sábado, 11 de junio de 2016

Un Papa populista

Autor: Loris Zanatta

El autor pone en discusión la visión de pueblo del papa Francisco con la historia del populismo en América Latina como telón de fondo. El artículo fue publicado en la edición de marzo de la revista italiana Il Mulino.

En cuanto no creyente, me impresiona ver las bofetadas que resuenan en la Iglesia; como historiador, me incomoda volver a encontrar en las trincheras los ejércitos que se batían durante el Concilio: el mundo está tan cambiado desde entonces…..Después de haber estudiado durante veinte años a la Iglesia argentina, me sobresalto viendo la figura del papa Francisco utilizada por unos y otros. Por lo tanto, creo que es útil reflexionar a partir del lugar del que él proviene: el catolicismo argentino. Y hacerlo desde lejos, esquivando las disputas que agitan a la Iglesia sin la pretensión de enseñar nada, sino sólo señalar el contexto histórico y cultural donde se ubica la parábola de Bergoglio.

Antes, dos premisas. Una se refiere a la célebre etiqueta de “Papa peronista” que desde el primer momento Bergoglio carga consigo. Muchos bromearon con ello, pocos se esforzaron por comprenderlo. Será porque del peronismo los italianos tenemos nociones vagas, y suele pensarse como un fenómeno exótico de lugares remotos. Error: el peronismo es el caso más típico de populismo latinoamericano, y dado que para los italianos es el pan cotidiano, haríamos bien de tomarlo en serio. ¿Bergoglio es peronista? Absolutamente sí. Pero no tanto porque adhirió a él en su juventud. Más bien en el sentido de que el peronismo es el movimiento que determinó el triunfo de la Argentina católica frente a la liberal, que salvó los valores cristianos del pueblo frente al cosmopolitismo de las elites. Por lo tanto, para Bergoglio el peronismo encarna la saludable conjugación entre pueblo y nación en la defensa de un orden temporal basado en los valores cristianos, e inmune a los liberales. En pocas palabras, Bergoglio es hijo de una catolicidad embebida de antiliberalismo visceral, que se erigió a través del peronismo en guía de la cruzada católica contra el liberalismo protestante, cuyo ethos se proyecta como una sombra colonial en la identidad católica de América Latina.

Entonces, ¿Bergoglio es populista? Absolutamente, a condición de que ese concepto sea entendido como se debe. Llámese peronismo o de otra manera, los rasgos ideales del populismo antiliberal son siempre los mismos. En efecto, el populismo del Papa no tiene nada de original, salvo la proyección global que su cargo le confiere. Pero antes de ver sus contenidos, corresponde señalar la segunda premisa. ¿El tema? El universo terminológico del Papa: en sus grandes viajes del año pasado –Ecuador, Bolivia, Paraguay; Cuba y los EEUU; Kenia, Uganda, República Centroafricana- Francisco pronunció 356 veces la palabra pueblo. El populismo del Papa está ya en sus palabras. Menos familiaridad tiene en cambio Bergoglio con otros términos: democracia la mencionó apenas 10 veces, individuo 14 veces, y generalmente en su acepción negativa. La palabra libertad la repitió más a menudo, 73 veces, y en la mitad de los casos en los EEUU. En Cuba la pronunció sólo 2 veces.

¿Son números sin sentido? No tanto. Confirman lo que se intuía: que la noción de pueblo es el arquitrabe de su imaginario social. No tiene nada de malo: pueblo es una hermosa palabra, potente y evocadora. Pero también resbalosa y ambigua. ¿Cuál es la idea de pueblo en Francisco? Su pueblo es bueno, virtuoso, y la pobreza le confiere una innata superioridad moral. En los barrios populares, dice el Papa, se conservan la sabiduría, la solidaridad, los valores evangélicos. Allí está la sociedad cristiana, el depósito de la fe. Más aún: ese pueblo no es para él una suma de individuos sino una comunidad que los trasciende, un organismo viviente animado por una fe antigua, donde el individuo se disuelve en el Todo.

En cuanto tal, ese pueblo es el Pueblo Elegido que custodia una identidad en peligro. No por nada la identidad es otro de los pilares del populismo de Bergoglio: una identidad eterna e impermeable frente al devenir de la historia, propiedad exclusiva del pueblo; una identidad ante la cual toda institución o Constitución humana debe inclinarse para no perder la legitimidad que le confiere el pueblo. Es claro que tal noción romántica del pueblo es discutible y que también lo es la superioridad moral del pobre. No hay que ser antropólogo para saber que las comunidades populares tienen, como toda comunidad, vicios y virtudes. Y lo reconoce, contradiciéndose el mismo Pontífice, cuando establece un nexo de causa y efecto entre pobreza y terrorismo fundamentalista; un nexo por otra parte improbable.

Pero idealizar al pueblo ayuda a simplificar la complejidad del mundo, en lo cual los populismos no tienen rivales. El límite entre Bien y Mal se presentará entonces tan diáfano que puede desatar la enorme fuerza ínsita en toda cosmología maniquea. Es así como el Papa contrapone el pueblo bueno y solidario a una oligarquía depredadora y egoísta. Una oligarquía transfigurada, carente de rostro y nombre, esencia del Mal en cuanto rinde culto al dios pagano del dinero: el consumo es consumismo; el individuo, egoísta; la atención al dinero, adoración sin alma. Tal es el enemigo del pueblo para Bergoglio; sí, enemigo, como en un tiempo lo definía la “racionalidad iluminista”, la “pretensión liberal” de homogeneizar la creación.

¿Cuál es el peor daño provocado por esta oligarquía? La corrupción del pueblo. La oligarquía mina las virtudes, la homogeneidad la espontánea generosidad, como un Diablo tentador. Vistas así, las cruzadas de Bergoglio contra la oligarquía, por más que se repitan el lenguaje de la crítica post-colonial, son herederas de la cruzada antiliberal que los católicos integristas llevan adelante desde hace dos siglos.

Algo que no debe extrañar: el antiliberalismo católico que en el plano secular simpatizó con las ideologías antiliberales de turno, fascismo y comunismo in primis, es natural que hoy abrace con ardor la vulgata no global. Ciertamente hay en la historia del catolicismo una fuerte tradición católico-liberal, interesada en la laicidad política, los derechos del individuo, la libertad económica y civil. Pero no fue esa la familia que vio crecer a Francisco. Si el colegio de cardenales hubiera elegido un Papa chileno quizás hubiera podido encontrarlo en ese universo cultural. Pero la Iglesia argentina es la tumba de los católicos liberales, muertos por la ola nacional popular.

¿Tiene fundamento la visión populista del mundo propia de Bergoglio? ¿Será eficaz para volver a darle a la Iglesia y a su mensaje el relieve perdido? ¿Podrá resistir a la progresiva secularización del mundo? No está dicho. Si es cierto que el mundo sufre desigualdades crónicas, no lo es que las causas sean precisamente aquellas a las que el Papa señala con su dedo. Tampoco está tan polarizado como su esquema maniqueo pretendería. En los últimos quince años, en muchos países desarrollados ha crecido la distancia entre ricos y pobres pero también se ha dado una discreta redistribución de las riquezas entre el norte y el sur del mundo. En Asia y en América Latina decenas de millones de personas han ingresado en la clase media: son más instruidas y secularizadas que el pueblo que ama Bergoglio.

Una cronista le preguntó al Papa por qué nunca habla de la clase media. ¿Qué rol tendrá en el mundo bipolar del populismo papal? Con amabilidad, Francisco le agradeció la sugerencia y le prometió decir algo al respecto. Luego recordó que algo había dicho en el pasado. Y es verdad: la clase media es una clase colonial que contagia al pueblo con el ethos individualista. Por lo tanto nunca escondió su predilección por los movimientos políticos y sociales populares y su rechazo a las clases medias. A Cristina Kirchner le concedió cinco audiencias en un par de años, no porque la amara, sino porque es peronista, el partido del pueblo. A Mauricio Macri ni siquiera lo felicitó cuando ganó las elecciones: explicó que así lo exigía el protocolo; él, que se ríe de las formas. Es obvio: Macri representa a la clase media porteña, laica y cosmopolita, y tuvo el descaro de avalar en la Argentina el matrimonio gay. Habrá que aprender a vivir en libertad, dijo, ganándose una turbulenta reunión con Bergoglio para el cual estas leyes violan la catolicidad del pueblo, su identidad, su sentido moral. Por más que después el pueblo, el soberano que vota, haya elegido a Macri.

En esa visión de pueblo se apoya el resto de los elementos del populismo de Francisco. En primer lugar, la idea de que la democracia es un concepto social, y solamente social. Y que, por lo tanto, es democrático todo orden que respete el Evangelio realizando la Justicia Social; admitiendo que ésta exista. En ese caso, la forma que adquiera el régimen político es secundaria: una autocracia popular que distribuye la riqueza y sea respetuosa de la religiosidad del pueblo seguramente será una democracia; incluso cuando deba exagerar poniendo bajo su control a los medios periodísticos, los tribunales, el Parlamento, las finanzas públicas, etcétera.

La dimensión política e institucional de la democracia, el delicado equilibrio de los poderes del Estado de derecho, la tutela jurídica de las libertades individuales, no son temas ante los cuales Bergoglio haya sido muy sensible. En las pocas oportunidades en las que los trata, acostumbra proponer la antigua distinción entre democracia formal y sustancial. Y, sin embargo, precisamente la violenta historia latinoamericana tendría que haber enseñado que en democracia la forma es sustancia. Las “democracias participativas” latinoamericanas de nuestros tiempos son enésimas reediciones del más reaccionario patrimonialismo del Estado, con un corolario de abusos clientelares, autoritarismo político, desastres económicos. Lo recuerda el drama venezolano.

Unas pocas anécdotas de los momentos en que el Papa se aparta de los textos escritos ilustran lo dicho. En Paraguay, como se sabe, Bergoglio cometió una gaffe. Le pasa también a los papas, amén. Pero una gaffe se presta a consideración. En pocas palabras: alguien le pidió a Francisco de realizar un llamado por la liberación de un prisionero. Él dio por descontado que se trataba de un abuso del Estado y recriminó al Presidente de Paraguay. Pero después descubrió que el prisionero en cuestión estaba en manos de un grupo terrorista y que el Estado paraguayo, por defectuoso que sea, no tenía nada que ver.

Su reacción espontánea y de buena fe nos sorprende. Por lo pronto revela las predilecciones del Papa: bueno o malo, el Gobierno paraguayo no entra dentro de la calificación de gobiernos del pueblo que ama Bergoglio; a diferencia de los de Ecuador y Bolivia, donde se mostró muy cauto con las autoridades locales, de las que no puede decirse que sean inmaculadas. El episodio demuestra que el silencio mantenido luego sobre los derechos humanos en Cuba o Uganda no se debe a una precisa voluntad de evitar tensiones con las autoridades políticas. Cuando lo considera oportuno, Bergoglio no teme llamarlas al orden, tal como sucedió en Paraguay y en la República Centroafricana. La convicción de que algunos regímenes tutelan la esencia religiosa del pueblo mejor que otros sería su brújula.

A propósito de Cuba, viaje que merecería un capítulo aparte, sobresalen algunos pasajes. El primero es el discurso de Bergoglio a los jóvenes cubanos. No sólo no hay mención a la libertad y a la democracia, sino que el Papa los alertó: atención con el consumismo, les dijo a quienes apenas saben qué es el consumo; cuídense del individualismo, alertó allí donde el individuo está obligado a hacer lo que dice el Estado, arriesgando la cárcel si desobedece.

Parecerían chistes grotescos si no respondieran a su idea de pueblo: sabe bien que el castrismo es hijo legítimo de la tradición populista; que el comunismo de Castro es una desviación secular del mensaje evangélico, fenómeno difundido en toda la catolicidad latina. En efecto, lo que dice el Papa recuerda los largos discursos en los que Fidel Castro ilustraba la transformación de Cuba como una reducción jesuítica de nuestros tiempos. Lo que le preocupa a Bergoglio es mantener a Cuba en el recinto populista evitando que el pueblo pierda la religiosidad que ese régimen tan austero ha preservado, si bien bajo otro nombre. El imperativo no es liberarlo, sino salvarlo de las sirenas capitalistas, del contagio liberal.

Pero la manera en que el Papa mira a Cuba se manifestó con candor cuando un periodista le preguntó por qué no había recibido a los disidentes. ¿Sabe que muchos fueron arrestados para que no se encontraran con usted? No sé nada, respondió Francisco, y de todas maneras no concedió entrevistas privadas a nadie. “No sólo los disidentes pidieron audiencias, incluso un jefe de Estado lo hizo”. Así, puso en el mismo plano la foto con el Papa que un dignatario esperaba llevar a su país y los familiares de los prisioneros políticos en busca de consuelo. ¿Cómo es posible? Él mismo nos ayuda a entenderlo: poco antes había dicho que los derechos humanos no se respetan en muchos países del mundo. Para luego agregar: hay países europeos que por diferentes motivos no te permiten siquiera llevar signos religiosos. Por lo tanto, las leyes laicas francesas, ya que a ellas aludía Bergoglio, violarían los derechos humanos no menos que la sistemática negación cubana de todo derecho civil y político. ¿Una enormidad? Claro que sí. Pero así son las cosas para el Papa: la medida de la legitimidad del orden social es su fidelidad o no a la identidad religiosa del pueblo, entendido como lo entiende el populismo. De laicidad ni siquiera el sabor.

A esta altura, no sorprende que Francisco repita a menudo uno de sus mantras más amado: el Todo es superior a la Parte. Es una manera de decir que el pueblo, entidad mítica y divina, trasciende al individuo. Aún menos sorprende que tal condena del individualismo haya servido históricamente para legitimar numerosas tiranías ejercidas en nombre del pueblo, prontas a sacrificar los derechos individuales en el altar de una justicia social de la que nunca se vio huella: peronismos, castrismos, chavismos y otros. Otro momento de un viaje pontificio ilustra este punto: al menos dos veces en África el Papa avaló la subordinación de la parte al todo, del individuo al pueblo, de los derechos de una minoría a la supuesta identidad del pueblo.

Si este es el prisma ideal a través del cual el Papa interpreta el mundo, tiene razón quien señala su línea apocalíptica, cuya otra cara es la redentora….Pero el análisis apocalíptico del mundo induce al Papa a evocar una consigna redentora: “hagan lío”, les dice a los jóvenes; sigan grandes valores, imiten a los mártires, luchen por la utopía evangélica. Se dirá que ese es su oficio. Es verdad, pero el terreno de las utopías redentoras es uno de los más delicados. Por más que se diga, los hombres tienden a legitimar la violencia y a entablar guerras en nombre de tales utopías, más que meros intereses económicos. En lo que se refiere a los tremendos efectos de las utopías redentoras, tan amadas por los movimientos sociales ante los que el Papa lanza encendidos discursos, la historia argentina viene en ayuda: ese país sufrió sus efectos como pocos. Militares, peronistas, Iglesia y guerrilleros se enfrentaron violentamente en nombre de la nación católica y de la catolicidad del pueblo, con desprecio por la democracia burguesa y el Estado de derecho. El resultado es conocido por el mundo……Los Montoneros, grupo armado peronista que veía reflejado el Evangelio en el socialismo, y que en su nombre mataba sin vacilaciones, se habían formado en las parroquias. Eran jóvenes que “habían hecho lío”.

(Esta es una parte del artículo de Loris Zanatta)

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