sábado, 5 de abril de 2025

El "pacifismo" de Carlo Rovelli

En un programa televisivo italiano, el periodista le pregunta al destacado físico teórico Carlo Rovelli: "¿Acaso Ucrania no tiene derecho a defenderse?", ante una supuesta asignación de culpabilidad de Ucrania por no rendirse ante el ataque ruso para así evitar la muerte de miles de seres humanos. Esta postura, defendida por Jorge Bergoglio, nunca consideran culpable de la situación a Vladimir Putin y a Rusia, sino a Ucrania por no rendirse ante una Rusia que en épocas de Stalin asesinó a unos 6 o 7 millones de ucranianos.

Mientras que culpan a Ucrania por no rendirse ante el "poderoso" ejército ruso, por otra parte abogan por evitar un rearme europeo, que ha de ser imjustificado por cuanto el "débil" ejército ruso ni siquiera ha sido capaz de dominar a Ucrania.

Además, Carlo Rovelli parece tener una postura en contra de Israel, sin tener presente que tanto palestinos como judios comparten sus intenciones de desalojar a sus vecinos y a liquidarlos a todos, si bien tales posturas quizás resultan sólo mayoritarias, por cuanto existen sectores palestinos y judíos que no están de acuerdo con las decisiones de los líderes de ambos pueblos.

En el llamado a la paz, que se menciona a continuación, sus autores proponen que Europa no reinicie un rearme, aunque en ningún momento hacen referencia a Vladimir Putin y a sus actuaciones expansionistas en los últimos años. También los autores ignoran que países como China también están aumentado su poderío militar. El verdadero pacifista promueve el desarme de todos los países, mientras que si un país como Rusia da muestras evidentes de querer ampliar su territorio ocupando militarmente el de sus vecinos, no armarse implicaría una actitud suicida.

Si Europa aumenta su poderío militar, posiblemente Putin podrá limitar sus ambiciones expansionistas, mientras que si Europa mantiene su limitado militarismo, es posible que Rusia avance hacia nuevas conquistas territoriales.

Rovelli nos hace recordar las protestas de los comunistas de la época de la guerra fría, cuando protestaban por los gastos anuales en armamentos por parte de EEUU, aduciendo las necesidades padecidas por muchos pueblos del mundo, pero nunca hacían referencia a los gastos de la URSS, quizás justificando que ese armamento soviético alguna vez serviría para "liberar" a los pueblos "víctimas del capitalismo".

Rovelli advierte el peligro de un conflicto nuclear, pero nada dice de las amenazas de Putin de utilizar armamento nuclear bajo ciertas condiciones en su invasión a Ucrania. Para nada nombra los avances rusos sobre Ucrania en los últimos años, con su traición a tratados y pactos establecidos, por cuanto la visión antioccidental de este físico parece encontrar en los países occidentales la total responsabilidad por los males que acontecen en gran parte del planeta.

LOS CIENTÍFICOS SE UNEN EN CONTRA DEL REARME DE LA UE

Carlo Rovelli, Flavio Del Santo

Los científicos se unen para expresar su oposición a la reciente propuesta de rearme de la Unión Europea. Han publicado un «Manifiesto de científicos contra el rearme» y hacen un llamamiento a científicos, ingenieros, profesionales de la medicina, matemáticos, personal académico y comunidad científica en general a que apoyen su postura.

Como científicos –implicados muchos de nosotros en campos en los que se desarrolla tecnología militar-, como intelectuales, como ciudadanos conscientes de los riesgos globales actuales, creemos que es hoy obligación moral y cívica de cualquier persona de buena voluntad alzar su voz contra el llamamiento a una militarización europea, e instar al diálogo, la tolerancia y la diplomacia. Una brusca militarización no preserva la paz; conduce a la guerra.

Nuestros dirigentes políticos dicen estar dispuestos a luchar por defender aquellos supuestos valores occidentales que consideran están en riesgo; ¿están dispuestos a defender el valor universal de la vida humana? Los conflictos en el mundo van en aumento. Según las Naciones Unidas (2023), una cuarta parte de la humanidad vive en zonas afectadas por conflictos armados. La guerra entre Rusia y Ucrania, subsidiada por los países de la OTAN con la justificación de «defender los principios», está dejando tras de sí un saldo estimado de un millón de víctimas. El riesgo de genocidio de los palestinos por parte del ejército israelí respaldado por el Occidente global lo ha reconocido el Tribunal Internacional de Justicia. En África se están desarrollando guerras brutales, como en Sudán, o en la República Democrática del Congo, alimentadas por los intereses que codician los recursos minerales de África. El Reloj del Juicio Final [Doomsday Clock] del Bulletin of the Atomic Scientists, que cuantifica los riesgos de una catástrofe nuclear mundial, nunca ha registrado un riesgo tan alto como el de hoy.

Amedrentada por el ataque ruso a Ucrania y por el reciente reacomodo de los Estados Unidos, Europa se siente marginada y teme que corran peligro su paz y su prosperidad. Los políticos reaccionan de forma miope con un llamamiento a movilizar, a escala continental, una colosal cantidad de recursos para producir más herramientas de muerte y destrucción. El 4 de marzo de 2025, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dio a conocer el «Plan Rearmar Europa», declarando que «Europa está preparada y es capaz de actuar con la rapidez y la ambición necesarias. (…) Estamos en una era de rearme. Y Europa está preparada para aumentar masivamente su gasto en defensa».

La industria militar, que cuenta con ingentes recursos y una poderosa influencia sobre los políticos y los medios de comunicación, echa leña al fuego de un relato abiertamente beligerante. El «miedo a Rusia» se agita como un coco, ignorando convenientemente que Rusia tiene un PIB inferior al de Italia. Los políticos afirman, de forma totalmente injustificada, que Rusia tiene objetivos expansionistas en lo que toca a Europa, que suponen una amenaza para Berlín, París y Varsovia, cuando acaba de demostrar que ni siquiera es capaz de tomar su antiguo satélite, Kiev. La propaganda de guerra se alimenta siempre instigando un miedo exagerado. Con diplomacia, Europa puede volver a su coexistencia pacífica y a la colaboración con Rusia que el maldito asunto ucraniano ha trastornado.

La idea de que la paz depende de dominar a los demás bandos sólo conduce a la escalada, y la escalada conduce a la guerra. La Guerra Fría no se convirtió en guerra «caliente» y los políticos juiciosos de ambos bandos fueron capaces de superar sus fuertes divergencias ideológicas y sus respectivas «cuestiones de principio» y acordar una drástica reducción equilibrada de sus respectivos armamentos nucleares. Los tratados nucleares START entre Estados Unidos y la Unión Soviética condujeron a la destrucción del 80% del arsenal nuclear del planeta. Científicos e intelectuales de ambos bandos desempeñaron un reconocido papel a la hora de empujar a los políticos a una desescalada racional. En 1955, Bertrand Russell, Premio Nobel de Literatura y uno de los filósofos y matemáticos y más destacados del siglo XX, y Albert Einstein, Premio Nobel de Física, firmaron un influyente manifiesto, y la Conferencia de Pugwash, inspirada en el mismo, reunió a científicos de ambos bandos, que presionaron en favor de una desescalada. Cuando en 1959 se le pidió a Russell que dejara un mensaje para la posteridad, respondió: «En este mundo, cada vez más interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros, tenemos que aprender a soportar que algunas personas digan cosas que no nos gustan. Sólo así podremos vivir juntos. Pero si queremos vivir juntos, y no morir juntos, debemos aprender un tipo de caridad y un tipo de tolerancia, que resulta absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta». Debemos aferrarnos a esta sabia herencia intelectual.

Los grandes conflictos se han visto siempre precedidos de inversiones militares masivas. Desde 2009, el gasto militar mundial ha alcanzado cada año niveles récord sin precedentes, y en 2024 el gasto alcanzará un máximo histórico de 2443.000 millones de dólares. El «Plan Rearm Europe» compromete a Europa a invertir 800.000 millones de euros en gastos militares. Tanto el actual Presidente de los Estados Unidos como el de Rusia han declarado recientemente que están dispuestos a iniciar conversaciones para normalizar relaciones y lograr una reducción militar equilibrada. El presidente de China ha hecho repetidos llamamientos a la desescalada y a pasar de una mentalidad de enfrentamiento a una mentalidad de colaboración en la que salgan todos ganando. Esta es la dirección a seguir. Y ahora Europa se prepara para la guerra, con una nueva planificación de gastos militares nunca vista desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Está dispuesta Europa a hacer sonar las espadas porque se siente excluida?

La humanidad se enfrenta a tremendos desafíos globales: el cambio climático, la hambruna en el Sur global, la mayor desigualdad económica de la historia, los riesgos crecientes de pandemias, la guerra nuclear. Lo último que necesitamos hoy es que el Viejo Continente pase de ser un faro de estabilidad y paz a convertirse en un nuevo señor de la guerra.

Si vis pacem para pacem: Si quieres la paz, construye la paz, no la guerra.

La pesadilla americana

Por Dardo Gasparré

De un solo manotazo, Estados Unidos exhibió su decadencia como líder mundial y al mismo tiempo sembró las bases de la aniquilación del Capitalismo, o de lo poco que de él quedaba en pie.

Las filminas de cartón con los aranceles con que Donald Trump celebró su autodefinido Día de la liberación y su planteo de que su país había sido abusado por sus aliados al aplicar a los productos que les compra recargos de importación mostraron las grandes debilidades conceptuales y de resultados que padece el otrora regente del orden mundial.

La más evidente y notoria es el desconocimiento de la historia del último siglo, de los tratados, alianzas y pactos que le permitieron a ese país convertirse en la primera potencia mundial. Inmediatamente le siguen la supina ignorancia de las consecuencias de medidas económicas que ahora se copian que generaron la ruina de su sociedad y la de todo el mundo hace un siglo.

La tercera y más riesgosa es la concepción que el líder máximo del mundo libre tiene de la política internacional, del comercio mundial y del funcionamiento de la economía en general. Su voluntarismo y simplismo igualan al menos los de los comunistas nostálgicos de barricada, que sueñan con gobernar el mundo con ideas voluntaristas y acusaciones a los poseedores de riqueza, y cuando tienen la oportunidad aplican medidas salvíficas que terminan en el desastre.

Un vicio fatal

El desprecio por la acción humana y su desconocimiento. Su olvido del criterio de los mercados comparados, y de la importancia de la competencia en favor del consumidor. Vicio fatal conocido en la historia, al igual que sus consecuencias. La simplificación del ignorante. Porque habrá que recordar que el actual habitante de la Casa Blanca nunca fue un gran hombre de negocios, ni un sagaz inversor, ni un emprendedor de riesgo, mucho menos un experto en los temas en los que ahora incursiona personalmente como si supiera, o como si hubiera recibido un soplo de inspiración divina. Para no tener que explicar lo que sí fue.

Si esta introducción parece para algunos contundente, descalificante y atrevida, habría que preguntarse si no resultan más arbitrarias, prepotentes y desaforadas las decisiones que toma el presidente Trump, con las que azota al mundo.

La caída de las bolsas -siempre provisorias y demasiado instantáneas- son apenas un indicador temprano de lo que presagian esas medidas que se usan como arsenal bélico, suponiendo efectos con los que siempre soñaron quienes las aplicaron antes, con el mismo estilo y con los mismos resultados opuestos siempre, que se espera, tal vez, que ahora serán distintos, como imagina cualquier gobierno bananero que se precie.

El proteccionismo, keynesianismo, cepalismo, sustitución de importaciones, “vivir con lo nuestro”, cierre comercial y similares, además de no ser una novedad, ha sido a través del tiempo la mayor fuente de miseria, desempleo, estancamiento, depresión y falta de crecimiento de los pueblos, o del mundo todo, cuando fue aplicada por las naciones centrales, como ocurrió con el Reino Unido y el propio Estados Unidos. La evidencia empírica está disponible, para quien tenga tiempo y ganas de analizarla.

No muy distinto a la realidad que siempre se trata de explicar a los estatistas que quieren cerrar la economía para proteger las “fuentes de trabajo”. Ahora aplicable a Trump, que parece haber abrevado en Perón y sus seguidores, o en cualquier neomarxista disfrazado de heroico defensor de su industria cara e ineficiente.

El lamento de un perdedor

Trump sostuvo originalmente que aplicaría tarifas a China porque representaba una amenaza a la seguridad nacional, prohibió invertir en ese país y amenazó con otras sanciones, recargos y penalidades diversas a quienes integraran sociedades con esa potencia. Estaba comenzando a admitir sin decirlo que su país había perdido la carrera tecnológica, la carrera industrial y también la carrera comercial y acaso la guerra potencial sin aditamentos con el gigante asiático, cuyo desarrollo fue negado sistemáticamente por el sistema americano, menospreciando su evolución.

Pero luego viró en el planteo, se enamoró de los recargos y sosteniendo la precaria creencia de que eran un impuesto que se cobraba a los vendedores (y no al consumidor norteamericano) alardeó con crear una IRS (DGI) para el mercado externo, una concepción que muestra la ignorancia sobre la naturaleza de esos mecanismos.

En este momento comienza el tironeo con las propias empresas americanas, que por un lado tratan de explicarle que en otro momento más inteligente de la historia el mundo se fue integrando y que dependen de insumos que ahora subirán de precio con lo que sus productos serán menos demandados y perderán ventas y empleos.

Por otro lado, otras empresas le explican que, lejos de amedrentarse, varios países están respondiendo a su vez con subas de aranceles, lo que perjudicará a muchas industrias selectivamente. Asusta pensar en una guerra comercial.

Camino a la inflación

Todavía no se ven los efectos sobre los precios y el nivel de consumo, pero no hace falta dotes de adivino para saber que lo que ya ocurre con los autos, que han subido fuertemente de precio antes de concretarse las medidas, ocurrirá con buena parte de la producción de consumo interno y aún de exportación, como sabe bien Argentina que sucede con estos manoseos impositivos. (En definitiva las filminas de cartón son un resumen de los nuevos impuestos que sufrirá el consumidor americano).

Hasta ahora el emisionismo desaforado que empieza en 2000 con la quiebra del fondo LTCM, sigue en aumento mayor con la crisis de los subprime de 2008, donde se salvó a los bancos de una merecida quiebra y se vuelve escandalosa y explosiva con la pandemia durante el propio Trump y Biden, hasta ahora no transformado en inflación gracias a la FED y al comercio internacional más libre, inexorablemente se manifestará ahora en los precios.

Cuando acusa a los países amigos de haber sacado ventajas de Estados Unidos, como si esa nación fuera una niña inocente que no conoce de trampas ni argucias, olvida que muchas de esas ventajas fueron concesiones para ganarse la amistad o la adhesión de varios países en zonas de interés o por razones geopolíticas, desde el Plan Marshall en adelante.

También insiste en su idea de satisfacer a muchos de sus votantes que defienden industrias obsoletas o ineficientes, que quieren recuperar sus trabajos que ya no sirven para lo que hay que restablecer industrias que ya no sirven. En contra de todos los principios económicos y en contra de la innovación, creatividad y riesgo a que obliga la competencia o el avance de la ciencia y la tecnología desde siempre (Schumpeter). También tiene costos claramente puntualizados por la teoría económica, que nunca se equivocó al describir y prever dichos efectos negativos.

Como si estas acciones alocadas no fueran suficientes para producir un descalabro mayúsculo, Trump está, mediante la herramienta ejecutiva de posteos en X, instando al presidente de la Reserva Federal para que baje las tasas y así “fomentar el consumo”, medida de tipo kirchnerista que sería una garantía de destrucción del dólar como moneda base del sistema financiero mundial. Y de licuación de la deuda americana, vía la inflación y las tasas bajas, de paso.

Sí está acertado Trump, claro, cuando quiere salirse de la costosa prisión de los entes internos e internacionales que reciben aportes desproporcionados de EEUU para aplicarlos a causas y luchas que (en el mejor de los casos) no tienen nada que ver con la conveniencia ni la dogmática norteamericana. Las fatales burocracias arrogantes, diría Hayek, ahora transformadas en suprasoberanías a cargo de inútiles. Pero eso no guarda relación con este tema.

Un centro poco confiable

Además de la debilidad que crea en su economía interna, está debilitando a Estados Unidos como líder mundial, al reducir su importancia económica y al dejar de ser un centro confiable de las finanzas mundiales, manejadas ahora a dedo por quien se cree con poderes omnímodos para cambiar de un día para otro las reglas globales. EEUU está resignando su liderazgo, disimulando con bravatas esa situación y perdiendo autoridad moral y económica ante el mundo. Con los futuros efectos sobre su moneda, objetivo primordial chino que quiere imponer el renminbí como moneda internacional. Sin dejar de recordar el objetivo eterno marxista de destruir al capitalismo con sus propias armas.

Justamente al tomar estas decisiones unilaterales y romper todos los pactos formales y tácitos, se le está cediendo el terreno a China y a India, que tienen otras necesidades de compra y otros estilos. Países como Argentina, Nueva Zelanda, Uruguay, que ya han derivado su comercio al área asiática, tenderán a hacerlo mucho más por necesidad. Y porque los mercados americano y europeo ejercen su proteccionismo no sólo con recargos. Estados Unidos parece querer seguir el camino de la Unión Europea en este plano. No sería de extrañar que en uso de las facultades divinas que se ha atribuido el gobierno de Trump sancione a los países que comercien con China en nombre de la seguridad nacional o alguna otra entelequia.

El motor político y económico de Occidente, que reclama como un credo la seguridad jurídica, decide romper unilateralmente el orden económico de la noche a la mañana y amenazar con más sanciones, recargos y medidas, usando su condición de centro financiero (santuario) del mundo. No es extraño que tiemblen los mercados. No será extraño que tomen caminos nuevos.

Los exégetas políticos, siempre generosos convalidando cualquier decisión en nombre de las conveniencias políticas y admirando cualquier audacia aunque sea suicida, sostienen ahora que se trata de un farol, un bluf para negociar mejores acuerdos comerciales y obtener rápidas concesiones. Una concepción timbera de café de la política y la economía, que como siempre, no mide las posibles reacciones de las contrapartes y sobre todo de la sociedad, o sea del temible mercado. Tampoco las ventajas que pueden obtener de esa actitud los enemigos de Occidente.

El comercio ha sido y es, además, un mecanismo para acercar a los pueblos y alejarlos de la guerra, una estrategia usada con bastante éxito por EEUU en las últimas décadas. Fracasadas sus bravatas de que terminaría las guerras en 24 horas, el presidente norteamericano también decide ignorar esa política de Estado y borrarla de un plumazo en medio de amenazas y sanciones incompatibles con la civilización.

Seguramente, en su precariedad intelectual, Donald Trump siente que está salvando a su país y al mundo, como tantos otros iluminados de la historia. Pero elige el camino de debilitarse económicamente y perder su condición rectora en ese plano, lugar que alguien ocupará. Porque ningún arma, ni atómica ni de ningún tipo, puede causar más daño a Occidente que estas medidas de Donald Trump.

(De www.laprensa.com.ar)

Entrevistas a guerrillero y a represor

Por Marcelo Duclos

DOS CAFÉS CON LOS RESPONSABLES DEL BAÑO DE SANGRE DE LOS SETENTA

Hace varios años, en los albores de mis primeras inquietudes periodísticas, me dediqué a conversar bastante con dos protagonistas de la violencia política en los setenta. Hoy ambos están muertos, pero la experiencia me permite tomar una dimensión más completa de la historia argentina.

Radiografía a los lados más oscuros de la dictadura setentista

Esta semana murió Julio Simón, alias “el turco Julián”. Una de las caras más representativas del aparato represivo de la última dictadura militar, que concluyó la metodología del terrorismo de Estado implementada por el peronismo en su encarnación setentista.

Para mí, la cara del personaje en cuestión representaba un poco más que la del resto de los protagonistas de aquella época. Me había sacado la duda de tenerlo enfrente, para preguntarle cosas y conocer algo de la estructura mental del tipo a quien señalaban de torturar con una esvástica en el brazo.

El deceso del expolicía, encarcelado, liberado por las leyes de Obediencia debida y punto final, y vuelto a enjuiciar y a encerrar durante el kirchnerismo, me recordó otra situación semejante, cuando murió el exmontonero Dante “Canca” Gullo, otro protagonista del baño de sangre de la década del setenta también preso y posteriormente indultado para terminar sus días en libertad por la coincidencia de su vejez con el apogeo del kirchnerismo, el cual fomentó su visión sesgada de la historia interviniendo el Poder Judicial.

Con él también conversé largo y tendido, con la misma curiosidad e inquietud que lo había hecho con Simón. Aunque una parte de aquel joven contestatario tenía las ganas de increparles sus acciones, finalmente pudo imponerse el costado más reflexivo y utilitario. Era más valioso para mi interpretación de los setenta preguntar sin juzgar al interlocutor, que saciar las ganas y el deseo de dedicarle un insulto estéril a alguien. Eso en nada hubiera aportado.

Al haber conseguido despojarme de las pasiones personales pude comprender cómo pensaban las personas que convirtieron la Argentina en un baño de sangre. Aunque ellos estaban en los bandos antagónicos, la estructura de ambos era sorprendentemente similar.

Un “fantasma” acechado por sus propios fantasmas

La historia con el “turco Julián” se remonta a mediados de la década del noventa. Él había regresado al país luego de una larga estadía en Brasil y hasta brindaba entrevistas donde contaba (de forma muy honesta) los detalles del esquema represivo. Aunque sus apariciones generaban apasionados debates, en el marco de los indultos de Carlos Menem y luego de las leyes de la época de Raúl Alfonsín, evidentemente consideraba que podía andar por la calle tranquilo, salvo por alguien dispuesto a increparle.

Aunque no recuerdo con exactitud la fecha de estos acontecimientos, yo debería tener aproximadamente quince años. El personaje en cuestión frecuentaba una galería del barrio del Once donde estaba el negocio de mi madre que yo eventualmente atendía. El exrepresor solía caminar por allí llevando a dos jóvenes mulatas consigo, una de cada brazo, como haciendo gala de una opulencia virílica sexual innecesaria. A veces lo acompañaba solamente una.

Luego de verlo en varias oportunidades, un día junté coraje y lo increpé en buenos términos. Le dije que tenía ganas de tomar un café con él para conversar sobre los setenta y sus vicisitudes.

Él aceptó sin saber si su interlocutor era un “admirador”, si lo odiaba desde una perspectiva izquierdista o si era simplemente un curioso “neutral”. Evidentemente, algo dentro de él evidenciaba la necesidad de hablar sobre lo sucedido, como incluso ya lo había hecho frente a las cámaras de televisión.

La propuesta fue un café en un bar sobre la Avenida Corrientes, casi llegando a la esquina de Azcuénaga al día siguiente. Él acudió puntualmente. Cuando Simón escuchó mis inquietudes bajó la guardia, ya que no estaba diciendo absolutamente nada para incriminarlo. No pregunté si era verdad lo de la simbología nazi, sobre las metodologías de tortura, sobre los detenidos o sus identidades. Ni siquiera le interrogué sobre si había matado a alguien, como ya lo había reconocido en una entrevista donde dijo que, sino no mataba, lo mataban a él.

Mi interés iba por otro camino: el porqué, sus sentimientos personales, las dudas que tuvo en esos momentos, los remordimientos y, sobre todo, las motivaciones político-ideológicas de un hombre que encarnaba la represión ilegal.

Aunque quienes justifican el accionar y hasta la metodología del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional se detienen en la necesidad del aniquilamiento de los elementos subversivos, poco y nada dicen de los autores de la “tarea” en cuestión.

Allí, me encontré con algo que ya sospechaba desde mi juventud. En la cabeza de ese individuo, lejos de haber un “espíritu republicano”, que debió enfrentar a quienes quisieron imponer una dictadura comunista, habitaba otra cosa: la de un hombre mediocre que encontró la causa de su vida dentro de un esquema determinado y coyuntura casual. Una persona que, si hacía lo debido, podía incluso llegar a tener un buen pasar. No había vestigios de formación política para comprender lo que supuestamente defendía o enfrentaba ni existía un asomo de individualismo como para cuestionar sus acciones moralmente más allá del contexto. Algo con ciertas coincidencias en las conclusiones de Hannah Arendt con su tesis de la banalidad del mal.

Del otro lado de la mesa, tomando un café, ese ser perseguido por fantasmas cuyo fin era atormentarlo toda su vida, tranquilamente podía haber sido un SS del nacionalsocialismo alemán, un policía del primer peronismo que detenía y encarcelaba opositores o un sangriento asesino a las órdenes del carnicero comunista Stalin. Al día de hoy, sin ningún problema, podría desempeñarse como uno de los represores del SEBIN de Maduro y Cabello. Es decir, la cuestión de la represión a los grupos armados con acérrimos deseos de imponer el socialismo en Argentina, para él, era evidentemente visto como una circunstancia aleatoria que le tocó.

“El turco Julián” no tenía la personalidad para haber sido uno de esos guerrilleros. Eso sí requiere de cierto individualismo y coraje como para operar en solitario cuando la circunstancia lo determine, en pos de una finalidad supuestamente superadora, por la que valga la pena dejar la vida. Pero tranquilamente pudo haber sido uno de los hombres armados de cualquier régimen de izquierda. Esos asesinos sin moral ni independencia intelectual como para reparar en lo que están haciendo, pero tienen un sueldo asegurado, impunidad y reconocimiento de una estructura de poder.

Aunque reivindicaba su accionar y la lucha contra la guerrilla marxista, su formación en materia política (supuestamente necesaria para identificar al marxismo como algo malo) era absolutamente nula. Para Simón era un tema de bandos buenos y malos, donde se hicieron cosas complicadas para salvar la Nación de situaciones que evidentemente desconocía por completo.

Una mirada más profunda a un “montonero”

El encuentro con el “Canca” Gullo, más allá del escenario similar del café (esta vez en el clásico Tortoni), fue diferente. Aunque tampoco hubo recriminaciones civiles por su participación en una organización que también secuestró, torturó y mató, tuvo una diferencia importante con respecto al que tuve con el otro personaje. Tampoco recuerdo la fecha precisa, pero ya me encontraba en los finales de mis veinte o en el principio de mis treinta, por lo que ya tenía una formación ideológica liberal muy consolidada. Aunque tampoco increpé en los hechos de violencia (aquí ni pregunté sobre sus acciones directas como individuo en su organización), si terminé confrontando las distintas visiones. Su “socialismo nacional pragmático” (mía la categorización) con mi visión libertaria de la economía y la vida misma.

A grandes rasgos, en esta charla, este interlocutor estaba más tranquilo que el otro. Desconozco si esto está relacionado con cuestiones de conciencia o de tranquilidad, ante la poca probabilidad de eventuales problemas legales, en el contexto de su vejez y un kirchnerismo hegemónico, pero sí se veía más relajado.

Aunque ya formaba parte de una etapa institucional democrática (fue legislador porteño en los últimos años de su vida), Gullo no se mostraba arrepentido por las acciones de su juventud en lo más mínimo. Ni siquiera parecía mostrarse resentido por sus ocho años preso (1975-1983). Casi como que fue la circunstancia que le tocó vivir y no presentó demasiada resistencia.

La característica más parecida que encontré con respecto al otro interlocutor fue la cuestión del “bando”. En este caso, su pertenencia a Montoneros parecía vincularse a una cuestión más cultural que ideológica. Desconozco si los erpianos eran más formados que los “Montos” (por la raíz marxista en lugar de peronista de izquierda), pero en este viejo “combatiente” se percibían las características de aquellos viejos votantes justicialistas, que nunca podrían explicar en un examen de qué se trata el peronismo, más allá de sus slogans. Su “sabiduría” política, por así decirlo, era un decálogo de vivencias personales. Nada más ni nada menos.

Aunque este personaje no me cuadraba en los eventuales roles que le pude haber encontrado a Simón, es evidente que bien podría haber formado parte de una banda de asaltantes o secuestradores, solamente por el hecho de encontrar alguna justificación como un pasado humilde. En su mirada también estaba la disociación entre la responsabilidad individual, sus implicancias morales y lo que una persona puede llegar a hacer sin culpas si el destino lo acerca a una circunstancia determinada. Ninguno de los dos parecía con las aptitudes necesarias como para advertir la inconveniencia de ser un peón en un juego que no debía jugarse nunca. Es claro que la falta de individualismo y la ausencia de pensamiento crítico es fundamental para participar de un esquema represivo o para armarse buscando implementar otro de distinto signo político.

Pero la cuestión que más me llamó la atención fue la honestidad intelectual de este exmontonero, cuando se encontró cercado en un debate ideológico. Vaya a saber cómo comenzó ese segmento de una acalorada discusión, donde de un lado había un joven apasionado y del otro un veterano, que en cierta manera reconocía el valor de los principios de su interlocutor, a pesar de no compartirlos. Lo único que recuerdo con claridad es el desenlace.

Cuando vi que la discusión de rótulos (liberalismo, socialismo, peronismo, etc.) no nos llevaba a ningún lado, pasé a la estrategia de discutir políticas públicas concretas para problemáticas reales, sin ponerle ninguna etiqueta.

Aunque no tengo idea sobre cómo llegamos a estos asuntos, la cosa concluyó en dos aspectos que poco tienen que ver uno con el otro: que la liberación de las drogas es el único camino para terminar con el narcotráfico (mercado, oferta y demanda incluidos) y —lo que me llamó poderosamente la atención— que un esquema de federalismo fiscal es la receta más eficaz para que las provincias ganen independencia política y desarrollo económico.

Los argumentos del primer asunto son bastante conocidos por todos, pero cuando entramos en el debate de provincias independientes, con características que incluso tienen los estados de EEUU (cosa que no traje a colación), a Gullo se le encendieron los ojos. En su extravío ideológico, político y emocional, me dijo que eso debería ser “una propuesta peronista” y hasta me propuso organizar talleres con gobernadores, senadores y diputados.

Para mi sorpresa total, este veterano político y exguerrillero era la primera vez que se enfrentaba con la teoría razonable de cómo se puede organizar un país afectado hasta la médula por el centralismo, de que el peronismo es ampliamente responsable. Al igual que los radicales y los militares, lógicamente.

Aunque sabía que la propuesta se daba de bruces con muchas de sus premisas socialistas o “peronistas de izquierda”, ante mi exposición (mientras que en su cabeza todo iba cuadrando), el interlocutor me reconocía con sorpresa y resignación que ese “plan” no podía fallar. Claro que nada de todo eso lo había inventado yo, ni mucho menos.

Es decir, esta persona, en su juventud, había decidido tomar las armas, convencido de las virtudes políticas de un modelo, desde la total y más absoluta ignorancia. Ni siquiera comprendía las implicancias de sus ideas, ni tenía la más pálida idea de lo que combatía. Es que estas organizaciones se limitaban a cuestiones generales como “la explotación”, “el pueblo”, “los trabajadores” o “los explotadores”. Recién, llegando a los setenta años, en una charla de café con un joven (que en su momento hubiera encasillado como un defensor de “la burguesía) escuchó algo distinto. Por su cara de sorpresa, ni siquiera en la carrera de sociología que cursó en la Universidad de Buenos Aires, de la que se egresó de grande en 1997, escuchó nada semejante.

Evidentemente, mucha gente que estuvo dispuesta a matar o morir por sus ideas políticas lo hizo desde la más completa ignorancia. Claro que no es que la comprensión académica de alguna ideología justifique tomar las armas, pero cuando uno confirma la nula formación de estos personajes, más bizarro resulta todo. Y más irónico resulta la tragedia de las personas que terminaron perdiendo la vida.

Gullo y los suyos fracasaron al tratar de instaurar un proyecto como el que se consolidó en Cuba o antes en lo que terminó siendo la Unión Soviética. Evidentemente, en los procesos revolucionarios, pocos eran los de la formación teórica de un Trotsky o un Lenin.

Resumiendo, creo haber acertado al fomentar estos encuentros con estos personajes, y celebro haber podido mantener conversaciones, más allá de lo que me generaban sus figuras y sus “ideas”, por así decirlo. Sabía que los tiempos biológicos harían lo suyo y que esta generación comenzaría a entrar en la extinción, como lógicamente sucedió. El hecho de no haber realizado preguntas que hayan podido inhibir a estos personajes de pasado violento me permitió tener dimensión del contexto de todo lo sucedido.

Todo lo otro ya lo sabemos o lo imaginamos.

(De panampost.com)

jueves, 3 de abril de 2025

Los totalitarismos como sectas

Las sectas son conjuntos de individuos que, de alguna forma, tratan de separarse de la sociedad con diversas intenciones. A veces pretenden mejorar la sociedad "desde afuera"; otras veces tienden a separarse para dominarla o bien para destruirla. A lo largo de la historia han aparecido estos fenómenos sociales principalmente en los ámbitos de la religión y de la política.

La mentalidad del sectario implica una mezcla de humildad y soberbia; tal humildad está asociada a la ciega obediencia que debe a las autoridades de la secta, mientras que la soberbia está asociada a las ideas de superioridad respecto del resto de la sociedad. En forma semejante a la necesidad de ser gobernado por un superior, le surge simultánemnete la necesidad de dirigir a muchos, a quienes considera inferiores.

Desde este punto de vista, la mentalidad del sectario no difiere demasiado del individuo adepto a alguna forma de totalitarismo, como el peronismo, el nazismo o el comunismo. Recordemos que la esencia del totalitarismo es la tendencia del Estado a inmiscuirse en la vida personal e íntima de todo integrante de la sociedad.

El éxito momentáneo que logran estos movimientos políticos se debe a que el ciudadano común piensa principalmente en su propia vida y su propia felicidad, mientras que el sectario asocia su vida completamente a la secta, atacando a una sociedad que ni siquiera imagina que algunos pretenden destruirla. De ahí las ventajas que tienen las organizaciones clandestinas. Roger Caillois escribió: "En el seno de las sociedades se constituyen grupos que le son esencialmente hostiles, pero que tienen mucho más que ella de sociedades, y por así decirlo, de sociedades puras. En efecto, nada predomina sobre el interés superior de la secta y todo se sacrifica a su cohesión".

"Normalmente no podría ocurrir lo mismo en la sociedad. Cada individuo disfruta en ella de una amplia autonomía. La mayor parte de sus actos dejan indiferentes a las autoridades. Puede dedicare tranquilamente a sus asuntos y organizar su vida como le plazca. Unos pueden cometer indelicadezas que raramente llegan a constituir delitos sancionados por la ley".

“Fuera de la secta, en donde ninguna disciplina severa establece su rigor, los calculistas emplean la adulación como medio de triunfar. Para un hombre servil la humanidad nada tiene que ver con el mérito sino con la utilidad. Se rebaja ante el superior y no ante sí mismo. Se encamina hacia la tiranía a fuerza de bajezas y la hará desconfiada y envidiosa, ya que el mismo que se arrastra ante el fuerte es quien aplasta al débil. ¿Qué ha hecho, sumiso, sino acumular un resentimiento que sólo aguarda el instante de cobrarse muchas afrentas? No se envilece uno impunemente”.

“Sucede así que ciertos partidos políticos se presentan con un aire singular. No pretenden ya reformas parciales, sino una refundición brutal de instituciones y costumbres. Difieren de los demás hasta tal punto que se duda si todavía son partidos. Están como fuera de la ley y se esfuerzan por sí mismos en sustituir la competencia reglamentada, que conduce a ventajas alternas, por una lucha sin cuartel que debe terminar en la victoria decisiva. Desde entonces, aunque no lo parezca, ya no son partidos, sino sectas”.

“Considerando las normas de la moral y el derecho como hipócritas o caducas convenciones, persiguen sus fines subversivos por medios violentos. En caso extremo recurren al asesinato y al atentado. Se les acosa. Se refuerza en ellos la convicción de que no se podían elegir otros medios, ya que se les reduce a éstos. Mafias, asociaciones terroristas, secciones de asalto, organizaciones ilegales son otras tantas formas diversas de un mismo fenómeno. Se crea una moral contra otra; una sociedad en el interior de otra y que trata de suplantarla” (De “Fisiología de Leviatán” de Roger Caillois-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1946).

Mientras que en las sociedades democráticas existe un equilibrio entre deberes y derechos, en las sociedades en decadencia los individuos piensan que sólo tienen derechos y en las sectas totalitarias sólo tienen deberes con el Estado. El mayor absurdo implica que, una vez arribado al poder, los totalitarios aducen que con ellos se ha alcanzado “una nueva era de la humanidad”, tal el caso de la sociedad socialista, cuyo vínculo propuesto para los seres humanos son los medios de producción, imitando a una colmena o a un hormiguero. André Maurois escribía a mediados del siglo XX: “En Francia y en Inglaterra el liberalismo bien arraigado permanece vivo, pero en algunos países que habían adoptado las instituciones liberales, la demagogia y la plutocracia han producido tales desastres que los hombres han renunciado a las conquistas del individualismo”.

“En Italia el individuo se inclina ante el Estado fascista, Alemania parece andar a la caza de un poder fuerte que la juventud mística pueda adorar. La mitad del mundo civilizado escapa a la democracia. En América, la prensa está llena de artículos cuyos autores pretenden estar asustados por las consecuencias del liberalismo y desean un gobierno fuerte. En Rusia, crece una generación que no solamente desconoce los principios del individualismo occidental, sino que los desprecia cuando le son explicados”.

“Ya no se habla de derechos, sino de deberes del hombre. El individuo encuentra una felicidad religiosa olvidando su propia vida para participar en la del Estado. El hormiguero y la colmena pasan a ser modelo de comunidades humanas. Ideal absolutamente opuesto al que había perseguido el siglo anterior. ¿Debe pensarse que los excesos del individualismo han matado al individualismo y que la nueva era será la de los Hombres Hormigas?” (De “Entre la vida y el sueño”-José Janés Editor-Barcelona 1951).

domingo, 30 de marzo de 2025

Reforma agraria en países africanos

Mientras que, en épocas pasadas, los colonialismos europeos practicaban segregaciones raciales en países africanos, fueron luego tendiendo a una etapa en que se dejaron de lado las diferencias de tipo racial. Sin embargo, en algunos países como Zimbabue (ex Rhodesia) surgieron movimientos racistas de negros en contra de la minoría blanca. El principal cambio consistió en establecer reformas agrarias por las cuales las tierras de las minorías blancas serían expropiadas para pasar a manos de individuos negros.

No se tuvo en cuenta que, si un agricultor blanco producía trigo para 1 millón de personas, ello no significaba que habría de "consumir", junto a su familia, gran parte de esa producción por cuanto se trataba de individuos con un estómago por persona. De ahí que la expropiación de sus tierras implicaría que la producción habría de caer en picada en cuanto pasase a manos de gente inexperta y, muchas veces, con pocas ganas de trabajar.

Y esto fue lo que ocurrió en Zimbabue. Al respecto leemos: "El Producto Interno Bruto de Zimbabue se redujo en un 50% entre los años 2000 y 2008. Se trata de la mayor contracción de una economía en tiempos de paz, según el Banco Mundial".

"La economía cayó en crisis especialmente desde la reforma agraria de 2000, cuando grandes fincas de productores blancos fueron redistribuidas a agricultores negros sin tierra" (De www.bbc.com/mundo).

En la actualidad, está surgiendo en Sudáfrica un nuevo apartheid, pero esta vez surgiendo de grupos de negros que promueven incluso "matar a los blancos", por lo cual se ha iniciado un éxodo de agricultores blancos hacia Rusia y otros países. Incluso se dice que Donald Trump ha abierto la inmigración de estos agricultores sin ningún tipo de restricciones, ya que la entrada a un país de gente de comprobada capacidad productiva, implica una importante elevación de capital humano.

Todo indica que en Sudáfrica están intentando repetir el desastre que se cometió en Zimbabue, país en que, por otra parte, han comenzado a intentar el retorno de los productores marginados por cuestiones raciales.

Las reformas agrarias, que no son otra cosa que expropiaciones sin indemnización alguna, producen similares efectos ya se trate de cuestiones ideológicas (como en Cuba y otros países), o bien se trate de cuestiones raciales; los efectos serán similares y las hambrunas serán las consecuencias casi inmediatas. Debe tenerse presente que la mayor hambruna de la historia fue promovida por Mao en la China comunista de los años 60, cuando la causa principal fue la reforma agraria de tipo socialista. En esa ocasión murieron entre 30 a 40 millones de chinos, según algunas estimaciones.

sábado, 29 de marzo de 2025

Beria y la época de Stalin

Por Alberto Amato

El torturador y violador serial que actuó como verdugo amparado por Stalin y fue ejecutado de un tiro en la frente acusado de traición.

Lavrenti Beria fue hombre de confianza de quien condujo a la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas entre 1924 y 1953. Fue el brazo ejecutor de las políticas de terror del stalinismo. Su ascenso, caída y muerte.

Lavrenti Beria se había ganado la confianza de Stalin no sólo en lo político. Tenía una relación personal, casi familiar con quien condujo la URSS con mano de hierro.

Fue un criminal. No fue el único de sus talentos, casi todos degradantes. También era un tipo capaz, inteligente, astuto, serpenteante, despiadado, infatigable, con una extraordinaria capacidad para la adulación y el servilismo, de un impetuoso apetito sexual que lo convirtió en un violador serial en sus años de influencia como mano derecha de José Stalin, el líder de la Unión Soviética; también desplegaba una rebuscada crueldad y un sadismo indecible que lo hacía un placentero espectador y a menudo ejecutor de las terribles torturas a las que el estalinismo sometió a opositores, viejos amigos caídos en desgracia o sospechosos de cualquier cosa.

Su sólo nombre, Lavrenti Beria, provocaba terror. Y el terror lo mató a cien días de la muerte de Stalin, con el que había cimentado una curiosa relación de amor que devino en desconfianza y odio: lo normal en aquella cofradía de sanguinarios, con la paranoia incrustada en el torrente sanguíneo, que gobernó con mano de hierro una tierra rica y devastada. Cualquier semejanza con la Rusia de hoy, no es mera coincidencia. Metido en el aparato de inteligencia soviética primero, como cabeza de la temida NKVD luego, Beria encarnó, aunque no fue el promotor, el Gran Terror que Stalin desató entre agosto de 1937 y noviembre de 1938. Las cifras de víctimas es incalculable; las aproximaciones hablan de setecientas cincuenta mil ejecuciones que siguieron a parodias de juicio, lo que hace un promedio de cincuenta mil ejecuciones por mes. Entre los ejecutados figuraron cerca de treinta mil oficiales del Ejército Rojo, y la vieja guardia bolchevique que habían forjado la Revolución Rusa.

Caer en manos de Beria implicaba tortura, juicio y fusilamiento, en el mejor de los casos; si no era así, las alternativas contemplaban el envenenamiento, o el secuestro y la desaparición; para los casos más benévolos estaban reservados los gulags, los campos de trabajos forzados donde agonizaban millones de personas. El 10 de marzo de 1939, mil novecientos delegados al XVIII Congreso del Partido Comunista se reunieron para declarar el fin de la matanza que, por otro lado, parecía haberse descontrolado. Se acercaba la guerra en Europa y si bien Stalin había firmado un pacto de no agresión con la Alemania de Adolfo Hitler, las constantes purgas amenazaban la operatividad de las fuerzas armadas en caso de que fuesen necesarias. Beria entonces liberó a miles de personas de los campos de concentración soviéticos, la URSS admitió “algunas injusticias” entre las miles de muertes que el Gran Terror había provocado, culpó, marca registrada de la URSS, a su antecesor, Nicolai Yezhov, que fue ejecutado y al que el propio Beria había ayudado a derribar, impulsado por Stalin, e inició una gigantesca purga en el NKVD para reemplazar a la mayor parte de sus miembros por gente del Cáucaso.

Tanto era el terror que Beria había impuesto en el imperio de Stalin, que en las propias narices del dictador se contaba un cuento muy festejado: Stalin perdía su famosa pipa, nadie podía encontrarla y le piden a Beria una investigación. Dos días después, Stalin llama a Beria con una buena noticia: “Camarada Beria, suspendé todo. Mi pipa ya apareció, se había caído debajo de uno de los sillones del gran salón”. Y Beria: “No puede ser, camarada Stalin. Yo ya tengo a tres tipos que confesaron habértela robado…”.

José Stalin llevó a la cima del poder a Lavrenti Beria y luego lo señaló como un enemigo. Beria era georgiano, como Stalin. Había nacido el 31 de marzo de 1899, según el calendario gregoriano, cerca de Sujumi, en la zona de Mingrelia, Abjasia, que hoy es república: una región histórica del noreste de Georgia que luego del triunfo de la Revolución Rusa pasó a formar parte de la Transcaucasia. Era hijo de un campesino abjasio y de una madre georgiana sumamente piadosa. Estudió en un instituto politécnico, que es hoy la Academia Estatal de Petróleo de Azerbaiyán donde se graduó como arquitecto constructor.

Como todo en la vida de Beria, lo que no está oculto es difuso. Parece que se alió con los bolcheviques triunfantes en 1917, pero que también sirvió como agente doble anticomunista al servicio del gobierno de Bakú, la capital azerbaiyana, durante los terribles años de la guerra civil que estalló no bien Vladimir Lenin y los suyos ocuparon el poder en Moscú. Fue un aliado de Stalin, Sergéi Kirov, el que lo salvó de ser fusilado. Se metió con la fuerza de los conversos en los servicios de inteligencia caucásicos y fue un “chekista” de primera. La Cheka fue la primera policía política de la URSS que fue creada en diciembre de 1917, al mes del triunfo de la Revolución Rusa. Sucedió a la antigua y temida “Ojrana” zarista: cambiaron los nombres, pero no los métodos ni quienes lo aplicaban bajo el dominio del zar.

Beria viajó en los años ‘20 a Checoslovaquia, donde aprendió los rudimentos del checo, el alemán y el francés. Cuando los soviéticos conquistaron Georgia, en febrero de 1921, Beria fue enviado a Tiflis para organizar la nueva cheka georgiana. Se casó allí con Nina Gueguechkori y tuvieron un hijo, Sergo, que nació en 1924. El nombre Sergo era un homenaje de Beria a su protector y mentor, Grigori Ordzhonikidze, a quien por razones obvias rebautizaron como Sergo, que era miembro del Politburó y amigo personal de Stalin. Cayó en desgracia cuando el dictador cuestionó su lealtad y las purgas empezaron a liquidar a sus antiguos camaradas: se suicidó en febrero de 1937.

Cuando Beria llegó a Moscú, según la descripción del gran biógrafo de Stalin, el británico Simon Sebag Montefiore, era un hombre “calvo, bajito y ágil, con una cara ancha y carnosa, unos labios gordezuelos y sensuales y unos ‘ojos de serpiente’ siempre parpadeantes, ocultos tras unos anteojos deslumbrantes”.

Por alguna razón desconocida, aunque Stalin no precisaba ninguna, que tal vez remita a que ambos eran georgianos o a la astucia de Beria, Stalin lo incorporó de inmediato a su núcleo íntimo: al político y al familiar. En 1934 lo invitó, junto a su esposa Nina, al Kremlin para que viera una película junto a otros miembros del Politburó. La pareja fue con su hijo Sergo, de diez años, que se hizo muy amigo de Svetlana, la hija de Stalin. Vieron “Los tres cerditos”, dibujos animados, y después los mayores se lanzaron a la mesa de un banquete en el que cantaron canciones georgianas. Cuando el chico Beria tuvo frío, Stalin lo cubrió con su abrigo de piel de lobo antes de llevarlo a la cama.

Cuatro años después, cuando Stalin liquidó a la vieja guardia bolchevique, nombró a Beria jefe del NKVD, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética. Beria tuvo que asumir de inmediato porque esa misma noche, Stalin y su Jefe de Gobierno, Viacheslav Molotov, firmaron la orden de fusilamiento de tres mil ciento setenta y seis personas. La misma noche de su nombramiento, Beria se encargó de la suerte del prestigioso mariscal Vasili Bliujer, que había sido destituido en octubre, acusado de espiar para los japoneses, acusación que no estaba sostenida por ninguna prueba. Bliujer se negó a ser juzgado y nunca fue sometido a proceso, pero fue ferozmente torturado para arrancarle una confesión. No lo hizo. Aquella noche, Beria se presentó en la cárcel de Lefórtovo para torturar él mismo al destituido mariscal. Lo hizo con la compañía de tres de sus torturadores favoritos que también eran sus custodios. En medio de su delirio, Bliujer gritó: “¡Stalin! ¡¿Oyes lo que me están haciendo?”. Lo torturaron con tanta saña que le arrancaron un ojo y le provocaron la muerte. Beria informó a Stalin, que ordenó incinerar el cadáver. Bliujer fue exonerado en 1957 por Nikita Khruschev.

Durante la guerra, Beria encontró tiempo para llevar adelante “una vida sexual vampírica –según Sebag Montefiore– en la que se mezclaban el amor, la violación y la perversión en dosis casi iguales”. Durante años los investigadores pensaron que la historia del Beria violador era una exageración de sus enemigos, lanzada después de su muerte. Pero la apertura de los archivos de sus propios interrogatorios, las declaraciones de los testigos e incluso de las víctimas de sus violaciones echaron luz sobre un depredador sexual que usó su poder para permitirse todo tipo de depravaciones en forma casi obsesiva. Cita Sebag Montefiore: “El inventario del contenido de su escritorio llevado a cabo más tarde, cuando fuera detenido, revela cuáles eran sus intereses: el poder, el terror y el sexo. En su despacho, Beria guardaba elementos para torturar a la gente y una colección de ropa interior de mujer, juguetes sexuales y pornografía (…) Se descubrió que guardaba once pares de medias de seda, once ligueros de seda, siete saltos de cama también de seda, conjuntos de ropas deportivas de mujer, lusas, pañuelos de seda, infinitas cartas de amor obscenas y ‘una gran cantidad de objetos propios de un libertino’”.

Algunas mujeres aceptaban los abusos de Beria para garantizar su propia libertad o la de algún ser querido. Fue el caso de la actriz Tatiana Okunevskaya, a quien Beria llevó a su residencia con la excusa de que actuara para algunos miembros del Politburó. No había nadie. Beria le prometió liberar de la prisión a su padre y a su abuela y luego la violó mientras le decía: “Grites o no, no importa”. La promesa de Beria era imposible de cumplir: el padre y la abuela de Okunevskaya habían sido ejecutados meses antes por orden del propio Beria. La actriz fue luego arrestada y enviada a un confinamiento solitario en un gulag. Sobrevivió y fue liberada en 1954 por Khruschev.

Es muy probable que Beria haya asesinado a varias de sus víctimas sexuales, muchas de ellas desconocidas porque eran secuestradas en las calles por los agentes de la NKVD o por el propio Beria. En 1993, durante la instalación de un nuevo alumbrado público en Moscú, los obreros desenterraron restos humanos, cráneos, huesos pélvicos y fémures cerca de la que había sido la residencia de Beria. Cinco años después, en 1998, ahora en los terrenos de la que había sido la residencia de Beria y albergaba entonces a la embajada de Túnez, una cuadrilla de operarios que instalaba una nueva tubería en el lugar descubrió los esqueletos de cinco mujeres jóvenes que habían sido ejecutadas de un disparo en la base del cráneo y enterradas desnudas según los forenses, que fijaron la fecha del enterramiento en 1949.

Durante la guerra, Beria se convirtió en el tipo más eficaz para llevar adelante los caprichos, las estrategias y las paranoias de Stalin. Si bien las grandes purgas hacia el interior de la URSS se frenaron, se desataron en las poblaciones bajo el dominio soviético: contra los polacos en la zona dominada por los rusos luego de la invasión alemana de septiembre de 1939, contra los ucranianos occidentales, los moldavos, los lituanos, los letones y los estonios. Entre 1940 y 1941 cerca de doscientos mil habitantes de los países bálticos fueron enviados a los gulags soviéticos. Esas deportaciones alcanzarían luego al diez por ciento de la población de las antiguas repúblicas bálticas. Sólo en 1943, cuando la guerra se dio vuelta luego de Stalingrado y los alemanes enfilaron su retirada hacia Berlín, Beria detuvo a novecientas treinta y un mil quinientas personas en los “territorios liberados”.

En 1940 Beria presentó a Stalin un plan para eliminar en Polonia a “los enemigos declarados del régimen soviético y que odian el sistema soviético”. Eran palabras que ocultaban la intención de desmantelar la estructura nacional polaca. Entre esos “enemigos” figuraban gran parte de la oficialidad militar de Polonia, presa en cuatro campos de concentración, uno vecino a los bosques de Katyn. El destino de los militares fue decidido en una reunión del Politburó soviético del 5 de marzo de 1940, cuando todavía la URSS no había entrado en la Segunda Guerra. Cerca de veintidós mil polacos fueron asesinados entre abril y mayo de 1940 en el campo vecino a Katyn y en las prisiones de las ciudades de Kalinin, Jarkov y Koselsk y en otros campos instalados en Rusia. Cerca de ocho mil de los ejecutados eran oficiales polacos “prisioneros de guerra” de un país que no estaba en guerra; otros seis mil eran policías, gendarmes, guardias de prisiones y funcionarios de inteligencia; el resto eran civiles parte de la intelectualidad polaca: profesores, artistas, investigadores e historiadores, terratenientes, dueños de empresas, abogados y sacerdotes católicos.

Sólo en el campo ruso de Ostashkov una sola persona, el mayor del Ejército Rojo Vladimir Blojin, se encargó del mayor asesinato en masa cometido por una sola persona. Junto a dos miembros de la cheka preparó un barracón con paredes acolchadas e insonorizadas y se impuso una cuota de doscientos asesinatos diarios: en veintiocho noches mató a siete mil hombres, con un balazo en la nuca disparado a través de un agujero de la pared con una pistola Walther alemana, para evitar identificaciones posteriores y echar la culpa de la matanza a los nazis. Cuatro mil quinientos oficiales polacos, asesinados en el campo de Kozelsk, fueron enterrados en los bosques de Katyn, vecinos a la ciudad rusa de Smolensk. Cuatro millones de polacos que vivían en la Polonia anexionada por Stalin, fueron enviados en los meses siguientes a los gulags soviéticos. Los historiadores calculan que sólo uno de cada tres logró sobrevivir y fue repatriado a Polonia tras la muerte de Stalin. Beria fue el artífice del desmantelamiento de Polonia y luego de la deportación genocida de varios pueblos soviéticos, entre ellos tártaros y chechenos.

Fue un hombre que, a la distancia, respondía a la NKVD que dirigía Beria quien asesinó en México a León Trotsky, el gran enemigo de Stalin. Uno de los jefes de la inteligencia soviética, Nahum Eitingon, conocido como “Kotov”, que en 1933 vivía en Estados Unidos como supervisor clandestino de una red de espías, comprometió en su plan de asesinato a Caridad y Ramón Mercader, madre e hijo, dos comunistas españoles aunque la mujer había nacido en Cuba. En mayo de 1940, Ramón Mercader logró integrar el círculo íntimo de Trotsky, que vivía muy custodiado, a través de una de sus secretarias, Silvia Ageloff, con la que mantuvo un noviazgo planeado sólo para cometer el asesinato.

A las cinco y veinte de la tarde del 20 de agosto de 1940, Mercader apareció en la casa de Trotsky, abrigo en mano, y dijo que quería mostrarle un artículo que había escrito. Subió al despacho de Trotsky y lo encontró sentado en su escritorio, leyendo unos papeles; se colocó a su espalda y le clavó en la cabeza un pico de montañista. Trotsky murió al día siguiente.

Beria, el implacable verdugo de Stalin, se anotó esa muerte en su favor: el plan del asesinato había sido elaborado por uno de sus agentes en la NKVD. También fueron agentes de Beria, o de alguna manera ligados a la NKVD, quienes integraron la famosa “Orquesta Roja”, una red de espionaje que descubrió y pasó a la URSS la estrategia alemana en la crucial Batalla de Stalingrado, entre otros datos operativos esenciales de los nazis en el frente del Este europeo. El jefe del espionaje alemán, almirante Wilhelm Canaris, dijo que “Orquesta roja” había matado al menos a doscientos mil soldados alemanes.

Cuando terminó la guerra, la Gran Guerra Patria para los soviéticos, Beria fue uno de los funcionarios más activos en la preparación de las reuniones de los tres grandes, Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, en Teherán y en Yalta. Beria colocó micrófonos en la habitación de Roosevelt en Teherán y puso a un hombre de su confianza a escuchar qué se decía: su hijo Sergo. Fue durante una cena de los tres grandes, en el Palacio Yusupov de Yalta, cuando Roosevelt se fijó en un hombre silencioso y extraño que le había llamado la atención. Le preguntó a Stalin: “¿Quién es ese hombre con lentes que está sentado frente al embajador Gromiko?”. Y Stalin, con malicia, dijo: “¡Ah, ése! Ése es nuestro Himmler. Se llama Beria”.

Beria lo oyó y se limitó a sonreír con tristeza pero “debió sentirse herido en lo más profundo”, escribió en su libro “Mi padre. Dentro del Kremlin de Stalin”, su hijo Sergo. Hasta Roosevelt se sintió incómodo ante el comentario. Los americanos se fijaron en Beria: “Es bajito y gordito, y lleva unos lentes gruesos que le dan un aspecto siniestro, pero bastante genial”. El comentario de Stalin mostraba el desdén que el dictador empezaba a sentir por su verdugo, provocado por las ambiciones políticas que Beria empezaba a mostrar para sucederlo en el poder.

La guerra le había costado caro a la URSS: habían muerto casi veintiseis millones de personas y otros veintitantos millones no tenían hogar; el hambre hacía estragos; había estallado una guerra nacionalista en Ucrania, que Beria enfrentó junto a un político en ascenso, Nikita Khruschev, con un brutal enfrentamiento a los tres ejércitos que se disputaban el poder. Y, para colmo de los males, Stalin sabía, se lo había sugerido Harry Truman en la conferencia de Potsdam, que Estados Unidos disponía de un arma de enorme poder. Era la bomba atómica. Después de Hiroshima, el mismo 6 de agosto de 1945, Stalin dijo “El equilibrio se ha roto. Eso no puede ser” y puso a Beria al frente de la “Tarea Número Uno”, una especie de “politburó atómico” destinado a que la URSS desarrollara su primera arma nuclear. Beria, según su estilo, lo tomó como la misión de su vida. Lo era. Lo colocaba casi en la cima del poder.

La historia de la primera arma nuclear soviética es apasionante: Beria empleó su arma más conocida, el terror, para manejar a entre trescientas treinta y cuatrocientas sesenta mil personas embarcadas en el plan, junto a diez mil técnicos. La lógica estaliniana lo regía todo. El control estricto de Beria sobre los científicos soviéticos merecía cierta dispensa de Stalin: “Dejálos en paz… Siempre podemos fusilarlos después…”. Además del ejército de militares, civiles y científicos civiles y militares, fue el espionaje de la NKVD el que consiguió de Estados Unidos los datos esenciales para desarrollar la bomba. Cuando a las seis de tarde del 29 de agosto de 1949, Beria contempló a diez kilómetros de distancia el estallido de la primera bomba atómica soviética, quiso saber, excitado: “¿Es como la americana? ¿No la habremos cagado?”.

En los años siguientes, el creciente deterioro en la salud de Stalin, las ambiciones de poder de Beria, sus planes de drásticas reformas liberales que abarcaban incluso parte de la política exterior de la URSS y los secretos sobre toda la jerarquía soviética que atesoraba en sus cajas fuertes, lo convirtieron en un enemigo temido. Beria anunció una gran amnistía para los presos políticos e intentó establecer relaciones con Occidente como parte de esas reformas, y llegó a decir: “La URSS no será grande hasta que no admita la propiedad privada”. A su modo, fue un Gorbachov adelantado, con el embrión de una “perestroika” en el centro de sus ambiciones.

Partido por la artritis, con una arterioesclerosis galopante, con leves desmayos continuos, avergonzado por sus fallos de memoria, torturado por una gingivitis y por su dentadura postiza, paranoico y furioso, Stalin se acercó al final de su vida con un fiero odio hacia Beria. Era mutuo. El domingo 1 de marzo de 1953, Stalin cayó derrumbado por un derrame cerebral. Nadie lo descubrió porque nadie se atrevió a despertar al dictador. Cuando lo hicieron, cuando por fin dos oficiales entraron al dormitorio, lo encontraron tendido en la alfombra, vestido con un pantalón pijama y una camiseta; estaba apoyado sobre una mano, en una rara posición, consciente, pero inmóvil. Levantó un poco la mano al ver a uno de los guardias, el comandante auxiliar Piotr Lozgachev para llamar su atención. Lozgachev corrió a su lado: “¿Qué le pasa, camarada Stalin?”. Como respuesta le llegó un extraño sonido, mitad silbido, mitad gruñido. Stalin se había orinado encima.

Nadie intervino hasta que no llegó parte de la jerarquía del Kremlin a la “dacha” de Stalin, en la antigua ciudad de Kuntsevo, un suburbio a diecisiete kilómetros de Moscú, que era el refugio personal de Stalin. Nadie intervino después: los médicos fueron llamados con mucha demora mientras Stalin agonizaba; fue una demora criminal y en ella estuvieron involucrados Beria, Nikita Khruschev y Gueorgui Malenkov. El historiador británico Sebag Montefiore afirma que, luego de la muerte de Stalin, Beria dijo: “Yo lo maté y los salvé a todos ustedes”. Y arriesga: “Investigaciones recientes indican que tal vez Beria echara en el vino de Stalin un fármaco anticoagulante a base de sodio cristalino, que, al cabo de varios días, fuera el detonante del ataque de apoplejía”.

Stalin agonizó cuatro días, murió el 5 de marzo. Alrededor de su lecho, ante los ojos de su hija Svetlana que acusó a los jerarcas del Kremlin de dejar morir a su padre, se apiñaron además de Khruschev y de Lazar Kaganovich, cabeza del PC, varios miembros del Politburó, entre ellos el mariscal Klim Voroshilov, comisario de Defensa, Viascheslav Molotov, primer ministro de Asuntos Exteriores, Anastas Mikoyan, entonces ministro de Comercio. Y, por supuesto, el verdugo Beria.

A Molotov le pareció que “Beria estaba al mando” en esos cuatro días. Cada quien expresaba su pena a su modo: había lágrimas, falsas o sinceras, rostros graves y ensombrecidos o inexpresivos como el de Beria. Voroshilov se dirigió al moribundo con mucho respeto: “Camarada Stalin –dijo– somos nosotros, tus fieles amigos y camaradas. Estamos aquí, ¿Cómo te sientes, querido amigo?”. La cara de Stalin estaba deformada: intentaba reaccionar pero nunca llegó a recobrar la conciencia.

En medio de esa tensión, Beria armó un show lamentable. Cuando el dictador cerró los ojos para ya no abrirlos más Beria lo imaginó muerto. Entonces lo insultó, le hizo saber cuánto le odiaba y hasta lo escupió. Pero Stalin movió apenas sus párpados, tal vez un movimiento reflejo, o acaso algo más. Beria entonces se lanzó a besar sus manos, arrodillado a la vera del lecho y envuelto en llanto.

Beria fue uno de los tres oradores en los funerales de Stalin. Le quedaban cien días de vida, pero no lo sabía. Subestimó un poco a Khruschev y a Malenkov, que eran sus enemigos y se movían con más cautela que él, que fue designado adjunto a la jefatura de lo que luego sería la KGB. Con su cargo de espía recobró su apodo de “ojos de serpiente”, y no vio, o no quiso ver, que la ascensión de Khruschev como secretario del PC constituía una pérdida de peso político en su gestión.

Promovió sus reformas radicales, prohibió las torturas en las prisiones, aquel trueno que se había hartado de lacerar la carne de los presos soviéticos, dictó una política de mayores libertades hacia las minorías étnicas, el mismo trueno que había deportado a millones hacia los gulags, y anunció su deseo de reducir la responsabilidad del PC en la administración directa de la economía para que la manejaran cuadros técnicos y no políticos.

Esas reformas eran inadmisibles. Pero para la jerarquía soviética Beria era mucho más peligroso por los secretos que atesoraba, había espiado durante años las comunicaciones de todos y cada uno de los miembros del Politburó y del Partido Comunista: era más peligroso si hablaba, que si instrumentaba sus reformas imposibles. Decidieron eliminarlo. El sistema que Beria había implantado en la URSS y que le había permitido dominar durante años el escenario político y social de su país, se había vuelto contra él y le tendía la misma trampa que Beria había tendido a otros.

Los conspiradores contra Beria, temerosos de los tentáculos del servicio secreto que todavía manejaba, aunque había sido apartado en 1945 de la NKVD, mantuvieron sus conversaciones y tramaron el golpe contra Beria en las calles y al aire libre. Molotov fue quien más apoyó la ejecución, contra la postura de Anastas Mikoyán, que sugería enviarlo al extranjero. Los conspiradores se decidieron por el arresto y la ejecución. ¿Quién lo haría? Bajo las órdenes de Beria estaban todas las fuerzas policiales y de los servicios especiales. Khruschev pensó entonces en el mariscal Georgy Zhukov, el héroe que había conquistado Berlín en los días decisivos de la Segunda Guerra, y que había caído en desgracia en los años de Stalin porque el dictador envidiaba su fama y su popularidad. Zhukov, que tenía el apoyo del ejército, recibió el cargo de viceministro de Defensa y dirigió la operación para apresar a Beria.

El 26 de junio de 1953, Khruschev convocó al Presidium soviético donde acusaron a Beria de ser un espía británico. Beria, que conocía de sobra esos métodos, preguntó: “¿Qué sucede, Nikita Sergéievich?”, pero Khruschev no le dio respuesta alguna. Enseguida Molotov acusó a Beria de conspiración y Malenkov llamó al mariscal Zhukov que entró al salón con un grupo de oficiales armados. “Le sugiero –le dijo Malenkov con tono respetuoso–que usted, como jefe del Consejo de Ministros, detenga a Beria”. Zhukov le ordenó a Beria: “¡Arriba las manos!”, y le aferró una cuando en un gesto reflejo Beria intentó tomar su maletín.

Fue detenido en el Kremlin hasta la noche y luego lo llevaron al búnker del cuartel general de Defensa de Moscú. Ese mismo día fue despojado de todos sus cargos y condecoraciones. Una semana después, a inicios de julio, durante el Pleno del Comité Central del Partido Comunista, Malenkov, Khruschev y otros conspiradores lo denunciaron por “actividades maliciosas”, traición, conspiración para tomar el poder, colaboración con la inteligencia extranjera y hasta de haber llevado adelante el proyecto nuclear soviético sin el conocimiento del Partido.

El arresto de Beria se mantuvo en secreto para poder dar caza a todos sus principales hombres, que eran muchos, mientras las fuerzas de la NKVD eran desarmadas. Recién el 10 de julio el “Pravda” anunció la prisión de Beria a quien culpó de “actividades ilegales contra el Partido y el Estado”. En diciembre hubo nuevas acusaciones contra Beria: decían que desde hacía años estaba pagado por agencias de inteligencia extranjeras que buscaban derrocar al gobierno comunista de la URSS.

Beria fue juzgado por un “tribunal especial”, sin defensa y sin derecho a apelación. Lo condenaron a muerte junto a seis cómplices. No fue una ceremonia militar. Beria fue llevado a los sótanos de la prisión en ropa interior, lloraba a gritos y pedía misericordia: el general Pavel Batitsky le disparó con su rifle en la frente. Su cuerpo fue cremado.

(De www.infobae.com)

viernes, 28 de marzo de 2025

La autodestrucción de la Iglesia Católica

Cuesta bastante entender a los numerosos sacerdotes que, interiorizándose del contenido y alcance de la ética bíblica, han cometido abusos en contra de niños y adolescentes, por lo que ello da lugar a pensar que eligieron el sacerdocio para tener cierta seguridad económica personal sin apenas tener una vocación para la divulgación de las prédicas cristianas.

Mayor es el asombro cuando advertimos que, incluso desde el Vaticano, se predica abiertamente la adhesión católica al marxismo-leninismo, como si acaso no existiera información de todos los desastres sociales que se han producido bajo los gobiernos totalitarios que respondieron a tal ideología. Aun cuando muchos católicos rechacen tal adhesión al marxismo, persisten en una lucha absurda en contra del liberalismo, lo que equivale a coincidir con el marxismo en su lucha contra la democracia política y la democracia económica.

Cuando se produce tal desviación de la ética bíblica, puede afirmarse que la Iglesia Católica ha perdido su esencia y su razón de ser. Si bien alguien puede decir que muchos sacerdotes jóvenes desconocen las catástrofes sociales promovidas por el comunismo en Rusia, China y muchos otros países, con unas cien millones de víctimas, resulta inadmisible que no hayan leído las proclamas de Ernesto Che Guevara, héroe de los tercermundistas, cuando propone abiertamente que hay que ser “una fría máquina de matar”, dando su ejemplo personal con unos 216 asesinatos con su propia arma, ninguno de ellos en combate. Además, ordenó el fusilamiento de unas 1.500 personas, llegando a ser conocido en Cuba como “el carnicero de La Cabaña”.

Como los “sacerdotes” marxistas no han sido expulsados de la Iglesia, sino que la Iglesia los avala por su ideología, no resulta extraño escuchar a quienes han ido a misa en los últimos tiempos, que les queda como síntesis de lo ahí escuchado, que el “comunismo es bueno” y, en general, que el “liberalismo es lo peor”. En los años 70, varias parroquias en la Argentina, actuaron como lugares de adoctrinamiento para futuros integrantes del grupo terrorista Montoneros.

El debilitamiento producido en la Iglesia ha favorecido el descrédito del cristianismo y el avance del Islam, especialmente en Europa. Ante la inoperancia y la complicidad de gobiernos socialistas europeos, el futuro de Europa se ve amenazado en sus fundamentos culturales.

En el pasado también hubo sacerdotes desviados moral e intelectualmente de la ética bíblica. Leemos al respecto en el Crisóstomo: “Así como las virtudes de los sacerdotes aprovechan a muchos como una exhortación viva de imitación, así sus defectos favorecen la tibieza en la práctica de la virtud y nos hacen aflojar en el esfuerzo que exige la vida de perfección… Los pecados de la gente vulgar, como si se cometieran a la sombra de un tejado, sólo dañan al que los hace; mas la falta de un hombre que está sobre el candelero y a quien todos miran, a todos produce daño. A los que ya eran flojos y tibios para la virtud, los vuelve más tibios y flojos todavía, y a los que tratan su aprovechamiento, los incita a la soberbia… Aun cuando caigan en faltas ligerísimas, lo que en sí es ligero, parece grande a los ojos del mundo; pues no se mide el pecado por el hecho en sí, sino por la dignidad del que pecó”.

Mientras que Gregorio Magno escribió: “Cuando el pastor se encamina por despeñaderos, el rebaño le sigue al precipicio. Por eso, el Señor se lamenta de la despreciable ciencia de los pastores, diciendo contra ellos por el profeta: «Vosotros mismos, cuando bebéis agua limpísima, enturbiáis el resto con los pies; mis ovejas tienen que pastar lo que vuestros pies han pisoteado y beber lo que vuestros pies han enturbiado». En verdad, los pastores sí que beben agua limpísima cuando se sacian de los manantiales de la Verdad y la entienden correctamente; pero enturbian con sus pies esta misma agua cuando corrompen con su mala vida lo estudiado en la santa meditación. Y, por supuesto, las ovejas beben agua ensuciada por sus pies cuando algunos fieles no siguen las palabras que oyen, sino que sólo imitan los malos ejemplos que ven… Por eso, también está escrito por el profeta: «Lazo para la ruina de mi pueblo, sacerdotes malos»”.

(Citas de “Las parábolas del Evangelio” de Alfredo Sáenz-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1997).