismo.

En cuanto a la intelectualidad latinoamericana, Carlos A. Montaner escribió: “Esta característica de nuestra cultura [ser un experto en todos los temas] no tendría mayor importancia si no fuera por sus destructivas consecuencias. Esta «todología» -la facultad de hablar acerca de todo sin modestia o conocimiento- practicada con gran entusiasmo por nuestros intelectuales tiene su precio: todo lo que declaran y repiten se convierte en un elemento clave en la creación de una cosmovisión latinoamericana. Esta característica de nuestra cultura tiene serias consecuencias, ya que un número significativo de intelectuales latinoamericanos es antioccidente, antiyanquis y antimercado” (De “La cultura es lo que importa” de S.P. Huntington, L.E. Harrison y otros – Grupo Editorial Planeta/Ariel – Buenos Aires 2001).

La crisis de la intelectualidad se debe, entre otros factores, a la plena vigencia del relativismo moral, cognitivo y cultural. Si no existe el Bien ni la Verdad, en sentido objetivo, entonces no habría que buscarlas. Si una cultura no es superior a otra, en algún aspecto, entonces no tiene sentido tratar de progresar hacia ella.
En lugar de validar todo conocimiento propuesto en función de su adaptación a la realidad, tal como se establece en la ciencia experimental, se recurre a que “todo vale”, amparado en el relativismo cognitivo. Incluso se llega al extremo de descalificar opiniones debido a que surgen de “mentes alienadas” según la clase social a la que pertenezcan. Al respecto podemos mencionar el caso de los filósofos romanos Marco Aurelio, que fue emperador, y el caso sorprendente de Epicteto, que fue un esclavo. Su baja condición social no le impidió pasar a la historia como un pensador original.

En cuanto a la intelectualidad norteamericana, Irving Kristol la denomina como la “nueva clase”, escribiendo al respecto:

“Esta nueva clase no es fácil de definir pero puede ser descripta. Consiste en una buena proporción de esa gente que ha recibido educación universitaria, cuyas vocaciones y habilidades prosperan en una «sociedad post industrial»….Nos estamos refiriendo a científicos, profesores y directores de enseñanza, periodistas y gente que trabaja en los medios de comunicación, psicólogos y trabajadores sociales, abogados y médicos que hacen su carrera dentro del creciente mundo de la administración pública, planificadores urbanos, empleados de grandes fundaciones, altos funcionarios de la burocracia estatal, etc……Los miembros de la «nueva clase» no «controlan» los medios de difusión; son los medios de difusión, así como son nuestro sistema educativo, nuestro sistema de salud y de bienestar social, y muchas cosas más…”.

“¿Qué quiere esta «nueva clase» y porqué es tan hostil a la comunidad empresaria? Bueno, uno debería entender que los miembros de esta «nueva clase» son idealistas, según el significado que el término tuvo durante la década del 60, es decir, que no se interesan tanto por el dinero sino por el poder. ¿Poder para qué? Poder para moldear nuestra civilización; poder que, en el sistema capitalista se supone reside en el mercado libre. La «nueva clase» desea que parte de ese poder pase al Estado, donde ella tendrá más influencia para decidir cómo debe ser ejercido” (Citado en “La hora de la verdad” de William E. Simon - Emecé Editores SA – Buenos Aires 1980).

Quienes no se ajustan estrictamente a la verdad, en cierta forma están imponiendo a los demás una forma distorsionada de la realidad; están tratando, en forma consciente o no, de gobernar mentalmente a otros individuos. En el gobierno mental del hombre sobre el hombre aparece nuevamente el antagonismo bíblico entre el gobierno de Dios sobre el hombre, denominado el Reino de Dios, y el gobierno del hombre sobre el hombre, principalmente a través de la mentira o a través del Estado.

En nuestra época es imprescindible llegar a la actitud del científico porque sus objetivos consisten en la descripción de la ley natural, que no es otra cosa que la ley de Dios. Una vez conocida esta ley (principalmente las leyes asociadas al comportamiento humano) el hombre podrá gobernarse por si mismo, adquiriendo libertad, especialmente de los pseudointelectuales que conocen parcialmente la verdad o bien cuando la distorsionan totalmente.

domingo, 30 de enero de 2011

Distribución de la riqueza

Respecto de quién debe distribuir lo generado por el trabajo del hombre, existen dos propuestas extremas:

a) La mano invisible (el proceso del mercado)
b) La mano visible (el Estado)

Quienes adhieren a que sean las decisiones y el trabajo individuales los factores principales de la distribución, adoptan la postura promovida por el liberalismo. Estiman que la producción y la distribución de bienes y servicios deben quedar a cargo de la actividad privada, a través del mercado, reservando al Estado el cumplimiento de funciones tales como: la educación, la salud pública, la defensa exterior, la seguridad interior, la justicia, la supervisión de una moneda sana, la sanción de leyes, el hacer cumplir la ley. Proponen que el Estado no participe en forma directa en la producción y en la distribución para que pueda dedicarse en forma efectiva a sus funciones específicas.

Quienes adhieren a que sean las decisiones de quienes dirigen al Estado los que conformen el criterio distributivo, son las tendencia socialistas, ya sea el socialismo nacional (fascismo, nazismo, peronismo) o bien el socialismo internacional (marxismo). Estas tendencias se denominan “totalitarias”, por cuanto se orientan hacia el pleno dominio del Estado, que tendría a cargo las funciones mencionadas antes, además de las que atañen a la economía. Debe hacerse una distinción entre el socialismo internacional, que propone que el Estado cumpla con la misión tanto de producir como de distribuir y el socialismo nacional que propone que los empresarios produzcan, pero que el Estado distribuya.

¿Cómo distribuye el mercado? Supongamos el caso de un panadero que se hace rico porque es el único que produce pan en un pueblo. Por ser el único panadero, es posible que tienda a aumentar el precio del producto y a reducir el sueldo de sus empleados. Entonces podrá aparecer otro panadero que ha de competir por un sector del mercado en ese pueblo. El antiguo panadero esta vez no podrá aumentar el precio en forma arbitraria porque perderá a sus clientes. Tampoco podrá disminuir los sueldos porque perderá a sus empleados.

En este ejemplo puede observarse que el propio mecanismo del mercado corrigió la situación en la cual alguien pretendía ganar mucho dinero, incluso a costa de sus clientes y empleados. No hubo necesidad de que el Estado impusiera precios máximos al pan o sueldos mínimos a los empleados. Además, quienes promueven la plena vigencia del proceso del mercado, lo hacen justamente porque conocen su efectividad, y no porque quieran favorecer a los ricos, como generalmente suponen los que adhieren a alguna forma de totalitarismo.

¿Cómo distribuye el Estado? Antes de distribuir lo que no produjo, el Estado ha debido apoderarse de lo que otro hizo. Se dice que “el que parte y reparte, se queda con la mejor parte…”, por lo que el proceso distribuidor estatal no da ninguna garantía de ser “justo”.

La forma de apoderarse de la producción ajena consiste en la estatización de los medios de producción, en el caso del socialismo internacional, o bien de la confiscación de la mayor parte de las ganancias empresariales en el caso del socialismo nacional. Si el dinero que proviene de los impuestos al sector productivo no alcanza, el Estado se encarga de imprimir billetes u otorgar créditos sin tener presente lo que aconseja el mercado, o bien tratará de pedir préstamos (a veces para que sean pagados por un próximo gobierno).

Aun en el caso de que el gobierno totalitario tenga “buenas intenciones”, el deterioro de la economía será inevitable debido precisamente a la existencia de las leyes del mercado, de la “mano invisible” en la cual los socialistas “no creen”. Sin embargo, los efectos que se producen al transgredir algún tipo de ley natural ocurren ya sea que creamos o que no creamos en su existencia.

En el peor de los casos, el gobierno totalitario tiende a distribuir en forma desigual, favoreciendo al sector del pueblo que lo apoya. Incluso tal Estado tiene la posibilidad de castigar al sector opositor por cuanto tiene a su disposición la totalidad del poder, tanto político como económico. Por ello no resulta extraño que las grandes catástrofes humanas, con decenas de millones de muertos, se hayan producido justamente bajo gobiernos totalitarios, como los de Hitler, de Stalin y de Mao.

Demás está decir que tales personajes siniestros eran acérrimos enemigos del liberalismo y despreciaban las leyes del mercado, mientras que los mejores logros económicos se dan bajo la economía de mercado, o capitalismo. Sin embargo, con habilidad propagandística, los totalitarios han tergiversado la realidad de tal forma que la mayoría de la población supone que lo perverso es el capitalismo y no el socialismo.

El mensaje totalitario, dirigido al hombre masa, consiste esencialmente de los dos siguientes aspectos (según Carlos Mira):

1. Que es posible crear una casta protectora que prácticamente nos dé de comer en la boca sin costo ni esfuerzo propio.
2. Que la culpa de los males de la pobreza y la miseria la tiene un conjunto de privilegiados (que la casta aniquilará)

“De ambos, en un ataque de sinceridad brutal, podríamos decir que tienen relación con la vagancia (el primero) y con la rabia (el segundo)” (De “La idolatría del Estado” de Carlos Mira – Ediciones B Argentina SA – Buenos Aires 2009)

Uno de los objetivos básicos del socialismo internacional lo constituye la búsqueda de la igualdad (antes que buscar combatir la pobreza). Se asocia a la desigualdad económica la “desigualdad social”, ya que se ignoran otros valores humanos, como los aspectos afectivos e intelectuales. Se trata de que el envidioso no se sienta superado económicamente por otros.

Podemos hacer un resumen de las distintas posibilidades que se pueden presentar en el caso del panadero del pueblo:

a) No hay empresario panadero. Tal actividad laboral ha sido prohibida a nivel individual quedando a cargo de la planificación estatal. Si lo permitiera, los empleados constituirían una clase social inferior. Esto ocurre en los pocos países que acatan las sugerencias del socialismo internacional.
b) Panadero solo en un pueblo. No existen competidores, no hay mercado estrictamente hablando. Existe la posibilidad de que logre bastante riqueza personal. La ausencia de empresarios en una sociedad es lo que favorece este tipo de situación. Se da en el caso de países subdesarrollados.
c) Dos o más panaderos: aparece la competencia. Se reparten el mercado del pan en ese pueblo. Esta situación es conveniente para los consumidores y para la sociedad.
d) Dos o más panaderos; pero uno de ellos se hace “amigo” de las autoridades municipales del lugar para que lo favorezcan e incluso para que perjudiquen a los otros productores. El mercado se distorsiona seriamente. Tales autoridades reciben un beneficio monetario por la acción. Esto ocurre en los países en donde predomina la actitud propuesta por el socialismo nacional, en donde el gobierno es aliado de algunos empresarios y de los sindicalistas para beneficio de un sector de la sociedad, pero ineficaz para el resto.

Las situaciones mencionadas pueden asociarse a las actitudes básicas del hombre. Así, la prohibición estatal a la producción individual tiende a proteger al envidioso, pero la dependencia que existe respecto del Estado produce sociedades parecidas a una cárcel. La sociedad se guía por una expresión atribuida a Louis Blanc (y repetida por Marx): “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. Se produce en forma desigual pero se distribuye en forma igualitaria (en teoría al menos).

En el segundo caso, cuando hay pocos empresarios, predomina la negligencia. Se dice que “falla el sistema del mercado” y que se producen grandes desigualdades. Pero debe aclararse que ello no ocurre por culpa de los pocos empresarios que existen, sino de los que no están.

En el tercer caso, cuando son varios productores los que concurren al mercado, se produce una cooperación productiva y distributiva, lográndose los mejores resultados para todos. Alguien expresó: “Quien no es socialista de joven, no tiene corazón; quien no es liberal de adulto, no tiene cerebro”.

En el cuarto caso, predomina el egoísmo ya que se busca el beneficio de sectores (gobierno, algunos empresarios, sindicatos) en desmedro del resto de la sociedad. Se aducen, por supuesto, grandes objetivos nacionales que justificarían tal accionar. Benito Mussolini expresó: “El fascismo debería llamarse en realidad «corporativismo»”.

Los sistemas totalitarios gozan, sin embargo, de bastante aceptación por cuanto se interpreta que las grandes crisis económicas, como la reciente del 2008, son una muestra de la “debilidad del capitalismo”. Sin embargo, es necesario tener presente las causas principales que generaron tal crisis:

a) Otorgamiento de créditos blandos para viviendas (en EEUU), para sectores de pocos recursos, establecidos mediante una ley estatal sin tener en cuenta al mercado (actitud socialista)
b) Especulación financiera

El economista Ludwig von Mises escribió hace varias décadas: “La depresión es consecuencia de la expansión del crédito”. Además, el liberalismo propone al mercado como un proceso que facilita la producción y la distribución de bienes y servicios, no contemplando desvíos éticos tales como la especulación, acción en la que nada se produce ni nada se distribuye. No existe sistema económico que pueda suplantar los defectos éticos básicos y elementales.

jueves, 27 de enero de 2011

Producción y distribución


La fuerza productiva de una sociedad radica en los deseos de cada uno de nosotros de mejorar nuestra calidad de vida. Uno de los aspectos indiscutibles de la ciencia económica lo constituye este fundamento básico. Irving Kristol escribió: “La teoría económica sobrevive por estas verdades sólidas acerca de la condición humana que fueron enunciadas comprensivamente por primera vez en La Riqueza de las Naciones. Entre estas verdades están:

1) La abrumadora mayoría de los hombres y mujeres se interesan natural e incorregiblemente en mejorar sus condiciones materiales.

2) Los esfuerzos por reprimir este deseo natural sólo conducen a formas de gobierno coercitivas y empobrecidas.

3) Cuando a este deseo natural se le da altitud suficiente de modo que no se desalientan las transacciones comerciales, tiene lugar el crecimiento económico.

4) Como resultado de tal crecimiento, todos finalmente mejoran su condición, por desigualmente que sea en grado o tiempo.

5) Tal crecimiento económico resulta de una enorme expansión de las clases medias que poseen propiedades, una condición necesaria (aunque no suficiente) para una sociedad liberal en donde se respetan los derechos individuales.

(Del libro “La crisis en la teoría económica” de Daniel Bell e Irving Kristol –
Ediciones El Cronista Comercial – Buenos Aires 1983).

Esto implica que el mérito de todo Estado consiste en favorecer la tendencia natural de la producción mientras que su debilidad radica en la oposición que presenta a esa tendencia.

Para el liberalismo, el mercado constituye un mismo proceso de producción y de distribución, mientras que el socialismo propone al Estado como productor y distribuidor de la producción. De ahí que hay quienes sugieren una tercera posibilidad, el intervencionismo o distribucionismo, en donde se propone que produzcan los empresarios bajo el sistema de mercado, pero que distribuya el Estado a través de los gobernantes.

Se dice que el proceso del mercado es “democrático”, en el sentido de que todos tenemos la opción de elegir entre varios productos o entre varias empresas, mientras que la distribución a través del Estado implica una anulación de tal libertad elemental para ser reemplazada por las decisiones de los políticos a cargo del Estado.

En cuanto al socialismo y al intervencionismo, podemos decir que se basan en la desconfianza básica que existe respecto de las decisiones individuales que realiza toda persona cotidianamente en el mercado. Incluso se fundamentan en dos generalizaciones erróneas. La primera consiste en suponer que todo empresario en egoísta y perverso, mientras que la segunda consiste en suponer que todo político a cargo del Estado es “bueno por naturaleza” (generoso repartiendo lo ajeno).

El intervencionismo se caracteriza por establecer impuestos progresivos a las empresas, en lugar de proporcionales. Un impuesto proporcional implica un porcentaje fijo para todos los contribuyentes, de tal manera que el que gana diez veces mas que otro, paga diez veces más impuestos, mientras que el impuesto progresivo implica mayores tasas mientras mayores sean las ganancias, lo que entra en la categoría de una confiscación.

Las social-democracias, justamente, proponen que el empresario produzca con cierta libertad, mientras que luego el Estado confiscará gran parte de sus ganancias para distribuirla “igualitariamente” (en teoría al menos) entre la población. Esta tendencia goza de bastante aceptación en muchos jóvenes por cuanto no son adeptos al estudio y al trabajo y ven así una posibilidad de poder vivir a costa del resto de la sociedad.

Es imprescindible tener presente que la competencia que existe entre empresarios no se debe, en general, a las excesivas ambiciones materiales de los mismos, como se cree habitualmente. Podemos decir, por el contrario, que esta competencia nace de la “infidelidad” del cliente, que cambia de empresa en cuanto la empresa rival le ofrece un producto más ventajoso, en calidad o precio.

Gordon Moore, un directivo y fundador de Intel Corporation, expresó: “Este negocio está siempre al filo del desastre”. Esta expresión resulta llamativa tratándose de una de las mayores empresas de semiconductores que existe a nivel mundial. Si tal empresa deja de hacer inversiones, en investigación, que resultan del orden de los miles de millones de dólares, se arriesga a quedar fuera del mercado en un lapso no muy grande, por lo cual está obligada a hacerlo como una simple estrategia de supervivencia.

Alguien puede argumentar, a favor del intervencionismo, que si el Estado confisca también las ganancias de las empresas rivales de Intel, no sufriría la pérdida de un importante sector del mercado. Pero si la confiscación resulta masiva, la investigación y la innovación tecnológica bajan su nivel de crecimiento y las empresas trabajarán a “media máquina”, como siempre ha ocurrido en los países socialistas.

Al reducirse la inversión (formación de capitales), también se reducirán los salarios promedios de los trabajadores, ya que éstos dependen en forma directa del capital per capita invertido en un país. Ello significa que la productividad del trabajo (y los sueldos) se elevan notablemente disponiendo de elementos de trabajo asociados a un elevado nivel tecnológico. Alberto Benegas Lynch (h) escribió: “La aludida redistribución, al cambiar los destinos de los recursos de las áreas productivas a las no productivas, consume capital y, por tanto, disminuye ingresos y salarios en términos reales. En otras palabras, a través de la redistribución, entre otras cosas, se logran los objetivos opuestos a los deseados”. (De “Socialismo de mercado” de Alberto Benegas Lynch (h) – Ameghino Editora SA – Rosario 1997)

La economía contempla la posibilidad de describir el funcionamiento del mercado para adoptar las mejores decisiones orientadas a la producción. De ahí que no trata de favorecer ideales totalmente materialistas y superfluos como lo es “el sueño americano”, que no apunta a ser útil a la sociedad sino a obtener dinero como un objetivo personal en sí mismo. Este tipo de objetivos lleva a muchos a seguir el camino de la especulación, que tarde o temprano favorecerá la aparición de crisis económicas y sociales de todo tipo.

Mientras que el liberalismo promueve la economía de mercado para aumentar la producción y mejorar la distribución, las tendencias socialistas, y también las intervencionistas, tienden a buscar una “distribución igualitaria”, incluso en desmedro del nivel de producción a obtener. Las razones de esos objetivos provendrían de la búsqueda de cierta protección hacia quien posee una actitud envidiosa. Gonzalo Fernández de la Mora escribió:

“La experiencia ha demostrado de modo irrefragable que la gestión estatal es menos eficaz que la privada ¿Qué sentido tienen, pues, las nacionalizaciones? Principalmente el de desposeer, o sea, el de satisfacer la envidia igualitaria. También es un hecho que la inversión particular es mucho más rentable e innovadora y crea más puestos de trabajo que la pública no subsidiaria. Entonces ¿por qué se insiste en incrementar la participación estatal en la economía? En gran medida, para despersonalizar la propiedad, o sea, para satisfacer la envidia igualitaria. Es evidente que la mayor parte del gasto público no crea capital social, sino que se destina al consumo. ¿Por qué, entonces, arrebatar con una fiscalidad creciente a la inversión privada fracciones cada vez mayores de sus ahorros? También para que no haya ricos, es decir, para satisfacer la envidia igualitaria. Lo justo es que cada ciudadano tribute en proporción a sus rentas. Esto supuesto, ¿por qué, mediante la imposición progresiva, se hace pagar a unos hasta un porcentaje diez veces superior al de otros por la misma cantidad de ingresos? Para penalizar la superior capacidad, o sea, para satisfacer la envidia igualitaria. Lo equitativo es que las remuneraciones sean proporcionales a los rendimientos. En tal caso, ¿por qué se insiste en aproximar los salarios? Para que nadie gane más que otro y, de este modo, satisfacer la envidia igualitaria. El supremo incentivo para estimular la productividad son las primas de producción. ¿Por qué, entonces, se exige que los incrementos salariales sean lineales? Para castigar al más laborioso y preparado, con lo que se satisface la envidia igualitaria. Y así sucesivamente.”

“El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor” (De “La endivia igualitaria” de Gonzalo Fernández de la Mora – Editorial Planeta SA – Barcelona 1984).

Las ambiciones desmedidas por poseer, las ambiciones desmedidas para que otros no posean, junto con la falta de ambiciones, no son otra cosa que las proyecciones, en el comportamiento económico, de las actitudes egoístas, de odio y negligencia que poseemos, en mayor o menor grado, los seres humanos. La búsqueda de beneficios simultáneos en todo intercambio no es otra cosa que la proyección, a la economía, de la actitud predicada por el cristianismo consistente en compartir las penas y las alegrías de nuestros semejantes.

Vemos que las distintas posturas, en economía, no dependen tanto de la postura filosófica adoptada por el individuo, sino principalmente de su actitud ética.

lunes, 10 de enero de 2011

Capitalismo operativo

Si nos atenemos a las definiciones establecidas por los economistas más representativos del capitalismo, podemos decir que se trata de un sistema de producción y de distribución de bienes y servicios, que promueve la adaptación de la sociedad a las leyes del mercado.

La palabra “adaptación” sugiere que todo individuo debe ser apto para desempeñarse bajo las reglas aceptadas por la sociedad o bien impuestas por la naturaleza (leyes naturales). En el caso de las leyes económicas derivadas del proceso del mercado, es necesario aclarar que una persona puede ser apta para distintas finalidades u objetivos, y poco apta para otros, si así lo decide, es decir, puede adaptarse tanto para utilizar el proceso en su propio beneficio y en perjuicio de los demás (actitud egoísta o competitiva) o bien podrá adaptarse para buscar un beneficio simultáneo con los demás (actitud cooperativa). Debemos distinguir entre competencia constructiva (cooperativa) y competencia destructiva, ya que son tendencias que provienen de actitudes muy distintas.

Suponiendo la existencia de una actitud característica en cada individuo, puede decirse que una misma actitud será mostrada en distintas circunstancias y que la misma actitud que un individuo muestra en el trato social cotidiano, será la que mostrará en sus intercambios de tipo económico. De ahí que la ética mostrada en sus decisiones económicas no será demasiado distinta de la mostrada en los otros aspectos de la vida. Por lo que el éxito de la economía de mercado parte de cierto nivel ético básico asociado a los individuos que componen la sociedad.

Podemos denominar “capitalismo operativo” al pequeño listado de sugerencias prácticas destinadas tanto al ciudadano común como a quienes toman decisiones desde el Estado. Estas sugerencias estarán orientadas al predominio de la actitud cooperativa sobre otras actitudes.

1)Trabajar (producir)
2)Ahorrar productivamente (generar capital)
3)Buscar el beneficio simultáneo entre las partes intervinientes en todo intercambio
4)Tener presente la ley de oferta y demanda
5)No gastar más de lo que se tiene
6)Respetar la propiedad ajena

Podemos hacer una síntesis de los principales casos en que no se respetan algunas de las leyes básicas de la economía. Cuando no se respeta la ley de la oferta y la demanda, ni tampoco la propiedad privada, se llega al capitalismo de Estado, o socialismo, cuyos pobres resultados quedan fuera de toda duda. Cuando no se respeta la ley elemental del trabajo, o del ahorro productivo, se obtienen pobres resultados económicos. Cuando no se respeta la búsqueda del beneficio simultáneo se cae en la especulación, actitud que favorece las graves crisis económicas. Cuando el Estado gasta más de lo que tiene, entra en un proceso inflacionario, algo corriente bajo la política social-demócrata.

Se dice que un seguidor del conquistador mongol Gengis Khan le recomienda que, en lugar del habitual exterminio de los pueblos conquistados, los hiciera trabajar en su provecho, apareciendo la esclavitud forzada como una ventaja social para la época. En forma similar, en lugar de la expropiación de las empresas privadas por parte del Estado, como lo establece el marxismo básico, se sugiere confiscar la mayor parte de sus ganancias para efectuar luego la distribución. Ello implicará una pobre capitalización y la transferencia de dinero de los sectores productivos a los no productivos, impidiendo el crecimiento de la producción y favoreciendo actitudes poco favorables hacia el trabajo.

En cuanto a tener presente la ley de oferta y demanda, ello no significa que esta ley deba ubicarse como rectora de la sociedad, de tal manera que se justifique cualquier decisión invocándola, como ocurre con algunos programas televisivos que transgreden elementales normas éticas aduciendo que lo hacen porque deben competir con otros programas rivales. Las normas éticas deben imperar sobre los resultados económicos, para obtener así los mejores beneficios para la sociedad.

Respecto a no gastar más de lo que se tiene, es oportuno considerar el caso de quienes toman decisiones desde el Estado con el dinero de todos. Generalmente, los políticos realizan sus actividades motivados por ambiciones personales y reparten, a través de planes sociales, lo que el Estado no posee, comenzando de esa forma los problemas inflacionarios y de otros tipos. Previamente agotaron lo recibido mediante impuestos.

En muchos países, si se tiene en cuenta la cantidad de pobres existentes y el monto destinado a ellos, se observa que en poco tiempo no debería haber pobreza. Pero la pobreza persiste por cuanto los “distribuidores de riquezas” absorben la mayor parte de tal ayuda. William E. Simon escribió: “¿Qué sucedió, entonces? La respuesta es que sólo parte del dinero llegó a sus destinatarios. Diría que la mayor parte del dinero fue a la gente que los consuela, que examina sus dificultades, que trata de ayudarlos e inventa estrategias para sacarlos de sus miserias. Fue a los consejeros, a los planificadores, ingenieros sociales, expertos en urbanismo y a los asistentes administrativos de los asistentes administrativos que trabajan para el gobierno federal” (De “La hora de la verdad” de William E. Simon – Emecé Editores SA – Buenos Aires 1980). El autor citado se refiere a los EEUU, pero esto ocurre también en otros países.

Estos generosos burócratas (generosos para repartir el dinero ajeno) se asignan atributos éticos elevados y descalifican a quienes los critican. El motivo aparente de sus acciones es buscar la “igualdad social”. Esta tendencia es conocida como “igualitarismo”. Al respecto, William E. Simon escribió: “La igualdad del igualitarismo es muy diferente [a la propuesta por la Constitución]. Es un concepto que considera a los hombres, idealmente, como unidades intercambiables y busca negar las diferencias individuales que hay entre ellos, sobre todo las diferencias decisivas de carácter, habilidad y capacidad para el esfuerzo. El igualitarista busca una igualdad colectiva, no igualdad de oportunidades sino de resultados. Desea tomar los beneficios que otros han ganado y repartirlos entre quienes no los ganaron. El sistema que busca crear es lo opuesto a la meritocracia. El que más logra, más castigado resulta; el que menos logra, más recibe. El igualitarismo es un ataque mortal contra el esfuerzo personal y la justicia. Su objetivo no es realzar los logros individuales sino nivelar a todos los hombres”.

Es oportuno mencionar la severa crisis que sufrió el Estado de Nueva York en la década de los 70. Para solventar los gastos realizados, cubrían préstamos anteriores con otros nuevos, hasta que los inversores entraron en desconfianza. Luego, los políticos neoyorkinos reclamaron la ayuda del Estado nacional para solucionar su irresponsable desempeño. Uno de los beneficios sociales otorgados a los empleados públicos establecía su jubilación con cuarenta años de edad, justamente en la plenitud laboral del trabajador.

Cuando alguien cree que el capitalismo caerá con la caída de EEUU, deberá distinguir entre la posible caída de tal país bajo el predominio de políticos distribucionistas e igualitaristas, lo cual es bastante probable, y la inefectividad de la economía de mercado en sí. La proliferación de políticos que promueven al Estado benefactor, ignorando las leyes elementales de la economía, aún en el marco aparente de la economía de mercado, hace afirmar a muchos que el “capitalismo no funciona”, es decir, es evidente que no funciona si no se respetan sus reglas más elementales.

El político irresponsable promueve que el ciudadano apto para el trabajo tienda a ir quedado en la condición de beneficiario del Estado a la par de los ancianos, los niños y los incapacitados para el trabajo. Incluso muchos entienden que es obligación del Estado proveerles de una “vivienda digna”. Como no resulta sencillo obtener recursos económicos suficientes para que el Estado provea viviendas a quienes no la poseen, surge el descontento ante tal incumplimiento. Aparecen las protestas e incluso algunos se atreven a usurpar viviendas o tierras sin el menor sentimiento de culpa por cuanto creen que están efectivizando un derecho que les fue otorgado. La actitud que promueve la situación caótica que ello conlleva fue descripta por José Ortega y Gasset, quien escribió:

“El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantarlos”.

“El hombre masa tiene sólo apetitos, cree que sólo tiene derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre que no tiene la nobleza que obliga”.

“Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estratificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos. Cuando la masa siente alguna desventura, o simplemente algún fuerte apetito, es una gran tentación para ella esa permanente y segura posibilidad de conseguirlo todo –sin esfuerzo, sin lucha, duda ni riesgo– sin más que tocar el resorte y hacer funcionar la portentosa máquina. La masa dice «El Estado soy yo», lo cual es un perfecto error”.

“Pero el caso es que el hombre-masa cree, en efecto, que él es el Estado y tenderá cada vez más a hacerlo funcionar con cualquier pretexto, a aplastar con él toda minoría creadora que lo perturbe –que lo perturbe en cualquier orden: en política, en ideas, en industria” (De “La rebelión de las masas” de José Ortega y Gasset – Editorial Planeta-De Agostini SA – Barcelona 1985).

Mientras que, en general, hablamos de un proceso de adaptación del hombre a las leyes naturales, en situaciones de crisis podemos hablar también del proceso que va en sentido inverso. El proceso de desadaptación del individuo a las leyes del mercado forma parte del proceso general de desadaptación del hombre a las leyes naturales. La ignorancia de las leyes del mercado produce crisis económicas de la misma forma en que la ignorancia de las leyes naturales que nos rigen a nivel psicológico y social implica algún tipo de sufrimiento personal. La mejora ética individual es, en definitiva, el comienzo de toda mejora posible.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Totalitarismo


Como se estila generalmente en las ciencias sociales, conviene describir los casos extremos suponiendo que los demás casos forman un espectro continuo entre ambos, existiendo una gradual transición. Uno de ellos lo constituye el Estado paternalista (totalitarismo), mientras que el otro extremo estará constituido por el Estado liberal (democracia).

Para ubicarnos mejor en estos casos limites, recurriremos a una analogía. El Estado paternalista actuará como el padre sobre-protector que sólo reclama obediencia a sus hijos mientras que siempre decide por ellos, aún de grandes, impidiéndoles su normal crecimiento individual, mientras que el Estado liberal actuará como una madre que busca que sus hijos adquieran pronto una actitud responsable para que puedan así adaptarse rápidamente a la realidad social.

Mientras que en el pasado, quienes buscaban el poder, lo hacían a través de la conquista militar, a partir del siglo XX predominan los casos de políticos que aspiran al poder total a través del acceso al control del Estado. Benito Mussolini sugería: “Todo en el Estado; nada fuera del Estado ni contra el Estado”, de donde viene la palabra “totalitarismo”.

Es conveniente describir las actitudes básicas de quienes se identifican con las posturas políticas que estamos tratando. En cuanto a la mentalidad que han mostrado algunos políticos que dirigieron gobiernos totalitarios, podemos mencionar la opinión del psiquiatra H. Baruk respecto del escritor Friedrich Nietzsche, cuyas ideas concuerdan bastante con las de aquellos:

“Bajo el titulo de «nietzscheísmo y carencia de sentimientos humanitarios» he descrito una de las variedades de los trastornos de desarrollo. Se trata de personas que son incapaces de sentir simpatía por el medio humano”.

“Estos sujetos se nos presentan con un aire de sensibilidad, poético, romántico, artístico, que los hace simpáticos, pero se descubre enseguida que esta sensibilidad artística oculta un vacío profundo por lo que toca al hombre. También nos sorprende ver que estos sujetos de apariencia dulce y sensible, a los que conmovía el menor sufrimiento infligido a un pollito, no vacilarían, si tuvieran los medios de hacerlo, en sacrificar, o en mandar asesinar o torturar a seres humanos sin el menor escrúpulo y sin el menor sentimiento”.

“También encontramos en estos sujetos un sufrimiento agudo, que se vuelve a menudo rencor y odio. Sintiéndose extraños al medio de sus prójimos, tienen la impresión de ser rechazados, excluidos, y de esta manera conciben una violenta aversión por toda la humanidad, a la que desprecian profundamente y a la que quieren someter, dominar, aplastar bajo su bota en un deseo ardiente de compensación y de venganza y, en caso de necesidad, de exterminio” (De “Psiquiatría Moral Experimental” de H. Baruk – Editorial Fondo de Cultura Económica – México 1960).

Respecto de Mussolini, la escritora Laura Fermi escribió: “Nietzsche ejerció idéntica fascinación sobre el Mussolini socialista y agitador que sobre el Mussolini Duce del fascismo. Hacia el final de su vida, Mussolini continuaba siendo un admirador de Nietzsche, empleaba el lenguaje y las imágenes nietzscheanas y se esforzaba por encarnar las creaciones del filósofo. Cuando en su madurez se vio desposeído del poder, Mussolini admitió que muchas veces se había lanzado hacía objetivos elevados y ambiciosos siguiendo el camino que le marcaba Nietzsche” (De “Mussolini” de Laura Fermi – Ediciones Grijalbo SA – Barcelona 1973)

En cuanto a Vladimir Lenín, líder del comunismo, Bertrand Russell escribió: “Cuando conocí a Lenin, tuve mucha menos impresión de un gran hombre de lo que esperaba; mis más vívidas impresiones fueron de fanatismo y crueldad extremos. Cuando le interrogué acerca del socialismo en la agricultura, me explicó con júbilo cómo había incitado a los campesinos más pobres contra los más ricos: «Y muy pronto los colgaron de los árboles mas cercanos – ¡ja, ja, ja!» Sus risotadas ante el recuerdo de los muertos hicieron que la sangre se me congelara” (De “Ensayos impopulares” – Editorial Hermes – Buenos Aires 1963).

A pesar de las grandes catástrofes sociales producidas (decenas de millones de víctimas) por las tendencias totalitarias (fascismo, nazismo, comunismo), muchos adhieren a estas tendencias, lo que llama bastante la atención. Cada vez que se habla en contra del liberalismo, se está apoyando implícitamente a alguna tendencia totalitaria, con pocas excepciones. Al menos pocas veces se promueve una mejora ética para mejorar al capitalismo. De ahí que resulta oportuno conocer la actitud individual de quienes aceptan el totalitarismo aún conociendo los graves acontecimientos del pasado. Podemos sintetizar las metas buscadas en las tres siguientes:

a) Intercambio de protección por libertad.
b) Búsqueda de igualdad económica
c) Sentido social de la vida

Mientras que el nietzscheísmo citado antes (con distintos grados) caracteriza al futuro líder de un país totalitario, los tres objetivos mencionados caracterizan al habitante común de ese país.

En cuanto al intercambio de protección por libertad, muchos ven en el Estado la posibilidad de lograr seguridad económica y social, lo que no es una ambición criticable, excepto cuando la dependencia del individuo llegua a extremos en que se pierde la libertad. Ludwig von Mises escribió:

“Porque es lo cierto que, antes del liberalismo, clarividentes filósofos, fundadores, clérigos y políticos, animados de las mejores intenciones y auténticos amantes del bien de los pueblos, predicaron que la institución servil, la esclavitud de una parte del género humano, no era cosa mala ni injusta, sino por el contrario, normalmente útil y beneficiosa. Había hombres y pueblos destinados, por su propia naturaleza, a ser libres, en tanto que existían otros a quienes convenía más el estado servil. Y no eran sólo los amos quienes así se pronunciaban; la gran mayoría de los esclavos pensaba lo mismo. Para éstos tal condición tenia también sus ventajas; no habían, desde luego, de preocuparse del sustento; eso era cosa del dueño. De ahí que no fuera la fuerza, la coacción, lo que, en general, retuviera al esclavo” (De “Liberalismo” de Ludwig von Mises – Editorial Planeta-De Agostini SA – Barcelona 1994).

Otra de las ventajas que muchos ven en los sistemas totalitarios, como el comunismo, es la posibilidad (al menos en teoría) de tener un nivel económico que no será inferior al de los demás. Quienes tengan predisposición a la envidia, o quienes no tengan ambiciones ni iniciativa para el progreso económico, encuentran una “solución” a su situación, aunque no sea lo mejor para todos. Ludwig von Mises escribió:

“No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidiosa malevolencia. Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también, por su parte, padecerán”.

En cuanto al sentido de la vida ofrecido al individuo, debe señalarse que los sistemas totalitarios buscan el éxito de la sociedad y no del individuo (colectivismo), es decir, el éxito del individuo será una consecuencia del éxito de la sociedad, incluso se lo adoctrina para sacrificarse, si es necesario, por los demás. Ludwig von Mises escribe:

“El neurótico no puede soportar la vida como en verdad es. La realidad resulta para él demasiado dura, agria, grosera. Carece, en efecto, a diferencia de la persona saludable, de capacidad para «seguir adelante, siempre, como si tal cosa». Su debilidad se lo impide. Prefiera escudarse tras meras ilusiones”.

“La «mentira piadosa» tiene doble utilidad para el neurótico. Le consuela, por un lado, de sus pasados fracasos, abriéndole, por otro, la perspectiva de futuros éxitos. En el caso del fallo social, el único que en estos momentos interesa, consuela al interesado la idea de que, si dejó de alcanzar las doradas cumbres ambicionadas, ello no fue culpa suya, sino efecto obligado del defectuoso orden social prevalente. El malcontento confía en que la desaparición del sistema le deparará el éxito que anteriormente no consiguiera. Vano, por eso, resulta evidenciarle que la soñada utopía es inviable y que sólo sobre la sólida base de la propiedad privada de los medios de producción cabe cimentar una organización acogida a la división social del trabajo”.

“El neurótico se aferra a su tan querida «mentira piadosa» y, en el trance de renunciar a ésta o a la lógica, sacrifica la segunda, pues la vida, sin el consuelo que el ideario socialista le proporciona, resultaría insoportable. Porque, como decíamos, el marxismo le asegura que de su personal fracaso no es él el responsable; es la sociedad la culpable. Ello restaura en él la fe perdida, liberándole del sentimiento de inferioridad que, en otro caso, le acomplejaría”.

En los países totalitarios, especialmente los socialistas, las millones de decisiones económicas que a diario debieran hacer sus habitantes, son reemplazadas por la decisión del político encargado de establecer la previa planificación de la economía, con resultados poco favorables. William E. Simon escribió:

“Existe una profunda diferencia entre un hombre de negocios y un burócrata del Estado. El nivel de eficiencia de un hombre de negocios se mide por la solución que da a un problema y, cuanto más capacidad tenga de reaccionar ante la realidad externa, más eficiente será. El nivel de eficiencia de un burócrata está dado por la obediencia a las reglas y por el respeto a los intereses creados de los funcionarios más encumbrados” (De “La hora de la verdad” de William E. Simon – Emecé Editores SA – Buenos Aires 1980).

domingo, 5 de diciembre de 2010

Argentina y la ley de Marx

Una de las ideas más influyentes en el siglo XX fue la descripción de la lucha de clases sociales, y su posible solución, por parte de Marx. Según este autor, la burguesía (el empresariado) explota laboralmente al proletariado (los obreros). A los primeros los caracteriza como avaros, egoístas, desalmados, etc., mientras que a los segundos los considera honrados, trabajadores, solidarios, etc. Para subsanar los inconvenientes de esta situación, propone una sociedad sin clases: el socialismo.

Así como existe, en algunos países, discriminación racial, mediante la cual se asignan atributos negativos a todos los miembros de cierto grupo étnico, lo que siempre da como resultado una generalización errónea e injustificada, la idea que fundamenta al socialismo constituye una discriminación social ya que generaliza atributos negativos destinándolos a todos los integrantes del sector social de los empresarios.

Esta supuesta “ley” no tiene la generalidad supuesta, ya que en toda sociedad real no existe una relación directa y observable entre atributos éticos y nivel económico logrado. Lo que resulta real es la discriminación social que promueve.

Muchos lamentan el atraso de la India con su división social por castas. Sin embargo, cuando una sociedad se encuentra dividida en dos, tal como lo promueve la “ley de Marx”, se produce la situación de mayor riesgo, ya que favorece la “revolución proletaria” (guerra civil).

En cuanto a la inseguridad, que se cobra diariamente las vidas de muchos inocentes, parece estar promovida por la propia justicia. Se favorece la delincuencia liberando asesinos de las cárceles aduciendo que han sido previamente “marginados por la sociedad” (los empresarios no quisieron compartir sus riquezas y no les dieron trabajo…..). Luego del asesinato de la mujer de un bodeguero, en un intento de robo, alguien justificó el hecho aduciendo que su marido “robó antes o robó ahora”. Por ser empresario, se entiende que necesariamente se trata de una persona perversa y por ello ni él, y ni siquiera su mujer, tienen derecho a la vida.
Un gran sector de la población considera justo y legítimo el accionar guerrillero de los setenta que produjo unos 20.000 delitos (robos, secuestros, bombas, etc.) y cerca de 1.500 asesinatos, entre ellos el de varios empresarios. Supone que tampoco tenían derecho a la vida. De ahí que la justicia argentina nunca va a buscar, y mucho menos encarcelar, a los autores materiales e intelectuales de esos hechos. Incluso los monumentos y honores destinados al Che Guevara promueven, en las generaciones más jóvenes, la lucha violenta que sigue como consecuencia inmediata a la previa discriminación social.

Así como es falsa la “ley de Marx”, también lo es la que podríamos denominar “anti-ley de Marx” y es la que afirma que todo empresario es responsable, emprendedor, capaz, etc., mientras que todo obrero es vago, irresponsable y sin iniciativa. Guiarnos por cualquiera de estas pseudo-leyes traerá consecuencias indeseadas por la sociedad. Alguna vez, el Estado nacional aceptó como propia las deudas de varias empresas. Esta decisión no tuvo nada de “liberal” y mucho de adhesión a la “anti-ley de Marx”.

En algunos países, la validez de la “ley de Marx” es indiscutible. De ahí el fundamento de los movimientos de masas que “defienden y protegen” al obrero del “egoísmo y la maldad empresarial” a través del control social y económico de la sociedad por parte del Estado (fascismo, comunismo, nazismo, peronismo, etc.). Recordemos que el fundador del fascismo, Benito Mussolini, fue socialista en sus inicios y un firme “creyente” en Marx, si bien los métodos propuestos fueron diferentes.

También en EEUU existen tales “creyentes”. Ayn Rand escribió: “Todo movimiento que busca esclavizar un país, toda dictadura o toda dictadura en potencia, necesita alguna minoría como chivo expiatorio, a la cual poder culpar por los problemas de la nación y usarla como justificación de sus propias demandas de poderes dictatoriales. En la Rusia Soviética, el chivo expiatorio fue la burguesía; en la Alemania nazi, fueron los judíos, en Estados Unidos, son los empresarios” (De “Capitalismo. El ideal desconocido” – Editorial Grito Sagrado – Buenos Aires 2008)

Aunque resulte difícil medir el grado de “perversidad” empresarial, es fácil medir los resultados que se obtienen luego de combatir al sector productivo o bien de favorecerlo. Así, en la época en que comenzaba la etapa de Lula en Brasil y de Kirchner en Argentina, la producción brasilera era tres veces superior a la nuestra. Luego de algunos años en que el Estado brasilero favorece al empresariado mientras que el Estado argentino combate al propio, la producción brasilera resultó seis veces mayor que la argentina.

Con las inversiones sucede algo similar, ya que, en un periodo de dos años, en pleno kirchnerismo, los inversores retiraron de la Argentina unos 45.000 millones de dólares para ser invertidos en otros países. Compárese esta cifra con los 30.000 millones de dólares que demandarán las reparaciones por el terremoto de Chile. Escribe Marcos Aguinis: “La orgullosa CEO de Hewlett Packard tenia concedida una puntual audiencia (con Néstor Kirchner) para discutir una inversión millonaria en nuestro país. La hizo aguardar casi dos horas y ella, cansada y molesta, prefirió marcharse para cerrar el contrato con Brasil. Perdimos muchos puestos de trabajo, pero ¡qué importa! Luego tampoco quiso recibir al vice internacional de Siemens, porque en esos días atacaba con inspirado odio setentista a las empresas extranjeras. Otro agujero que tampoco importa” (Del libro “El atroz encanto de ser argentinos 2” – Planeta SAIC – Buenos Aires 2007). Cabe preguntarse: ¿Recibirán los gobiernos populistas alguna comisión monetaria por favorecer la llegada de capitales a los países desarrollados?

Ludwig von Mises escribió: “El único medio para elevar el nivel de vida es acelerar el crecimiento del capital, de manera que éste crezca más rápidamente que la población”. Se aducirá que esta expresión favorece la concentración de capital en unas pocas manos, según las críticas marxistas. Sin embargo, el marxismo propone una concentración mucho mayor a través del Estado. Esta aparente contradicción desaparece teniendo presente la “ley de Marx” ya que se supone que el empresario, y el inversor, son “malos por naturaleza”, mientras que el “creyente en Marx” es “bueno por naturaleza”.

En la Argentina, en vísperas de las elecciones presidenciales del 2011, existen grandes coincidencias entre el gobierno y la oposición ya que todos están de acuerdo en la plena vigencia y validez de la “ley de Marx” y de ahí que se considera como misión esencial del político y del Estado la protección del ciudadano común ante la maldad empresarial. Algunos opinan que la oposición tratará de establecer “un buen kirchnerismo”, menos agresivo, con mejores modales, pero coincidente en ese aspecto.

Los gobiernos populistas casi siempre proponen “distribuir las riquezas”. Se supone que el empresario es incapaz de hacerlo a través del mercado y del trabajo. La forma usual de tal distribución consiste en imprimir billetes en exceso, lo que producirá inflación. Luego se culpará a los empresarios por la suba de los precios.

Además de la igualdad económica, se busca la seguridad laboral de los afiliados a los gremios. De ahí que los sindicalistas efectúan verdaderas extorsiones a las empresas subiendo costos e impidiendo las exportaciones. En el mejor de los casos aseguran el bienestar de quienes ya tienen empleo, pero cierran las puertas a quienes no lo tienen.

Cada vez que se actúa ignorando al mercado (imprimiendo billetes en exceso, otorgando créditos baratos, subiendo salarios en exceso, etc.) se llega a una situación económica peor que la que se quiso remediar. Sin embargo, el creyente en Marx siempre interpreta que los empresarios (y sus cómplices) no quieren que el trabajador progrese, o cosas por el estilo.

Excepto unos pocos países (Corea del Norte, Cuba, Venezuela, principalmente) todos están de acuerdo (aunque con ciertas dudas) en que es conveniente la economía de mercado y las inversiones de capital. Si disponemos del claro ejemplo de la “muralla de Berlín”, en la ex Alemania Oriental (socialista) y el “milagro alemán”, en la ex Alemania Occidental (capitalista), puede observarse que el sistema perverso no es el capitalismo, sino el socialismo. Sin embargo, las creencias y el fanatismo son más importantes que el razonamiento y la realidad.

La ventaja que se observa en la “igualdad en la pobreza” (socialismo) es que la gente se siente liberada de la envidia que produce la “desigualdad en la riqueza” (capitalismo). Un cambio en la escala ética de valores, dejando de lado lo estrictamente material, hace innecesario el socialismo.

La democracia se construye, en primera instancia, con la participación y la decisión de millones de votantes, mientras que la democracia económica se construye con las millones de decisiones diarias efectuadas por los consumidores. La propuesta liberal consiste en estos dos aspectos que responden a un mismo objetivo. Por el contrario, la dictadura política implica que las decisiones del país serán tomadas por un líder que “ama al pueblo”, aun sin respetar el marco legal vigente. También las decisiones económicas serán tomadas por ese líder, estableciéndose una dictadura económica (economía planificada o socialista). Sin embargo, son los socialistas quienes hablan de democracia tergiversando su significado.

Mientras que en muchos países se admira al empresario por ser el motor que impulsa la economía de la sociedad, en otros se admira al marxista que “generosamente” pretende repartir lo que producen los demás, pero nunca lo propio.